El fascinante y estremecedor relato de uno de los escándalos político-financieros más grandes del mundo




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títuloEl fascinante y estremecedor relato de uno de los escándalos político-financieros más grandes del mundo
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Baninter se tornaban intranquilizadoras. Los plásticos del documento que el banco había entregado, como un gesto de cortesía para el mandatario, estaban a nombre del coronel Pedro Julio Goico Guerrero, pero exclusivamente para cubrir los gastos de los viajes del jefe de Estado. Ramoncito recordaba con un particular sabor amargo en su paladar, la visita que recibiera la tarde anterior en su despacho de la sede central del banco.

Cuando la seguridad presidencial abrió la puerta principal de la casa oficial de recreo en la playa de Juan Dolio, la jepeta Lexus negra de Ramón Báez Figueroa abandonó la calle deteriorada que unía el Bulevar del Este con la residencia de veraneo, para adentrarse en la suavidad del pavimento de la vía interior que le conducía hacia la estancia principal de la villa. Su mente estaba revuelta. Con Hipólito nunca se tenía la certeza de nada. Había que decirle las cosas con claridad, pero era una incógnita en qué animo encontraría al mandatario. Su temperamento era tan cambiante, que bastaba con que estuviese perdiendo en el juego de dominó, para encontrarlo irascible. Lo que es peor aún: él apoya a la gente de su entorno con uñas y dientes, aunque se hunda junto a ellos. En el caso de Pepe Goico, era inexplicable cómo le endosaba tanto poder y le brindaba un apoyo casi enfermizo. Ahora se arrepentía Ramoncito de haber recomendado a Mejía que integrara a Pepe Goico a su equipo. Frank Cabral lo habían protegido y lo tenía como asistente en sus labores “técnico-profesionales”. Sin embargo, queriendo tener una quinta columna entre los hombres de confianza del presidente, ambos le recomendaron a Hipólito que lo integrara en su avanzada de seguridad, en la campaña electoral del año 2000, endilgándole grandes elogios sobre su lealtad y buenas condiciones para los temas militares y de inteligencia. Al hacerlo, ignoraron –para su desgracia posterior– la máxima popular que dice “si quieres conocer a Mundito, dale un carguito...” Pepe Goico se había tomado muy en serio sus labores al lado del candidato del PRD, al punto que entre las dos lealtades, ni remotamente favorecería a sus antiguos protectores. El Poder es el poder, habría pensado Pepe y en eso no se equivocaba, porque los hechos que iban a suceder después de la reunión de esta tarde, le darían la razón sobre la certeza que tuvo al escoger su compromiso de fidelidad.

La Lexus negra evadió los parqueos delanteros de la residencia y giró 30 grados hacia la izquierda, dirigiéndose hacia una enramada que se encuentra en la parte trasera de la vivienda, en el ala Este, muy cerca del mar. Ahí se encontraba el presidente jugando dominó cuando Ramón Báez Figueroa y Frank Cabral, se desmontaron y se dirigieron a los presentes.

  • Buenas tardes a todos –hizo Ramón un saludo general con la mano alzada y avanzó hacia la mesa en la que estaba Hipólito jugando una partida, con el mayor general Díaz Morfa de frente.

  • ¿Cómo te va Ramoncito? Tienes que esperarte a que yo termine esta vaina. Le estoy dando una pela a estos carajos. Ya te atiendo –le dijo el Presidente, casi sin mirarlo, concentrado en la zeta que formaba el grupo de fichas en la mesa.

  • No hay prisa. Termine tranquilo Presidente, que yo lo espero –el banquero sonreía hacia afuera, para agradar al amigo, pero con la aprensión de lo que pudiera pasar a partir de este conversatorio.

Ciertamente Mejía no duró mucho jugando. A los pocos minutos se paró de la silla, dejó que otro ocupara su lugar y se llevó a los visitantes hacia la sala principal de la casa. Ahí empezaron la conversación.

  • Presidente, tengo que tratarle un tema que es muy enojoso para nosotros, porque no quiero que usted piense que hay algún reparo con su persona, pero debemos tomar algunas medidas para las cuales necesitamos contar con su aprobación...

  • ¿De qué vaina tú me hablas? –le interrumpió Hipólito.

  • He sido visitado por personal de inteligencia de la embajada norteamericana. Ellos están muy preocupados por el uso que se le está dando a la tarjeta de crédito que le hemos entregado para cubrir sus gastos personales y de los viajes al extranjero. Ellos alegan que se han estado haciendo unas compras raras y que incluso se ha hecho la compra de un avión, el cual realizó unos viajes inusuales a Miami, que ellos están investigando –Ramoncito intentó resumirle el tema, porque el Presidente era muy impaciente, pero necesitaba darle la mayor cantidad de datos antes de que éste explotara.

  • Ya el embajador Hertell me vino con ese cuento. ¿Qué es lo que está pasando en realidad? porque yo no tengo nada que ver con aviones ni ningunas de esas vainas –protestó Hipólito.

  • Hay consumos grandísimos con su tarjeta señor Presidente, y al banco no le importa lo que usted necesite para sus gastos, pero resulta que se están comprando cosas asombrosas a su nombre. Por ejemplo, un avión, yate, apartamentos, joyas preciosas, vajillas de plata que cuestan oro, en fin, gastos que yo sé que no tienen nada que ver con usted, y queremos protegerlo de cualquier escándalo.

  • A mí que no me metan en sus atolladeros –reclamó Hipólito.

  • De eso se trata, señor Presidente, de evitar que usted sea salpicado por un escándalo. Tienen todos los datos de empresas de vigilancia y seguridad y tiendas de calzados en Miami, en las cuales se pasan vouchers con consumos supuestos y es para cobrar el dinero en efectivo. Ya los norteamericanos están investigando y amenazando por la violación de la Ley de Lavado, y eso me preocupa.

  • A mí no. Ellos no tienen por qué amenazarme. Yo soy un hombre muy transparente y no quiero ningún problema con esa tarjeta –Hipólito Mejía no alcanzaba a ver la magnitud del escándalo que podría ocurrir.

El solo hecho de que un Jefe de Estado acepte, sin tener que pagar, una tarjeta de crédito sin límites de un banco privado, representa una falta de ética que haría renunciar al presidente de cualquier país del mundo. Si un escándalo como ese explotara en la prensa, las repercusiones en la figura de Hipólito serían destructivas. Aunque el mandatario había dicho en más de cincuenta oportunidades que no aceptaría la reelección presidencial, todas sus tropas estaban proclamándolo como candidato para el 2004 y él no hacía nada para detenerlos. La implicación en un acto de corrupción de esta naturaleza podría hacerle mucho daño a la imagen del gobierno.

  • Señor Presidente, el coronel Pepe Goico puede estar haciendo mal uso de estas tarjetas sin su consentimiento. Es casi seguro que esas compras las ha realizado él, o se han hecho con su anuencia.

  • Yo no creo que Pepe sea loco de meterme en un berenjenal así. El ni es loco ni se come su mierda –el presidente lucía incómodo con la situación.

Sin embargo a Báez Figueroa le había molestado saber que el Jefe de Estado ya había sido advertido por el embajador de Estados Unidos, Hans Hertell y ni siquiera lo había llamado para comunicárselo. En un caso como éste, debieron estar en contacto para actuar como un equipo.

  • Hipólito, tengo que hacer algo, tengo que someter a Pepe Goico a la justicia, para que los Estados Unidos sepan que ni usted ni el banco están involucrados en el uso deshonesto de esa facilidad –le expresó Ramoncito.

  • Coño, si tú sacas esa vaina al aire me vas a hacer mucho daño político, pero haz lo que tú quieras, tú eres que sabes... –el presidente empezó a perder los estribos.

  • Pero Hipólito, el banco no se puede quedar con los brazos cruzados. La embajada va a creer que somos responsables y nos pueden procesar por lavado. Además de la estocada mortal que sería para un banco una condena de esa naturaleza, nos cancelarían la visa norteamericana y nos procesarían por delitos federales –Báez Figueroa quería razonar con el mandatario.

  • General, llámeme a Soto Jiménez, para que le busquemos una salida a este maldito problema –Díaz Morfa empezó a marcar el teléfono del jefe de las Fuerzas Armadas... luego de varios intentos, lo localizó entrando a la comunidad de Constanza. El presidente le dio instrucciones para que se reunieran al otro día en su casa de La Julia. Todos se pusieron de acuerdo.

  • Bueno, es necesario que tú le hagas una carta denuncia a Soto, para que investigue todas estas mierdas y nos reunimos en mi casa mañana domingo a las 4:00 de la tarde –Mejía daba por concluido el conversatorio.

A la reunión de la casa del Presidente se presentaron todos a tiempo. Hipólito era enfermo con la puntualidad y recriminaba con fuerza a quienes llegaban tarde, sobre todo si eran empleados suyos. El último en llegar fue precisamente Báez Figueroa, que no era militar ni nada parecido. Su vehículo dobló en la avenida Abraham Lincoln hacia el Este, como si fuera a dirigirse hacia la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) pero en la primera esquina hizo un giro hacia la izquierda y de inmediato entró en el parqueo reservado para las viviendas que componían el exclusivo residencial donde vivía el Presidente de la República, don Hipólito Mejía Domínguez, en el sector La Julia de la capital. El Rolex de Ramoncito marcaba exactamente las 4:08 minutos de ese domingo 22 de septiembre. Al desmontarse de su vehículo y acercarse a la puerta de entrada de la casa de dos niveles, el banquero llevaba el corazón en las manos. Iba acompañado de su amigo Juancho López. En su encuentro el día anterior, percibió mucho disgusto en la actitud del Presidente. Era como si le incomodara que se le tratara el tema. Parecía inconcebible que no quisiera que se abordara un caso tan delicado y que le tocaba muy de cerca. ¿Sería que en realidad el enviado norteamericano tenía razón y el Presidente no estaba siendo engañado, sino que se hacía de la vista gorda? No podía creer que Hipólito autorizara este tipo de vagabunderías. Pero su actitud de la víspera le había dejado lleno de dudas.

En la sala el ambiente era tenso y cargado. El teniente general Soto Jiménez, se mostraba adusto, con cara de pocos amigos. Lo mismo acontecía con el rostro de machete del Jefe del Estado Mayor de Ejército Nacional, mayor general Carlos Díaz Morfa. El Presidente se encontraba en sus habitaciones. De inmediato fue avisado de la llegada del banquero y estuvo en pocos minutos presto para la reunión. Las facciones de Mejía tampoco eran las mismas de siempre. Si se hacía un concurso de adustez habría que recurrir al foto-finish para determinar quien podría ser el ganador.

  • ¿Qué hay Ramoncito? –fueron las únicas palabras del presidente al estrecharle la mano. Por lo visto ya había saludado a los demás. La actitud seca y distante le presagiaba una tempestad.

Ramoncito conocía a Hipólito Mejía desde jovencito. Cuando su padre, don Ramón Báez Romano fue ministro de Industria y Comercio, en el gobierno de don Antonio Guzmán Fernández de 1978, ya hacía varios años que conocía a Hipólito, cuando se desempeñaba Secretario de Estado de Agricultura del mismo gobierno. Don Ramón Báez Romano era un hombre muy cercano al líder del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) doctor José Francisco Peña Gómez y se podría decir que Hipólito había entrado a esa organización política contando con la protección y un cariño muy especial de Peña Gómez. Eso unió mucho al señor Báez Romano con el actual presidente de la República. Hacía 24 años de esa historia. Ramoncito estaba en la plena juventud, en sus veinte y tantos años. Desde que Mejía asumió la candidatura de su partido, el Baninter le había dado un apoyo entusiasta y sincero. Los vínculos eran muy fuertes, casi filiales, y el banco en realidad se las había jugado para ayudarlo a llegar al poder, e incluso, sin estar de acuerdo en el fondo con sus nuevas aspiraciones, se podría decir que Baninter apostó para que fuera modificada la Constitución y se aprobara la reelección en dos períodos consecutivos. Sin ser parte de su agenda, Báez Figueroa había invertido mucho dinero en esa empresa política e Hipólito lo sabía muy bien. En las pasadas elecciones congresuales y municipales, el banco había funcionado prácticamente como una caja chica del Proyecto Presidencial Hipólito (PPH) aunque en muchas comunidades las preferencias personales de Ramoncito estaban con candidatos de la oposición.

Las pruebas de este apoyo las graficó el senador Yayo Matías de Mao, cuando reveló en una entrevista televisiva, que le faltaban seis millones para terminar la campaña y se los pidió a Hipólito Mejía, quien a su vez mandó donde Ramoncito. Éste terminó donándole tres millones. Pero ahora necesitaba con urgencia el apoyo del presidente y recibía la distancia y la hostilidad como respuesta y el posible enojo por su actitud de defender el patrimonio del banco y en cierta forma, la imagen misma del Presidente.

Se acomodaron todos, menos Juancho López, en la pequeña salita que está en la esquina del comedor de la casa.

  • Soto, ¿te explicó Ramoncito el embrollo ése de la tarjeta de Pepe? –preguntó sin muchos rodeos el Presidente.

  • Si señor Presidente. Hemos hablado al respecto. Pero dice Ramoncito que esa tarjeta la ha dado como un gesto de cortesía para cubrir sus gastos de viajes al extranjero y otros compromisos locales. Eso es muy delicado, señor Presidente, porque si esa información sale a los medios, le hará mucho daño a su figura –aconsejó el Jefe de las Fuerzas Armadas.

  • A mi coño, que no me echen ese muerto, que yo no voy a cargar con vagabunderías de nadie –no había que ser adivino para reconocer el grado de enojo que mostraba Mejía en la reunión.

  • Aunque usted no quiera, Presidente, los consumos de los que estamos hablando son escandalosos y extravagantes. Se ha comprado casas, apartamentos, yates, e incluso el avión que usted usa con la Avanzada Militar fue adquirido con su tarjeta de crédito sin usted tener conocimiento de esos hechos. Eso es muy delicado Presidente –Soto Jiménez parecía realmente preocupado al hablar.

  • Bueno, pero tampoco hay que exagerar con esto. Que un presidente se compre un avión no es una cosa del otro mundo –intervino el Jefe del Ejército, mayor general Díaz Morfa.

  • No sería una cosa del otro mundo si en realidad la compra la hubiese hecho el Presidente y el avión estuviera al servicio del Estado –interrumpió Ramón Báez Figueroa.

  • Hasta para el Presidente es delicado que hubiese comprado un avión, un yate y un helicóptero con una tarjeta de cortesía de un banco. Nadie podría ver bien esos gastos excesivos, sobre todo, porque viola la ética en el ejercicio del Poder y el Presidente se ha cuidado mucho de mantener su nombre limpio –explicaba el Jefe de las Fuerzas Armadas con la finalidad de persuadir al mandatario sobre los riesgos de estos hechos.

  • Soto, yo entiendo que tú lo tomas con muchos pruritos. No creo que la cosa sea tan grave como se quiere plantear. Más bien yo lo que pienso es que Ramoncito quiere alguna ayuda del Presidente, por los problemas que tiene el banco y está usando este hecho para lograr arrinconarlo –Díaz Morfa iba tirando al cuello del banquero y quería desautorizar a su jefe inmediato, el teniente general Soto Jiménez.

  • A mi no me interesan los problemas que tenga o no tenga un banco determinado. Aquí de lo que se trata es de unos actos criminales vergonzosos, por los cuales se nos está llamando la atención desde Estados Unidos sobre algunas actividades extrañas en naves que se suponen que son del Jefe del Estado y eso debe preocuparnos –replicó Soto Jiménez.

  • Bueno, los yanquis a mí que no me vengan con vainas y que averigüen bien sus asuntos, porque no me van a meter miedo con su maldita visa –Hipólito Mejía seguía enfurecido. Estaba muy sorprendido con los documentos que le estaban mostrando.

  • Señor Presidente, el culpable de que todo esto pase es precisamente el general Díaz Morfa que ha revestido al señor Pepe Goico de un poder extraordinario y éste se cree por encima de todo el mundo y por el apoyo que ustedes le han dado, no respeta la jerarquía en las Fuerzas Armadas –Soto Jiménez se estaba jugando todas las cartas. Sabía que el Presidente estaba muy molesto. No entendía por qué, y este no era el mejor momento para encresparlo y ponerlo contra la espada y la pared; pero no podía seguir tolerando tanta irresponsabilidad.

  • El coronel Pepe Goico es un hombre de confianza del Presidente... Por lo menos es absolutamente leal –casi vociferó Díaz Morfa, con una ligera insinuación en contra de su superior jerárquico.

  • Si lealtad es servilismo, yo tengo mis reservas. Esos que son perritos falderos de uno hoy, mañana son los primeros que andan lamiéndole los zapatos al jefe de turno –el lance entre los dos altos oficiales, frente al Presidente de la República, era tenso.

  • Presidente, como Pepe es de nuestra rama, yo voy a ordenar que el general del Ejército Molina Rodríguez investigue la denuncia y dentro de unos días nos dé un informe.

  • Excúseme general pero eso es una vagabundería suya. El general Molina Rodríguez es un cachanchán de usted y de Pepe y no va a investigar nada. Este es un caso que ha sido puesto a cargo de las Fuerzas Armadas por instrucciones del señor Presidente y no es correcto que la investigación esté en manos de la institución a la que pertenece el coronel Goico, eso se prestaría a malas interpretaciones.

  • Soto, deja que Díaz Morfa investigue esa vaina y que me den un informe lo antes posible –pidió el Presidente.

  • Señor presidente, usted debe entender lo grave de este asunto. El general Díaz Morfa no va a ser imparcial porque Pepe es un hombre de su confianza. Lo va a proteger y eso le hará mucho daño a usted. El general Díaz Morfa no es ajeno al problema, él es parte del problema. Es importante tomar en cuenta que los americanos están muy pendientes de esta violación y ya lo han hecho saber. No podemos cometer una chapucería de investigación, porque la sociedad se dará cuenta y tendremos una situación muy enojosa para usted señor presidente –Soto Jiménez intentaba hacer entrar en razón a Hipólito Mejía, que notablemente estaba a favor del Jefe del Ejército.

  • Señor Presidente, usted sabe que yo y mi padre le tenemos un aprecio de hermano y usted es parte de nuestra familia. El interés nuestro es que este tema se aclare correctamente y con transparencia, pero en realidad estamos cuidando su figura y su imagen. Usted sabe bien cómo nos la hemos jugado por usted y ahora no puede ordenar una investigación que no sea creíble.

  • ¿Tú sabes lo que te conviene a ti, Ramoncito? Dejar esa vaina así. Haz las paces con Pepe, pónganse de acuerdo y olvídate de eso, que te vas a joder. Ya la gente está sacando una buena cantidad de dinero de tu banco y esos escándalos te hacen más daño –el presidente se expresaba aún con mucho enojo, pero intentando convencer al presidente del
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