Primera parte




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La pugna entre la cultura y el comercio



Avanzamos hacia un nuevo período en el cual se compra cada vez más la experiencia humana en forma de acceso a múltiples y diversas re­des en el ciberespacio. Estas redes electrónicas, en las cuales un número creciente de personas basan buena parte de su experiencia cotidiana, están controladas por pocas y muy poderosas compañías multinacionales de medios que son las propietarias de los canales de distribución mediante los que nos intercomunicamos y que controlan gran parte de los contenidos culturales que configuran las experiencias de pago en un mundo posmoderno. No hay precedentes en la historia de este tipo de control tan amplio de las comunicaciones humanas. En la era que viene las gigantescas agrupaciones de compañías de medios y de proveedores de contenidos se convierten en los «vigilantes» que determinan las condiciones y los términos en los que cientos de millones de personas se aseguran poder acceder entre sí. Se trata de una nueva forma de monopolio comercial global, ejercido sobre las experiencias vitales de un amplio porcentaje de la población mundial. En un mundo en el cual el acceso a la cultura esté cada vez más comercializado y mediado por las corporaciones globales, la cuestión del poder institucional y la libertad resulta mas importante que nunca.

La absorción de la esfera cultural por parte de la esfera comercial apunta a un cambio fundamental en las relaciones humanas con consecuencias preocupantes para el futuro de la sociedad. Desde el comienzo de la civilización hasta ahora, la cultura ha precedido siempre al mercado. La gente creaba comunidades, construía elaborados códigos de comportamiento, reproducía significados y valores compartidos, y construía la confianza social en la forma de capital social. Solamente cuando la confianza y el intercambio sociales estaban bien desarrollados las comunidades podían practicar el comercio. El caso es que la esfera comercial siempre era un resultado derivado y dependiente de la esfera cultural. La razón estaba en que la cultura era la fuente de la que manaban las normas de conducta sobre las que se producía el acuerdo. Esas normas culturales eran las que creaban un entorno de confianza dentro del cual se producían el comercio y el intercambio. Cuando la esfera comercial comienza a devorar la esfera cultural —como analizaremos con mayor profundidad en la segunda parte de este libro—, amenaza con destruir los mismos fundamentos sociales que dieron lugar a las relaciones comerciales.

Restaurar un equilibrio adecuado entre el ámbito cultural y el comercial será probablemente uno de los desafíos más importantes en la emergente era del acceso. Los recursos culturales en manos del comercio corren el riesgo de la sobreexplotación y el agotamiento, de igual manera que los recursos naturales lo sufrieron durante la era industrial. Uno de los primeros objetivos políticos en el nuevo siglo, en una economía-red global que se apoya de manera creciente en el acceso pagado a las experiencias culturales mercantilizadas, consiste en encontrar una forma sostenible de preservar y ampliar la rica diversidad cultural que es la fuente de vida de la civilización.

Proteicos y proletarios



La era del acceso también llega con un nuevo tipo de ser humano. Los jóvenes de la nueva generación «proteica» se encuentran muy cómodos dirigiendo negocios y desarrollando su actividad social en los mundos del comercio electrónico y el ciberespacio, y se adaptan con facilidad a los múltiples mundos simulados que configuran la economía cultural. El suyo es un mundo más teatral que ideológico y más orientado por un ethos del juego que por un ethos del trabajo. Para ellos el acceso es una forma de vida y aunque la propiedad es importante, aún lo es más estar conectados. Las personas del siglo XXI se perciben a sí mismas tanto como nodos insertos en una red de intereses compartidos como agentes autónomos en un mundo darwiniano de supervivencia competitiva. Para ellas la libertad personal tiene menos que ver con el derecho de posesión y la capacidad para excluir a otros y más con el derecho a estar incluido en las redes de interrelación. Son la primera generación de la era del acceso.

Así como la imprenta alteró la conciencia humana durante los últimos siglos, el ordenador probablemente tendrá un efecto similar sobre las conciencias durante los próximos dos siglos. Psicólogos y sociólogos ya están comenzado a observar que se está produciendo un cambio en el desarrollo cognitivo de los más jóvenes en la que se llama generación punto-com?. Un número pequeño pero cada vez mayor de jóvenes que ha crecido delante de las pantallas del ordenador, que pasa buena parte de su tiempo en los lugares de conversación de la red, chat rooms, y en entornos simulados parece que está desarrollando lo que los psicólogos llaman síndrome de «personalidad múltiple», estructuras de conciencia fragmentada en cortos períodos de tiempo, utilizando cada una de ellas para negociar en cualquier mundo virtual o red en la que estén en un determinado momento. A algunos observadores les preocupa que los punto-com comiencen a experimentar la realidad poco más que como desplazamientos o intercambios entre diversas líneas de historia personal y entretenimiento y que puedan carecer de los profundos anclajes de las experiencias socializadoras y de la masiva atención necesaria para forma una estructura de referencia coherente para comprender y adaptarse al mundo circundante.

Otros ven el desarrollo que se está produciendo de manera más positiva. Como tina liberación de la conciencia humana hacia otra forma mas flexible, dichosa y fugaz que permite acomodarse al rápido movimiento y las realidades totalmente cambiantes que experimentan las personas. Defienden que los niños de hoy están creciendo en un mundo de redes y conectividad en el que las agresivas nociones de mío y tuyo, tan características de una economía de mercado sustentada en la propiedad, están dejando paso a otros medios de percibir la realidad más interdependientes y vinculados; más cooperativos que competitivos y más relacionados con las nociones de sistema y con la construcción del consenso.

Ciertamente es demasiado pronto para saber hacia dónde discurrirá esa nueva conciencia. Por una parte, las fuerzas comerciales son poderosas y seductoras, ya están captando a gran parte de esa generación punto-com para los nuevos mundos de la producción cultural. Por otra parte, mucha gente joven utiliza el encuentro de sus nuevos sentidos de conectividad y capacidad de relación para cuestionar una ética comercial desenfrenada y crear nuevas comunidades de intereses compartidos. Queda abierta la cuestión de si las fuerzas del comercio cultural prevalecerán en último término o de si una nueva esfera cultural será capaz de producir un equilibrio entre las otras dos esferas.

La brecha generacional viene acompañada de una brecha social y económica igualmente profunda. Mientras que la quinta parte de la población mundial está emigrando hacia el ciberespacio y hacia las relaciones de acceso, el resto de la humanidad está todavía atrapada en un e mundo de escasez física. Para los pobres la vida sigue siendo una lucha diaria por la supervivencia y tener propiedad es una preocupación más mediata, y para muchos solamente un objetivo muy lejano. Su mundo está bastante lejos de los cables de fibra óptica, de las conexiones vía satélite, de los teléfonos móviles, de las pantallas de ordenador y de las redes del ciberespacio. Aunque para muchos de nosotros resulte difícil comprender que más de la mitad de los seres humanos no ha utilizado nunca el teléfono.

La brecha entre los poseedores y los desposeídos es ancha, pero la que existe entre los conectados y los desconectados es aún mayor. El mundo se desarrolla rápidamente en dos civilizaciones distintas: quienes viven dentro de las puertas electrónicas del ciberespacio y los que viven en el exterior. Las nuevas redes globales de comunicación digital, debido a que son omnipresentes e integrales, tienen el efecto de crear un espacio social nuevo y totalizador; sobre la tierra madre aparece una segunda esfera terráquea suspendida en el éter del ciberespacio. La migración del comercio y de la vida social hacia el ámbito del ciberespacio aísla del resto a una parte de la población humana en formas antes nunca imaginables. La separación de la humanidad en dos esferas de existencia bien diferentes —la llamada división digital— representa un momento definitorio de la historia. Cuando un segmento de la humanidad no puede ni siquiera comunicarse con el otro en el espacio y en el tiempo, la cuestión del acceso adquiere una importancia política de proporciones históricas. En los tiempos venideros la gran división será entre aquellos cuyas vidas se desarrollan de manera creciente en el ciberespacio y aquellos otros que nunca tendrán acceso a ese potentísimo nuevo ámbito de la existencia humana. Éste es el cisma básico que determinará buena parte de la lucha política en los próximos años.

El desplazamiento de la geografía al ciberespacio, del capitalismo industrial al capitalismo cultural y de la propiedad al acceso forzará una reconsideración global del contrato social. No olvidemos que la institución central de la era industrial ha sido la moderna noción de propiedad como algo privado, exclusivo e intercambiable en el mercado. Ella ha dictado los términos en que se desarrolla la vida cotidiana, ha sustentado el discurso político y se ha utilizado para calibrar el estatus de los seres humanos. Después de varios cientos de años en los que había sido el paradigma organizativo dominante de nuestra civilización, se comienza ahora a desmontar el régimen de mercado, que reunía a compradores y vendedores para intercambiar la propiedad. En el horizonte surge la era del acceso, una era que traerá consigo una nueva forma de pensar sobre las relaciones comerciales, sobre los compromisos políticos y sobre la forma en que nos percibiremos en el nivel más profundo de la conciencia humana.

En la actualidad, el solo hecho de pensar en abandonar los mercados y el intercambio de la propiedad, y de proponer un cambio conceptual en la estructuración de las relaciones humanas que se alejen de la propiedad en beneficio del acceso, puede resultar tan inconcebible para muchas personas como debió ocurrir hace más de quinientos años con la delimitación y privatización de la tierra y del trabajo en el seno de relaciones de propiedad. Sin embargo una parte de la humanidad ya se ha embarcado en este nuevo viaje, y se desplaza de manera creciente de sus asuntos vinculados a los límites geográficos del mercado hacia la esfera temporal del ciberespacio. En este nuevo mundo que negocia con información y servicios, con experiencias vivas y conscientes, en el que lo material deja paso a lo inmaterial y el tiempo mercantilizado resulta más importante que la expropiación del espacio, resultan cada vez menos relevantes las nociones convencionales de relaciones de propiedad y mercados que llegaron a definir la forma de vida industrial.

Sin embargo, las nociones de acceso y redes están comenzando a redefinir la dinámica social de manera tan potente como en los albores de la era moderna lo hicieron las ideas de propiedad y mercado. Hasta hace bien poco, la palabra acceso (acccess) se utilizaba en el mundo de habla inglesa solamente de forma esporádica y normalmente restringida a cuestiones relacionadas con la admisión a los espacios físicos. La octava edición del Concise Oxford Dictionary, en 1990, incluía por primera vez la acepción del término access como verbo, indicando así una utilización más amplia. Access es ahora una de las palabras más utilizadas en la vida social. Cuando las personas oyen la palabra acceso es probable que piensen en aperturas hacia una totalidad de nuevos mundos de posibilidades y oportunidades. El acceso se ha convertido en la etiqueta o símbolo general para la realización y el avance personal, de forma tan poderosa como la idea de democracia lo fue para generaciones previas. Es una palabra, con una gran carga simbólica, llena de significación política. Después de todo, el acceso es algo que hace referencia a distinciones y divisiones, que se refiere a quién está incluido y a quién queda excluido. El acceso aparece como una potente herramienta conceptual para reconsiderar nuestras concepciones del mundo y de la economía, como la metáfora más potente de la próxima era.

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