Unidad de Promoción y Desarrollo de la Investigación y el Centro Latinoamericano y del Caribe de Información en Ciencias de la Salud (bireme), Organización Panamericana de la Salud, ops/oms – 2005 bvs/Ciencia y Salud (bvs/CyS) versión electrónica en español




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Constituir temas colectivos de enunciados

Dar a una colectividad el medio de proferir una expresión pluralista, sin pasar por representantes, ese es el objetivo tecnopolítico de la democracia en el ciberespacio. Esta expresión colectiva podría, por ejemplo, presentarse como una imagen compleja o un espacio dinámico, un mapa en movimiento de las prácticas y de las ideas del grupo. Cada cual podría situarse en un mundo virtual que todos contribuirían a enriquecer y a forjar por medio de sus actos de comunicación. Colectivo no es forzosamente sinónimo de masivo y de uniforme. El desarrollo del ciberespacio nos ofrece la oportunidad de experimentar modos de organización y de regulación colectivos que exaltan la multiplicidad y la variedad.

El problema de la constitución de los temas colectivos de enunciados es uno de los más arduos de la filosofía y de la práctica política. ¿En qué condiciones podemos decir "nosotros" justamente? ¿Y qué es lo que ese "nosotros" puede enunciar legítimamente como colectivo, sin usurpación ni reducción de variedad? ¿Qué se pierde diciendo "nosotros"? Cuando los participantes en una manifestación gritan todos las mismas consignas, están constituyendo efectivamente una concertación colectiva de enunciado. Pero pagan esta posibilidad con un alto precio: las proposiciones comunes son escasas y muy sencillas; enmascaran las divergencias y no integran las diferencias que singularizan a las personas. Además, la consigna preexiste generalmente a la manifestación. Es raro que cada uno de los participantes haya contribuido a negociarla o a crearla. La manifestación, como el voto, únicamente permite a los individuos construirse una subjetividad política al pertenecer a una categoría ("los que retoman la misma consigna", o "los que se reconocen en tal partido", etcétera). Cuando todos los miembros de un colectivo formulan (o se supone que emitan) las mismas proposiciones, el arreglo para el enunciado colectivo está en la fase de la monodia o del unísono. Los "nosotros" pobres enuncian proposiciones monótonas. Pues existen diversas maneras de decir "nosotros".

Ciertas formas de organización permiten a los individuos inscribirse de manera diferenciada en un enunciado final complejo: libros o artículos de diversos autores, filmes seguidos de un genérico donde se plasma el aporte de cada uno, piezas de teatro o periódicos. En el campo político el equivalente sería un texto de ley discutido, modificado, enmendado y aprobado por una asamblea. Pero, en este caso, el enunciado da la lectura de un producto final acabado y no la dinámica abierta de la composición de los votos y de la negociación de los mensajes. Por otra parte, este tipo de armonización de enunciado está generalmente dominado por un autor, un director, un redactor principal, un director de orquesta cualquiera. Aquí, el dispositivo de enunciado ya está en la fase de la polifonía. Sin embargo esta sinfonía no es aún suficientemente viva, plural e indeterminada. Es una armonía preestablecida por un punto de origen en el pasado, paralizada por una parada que se desarrolla o dirigida desde arriba por un "punto de trascendencia" que orienta el proceso. Ahora bien, para ser completamente libre, la expresión del colectivo debería estar suspendida en su aliento, debería brotar sin parar e inventarse en tiempo real.

El ciberespacio podría tener mecanismos de expresión capaces de producir sinfonías políticas vivas, que permitieran a los colectivos humanos inventar y expresar constantemente enunciados complejos, ensanchar la gama de singularidades y divergencias sin por ello adoptar formas preforzadas. La democracia en tiempo real busca la constitución del "nosotros" más rico y cuyo modelo musical podría ser el coro polifónico improvisado. Para los individuos, el ejercicio es particularmente delicado ya que cada uno está llamado al mismo tiempo a.... 1) escuchar a los otros coristas, 2) cantar de manera diferente, 3) hallar una coexistencia armónica entre su propia voz y la de los otros, es decir, mejorar el efecto de conjunto. Es necesario entonces resistir a los tres "malos atractivos" que incitan a los individuos a cubrir la voz de sus vecinos cantando muy alto, o a callarse, o a cantar al unísono. En esta ética de la sinfonía, se habrán reconocido las reglas de la conversación civilizada, de la cortesía o del saber vivir. Eso quiere decir no gritar, escuchar a los demás, no repetir lo que acaban de decir, responderles, tratar de ser pertinente e interesante teniendo en cuenta el estado de la conversación. La democracia directa en el ciberespacio implantaría una cortesía asistida por ordenador. Esta nueva democracia podría tomar la forma de un gran juego colectivo en el cual ganarían (pero siempre a título provisional) los más cooperativos, los más corteses, los mejores productores de variedad consonante y no los más hábiles para tomar el poder, para ahogar la voz de los demás o para captar masas anónimas en categorías molares.

Las capacidades de cálculo, de visualización sintética y de comunicación inmediata propia al ciberespacio son indispensables para el funcionamiento a gran escala de tal dispositivo de sinfonía o de polifonía política. La constitución del grupo social no escapa ciertamente jamás a la necesidad de una mediación. Nuestra hipótesis es que esta mediación podría ser inmanente más que trascendente. En la trascendencia, los mediadores son dioses, mitos, jerarquías, representantes. En la inmanencia, hace oficio de mediador entre el grupo y él mismo, un instrumento electrónico sostenido por miles de manos que produce y reproduce continuamente una imagen-texto variada, una cine-tarjeta observada por miles de ojos, estructurada por los debates en curso y la implicación de los ciudadanos. El papel del ágora virtual no es aquí de decidir por la gente (no tiene nada que ver con los proyectos grotescos de "máquinas de gobernar"), sino de contribuir a producir una armonización colectiva de enunciado animado por personas vivas. El mediador técnico calcula y vuelve a calcular en tiempo real el discurso-paisaje del grupo, de manera de deformar lo menos posible la singularidad de los enunciados individuales.

Hasta muy recientemente, la mayoría de los mediadores de los grupos fueron humanos que su papel había transformado en sobrehombres, en casi dioses (reyes, jefes de Estado o de gobiernos, héroes, estrellas de los medios masivos), o bien en subhombres, víctimas emisarias, enemigos que polarizan la violencia latente en la sociedad. ¿Existe una fatalidad antropológica de la heteronomía, de la trascendencia, de la divinización o de la persecución? Nuevas posibilidades técnicas, combinadas con avances de tipo organizacional y jurídico podrían, si no hacer desaparecer para siempre la trascendencia y la heteronomía, al menos conferirles un estatus de arcaísmo deplorable como presentan ciertamente hoy a los ojos de nuestros lectores los sacrificios humanos, la esclavitud, la piratería, la tortura, el apartheid, la economía totalmente planificada o los regímenes dictatoriales. Lo que consideramos bárbaro hoy, fue sin embargo evaluado, en otros tiempos y lugares, según los casos, como prácticas "normales", o impuestas por la naturaleza humana, e incluso deseadas. Mediaciones tecnicojurídicas inmanentes al servicio del enunciado colectivo harán quizás obsoletas ciertas antropologías demasiado ansiosas por llegar a la conclusión de la eterna necesidad de mediaciones divinas o demasiado humanas para dar forma a la unidad de un grupo. ¿Quién puede pretender con certeza que las víctimas, los dioses, los poderes trascendentes, que la heteronomía en general sea la vía obligada para la unión de los colectivos?4 ¿Y cuál es, en la materia, el efecto auto-realizador de las profecías que se presentan como constataciones?

Dinámica de la comunidad inteligente

El colectivo inteligente es la nueva figura de la comunidad democrática. Habitada por este ideal, la "política molecular" se libra del dominio de los poderes territoriales, interrumpe un momento la acción de las redes deterritorializadas de la economía mundial para dejar actuar, en el seno del vacío así conquistado, los procesos rizomáticos, los pliegues y repliegues de la inteligencia colectiva. No se trata aquí de formular un programa, de dar un "contenido" a la democracia en tiempo real, sino solamente de indicar una manera de hacer, de esbozar algunas reglas del nuevo juego. En particular, se quisiera evitar que la inteligencia colectiva no se paralice en un objetivo, no se cosifique en tal o más cual de sus actos internos, en tal fase de su dinámica, cuando lo esencial es el movimiento autónomo, el proceso creador en sí. La comunidad inteligente tiene por finalidad su propio crecimiento, su densificación, su extensión, su regreso a sí y su apertura al mundo. En una perspectiva política, las grandes fases de la dinámica de la inteligencia colectiva son la escucha, la expresión, la decisión, la evaluación, la organización, la conexión y la visión, cada una de ellas reenvía a las demás.

Entremos en el círculo y comencemos por la escucha. La comunidad inteligente no solo escucha su entorno, sino también escucha de sí y de su variedad interna. Como ya insistimos bastante al respecto, dispositivos de comunicación posmediáticas son capaces de restituir la diversidad que surge de las prácticas efectivas. La escucha consiste en hacer surgir, en hacer visible o audible, la miríada de ideas, de argumentos, de hechos, de evaluaciones, de invenciones, de relaciones que tejen el social real, la masa de lo social, en su profundidad más oscura: proyectos, competencias singulares, modos originales de relación o de contractualización, experimentaciones organizacionales, etcétera. En situación de dependencia, las lenguas oficiales o las estructuras rígidas solo provocan interferencias, oscurecimientos y desorientaciones. Aumentar la transparencia para sí de lo social (y no la transparencia del individuo en el poder) supone que se autoriza las singularidades que lo habitan a expresarse en su propia lengua, a inventar sus autodescripciones y sus proyectos sin imponerle ningún código a priori.

Por otra parte, la escucha plena implica una fase de reactivación, de regreso o de rebote, supone un diálogo o un multilogo. Lejos de ser realizada por una instancia trascendente, o de limitarse a un simple reconocimiento pasivo de las diferencias, la escucha es ella misma un proceso inmanente al colectivo, circularidad creadora. Entonces, reenviar al colectivo, que ha sido escuchado por cada uno, se convierte en darle los medios de comprenderse o, mejor, de escucharse. No estamos lejos del nacimiento del vínculo social: escucharse. Los dispositivos de escucha del colectivo son a la democracia en tiempo real lo que el microscopio de efecto túnel es a las nanotecnologías. No hay acción fina sin percepción molecular. Es por ello que preferimos hablar de escucha molecular de los colectivos como procesos emergentes más que de "comunicación" o de "información", que connotan demasiado los medios molares. El término de escucha es preferible al de comunicación porque evoca la construcción de un vacío, más que el llenado de un canal, porque indica la atención a las demandas y a las proposiciones más que la oferta de información y la yuxtaposición de discursos. La escucha invierte el movimiento mediático. Hace elevarse el numeroso murmullo del colectivo más que dar la palabra a los representantes. Los medios continúan anunciando las catástrofes y difundiendo las imágenes del poder. La democracia en tiempo real se apoya en un dispositivo posmediático, una red de comunicación molecular sobre las prácticas positivas, los recursos, los proyectos, los conocimientos y las ideas.

A partir de esta escucha continua, los individuos y los grupos que animan la comunidad inteligente pueden expresar los problemas que estiman más importantes para la vida colectiva, tomar posición al respecto y formular argumentos de apoyo a sus posiciones. De esta forma, repitámoslo, la identidad política efectiva de un individuo no se distingue ya por su pertenencia a una categoría, sino por una distribución singular y provisional del espacio abierto de los problemas, de las posiciones y de los argumentos, espacio que cada uno contribuye a trazar y a volver a trazar en tiempo real. Mayorías y minorías deben entonces darse a lo plural, pues no se refieren ya más a un programa de gobierno molar, sino a problemas que surgen y que son más o menos persistentes. Las mayorías solo se forman sobre cuestiones específicas, a partir de ciertas elaboraciones colectivas. Algunas minorías tienen la posibilidad de experimentar sus puntos de vista, toda vez que sus proyectos no cuestionan el funcionamiento mismo de la democracia en tiempo real y no amenazan a las mayorías. Las iniciativas y experimentaciones minoritarias constituyen, en efecto, una dimensión esencial de la democracia en tiempo real, pues permiten la exploración de soluciones alternativas a los problemas del colectivo, siempre y cuando sean evaluadas.

Una vez que las decisiones son tomadas e implantadas, son evidentemente evaluadas en tiempo real por el colectivo mismo, según una multiplicidad de criterios. Las formas de evaluación son, por otra parte, objeto de debates permanentes y ellas también son evaluadas. La democracia en tiempo real maximiza la responsabilidad de un ciudadano llamado a la vez a tomar decisiones, a sufrir las consecuencias que resulten y a emitir un juicio sobre su legitimidad. La evaluación debe hacerse en la dinámica misma de la utilización de los servicios públicos o de la aplicación de las leyes. La extensión de la democracia supone un progreso de la responsabilidad. Ahora bien, está claro que hacer visibles efectos colectivos de las decisiones individuales y comunes debe reforzar los sentimientos y las prácticas de responsabilidad. Por ello, el ejercicio de la ciudadanía se funde con la educación a la ciudadanía.

El acto siguiente de la inteligencia colectiva, el de la organización, consiste en distribuir funciones y entidades en el seno de la comunidad inteligente, en compartir las tareas, en reagrupar las fuerzas y las competencias. La organización se desprende de los actos precedentes. En efecto, la atribución de roles y la afectación de los recursos, sí deben ser eficientes, es decir dinamizar procesos y no solo reforzar territorios, debe necesariamente estar inmersa en un ciclo constante de la escucha, de la expresión, de la decisión y de la evaluación. Aislada de los actos precedentes, la organización se reduce a separaciones artificiales, a agrupaciones formales, sin vida, a simples tomas de poder. La política molecular resiste a la tentación de organizar de manera separada. Ella sumerge las formas molares de la organización en el ciclo de la inteligencia colectiva. Desde esta perspectiva, el Estado y las estructuras actuales de gobierno podrían conservarse, a condición de redefinir sus funciones: se convertirían en guardianes, los garantes, los administradores y los ejecutantes de la inteligencia colectiva. La organización contribuye a aumentar la visibilidad para sí de lo social ya que hace las distinciones y la localización más fáciles. En particular, la identificación clara de los centros de competencias y de recursos es un factor importante de legibilidad y de orientación para los ciudadanos. Entre tanto, la organización favorece pues, las conexiones y cooperaciones transversales, lo que contribuye a su propio cuestionamiento, a una desorganización permanente. Al ser una simple fase en el ciclo de la inteligencia colectiva, la organización se convierte de hecho en autoorganización; o más bien aparece como el momento organizador de una autoorganización más global.

En efecto, bajo el horizonte de la comunidad inteligente, la organización no puede ser pensada sin su complementario desorganizador: la conexión transversal. La puesta en movimiento de circulaciones, el pliegue, el repliegue y el despliegue de sí en un espacio de las proximidades de sentido y de las relaciones humanas animan y recorren permanentemente la democracia en tiempo real. Mundos virtuales de significaciones compartidas podrían favorecer todas formas de conexiones diagonales y de libre negociación sin pasar por representantes. Desde un punto de vista exterior, este momento puede aparecer como el de la desorganización, de la interferencia simplemente negativa de las distinciones y de las fronteras instituidas. Pero esos contactos transversales no se hacen a ciegas. Las circulaciones endógenas resultan inmediatamente actos de escucha, de expresión, de decisión y de evaluación. Es solo porque las moléculas sociales han podido localizarse mutuamente en su singularidad - y porque los procesos en curso se hicieron visibles - que pueden surgir reagrupaciones imprevistas, deseos de colaboraciones, de desplazamientos y de intercambio. Las cartas de la comunidad son así echadas.

Las ágoras virtuales de la democracia molecular ayudan a las personas y a los grupos a reconocerse mutuamente, a encontrarse, a negociar, a hacer un contrato. Al respecto, el desarrollo de instrumentos para la orientación y la localización en la complejidad política, social, institucional y jurídica nos parecen indispensables, a condición que sean ellos mismos fundamentados en la escucha permanente de las demandas y de las prácticas reales de los ciudadanos. Uno de los objetivos de la democracia en tiempo real es instaurar el mercado más transparente posible de las ideas, de los argumentos, de los proyectos, iniciativas, peritajes y recursos, de manera de permitir a las conexiones pertinentes establecerse lo más rápidamente posible y al menor costo. Lejos de los movimientos brownianos y de mezclas aleatorias, la comunidad inteligente alienta en su seno la consecución sutil de las reacciones y los procesos moleculares. Valoriza lo más posible las cualidades humanas que la hacen vivir.

La efervescencia de los procesos moleculares no debe por ello bloquear toda emergencia de una visión global. El término visión no debe entenderse aquí como imagen fija de futuro, tabla prospectiva o signo fascinante venido de otra parte, sino más bien como acto de ver, nacimiento de una visión colectiva, visión de sí en devenir. La visión procede de los actos precedentes: escucha, expresión, decisión, evaluación, organización, conexión. La retroacción permanente acaba por dibujar una dinámica. La visión no viene de arriba, no es el hecho de un órgano separado de la inteligencia colectiva. Emerge de las interacciones y de los contactos, se forja en los proyectos comunes, las circulaciones y los encuentros. La visión es el momento en el cual los procesos moleculares esbozan o anuncian una forma global, profundizando algunos grandes atractores. Entre los instrumentos de esta visión, las imágenes virtuales de esta dinámica del colectivo ofrecidas por el ciberespacio  tienen un papel importante. Estas imágenes son sintéticas o cartográficas, pero también pueden ser exploradas indefinidamente y desplegadas en modo hipertextual. Al mismo tiempo que inscriben las expresiones de los individuos en el colectivo, permiten a cada uno (individuos, grupos, asociaciones, instituciones, colectividades locales, empresas), integrar la visión común del conjunto en la preparación de su futuro. De ser convenientemente compartida, la visión global se refleja y se difracta en los proyectos y estrategias individuales, orienta o polariza los procesos moleculares. La visión unificante de la diversidad solo contribuye a dinamizar la inteligencia colectiva si es inmediatamente distribuida, retomada a cargo de forma autónoma por los actores sociales que informan las estrategias y las prácticas moleculares que contribuyen, en cambio, a hacer variar la imagen de la dinámica colectiva. La visión es la fase emergente y global de la escucha.



 
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