Telos” y “Ergon”: una mirada crítica de Aristóteles




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fecha de publicación02.02.2016
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Telos” y “Ergon”: una mirada crítica de Aristóteles1

al mundo contemporáneo

Cada vez está más extendida la idea de que hay que ser un "ganador" y evi­tar ser un "perdedor" (aplicación casi literal del "winner" y el "loser" tan en boga en Norteamérica y tan en consonancia con el "modo de vida norteamericano"). Sin embargo, aunque casi nunca queda claro cuál es la "cumbre" que hay que as­cender, o de qué "ganancias" o "pérdidas" se trata, no hay que ser un lince para poder captar pronto el verdadero mensaje: dinero, poder, fama, éxito... Cuanto más pronto y en mayor medida se posean cosas (y especialmente dinero), más "gana­dor" será alguien. Cuanto más alejado se encuentre uno de ellas, más se le tendrá por un "fracasado".
A no pocos les parece de perlas esta forma de ver y de afrontar la vida. En un mundo plural, cada uno es muy libre de escoger lo que considere más oportuno. Nada hay, pues, que objetar al hecho de que cualquiera se proponga como meta desmarcarse, gracias a su esfuerzo personal (y, lo que es más difícil, sin perjuicio de nadie), del inconmensurable rebaño de perdedores que sobrevivimos en el plane­ta. Sin embargo, tampoco habría que descartar la posibilidad -quizá tercermundis­ta, pero posibilidad, al fin y al cabo- de que haya otras formas más saludables de vivir la vida. Muchos individuos, escuelas, partidos y movimientos se han dedicado desde los principios conocidos de la historia a pensar, proponer e -incluso- ensa­yar-algunas de esas formas de vivir confortable y placenteramente.
Como sería aburrido y muy extenso hacer un recuento relativamente ex­haustivo de todas ellas, limitémonos ahora a una sola, muy antigua, intrínseca­mente "perdedora", y sin la más mínima posibilidad de estar hoy de moda: la de Aristóteles.
Aristóteles, además de contar con una gran capaci­dad especulativa y unas asombrosas dotes como investigador y hombre de ciencia, procuraba mantener siempre los pies en el suelo y comprobar minuciosamente cuanto sucedía a su alrededor. Observador atento y de gran sentido común, gustaba siempre de atenerse a los hechos verificables. Pues bien, Aristóteles constató que cada ser del cosmos, animado e inanimado, y sobre todo los seres vivos, posee por sí mismo unas capacidades, características, tendencias y actividades propias y específicas, que le pertenecen a él y que le diferencian del resto de los seres. Estos rasgos específicos de cada ser que habita en la naturaleza son los que determinan que cada individuo y cada especie sea como es y se comporte como se comporta.
En principio, aunque a primera vista pueda parecer algo complicado, este descubrimiento de Aristóteles es algo bastante evidente: por ejemplo, la naturaleza del orangután (sus capacidades, características, tendencias y actividades) es bien distinta de la del mosquito, la del pino, la de una estrella enana roja o la del ser humano. Si nos fijamos en la forma de comportarse de cada uno, constatamos de inmediato que son diferentes en cada uno, a tenor de su propia naturaleza: la mar­garita, el dromedario, la libélula, la magnolia. la estrella de mar o el ser humano son muy diferentes, al igual que su comportamiento, aspecto, su estructura fisio­lógica, sus formas de alimentación o reproducción, sus modalidades de comunica­ción, sus medios de adaptación al medio, etc....
Y sin embargo, a juicio de Aristóteles, a pesar de todas estas peculiaridades y diferencias, todos los seres de la naturaleza coincidimos en algo fundamental: es­tamos en el mundo para llegar a ser lo más plenamente posible aquello que nos co­rresponde ser por naturaleza. En otras palabras, dado que a cada ser, a cada es­pecie, le corresponde un modo de ser específico y propio determinado por la naturaleza, la misión primordial que cada uno tiene en el mundo es llegar a ser lo más per­fectamente posible lo que se es, al menos en germen: llegar a ser él mismo, desarrollarse o realizarse a sí mismo en todas y cada una de las capacidades que la na­turaleza le ha dotado. Pues bien, Aristóteles denomina a este objetivo fundamental de cada ser existente en la naturaleza con un término que él mismo inventó al efecto: "telos".
Cada ser, cada especie tiene su propio "telos", es decir, surge en la naturaleza para hacerse a sí mismo, desarrollar cabalmente todas sus potencialidades. Así, consideramos que una mazorca de maíz, un tomate, un delfín o un caballo van llegando, en circunstancias normales, mientras dura su existencia, a su pleno de­sarrollo, a su plenitud natural (a su "telos"). Desde esta perspectiva, resultaría ridículo y fuera de lugar declarar que una ballena es "más excelsa" o de "mayor valía" que un pulpo, pues para el pulpo sería una catástrofe aspirar a parecerse o convertirse en ballena, pues su "telos" natural consiste en llegar a ser pulpo (si no se malentiende la expresión, podría decirse "un buen pulpo"). Lo mismo podría de­cirse, por ejemplo, de la metamorfosis de la mariposa, las mareas, los eclipses, el desarrollo de un niño, la organización de las termitas en sus hormigueros o la pig­mentación variable del calamar.
Por consiguiente, el "deber" primordial de cada ser de la naturaleza consiste en desplegar y culminar su "telos", es decir, en hacerse adecuadamente a sí mismo, no impedir el pleno desarrollo de su ser. Una abeja que tendiese a ser libélu­la o un ratón que suspirase por volar no llevaría a cabo su "telos" específico y propio, y se convertirían en un auténtico fiasco. En otras palabras, el mayor error que podría darse en la naturaleza consistiría en que alguien se empeñase en desco­nocer, ignorar o dar la espalda al pleno despliegue natural de su naturaleza, al pro­pio" "telos"': cada uno ha de tender a ser él mismo de la forma más acabada posi­ble.
Por ello, tampoco los seres humanos alcanzaríamos nuestro objetivo natu­ral (nuestro "telos"), si nos empeñáramos, por ejemplo, en ser gaviotas, superma­nes, dioses o máquinas, al igual que sería un desastre para la cebolla desarrollarse como palmera o como cactus o como cualquier otro ser que no fuese ella misma...
Por la misma razón, y dado que los seres humanos constituyen para Aristóteles la obra culminante, pero no por ello dejan de ser unos seres más de la naturaleza, estamos sujetos al mismo proceso de consecución del propio "telos", es decir, a la necesidad de desarrollar nuestras posibilidades natura­les, si es que queremos alcanzar nuestra realización plena como humanos y, por consiguiente, la felicidad. Desde que nace un ser humano, se pone ineludiblemente en marcha para llegar a su pleno desarrollo como individuo humano concreto, y por ello y para ello vive, ama, se aburre, estudia, respira, habla, duerme, se apasio­na, anda, sufre, se preocupa o suda... Cada etapa, cada situación, cada decisión, cada instante es un paso, progresivo o recesivo, hacia la construcción total y plena de uno mismo como ser humano.
Cada individuo humano debe esforzarse, pues, a lo largo de su vida por llegar a ser una persona cabal, por llevar a plenitud sus aptitudes y capacida­des, de acuerdo con sus características individuales propias, por hacer realidad su "telos". Ahora bien, Aristóteles no concibe el "telos” como algo acabado, definitivamente hecho, exterior a nosotros mismos, como si se tratara de la línea de meta para un ciclista, el mueble terminado para el carpintero o el puerto para el barco de pesca, sino como algo que forma parte de uno mismo: es el propio ser el que está en proce­so permanente de autorrealización. A este proceso constante por alcanzar el "telos" lo denomina Aristóteles con el término "ergon".
Al igual que el cuerpo de un ser adulto es resultado de un despliegue comple­jo y maravilloso del organismo a lo largo del tiempo, desarrollarse como persona es producto del esfuerzo continuado por hacerse a uno mismo día a día. En otras pa­labras, el "telos" no es una simple meta que nos aguarda al final de la vida, sino un proceso, una actividad, "ergon”. El "ergon” es, pues, la actividad natural que cada ser ha de llevar progresivamente a cabo a lo largo de su existencia a fin de desarro­llar adecuadamente el "teos”, el propio ser, como individuo cabal.
Más aún, el ser humano no sólo está siempre por acabar, por realizarse, y en esto consiste radicalmente su esencia (tener que decidir día a día, instante a instante, quién es y quién quiere ser), sino que -precisamente por ello- cada uno debe descubrir cuál es su camino a recorrer, cuál es su horizonte a perseguir, pues lejos de ser un ente abstracto (clónico en lo fundamental, diferente sólo en lo acci­dental), es un individuo humano concreto, esta persona, yo, tú... La vida humana es para cada individuo una empresa siempre por hacer plenamente, un descubri­miento incesante, un navegar por aguas, a veces quietas, a veces procelosas, escrutando el rumbo adecuado.
Y aquí sería conveniente hacer un alto en el camino y volver a revisar el binomio contemporáneo "perdedor" - "ganador". En ningún caso se le ocurriría a Aristóteles descalificar lisa y llanamente los bienes y valores encarnados por el típico "self­-made-man" triunfador (bienestar, confort, dinero, ocio, éxito...). Tenía demasiado sentido común y amaba demasiado la vida real y concreta como para despre­ciarlos. Sin embargo, no estaría de acuerdo en cargar exclusivamente las tintas sobre un solo aspecto, limitado y parcial, de la vida: el dinero, el bienestar, la fama, el poder, el confort, el ocio o el éxito.
El auténtico y pleno desarrollo humano no se alcanza con la simple obten­ción de estos bienes, aunque éstos pueden propiciar que el proceso sea más placen­tero y menos accidentado. El "telos" es un proyecto -un "ergon''- que se despliega lentamente, con constancia, a lo largo de la vida. Dentro de las características y li­mitaciones naturales de cada especie e individuo, cada uno debe desvelar el sentido y la dirección que quiere dar a su existencia para la consecución de su "telos". Frente al mensaje sesgado de los "ganadores" contemporáneos, Aristóteles supone una reivindicación de lo más genuino y profundo del ser humano, expresado con el término "telos”.
Para la mayoría de los seres de la naturaleza la realización de sus potencia­lidades naturales es eminentemente un proceso ciego: no son capaces de elegir, ni bien ni mal, el desarrollo de su vida y de su personalidad, la calidad y el talante de su existencia, su "ergon” y su "telos” ; es decir, sus comportamientos, necesidades y pautas de adaptación están completamente predeterminados: tanto sus carac­terísticas fisiológicas, como sus conductas básicas, están prefijadas por un conjunto de factores genéticos e instintivos, que les dejan un margen bastante escaso, o in­cluso nulo, de decisión.
El ser humano, en cambio, puede convertirse en un ser excelente o deplora­ble según consiga o no desarrollarse adecuadamente: es un ser capaz de echar a perder lo que por naturaleza puede llegar a ser, es decir, puede "echarse a perder" lastimosamente. Por lo mismo, puede "ganarse" a sí mismo como ser humano cabal. Obviamente, el significado de "perder" o "ganar" nada tiene que ver en este caso con los "ganadores" o "perdedores" de determinados estratos de la sociedad contemporánea.
En efecto, aun dentro de ciertos límites impuestos por nuestra propia natu­raleza biológica, somos el único ser de la tierra capaz de decidir cómo y qué quere­mos ser, de realizar nuestro ser de una u otra forma. Esto conlleva sin duda un riesgo, pero también la posibilidad de abordar la existencia como la aventura de lle­gar a ser nosotros mismos. Nos diferenciamos, para bien o para mal, del resto de los seres de la naturaleza en que somos capaces de hacer realidad o de abortar nuestro “telos", de pensar y reflexionar sobre él, de elegir el camino concreto para realizarlo, de llevado a cabo en el seno de determinados grupos y sociedades, de co­municado a través del lenguaje, de amarlo o destruirlo...
Sería, pues, un error envidiar otro "'telos” distinto. No sólo, por ejemplo, pre­tender ser hormiga, marciano o dios o ángel o demonio, sino empeñarme en ser cualquier otro, pero no yo mismo. Me puedo convertir en un desgraciado, si me paso la vida lamentándome de no medir dos metros treinta centímetros y no poder así jugar de pívot en un equipo de baloncesto, o no ser como mi vecino, o como mi amigo, o como el de la página quince de esa revista del corazón, o astronauta o Adonis redivivo, o Elvis Presley, o Superman...
Es curioso también observar cuántos individuos creen a veces que los demás siempre viven mejor que ellos o son menos desgraciados, o sus dolores son más intensos o más escasa su buena suerte... La cuestión es no estar conforme con lo que uno es real­mente. Y difícilmente se puede mejorar si no es sobre la base de la propia realidad, del propio telos, del propio ergon concreto. Aún recuerdo la anécdota clínica atribuida a Sigmund Freud: dos herma­nos gemelos andaban preocupados por el tamaño de su propio pene, pues cada uno consideraba que el de su hermano era mayor, y el suyo más pequeño... Pues bien, parece ser que cuando Freud los midió tenían exactamente el mismo tamaño... Quedaríamos quizá asombrados al comprobar cuánta gente anda por ahí desaso­segada por sus propias dimensiones y por las presuntas dimensiones de los demás (y no exactamente del pene fisiológico...).
Es un error, por tanto, no esforzarnos por llevar nuestro ser, nuestro "telos", cabalmente a término. Los humanos no somos como los geranios existen­tes en las terrazas de tantas casas: es cuestión de sembrarlos en una maceta, de regarlos y... a crecer. Por el contrario, llegar a ser humano, en el sentido pleno de la palabra, exige siempre tensión, esfuerzo, reflexión, voluntad, ilusión, constancia, a veces también no pocos sacrificios. En otras palabras, el “ergon" humano es, en cualquier caso, una actividad ardua, que permite pocas siestas y vacaciones.
Esto nos permite descubrir el sentido real que Aristóteles da a la palabra "energía” (“en-ergon"', "en-ergeia'" o "en-ergía"): energético es todo factor o elemento que coopera o favorece el proceso de desarrollo que Aristóteles conoce bajo el nom­bre de “ergon". Así, hay cosas que son "energéticas" y otras que no lo son: la salud y lo que coopera a un buen estado de forma; el pensamiento y la cultura, la honradez y la sinceridad, el amor y la amistad, la gastronomía y el erotismo, el con­fort y la música, la fiesta y la belleza, la aceptación de los reveses de la vida y el esfuerzo, el sacrificio y la satisfacción, el placer y el estudio, la pasión..., son "ener­géticos" si y sólo si forman parte del proceso constitutivo del "ergon".
Hoy, sin embargo, sólo se consideran "energéticos" aquellos productos que confieren fuerza y vigor, poder y empuje. Debido a ello, lo "energéti­co" se ingiere, se inyecta o se compra, y tras poseerlo, utilizarlo o asimilarlo , se "gasta" o se "emplea" en la actividad misma de subsistir y vivir (sean vitaminas, glucosa, pilas electrónicas o gasolina). Si carecemos, a nuestro juicio, de suficien­tes energías, parece que no tenemos más que comprarlas, inyectarlas, ingerirlas, etc. Aristóteles, sin poner en principio reparos a esta forma de ver lo "energético", echaría de menos una concepción más honda y radical de "energía": lo que fomenta la realización plena y veraz de cada ser, de la naturaleza de cada ser.
Hay cosas, por el contrario, que son "anti-en-ergéticas", aunque Aristóteles matiza bastante esta afirmación: más que las cosas en sí mismas y por sí mis­mas, son las proporciones o las dosis en que se toman o administran las que confie­ren realmente el rango de beneficioso o dañino, de constructor o destructor, de energético o no-energético. Todo puede ser conveniente o inconveniente, positivo e negativo, dependiendo de hasta qué punto y en qué medida favorecen o no, coope­ran o no, a llevar a cabo el “ergon” personal y social.
En consecuencia, las drogas, el sexo, la lectura, la miel, el trabajo, el descan­so, el ocio, el deporte, el riesgo, la comida, la bebida, el jolgorio, los ideales, los ami­gos o las angulas, todo -en desmesura- se vuelve en contra del "ergon”, tiende a malograrlo, y todo -en su justa medida y en orden a su objetivo preciso- es energé­tico, favorecedor del ergon, del desarrollo pleno del ser humano. Deberán ser la con­ciencia y la libertad de cada uno las que decidan dónde empieza o acaba la desmesura y cuál es la justa medida de cada cosa... Cada uno ha de juzgar, pues, qué le conviene en cada caso, al ser responsable, para bien o para mal, de su "ergon". Estamos hasta cierto punto en nuestras manos, somos producto de nuestras pro­pias decisiones.
La vida debería ser ante todo un esfuerzo inagotable por llevar a cabo del modo más pleno posible el "telos”, el desarrollo de nuestro ser, la culminación de nuestras posibilidades. De todas formas, somos seres que nos sentimos limitados e inacabados, por hacer. Siempre aspiramos a más, siempre estamos en pos de no­sotros mismos, de nuestros proyectos e ideales. Parece que nunca podemos llegar al acabamiento perfecto y definitivo de nosotros mismos.
Que todos los seres del mundo y de la naturaleza, según Aristóteles, tien­dan a su "excelencia", a su culminación perfecta, a la consecución de su "telos", al grado sumo de sus capacidades naturales, a su plena madurez, no deja de ser en cierto modo un ideal, y así lo reconoce el propio Aristóteles: en el caso de que al­guien o algo alcanzase su "telos", su desarrollo completo, se convertiría en "en-telequia", en un ser naturalmente perfecto, que habría alcanzado el pleno y cabal desarrollo de su ser y de su vida. Pero, claro está, esto es más bien una aspiración, un ideal (de ahí la palabra "entelequia”).
En realidad, somos seres inacabados, siempre en "en-ergía", siempre ten­diendo al "telos”, pero jamás consiguiéndolo del todo. Si llegásemos realmente a conseguir tal perfección de nuestro ser, al "telos" simple y puro, dejaríamos de ser humanos, de existir, pues en tal caso quedaríamos sumidos en un mundo donde nada habría ya que desear o querer, nada nuevo por lo que vivir o morir, ni siquiera tendríamos ya motivo para respirar, comer, amar o trabajar. Toda la realidad, in­cluido nuestro propio ser, quedaría petrificada en su perfección, al no tener nuevos objetivos que cumplir. Por suerte, la existencia humana es hacerse continuo, perfeccionarse, esforzarse, tendencia a lo que aún no se es, transcenderse, elegirse.
De ahí una de las mayores paradojas de los seres humanos: sabemos que nunca alcanzaremos plenamente el "telos" (dejaríamos de ser quienes somos, víc­timas de nuestro propio logro), pero en ningún caso podemos tampoco renunciar a su consecución (quedaríamos sin objetivo, apresados en un mundo caótico, sin horizonte ni contornos).

1 Los conceptos “telos” y “ergon” son básicos a lo largo y ancho de la obra aristotélica. Nos hemos centrado primordialmente en los libros VI y VII de la Metafísica, Ética a Nicómaco y el Tratado sobre el alma. El hilo conductor para su interpretación responde básicamente a las explicaciones de Ingemar Düring, Aristóteles, Darstellung und Interpretation seines Denkens, Carl Winter, Universitätsverlag, Heidelberg, 1966, 670 páginas.


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