Sobre el enfoque de este trabajo




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Estudios sobre transdisciplinariedad

El concepto de transdisciplinariedad para muchas personas es elusivo, ambiguo; para la mayoría es desconocido. La palabra “transdisciplinariedad” fue acuñada en el último cuarto del siglo 20, pero aún no se la encuentra en la mayoría de los diccionarios. No está, por ejemplo en el Diccionario de la Real Academia Española, ni figura en la Enciclopedia Británica. Y sin embargo es un concepto importante.

Sobre el enfoque de este trabajo


Este trabajo tiene por finalidad explicar en qué consiste, a mi juicio, la transdisciplinariedad y por qué es tan sistemáticamente ignorada. El trabajo reúne y concatena material de una serie de ensayos sobre el tema, algunos de ellos críticos, que sirven como base de partida. Pero no es la suma de esos ensayos de partida, pues en el proceso de concatenarlos resultó ampliada mi propia perspectiva, por lo que algunos planteos y conclusiones ya no son idénticos a los de los ensayos de partida, sino que maduraron hacia una mejor comprensión de la transdisciplinariedad (como en aproximaciones sucesivas cada una de las cuales mejora la precedente). Por ejemplo, inicialmente yo había enfocado la transdisciplinariedad desde el punto de vista del conocimiento; posteriormente comprendí que ese es un enfoque reducidor; en todo proceso que involucre seres humanos el conocimiento está presente, pero la transdisciplinariedad implica ante todo una forma de comportamiento, o más precisamente, una metodología para el interrelacionamiento óptimo entre seres humanos; en ese interrelacionamiento interviene el conocimiento (como en todo interrelacionamiento entre seres humanos), pero no es lo fundamental para que el interrelacionamiento resulte transdisciplinario.

En este trabajo se considera que el universo, la sociedad incluida, responde a la concepción filosófica denominada materialismo dialéctico e histórico. Este enfoque de la transdisciplinariedad está alineado en esta visión de la totalidad, para la cual la humanidad es un proceso histórico que transcurre de acuerdo con los principios de la dialéctica. Esta visión puede compartirse o no, por lo cual las ideas que siguen pueden compartirse o no, ya que están estructuradas a partir de esta forma de pensar. No se trata de una concepción determinista en el sentido clásico, mecanicista, que dominaba el pensamiento del siglo 19 (y que aún hoy día tiene gran influencia en la ciencia) ni tampoco una concepción que descansa en el azar puro (idea a la que se vuelven algunos desilusionados de aquel determinismo), sino que esta concepción afirma la existencia de un indeterminismo objetivo en el universo por el cual el futuro no está escrito, pero que a la vez es un indeterminismo acotado por la historia de cada proceso por lo que, a lo largo de la historia varían a cada instante las probabilidades de todos los sucesos posibles abiertos al futuro, haciéndose imposibles algunos y surgiendo otros nuevos. En estas historias, cada posibilidad hecha realidad es la ocurrencia de una posibilidad por necesidad, la cual se manifiesta a través de la casualidad.

Una mirada por detrás de la transdisciplinariedad

Contradicciones dialécticas de la sociedad humana


La transdisciplinariedad tiene que ver con procesos sociales, y por ello para su estudio deben tenerse en cuenta las contradicciones dialécticas de la sociedad humana que regulan esos procesos1.

La primera de ellas, quizás la fundamental, es la contradicción inherente a la vida, entre la pulsión de vivir y la necesidad de obtener medios materiales para lograrlo. Se trata de una contradicción sincrónica que acompaña todo el proceso de desarrollo de cada ser vivo hasta el momento de su muerte. En el desarrollo social esta contradicción sincrónica se expresa como la necesidad inherente a cada grupo social y a la sociedad en su conjunto de mejorar la calidad de vida y la respuesta permanente a esa necesidad, el desarrollo de las fuerzas productivas. Esta es la contradicción sincrónica básica de la sociedad humana que (como una eterna pulseada histórica) constituye el motor de la historia humana, en su expresión más general. Encapsuladas en esta contradicción básica hay muchas otras contradicciones tanto de tipo sincrónico como diacrónico.

La contradicción sincrónica entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, que el pensamiento marxiano-leniniano consideraba como fundamental, se refiere meramente a la forma de distribución de los bienes materiales producidos, y no a la producción en sí, por lo que deriva de la contradicción: necesidad de mejorar la calidad de vida – modo de distribución de los recursos. Puesto que para tener recursos que distribuir antes hay que producirlos, esta es una contradicción subordinada a la básica, encapsulada en ella. Observamos que se resuelve en una síntesis en cada transición de una a otra formaciones económico-sociales y resurge en forma diferente, con diferentes capas sociales como participantes, en cada organización económico-social.

El desarrollo de las fuerzas productivas por otra parte se desdobla en dos contradicciones diacrónicas. El aumento de la cantidad de trabajadores y la cantidad de producción que pueden realizar, como respuesta directa a la necesidad de aumentar la cantidad de producción es una de ellas. La otra es la contradicción entre necesidad social2 y tecnología: cuando aparece la necesidad social de resolver determinado problema técnico (que en general no es resoluble, al menos eficientemente, con un aumento cuantitativo de la mano de obra) es creada la tecnología que lo resuelve. Estos procesos diacrónicos configuran una serie de negaciones de negaciones encapsuladas dentro del proceso sincrónico principal señalado arriba.

En cada formación económico social clasista juega un importantísimo papel la contradicción sincrónica entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Esta contradicción cambia sus actores al cambiar el modo de producción: esclavos y esclavistas, siervos y señores feudales, proletariado y burguesía. Esta contradicción pivota sobre la forma de distribución de los bienes producidos y en la sociedad capitalista clásicamente ha sido reflejada en la contradicción entre el modo social de producción (de los bienes producidos) y el modo privado de apropiación (de los mismos). Como veremos, esa contradicción tiende a resolverse tecnológicamente en la moderna producción capitalista.

Una contradicción dialéctica adicional de que depende el proceso social, fuertemente vinculada a la economía, pero que no se reduce a ella, no se agota con ella, es la contradicción entre cooperación y competición. Esta contradicción también está encapsulada en la contradicción fundamental a nivel muy profundo. Una discusión no muy dialéctica (en el momento de escribirla mi enfoque no era lo suficientemente dialéctico) sobre estos dos aspectos de la sociedad se expone en “Acerca del hombre y su carácter social y competitivo”. En la sociedad humana, como en toda especie, se conjugan la competición y la cooperación coexistiendo en el proceso de desarrollo de la especie. La competición es el rasgo más famoso de la ley de Darwin (la sobrevivencia del más apto), pero también en la misma ley se inscribe la cooperación (para toda especie, en particular la humana, existe un contexto social que es el medio ambiente fundamental de todos y cada uno de los individuos de la especie, sin el cual los individuos no sobreviven). Ninguno de los dos aspectos puede eliminar al otro, la contradicción es sincrónica y su síntesis implica el fin de esa especie, sea en términos de extinción (fin mecánico), sea en términos de aparición de una nueva especie superior (fin dialéctico). La competición y la cooperación también ocurren entre especies diferentes y es mediante la conjugación de ambas que tiene lugar la estabilización de la ecosfera en un equilibrio dinámico. La selección natural no implica solamente la supremacía del más apto, ese es apenas un mecanismo de mejora y superación de cada especie, sino también la necesaria coexistencia de diferentes especies, ya que el desarrollo de la vida exige la multiplicidad, la variedad, la multiformidad. De otro modo no hay evolución, sino degeneración genética.

Lo primordial para el ser humano


Lo más fundamental y visceral para cada ser humano sincerado consigo mismo es su propia sobrevivencia. Un ser humano no existe aisladamente, al margen de la sociedad, pues desde la matriz hasta el nacimiento y desde el nacimiento hasta la muerte depende de un contexto humano, un medio ambiente social, que es su soporte vital, tan vital como el aire que respira. Por eso el impulso primordial de todo ser humano, para asegurar su propia sobrevivencia, es asegurar la sobrevivencia de su grupo, y para ello, la de la especie humana. Sin esa condición no es posible la sobrevivencia individual ni grupal (familia, tribu, nación). Hoy día la especie humana ha logrado medrar y desarrollarse hasta ser la más poderosa del planeta. La contradicción sincrónica entre dos necesidades, la visceral de sobrevivir y la de obtener recursos para lograrlo han desarrollado una civilización impresionante. Y sin embargo, la sobrevivencia de la especie está aún en juego, porque por una parte sufrimos una y otra vez contraataques de los microorganismos (virus y bacterias nocivos) y por otra parte, las actuales relaciones de producción son un desastre que nos está empujando al colapso social y ecológico. El modo capitalista de producción ha logrado un desarrollo nunca conocido antes, ha creado las bases para un formidable bienestar material global, pero la forma de distribución que acompaña esos logros es de una creciente inequidad, por lo cual el bienestar no llega a una mayoría creciente de la población humana y por otra parte la depredación desenfrenada de la naturaleza amenaza inclusive nuestra sobrevivencia como especie.

Herramientas de sobrevivencia


La ética es, en el fondo, un mecanismo intuitivo de sobrevivencia. Se basa en ese sano egoísmo primordial que es la pulsión de sobrevivencia, en el cual está incluida la comprensión explícita o implícita de que sólo sobreviviendo como grupo humano podemos sobrevivir como individuos, porque no podemos vivir fuera de un entorno humano3. Nuestra conciencia interpreta ese sentir como algo que nos hace sentir lo que está “bien” y lo que está “mal”, algo que nos permite diferenciar entre el bien y el mal, es decir, lo que coadyuva a la sobrevivencia y lo que la agrede, y traducimos también eso como nuestro sentido de lo que es justo o injusto. Pero no debemos entender esto como pretende el idiota más poderoso del mundo. Las cosas no son buenas o malas, blancas o negras. Existen los colores, y de cada color hay infinitos matices. El universo es muy complejo, y para no perdernos en esa complejidad de colores y matices simplificamos las cosas como proyectándolos sobre una escala de grises, de infinitos matices de gris, tal como en una fotografía de la realidad en blanco y negro, y eso nos permite clasificar los sucesos en términos de grises como “más cerca del blanco” o “más cerca del negro”, es decir, “mejor” o “peor”, dando así una cuantificación ética intuitiva de los sucesos. Esa apreciación ética es una aproximación, a veces errada, pero responde visceralmente a nuestro sentido intuitivo de lo correcto y lo incorrecto, a nuestra necesidad primordial de sobrevivir como especie, como grupo y como individuos.

Ahora, mirando en torno nuestro vemos que la ética no parece estar funcionando bien. Lo que es ético para unos no lo es para otros. Y el problema radica en que la humanidad está particionada en grupos disjuntos, que son las clases sociales, de intereses diferentes. Desde que el aumento de productividad permitió la inequidad sistemática en la distribución de los bienes producidos, y luego la existencia de los esclavos, allá por el siglo 100 a.c. (o quizás antes), la humanidad se particionó radicalmente en dos grupos, o clases sociales: los dominadores y los dominados; dentro de cada uno de esos grupos aparecen y desaparecen frecuentemente subgrupos, y asimismo los grupos periódicamente, en medio de grandes conmociones sociales, se reagrupan en forma diferente, pero permanecen siempre siendo uno el de los dominadores y otro el de los dominados. Los dominadores tienen masivamente la propiedad de los medios de producción, sean cuales sean, y los dominados no. Hasta ahora. Y cada uno ha entendido a través de la historia y entiende actualmente la sobrevivencia a su modo. Los dominadores para sobrevivir como individuos y como grupo necesitan seguir dominando y necesitan asimismo que exista la clase de los dominados, que son quienes hacen el trabajo. Los dominados en cambio intuyen que si son menos dependientes de los dominadores o pueden pasarse a su bando, o pueden destruir ese bando, vivirán mejor, es decir, aumentarán sus posibilidades de sobrevivencia como individuos y quizás como grupo. Pero, ¿y la especie? La especie, objetivamente, aumenta sus posibilidades de sobrevivencia si la productividad aumenta. Cuando la productividad deja de aumentar, o se aprecia que se aproxima a un “techo”, la propia sociedad se encarga de alterar la forma de dominación por otra de mayor eficiencia, mediante la cual se logra que prosiga aumentando la productividad. Es el caso de las convulsiones sociales y el reagrupamiento de la sociedad en nuevas clases sociales, siempre manteniendo una en el rol de dominadora y la otra en el de dominada. Así estamos. Observar entonces que la humanidad como tal avanza, aumenta sus posibilidades de sobrevivir, pero para ello se está sacrificando el bienestar de los dominados, cuyo status es siempre inferior al de los dominadores, y que son los que siempre ponen las víctimas y los muertos de este proceso. Los beneficios del progreso se descargan mayoritariamente sobre los dominadores y los problemas sobre los dominados. Los dominados reclaman equidad, es su principal llamado ético, orientado a su sobrevivencia, a la sobrevivencia de su clase, pero para cumplir ese reclamo deben desaparecer las clases sociales, y hasta el día de hoy eso ha sido objetivamente imposible, porque lo que no se puede detener es el incremento incesante de la productividad. Hay por ello dos éticas paralelas, cada una de las cuales refleja los intereses de cada una de las clases sociales antagónicas. Y las dos, cada una a su modo, defendiendo a su clase, defienden la sobrevivencia de la especie humana como tal.

Otra herramienta de sobrevivencia es la racionalidad, basada en el estudio sistemático del mundo en que vivimos. A diferencia de la ética, la racionalidad intenta evitar una simplificación de las cosas, trata de explicar el mundo con el máximo de detalles posible, en un proceso interactivo con el mundo mismo. En la analogía precedente, intenta aprehender la complejidad con todos los colores, pero se ve obligada a considerar apenas una escala finita de gradaciones, una granularidad finita de la realidad (pues el conocimiento tiene un horizonte), aunque se la va afinando paulatinamente al progresar el conocimiento.

Y tenemos aún otra herramienta más, el resultado de confrontar el conocimiento (y también, a menudo, la ética) con el mundo, es decir, el retorno que nos da la realidad, que nos permite corregir errores, recapitular y avanzar. Entonces disponemos de tres guías complementarias para regular nuestro comportamiento: la ética (la ubicación en la escala de grises), la racionalidad (la ubicación en una escala finita de colores) y el retorno de la experiencia para corregir los desvíos. Todo de cara a la sobrevivencia.
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