Primera parte




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El ascenso y la caída de la apropiación de los bienes



Es indiscutible la importancia que ha tenido la propiedad privada en el mundo moderno. El sociólogo de Harvard Daniel Bell identifica la propiedad privada como la «institución axial» de la sociedad capitalista (14). Los economistas, deseosos de justificar el régimen de propiedad privada, se han pasado casi trescientos años en una búsqueda inútil tratando de encontrar alguna intrincada ley de la naturaleza que vincule la noción de propiedad privada con alguna propuesta metafísica de mayor alcance. Paul Laforgue, sociólogo del siglo XIX, señalaba con humor que, en su celo por mostrar la naturaleza universal de la propiedad privada, los economistas cargaban a las simples hormigas con esa convención pues, tal como dicen esos economistas, es bien sabido que almacenan provisiones. Laforgue decía con ironía: “Es una lástima que estos economistas no hayan dado un paso más para decir que, si las hormigas guardan previsoramente reservas, lo hacen con vistas a venderlas y obtener un beneficio a partir de la circulación de su capital” (15).

El jurista inglés Sir William Blackstone definía la propiedad como “aquel dominio despótico y exclusivo que un hombre demanda y ejercita sobre las cosas externas del mundo, con total exclusión del derecho de cualquier otro individuo del universo»” (16). Por tanto, en el mundo moderno la propiedad es una convención social que sirve para negociar las esferas de influencia de los individuos. El concepto de “mío y tuyo” nos permite hacer distinciones y establecer relaciones con otros en un con­texto social. Todos los días, tanto en lo pequeño como en lo grande, nos enfrentamos con cuestiones relacionadas con la propiedad y la mayor parte de las veces mantenemos nuestras complejas relaciones sociales utilizando nociones compartidas sobre quién es el poseedor de cada cosa. En la medida en que las relaciones humanas permanecen ancladas en la geografía debe existir alguna forma de régimen de propiedad.

Ahora bien, la propiedad es un concepto muy esquivo. Por una parte, parece fácil de identificar en todas sus diversas formas. Incluso las almas menos refinadas reconocen la propiedad cuando la ven y comprenden visceralmente lo que el término quiere decir. Por otro lado, hay pocos conceptos que resulten más difíciles de identificar.

Filósofos y reyes, teólogos y políticos han batallado con la noción de propiedad desde tiempo inmemorial y aún no han llegado a obtener una explicación satisfactoria sobre qué es exactamente. Esto es debido probablemente a que nuestras ideas sobre la propiedad han ido cambiando en el curso de la historia, lo que sugiere que la propiedad, lo mismo que otros inventos sociales, no es una idea tallada en piedra sino que más bien es un concepto fluido sometido a los avatares y caprichos del momento y el lugar específico en que se utiliza. Por ejemplo, la noción de propiedad significa algo muy diferente en la Edad Media que en el mundo moderno.

La sociedad feudal se concebía como parte de la «gran cadena del ser», un mundo natural y social jerárquicamente estructurado que abarcaba desde las criaturas más viles hasta los príncipes de la Iglesia. La totalidad de la cadena había sido fruto de la creación divina y estaba organizada de tal manera que aseguraba a cada criatura la realización de su papel tal como Dios lo había prescrito, lo que incluía servir a los de arriba y a los de debajo de acuerdo con su posición.

Debido a que Dios es el dueño de lo que ha creado, todas las cosas de la Tierra pertenecen a Él en último término. Dios da a los seres humanos el derecho de utilizar lo que es propiedad divina, en la medida en que son justos y cumplen con las obligaciones de respeto y lealtad, hacia Él y hacia toda otra persona en la escala social en la forma en que Él ha preordenado. De hecho, la Iglesia y la nobleza actúan como represen­tantes de Dios. Deciden, por la fuerza de las armas, los términos según los cuales se divide, administra y usa la propiedad terrenal de Dios.

Así pues, en la sociedad feudal la propiedad privada era un fenóme­no complejo y estaba rígidamente unida a la idea de relaciones entre los propietarios. Las cosas no eran poseídas completa o exclusivamente por nadie sino que se compartían de muy diversas maneras de acuerdo con las condiciones establecidas por un severo código de obligaciones mutuas. Cuando el rey concedía la tierra a un noble o un vasallo, «seguía manteniendo sus derechos sobre la tierra, excepto en aquellos aspectos particulares a los que había renunciado» (17). De acuerdo con el historiador Richard Schlatter, el resultado es que «nadie podía reclamarse propieta­rio de la tierra; todos tenían cierto derecho sobre ella, desde el rey hacia abajo pasando por los arrendatarios y subarrendatarios hasta el campe­sino que la cultivaba, pero ninguno tenía un dominio absoluto sobre la tierra» (18).

La «Gran Transformación», como llamaba el historiador económico Karl Polanyi a la revolución en las relaciones sociales que nos introdujo en la era moderna de las relaciones de propiedad y del capitalismo mercantil, comenzó con el cercado de las tierras decretado en la Inglaterra Tudor en el siglo XVI. Durante siglos, en Inglaterra y en el resto de Euro­pa las personas pertenecían a la tierra. Las leyes de cercado de tierras in­trodujeron por vez primera la idea de que la tierra podía pertenecer a las personas en forma de propiedad inmobiliaria. Las leyes y decretos pro­mulgados por el Parlamento que ordenaban el cercado pretendían dividir los grandes terrenos en parcelas de propiedad individual que se pudieran comprar y vender, es decir, intercambiar en el mercado. La tierra se convirtió en una propiedad privada, y las relaciones entre propietarios que habían gobernado la conducta de los seres humanos dentro de la je­rarquía cristiana se vieron desplazadas por las relaciones de propiedad.

Imaginemos el absoluto cambio en las formas de socialización que debió acompañar el desplazamiento radical de las formas en que la gente se vinculaba con su suelo ancestral. Recordemos que, en la ley inglesa, los derechos de vinculación a la propiedad eran sacrosantos. Aunque la vida cotidiana de los siervos fuese con frecuencia precaria y poco agradable, las normas inglesas garantizaban a cada siervo el derecho de pertenencia a la tierra de sus ancestros. La ley obligaba bajo pena, de mane­ra que ni siquiera el más veleidoso de los señores podía expulsar a sus siervos de las tierras en que habían nacido. Al cercar las tierras comunes y transformarlas en propiedad privada que podía intercambiarse en el mercado, los políticos ingleses consiguieron liberar a millones de campesinos de sus obligaciones de servidumbre pero también quebraron sus tradicionales derechos de vinculación por nacimiento a un lugar. La propiedad de la tierra en la forma de bienes inmuebles supuso el fundamento para la reestructuración de todas las relaciones humanas de acuerdo con las formas de la propiedad privada. Arrancados y expulsados de la tierra de sus antepasados, los antiguos siervos comenzaron a contratar y vender su fuerza de trabajo por salarios en los nacientes mercados urbanos e industriales que brotaban en Inglaterra, y poco tiempo después por todo el continente europeo.

Los fundamentos filosóficos de la noción moderna de propiedad se establecieron por vez primera durante el siglo XVII por parte del filósofo político John Locke. Su teoría sobre la propiedad se publicó en 1690. Su Ensayo del gobierno civil se convirtió rápidamente en la Biblia laica de una clase medía que comenzaba a preparar sus fuerzas para intervenir en el mundo político inglés. Los escritos de Locke sirvieron como potente aviso para la Revolución Gloriosa y para las reformas parlamentarías que se produjeron en Inglaterra y que mas tarde sirvieron de fundamento fi­losófico para las Revoluciones francesa y norteamericana.

Locke creía que la propiedad privada era un derecho natural y no al­go que la Iglesia o la autoridad estatal pudiera conceder como privilegio condicionado a que su utilización se hiciera de acuerdo con las obligaciones sociales establecidas. El filósofo de la Ilustración planteaba que cada hombre crea su propiedad al añadir su trabajo a las materias primas que se encuentran en la naturaleza, al transformarlas en cosas de valor. Mientras que Locke reconocía que la tierra y ¡odas sus criaturas son co­munes para todos los seres humanos en el estado de naturaleza, añadía inmediatamente que cada hombre «tiene propiedad sobre su propia persona. A esto nadie tiene derecho alguno salvo él mismo». Locke seguía afirmando que «el esfuerzo de su cuerpo y el trabajo de sus manos ... son propiamente suyos». A partir de esto concluye Locke diciendo que «todo lo que consiga sacar del estado en que la naturaleza lo suministró y dejó, habiendo ahora mezclado en ello su trabajo, adjuntándole así algo que es suyo, lo convierte por tanto en su propiedad». A la cuestión de cuánta es la propiedad que una persona puede reclamar para sí de manera legítima, contesta Locke: «Tanta tierra como un hombre pueda labrar, plantar, mejorar y cultivar, y cuyos productos pueda utilizar, ése se­rá el tanto de su propiedad» (19).

La teoría de Locke de la propiedad como un derecho natural adqui­rió gran fama con el advenimiento de una nueva generación de agricultores, comerciantes, tenderos y pequeños capitalistas independientes transformaron la vida inglesa y liberaron al país de los últimos vestigios de los privilegios feudales. Los tratados de Locke son algo más que meras explicaciones de la teoría del derecho natural a la propiedad. Hace un canto al trabajo humano y eleva la capacidad adquisitiva del ser imano al punto más alto de la existencia. A diferencia de los eclesiásticos medievales, que consideraban el trabajo humano como un conjunto obligaciones necesarias que debíamos satisfacer, Locke lo ve en tarde las oportunidades que todos deben esforzarse por conseguir.

En este sentido, la propiedad se convierte en un signo visible del triunfo personal de cada uno a los ojos del mundo. El desplazamiento de las relaciones condicionadas de propiedad a las de propiedad privada supone un cambio en la misma naturaleza de las relaciones humanas y da lugar a las sensibilidades modernas, que incluyen un nuevo sentido del yo y la creación del ámbito privado y nuevas instituciones como el Estado-nación y la forma constitucional de gobierno.

Mientras que Locke se preocupaba por cómo los seres humanos creaban la propiedad, el economista escocés Adam Smith se interesaba principalmente por cómo la propiedad se intercambiaba en el mercado. Smith divide la historia en un conjunto de etapas progresivas —la caza, pastoreo, la agricultura y el comercio y traza la evolución de la pro­piedad que acompaña a cada una de esas épocas. Smith decía que en la época de los cazadores, existía la simple posesión y estaba ritualizada, pero no existía la idea de un régimen de propiedad. En la etapa del pas­toreo, según Smith, se introduce la idea de los animales como propiedad y se establecen por vez primera leyes o acuerdos sobre la propiedad (20). En la etapa agrícola, la tierra fue entrando poco a poco en relaciones de pro­piedad. Dice Smith que en este período la tierra y otras formas de pro­piedad mueble e inmueble se comenzaron a transferir después de la muerte por el establecimiento de la voluntad— señalándose así un cambio muy significativo en la naturaleza de las relaciones de propiedad. La herencia introdujo la idea de enajenación o intercambiabilidad de la propiedad entre generaciones y comenzó a transformarse en una forma de poder que podía utilizarse para crear o mantener las distinciones en­tre clases. La cuarta etapa de la propiedad, el período comercial, se ca­racteriza por el comercio y el amplio intercambio y difusión de la pro­piedad en el mercado (21).

Smith se preocupó especialmente en los rasgos económicos del intercambio de la propiedad. Planteaba que una mano invisible gobernaba el mercado, vigilando todos los detalles de la vida económica. La mano invisible era como el mecanismo de péndulo de un reloj, regulaba meticulosamente la oferta y la demanda, el trabajo, la energía y el capi­tal, asegurando de manera automática el adecuado equilibrio entre la producción y el consumo de los recursos de la tierra. Si se dejaba relativamente libre de las interferencias de los gobiernos, la mano invisible produciría un mecanismo eficiente para el intercambio continuo de la propiedad entre compradores y vendedores.

Así que en los tiempos modernos la propiedad significa el derecho exclusivo a poseer, utilizar y disponer de las cosas en el mercado. Algo se puede caracterizar como propiedad si podemos ocuparla o mantenerla excluyendo a los otros de su tenencia; si podernos utilizarla de cualquier manera que queramos en la medida en que ese uso no dañe a otros, y si podemos disponer de ella para transferirla o vendérsela a terceros. De los tres criterios, el ultimo es el más importante desde el punto de vista del mercado. La capacidad para enajenar, el poder para fungir la propiedad en el mercado, es el núcleo básico de la economía capitalista.

En la primera etapa del capitalismo industrial, los bienes que se ela­boraban en casa o por artesanos locales para el trueque y sólo de mane­ra ocasional para llevarlos al mercado, poco a poco salieron de ese entorno y comenzaron a producirse en masa en las fábricas. Muebles, telas y vestidos, utensilios diversos, jabón y otra gran diversidad de productos hechos en casa resultaban así más baratos, mejores y más abundantes en la esfera comercial. Aunque estaban acostumbrados desde siem­pre a elaborar esos productos para su propio uso, millones de obreros comenzaron a utilizar por vez primera sus salarios obtenidos en las fábricas para comprar en el mercado productos fabricados. De ser un lugar de producción, la vivienda familiar se transformó en un lugar de consumo.

Con frecuencia olvidamos que durante miles de años la casa era el lu­gar principal de toda la actividad económica. El mismo término econo­mía procede del griego oikos, que significa dirección de la economía do­méstica. Incluso en fechas tan cercanas como 1900, el historiador del trabajo Harry Braverman recuerda que buena parte de la producción se centraba en la casa, incluso en las áreas urbanas y en las extensas ciuda­des norteamericanas. Las familias que vivían en las regiones densamente industrializadas, como las zonas industriales del acero y del carbón de Pennsylvania, continuaban produciendo en casa la parte principal de sus alimentos —más de la mitad de las familias cuidaban sus gallinas, su ga­nado y cultivaban sus verduras, comprando en el mercado exclusivamen­te las patatas (22). De acuerdo con datos de la oficina central del censo de Estados Unidos referidos al período 1889-1892, en ese período más de la mitad de las familias registradas seguían horneando su propio pan. Las ropas para los hombres se compraban normalmente en los almacenes, pe­ro la de las mujeres y los niños seguían cortándose y cosiéndose en casa, primero a mano y más tarde con la máquina de coser Singer (23).

Durante los primeros años de la producción industrial, uno de los conflictos generacionales importantes entre los inmigrantes que llegaban al nuevo mundo y sus hijos ya más americanizados era la batalla entre lo que se hacía en casa y lo que se producía en las fábricas. Los estadouni­denses de primera generación, ansiosos por formar parte del sueño ame­ricano, codiciaban los productos que podían comprar en las tiendas y se avergonzaban del empeño de sus padres por producir bienes en el pro­pio domicilio. Las posiciones se distinguían con toda nitidez. O eras del «viejo estilo» o eras “moderno”. La modernidad triunfó y los bienes físicos de todo tipo se convirtieron en mercancías producidas en las fábricas que se adquirían en los mercados en la forma de propiedad privada.

La producción en masa de bienes materiales dominó la economía capitalista de Estados Unidos desde el comienzo de los procesos masivos de producción en cadena, en torno a 1880, hasta bien entrada la mitad del siglo XX. Los derechos de propiedad eran lo más importante en una era en la que la acumulación de capital físico definía los términos del comercio y los bienes de consumo marcaban el status y el bienestar de millones de consumidores. Parecía que el mundo se había inundado repentinamente de capital físico y bienes de consumo, y que toda la sociedad nadaba en el océano de la propiedad privada. El desplazamiento de la población hacia los barrios de las afueras y el desarrollo de la «cultura de la autopista» durante las décadas de los cincuenta y los sesenta, con el fetichismo del consumo que le acompañaba, representó el momento culminante de la era de las relaciones de propiedad, una épo­ca en la que tener, retener y excluir a los otros de lo mío era la razón de ser de la existencia humana en el mundo no comunista.

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