Szan ni constituyen mercados “estables” de trabajo. Los mercados de trabajo agropecuarios y su conformación histórica




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Trabajos y trabajadores en el sector agropecuario de la Argentina

Susana Aparicio
1. Introducción
El agro argentino se expresa en el discurso público como el sector dinámico, con crecimiento sostenido y, tras la devaluación, aparece como un motor fundamental de la economía. Inclusive, se sostiene su importancia como generador de empleo. Sin embargo, el modelo bajo el cual se produjo y se sostiene su crecimiento no es compatible con una estimulación de la dinámica del mercado de trabajo, no sólo por la estructura agraria concentrada en que se asienta, sino también por las condiciones de estacionalidad en las que se demanda mano de obra o la intensividad de capital que implica una escasa demanda de trabajadores. Dicho de otro modo, la “pampeanización sojera” en gran parte del país, desplaza trabajadores de producciones tradicionales (no sólo campesinos) yszan ni constituyen mercados “estables” de trabajo.
2. Los mercados de trabajo agropecuarios y su conformación histórica

Para la Argentina la incorporación a mercados mundiales de productos alimentarios no es un proceso novedoso. Tempranamente, hacia fines del siglo XIX se integra al mercado mundial de alimentos demandados por los países del norte, convirtiéndose en lo que algunos llamaron “el granero del mundo”. La expansión de la frontera agropecuaria sobre territorios escasamente poblados –o los ocupados militarmente, diezmando a la población nativa, dieron origen a un mercado de trabajo agrario que incluía inmigrantes provenientes de un campesinado europeo no absorbido por el crecimiento industrial. Italianos y españoles se desplazaban anualmente a través del océano, en búsqueda de trabajo en las cosechas y en las ciudades que iban creciendo alrededor de las áreas cerealeras pampeanas.
El resto del país, marginado de este crecimiento y con poblaciones de antigua data, se constituye en tributario del “granero mundial” a través del aprovisionamiento de productos madereros necesarios para la expansión ferroviaria y el alambrado de campos pampeanos. Subsidiariamente, y en función de acuerdos, que hoy llamaríamos de “gobernabilidad”, algunas regiones, como el noroeste, desarrollan producciones, como la cañera, en función de abastecer el mercado interno. Comienzan así a constituirse los mercados de trabajo regionales, que absorben la mano de obra local y desarrollan mecanismos de reclutamiento en base a sistemas de “enganche” a través de sistemas de endeudamiento que obligan a campesinos y sus familias a pagar las deudas contraídas durante el año, yendo a trabajar a las cosechas dominantes en la zona. El enganchador y el contratista para la tala de bosques, constituyen antecedentes de intermediaciones entre trabajadores y empleadores. También, como sostienen algunos autores (Salvatore, ), cumplieron el papel de “disciplinadores” de la mano de obra nativa.
Durante la etapa sustitutiva de importaciones, en base a políticas regulatorias que facilitaron el crecimiento de producciones orientadas a los mercados, los de trabajo de niveles regionales, adquieren relevancia en la generación de empleos transitorios para las principales cosechas a la vez que, el desarrollo de explotaciones familiares y campesinas fomentaba el autoempleo de la mano de obra doméstica. Paralelamente, el desarrollo industrial absorbía los excedentes poblacionales provenientes de las economías regionales.
Los movimientos migratorios internos hacia las áreas industriales y demandas de trabajadores agrícolas locales, de otras provincias y de países limítrofes, dominan la escena nacional hasta fines de la década de la década del setenta.
El algodón en Chaco, Corrientes y Santiago del Estero, el tabaco en Corrientes y en el NOA, la yerba mate en Misiones, la esquila lanera en la Patagonia, la vid en Cuyo, la caña de azúcar en Tucumán, Salta y Jujuy, las peras y manzanas en el Alto Valle, las naranjas en Corrientes, identificaban y organizaban los mercados de trabajo de las distintas regiones. Los bolivianos participaban en la cosecha de caña y en el cultivo de tabaco, los paraguayos en la cosecha de yerba y los chilenos cruzaban a la cosecha de peras y manzanas y a la zafra lanera.
Reboratti y Sabalain (1981) describen exhaustivamente estos mercados temporales, analizando las características de trabajadores y empleadores, trabajadores generalmente de origen campesino y empleadores con capacidad de negociación para “abrir”, inclusive legalmente, las fronteras limítrofes. Señalan y asocian trabajo temporario con la migración estacional. En su trabajo estiman un total de 224.000 trabajadores temporarios en los cultivos que ellos estudiaron: caña, vid, peras y manzanas, tabaco y vid. De este total, sólo el 35% era mano de obra local, el resto provenía de otras provincias y de países limítrofes. Con una metodología semejante, en el 2004, el diario La Nación, en base a estimaciones realizadas en áreas del gobierno, indicaba que en la yerba mate se ocupan 8.000 trabajadores, en lana 10.000, en algodón 73.000, en oleaginosas, 50.000 (diario La Nación, 2004)
Cuando se fijaban políticas de precios sostén o de control de oferta de los productos, se tendían a asegurar los ingresos de los productores familiares y campesinos. No obstante, los marcos regulatorios del trabajo agrario siempre tuvieron escaso cumplimiento, con una baja sindicalización y con conflictos por salarios (o para impedir el ingreso ilegal de migrantes) que en muchas ocasiones trascendieron la escena local.
A partir de la apertura de lo economía a mediados de los setenta y la fuerte reestructuración derivada de la legislación de desregulación, precios de los productos, salarios y seguridad social quedaron a merced del mercado libre. No sólo hubo efectos sobre los precios de la producción sino también sobre las políticas de seguridad social, como la derogación de los convenios de corresponsabilidad (que aseguraban salario familiar y aportes jubilatorios en algunas producciones). En el marco de un proceso de desindustrialización y de creciente flexibilización de las normas regulatorias del trabajo, la reestructuración de la agricultura tuvo importantes efectos sobre los mercados de trabajo agrarios, las migraciones laborales, los requerimientos de calificación de los trabajadores, las formas de reclutamiento y la características de la conflictividad social. En este contexto, la ciudad, la industria ya no constituyen atractores del subempleo agropecuario y los paisajes urbanos y rurales han sufrido fuertes cambios respecto a las imágenes tradicionales.
Esta reestructuración de la agricultura se expresa en un nuevo tipo de integración al mercado mundial, a través de la exportación de soja, cereales y alimentos “frescos” destinados a mercados de consumo de altos ingresos, conocidos como “mercados exigentes”. Crece el producto bruto agropecuario, aumentan las exportaciones de los complejos agroalimentarios, pero los procesos internos que desatan provocan importantes modificaciones en el país.
En primer lugar una llamada “expansión de la frontera” que, en realidad constituye un avance de una agricultura ligada a un beneficio de corto plazo, donde se combina flexibilidad y ajuste rápido a precios con uso extensivo de mano de obra y desplazamiento de explotaciones familiares y de pequeños empresarios. La expansión de la soja transgénica, poroto de exportación y la forestación apoyada por regímenes de promoción constituyen los principales ejemplos de la “pampeanización” de las economías regionales (Aparicio, 1987).
Un segundo proceso de los denominados “dinámicos” es la nueva integración al mercado mundial a través de la provisión de alimentos frescos y “seguros”: frutas frescas y algunas hortalizas. El mismo fenómeno sucede con la economía vitivinícola y lácteos destinados a sectores de altos ingresos nacionales y a mercados externos exigentes. Sin embargo estos procesos han sido el resultado de una importante reestructuración de los complejos tradicionales. Nuevas variedades, productos y subproductos resultan de una fuerte concentración de las tierras y los capitales, en tal escenario los pequeños productores y empresarios nacionales no pudieron reconvertirse. El resultado neto en muchos casos ha sido una disminución de la superficie por productos así como la introducción de nuevas tecnologías y formas de trabajo, todo para pocas empresas integradas, ligadas a los sectores comercializadores internacionales. Posiblemente, sólo la producción de limón fresco para exportación constituye una excepción ya que no se asienta sobre un sistema preexistente, sino que constituye una expansión del cultivo en nuevas superficies o sobre antiguas fincas cañeras.
Un tercer proceso es la consolidación del reemplazo de cosecheros por maquinarias, cuyos casos más conocidos son la zafra cañera y la cosecha de algodón. Asimismo, productos destinados al mercado interno disminuyen sus extensiones, como el algodón o la lana, en función de la competencia con bienes agroindustriales importados al amparo de la convertibilidad de la moneda.
Por último, el proceso de trabajo en la explotación agropecuaria incluye menor número de etapas del ciclo productivo: las semillas se compran, no se reproducen; se vende la producción “a campo” y en tal situación las cosechas están a cargo del sector agroindustrializador.
La industrialización de la agricultura se profundiza y requiere menos labores. Estos procesos comparen ciertas características: utilizan tecnologías ahorradoras de mano de obra, “terciarizan” las distintas labores culturales, y las calificaciones requeridas son más homogéneas. Hoy, se produce con pocos asalariados permanentes y se “externalizan” las tareas de cosecha. En un mercado nacional con fuertes tasas de desempleo, los salarios no responden a cambios en la rentabilidad y productividad del trabajador. Las altas disponibilidades de mano de obra local aseguran la provisión de trabajadores estacionales sin importantes migraciones estacionales. Sólo la presencia de familias bolivianas en contratos de mediería en la horticultura muestra el ingreso de pobladores limítrofes, aunque sin las características de estacionalidad anterior a los procesos de liberalización de la economía.


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