Ética ( Hacia una versión moderna de los temas clásicos )




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Especie, sociedad y persona

En nuestra especie aparece un fenómeno que no es propio de las especies precedentes: la familia. A su vez, la familia es la primera de las instituciones, es decir, de las organizaciones constituidas por personas, con vínculo estable. Así surge un fenómeno completamente nuevo también, que tiene que ver con la inteligencia, y que es de orden eminentemente ético: el amor. La unión estable de la pareja es, entre los mamíferos, exclusiva del hombre, así como el cuidado de la prole, es decir, la puesta en funcionamiento de las capacidades del hijo en orden a la sociedad. Esto significa que el ser humano es social, no sólo específico. Y es social de entrada. Aristóteles ya lo advirtió33. En el género homo los individuos funcionan a favor de la especie y exclusivamente a favor de ella, pero el homo sapiens sapiens no34.
Lo que nos permite averiguar que el hombre no está finalizado por la especie, sino que es persona, sujeto personal, es que la razón es exclusivamente de cada uno. Lo cual no quiere decir, de manera alguna, que comporte aislamiento, sino justamente que la relación entre los individuos, al no estar finalizada por la especie, crea la sociedad. Si desaparecen las instituciones, la superioridad del hombre sobre la especie no se puede sentar, porque la institución es constitutivamente intersubjetiva. La intersubjetividad es justamente la relación entre individuos que son todos ellos superiores a la especie. Y eso es la sociedad.
El hombre es zóon politikón, animal social. Ningún animal es social como lo es el hombre. Los otros animales están finalizados por la especie y, por tanto, conviven, se ayudan unos a otros y combaten con los extraños. Pero eso no es la sociedad. La única sociedad en sentido estricto es la humana: sociedad significa metaespecificación: relación entre seres vivos subjetivamente inteligentes. Dicho de otra manera: el hombre es un ser social porque es un ser dialógico, es decir, capaz de expresar lo que piensa a los demás y establecer así una red comunicativa. La sociedad, en última instancia, es la manifestación de lo interior a los demás en régimen de reciprocidad.
La incomunicación marca la crisis de la sociedad humana. Por eso la sociedad no se origina por un pacto entre individuos previamente aislados. Los hombres nacen en una primera institución social que es la familia; sus relaciones, por personales, son dialógicas, marido-mujer, padres-hijos: eso es lo primero que el hombre es. Y lo es en tanto que animal racional, en tanto que no está finalizado por la especie. Evidentemente, la generación sirve a la especie, pero no se agota en ello, sino que está presidida por relaciones solamente posibles si el hombre es un ser dotado de inteligencia y voluntad, capaz de amor constante.
La unión entre una hembra y un macho en ninguna especie pasa de la época de celo, o de una nidificación intermitente. En cambio, la mujer es siempre receptiva. De aquí la institución matrimonial. Como señala A. Polaino, a diferencia de lo que acontece en otras especies animales, la paternidad-maternidad humana posee un valor trascendente justamente porque el hombre sabe de quién procede. Algo análogo puede afirmarse de los padres, puesto que también conocen que el hijo procede de ellos. El acto originario de un nuevo ser humano es el núcleo de la paternidad: es un acto trascendente que sobrepasa la mera unión sexual de un hombre y una mujer. La paternidad humana constituye de un modo nuevo al hombre por hacerlo respectivo a un nuevo ser humano. A su vez, la relación del hijo con el padre, por ser constitutiva y originaria, remite inevitablemente al origen del propio ser: el hombre es interpelado por su propio origen. Así se evita la caída en el narcisismo - tan extendido en la sociedad actual -, que viene a ser la exclusión de la conciencia del origen. Por ello, tanto la paternidad como la filiación son relaciones permanentes. Ningún hombre está autorizado a entenderse como ex-padre, como tampoco nadie puede comprenderse a sí mismo como ex-hijo. Por ser esta relación constitutivamente originaria, posee una vigencia extratemporal.
Insisto. Sea cual fuere la duración de su biografía, el hombre siempre es interpelado por la cuestión de su origen, interpelación que le encamina al reconocimiento de su carácter de ser generado, del que no puede hurtarse: no puede soslayarlo o sustituirlo. La identidad personal es, por tanto, indisociable de ese reconocimiento. Sin embargo, uno de los fenómenos más notorios de las ideologías modernas es el no querer ser hijo, el considerar la filiación como una deuda intolerable35.
La familia es una prueba de que la humanización no se reduce a la hominización. Otra prueba irrefutable, aunque negativa, es que el hombre puede atentar contra su especie. Si el hombre puede ir contra su especie, es evidente que no está finalizado por ella; ningún animal va contra su especie. El único animal que organiza guerras es el hombre. La guerra es un hecho humano, no un hecho intraespecífíco. La guerra es del hombre contra el hombre. La sentencia de Hobbes36: Homo homini lupus no es correcta, porque el lobo no es lobo para el lobo. En los combates por el mando de la manada o por la hembra, la lucha termina cuando uno está vencido; es una lucha que no mira a la muerte. Pero el hombre no es así. En la historia del hombre acontece un episodio tan monstruoso como es la guerra.
En el parque zoológico de Sarajevo, en una ocasión en que los animales se estaban muriendo de hambre, una osa se comió al compañero, y así pudo sobrevivir un poco más. Pero eso no es un atentado contra la especie. La osa en ese momento no dejó de servir a la especie, puesto que ella misma era un medio para que la especie sobreviviera. Esto no es comparable con la guerra humana.


Capítulo III
ÉTICA Y SOCIEDAD


La ética es intrínseca a nuestra biología porque el hombre es biológicamente faber —pertenece al género homo— y a nuestro espíritu porque, al estar dotado de inteligencia, el hombre es persona. Si somos personas, podemos tratar al otro como semejante, como prójimo, o lo podemos matar.
Con lo dicho hasta aquí ha comparecido la dimensión normativa de la ética, Piénsese en los mandamientos del Decálogo —revelados por Dios37—: "No adulterarás", "No desearás a la mujer de tu prójimo", "Honrarás a tus padres", "No mentirás", "No robarás", "No matarás", "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Al meditar en qué significa "animal racional", se ve que indica supraespecificidad. De aquí la posibilidad de abusar de la especie, o ir a favor de ella, de matar o colaborar con los demás. El ser supraespecífico no es un ser aislado, sino social. Sin sociedad no hay ética, y al revés, porque sociedad significa relación activa y comunicativa entre personas.
En la búsqueda de una fundamentación ontológica de la ética hubo que procurar ver la ética in statu nascente, en situación de nacimiento. Al acudir a la teoría de la evolución hemos encontrado un cierto tipo de proceso de especiación, distinto de otros, que permite entender lo que se suele llamar hominización. Hay una serie de especies que a partir del carácter bípedo del australopithecus, mediante un desarrollo de las neuronas libres, van independizándose de la adaptación por construir instrumentos. Las neuronas libres tienen una relación importante con las extremidades - las manos - que han quedado exentas de la función ambulatoria en virtud del bipedismo y se han hecho extremadamente potenciales; las manos sirven para todo.
El hombre es un ser técnico porque tiene manos; éstas, por otra parte, serían inútiles si su movilidad no fuera cerebralmente controlada. Me permito insistir en la importancia de esa base biológica desespecializada y desadaptada, que es justamente también nuestra propia base biológica. En ese sentido, nosotros pertenecemos al género homo. No hay ningún inconveniente en plantear la cosa de otra manera, pero si acudimos a la biología tenemos una formulación que es sugestiva y al mismo tiempo bastante segura (prescindiendo de una serie de problemas que la noción de evolución lleva consigo, y que no están resueltos por los biólogos): por lo menos, introduce bastante bien en una comprensión del cuerpo humano; sin embargo, con la hominización no basta para explicar al hombre actual. Es preciso añadir la humanización.
La humanización se centra en un asunto más importante todavía que la liberación del medio ambiente a través de la fabricación de utensilios; a saber, en la capacidad de suspender la conducta, de quedarse con las ideas, las cuales llevan consigo la universalidad, la captación de la fijeza de caracteres. Cosa que ilustramos con el ejemplo del chimpancé y el uso del agua.
La teoría de la evolución no sirve para explicar esa gran modificación. Al preguntar sobre el origen de la inteligencia, no hay más remedio que acudir a la creación directa; una inteligencia solamente puede tener como a priori explicativo a otra superior; y en la medida en que la inteligencia no procede de la evolución se debe decir que su relación de procedencia respecto de otra inteligencia es una creación. La inteligencia humana es creada, y advertirlo nos hace ver la hominización como el proceso de preparación de un organismo que es exigitivo de inteligencia, es decir, de un factor inmaterial, intemporal. Y es exigitivo de inteligencia, pues sin ella la viabilidad de la hiperformalización cerebral y su éxito se acabaría. Y esto tiene que ver con algo ya expuesto, es decir, con que el cerebro del hombre actual ha sido precedido por otros cerebros más voluminosos (el Neanderthalensis tenía una capacidad craneal mayor que la nuestra). El crecimiento del cerebro no se puede llevar al infinito: hay un momento en que el cerebro hiperformalizado es incapaz de dirigir la vida. Es un tema bien planteado por Xavier Zubiri38.
Con la aparición de la inteligencia se invierten las relaciones entre individuo y especie; la inteligencia no es factor de especificación porque sólo pertenece al individuo, lo cual significa que la inteligencia no se hereda, no se transmite, no es cuestión de genes; la evidencia empírica de ello es, por otra parte, bastante notable: de padres muy inteligentes pueden salir niños bastante tontos, y viceversa. Recuérdese el caso de Bethoveen, uno de los grandes genios de la humanidad; era hijo de una madre tuberculosa y de un padre alcohólico. En suma, la inteligencia no se hereda, no se transmite, sino que es creada directamente. Por ello mismo, el asiento de la inteligencia es un alma inmortal (es una consideración que conviene añadir). Esto significa que el hombre es un ser con una dimensión espiritual.


Origen de la inteligencia

Dios ha infundido al cuerpo humano un espíritu, según la terminología de la Biblia39, y esa infusión de espíritu es obra directa de Dios; no corre a cargo de la transmisión hereditaria; por eso no se puede decir que sea un factor de especificación. Una de las pruebas de que el hombre tiene inteligencia es que puede pensar la negación, la cual es obviamente irreal; lo negativo no existe; físicamente, en la naturaleza no hay nada negativo. Poder afrontar lo negativo, poder pensar el no ente, por decirlo de una manera más filosófica, es una peculiaridad de la inteligencia.
Tomás de Aquino propone varias pruebas del carácter inmaterial de la inteligencia y, por tanto, de su imposibilidad de ser generada por procesos biológicos. Pero a algunos les está impedido el uso de la razón, pues un estropicio cerebral hace imposible que la inteligencia abstraiga; existe cierta dependencia respecto de las facultades orgánicas, en cuanto que la inteligencia empieza abstrayendo y lo hace a partir de lo sensible. Por tanto, si a una persona no le funciona normalmente el cerebro, aunque su inteligencia exista, no actúa, y no se manifestará en su conducta; cuerpo y alma constituyen una unidad.
Todos los seres humanos, por principio, somos inteligentes. Pero otra cosa es que podamos usar o no, o más o menos, la inteligencia, lo cual es una prueba de que somos animales dotados de razón: la base biológica humana no es determinante pero sí condicionante. Con todo, la inteligencia no es cuestión de herencia y por tanto de especificación. Por eso, los conocimientos que el hombre es capaz de adquirir por el uso de su razón se perderían para la humanidad si no quedaran depositados de alguna manera en una tradición. Los logros de la inteligencia humana se perderían sin transmisión. También es claro que si una persona piensa, pero no se comunica nunca con los demás, eso que ha pensado se pierde con él.
El desarrollo de la capacidad intelectual es de la estricta incumbencia del individuo, aunque no en soledad. José Ortega y Gasset ha planteado una hipótesis para ponerlo de manifiesto. Supóngase, dice, que se murieran todos los químicos y todos los físicos. La humanidad subsiguiente ignoraría esas ciencias; si se conservaran los textos que escribieron, entonces, con bastante trabajo y después de algunas generaciones, quizá se podrían recuperar.
Añade Ortega y Gasset que, por otra parte, la supervivencia de la humanidad estaría en peligro; porque si se extinguieran todos los físicos y químicos, este planeta no podría dar de comer a los cuatro mil y pico millones de hombres que existen: habría una gran disminución de población, pues la desaparición de ese tipo de conocimientos que poseen los que se han especializado en ellos, eliminaría técnicas necesarias para la humanidad. Esas ciencias son poseídas por algunos seres humanos, otros carecen de ellas; por tanto, no se transmiten biológicamente. La inteligencia altera la relación individuo-especie; pone a la persona por encima de la especie, lo que no ocurre de ninguna manera entre los animales, pues están finalizados por la especie.

Especie y persona. La esencia humana

Para entender mejor la relación persona-especie podemos acudir a algunas observaciones de Tomás de Aquino: existe un tipo de viviente que es puramente espiritual y no tiene cuerpo. Son los ángeles40. El ángel es aquel ser viviente creado que agota su especie, cada ángel es una especie; no hay muchos ángeles de la misma especie, sino sólo uno. De manera que la diferencia entre los ángeles - si hay muchos ángeles - será una diferencia jerárquica, una diferencia entre especies angélicas, porque cada ángel es toda su especie (La palabra especie es empleada en un sentido más amplio que el que tiene en la teoría de la evolución. Cabe sustituirla por la palabra esencia. Podríamos decir que la esencia de cada ángel es enteramente poseída por la persona angélica).
El ser vivo que se contrapone al ángel es el animal. Los animales son individuos que se finalizan por la especie, la cual de ninguna manera tiene existencia personal. El ángel es la existencia personal de una especie; el individuo animal no es la existencia personal de ninguna especie. Piénsese, por ejemplo, en el problema del huevo y la gallina - clásico problema filosófico con el que se encuentra uno cuando estudia las vías por las que se demuestra la existencia de Dios -: ¿qué es primero, el huevo o la gallina? Según los filósofos medievales, se trata de una serie accidental, distinta de la universalidad de la especie: dentro de la especie existe una seriación de individuos según la línea generativa. Así se constituye una serie accidental de causas. Según la línea generativa de individuos, se da una serie de causas accidentales indefinida porque la especie es su fin. En cambio, las causas universales no son accidentales, y la serie causal entre ellas no es indefinida (las causas universales son las especies). Solamente así se puede demostrar la existencia de Dios según la segunda vía que expone Tomás de Aquino41.
De manera que todos los individuos de una especie animal están subordinados a su especie, porque, en definitiva, ninguno se identifica por completo con ella, de manera que son inferiores a su especie, y han de jugar en favor o por mor de ella. El hombre ocupa un lugar intermedio entre los animales y los ángeles. Ningún hombre agota la especie, la esencia del hombre - si la agotara, no habría más que una sola persona humana -, pero a la vez ninguna persona está por completo al servicio de la especie, porque no es inferior a ella. Por eso ocupa una situación intermedia entre el ángel y el animal. Esta observación se completa con otra: precisamente por eso, el ángel es un ser viviente que tiene que resolver un único problema; ese único problema es la aceptación de la superioridad de Dios: un problema de la libertad intensivamente ético.
La problematicidad del ángel tiene que ver exclusivamente con Dios, precisamente porque no tiene ningún problema acerca de su especie, ya que la agota. El ángel es un ser creado espiritual, sin cuerpo, que correlativamente es una esencia él mismo: no hay muchos de la misma esencia, sino que cada ángel es una esencia angélica. Por eso, no tiene problemas con su esencia; con quien tiene problemas es con el autor de él y de su esencia, es decir, con Dios. Por tanto, el ángel tiene que decidirse en términos exclusivos entre sí y Dios; ejerce un sólo acto de libertad (evidentemente, superior a los actos de la libertad humana) por el cual se determina definitivamente según acepte a Dios o no.
El hombre, en tanto que es una criatura espiritual, también tiene ese problema. Por eso, el primer mandamiento de la Ley de Dios es: Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu ser, con toda su fuerza, con toda su mente, con todas tus obras, y al Él sólo servirás; te subordinarás exclusivamente a Él42. Pero ése no es el único problema que tiene que resolver el hombre: ha de encarar además otro problema, que es precisamente el de la convivencia con sus semejantes; y ello, justamente, porque se trata de un ser personal, que por ser personal no está finalizado por su especie biológica, pero que, por ser corpóreo, no la agota. Hay muchas otras personas de la misma especie.
El hombre ha de afrontar problemas que son obviamente éticos y que no existen para el animal. El animal está exento del problema que es común al hombre y al ángel; y también del problema solamente humano, a saber, la relación con sus semejantes, el reconocimiento del carácter personal de los demás (y en esto, dice el Señor, se encierra toda la Ley y los profetas43), porque efectivamente eso es lo que le ocurre a una persona que no agota su especie: se encuentra conviviendo con otras personas de la misma especie - la especie humana la tenemos todos y cada uno, porque somos personas - y dado que no estamos finalizados por ella, estamos en relación comunicativa con otros que también la tienen, lo cual, como ya he dicho, es la sociedad humana. Los ángeles también se pueden considerar en sociedad, o en comunicación entre ellos, pero es una sociedad distinta de la nuestra, precisamente porque los ángeles se relacionan únicamente como superior e inferior: la sociedad angélica es una pura jerarquía, porque como cada ángel agota su especie, los ángeles se diferencian por pertenecer a una especie superior y a otra inferior. No hay otra diferencia entre ellos44.
Sería un error para el hombre considerarse un ángel. Se parece al ángel en que es persona, un ser espiritual; pero se distingue en que tiene cuerpo. Por tanto, el hombre es un ser personal que no agota su especie. En cambio, no es posible pluralidad de ángeles sin jerarquía. Sin duda, a nosotros nos cuesta entender una sociedad exclusivamente jerárquica, pues la sociedad humana no puede ser así.
La sociedad humana tiene que poseer una fuerte dosis de lo que se suele llamar democracia, porque como somos personas de la misma especie, somos semejantes, y la simple jerarquía es imposible. Tomás de Aquino dice que, en cierto modo, nos repartimos la especie45. La antropología clásica, desde Platón, desarrolla la teoría de los tipos humanos; en rigor, cada hombre es un tipo. Y aquí cabe situar uno de los grandes asuntos que hoy más se discuten, que es el estatuto humano de la mujer; el famoso feminismo cuyas connotaciones éticas son muy fuertes.
Se puede decir que hay dos tipos de seres humanos: el hombre y la mujer, porque la diferencia sexual es mucho más acentuada en nuestra especie que en las otras, pues tiene connotaciones espirituales. Pero, a su vez, cada mujer y cada hombre es un tipo (trópos). Existen tipos humanos: tropoî. La especie humana se distingue en tipos porque cada individuo no agota la especie: no está subordinado a ella, pero tampoco la agota; por tanto, la especie está como distribuida entre los seres humanos, cosa que no ocurre en el animal. Lo más estrictamente típico en el hombre es justamente cada uno. Todo hombre debe respetar a cualquier otro, debe honrarlo. No se trata sólo de respetarlo en el sentido trivial del término, de no pegarle, o dejar a salvo su integridad física; debe honrarle en sí, porque cualquier ser humano es superior a otro en algo.
Lo directamente típico es la distribución en diferencias cualitativas de la especie humana, en tanto que no agotada por la persona. Si hay una pluralidad de personas de la misma especie, entonces hay una pluralidad de tipos. Y eso quiere decir que en algo una es superior a la otra y en algo la otra es superior a la primera. Por eso Tomás de Aquino concluye: "como dice San Pablo, rendíos honor unos a otros".
Rendir honor es profundamente ético. Además, lo hacemos normalmente de una manera más o menos sencilla en ritos tan importantes y tan extendidos como el saludo, las fórmulas llamadas de cortesía, las cuales son características de cualquier cultura humana.
El saludo de la civilización occidental es el gesto de estrecharse la mano, lo que quiere decir: estoy desarmado; te doy la mano porque no empuño espada. Dar la mano es señal de paz. Los ritos de saludos de los tuaregs, los nómadas del desierto del Sahara, son diferentes: como son gente que vive muy alejada, porque la densidad de población es pequeña, cuando un tuareg ve al otro en el horizonte, inicia la tarea de aproximación ritual, y los saludos son sumamente cuidadosos; vienen a decir: "Estoy dispuesto a estar un rato contigo", "No vengo a robarte ni a golpearte". Hay pueblos del Pacífico que se saludan (en definitiva es el mismo simbolismo de la mano) frotándose nariz contra nariz.
Todos los hombres nos debemos honor. Estos saludos de cortesía que se desarrollan en la medida en que el hombre está civilizado representan el reconocimiento de un ser de la misma especie, pero que es persona, con el cual se puede dialogar; todo eso está fundado en los tipos, pues cada ser humano es un tipo irreductible; tiene algo en común con los demás y algo diverso. La coordinación de los tipos crece con la convivencia y la comunidad humana: es lo que se llama cultura.
Todas las sociedades humanas tienen una serie de convicciones comunes (sobre esto Aristóteles escribió una de sus obras más importantes, los Tópicos, que es una teoría lógica de las convicciones y de la discusión). Somos capaces de poner en común mucho más que los animales, precisamente porque tenemos una identidad personal, un despliegue de nuestro espíritu; y eso se lo podemos manifestar típicamente a los demás; el hombre es un ser manifestativo, pero puede retraerse, no querer manifestarse (esto tiene que ver con la verdad y con la mentira). Lo típico en el hombre es coordinable en virtud de los hábitos. Los hábitos son la esencialización de los tipos específicos. Los hábitos morales son otra dimensión de la ética.
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