El arte de no amargarse la vida, rafael santandreu




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EL ARTE DE NO AMARGARSE LA VIDA, RAFAEL SANTANDREU
Lo que digo a mis pacientes es que el “objetivo global –de la terapia cognitiva- es hacerles fuertes en el ámbito emocional. Esa fuerza les permitirá disfrutar de la vida con plenitud. «Aquí no queremos vidas “normales”, grises o simplemente estables -les digo-; queremos aprender a aprovechar todo nuestro potencial.» La neurosis es un freno a la plenitud, y la salud emocional un salvoconducto a la pasión y la diversión vital”.
…El mensaje principal de este libro es que todos -sí, todos- podemos aprender a ser más fuertes y equilibrados a nivel emocional, el segundo es que este aprendizaje se lleva a cabo transformando nuestra manera de pensar -nuestra filosofía personal, nuestro diálogo interno-, de una forma parecida a lo que, hace veinte siglos, intuyó Epicteto. Y es que como decía el filósofo: «No nos afecta lo que nos sucede sino lo que nos decimos sobre lo que nos sucede».

La terapia cognitiva, cuyos padres son Aaron Beck y Albert Ellis, ha permitido que cientos de miles de personas en todo el mundo transformen su mente. Tú puedes sumarte a ellos.


IDEAS FUNDAMENTALES SOBRE EL MODELO COGNITIVO


EL ORIGEN DE LAS EMOCIONES
Las personas solemos tener la impresión de que los hechos externos -lo que nos sucede- impacta sobre nuestras vidas produciendo emociones: rabia o satisfacción, alegría o tristeza… Existiría, según esta idea, una asociación directa entre suceso y emoción. Por ejemplo, si mi esposa me abandona, me sentiré triste. Si alguien me insulta, me sentiré ofendido. Tenemos la percepción de que hay una relación lineal (de causa y efecto) entre hechos y emociones…
Pues bien, la psicología cognitiva, nuestro método de transformación personal, nos dice que esto no es así. Entre los hechos externos y los efectos emocionales existe una instancia intermedia: los pensamientos. Si yo me deprimo ante el abandono de mi esposa no es por el hecho en sí: es porque yo me estoy diciendo a mí mismo algo así como: «¡Dios mío, estoy solo, es horrible, voy a ser un desgraciado!», y estas ideas producen en mí la emoción correspondiente, en este caso, miedo, desesperación y depresión.
Son las ideas, la interpretación del abandono, mi diálogo interno, lo que me deprimen, no el hecho de que mi mujer se haya marchado. De hecho, habrá personas que, frente al abandono de su esposa, ¡celebren una fiesta!

Por consiguiente, el esquema exacto de nuestro funcionamiento mental sería:


ACONTECIMIENTOS

PENSAMIENTOS

EMOCIONES


Esto es exactamente lo que decía Epicteto: «No nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede».

Todos tenemos la impresión de que los hechos producen -de forma automática- las emociones, y este error es el principal enemigo del crecimiento personal. Por ejemplo, muchas veces decimos frases del estilo: «Pepe me pone de los nervios», y aquí ya estamos cometiendo el error del que hablamos. Pepe no me pone de los nervios, ¡soy yo quien se pone de los nervios!

Si analizamos detenidamente nuestro proceso mental, veremos que Pepe lleva a cabo determinadas acciones (se supone que inconvenientes) y yo me estoy diciendo a mí mismo ideas del estilo: «¡Esto es intolerable! ¡No lo puedo soportar!».

Son esas ideas las que tienen el poder de irritarme, no las acciones de Pepe, que, por lo que respecta a las emociones, son neutras. De hecho, no todo el mundo reacciona de la misma forma ante Pepe: a algunos les irrita más que a otros. Hay a quien incluso no le produce ningún malestar. Y todo depende del diálogo interno de cada cual. Es el diálogo interior el verdadero productor -a veces oculto- de las emociones.
EL HOMBRE, QUÉ ANIMAL TAN IRRACIONAL
Efectivamente, los psicólogos cognitivos sabemos que detrás de cada emoción negativa exagerada -sí, siempre- existe un pensamiento catastrofista. Las personas que se perturban fácilmente tienen -día sí, día también- ese tipo de pensamientos y se los creen a pie juntillas. Por el contrario, las personas fuertes huyen de ese diálogo negativo como de la peste.

Después de décadas estudiando ese tipo de ideas negativas, les hemos puesto un nombre didáctico que las define muy bien; las llamamos creencias irracionales.

Estas creencias irracionales, se caracterizan por:

1. Ser falsas (por exageradas).

2. Ser inútiles (no ayudan a resolver problemas).

3. Producir malestar emocional.

En primer lugar, las creencias irracionales son falsas…Podríamos decir que toda la ciencia está en contra de ellas y, al sostenerlas, practicamos un tipo de lógica supersticiosa. En los momentos en que las empleamos, nos enfrentamos a todas las ciencias: la biología, la economía, la filosofía, la medicina, la estadística…

En segundo lugar, las creencias irracionales también son inútiles. No nos ayudan a superar las adversidades…pensar exageradamente, anticipar situaciones negativas tremendistas nunca es una buena estrategia de resolución de problemas. Cada situación merece una ponderación adecuada, lo más realista posible, y eso nos ayudará a resolver cada situación de la vida. Deprimirse, estresarse, llenarse de rabia, son actitudes que no contribuyen en nada al éxito…intentamos «matar moscas a cañonazos», esto es, aplicamos soluciones exageradas a problemas pequeños, y el remedio acaba siendo peor que la enfermedad…

Y, por último, las creencias irracionales producen mucho malestar emocional, gratuito, absurdo. En los casos extremos, el catastrofismo nos puede llegar a meter en un mundo horroroso que sólo cabe en una mente fantasiosa, pero que no existe en la realidad.

Generalmente, la fuerza emocional, el buen diálogo interior, se aprende en la infancia. Sin embargo, lo esencial es que, en cualquier momento, a cualquier edad, todos podemos cambiar nuestra modalidad de pensamiento para hacerla más positiva y constructiva. Todos podemos re-educarnos para la calma y la felicidad.
ERES UNA MÁQUINA DE EVALUAR
Los seres humanos somos máquinas de evaluar. Evaluamos todo lo que nos sucede. Nos tomamos un café y, mientras lo saboreamos, un rincón de nuestro cerebro está preguntándose: «¿Está bueno?», «Me despierta?», «¿Disfruto de este descanso?», «¿Repetiré la experiencia?»… No podemos dejar de hacerlo. De hecho, evaluamos de manera tan constante que, prácticamente, no nos damos cuenta de ello…

La evaluación es crucial para nuestra salud mental…de la calidad de esta evaluación depende nuestra fuerza o nuestra vulnerabilidad.

Línea de Evaluación de las Cosas de la Vida


GENIAL

Muy bueno

Bueno

NORMAL

Malo

Muy malo

TERRIBLE

…Cuando decimos que determinado evento es «terrible» (o sería «terrible» si sucediese) queremos decir que:

1. No puedo ser feliz con ese acontecimiento

2. No debería haber sucedido o suceder

3. No lo puedo soportar.

En el otro extremo, cuando decimos que algo es «genial» (o si sucediese, sería «genial»), significa que: «Seguro que voy a ser feliz, ¡para siempre!».

Y éste es otro de los principales mensajes de este libro: las personas más vulnerables a nivel emocional tienden a evaluar todo lo que les sucede (o podría sucederles) en el peor extremo, «terrible»…
¡NO LO PUEDO SOPORTAR!
Lo crea o no el lector, hoy en día acuden muchas chicas jóvenes a mi consulta acomplejadas por tener los pechos pequeños: cada vez más. Jovencitas de 14 o 15 años. ¡Y una buena parte de ellas ni siquiera los tienen realmente pequeños!

Vienen y me dicen que necesitan implantarse prótesis, pero que sus padres se niegan a pagar la operación. Esas muchachas lo pasan realmente mal porque se sienten inferiores, con un defecto insoportable que les impide llevar una vida normal. En otras palabras, califican el hecho de tener poco pecho de «terrible», lo cual significa: «Así no puedo ser feliz». Una vez más, sufren de terribilitis.

Básicamente, mi trabajo consiste en enseñarles a estas inteligentes muchachas (aunque un punto irracionales) que esa evaluación es claramente exagerada, incluso totalmente falsa. Y no me refiero a que tengan los pechos pequeños o no. Me refiero a la creencia irracional que dice: «Tener los pechos pequeños es un hecho nefasto que te condena a la infelicidad». Porque lo que castiga realmente las mentes de esas personas es terribilizar sus carencias (las tengan realmente o no).

En la Línea de Evaluación de las Cosas de la Vida, podríamos valorar el hecho de tener mamas pequeñas como «un poco malo», ¡pero nunca como «terrible»! Eso significa, a nivel emocional, que ese defecto puede disgustarnos un poco, pero no tiene por qué llenarnos de ansiedad, tristeza… 

Cuando nos habituamos a evaluar de una forma más exacta, realista y positiva, nuestras emociones se vuelven mucho más serenas, porque recordemos: las emociones que sentimos son siempre producto de nuestros pensamientos o evaluaciones.

¡Ahí está el quid de la cuestión! Yo jamás discuto con esas adolescentes acomplejadas sobre el hecho de si tienen o no los pechos pequeños. ¡Eso me da igual! Lo esencial es que no importa tanto cómo los tengan. En el momento exacto en que lo comprenden, dejan de sentirse tan mal por ello. Se curan cuando, en su interior, se llegan a decir: «Aunque los tuviese demasiado pequeños, podría disfrutar de la vida».

Efectivamente, las personas mentalmente fuertes tienen mucho cuidado de no dramatizar jamás sobre las posibilidades negativas de su vida y ahí está la fuente de su fortaleza. Están convencidas de que la mayor parte de las adversidades no son ni «muy malas» ni «terribles». Ese convencimiento profundo es lo que las mantiene en calma: ése es su secreto.

Por lo tanto, en terapia cognitiva enseñamos a las personas a evaluar lo que les sucede (o les podría suceder) con criterios:

Objetivos

• Con sana comparación

• Abiertos al mundo

• Constructivos

• Con una mínima conciencia filosófica
1) Evaluar con criterios objetivos quiere decir que hemos de intentar basarnos en lo que dice la ciencia o el conocimiento más riguroso posible. Más tarde hablaré de ello con más detalle, pero la ciencia en general (la medicina, la economía, la filosofía o la antropología) nos dice que los seres humanos necesitamos muy poco para estar bien. Nuestras necesidades básicas son escasas.
2) En segundo lugar, la sana comparación es una condición esencial para poder evaluar con mayor corrección y tener una mente más saludable. Para saber si algo que me ha sucedido o me podría suceder es «un poco malo» o más bien es «terrible», tengo que comparar esa situación con «todo» lo que me podría suceder.

En ese sentido, suspender tres asignaturas no puede ser nunca calificado de terrible comparado con sufrir una enfermedad grave, perder a un ser querido, estar en medio de una guerra… Este punto suele ser difícil de aceptar para muchas personas, pero yo les suelo argumentar que la ciencia se basa en la comparación. Es más, cualquier conocimiento parte del ejercicio básico de comparar. Los seres humanos sabemos, conocemos, a través de distinguir diferencias y comparar unas cosas con otras. Por lo tanto, cualquier intento de ser más objetivos pasa por comparar de la forma más eficiente posible. ¡Si queremos saber, hay que comparar! Pero para hacerlo bien hay que comparar con todo el mundo, con la comunidad de todos los seres humanos, con todas las posibilidades reales que se dan en la vida, sin esconder la muerte, las enfermedades, las carencias básicas… Una vez más, un buen ejercicio comparativo nos enseñará que los seres humanos necesitamos poco para ser felices, y esa capacidad la tenemos todos,

…3) Abiertos al mundo: A veces, nos volvemos neuróticos cuando nos centramos en nosotros mismos como niños pequeños que se creen el centro del universo. ¡Y lo cierto es que no somos el centro de nada! Muchas veces, cuando propongo a mis pacientes que se comparen con personas que viven en regiones pobres de África, protestan diciendo: «¿Por qué tengo que compararme con un pobre africano? ¡Yo vivo aquí en Barcelona y nunca viviré la situación que viven ellos!».

Pero, en mi opinión, hay que abrirse a la realidad del mundo porque la situación de otras personas que viven en entornos diferentes nos informa, una vez más, de las necesidades básicas de los seres humanos.

A veces, vivimos en sociedades tan artificiales que llegamos a pensar que si no tenemos un piso en propiedad o no podemos permitirnos unas vacaciones en la playa no vamos a ser capaces de sentirnos bien. Eso es estar fuera de la realidad. Eso quiero decir cuando hablo de tener un criterio abierto al mundo, esto es, ser conscientes de la realidad del ser humano: la realidad de África es también la nuestra.

Calificar de «terrible» todas las cosas negativas que nos suceden no es nada constructivo porque esa calificación conlleva un descalabro emocional que no ayuda a resolver las situaciones. Por lo tanto, lo más constructivo, lo más funcional es intentar calificar lo que nos sucede en la zona central de la Línea de Evaluación de las Cosas de la Vida.
Si mi teléfono móvil se cae al suelo y se rompe, nunca podría calificar ese hecho de «normal». Ni mucho menos «bueno». Esa mirada ingenua de la vida sería muy poco conveniente y funcional porque no pondría en marcha mis recursos para evitar los sucesos negativos. De lo que hablamos aquí es de evaluar en su justa medida. Lo que sucede es que, la mayor parte de las veces, las adversidades no son tan malas como imaginamos.

Y es que es conveniente desarrollar una buena conciencia filosófica en la vida.
PREFERENCIAS EN VEZ DE EXIGENCIAS

En realidad, existen billones de creencias irracionales, un número infinito, porque estas ideas catastrofistas son invenciones y la fantasía no tiene límites. Pero, tras muchas décadas de investigación, hemos podido clasificarlas todas en tres grupos. Éstas son las creencias irracionales básicas que sostenemos los seres humanos:

a) ¡Debo! hacerlo todo bien o muy bien.

b) La gente ¡me debería! tratar siempre bien, con justicia y 

consideración.

c) Las cosas ¡me deben! ser favorables.

Decimos que estas ideas son creencias irracionales porque se trata de exigencias infantiles, «debería» tajantes, inflexibles y poco realistas. Se parecen a las rabietas de un niño que patalea porque quiere que su madre le compre unas chuches en el supermercado: «¡Lo quiero, lo quiero, lo quiero!».

Sin embargo, las creencias racionales correspondientes serían del estilo:

a) Me gustaría hacerlo todo bien, pero no lo necesito para disfrutar del día.

b) Sería genial que todo el mundo me tratase bien, pero puedo pasar sin ello.

c) ¡Cómo me gustaría que las cosas me fuesen favorables! Pero no siempre va a ser así y lo acepto. Aun así, todavía puedo ser feliz.
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