Cuestionario capítulo dos: el origen del sufrimiento




descargar 1.02 Mb.
títuloCuestionario capítulo dos: el origen del sufrimiento
página4/28
fecha de publicación25.02.2016
tamaño1.02 Mb.
tipoCuestionario
b.se-todo.com > Historia > Cuestionario
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   28
Algo anda mal con las criaturas de Dios

Podemos ser el blanco de actos crueles de otras personas o del ejército rebelde de Satanás. Tanto los seres humanos caídos como los espíritus caídos (ángeles que se han rebelado) tienen la capacidad de tomar decisiones que los perjudican a ellos y a otros.

Las personas pueden causar sufrimiento. Como criaturas infectadas por el pecado, las personas han tomado y seguirán tomando malas decisiones en la vida. Esas malas decisiones muchas veces afectan a otras personas. Por ejemplo, Caín, uno de los hijos de Adán, tomó la decisión de matar a su hermano Abel (Génesis. 4.7, 8). Lamec se jactaba de su violencia (vv.23, 24). Sarai maltrató a Agar (Génesis 16.1-6). Labán estafó a su sobrino Jacob (Génesis 29.15-30). Los hermanos de José lo vendieron como esclavo (Génesis 37.12-36), y luego la esposa de Potifar lo acusó falsamente de intentar violarla, por lo cual lo metieron en la cárcel (Génesis 39). Faraón trató con mucha crueldad a los esclavos judíos (Éxodo 1). El rey Herodes asesinó a todos los bebés que vivían en Belén y sus alrededores en un intento de matar a Jesús (Mateo 2.16-18).

El dolor que otros nos infligen puede ser por egoísmo de su parte. O puede que usted sea el blanco de persecución debido a su fe en Cristo. A lo largo de la historia, las personas que se han identificado con el Señor han sufrido en manos de aquellos que se rebelan contra Dios. Antes de su conversión, Saulo era un rabino anticristiano que hizo todo lo posible para hacerles la vida imposible a los creyentes, llegando incluso a cooperar para matarlos (Hechos 7.54-8.3). Pero después de su dramática conversión al Señor Jesús, soportó valientemente todo tipo de persecución al proclamar osadamente el mensaje del evangelio (2 Corintios 4.7-12, 6.1-10). Hasta pudo decir que el sufrimiento que soportó lo ayudó a ser más semejante a Cristo (Filipenses 3.10).

Satanás y los demonios también pueden causar sufrimiento. La historia de la vida de Job es un vivo ejemplo de cómo una persona buena puede sufrir una tragedia increíble debido a un ataque satánico. Dios concedió a Satanás que tomase las posesiones, la familia y la salud de Job (Job 1-2). Me estremezco al escribir la oración anterior. De alguna manera, y por sus propias razones, Dios permitió a Satanás desolar la vida de Job. Podríamos inclinarnos a comparar lo que Dios hizo con Job con un padre que permite al abusador del vecindario darles una paliza a sus hijos sólo para ver si siguen queriendo a papá después de la misma. Sin embargo, tal como concluyera Job, esa no es una evaluación justa de nuestro sabio y amoroso Dios. Nosotros sabemos, aunque Job no lo sabía, que su vida fue ejemplo de una prueba, un testimonio vivo de la confiabilidad de Dios. Job ilustró que una persona puede confiar en Dios y mantener su integridad aun cuando la vida se desmorone (por la razón que sea), porque Dios es digno de confianza. Al final, Job aprendió que, aunque no comprendía el propósito de Dios, tenía muchas razones para creer que Dios no estaba siendo injusto, ni cruel, ni sádico al permitir que su vida fuese destruida (Job 42).

El apóstol Pablo padecía de un problema físico que atribuía a Satanás. Lo llamaba «aguijón en la carne... mensajero de Satanás que me abofetee» (2 Corintios 12.7). Pablo oró para ser liberado del problema, pero Dios no se lo concedió. En vez de ello lo ayudó a ver cómo esa dificultad podía tener un buen propósito. Hacía a Pablo depender humildemente de Dios y lo colocaba en una posición que le permitió experimentar Su gracia (vv.8-10). Aunque la mayoría de las enfermedades no se pueden atribuir directamente a Satanás, los evangelios sí registran unos cuantos ejemplos de sufrimiento atribuidos a él, incluyendo un ciego y un mudo (Mateo 12.22) y un muchacho lunático (Mateo 17.14-18).

Algo anda mal en mí

Muchas veces, cuando algo anda mal en nuestras vidas, concluimos rápidamente que Dios nos está castigando por algún pecado. Eso no es necesariamente cierto. Como indicamos antes, gran parte de nuestro sufrimiento se debe a que vivimos en un mundo imperfecto habitado por personas imperfectas y espíritus rebeldes.

Los amigos de Job creyeron erróneamente que él estaba sufriendo por algún pecado que había en su vida (Job 4.7, 8, 8.1-6, 22.4, 5, 36.17). Los propios discípulos de Jesús llegaron a una conclusión equivocada cuando vieron al hombre ciego. Se preguntaron si el problema visual de aquel hombre se debía a un pecado personal o a algo que sus padres habían hecho (Juan 9.1, 2). Jesús les dijo que el problema físico de dicho hombre no estaba relacionado con su pecado personal ni con el pecado de sus padres (v.3).

Con estas precauciones en mente necesitamos lidiar con la dura verdad de que hay sufrimientos que sí son una consecuencia directa del pecado, ya se trate de una disciplina correctiva de parte de Dios hacia los que ama, o de un acto punitivo de Dios a los rebeldes del universo. Si usted y yo hemos depositado nuestra confianza en Cristo como Salvador somos hijos de Dios. Como tales, somos parte de una familia cuya cabeza es un Padre amoroso que nos entrena y nos corrige. Dios no es un padre abusivo y sádico que asesta golpes severos porque obtiene de ello algún placer perverso. Hebreos 12 afirma: “...Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus y viviremos? Y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad” (Hebreos 12. 5, 6, 9,10).

Y a la iglesia de Laodicea Jesús le dijo: «Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete» (Apocalipsis 3.19). El rey David sabía lo que era experimentar el amor firme del Señor. Después de su adulterio con Betsabé y de confabular para que matasen a su esposo en la batalla, David no se arrepintió hasta que el profeta Natán lo confrontó. El Salmo 51 recuenta la lucha de David con la culpa y su clamor por perdón.

En otro salmo, David reflexionó en los efectos de tapar e ignorar el pecado. Escribió: «Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano...» (Salmo 32.3, 4).

En 1 Corintios 11.27-32, el apóstol Pablo advirtió a los creyentes que tratar con ligereza las cosas del Señor -como participar de la Santa Cena sin tomarla en serio- acarrea disciplina. Pablo explicó que esta disciplina del Señor tenía un propósito. Dijo: «Mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo» (v.32).

La mayoría de nosotros comprende el principio de que Dios, al que ama disciplina. Es de esperar que un padre amoroso nos corrija y nos llame a renovar nuestra obediencia a Él. Juicio. Dios también actúa para lidiar con los incrédulos obstinados que persisten en hacer el mal. Una persona que no haya recibido de Dios el regalo de la salvación puede esperar ser objeto de la ira de Dios en el día del juicio futuro y el peligro de un juicio severo ahora si Dios así lo decide.

El Señor produjo el diluvio para destruir a la decadente humanidad (Génesis 6). Destruyó a Sodoma y Gomorra (Génesis 18-19), envió plagas a los egipcios (Éxodo 7-12), mandó a Israel a destruir completamente a los paganos que habitaban la Tierra Prometida (Deuteronomio 7.1-3), mató al arrogante rey Herodes del Nuevo Testamento (Hechos 12.19-23), y en el día del juicio futuro repartirá justicia perfecta a los que rechacen su amor y autoridad (2 Pedro 2.4-9). Sin embargo, aquí y ahora enfrentamos desigualdades. Por razones sapientísimas que sólo Él conoce, Dios ha optado por retrasar su justicia perfecta. Asaf, autor de algunos salmos, luchaba con esta aparente injusticia de la vida. Escribió acerca de los malvados que hacían lo malo sin ser castigados, incluso prosperaban, mientras que muchos justos tenían problemas (Salmo 73). Respecto a la prosperidad de los malvados dijo: «Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí, hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos» (vv.16, 17). Asaf pudo volver a ver las cosas desde la perspectiva correcta cuando meditó en el soberano Señor del universo. Cuando luchemos con la realidad de que los malvados están literalmente cometiendo asesinatos impunemente y toda clase de inmoralidad, necesitamos recordar que «el Señor... es paciente para con todos, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3.9).

Entonces, la primera parte de la respuesta al problema del sufrimiento es que Dios lo utiliza para alertarnos frente a graves problemas. El dolor suena la alarma que indica que algo anda mal en el mundo, en la humanidad en general, en ti y en mí. Pero como veremos en la próxima sección, Dios no sólo avisa que hay problemas, sino que también los usa para exhortarnos a encontrar las soluciones: en Él. Propósitos de Dios:

Dirigirnos. Muchas veces, cuando una persona se aleja de Dios le echa la culpa al sufrimiento. Pero por extraño que parezca, también es el sufrimiento lo que da una nueva dirección a otras personas, las ayuda a ver la vida más claramente, y hace que su relación con Dios sea más estrecha. ¿Cómo pueden circunstancias similares tener efectos tan radicalmente diferentes? Las razones se hallan profundamente arraigadas en las personas, no en los acontecimientos.

Un líder muy conocido y franco de los medios de comunicación dijo públicamente que el cristianismo era «una religión para perdedores». Pero no siempre pensó así. De joven estudió la Biblia y asistió a un colegio cristiano. Hablando en tono jocoso del fuerte adoctrinamiento que recibió dijo: «Creo que fui salvo unas siete u ocho veces.» Pero entonces, una dolorosa experiencia cambió su perspectiva de la vida y de Dios. Su hermana menor enfermó gravemente. Él oró para que se sanara, pero después de cinco años de sufrimiento, murió. Se desilusionó de un Dios que permitió que aquello pasara. Declaró: «Comencé a perder mi fe, y mientras más la perdía, mejor me sentía». ¿Cuál es la diferencia entre una persona como Él y una como Joni Eareckson Tada? En su libro Where Is God When It Hurts? (¿Dónde está Dios cuando se sufre?), Philip Yancey describe la transformación gradual que se produjo en la actitud de Joni en los años posteriores a la parálisis que le produjo una zambullida en un lago poco profundo. «Al principio, para Joni era imposible reconciliar su condición con su creencia en un Dios de amor.... Fue muy gradualmente que se volvió a Dios. Después de más de tres años de llanto y duro cuestionamiento, su actitud fue cambiando poco a poco de amargura a confianza».

Una noche que fue a verla Cindy, una amiga cercana, se produjo un momento crucial cuando le dijo: «Joni, no eres la única. Jesús sabe cómo te sientes, pues Él también estuvo paralizado.» Cindy describió cómo Jesús estuvo clavado en la cruz, paralizado por los clavos.

Yancey observa: «El pensamiento intrigó a Joni, y por un momento, dejó de pensar en su propio dolor. Nunca se le había ocurrido que Dios pudiese experimentar las mismas sensaciones desgarradoras que agobiaban su cuerpo en aquel momento. Darse cuenta de ello la consoló profundamente». En lugar de seguir buscando la razón por la que sucedió aquel accidente devastador, Joni se ha visto obligada a depender más del Señor y a mirar la vida desde una perspectiva a largo plazo.

El autor Yancey dice además de Joni: «Luchó con Dios, sí, pero no se alejó de Él... Joni ahora se refiere a su accidente como a un "glorioso intruso", y afirma que fue lo mejor que le pudo suceder. Dios lo usó para llamar su atención y dirigir sus pensamientos hacia Él». Este principio de que el sufrimiento puede producir una dependencia saludable de Dios lo enseñó el apóstol Pablo en una de sus cartas a la iglesia de Corinto. Escribió: “Porque hermanos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia; pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida. Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos” (2 Corintios 1:8,9).

Encontramos una idea similar en los comentarios de Pablo acerca de sus problemas físicos. El Señor le dijo: «...Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad...» (2 Corintios 12.9). Luego Pablo agregó: «Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (v.10). El sufrimiento muestra lo débiles que son realmente nuestros recursos. Nos obliga a pensar de nuevo en nuestras prioridades, valores, metas, sueños, placeres, la fuente de nuestra verdadera fortaleza, y nuestras relaciones con la gente y con Dios. También lleva nuestra atención a las realidades espirituales, si es que no nos alejamos de Dios.

El sufrimiento nos obliga a evaluar la dirección de nuestras vidas. Podemos optar por desesperarnos centrándonos en nuestros problemas presentes, o podemos optar por la esperanza, reconociendo el plan a largo plazo de Dios para nosotros (Romanos 5.5; 8.18, 28; Hebreos 11). De todos los pasajes bíblicos, hebreos 11 es el que más nos asegura que, aunque la vida sea magnífica u horrorosa, mi respuesta debe estar llena de fe en la sabiduría, el poder y el control de Dios. Independientemente de lo que suceda, tengo buenas razones para confiar en Él, de la misma forma en que los grandes hombres y mujeres de antaño esperaron en Él. Este nos recuerda a Noé, un hombre que pasó 120 años esperando que Dios cumpliese su promesa de producir un diluvio devastador (Génesis 6.3). Abraham esperó muchos años agonizantes antes de que naciese el hijo que Dios le había prometido. José fue vendido como esclavo y encarcelado erróneamente, pero al final vio cómo Dios usó todo el mal que aparentemente había en su vida para un buen propósito (Génesis 50.20). Moisés esperó hasta la edad de ochenta años a que Dios lo usara para liberar a los judíos de los egipcios. Y aun entonces, conducir a aquel pueblo de poca fe fue una batalla.

Además menciona personas como Gedeón, Sansón, David y Samuel que fueron testigos de grandes victorias al vivir para el Señor. Sin embargo, en medio del versículo 35, el tono cambia. De repente nos encontramos con personas que tuvieron que pasar por un sufrimiento increíble, personas que murieron sin saber por qué Dios permitió esas tragedias en sus vidas. Esas personas fueron torturadas, escarnecidas, azotadas, lapidadas, aserradas, muertas a espada, maltratadas y obligadas a vivir como parias (vv.35-38). Dios había planeado que fuese en la eternidad donde se recompensara la fidelidad de ellos en medio de aquellas dificultades (vv.39, 40).

El dolor nos obliga a ver más allá de nuestras circunstancias inmediatas. El sufrimiento nos lleva a hacer grandes preguntas como: « ¿Por qué estoy aquí?» y « ¿Cuál es el propósito de mi vida?». Al hacer esas preguntas y hallar las respuestas en el Dios de la Biblia, encontraremos la estabilidad que necesitamos para sobrellevar hasta lo peor que la vida pueda darnos, porque sabemos que esta vida presente no es todo. Si sabemos que un Dios soberano supervisa toda la historia humana y la teje para formar un hermoso tapiz que a la larga lo glorificará, entonces podemos ver las cosas desde una perspectiva mejor.

En Romanos 8.18, el apóstol Pablo escribió: «Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse». Pablo no estaba tratando nuestros problemas con ligereza, sino diciendo a los creyentes que viesen sus problemas presentes a la luz de la eternidad. Nuestros problemas pueden ser verdaderamente graves, incluso abrumadores. Pero Pablo dice que cuando los comparamos con las glorias increíbles que esperan a los que aman a Dios, hasta las circunstancias más negras y gravosas de la vida se desvanecen.

Tenemos que detenernos a mirar un ejemplo más, tal vez el más significativo que se pueda considerar. El día que Cristo pendió de la cruz se conoce hoy como viernes Santo. En aquel tiempo, fue cualquier cosa menos un día «santo» ni bueno. Fue un día de intenso sufrimiento, angustia, tiniebla y desaliento. Fue un día en que Dios pareció estar ausente, silente, cuando el mal pareció triunfar sobre el bien, y las esperanzas se desvanecieron. Pero luego vino el domingo. Jesús resucitó de la tumba. Aquel impresionante acontecimiento colocó al viernes bajo una luz diferente. La resurrección dio un significado completamente nuevo a lo que sucedió en la cruz. En lugar de ser un momento de derrota, se convirtió en un día de triunfo. Nosotros también podemos mirar al futuro. Podemos soportar nuestros tenebrosos «viernes» y verlos como «santos» porque servimos al Dios del domingo. Por tanto, cuando lleguen los problemas, y llegarán, recuerda esto: Dios usa esas situaciones para dirigirnos a Él y a una perspectiva más amplia de la vida. Nos llama a confiar y a tener esperanza.

Moldearnos. A los entrenadores atléticos les gusta usar la frase: «Sin dolor no hay ganador.» Como estrella del equipo de atletismo en la escuela secundaria (bueno, tal vez no era una estrella, pero me esforzaba mucho), recuerdo que los entrenadores nos decían a menudo que practicar duro nos sería beneficioso. Y tenían razón. No siempre ganábamos, pero nuestro arduo trabajo sí produjo beneficios obvios.

Aprendí mucho acerca de mí mismo en aquellos años, y hoy día estoy aprendiendo mucho más a medida que me disciplino para trotar diariamente. Muchos días quisiera no hacerlo, no deseo sentir el dolor de tener que hacer ejercicios de estiramiento. Preferiría no llevar el «radiador» de mi cuerpo a ningún extremo, ni tener que luchar contra la fatiga cuando subo por colinas. Entonces, ¿por qué lo hago? El beneficio hace que el dolor valga la pena. Mi presión sanguínea y mi pulso se mantienen bajos, no me crece la barriga y me siento más alerta y saludable. El ejercicio puede tener beneficios obvios, pero ¿y el dolor que no escogemos nosotros? ¿Qué podemos decir de las enfermedades, los accidentes y la agonía emocional? ¿Qué beneficio puede salir de ello? ¿Ganamos realmente por experimentar ese dolor?

Consideremos lo que tenía que decir alguien que sufrió mucho. El apóstol Pablo escribió en Romanos 5.3-4: «...también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza.». Pablo introdujo su afirmación acerca de los beneficios del sufrimiento diciendo: «Nos gloriamos en las tribulaciones.» ¿Cómo pudo decir que debemos gloriarnos o ser felices por tener que vivir una tragedia dolorosa? Es evidente que no nos estaba diciendo que celebrásemos nuestros problemas; más bien nos estaba diciendo que nos regocijásemos por lo que Dios puede hacer, y hará, por nosotros y para Su gloria a través de nuestras pruebas. Las afirmaciones de Pablo nos exhortan a celebrar el producto final, no el proceso doloroso en sí. Con eso no quiso decir que debemos obtener una especie de gozo morboso de la muerte, el cáncer, las deformaciones, los reveses económicos, una relación rota o un accidente trágico. Todas esas cosas son horribles, negros recordatorios de que vivimos en un mundo que ha sido corrompido por la maldición de los efectos del pecado.

El apóstol Santiago también escribió acerca de cómo deberíamos regocijarnos en el resultado final de nuestros problemas. Dijo: «Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna» (1.2-4). Cuando combinamos las verdades de esos dos pasajes vemos cómo los resultados buenos y dignos de alabanza del sufrimiento son una perseverancia paciente, un carácter maduro y esperanza. Dios puede usar las dificultades de la vida para moldearnos de manera que seamos más maduros en la fe, más piadosos, más semejantes a Cristo.

Cuando confiamos en Cristo como Salvador, el Señor no nos convierte instantáneamente en personas perfectas. Lo que hace es quitar el castigo por el pecado y colocarnos en el camino que lleva al cielo. La vida se convierte entonces en un tiempo para desarrollar nuestro carácter a medida que aprendemos más acerca de Dios y de cómo hemos de agradarle. El sufrimiento nos obliga dramáticamente a lidiar con asuntos más profundos de la vida. Al hacerlo, nos hacemos más fuertes y maduros.

Mi abuelo, el doctor M. R. De Haan, habló acerca del moldeamiento de nuestras vidas en su libro Broken Things [Cosas rotas]. En el mismo escribió: “Los mejores sermones que he escuchado en mi vida no se han predicado desde un púlpito, sino en lechos de muerte”. Las verdades más grandiosas y profundas de la Palabra de Dios muchas veces las han revelado, no aquellos que predicaron como resultado de su preparación en el seminario y su instrucción, sino aquellas almas humildes que han pasado por el seminario de la aflicción y han aprendido por experiencia propia lo profundo de los caminos de Dios.

Las personas más alegres que he conocido, con algunas excepciones, han sido aquellas que han tenido menos días buenos y más dolor y sufrimiento en la vida. Las personas más agradecidas que he conocido no son las que anduvieron por un sendero de rosas toda su vida, sino aquellas que se hallaban, debido a sus circunstancias, confinadas a sus hogares, muchas veces a sus lechos, y que habían aprendido a depender de Dios como sólo saben hacer los cristianos como ellos. He observado que los quejumbrosos son, generalmente, aquellos que disfrutan de una excelente salud. Los que se quejan son los que tienen menos razones para hacerlo, y esos amados santos de Dios que han alegrado mi corazón una y otra vez con sermones pronunciados desde los púlpitos de sus lechos de enfermos, han sido los hombres y mujeres más alegres y agradecidos por las bendiciones del Dios todopoderoso.

¿Cómo ha respondido usted a las dificultades de la vida? ¿Lo han hecho mejor o más amargado? ¿Ha crecido su fe o se ha alejado de Dios? ¿Se parece su carácter más al de Cristo? ¿Ha permitido que el sufrimiento lo conforme a la imagen del Hijo de Dios?¿Cómo obran todas las cosas para bien? Tal vez el versículo que más se ha citado en épocas de dolor y sufrimiento es Romanos 8.28, que dice: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados». Este versículo se ha interpretado mal muchas veces y tal vez también se ha usado mal, pero la verdad que contiene puede consolar grandemente.

El contexto de Romanos 8 hace hincapié en lo que Dios hace por nosotros. El Espíritu Santo que mora en nosotros nos da vida espiritual (v.9), nos asegura que somos hijos de Dios (v.16), y nos ayuda a orar en momentos de debilidad (vv.26, 27). También coloca nuestros sufrimientos en el contexto más amplio de lo que Dios está haciendo: obrando su plan de redención (vv.18-26). Los versículos del 28 al 39 nos aseguran el amor que Dios nos tiene, que no hay nada ni nadie que pueda impedir que Dios logre lo que desea hacer, y que nada podría separarnos nunca de su amor. Entonces, visto debidamente en el contexto de este pasaje, el versículo 28 nos asegura poderosamente que Dios está obrando para bien de todos los que han confiado en su Hijo como Salvador. El versículo no promete que comprenderemos todos los acontecimientos de la vida, ni que después de un tiempo de prueba vamos a ser bendecidos con cosas buenas en esta vida. Pero sí asegura que Dios está obrando un plan bueno a través de nuestras vidas.

Nos está moldeando a nosotros y a nuestras circunstancias para glorificarse. El escritor Ron Lee Davis dice en su libro Becoming a Whole Person in a Broken World [Cómo convertirse en una persona completa en un mundo incompleto]: «Las buenas nuevas no son que Dios hará que nuestras circunstancias terminen siendo lo que deseamos que sean, sino que Dios puede incluir hasta nuestras desilusiones y desastres en su plan eterno. El mal que nos sucede se puede transformar en el bien de Dios. Romanos 8:28 es la garantía de Dios de que si lo amamos, nuestras vidas pueden ser usadas para lograr Sus propósitos y avanzar Su reino».

«Pero, ¿cómo se puede afirmar que Dios tiene el control cuando la vida parece tan descontrolada? ¿Cómo puede estar obrando para su gloria y, a la larga, nuestro bien?» En su libro titulado Why Us? [¿Por qué nosotros?], Warren Wiersbe afirma que Dios «demuestra su soberanía, no interviniendo constantemente e impidiendo esos acontecimientos, sino gobernándolos e invalidándolos de manera que hasta las tragedias terminen logrando Sus propósitos fundamentales». Como Dios soberano del universo, Dios usa todas las cosas de la vida para desarrollar nuestra madurez y semejanza a Cristo, y para avanzar su plan eterno. Sin embargo, para lograr estos propósitos, Dios quiere usarnos para ayudar a otros, y quiere que otras personas nos ayuden a nosotros.

Unirnos. El dolor y el sufrimiento parecen tener la habilidad especial de mostrarnos cuánto nos necesitamos los unos a los otros. Nuestras luchas nos recuerdan lo frágiles que somos realmente. Incluso la debilidad de los demás puede sostenernos cuando nuestra propia fortaleza se agota. Esta verdad se hace muy real cada vez que me reúno con un pequeño grupo de amigos de la iglesia para orar y tener comunión.

En esos momentos que pasamos juntos regularmente, compartimos nuestras cargas por un hijo enfermo, la pérdida de un empleo, tensiones en el trabajo, un hijo rebelde, la pérdida de un embarazo, hostilidad entre miembros de una familia, depresión, tensiones de la vida diaria, un pariente que no es salvo, decisiones difíciles, delitos en el vecindario, batallas con el pecado y mucho más. Muchas veces al final de esas reuniones he alabado al Señor por el aliento que hemos recibido los unos de los otros. Nos hemos acercado más y nos hemos fortalecido al enfrentar juntos las luchas de la vida. Estas experiencias personales a la luz de las Escrituras me recuerdan dos verdades clave:

El sufrimiento nos ayuda a ver que necesitamos a otros creyentes. Al describir la unidad de todos los creyentes en Cristo, el apóstol Pablo usó la analogía del cuerpo humano (1 Corintios 12). Dijo que nos necesitamos unos a otros para funcionar adecuadamente. Pablo describió la situación así: «De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan. Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular» (vv.26, 27). En su carta a los Efesios, Pablo dijo de Cristo: «De quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor» (Efesios 4.16).

Cuando empecemos a reconocer todo lo que los otros creyentes tienen que ofrecernos, nos daremos cuenta de lo mucho que podemos ganar acercándonos a ellos cuando pasamos por un momento difícil. Cuando los problemas parecen agotar nuestra fortaleza, podemos descansar en otros creyentes para que nos ayuden a renovar esa fortaleza en el poder del Señor.

El sufrimiento nos ayuda a satisfacer las necesidades de los demás a medida que dejamos que Cristo viva a través de nosotros. En 2 Corintios 1, el apóstol Pablo escribió: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios» (vv.3, 4).

Como vimos en la sección anterior, nos necesitamos mutuamente porque tenemos algo valioso que ofrecernos los unos a los otros. Tenemos entendimiento y sabiduría espirituales que hemos adquirido en las diferentes pruebas por las que hemos pasado. Conocemos el valor de la presencia personal de alguien amoroso. Cuando experimentamos el consuelo de Dios en una situación angustiosa, tenemos entonces la capacidad de identificarnos con las personas que pasan por situaciones similares. Mientras me preparaba para escribir este librito, leí acerca de experiencias de personas que han sufrido mucho, y hablé con otros que también conocían el dolor.

Investigué para averiguar quién los había ayudado más en sus momentos de angustia. La respuesta, una y otra vez, fue esta: otra persona que había pasado por algo similar. Esa persona puede sentir empatía más plenamente, y sus comentarios reflejan un entendimiento que procede de la experiencia. A alguien que tiene una carga pesada le suena superficial y condescendiente escuchar a otro decir: «Entiendo por lo que estás pasando», a menos que esa persona haya pasado por lo mismo. Aunque los mejores consoladores son aquellos que han atravesado por situaciones similares y han crecido espiritualmente a través de ellas, eso no significa que el resto de nosotros esté libre de responsabilidades. Todos tenemos la responsabilidad de hacer lo que esté a nuestro alcance para mostrar empatía, tratar de entender y de consolar.

Gálatas 6.2 nos dice: «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo». Y Romanos 12.15 afirma: «Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran». El doctor Paul Brand, experto en la enfermedad de la lepra, escribió: “Cuando el sufrimiento asesta un golpe, los que estamos cerca nos quedamos aturdidos por el impacto. Luchamos contra el nudo que se nos hace en la garganta, vamos resueltamente al hospital de visita, susurramos unas cuantas palabras de ánimo, tal vez buscamos artículos sobre qué decir al que sufre”. Pero cuando pregunto a los pacientes: "¿Quién te ayudó en tu sufrimiento?", escucho una respuesta extraña e imprecisa.

La persona que describen raras veces tiene respuestas suaves, una personalidad atractiva y efervescente. Por lo general es tranquila, comprensiva, que escucha más de lo que habla, que no juzga ni da mucho consejo. "Una sensación de presencia". "Alguien que está presente cuando lo necesito". Una mano que asir, un abrazo comprensivo y de perplejidad. Un nudo en la garganta compartido. Dios nos hizo para depender los unos de los otros. Tenemos mucho que ofrecer a los que sufren, y los demás tienen mucho que ofrecer a los que tenemos problemas. Cuando desarrollemos esa unidad, experimentaremos un consuelo mayor cuando reconozcamos que Dios usa el sufrimiento para alertarnos respecto al problema del pecado, usa la dificultad para dirigirnos a Él, y puede usar hasta los problemas para hacernos más semejantes a Cristo.10
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   28

similar:

Cuestionario capítulo dos: el origen del sufrimiento iconSegunda parte mapas del viaje interior capítulo Lecciones espirituales...

Cuestionario capítulo dos: el origen del sufrimiento iconLa palabra genética se forma a partir de la unión de dos palabras...

Cuestionario capítulo dos: el origen del sufrimiento iconCuestionario Capitulo 3

Cuestionario capítulo dos: el origen del sufrimiento iconCuestionario de preguntas capítulo 1

Cuestionario capítulo dos: el origen del sufrimiento iconDel sufrimiento a la paz

Cuestionario capítulo dos: el origen del sufrimiento iconLa cuestión del significado y el sufrimiento

Cuestionario capítulo dos: el origen del sufrimiento iconDerecho al alivio del sufrimiento y a la sedación paliativa

Cuestionario capítulo dos: el origen del sufrimiento iconArio”, que viene a decir “nacido dos veces” o “iluminado”. El origen de Hiperbórea

Cuestionario capítulo dos: el origen del sufrimiento iconBritánicos de origen vasco
«una historia genética de detectives» tras publicar hace unos años Out of Eden: The Peopling of the World (Fuera del Edén: la populación...

Cuestionario capítulo dos: el origen del sufrimiento iconEs un embarazo en el que hay dos o más bebés dentro del útero de...




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com