Hacia una geografía histórica




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El método geográfico: localización terrestre


La forma ideal de descripción geográfica es el mapa. Cualquier cosa que tenga en cualquier momento una distribución desigual sobre la Tierra puede ser expresada por el mapa como un patrón de unidades que ocurren en el espacio. En este sentido, la descripción geográfica podría ser aplicada a un número ilimitado de fenómenos. Por tanto, hay una geografía de cada enfermedad, de dialectos e idiomas, de quiebras bancarias, quizás de la genialidad. Que tal forma de descripción sea utilizada indica que proporciona un medio distintivo de indagación. La ubicación de los fenómenos en el espacio terrestre expresa el problema geográfico general de la distribución, que nos lleva a preguntarnos sobre el significado de la presencia o ausencia, del agrupamiento a la dispersión de cualquier cosa o grupo de variables en términos de extensión de áreas. En este sentido ampliamente inclusivo, el método geográfico se ocupa del examen de la ubicación de cualquier fenómeno sobre la tierra. Los alemanes han llamado a esto el Standorstproblem – el problema de la ubicación en la tierra – y representa la expresión más general y abstracta de nuestra tarea. Nadie ha escrito aún esta filosofía de la ubicación geográfica, pero todos sabemos que esto es lo que da sentido a nuestro trabajo, que nuestro problema general radica en las cualidades diferenciadoras del espacio terrestre. ¿Puede uno arriesgar el planteamiento de que en su sentido más amplio el método geográfico se ocupa de la distancia terrestre? No nos ocupan el hombre, la familia, la sociedad o la economía universalizados, sino la comparación entre patrones localizados, o diferenciaciones por área.
El contenido de la geografía humana

La geografía humana, por tanto, a diferencia de la psicología y de la historia, es una ciencia que nada tiene que hacer con individuos, sino que se ocupa únicamente de instituciones humanas, o culturas. Puede ser definida como el problema de la Standort o localización de maneras de vivir. Hay por tanto dos métodos de aproximación: uno a través de la extensión en áreas de rasgos de cultura particulares, y otro mediante la determinación de complejos culturales como áreas. Este último es el objetivo de aquellos geógrafos continentales que hablan del genre de vie y de los ingleses que últimamente aplican el término “personalidad” a una tierra y sus habitantes. Buena parte de este tipo de indagación está aún pendiente de cualquier medio sistemático de desarrollo.

Disponemos sin embargo de una restricción de utilidad inmediata, que se expresa en el “paisaje cultural”. Esta es la versión geográfica de la economía de grupo, que se provee a sí mismo con alimento, refugio, equipos, herramientas y transporte. Las expresiones geográficas específicas son los campos, pastizales, bosques, la tierra productiva, por un lado, y por el otro los caminos y estructuras, las viviendas, los talleres y almacenes, para utilizar los términos más genéricos (introducidos sobre todo por Brunhes y Cornish). Si bien no debería plantear que estos términos incluyen toda la geografía humana, constituyen el núcleo de las cosas que sabemos cómo abordar de manera sistemática.
La naturaleza histórica de la cultura

Si coincidimos en que la geografía humana se ocupa de la diferenciación en áreas de las actividades humanas, nos enfrentamos de inmediato a las dificultades del ambientalismo. La respuesta ambiental es el comportamiento de un grupo dado en un ambiente dado. Tal comportamiento no depende de estímulos físicos, ni de la necesidad lógica, sino de hábitos adquiridos, que constituyen su cultura. En cualquier momento dado, el grupo ejerce ciertas opciones de conducta, que proceden de las actitudes y debilidades que ha aprendido. Una respuesta ambiental, por tanto, no es más que una opción cultural específica con respecto al hábitat en un momento particular.

Si pudiéramos replantear la vieja definición de la relación del hombre con su ambiente como el vínculo entre hábitos y hábitat, resulta evidente que el hábitat es reevaluado o reinterpretado con cada cambio de los hábitos. El hábito o cultura involucra actitudes y preferencias que han sido inventados o adquiridos. No hay una respuesta ambiental de valor general en el uso de sombreros de paja. En Chicago pueden corresponder al guardarropa de verano del hombre elegante. En México son la insignia distintiva del peón en todas las estaciones, mientras el indio, inmodificado, no lo utiliza nunca. Como cualquier otro rasgo cultural, el sombrero de paja depende de la aceptación por el grupo de una idea o una modalidad que puede ser suprimida o sustituida por otro hábito. La idea de ciencia que previeron Montesquieu, Herder y Buckle fracasó porque sabemos que la ley natural no se aplica a los grupos sociales, como lo pensaron el racionalismo del siglo XVIII y el ambientalismo del XIX. Hoy sabemos que “ambiente” es un término de valoración cultural, que por sí mismo constituye un “valor” en la historia de la cultura.

Sabemos que el hábitat debe ser referido al hábito; que el hábito es el aprendizaje activado común a un grupo, y que puede estar sujeto a cambio incesante. La labor entera de la geografía humana, por tanto, consiste nada menos que en el estudio comparativo de culturas localizadas en áreas, llamemos o no “paisaje cultural” al contenido descriptivo de las mismas. Sin embargo, la cultura es la actividad aprendida y convencionalizada del grupo que ocupa un área. Un rasgo o complejo cultural se origina en u momento determinado en una localidad particular. Gana aceptación – esto es, es aprendido por un grupo – y es comunicado o se difunde hasta que encuentra resistencia suficiente, sea por condiciones físicas incompatibles, por parte de rasgos alternativos, o por disparidades de nivel cultural. Estos son procesos que implican tiempo, y no sólo tiempo cronológico, sino y sobre todo aquellos momentos de la historia de la cultura en que el grupo cuenta con la energía para la invención, o con la receptividad para adquirir innovaciones.

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