Hacia Una Política de Educación a la Altura de los Tiempos que Vivimos




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Capítulo Diez
Hacia Una Política de Educación a la Altura de los Tiempos que Vivimos
Howard Richards: En esta ciudad toda la gestión municipal tiene sentido educativo. Hay muchas iniciativas notables tanto en educación formal como en educación no-formal, tanto en materia de educación de adultos como en política de infancia y de juventud. Ahora es el momento de hablar con la Secretaria de Educación y Cultura, quien fue también la coordinadora del equipo que armó los grandes parques educativos de la ciudad, La Granja de la Infancia, El Jardín de los Niños, y la Isla de los Inventos. Me cuesta decidir dónde empezar.

Chiqui González: Quizás podemos conversar sobre el sentido general de la educación y la cultura –dos palabras tan polisémicas y tan indispensables—en la época que nos toca vivir, en el lugar donde nos toca estar.

Howard Richards: El sentido general de este libro es él de una invitación al diálogo, con la esperanza que algo que digamos provoque a algún lector a aportar sus pensamientos a la búsqueda común. Con mayor razón tratamos ahora meramente de una “conversación,” una invitación al diálogo, puesto que en el campo de la educación encontramos una masa enorme de experiencias concretas, mucho más de las que podríamos tratar sistemáticamente. Además, tiene relación con problemas filosóficos y políticos infinitamente complejos.

Chiqui González: Quiero dejar constancia que hay mucha documentación, muchos marcos teóricos elaborados, muchos libros escritos que nos han inspirado, por ejemplo La Ciudad de los Niños y Cuando los Niños Dicen BASTA de Francesco Tonucci. Si hoy día conversamos sobre el papel general de la educación y la cultura en Rosario en el presente, no es por falta de recursos para abarcar temas más específicos en forma detallada.

Howard Richards: Confieso que las que más me interesan son aquellas ideas –y tanto mejor si son ideas llevadas a la práctica—que ofrecen pistas de solución a los grandes problemas estructurales del mundo actual. En este sentido encuentro en Rosario un semillero. Me parece también que no es el momento para medir variables. Sería quemar etapas, puesto que no se sabe todavía cuáles serían las variables a medir; podríamos correr el riesgo de perjudicar lo que se quiere cultivar, puesto que posiblemente estorbaría los procesos de reflexión de equipo sobre las prácticas en marcha.

Chiqui González: En cuanto a aquellos “grandes problemas estructurales del mundo actual,” ¿Cómo defines la época que vivimos?

Howard Richards: Ubico la época que vivimos como época penosa en la cual estamos luchando para superar los estragos que ha dejado el neoliberalismo. En el caso de Argentina y del Cono Sur en general, son los estragos que han dejado primero la dictadura militar y después el neoliberalismo.

Chiqui González: Convendría una perspectiva histórica más amplia.

Howard Richards: De acuerdo. Se subentiende que desde la colonia los proyectos educativos siempre han sido en gran parte supeditados a los modelos de desarrollo económico de la época. Lo que encuentro en las líneas directrices de la educación en Rosario es que aunque sí se trata de educar para la democracia, en el sentido de ¡Nunca mas! y sí se trata de recuperar el capital social perdido en una época de liberalismo exagerado, también hay algo que va más al fondo, algo que entra en diálogo crítico con los fundamentos de la modernidad, algo que intenta hacer realidad una utopía, mas allá de la corrección de determinadas tragedias históricas recientes. Hay algo que trasciende no solamente el modelo de desarrollo económico del presente, sino cualquier modelo de desarrollo económico. Para entender lo que ustedes están haciendo encuentro clave la palabra “cultura” en más de uno de sus indispensables sentidos. Es también clave pensar “educación” a fondo, como lo hizo Hanna Arendt cuando sostuvo que el hecho fundamental es la natalidad. Hay educación porque hay seres nuevos. El mundo es siempre más viejo que ellos. (Arendt 1997)

Chiqui González: Si tratamos de ubicarnos en el tiempo, y de definir las tareas de hoy con cierto sentido de nuestra ubicación en el desarrollo histórico de la cultura de Argentina, y si miramos incluso los años menos recientes, veremos que aquí los valores solidarios tienen raíces profundas. Nuestro país se vincula con la solidaridad –valor actualmente cuestionado por el neoliberalismo-- desde diferentes vertientes a lo largo de su existencia como nación, entre los cuales podemos destacar la verdadera caridad, en el marco de la religiosidad católica; las instituciones cooperativas, mutuales, bibliotecas populares y clubes de barrio, que tuvieron su auge con los inmigrantes socialistas y anarquistas de fin de siglo diecinueve y primera mitad del veinte; el movimentismo político ligado a los gobiernos populistas; y las prácticas “vanguardistas” de los “70”.

Howard Richards: ¿De qué se tratan las “practicas ‘vanguardistas’ de los ‘70’?”

Chiqui González: De la idealización de la pobreza y la construcción de conciencia de clase, considerada como “germen de la revolución,” y de una metodología de reclutamiento a través del “referente” barrial, sindical, etc, planteado como “instancia de formación de cuadros de base.”

Howard Richards: Supongo que las prácticas de los ‘70’ tenían sus raíces en la historia anterior, y que las políticas públicas actuales -- sean aquellas políticas públicas las que tienen relación con la educación u otras-- tienen sus raíces en aquella historia que ha transcurrido entre aquellos tiempos y los nuestros.

Chiqui González: Las raíces se encuentran no solamente en la historia, sino también en la reflexión sobre la historia, en la filosofía, en todo esfuerzo para comprender mejor nuestra dura realidad con la finalidad de cambiarla. Hoy en día entendemos “política pública” de otra manera.

Howard Richards: ¿Qué entiendes por “política pública”?

Chiqui González: Una política pública debe ser un impulso colectivo y transformador con perspectiva estratégica. Es una energía regulada y sistematizada que hace frente a una necesidad, interpreta un imaginario social, construye sentido en la fragmentación, moviliza la acción en la abulia y teje su red infinita de futuro en el presente del territorio. Tiene algo de solemne cuando relaciona y re-liga un pulverizado sentido de conjunto, convergiéndose en misteriosa construcción como “artefacto” de cambio.

Howard Richards: Varios aspectos de tu manera de hablar de “política pública” me llaman la atención. El primero es que no hablas de conceptos, ni de fijar metas, ni de presupuestos e inversiones, ni de tiempos de realización, ni de programación de actividades, ni de evaluaciones de resultados, sino de “impulso” y “energía.”

Chiqui González: Hablaremos de todo en su debido tiempo. Partimos de que la política es “el arte de vivir juntos los unos con los otros,” como dice Hanna Arendt. (Arendt 1997). Es la capacidad de convocar lo colectivo…

Howard Richards: …justamente en una época en la cual lo colectivo se encuentra desprestigiado.

Chiqui González: Estamos parados exactamente en el punto en que el convivir es la estrategia mayor, en la era del vacío del sentido, la crisis extenuante de la representación, la del individualismo y de la exclusión.

Howard Richards: ¿Por eso cabe hablar de “impulso” o de “energía”? ¿Porque es lo que más falta? Me llama la atención también que no hablas precisamente de una política de un gobierno, en este caso de un gobierno municipal, sino de política “pública.” Otra vez con tinta de la filosofía política de Hanna Arendt.

Chiqui González: No tan solo de Arendt, sino también de otras fuentes de filosofía actual. (Ver bibliografía) Se advierte inmediatamente que en las políticas públicas de educación están en juego la pertenencia, la identidad, la trascendencia. Cuando la gente actúa sus acciones, se suele llamar participación, consenso, se pone en evidencia la multiplicidad y complejidad de la trama social, la belleza de la diferencia. Poner en escena a la sociedad civil, es, en realidad, la única manera de practicar “el arte de vivir juntos.”

Howard Richards: Una verdad filosófica, y también una verdad económica.

Chiqui González: Cuando los ciudadanos protagonizan, el espacio público se convierte en uso y sentido. Puede mostrar su condición de territorio de nuestra movilidad urbana, aprendizajes y vivencias. Recuperamos el patrimonio físico, imaginario, y simbólico que heredamos y acrecentamos. Hacemos memoria de nuestro cuerpo (desplazamiento de la historia de las cosas), modos y vínculos movilizados, reglas del juego o normativos, que favorecen el concierto de voluntades. Es el antiguo bien común del siglo XII convertido en plano y damero, que habla y grita, expone sin tapujos la exclusión, dialoga con el río y hasta repara en la existencia de los chicos. Para decirlo como se merece la metáfora teatral, se trata de cuerpos de todas las edades que, en un tiempo y en un espacio, con cierta cantidad de energía, intentan construir un relato, una ficción, protagonizar (es decir ser “alguien” a cambio de “nadie”) su historia…la historia de “nosotros.”

Howard Richards: Me empiezo a percatar de como una política pública, y específicamente una política de educación, puede dedicarse a superar los estragos que ha dejado el neoliberalismo, y aún más, construir nuevos espacios públicos.

Chiqui González: Efectivamente, ha dejado estragos. Todo lo que fue autogestión cooperativa, fue duramente combatida por el neoliberalismo a partir de la década del ’70, logrando casi su extinción. Aun así, semejantes modelos perduran hoy en algunas instituciones que luchan por sobrevivir atravesadas por los tiempos del consumo, la competencia, y el individualismo, entre la indiferencia y la falta de participación y una dirigencia que por años no ha podido renovar ideas. Mantienen vivo el ideario solidario, no estatista y no personalista. El modelo “vanguardista” de los ’70 también sufrió el intento de aniquilamiento durante uno de los capítulos más tristes y aun no saldados de nuestra historia nacional. Lo que perdura de él hace juego con el resto de las vertientes.

Howard Richards: O sea, la educación asume como tarea la recuperación de las antiguas tradiciones cívicas.

Chiqui González: ¡Ojalá que fuera tan sencilla! Si es cierto que la libertad, la igualdad, y la fraternidad tienen profundas raíces en el imaginario argentino, es igualmente cierto que nuestra historia nacional nos ha legado una cultura popular y un estilo de gestión de políticas publicas cargados de mitos, de complicidades, y de estereotipos. Fue consolidado durante décadas de injusticias y prebendas, a través de distintos gobiernos, un sistema de distribución de limosnas a cambio de lealtades. Hoy estas lógicas –clientelismo, personalismo, dependencia, individualismo, improvisación, mendicidad, etc. —no son productos de prácticas aleatorias. Conforman una verdadera cultura política fuertemente arraigada. Esto hace todavía más compleja una realidad de creciente tensión social, ante la cual el Municipio de Rosario estructura una alternativa de trabajo dedicada a la producción de capital social. Enfrenta estas lógicas desde un modelo pedagógico. Transforma cada espacio asistencial en un programa educativo.

Howard Richards: ¿Me puedes dar un ejemplo concreto?

Chiqui González: Se trata de resignificar el fenómeno “pobreza.” El programa educativo parte de la base que el nivel de pobreza se vincula estrechamente con la capacidad para generar vínculos con el entorno, reconocer las oportunidades que ofrece el medio y aprovecharlas, así como con mantener cierto grado de responsabilidad como ciudadano que permite permanecer incluidos en la trama social.

Howard Richards: ¿Cómo los identificas?

Chiqui González: Identificamos a familias de máxima vulnerabilidad social, con niños desnutridos, desescolarizados, situaciones de violencia, personas enfermas sin atención etc.

Howard Richards: ¿Y?

Chiqui González: Se trabaja con cada familia en una tarea educativa integral que apunta a la inclusión social y a la autosustentabilidad con el aprovechamiento de los servicios sociales que el entorno le brinda. Se trata de desarrollar en cada hogar hábitos alimentarios, cuidado de los niños, manejo de habilidades sociales (aprendizaje del trámite para acceder a asistencia médica o legal, obtención de documentos etc.) desarrollo de hábitos en el cumplimiento de horarios, asistencia de los niños a la escuela, recuperación de vínculos familiares, y de vecindad. La asistencia básica alimentaria se complementa con una propuesta de auto producción que convoca a los adultos a una tarea vinculada a la tierra, y en muchos casos vinculada también con su historia personal y familiar de emigrados del campo a la ciudad. Esto constituye un fuerte dispositivo educativo, ya que se estructura a través de un educador permanente, el promotor agrotécnico, cuya tarea es conformar grupos de vecinos y habilitar un espacio de intercambio colectivo que ofrezca un ámbito amigable de contención y aprendizaje.

Howard Richards: Mi primer intento de definir una política educativa a la altura de los tiempos que vivimos no prosperó. Dije que la tarea fue la recuperación de las antiguas tradiciones cívicas anteriores al neoliberalismo. No prosperó, porque me llamaste la atención a la tradición del “puntero” del barrio quien reparte limosnas a los clientes políticos, y a una serie de idiosincrasias más de la historia de la Argentina -- aquellas tradiciones que traban el funcionamiento correcto de las instituciones. - ¿Se puede decir, como segundo intento, que la tarea de la educación actual es superar todo aquello que no permita que Argentina sea un país normal con un desarrollo normal?

Chiqui González: [se pone a reír]

Howard Richards: Bueno, tengo entendido que un concepto parsoniano de “socializar” al educando para que sea “normal” y para que “funcione” en el mundo como es, no te convence, porque el mundo como es no te convence, ni en Argentina ni en el resto del mundo, ni siquiera en aquellos países que se pueden llamar, a diferencia de Argentina, “normales.” Pero si el traspaso de los conocimientos y las costumbres de una generación a otra no es el propósito de la educación, ¿Cuál puede ser su propósito?

Chiqui González: Es la transmisión de la cultura, pero es más que eso.

Howard Richards: “Cultura” – ¡otra vez esta palabra tan indispensable! Entre sus innumerables usos establecidos se encuentra la frase “transmisión de la cultura.” Es la definición más clásica de la educación. Los sabios de antaño, dijeron que el objetivo de la educación era la producción de la persona culta. “Persona culta” y “persona educada” eran casi sinónimas.

Chiqui González: Rescatamos aquellos ideales venerables del pasado, pero hoy en día tienen otro sentido. Hoy en día las civilizaciones clásicas del occidente, y todas las grandes civilizaciones, nos ofrecen marcos teóricos y valóricos amplios, al interior de los cuales se puede identificar al economicismo reinante como mentalidad aberrante, limitada, unidimensional, y a todas luces inadecuada. Si rescatamos para los rosarinos el acervo cultural de la humanidad; si los niños en el Jardín de los Niños juegan con las maquinitas en una replica del taller de Leonardo da Vinci; si los museos y las exhibiciones ponen al alcance de la ciudadanía la historia de la tecnología y del arte, no es porque queremos parar la historia. Al contrario, el pasado pone el presente en contexto, lo relativiza.

Howard Richards: Pienso en la taxonomía de filosofías de la educación que propusieron Lawrence Kohlberg y Rochelle Mayer (Kohlberg y Mayer 1972). Proponen tres grandes rubros: (1) El propósito de la educación es la transmisión de la cultura (El enfoque social). (2) El propósito es que florezca el niño, concebido como ser con su propia dinámica interna de crecimiento auténtico (El enfoque romántico, que incluye entre otras corrientes las freudianas). (3) El propósito es facilitar aquellos intercambios dialécticos entre el niño y el entorno mediante los cuales el niño como agente activo de su propio desarrollo construye el conocimiento y la ética. (El enfoque desarrollista, que incluye entre otros los piagetianos)
Chiqui González: Me identifico con elementos de las tres opciones pero no con “el niño” en singular. La forma de estar en el mundo de los niños es tal que el individuo es siempre una parte. No existe solo. Siempre es parte de una relación. No existe “el niño” que dialoga con su entorno como si fuera el niño una cosa y el entorno otra.

Howard Richards: ¿O sea, el niño nace tribal, relacional; y la persona culta, educada, es ciudadano?

Chiqui González: Nadie vive solo. Educarse es participar en la producción simbólica de la comunidad. La producción simbólica constituye un modo de definir el nosotros, dialéctico, abierto a la historia, heredero de su tradición, capaz de crear, transformarse, y redefinirse. Ese sistema de producción genera un imaginario colectivo, quienes somos, y quienes creemos que somos, que soñamos y deseamos, que pasiones sostenemos, ¿Cuáles son nuestras paradojas? También asigna y jerarquiza valores, crea categorías conceptuales e instituye proyectos sociales sostenidos por deseos de conjunto. Todo lo dicho se expresa en las prácticas de comportamiento social de los ciudadanos. (Castoriadis 1993)

Howard Richards: Me imagino que los primeros que van a discrepar con nuestro enfoque cultural de la educación van a ser los padres y apoderados. El magisterio puede definirse como portador y formador de una serie de valores culturales, pero para quienes mandan a sus hijos a la escuela prima un solo valor: una salida laboral profesional. Los padres se sacrifican por sus hijos. Trabajan para que ellos estudien. Quieren una sola cosa: que los hijos tengan una vida mejor que la que ha sido la vida de los padres. ¿No es cierto?

Chiqui González: La voz “cultura” es multi-talentosa, y por eso a veces se presta a malentendidos. Por una parte, “cultura” es una palabra bisagra, una invitación a cambio de paradigma. Nos permite situar la ciencia económica al interior de una ciencia social más abarcadora, al interior de una antropología. En este sentido es indispensable porque una de las tragedias del tiempo que vivimos es que la ciencia económica ha llegado a ser el zapato chino --la metafísica insuperable-- de la modernidad. Es un monstruo ilegítimo
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