Hacia una geografía histórica




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La naturaleza del área cultural


En todos los estudios regionales – y nosotros equiparamos geografía regional y geografía histórica – la definición del término “área” constituye un serio problema. Ha habido tanta discusión inconclusa sobre el término “región” o “área”, que según parece ninguna definición resulta adecuada.

Por lo general, se ha intentado proceder a partir del “área natural”. Sin embargo, resulta difícil saber qué constituye un área natural, a menos que se trate de una isla, pues los climas, las formas del terreno y las provincias del suelo suelen divergir ampliamente. De aquí la preferencia por el estudio de islas y de áreas que simulan condiciones insulares debido a la especial claridad de sus límites. Y aunque podemos acordar qué es una región natural, aún enfrentamos el hecho de que probablemente las unidades culturales se ubiquen a horcajadas sobre las zonas limítrofes de contraste físico. Las zonas limítrofes, más que las zonas centrales de las regiones físicas, tienden a ser el centro de áreas culturales.

A menudo tendemos a emplear el término “región natural” para designar cualquier división en áreas basada en cualidades simples de un hábitat con el propósito de facilitar su estudio mediante la reducción de su complejidad. De manera por demás subjetiva, indicamos que la región “natural” A es un terreno de bosques de coníferas; que la región B se caracteriza por un determinado clima; que el área C es un terreno montañoso; que la región D es una provincia de carbón de piedra o de petróleo. Mezclamos términos de manera consistente al designar regiones naturales seleccionando en cada caso una determinada cualidad relevante del hábitat. Por tanto, podemos terminar por encubrir – más que resolver – el dilema del área llamándola una unidad natural.

En geografía humana, nuestro interés principal radica en la connotación del área cultural. La unidad de observación, por tanto, debe ser definida como el área en la que predomina un modo de vida funcionalmente coherente. La ilustración más satisfactoria de que disponemos hasta hoy son las regiones económicas básicas del mundo, de Eduard Hahn. Sin embargo, aún estamos muy lejos de saber cómo determinar un área cultural más allá de decir que contiene una íntima interdependencia viviente. Aun así, nuestra tarea es más sencilla que la del antropólogo con sus áreas totalmente inclusivas, aunque a fin de cuentas quizás debamos establecer nuestras áreas mediante el hallazgo de una convergencia suficiente de rasgos comunes. Un área cultural de cierto orden podría ser reconocida por el predominio de un único complejo económico. Un área cultural de un orden superior podría estar determinada por la interdependencia de un grupo de áreas económicas. Para nosotros, los rasgos correspondientes a la producción de la vida son el objeto principal de observación. Hasta que no sepamos mucho más acerca de ellos, no necesitamos preocuparnos mucho con otras cualidades de la cultura.

Las áreas económicas rara vez tienen límites fijos o bien definidos. A lo largo de la historia, pueden experimentar cambios en su centro, su periferia, y su estructura. Tienen la cualidad de ganar o perder territorio, y a menudo la de la movilidad de sus centros de dominación. Constituyen campos de energía, dentro de los cuales los cambios de dinamismo pueden revelar giros de dirección característicos. También es posible imaginar un área cultural que cuya ubicación original se desplace por completo a lo largo del tiempo, y aun así mantenga su unidad orgánica.

Nos interesa el origen de un sistema cultural en lo que hace a su lugar de nacimiento. Podemos llamar a esto el tema del hogar cultural, la indagación sobre los lugares de origen de la cultura. La formulación clásica del problema sigue siendo la de los lugares de origen de los sistemas agrícolas. Enseguida, nos interesa la energía que una cultura naciente expresa en lo que hace a las formas y a la rapidez con que ocupa el terreno, incluyendo el carácter de las fronteras en expansión. Después, nos interesa la manera en que un área cultural se estabiliza con respecto a otra. Por último, están los problemas relativos a la dominación o el colapso de culturas sucesivas. Los homólogos de todos estos problemas son bien conocidos en lo que hace a la ecología de las plantas, a partir del estudio de las comunidades vegetales.

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