El fascinante y estremecedor relato de uno de los escándalos político-financieros más grandes del mundo




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Capítulo II
Imprudente solidaridad

El espesor de la soledad dificultaba el avance por los pasillos del poder. La casa de gobierno lucía vacía y desolada. La atmósfera densa y agobiante revestía de suspenso al Palacio Presidencial, contrastando con la inusitada actividad y fervor de los días de gloria precedentes. El banquero empujaba su cuerpo contra el hastío aposentado, para acercarse al príncipe caído. Con pasos tenues, pero que le resultaban estridentes al retumbar en los interminables corredores que le conducían hacia el encuentro con el presidente saliente. El 17 de mayo del 2000 a las 7:00 de la noche, se encontraba en la frontera exacta entre el poder y la sencillez. En noventa días Leonel Fernández resignaba el mando en manos de un personaje totalmente impredecible, escogido como presidente por los dominicanos.

Ramón Báez Figueroa miraba pero no veía su entorno. Su mente estaba concentrada en la conversación sostenida hacía dos noches con el presidente entrante, Hipólito Mejía y parte de lo que sería su equipo de gobierno. Conociendo a Hipólito desde joven, sabía que el mandatario cesante iba a necesitar de mucha ayuda y solidaridad. En el encuentro con el próximo Jefe de Estado había evidenciado algunas señales confusas y los mensajes llegaron cifrados, en clave, pero con un claro matiz amenazante. No cabían dudas: el amigo que abandonaba el poder lo necesitaba, y su única ayuda posible era con dinero, la mercancía que mejor manejaba Ramoncito. Instintivamente se llevó la mano al pecho para palpar el sobre que contenía el valor de su amistad, reposando sutilmente en el bolsillo izquierdo de su exquisito traje de casimir inglés pero cortado en Milán. Si Leonel logra consolidar una fuerte fundación con poderosas raíces internacionales, tendrá una infraestructura importante que podrá servirle de coraza contra las potenciales agresiones del nuevo gobierno, pensó el banquero.

El ex guerrillero Hamlet Hermann se mecía plácido en su mecedora habitual de las primas noche, con un libro en la mano y su esposa Socorro a su diestra. Reposaba la cena, disfrutando los momentos de lectura que eran imprescindibles para él, luego de cada jornada. Todavía seguía siendo Secretario de Estado y Director de la Autoridad Metropolitana de Transporte –AMET–, una especie de Ministerio de Transporte de la República Dominicana, por lo menos, hasta el próximo 16 de agosto, fecha en la que se produciría la transición de mando. Hacía poco más de 24 horas que había terminado el proceso electoral dominicano y todas las encuestas y las informaciones oficiales de la Junta Central Electoral daban como ganador al ingeniero agrónomo Hipólito Mejía Domínguez contra Danilo Medina, el candidato del partido oficial. Aunque Hamlet, por hábito, había tomado un libro en sus manos, en más de una hora no había podido dar cuenta ni siquiera de diez páginas. Los comentarios y análisis de coyuntura eran tan habituales entre él y Socorro, como los momentos de lectura compartida. Los resultados electorales, en realidad esperados por todos, no los dejaban de preocupar, por dos razones básicas: Había que evaluar cuáles eran las fallas fundamentales de un gobierno que parecía de grandes realizaciones a favor del pueblo dominicano y además, tendrían qué plantearse qué le esperaba al país en manos de un hombre temperamental e impredecible como Hipólito Mejía y su Partido Revolucionario Dominicano (PRD). De las dos experiencias gubernamentales relativamente recientes de ese partido, la última dejó grandes traumas en el país.

Consumían la noche en altos vuelos que les permitían dar un vistazo al futuro. No, no podían ponerse de acuerdo en un diagnóstico certero de lo que les esperaba en el porvenir.

  • Parece que Leonel está todavía en Palacio. Mira las luces encendidas en su despacho –le comentó Socorro.

  • Si se ven las luces, es porque Leonel permanece todavía ahí. Déjame ver si podemos ir a visitarle para comentar los resultados de las elecciones –le respondió su esposo, mientras tomaba el teléfono celular para llamar al Presidente de la República.

Hamlet Hermann y la comunicadora Socorro Castellanos tenían su residencia en la calle Moisés García, frente al Palacio Presidencial, en el tradicional sector de Gazcue de la capital dominicana, a pocos metros de la puerta de entrada de la Casa de Gobierno. Desde su terraza podían divisar con precisión los ventanales de las oficinas del Presidente de la República, doctor Leonel Fernández Reyna. El majestuoso edificio oficial había sido construido por órdenes del dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina. Se inició 27 de febrero en el año 1944 y lo inauguraron el 16 de agosto de 1947 con un extraordinario diseño del arquitecto italiano Guido D´Alessandro. Más de 60 años después, la edificación mantenía una regia e imponente presencia, denotando todo el poder que de él emanaba.

  • Buenas noches –le respondió Danilo Pérez, asistente especial del Primer Mandatario.

  • Buenas noches Danilo, soy Hamlet, ¿puedo hablar con el Presidente?

  • Hola Hamlet... claro, deme un minuto.... –el asistente tapó con su mano el auricular y susurró: –Presidente, le llama Hamlet...

El presidente tomó el teléfono móvil.

  • Hola...

  • Buenas noches Presidente, ¿cómo está usted, qué está haciendo? –le preguntó con la vista dirigida hacia el Palacio Nacional, remodelado recientemente.

  • Profesor ¿me llama para darme el pésame? –bromeó un poco el Jefe de Estado.

  • No Presidente, le llamo para saber en qué está y saber si puedo pasar por su oficina un momento, para conversar sobre lo que ha pasado en las últimas horas.

  • Pues venga por aquí profesor, y aquí hablamos –le dijo solícito Fernández, sin hacer referencia a lo que estaba organizando.

Hamlet Hermann era un viejo militante revolucionario que había tomado parte en la contienda de abril de 1965. Luego vino al país como integrante del foco guerrillero que dirigió Francisco Alberto Caamaño. Pudo salvar la vida milagrosamente, mientras la casi totalidad de la escasa tropa patriótica entregaba su vida por la causa de los pobres, sin que éstos siquiera se enteraran.

Ahora estaba a noventa días de entregar la dirección de AMET. Su experiencia en el gobierno no había sido del todo satisfactoria según sus convicciones.

El presidente hacia arreglos para grabar un discurso de televisión, que se transmitiría más tarde en la noche, agradeciendo a la población por la civilidad que había demostrado al votar pacíficamente y a las autoridades de la Junta Central Electoral, por conducir las elecciones con transparencia. Su veredicto era que la democracia se había fortalecido, pese a la derrota de Danilo Medina, el candidato del Partido de la Liberación Dominicana, hasta ese día en ese momento en el gobierno.

La curiosidad, confianza y amistad se combinaron para que Hamlet tomara su teléfono y se comunicara con Fernández, quien debía comenzar ya el proceso de transición para la entrega del poder a un partido contrario al suyo y a un político dicharachoso, que hablaba más de la cuenta.

Hamlet, como era su costumbre, invitó a su esposa Socorro a acompañarle. Atravesaron la calle Moisés García, andando despacio y con ropa informal, para entrar por la puerta principal de la Casa de Gobierno.

Cuando Hamlet Hermann y Socorro fueron conducidos por Danilo Pérez hasta el despacho presidencial, se encontraron con un grupo de técnicos que hacía los preparativos para el discurso televisivo. El primero en saludar al ex guerrillero fue el Secretario de Estado, Director de Prensa y Speaker del presidente, el periodista y abogado Adriano Miguel Tejada. Para sorpresa de Hamlet, estaba ahí presente el presidente de Baninter, Ramón Báez Figueroa. Hamlet y Socorro fueron a abrazar al presidente.

  • Mire profesor lo que me acaba de entregar Ramoncito –Leonel le pasó un cheque de Baninter emitido a nombre de la Fundación Global Democracia y Desarrollo – FUNGLODE – por la suma de veinticinco millones de pesos. El presidente lucía radiante, entusiasmado por lo significativo del aporte para una obra que era en realidad su sueño y uno de los mayores proyectos de su vida.

El ex guerrillero toma el cheque, lo examina con sorpresa, mira con sorna al presidente de Baninter y empieza a devolver el instrumento bancario a Fernández.

Ramoncito expresó con propiedad:

  • Le he dicho al presidente de la necesidad que tiene de crear una institución sólida, de prestigio internacional, porque no sabemos las intenciones que tienen los que van a tomar el poder y es necesario estar resguardados. Soy amigo de Hipólito y les confieso que a veces me da miedo la forma irracional en que actúa cuando está irritado –el presidente de Baninter quería que se valorara su gesto de hacer el aporte luego de la derrota electoral del día anterior. En la balanza de las lealtades, este momento preciso era significativo para medir la del banquero.

  • Con este aporte, profesor, podemos empezar de inmediato a construir el local de la FUNGLODE –le comentó Leonel Fernández al momento de recibir el cheque que le devolvía su amigo y subalterno.

Al sopesar el entorno, Hamlet supo que no era el momento para análisis de coyuntura ni cosa parecida. El Presidente andaba por otros mundos, y tendría que domeñar sus ansias de buscar explicación a los resultados de las elecciones para otra oportunidad o buscarse interlocutores diferentes. Aquí no había espacio para la crítica.

  • He recibido una gran cantidad de libros nuevos, que me gustaría mostrarles a ustedes –añadió el presidente, mientras conducía al grupo hacia su biblioteca personal en el despacho presidencial.

  • Ojalá pueda usted compartirlos, porque no tendrá tiempo de leer todo eso... –dijo a modo de chanza el director de AMET.

  • Pues claro... este es uno de mis mayores deleites, que me regalen libros y regalar libros –expresó con sinceridad Leonel.

No todo fue decepción esa noche para la noble pareja de esposos. Cuando regresaban a su casa, atravesando los jardines del Palacio, dos interesantes obras literarias iban debajo del brazo del guerrillero.

  • Leonel ni se acordó que anoche concluyeron unas elecciones en las que su partido fue derrotado miserablemente. No lo mencionó ni por asomo

–meditaba Hamlet Hermann en voz alta, mientras regresaban al sosiego de su hogar, convencido de que el país era digno de un mejor destino.

  • No es su prioridad. Está concentrado en su Fundación –comentó doña Socorro Castellanos.

Ramón Báez Figueroa corría un riesgo enorme por su intrépida solidaridad con el presidente saliente. Como él había sentenciado, el nuevo incumbente del Palacio Nacional era impredecible. Aunque Ramoncito creía que había comprado con creces el apoyo incondicional de Hipólito Mejía, estas y otras de sus imprudencias serían cuidadosamente grabadas en la memoria del próximo mandatario.

Para el propietario de uno de los más grandes bancos del país, por demás con un techo de finísimo cristal, lanzar esas piedras de lealtades compartidas al aire, era un riesgo imprudente, cuando menos, porque en su caída, esos guijarros podrían hacerle añicos. A muy pocas horas de Ramoncito haber salido de Palacio, ya Hipólito Mejía tenía la información completa de lo que había hecho y lo había ubicado en el rincón de los desleales, en sus preferencias políticas.

Leonel Fernández había resultado ser un animal político de excepcionales condiciones. Con una imitación casi al calco del estilo balagueriano de gobernar y hacer política, había definido temprano sus posibilidades y potencialidades. Cuando el sector reformista que encabezaba Amable Aristy Castro le ofreció modificar la Constitución de la República para eliminar el párrafo que le prohibía reelegirse, el mandatario sabía que ese grupo contaba con la anuencia del doctor Joaquín Balaguer para esa acción, pero lo percibió como un caramelo envenenado, porque tenía informaciones precisas de que el presidente del Partido Reformista Social Cristiano se presentaría de nuevo como candidato y con él en la contienda, las posibilidades de triunfo del PLD eran muy remotas. Balaguer siempre tenía una masa cautiva que sobrepasaban los seiscientos mil votantes, y no era posible derrotar al PRD y a Hipólito Mejía sin contar con la anuencia y colaboración del caudillo reformista. Por demás, tanto el nonagenario líder como la oposición, le habían colocado el mote de “comesolos” a los peledeístas y al gobierno, consigna que fue asimilada con fuerza por los sectores pobres, mermando notablemente las posibilidades electorales del partido morado, fundado por el profesor Juan Bosch. Leonel sabía en demasía que ir a una reelección en esas condiciones era un suicidio político que limitaría mucho su regreso al poder cuatro años después. Por eso rechazó no sólo los cantos de sirenas de sus adláteres y acólitos, sino que evadió la celada enviada por el caudillo reformista y sus partidarios, cuando le llevaron la modificación constitucional en bandeja de plata para que la aprobara. Cuando se negó a ello, Amable Aristy Castro le acusó de “no querer ponerse los pantalones... y permitir que el PRD ganara las elecciones”.

Sin embargo, el presidente saliente cumplía con los objetivos políticos básicos para la continuidad de su carrera. Enviando a su estratega Danilo Medina al cadalso político, mataba dos pájaros de un tiro.

Por eso no le afectaba mucho la derrota que acaba de ocurrir. Estaba dentro del cálculo lógico de sus posibilidades. Más que eso, le convenía. Ahora estaba entregado a la construcción de una poderosa estructura de presión social con la entidad Fundación Global Democracia y Desarrollo y desde ahí impulsaría el debate al más alto nivel de las ideas y las concepciones más avanzadas en el mundo, sobre las mega-tendencias de desarrollo, la tecnología, la ciencia, la educación. Salía del liderazgo gubernamental, pero asumiría el control del liderazgo de la sociedad civil. Sería esta la plataforma que le catapultaría para regresar a la presidencia en muy poco tiempo. Estaría cuatro años en la oposición, dándole un manejo excelente a su imagen y contando con un posicionamiento por encima de su partido, como siempre lo estuvo, porque fue concebido y diseñado así por él y sus estrategas.

Hipólito Mejía conocía muy bien la estrategia de Leonel y sabía que a él tendría que enfrentarse en el certamen venidero. Por eso, el hecho de que Ramoncito fuera también el soporte económico de esa candidatura futura, dio nacimiento a los celos políticos que le angustiaban el alma. El sabría cobrar con creces esa dualidad.

Capítulo III

La tarjeta de crédito del Presidente

La tarjeta de Baninter contenía muchos mensajes ocultos. Entre ellos, uno de los principales era el conflicto de intereses. Pero el que menos se veía era el enfrentamiento descarnado que libraban algunos ejecutivos bancarios por ser “el banquero del Presidente”. Ramoncito, con sus aportes voluminosos, se creía merecedor de llevar la delantera y de hecho, si por las sumas fuera cuantificada la cercanía con el presidente de la República, no hay dudas de que llevaba muchos cuerpos de ventaja a su competencia. Sin embargo, el gran poder en el sector lo tenía Alejandro Grullón, por tener colocados a sus principales cuadros en los estamentos de poder financiero y monetario. Pero Don Alejandro era discreto y efectivo. Hipólito desayunaba, jugaba y visitaba a Ramoncito. Como compadres, formaban una excelente pareja, sin embargo, a la hora de adoptar políticas de Estado, sus apuestas siempre iban a favor del banquero encanecido de la avenida Kennedy con Máximo Gómez. Dentro de esta madeja político-financiera, entraba en juego un elemento intrépido, a otro nivel: Pedro Castillo (Perucho), el verdadero banquero del Presidente. Pedro era hermano del esposo de Carolina, la hija del Presidente Mejía. Con Hipólito estaba entre familia, pero además, en términos de negocios – hay que recordar que Mejía fue siempre un empresario enganchado a político– Pedro Castillo tenía la cercanía y confianza suficientes con el mandatario como para hacer sus propias transacciones comerciales en familia. Aunque Perucho era el presidente del Grupo y del Banco Dominicano del Progreso, sus actividades de
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