Unidad de Promoción y Desarrollo de la Investigación y el Centro Latinoamericano y del Caribe de Información en Ciencias de la Salud (bireme), Organización Panamericana de la Salud, ops/oms – 2005 bvs/Ciencia y Salud (bvs/CyS) versión electrónica en español




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La democracia en tiempo real

La perspectiva de la democracia en tiempo real suscita inmediatamente un cierto número de preguntas, que tienen que ver sobre todo con la unidad de la comunidad, con la continuidad o con la constancia de su política. ¿No se corre el riesgo de pérdida de la memoria, de variaciones erráticas, de movimientos de multitudes incontrolables? ¿Se podrá aún situar en una perspectiva de largo plazo? Antes de abordar directamente estos problemas, necesitamos tener una visión global del tema capital de la temporalidad política. Abordaremos sucesivamente dos cuestiones. Primeramente, ¿qué es del tiempo real aplicado a los procesos sociales en general y no solo al tratamiento de la información? Luego, en un plano más directamente político, ¿qué significa exactamente tiempo real en la expresión "democracia en tiempo real"?

Hemos visto que las tecnologías moleculares son más rápidas que las molares. Ellas continúan el tiempo real, es decir, que reducen a cero los plazos de obtención de los resultados. ¿Cuáles son las diferencias entre el tiempo real del cálculo y de la transmisión y el de los asuntos humanos? La primera diferencia es cuantitativa. Cuando se trata de comunidades, la noción de tiempo real no tiene la misma escala que para los tratamientos de información. Una simulación numérica reacciona inmediatamente al cambio de una variable, un individuo no transforma sus modelos mentales y sus esquemas de acciones tan rápidamente. En cuanto a los grupos, estos aprenden aún mucho más lentamente que los individuos. La segunda diferencia es cualitativa. Para humanos, reducir las duraciones no puede ser un objetivo en sí. El ejercicio de la vitalidad física y el disfrute de las cualidades humanas alimentan un tiempo que sería absurdo querer reducir. Desde el punto de vista de la subjetividad, el problema no es reducir el tiempo, sino enriquecerlo. Si la aceleración de las operaciones se traduce por un empobrecimiento del tiempo vivido, en términos de economía del humano, se trata más bien de una pérdida que de una ganancia. Combinando las diferencias cualitativa (subjetividad del tiempo) y cuantitativa, comprendemos por qué la negociación y la aclimatación de las novedades en los colectivos obedece a un ritmo "lento". La novedad desplaza o trastorna progresivamente una gran cantidad de hábitos, de maneras de hacer, ajustes de identidad y equilibrios relacionales. El aprendizaje colectivo tarda también porque pone en juego interacciones y negociaciones entre seres autónomos, que son capaces de decir no, y de los cuales cada uno es el centro de un mundo. Las moléculas y los bits ofrecen en comparación muy poca "resistencia al cambio" al ser menos inteligentes y menos libres que los hombres. Se dejan, pues, tratar más fácilmente en tiempo real. La lentitud y el ritmo propio de los procesos colectivos testimonian de la nobleza del humano. Para aprender, pensar, innovar y decidir en común, hace falta tiempo. Para formar juntos juicios, para ajustar y desplegar lenguajes, para entretejer comunidades, hace falta también tiempo.

Anticipemos a la continuidad de nuestra exposición para subrayar desde ahora que, situada bajo el signo de la inteligencia colectiva, la democracia en tiempo real se opone rotundamente a la demagogia de las transmisiones directas y a los efectos de masa inmediatos. En efecto, hay que distinguir dos temporalidades de los colectivos inteligentes, la de su constitución y el de su modo de acción una vez constituidos. La primera temporalidad (o temporalidad temporalizante) es forzosamente "lenta" y no puede manifestarse al instante, en el mismo segundo. Si se le apura, se oculta, justamente porque es autónoma. Utilizará sin dudas tiempo real de las técnicas moleculares y redes numéricas, pero para seguir mejor un ritmo interior, subjetivo, secreto, plural y complicado, que no miden ni el reloj ni el calendario.

Sin embargo, el colectivo inteligente es efectivamente más "rápido" que los grupos humanos orgánicos o molares. En realidad, ¿qué es la inteligencia, esa capacidad de aprendizaje y de invención sino la habilidad de acelerar? Una invención permite casi siempre ir más rápido hacia un objetivo. El Homo sapiens hace surgir la cultura, que va más rápidamente que la evolución biológica. La técnica, el lenguaje, el pensamiento en general son aceleradores. Es por ello que el colectivo inteligente trabaja lo más posible sus velocidades de aprendizaje, aumenta sus capacidades de reorganización, reduce los plazos de innovación, multiplica sus poderes de descubrimiento. Un grupo más inteligente es también un grupo más rápido. Pero únicamente alcanzará esta velocidad cognoscitiva movilizando - y por ende respetando – las subjetividades autónomas que lo forman más que alineándolas a un tiempo exterior. El tiempo real de la inteligencia colectiva solo puede ser una emergencia, él sincroniza intensidades de pensamiento, de aprendizaje y de vida.

Vayamos ahora al centro de nuestro problema. La idea de una democracia en tiempo real no tiene nada de paradójico ya que la democracia es, por naturaleza, en tiempo real. De hecho, en su acepción más común, se opone a lo arbitrario del tirano o al poder de una minoría y plantea en el lugar una ley válida para todos y decidida por todos (o al menos por la mayoría). Eso significa decir que el objeto de la democracia es realizar y conservar la autonomía del grupo de ciudadanos: la comunidad se da sus propias leyes. Ahora bien, la autonomía, tal y como la entendemos hoy, es incompatible con la resignación al hecho consumado. Ella supone una aptitud para el cambio, para el cuestionamiento, para el aprendizaje. El ser autónomo posee el poder de escapar a su pasado, rechaza ser estrechamente determinado. Por su cualidad de soberano, puede modificar la ley instituida o darse otra. Ahora bien, según Emmanuel Lévinas, la trascendencia es precisamente lo que ya ha pasado definitivamente, siempre ya pasado, y lo que no se puede recuperar. Cuando una colectividad decide darse otras leyes u otras formas de organización, distintas a las que rigieron a sus antepasados, entonces escapa al peso de la tradición, o a la toma de una trascendencia, siguiendo los intereses actuales de la comunidad, o porque plantea nuevos objetivos. Tal comunidad se instituye así como autónoma. La democracia es por excelencia el régimen político del "presente por un futuro", en oposición a un tiempo rígido, dominado por un pasado o por una trascendencia (heteronomía). La expresión de "democracia en tiempo real" es, pues, pleonástica ya que la democracia busca por esencia la decisión colectiva al presente y la reevaluación permanente de las leyes. Si únicamente se recurre hoy esporádicamente a la deliberación y a la decisión del ciudadano, no es ciertamente en función de los principios de la democracia. La delegación renovada periódicamente es un paliativo, a falta de poder mantener viva una inteligencia colectiva sin interrupción. Cada vez hay menos argumentos "técnicos" para perpetuar el despotismo fragmentado que constituye la delegación, ya que las ágoras virtuales podrían abrir espacios de comunicación, de negociación, de emergencia de una voz colectiva y de decisión en tiempo real.

Podemos ahora responder a los temores sobre la ausencia de política a largo plazo y de continuidad en un régimen de democracia en tiempo real. Subrayemos primero que son los gobiernos actuales, es decir precisamente los representantes electos, los que se subordinan al poco y fragmentado tiempo de los medios masivos de comunicación. La ausencia de visión y de política a largo plazo viene de la combinación entre representación (forma política molar) y televisión (dispositivo de comunicación molar). El sistema es tal que los representantes solo persiguen hacerse reelegir, para lo cual utilizan los medios, que los someten a su instantaneidad, a su ausencia de memoria y de proyecto. La política del espectáculo personaliza excesivamente lo que se trata, fascina a los ciudadanos, los atomiza, los masifica, no les da ninguna participación en los asuntos del colectivo.

Hay que hacer pues una clara distinción entre la democracia en tiempo real que podrá desplegarse en el ciberespacio y la política mediática que se basa en el trío infernal televisión/sondeos/elecciones. La democracia en tiempo real no tiene que ver nada con la emisión de televisión seguida del voto en línea. Por el contrario, se inscribe en la construcción lenta, pero continua de un debate colectivo e interactivo donde cada cual puede contribuir a elaborar las preguntas, a afinar posiciones, a emitir y sopesar argumentos, a tomar y evaluar decisiones.

¿Quién tendrá tendencia a inscribirse en el largo plazo? ¿Los que decidan de su futuro colectivo y del de sus hijos, o bien aquellos que deben hacerse reelegir al año siguiente? ¿Quién reclamará medidas a corto plazo? ¿Grupos de interés sin poder real de decisión, condenados a la reivindicación, fuera de toda evaluación? ¿O bien minorías reunidas alrededor de un proyecto que las compromete, que ellas evalúan y que tienen a su cargo experimentar ellas mismas? Una política discontinua nace de la relación infantil entre categorías irresponsables que reivindican cada una para ellas mismas, sin preocupación por la colectividad, por una parte, y responsables con poder de decisión, que solo responden a esas reivindicaciones en función de cálculos electorales a corto plazo, por la otra. La democracia en tiempo real instaura, por el contrario, un tiempo de la decisión y de la evaluación continuada, donde un colectivo responsable sabe que será confrontado en el futuro con los resultados de sus decisiones actuales.

La inteligencia colectiva no tiene nada que ver con la tontería de las multitudes. Los pánicos y los entusiasmos colectivos, son hechos de la propagación epidémica de afectos y de representaciones entre masas de individuos aislados. Las personas que integran una multitud presa del pánico o del entusiasmo no piensan en conjunto. Comunican sin dudas, pero en el sentido mínimo de la conducción pasiva e inmediata de mensajes simples, de sentimientos violentos y de comportamientos reflejos. El efecto global de las acciones individuales escapa absolutamente a los individuos que componen la multitud. Quisieran hacernos creer que el tránsito por una trascendencia (jerarquía, autoridad, representantes, tradición, y otros) es el único medio de hacer al colectivo menos errático que una multitud atomizada. Pero esto es falso. Disposiciones tecnicoorganizativas pueden hacer visible para todos la dinámica colectiva, permitiendo a cada cual situarse en ella, modificarla y evaluarla con conocimiento de causa. Los colectivos inteligentes se oponen punto por punto a la incoherencia y a la inmediatez brutal de los movimientos de multitud, sin canalizar sin embargo, a la comunidad en una estructura rígida.

Dos temporalidades molares y uniformizantes se afrontan en la actualidad en política. De una parte, la de la política-espectáculo, discontinua, fragmentada, sin memoria, sin proyecto, incoherente. De otra parte, la temporalidad de los Estados y de las burocracias, terriblemente lenta, conservadora, tensa por la continuidad inmóvil de la gestión de los territorios, gobernada por la reconducción del pasado. El ruido y la monotonía. Entre esos dos escollos, la democracia en tiempo real se esfuerza por seguir y respetar los múltiples cursos de temporalidades moleculares: los de las personas, los de las diversas comunidades heterogéneas que se entrecruzan, los de los problemas que siguen cada uno su propio ritmo. Dentro de la inestabilidad general, ella trata de hacer entrar esos ritmos en resonancia, de hacer armonizar provisionalmente los acentos y las cadencias. Expresa un tiempo plural y subjetivo. Reconocemos el tema de la improvisación sinfónica: las voces se ponen en fase, se responden, hacen escuchar una improbable sinfonía. Como la música, la política molecular es un arte del tiempo.

El totalitarismo frente a la economía de las cualidades humanas

Pero nuevamente, y a pesar de todos los argumentos, se elevan sospechas: ¿esta democracia en tiempo real no es la máscara para una nueva forma de totalitarismo? Si deseamos entendernos bien sobre el sentido de las palabras, no hay nada de eso. Orwell enunció maravillosamente la fórmula del totalitarismo: "Big brother is watching you". La política mediática invierte simplemente la fórmula del totalitarismo: en lugar de organizar la vigilancia constante de los individuos por el partido-Estado del dictador, ella fija la vista de cada cual en las vedettes políticas. Todo el mundo mira a los mismos: al presidente, a los ministros, a los periodistas, a los "mediáticos". Solo se les ve a ellos, solo se habla de ellos. Ahora bien, la democracia en tiempo real organiza no la visión de un poder sobre la sociedad y las personas (totalitarismo), no el espectáculo del poder (régimen mediático), sino la comunicación de la comunidad con ella misma, el conocimiento de sí del colectivo. Y con ello, suprime la justificación del poder. Pues es precisamente cuando el colectivo no se conoce a él mismo, no controla su propia dinámica y no logra producir enunciados complejos, cuando "se precisa" de un poder. Para mantenerse, este poder no cesa de impedir la emergencia de una inteligencia colectiva que llevaría a la comunidad a obviarlo.

Pero a pesar de ello, ¿la idea de una ingeniería del vínculo social y de una óptima valoración de las cualidades humanas no introduce una cierta forma de "razón instrumental" (Habermas) en una esfera política donde este tipo de cálculo y de racionalidad no tiene ningún objeto? ¿La inteligencia colectiva y sus ágoras virtuales no representan el triunfo sutil pero tanto más irreversible de la "Técnica" (Heidegger)? ¿Toda idea de un progreso político y moral de la humanidad no surge de una filosofía de las luces desde hace tiempo rechazada, de un modernismo unificador fuera de moda y no acaba –por otra parte- por ponerse siempre al servicio de un imperialismo cualquiera (posmodernismo, pensiere debole, sentido común, etcétera)? Si usted la echa por la puerta, la sospecha de "totalitarismo" entra por la ventana, por ello es tan difícil hoy emitir una proposición política que no sea ni cínicamente realista, ni "decepcionante", ni catastrofista. Examinemos, pues, las cosas más detalladamente.

La democracia en tiempo real es a la vez, un caso particular y el colofón de la economía de las cualidades humanas. Ella participa efectivamente en la intención de valorización e incluso de optimización de las cualidades individuales. Tomando en cuenta el detalle subjetivo de cada mónada, de cada alma individual, un colectivo inteligente, parecido al Dios de Leibnitz, calcula lo mejor de los mundos posibles. Ya, según el autor de la Teodicea, el Gran Calculador respetaba el libre arbitrio de las personas pues solo intervenía en la fase inicial, por la selección global de un mundo, sin inmiscuirse en las cadenas de las causas y los efectos. La economía de las cualidades humanas, en lo que a ella se refiere, ya no incluye en lo absoluto la instancia trascendente, aun siendo infinitamente respetuosa de las libertades. Es una monadología sin Dios. En ella nadie posee el poder. Nadie tiene ahí el conocimiento absoluto. El cálculo del mejor está en ella mancillado por una incertidumbre ineluctable, lo que es positivo. Puesto que no se tiene conocimiento perfecto de la totalidad y que es imposible prever el futuro, el cálculo no planifica lo mejor de una vez, sino que prosigue continuamente en una serie indefinida de aproximaciones, siguiendo en tiempo real la llegada de las nuevas informaciones y el cambio de las situaciones.

Por el hecho de la diversidad de los mundos humanos, el cálculo de lo mejor no puede alinearse en un "Bien" unidimensional, molar, masivo y trascendente. Un mismo Bien para todos y para todos los instantes (aunque sea de naturaleza mercantil), bloqueando la emergencia de nuevas formas fuerza, ya no sería justamente el bien. El cálculo seguirá a una multitud abierta de criterios diferentes; y como hay varios mundos, habrá varios cálculos. Entonces el objeto, la técnica, la competencia, el proyecto, el gusto, la idea, la unidad de sentidos, el acto afectado del valor tal, en la comunidad tal, en el contexto tal, en el sitio tal, en un momento dado, tomará otros valores en otras partes y en otros tiempos. Hay que imaginar una pluralidad de cálculos de lo mejor en variación permanente dentro de mundos enmarañados más que el cálculo definitivo de un universo. Esta es la mayor diferencia entre la monadología de Leibniz y la economía de las cualidades humanas: ella no admite calculador exterior, sin gran ordenador que determine lo mejor para todos. Lejos de ser centralizado, su cálculo está distribuido por todas partes. De hecho, existe al menos tanto calculadores elementales, como mónadas: los calculadores es la gente misma.

Se sabe que la voluntad de imponer "el mejor de los mundos" puede ser el pretexto de las peores dictaduras. Pero en este caso, el horror no se desprende de la búsqueda de lo mejor, de una preocupación por la optimización, sino del carácter forzoso, definitivo, exterior, de una solución molar, masiva válida para todos y, por ende, fatalmente inadecuada para cada cual. Disminuyendo las libertades, el totalitarismo destruye la vitalidad de ser. La imposición de un mundo perfecto solo caracteriza, por otra parte, un totalitarismo teórico o, en todo caso, la tecnocracia. Pues los totalitarismos reales, históricos, como el fascismo, el nazismo, el estalinismo, el maoísmo no se distinguieron tanto por su búsqueda de lo mejor para todos como por la invasión de la vida social por la problemática del poder, por las prácticas vigentes sin límites del dominio y de la esclavitud; por la loca proliferación, hasta en los recónditos intersticios del campo social, de cadenas de dependencia, de obediencia y de sometimiento. Que la política, el arte, la ciencia, la lengua, la producción y los intercambios, que casi todo lo que se vincula ya no sea estructurado, polarizado, de lo alto a lo más bajo de jerarquías y pirámides reproducidas en todas partes con una obstinación de fractura, a través de redes ramificadas indefinidamente por la búsqueda y conservación del poder; todo ello es lo que caracteriza, en efecto, a las sociedades llamadas totalitarias. Y por ello es que esas sociedades acaban por esterilizar toda vida económica, artística e intelectual, y por esa razón se entregaron abiertamente a masacres masivas y a genocidios. Y es por ello que, en definitiva, en un mayor o menor plazo solo logran arruinarse frente a una economía de las cualidades humanas, es decir, destruirse ellas mismas. Cuando las prácticas mafiosas del grupo que detenta el poder ya han destruido la civilidad, la retirada del partido dominante solo deja detrás de sí la proliferación del bandidaje y el desorden. No existe otra vía hacia la democracia que un largo aprendizaje colectivo del derecho, de la autonomía, de la reciprocidad y de la responsabilidad.

En la implantación de los regímenes llamados totalitarios, las inteligencias tan criticadas y el proyecto de un progreso moral de la humanidad, no desempeñan casi ningún papel. Pandillas políticas sin escrúpulos lograron arrastrar a las masas, justificaron (a menudo incluso a la vista de ellas) sus represiones, exacciones, locuras destructoras por teorías nacionalistas, racistas, imperialistas, religiosas, socialistas, marxistas u otras. Sin duda, esas teorías, esas religiones, esas grandes imágenes fabricadoras de identidades poseen su importancia, pero a fuerza de mirar en nombre de qué los crímenes totalitarios fueron cometidos, parece que se olvida de qué crímenes se trata, y cómo fueron perpetrados. Lo menos que se pueda decir al respecto es que las prácticas efectivas propagadas por estos regímenes no responden precisamente a los ideales de un progreso moral de la humanidad: prácticas unilaterales de dominio, de imposición y de reducción; extinción de las creatividades, eliminación de las diferencias, utilización de la fuerza bruta; desprecio, humillación, designación de sub-humanos; desvalorización general, despilfarro y destrucción de las potencialidades del ser y de las cualidades humanas. ¡Pues sí! Estamos por el progreso. Albergamos las peligrosas utopías de la reciprocidad, del intercambio, de la escucha, del respeto, del reconocimiento, del aprendizaje mutuo, de la negociación entre sujetos autónomos y de la valorización de todas las cualidades humanas. Y estimamos, además, que tal progreso, que no está garantizado por ninguna ley de la historia, depende de equipamiento cultural de orden técnico, lingüístico, conceptual, jurídico, político u otro: las buenas voluntades individuales no son suficientes. Por ejemplo, el sufragio universal es preferible que el sufragio censual; la libertad de comercio es preferible a concesiones en cada puente; los libros impresos, los ordenadores personales y los teléfonos abren verdaderamente ciertas posibilidades de comunicación o de aprendizaje imposibles de alcanzar sin ellos. Para continuar por esta vía, el ciberespacio abre hoy inmensas perspectivas para una profundización de las prácticas democráticas. ¿Pero sabremos aprovechar estas nuevas posibilidades?

¡Que se cese de vincular toda idea de progreso social, moral o intelectual de la humanidad con peligrosas utopías que conducen directamente al totalitarismo! O bien la denuncia de las utopías enmascara un puro y simple conservadurismo; o bien su crítica consecuente lleva a demostrar los mecanismos destructores de la trascendencia y del poder.

Poder y potencia

Aparejada a la sospecha de totalitarismo, surge una crítica simétrica que ve en la disolución del poder un grave riesgo de debilitamiento para los grupos humanos, los cuales se entregarían a la democracia en tiempo real. Vivimos una época de inestabilidad y de competencia internacional exacerbada, tanto en el plano económico como en el militar. En estas condiciones, la transparencia para sí de lo social, la libertad que se deja a las minorías para tomar iniciativas y experimentar nuevas formas de regulación, la distribución molecular de la decisión y de la evaluación pueden aparecer como factores de fragilidad.

Pero en realidad, los ganadores de hoy son los que mejor logran movilizar y coordinar los conocimientos, las inteligencias, las imaginaciones y las voluntades. En la medida en que mejor circule la información, más rápidamente se evalúan las decisiones, mejor se desarrollan las capacidades de iniciativa, de innovación y de reorganización acelerada, y logran ser más competitivos5 las empresas, los ejércitos, las regiones, los países y las zonas geopolíticas. Ahora bien, el poder, de manera general, no posee ninguna afinidad con los funcionamientos en tiempo real, con las reorganizaciones permanentes y con las evaluaciones transparentes. En general, el poder trata de perpetuar las ventajas, preservar sus logros, mantener situaciones, opacar circuitos, actitudes todas muy peligrosas en período de deterritorialización rápida a gran escala. Por ser la democracia una educación con inteligencia colectiva, por ser capaz de movilizar, de valorizar y de emplear lo mejor posible todas las cualidades humanas, ella es, en tiempo real, el régimen político más apropiado para conceder la eficacia y la potencia característica del siglo XXI.

La potencia facilita; el poder bloquea. La potencia libera; el poder subordina. La potencia acumula energía; el poder la dilapida. Las tecnologías de la información y de la coordinación se convirtieron en lo suficientemente perfeccionadas para que las ventajas conferidas a una comunidad por una estructura de autoridad fuerte no compensen más el despilfarro de los recursos humanos y el freno de la inteligencia colectiva inherentes al ejercicio del poder. Para hacerse poderoso, un grupo humano debe, en lo adelante, suprimir las jerarquías en él y fuera de él.

Etimológicamente, la democracia designa "el poder del pueblo". Ahora bien, este régimen político es el menos malo, no porque otorgue el poder a una mayoría tomada en su conjunto, sino porque moviliza un pensamiento colectivo para el gobierno de la ciudad. No se le prefiere porque establezca el dominio de una mayoría sobre una minoría, sino porque limita el poder de los gobernantes y porque instituye recursos contra la arbitrariedad. ¿Es la democracia la más agradable de las constituciones porque otorga el poder a los representantes del pueblo? No por ello, sino únicamente en la medida en que remplaza las reglamentaciones particulares, los privilegios y los monopolios, por mecanismos generales de regulación. Somos demócratas porque este régimen limita el poder al mínimo necesario para hacer que se respete el derecho.

Hemos heredado de los griegos una tipología política que permite responder a la pregunta: ¿quién detenta el poder en la ciudad? Pero ya no se trata más de dar el poder al pueblo, a sus representantes, o a quien sea. Hoy, el problema político ya no es tomar el poder, sino acrecentar las potencias del pueblo, o de grupos humanos cualesquiera. El poder hace perder. Pasaríamos pues del ideal de la democracia (del griego démos pueblo, y kratein, dirigir, mandar) al de la demodinámica (del griego dunamis, fuerza, potencia). La demodinámica requiere una política molecular. Ella surge del ciclo de la escucha, de la expresión, de la evaluación, de la organización, de las conexiones transversales y de la visión emergente. Suscita la regulación en tiempo real, el aprendizaje cooperativo continuo, la valorización óptima de las cualidades humanas y la exaltación de las singularidades. La demodinámica no se refiere a un pueblo soberano, cosificado, fetichizado, enclavado en un territorio, identificado por la tierra o la sangre, sino a un pueblo en potencia, en perpetua vía de conocerse y de hacerse, por alumbramiento, un pueblo en devenir.

  • 1. Sobre estas cuestiones de estructura de gobierno y de aptitud para gobernar, ver el informe del club de Roma, firmado por Alexander King y Bertrand Schneider : Cuestiones de supervivencia, Calman – Lévy, Paris 1999 (Título original : The First Global Revolution). Fundamentalmente las páginas 162 a 183.

  • 2. La mutación de la esfera tecnocomunicativa, la imposibilidad de dominar su medio ambiente y de modificarlo por las vías habituales frente al crecimiento de la información como las diversas patologías sociales ligadas a esta nueva situación han sido muy bien analizadas por Franco Berardi. Ver, de este autor, Mutazione e cyberpunk, Costa & Nolan, Génova, 1994; Come si cura il nazi, Castelvecchi, Roma, 1993; y de Bernardi, Franco & Bolleli, Franco Per una deriva felice, Múltipla, Milano, 1993.

  • 3. Puerta de las redes numéricas de comunicación interactiva.

  • 4. Pensamos sobre todo en la Critique de la raison politique de Régis Debray (Gallimard, París, 1981), cuyos juicios sobre lo político son recientemente retomados en Manifestes médiologiques, Gallimard, París, 1994. Ver también, del mismo autor, Vie et mort de l’image, París, 1992, L’Etat séducteur, Gallimard, París, 1993 y Cours de médiologie générale, Gallimard, París, 1991. La tesis de la necesaria heteronomía del cuerpo político resta mucha fuerza a la empresa “mediológica” de este autor. ¿Por qué la heteronomía no sería, como otros aspectos del funcionamiento colectivo, dependiente del estado de las técnicas y de las prácticas de comunicación? ¿Por qué sustraer la alternativa heteronomía/autonomía del campo de la mediología? La voluntad de fundamentar una antropología sobre un punto estable, sustraído del devenir técnico y discursivo que es el rasgo mismo del humano, se hace decididamente difícil de sustentar.... Arriba, Régis, un esfuerzo más para ser mediólogo !

  • 5. Ver principalmente: Toffer, Alvin; Les nouveaux pouvoirs; Fayard ; París, 1999 y Toffer, Alvin & Heidi ; Guerre et contreguerre; Fayard; París, 1994.

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