Hacia una geografía histórica




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La geografía humana como geografía histórico – cultural


El área cultural, en tanto que comunidad con una forma de vida, es por tanto un crecimiento que ocurre en un “suelo” u hogar particular, una expresión histórica y geográfica. Su modo de vida, economía o wirtschaft es su manera de maximizar las satisfacciones que busca, y de minimizar los esfuerzos que invierte en ello. Esto es, quizás, lo que significa la adaptación ambiental. En términos de su conocimiento en el tiempo, el grupo hace un uso apropiado o pleno de su lugar. Sin embargo, estas necesidades y esfuerzos no deben ser pensados en términos puramente monetarios o de energía, como es el caso de las unidades de labor ejecutadas. Me atrevería a decir que cada grupo de hombres ha construido su habitación en el punto que para ellos ha sido más adecuado. Sin embargo, para nosotros (esto es, para nuestra cultura) muchos de esos sitios parecen haber sido seleccionados de manera aberrante. Por tanto, como una precaución preliminar, cada cultura o hábito debe ser valorada en términos de su propio aprendizaje, y el propio hábitat debe ser visto en términos del grupo que lo ocupa. Ambos requisitos implican una severa demanda sobre nuestra capacidad de interpretación.

Cada paisaje humano, cada habitación, es siempre una acumulación de experiencia práctica, y de lo que Pareto se complacía en llamar residuos. El geógrafo no puede estudiar casas y pueblos, campos y fábricas, en lo que respecta a su ubicación y su razón de ser, sin preguntarse por sus orígenes. No puede tratar la localización de actividades sin conocer el funcionamiento de la cultura, los procesos de vida en comunidad del grupo, y solo puede hacer esto mediante la reconstrucción histórica. Si el objetivo consiste en definir y entender las asociaciones humanas como crecimientos en áreas, debemos descubrir cómo han llegado a ser lo que son en sus distribuciones (asentamientos) y sus actividades (uso de la tierra). Tal estudio de áreas culturales es geografía histórica. La calidad de la comprensión que se busca depende del análisis de orígenes y procesos. El objetivo general es la diferenciación espacial de la cultura. Al ocuparse del hombre, y al ser analizado en una perspectivas genética, el tema se vincula necesariamente con secuencias en el tiempo.

Lo retrospectivo y lo prospectivo son fines diferentes de la misma secuencia. El presente, por tanto, no es más que un punto en una línea, cuyo desarrollo puede ser reconstruido desde sus inicios, y cuya proyección puede ser llevada hacia el futuro. La retrospección se ocupa de los orígenes, no de las antigüedades, y tampoco simpatizo con el punto de vista timorato de que el científico social no debe arriesgarse a predecir. El conocimiento de procesos humanos sólo puedes ser obtenido si la situación contemporánea es entendida como un punto en movimiento, un momento en una acción que tiene comienzo y fin. Esto no supone un compromiso con la forma de la línea, con el hecho de que tenga cualidades cíclicas o no muestre regularidades, pero sí nos pone en guardia contra un énfasis excesivo en la situación actual. La única ventaja verdadera de estudiar la escena contemporánea radica en que es más fácilmente accesible a la indagación. Sin embargo, los datos contemporáneos no permiten por sí mismos encontrar los medios para distinguir entre el diagnóstico de procesos de importancia, y que no lo es. Me siento inclinado a decir que, desde una perspectiva geográfica, los dos eventos de mayor importancia ocurridos durante mi vida han sido la colonización de las últimas tierras de las llanuras, y la llegada del Ford modelo T, uno al final y otro al comienzo de una serie de procesos culturales. Sin embargo, ¿hasta dónde podemos decir quienes nos ocupamos de esto que supimos seleccionar estos procesos críticos en el momento en que ocurrían, o vincularlos con los cambios que se derivaron de ellos? ¿Y por qué dejamos de verlos, si no fue porque no estamos acostumbrados a pensar en términos de procesos?

La geografía histórica exige especialización regional


La reconstrucción de áreas culturales del pasado es una lenta labor de trabajo detectivesco, como lo son el acopio y la organización de evidencias. La narrativa histórica puede quizás aceptar cualquier cosa del pasado como material para su molino, pero el historiador de la cultura no puede proceder de esa manera, y yo deseo reconocer a la geografía histórica como parte de la historia de la cultura. Nuestra obligación consiste en espigar datos clasificados sobre economía y habitación, de modo que sea posible llevar a cabo el relleno de brechas de área y de tiempo. Tomemos por ejemplo la reconstrucción de México en el momento de la conquista española. Aquí necesitamos conocer tan bien como sea posible la distribución de la población a comienzos del siglo XVI, los centros urbanos, las economías urbanas, los tipos de agricultura, los yacimientos de metales y de piedra, el abastecimiento de plantas y animales provenientes de tierras silvestres, y las líneas de comunicación. Desgraciadamente, los primeros autores que trazaron un cuadro de las condiciones prehispánicas por oposición a las hispánicas – como Torquemada, en su famosa Monarquía Indiana – hicieron planteamientos generales antes que locales, o aplicaron la situación de un lugar a otro distinto, como si fuera general. Por tanto, no se puede confiar en la mayor parte de los recuentos, que intentaban ser sinópticos, y se hace necesario acudir a fuentes menores que ofrecen datos locales. La reconstrucción de paisajes culturales clave del pasado exige: a) conocer el funcionamiento de conjunto de la cultura en cuestión; b) el control de todas las evidencias contemporáneas, que pueden ser de tipo muy diverso, y c) la más íntima familiaridad con el terreno que ocupaba la cultura en cuestión.

El geógrafo histórico, por tanto, debe ser un especialista, porque no puede limitarse a conocer la región en su apariencia actual, sino que debe conocer sus rasgos fundamentales tan bien como sea necesario para encontrar en ella trazas del pasado, y debe conocer sus cualidades con el detalle necesario para verla como era en situaciones del pasado. Podría decirse que necesita la capacidad de ver la tierra con los ojos de sus antiguos ocupantes, desde el punto de vista de sus capacidades y sus necesidades. Evaluar el lugar y la situación, no desde el punto de vista de un norteamericano educado de hoy, sino ubicándose en la posición del grupo cultural y de la época que se estudia es probablemente la tarea más difícil de toda la geografía humana. Y al propio tiempo, sin embargo, saber que se ha tenido éxito al penetrar una cultura distante en el tiempo o de contenido ajeno al de la nuestra, constituye una experiencia gratificante.

Resulta evidente que tal trabajo no puede ser llevado a cabo mediante estudios de caso de gran diversidad, sino que exige probablemente dedicar toda una vida al aprendizaje acerca de un contexto relevante de naturaleza y cultura. Se podría extender lo aprendido más allá de los límites de un área cultural y explorar los contrastes con lo que exista al otro lado de esos límites. O se podrían llevar a cabo excursiones a área caracterizadas por importantes cualidades emparentadas entre sí. Sin embargo, siempre debe existir la base del área para la cual el observador busca convertirse en un experto. El geógrafo humano no puede ser un turista mundial, moviéndose de un pueblo a otro y de una tierra a otra tierra, y conociendo apenas de manera casual y dudosa cosas relacionadas con cualquiera de ellas. Dudo que un geógrafo humano llegue jamás a ser una autoridad continental. ¿No deberíamos deshacernos del hábito de escribir libros de texto regionales, acerca de áreas que no conocemos, con materiales que copiamos de fuentes secundarias que no estamos en capacidad de evaluar? ¿Acaso un millar de los llamados estudios de tipos, que individualmente son registros cuasi – fotográficos de puntos específicos de la tierra pueden agregar algo realmente significativo? Reconocemos entre nosotros a expertos en geografía física, pero ¿tenemos algo equivalente en geografía humana? Y si no lo tenemos, ¿no consiste la dificultad en que nos hemos venido ocupando de formas no genéticas de presentación antes que una observación intensiva y analítica? Tenemos una legión completa de colegas con doctorado, debidamente entrenados en geografía humana, dictando centenares de cursos a miles de estudiantes, ¡pero qué poco aportan a la sustancia de la ciencia que representan!

Los estudios histórico – regionales a la manera indicada forman parte de la mejor y más antigua tradición geográfica. Cluverius llevó a cabo en el siglo XVII algunas reconstrucciones extraordinariamente agudas de la Alemania y la Italia antiguas, uniendo de manera hábil el conocimiento de los clásicos con el de la Tierra. El Ensayo sobre la Nueva España de Humboldt es aún el clásico de la geografía histórica de México. El estímulo de Humboldt y Ritter fue convertido, a través de la obra de Meitzen a mediados del siglo XIX, en una disciplina adecuada al estudio de la geografía histórica. El enfoque de Meitzen afectó en gran medida toda la geografía continental. La especialización histórico – regional está bien representada en el gran repositorio de la Forschungen zur Deutschen Landen und Volks Kunde. La influencia de Fleure y de Miss Taylor es evidente en los esudios de los geógrafos ingleses más jóvenes. Ya va siendo hora de que nosotros, en este país, tomemos una conciencia activa de esta, la gran tradición en geografía humana.

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