Conversaciones con Carlos Castaneda




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ENCUENTROS CON EL NAGUAL


Conversaciones con Carlos Castaneda


Armando Torres
Quiero expresar mi gratitud a todos aquellos que me han ayudado en mi camino, en especial a Carlos Castaneda, por haber dado a mi vida un sentido de belleza y propósito. Dedico este libro a quienes saben de lo que hablo.


Armando Torres.

Conocí a Armando en una ocasión en que ambos coincidimos en un sitio de poder, en las montañas del México central. La espontaneidad de la amistad que se dio entre nosotros, así como el tema de la plática que se desarrolló en aquel momento me hicieron comentarle que yo había tenido el privilegio de conocer a Carlos Castaneda. Me dijo que él también lo conocía y que tenía escrito un libro sobre sus enseñanzas. Mi curiosidad creció y le pregunté al respecto. No pareció interesado en responderme, sólo dijo que aún no era el tiempo adecuado. No insistí, pues apenas acababa de conocerlo. Durante años de relación le escuché mencionar el tema pocas veces, siempre como referencia a algún otro tópico que estuviésemos discutiendo. Aun cuando me hice amigo de "los que andan por allá", fue sólo ahora cuando se dieron los eventos y tuve acceso a su obra.

Cuando por primera vez leí el manuscrito me sentí profundamente emocionado, ya que me permitió comprender una de las premisas más oscuras de la enseñanza de Carlos: lo que él llamaba "la porción de la regla del nagual de tres puntas", un proyecto para la renovación de los linajes del conocimiento a escala global. Me aseguró que Carlos le había encomendado dar a conocer esa información, y me pidió que le apoyase en la tarea. Sin embargo, teniendo en cuenta que se trataba de un manuscrito bastante corto -unas treinta páginas-, le sugerí que lo complementase con la descripción de algunas de las numerosas pláticas de Castaneda de las que él fue testigo. Aceptando mi propuesta, él seleccionó un conjunto de enseñanzas que Carlos impartió, tanto en conferencias públicas como en charlas privadas. Para facilitar su lectura, me explicó que había agrupado los temas según su contenido y no por orden cronológico. Además, en ocasiones se vio forzado a sintetizar o reconstruir las conversaciones, ya que, en el trato directo, Carlos era extremadamente enfático, transmitía gran parte de la información a través de ademanes y expresiones de su rostro, y le agradaba mezclar historias personales y observaciones de todo tipo con su enseñanza. Como un regalo extraordinario, Armando añadió al final una breve reseña de su propia experiencia entre un grupo de practicantes de la brujería. Debido a su simplicidad y sinceridad de su narración, este libro tiene una fuerza que no he encontrado en ningún otro trabajo relacionado con el tema. Por eso, es para mí un enorme placer poder auxiliar a Armando en la tarea de publicarlo. Estoy seguro de que todos los amantes del trabajo de Carlos Castaneda la disfrutarán intensamente.

Juan Yoliliztli
INTRODUCCIÓN

Me llamo Armando Torres. Escribo este libro en cumplimiento de una tarea que me fue encomendada años atrás. En octubre de 1984 conocí a Carlos Castaneda, controvertido antropólogo y escritor sobre temas de brujería. Por entonces yo era aún bastante joven. En mi búsqueda de respuestas, había incursionado en diversas tradiciones espirituales y anhelaba encontrar un maestro. Pero, desde el principio, Carlos fue muy claro al respecto."Yo no prometo nada -dijo-, yo no soy gurú. La libertad es una elección individual y es responsabilidad de cada uno luchar por ella". En una de las primeras pláticas que le escuché fustigó duramente la idolatría humana que nos induce a seguir a otros y a esperar que nos den las cosas ya masticadas. Dijo que eso es rezago de nuestra etapa de rebaño. "Quien sinceramente desea penetrar en las enseñanzas de los brujos no necesita  guías. Basta con un genuino interés y huevos de acero. Y por sí mismo encontrará todo lo necesario mediante un intento inflexible". Sobre tales premisas se desarrolló nuestra relación. Por lo tanto, quiero asentar que yo no soy un discípulo de Carlos, en el sentido formal de la palabra. Sólo platiqué con él en algunas ocasiones, y eso bastó para convencerme de que el verdadero camino consiste en nuestra determinación de ser impecables.
El principal motivo por el cual acepté difundir parte de mi experiencia a su lado es la gratitud. Carlos fue espléndido con cada uno de los que tuvimos la fortuna de conocerlo, ya que es la naturaleza de un nagual hacer regalos de poder. Estar cerca de él era empaparse de su estímulo y llenarse de historias, consejos y enseñanzas de todo tipo, y sería muy egoísta por parte de quienes lo recibimos ocultar esos dones, cuando él mismo, como un verdadero guerrero de la libertad total, compartió hasta lo último con aquellos que le rodeaban. En una ocasión me contestó que él acostumbraba apuntar cada noche fragmentos de su aprendizaje junto al nagual Juan Matus, un viejo brujo perteneciente a la etnia yaqui del norte de México, y de su benefactor Genaro Flores, un poderoso indio mazateco, quien formaba parte del grupo de conocimiento liderado por don Juan. Añadió que escribir era un aspecto importante de su recapitulación personal y que yo debía hacer lo mismo con todo lo que escuchara en sus pláticas. "¿Y si me olvido?" -le pregunté. "En ese caso el conocimiento no era para ti. Concéntrate en lo que recuerdes". Me explicó que el sentido de ese consejo no era sólo ayudarme a guardar una información que podía serme valiosa en el futuro. Lo importante era que yo adquiriese un cierto grado inicial de disciplina, a fin de que pudiese emprender más adelante verdaderos ejercicios de brujos. Describió el propósito de los brujos como "una empresa suprema: sacar al hombre de su limitación perceptual para devolverle el dominio sobre sus sentidos y permitirle entrar en un camino de ahorro energético".
Carlos insistía en que todo cuanto hace un guerrero debe estar imbuido de un urgente sentido de lo práctico. Dicho en otros términos, debe estar inflexiblemente orientado hacia el verdadero propósito del ser humano: la libertad. "Un guerrero no tiene tiempo que perder, porque el desafío de la conciencia es total y exige veinticuatro horas diarias de alerta máxima". En mi trato con él y con otros hombres de conocimiento, fui testigo de eventos extraordinarios, desde el punto de vista de la razón. Sin embargo para los brujos, cosas tales como la vista remota, el saber los sucesos por adelantado o el viaje por mundos paralelos al nuestro son experiencias normales en el desempeño de sus tareas. Mientras no seamos capaces de verificarlas por nosotros mismos, es inevitable que las tomemos como fantasías o, en el mejor de los casos, como metáforas propias de su lenguaje. La enseñanza de los brujos es así, tómala o déjala. No puedes razonarla. No es posible "verificarla" intelectualmente. Lo único que cabe hacer con ella es ponerla en práctica, explorando las extraordinarias posibilidades de nuestro ser.


Armando Torres


PRIMERA PARTE

UN ROMANCE CON EL CONOCIMIENTO


La revolución de los brujos Nos habíamos reunido en el segundo piso de una elegante residencia para escuchar a un famoso conferencista. Éramos un grupo de unas doce personas, de las cuales yo no conocía a ninguna, excepto al amigo que me había invitado a asistir. Mientras aguardábamos, charlábamos amigablemente. Pasaron casi dos horas y nuestro invitado no aparecía. Los rostros de los presentes comenzaron a dar señales de cansancio. Algunos se desesperaron y se fueron. En cierto momento, sentí el impulso de asomarme a una ventana. Lo vi llegar y nuestros ojos se encontraron. Inesperadamente, un fuerte viento penetró en la habitación haciendo que volasen papeles por todas partes. Cuando Carlos entró, algunos de los allí reunidos aún luchaban por cerrar las ventanas. Su apariencia resultó distinta de cuanto yo había esperado. Era un hombre de baja estatura, aunque fornido, pelo entrecano y tez morena que comenzaba a surcarse de arrugas, vestido de un modo informal que le quitaba diez años de encima. Su rostro, chistoso y vivaracho, irradiaba simpatía. Parecía muy contento de hallarse con nosotros y era un verdadero placer estar cerca de él. Nos saludó a cada uno con apretones de mano. Dijo que teníamos que aprovechar el tiempo, pues esa noche le esperaban en otro sitio. Se acomodó en su sillón y nos preguntó: "¿De qué quieren hablar?" Antes de que tuviésemos tiempo de responderle, él mismo tomó la iniciativa y nos inundó de historias. Su plática era directa y absorbente, salpicada de chistes que remataba con expresivos ademanes. En esa ocasión se refirió a las etapas históricas del nagualismo, como cuerpo de prácticas e ideas, sosteniendo que al hombre moderno se le ha concedido una increíble oportunidad frente a las revelaciones de los brujos. Después, se refirió al movimiento del punto de encaje, una compleja maniobra de conciencia a la que se dedicaban los videntes. El tema era bastante nuevo para mí, así que me limité a escucharlo y a tomar notas. Afortunadamente, Carlos acostumbraba repetir las ideas esenciales, por lo que me resultaba fácil seguirle el ritmo. Hacia el final concedió algunas preguntas. Uno de los presentes quiso saber cuál era la posición de los brujos frente a la guerra. Su rostro reflejó incomodidad. "¿Qué quieres que te diga? -preguntó-. ¿Que son pacifistas? ¡Pues no lo son! ¡A ellos no les interesa nuestro destino como hombres comunes y corrientes! ¡Compréndanlo de una vez! Un guerrero está hecho para combatir, su descanso es la guerra". Por lo visto, la pregunta había tocado un punto sensible de Carlos, porque se tomó su tiempo para explicar que, a diferencia de las mezquinas contiendas en las que los humanos nos involucramos cada día por intereses sociales, religiosos o económicos, la guerra del brujo no está dirigida contra los demás, sino contra sus propias debilidades. Asimismo, su paz no es la condición sumisa a la que ha sido reducido el hombre moderno, más bien, se trata de un imperturbable estado de silencio interno y disciplina. "La pasividad -dijo- es una violación de nuestra naturaleza, porque, en esencia, todos somos unos combatientes formidables. Cada ser humano es por derecho un guerrero que ha logrado su lugar en el mundo en una batalla de vida o muerte". "Véanlo así, al menos una vez, como espermatozoides, todos libramos la carrera por la vida -una contienda única contra millones de otros competidores- ¡y ganamos! Ahora la batalla sigue, ya que estamos atrapados en las fuerzas del mundo. Una parte de nosotros lucha por desintegrarse y morir, y la otra intenta a toda costa mantener la vida y la conciencia. ¡No hay paz! Un guerrero se da cuenta de ello y lo usa en su favor. Su interés sigue siendo el mismo que animó a aquella chispa de vida que le dio origen: el acceso a un nuevo nivel de conciencia". Siguió diciendo que, al socializarnos, los seres humanos hemos sido domesticados tal como se amansa a un animal, a fuerza de estímulos y castigos. "Se nos ha entrenado para vivir y morir dócilmente, siguiendo códigos de conducta antinaturales que nos ablandan, haciendo que perdamos el ímpetu inicial, hasta que el espíritu del hombre ya casi no se nota. Puesto que nacimos de la disputa, al negar nuestra tendencia básica, la sociedad en que vivimos extirpa la herencia guerrera que nos convierte en seres mágicos". Añadió que el único camino abierto al cambio, es que nos aceptemos tal como somos para trabajar a partir de ahí. "El guerrero sabe que vive en un universo predatorial. No puede bajar la guardia. A donde quiera que mire, él ve una lucha incesante, sabe que es merecedora de respeto, porque es una lucha a muerte. Don Juan siempre se estaba moviendo, yendo o viniendo, apoyando o rechazando, provocando tensiones o descargándose como un rayo, gritando su intento o callando, haciendo algo. Estaba vivo, y su vida reflejaba el estira y afloja del universo". "Él me dijo que, desde el momento en que ocurrió la explosión que nos dio origen hasta el momento de nuestra muerte, vivimos en un flujo. Esos dos episodios son únicos, porque nos preparan para enfrentar a lo que hay más allá. ¿Y qué nos alinea con ese flujo? Una batalla incesante, que sólo un guerrero intenta; por eso vive en profunda armonía con el todo". "Para un guerrero, ser armónico es fluir, no detenerse en medio de la corriente a intentar un espacio de paz artificial e imposible. Él sabe que puede dar lo mejor de sí en condiciones de máxima tensión. Por eso busca a su adversario como el gallo de pelea, con avidez, con deleite, sabiendo que el próximo paso es decisivo. Su adversario no es su semejante, sino sus propios apegos y debilidades, y su gran reto es apretar las capas de su energía para que no se expandan cuando cese la vida, para que no muera su conciencia". "Háganse a ustedes mismos estas preguntas: ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Tiene un propósito? ¿Está lo suficientemente ajustada? Un guerrero acepta su destino, sea cual sea. Sin embargo, lucha por cambiar las cosas y hace de su paso por el mundo algo exquisito. Templa su voluntad de tal forma, que ya nada puede moverle de su propósito". Otro de los presentes levantó la mano y le preguntó cómo consiguen conciliar los brujos los principios del camino del guerrero con sus deberes ante la sociedad. Respondió: "Los brujos son libres, no aceptan compromisos con la gente.  La responsabilidad es frente a uno mismo, no frente a otros. ¿Sabes para qué fue colocado en ti el poder de la percepción? ¿Has descubierto a qué propósito sirve tu vida? ¿Cancelarás tu destino animal? Estas son preguntas de brujos, las únicas que de veras pueden cambiar algo. Si te interesan los demás, ¡respóndete eso!". "Un guerrero sabe que lo que le da sentido a la vida es el reto de la muerte, y la muerte es un asunto personal. Es un desafío para cada uno de nosotros, que sólo los guerreros de corazón aceptan. Desde esta óptica, las inquietudes de la gente son sólo ego manía". Insistió Carlos en que no perdiéramos de vista que el compromiso de un guerrero es con lo que llamó "el puro entendimiento" -un estado de ser que surge del silencio interior-, no con los apegos transitorios de la modalidad de la época en que le ha tocado vivir. Sostuvo que el interés social es una descripción que nos han implantado. No parte de un desarrollo natural de la conciencia. Más bien, es producto de la mente colectiva, del desajuste emocional, el miedo y los sentimientos de culpa, del afán por conducir a otros o ser conducidos". "El hombre moderno no lucha su batalla, libra guerras ajenas que nada tienen que ver con el espíritu. ¡Es natural que un brujo no se conmueva por ello!". "Mi maestro decía que él no honraba acuerdos tomados en su ausencia: '¡No estuve allí cuando decretaron que yo tenía que ser un imbécil!'. Él nació en circunstancias particularmente difíciles, pero tuvo el valor de no volverse un hombre reactivo. Afirmaba que la situación de la humanidad en general es horrenda, y que poner énfasis en ciertos grupos es una forma solapada de racismo". "Solía repetir que en el mundo sólo hay dos tipos de personas, los que tienen energía y los que no la tienen. Vivía en lucha permanente contra la ceguera de sus semejantes, y sin embargo era impecable, no interfería con nadie. Cuando yo le planteaba mi preocupación por la gente, me señalaba mi incipiente papada y me decía: '¡No te engañes, Carlitos! Si de veras te interesa la condición humana no te tratarías como a un cerdo!". "Él me enseñó que sentir lástima por los demás es impropio de un guerrero, porque la lástima siempre es parte del auto reflejo. Me preguntaba, señalando a quienes encontrábamos a nuestro paso: '¿Acaso te crees mejor que ellos?' Me ayudó a comprender que la solidaridad de los brujos hacia quienes les rodean parte de un comando supremo, no de un sentimiento humano". "Acechando despiadadamente mis reacciones emocionales, él me llevó de la mano hasta la fuente de mis preocupaciones, y yo pude darme cuenta de que mi interés por la gente era un fraude, trataba de escapar de mí mismo transfiriendo a otros mis problemas. Me demostró que la compasión, tal como la entendemos, es una enfermedad mental, una psicosis que nos enreda cada vez más fuerte con nuestro ego". Era evidente que el recordar a don Juan había conmovido a Carlos. Pude notar que le embargaba una oleada de afecto. Uno de los asistentes comentó que, al contrario de sus afirmaciones, la compasión hacia el prójimo es la idea esencial de todas las religiones. Él hizo un gesto como si espantase una mosca. "¡Sal de eso! ¡Esos alegatos basados en la lástima son un fraude! A fuerza de repetirnos las mismas ideas, hemos sustituido el genuino interés en el espíritu del hombre por un sentimentalismo barato. Nos hemos vuelto unos compasivos profesionales, ¿y qué? ¿Qué ha cambiado?". "Cuando sientas que la mente colectiva presiona sobre ti, intentando convencerte de que te concentres en las apariencias del mundo, repite para tu interior esta aplastante verdad: 'Me voy a morir, no soy importante, ¡nadie lo es!'. Saber eso es lo único que cuenta". Nos puso como ejemplo de un esfuerzo mal aplicado, un burro atrapado en el fango. Cuando más se mueve, más difíciles pone las cosas. Su única salida es actuar con frialdad, tratar de zafarse de su carga y concentrarse en la inmediatez de su problema. "Lo mismo pasa con nosotros. Somos el ser que va a morir. Fuimos programados para vivir como bestias, cargando un fardo de costumbres y creencias ajenas hasta el final, ¡pero podemos cambiar eso! La libertad que nos ofrece el camino del guerrero está al alcance de la mano, ¡aprovéchenla!" Nos contó que cuando él era aprendiz, tenía un problema, era adicto al cigarro. Había intentado dejarlo varias veces, pero sin éxito. "Un día don Juan me dijo que iríamos a recolectar plantas en una zona desértica y que el viaje duraría varios días. Me advirtió '¡Será mejor que lleves un paquete completo de cajetillas! Pero tienes que envolverlas muy bien, porque el desierto está lleno de animales que podrían robarlas'. Le agradecí su atención y seguí sus indicaciones cuidadosamente. Pero al día siguiente, cuando desperté en medio del chaparral, descubrí que el paquete había desaparecido. Me desesperé; sabía que sin cigarros pronto me iba a sentir mal. Don Juan le echó la culpa de la pérdida al coyote y me ayudó a buscarlo. Después de horas de angustias, finalmente dio con el rastro del animal, al que seguimos por el resto del día, adentrándonos más y más en las montañas. Al llegar la noche, me confesó que estábamos completamente perdidos. Sin cigarros y sin saber dónde estaba, me sentí miserable. Para consolarme, él me aseguró que cerca de allí tenía que haber algún pueblo, que era asunto de caminar un poco más para llegar a algún lugar y estar a salvo. Pero el día siguiente se nos fue en buscar un camino, y luego el otro, y otro más. Así pasaron casi dos semanas. Llegó un punto en que, medio muerto de agotamiento, me dejé caer sobre la arena y me dispuse a morir. Al verme en ese estado, él trató de animarme a seguir, preguntándome: '¿A poco ya no te interesa fumar?'. Le miré con rabia, echándole en cara su increíble irresponsabilidad, y le respondí sordamente que todo lo que quería era morirme. '¡Muy bien! -replicó con frialdad- entonces ya podemos regresar'. ¡Habíamos estado todo ese tiempo a pocos metros de la carretera!". "La tragedia del hombre actual no es su condición social, sino la falta de voluntad para cambiarse a sí mismo. Es muy fácil diseñar revoluciones colectivas, pero cambiar genuinamente, acabar con la autocompasión, borrar el ego, abandonar nuestros hábitos y caprichos... ¡ah, eso sí que es otra cosa! Los brujos dicen que la verdadera rebeldía y la única salida del ser humano como especie, es hacer una revolución contra su propia estupidez. Como comprenderán, se trata de una labor solitaria". "El objetivo de los brujos es la revolución de los brujos, el despliegue irrestricto de nuestras posibilidades perceptuales. Yo no he conocido un revolucionario más grande que mi maestro. El no planteaba cambiar las tortillas por pan, ¡no! Se fue al fondo del asunto. Propuso el salto mortal del pensamiento a lo desconocido, la liberación de todas las ataduras. ¡Y demostró que es posible!. "Él me sugirió que llenase mi vida con decisiones de poder, con estrategias que me llevasen a la conciencia. Me enseñó que el orden del mundo no tiene que ser como nos han dicho, que puedo echarlo a un lado cuando quiera. No estoy obligado a mantener una imagen ante los demás, a vivir en un inventario que no me conviene. ¡Mi campo de batalla es el camino del guerrero!".
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