Para que el cultivo de la historia de la ciencia ad­quiera cabal sentido y rinda todos los frutos que promete, se impone el examen de ciertas coyun­turas




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grosso modo, a las situaciones reales en que se obtienen, se aceptan y se asimilan los conoci­mientos, han hecho que parezcan extraordinaria­mente problemáticas. En lugar de ser distincio­nes lógicas o metodológicas elementales que, por ello, serían anteriores al análisis del conocimien-

32 UN PAPEL PARA LA HISTORIA

to científico, parecen ser, actualmente, partes integrantes de un conjunto tradicional de res­puestas substantivas a las preguntas mismas so­bre las que han sido desplegadas. Esta circula-ridad no las invalida en absoluto, sino que las convierte en partes de una teoría y, al hacerlo, las sujeta al mismo escrutinio aplicado regular­mente a las teorías en otros campos. Para que su contenido sea algo más que pura abstracción, ese contenido deberá descubrirse, observándolas en su aplicación a los datos que se supone que deben elucidar. ¿Cómo podría dejar de ser la historia de la ciencia una fuente de fenómenos a los que puede pedirse legítimamente que se apli­quen las teorías sobre el conocimiento?

II. EL CAMINO HACIA LA CIENCIA NORMAL

en este ensayo, 'ciencia normal' significa inves­tigación basada firmemente en una o más reali­zaciones científicas pasadas, realizaciones que al­guna comunidad científica particular reconoce, durante cierto tiempo, como fundamento para su práctica posterior. En la actualidad, esas rea­lizaciones son relatadas, aunque raramente en su forma original, por los libros de texto científicos, tanto elementales como avanzados. Esos libros de texto exponen el cuerpo de la teoría aceptada, ilustran muchas o todas sus aplicaciones apropia­das y comparan éstas con experimentos y obser­vaciones de condición ejemplar. Antes de que esos libros se popularizaran, a comienzos del siglo XIX (e incluso en tiempos más recientes, en las cien­cias que han madurado últimamente), muchos de los libros clásicos famosos de ciencia desem­peñaban una función similar. La Física de Aristó­teles, el Almagesto de Tolomeo, los Principios y la óptica de Newton, la Electricidad de Franklin, la Química de Lavoisier y la Geología de Lyell —estas y muchas otras obras sirvieron implíci­tamente, durante cierto tiempo, para definir los problemas y métodos legítimos de un campo de la investigación para generaciones sucesivas de cien­tíficos. Estaban en condiciones de hacerlo así, debido a que compartían dos características esen­ciales. Su logro carecía suficientemente de pre­cedentes como para haber podido atraer a un grupo duradero de partidarios, alejándolos de los aspectos de competencia de la actividad científica. Simultáneamente, eran lo bastante incompletas para dejar muchos problemas para ser resueltos por el redelimitado grupo de científicos.

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Voy a llamar, de ahora en adelante, a las reali­zaciones que comparten esas dos características, 'paradigmas', término que se relaciona estrecha­mente con 'ciencia normal'. Al elegirlo, deseo su­gerir que algunos ejemplos aceptados de la prác­tica científica real —ejemplos que incluyen, al mismo tiempo, ley, teoría, aplicación e instru­mentación— proporcionan modelos de los que surgen tradiciones particularmente coherentes de investigación científica. Ésas son las tradiciones que describen los historiadores bajo rubros tales como: 'astronomía tolemaica' (o 'de Copérnico'), 'dinámica aristotélica' (o 'newtoniana'), 'óptica corpuscular' (u 'óptica de las ondas'), etc. El es­tudio de los paradigmas, incluyendo muchos de los enumerados antes como ilustración, es lo que prepara principalmente al estudiante para entrar a formar parte como miembro de la comunidad científica particular con la que trabajará más tarde. Debido a que se reúne con hombres que aprenden las bases de su campo científico a par­tir de los mismos modelos concretos, su práctica subsiguiente raramente despertará desacuerdos sobre los fundamentos claramente expresados. Los hombres cuya investigación se basa en para­digmas compartidos están sujetos a las mismas reglas y normas para la práctica científica. Este compromiso y el consentimiento aparente que provoca son requisitos previos para la ciencia normal, es decir, para la génesis y la continua­ción de una tradición particular de la investigación científica.

Debido a que en este ensayo el concepto de paradigma reemplazará frecuentemente a diversas nociones familiares, será preciso añadir algo más respecto a su introducción. ¿Por qué la realiza­ción científica concreta, como foco de entrega pro­fesional, es anterior a los diversos conceptos, le-

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yes, teorías y puntos de vista que pueden abs­traerse de ella? ¿En qué sentido es el paradigma compartido una unidad fundamental para el es­tudiante del desarrollo científico, una unidad que no puede reducirse plenamente a componentes atómicos lógicos que pudieran aplicarse en su ayuda? Cuando las encontremos en la Sección V, las respuestas a esas preguntas y a otras simila­res resultarán básicas para la comprensión tanto de la ciencia normal como del concepto aso­ciado de los paradigmas. Sin embargo, esa discu­sión más abstracta dependerá de una exposición previa de ejemplos de la ciencia normal o de los paradigmas en acción. En particular, aclarare­mos esos dos conceptos relacionados, haciendo notar que puede haber cierto tipo de investiga­ción científica sin paradigmas o, al menos, sin los del tipo tan inequívoco y estrecho como los citados con anterioridad. La adquisición de un paradigma y del tipo más esotérico de investiga­ción que dicho paradigma permite es un signo de madurez en el desarrollo de cualquier campo cien­tífico dado.

Si el historiador sigue la pista en el tiempo al conocimiento científico de cualquier grupo se­leccionado de fenómenos relacionados, tendrá probabilidades de encontrarse con alguna varian­te menor de un patrón que ilustramos aquí a partir de la historia de la óptica física. Los libros de texto de física, en la actualidad, indican al estudiante que la luz es fotones, es decir, entida­des mecánico-cuánticas que muestran ciertas ca­racterísticas de ondas y otras de partículas. La investigación se lleva a cabo de acuerdo con ello o, más bien, según la caracterización más elabo­rada y matemática de la que se deriva esa verba-lización usual. Sin embargo, esta caracterización de la luz tiene, apenas, medio siglo de antigüedad.

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Antes de que fuera desarrollada por Planck, Eins-tein y otros, a comienzos de este siglo, los textos de física indicaban que la luz era un movimiento ondulante transversal, concepción fundada en un paradigma, derivado, en última instancia, de los escritos sobre óptica de Young y Fresnel, a co­mienzos del siglo XIX. Tampoco fue la teoría de las ondas la primera adoptada por casi todos los profesionales de la ciencia óptica. Durante el siglo XVIII, el paradigma para ese campo fue pro­porcionado por la Óptica de Newton, que ense­ñaba que la luz era corpúsculos de materia. En aquella época, los físicos buscaron pruebas, lo cual no hicieron los primeros partidarios de la teo­ría de las ondas, de la presión ejercida por las partículas lumínicas al chocar con cuerpos só­lidos.1

Estas transformaciones de los paradigmas de la óptica física son revoluciones científicas y la tran­sición sucesiva de un paradigma a otro por me­dio de una revolución es el patrón usual de desa­rrollo de una ciencia madura. Sin embargo, no es el patrón característico del periodo anterior a la obra de Newton, y tal es el contraste, que nos interesa en este caso. No hubo ningún pe­riodo, desde la antigüedad más remota hasta fines del siglo XVII, en que existiera una opi­nión única generalmente aceptada sobre la na­turaleza de la luz. En lugar de ello, había nu­merosas escuelas y subescuelas competidoras, la mayoría de las cuales aceptaban una u otra va­riante de la teoría epicúrea, aristotélica o plató­nica. Uno de los grupos consideraba que la luz estaba compuesta de partículas que emanan de cuerpos materiales; para otro, era una modifi-

1 The History and Present State of Discoveries Relating to Vision, Light, and Cotours (Londres, 1772), pp. 385-90, de Joseph Priestley.

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cación del medio existente entre el objeto y el ojo; todavía otro explicaba la luz en términos de una interacción entre el medio y una emana­ción del ojo; además, había otras combinaciones y modificaciones. Cada una de las escuelas corres­pondientes tomaba fuerza de su relación con alguna metafísica particular y todas realzaban, como observaciones paradigmáticas, el conjunto particular de fenómenos ópticos que mejor podía explicar su propia teoría. Otras observaciones eran resueltas por medio de elaboraciones ad hoc o permanecían como problemas al margen para una investigación posterior.2

En varias épocas, todas esas escuelas llevaron a cabo contribuciones importantes al cuerpo de conceptos, fenómenos y técnicas del que sacó Newton el primer paradigma casi uniformemente aceptado para la óptica física. Cualquier defini­ción del científico que excluya al menos a los miembros más creadores de esas diversas escue­las, excluirá asimismo a sus sucesores modernos. Esos hombres eran científicos. Sin embargo, cual­quiera que examine una investigación de la óptica física anterior a Newton, puede llegar fácilmen­te a la conclusión de que, aunque los profesio­nales de ese campo eran científicos, el resultado neto de su actividad era algo que no llegaba a ser ciencia. Al tener la posibilidad de no dar por sentado ningún caudal común de creencias, cada escritor de óptica física se sentía obligado a construir su propio campo completamente, des­de los cimientos. Al hacerlo así, su elección de observaciones y de experimentos que lo sostu­vieran era relativamente libre, debido a que no existía ningún conjunto ordinario de métodos o fenómenos que cada escritor sobre la óptica se

2 Histoire de la lumière, de Vasco Ronchi, traducción de Jean Taton (París, 1956), capítulos i-iv.

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sintiera obligado a emplear y explicar. En esas circunstancias, el diálogo de los libros resultantes frecuentemente iba dirigido tanto a los miem­bros de otras escuelas como a la naturaleza. Este patrón no es desconocido, en la actualidad, en numerosos campos creadores, ni es incompatible con descubrimientos e inventos importantes. Sin embargo, no es el patrón de desarrollo que ad­quirió la óptica física después de Newton y que, hoy en día, reconocen otras ciencias naturales. La historia de la investigación eléctrica duran­te la primera mitad del siglo XVIII proporcio­na un ejemplo más concreto y mejor conoci­do del modo como se desarrolla una ciencia, antes de que cuente con su primer paradigma universalmente aceptado. Durante ese periodo ha­bía casi tantas opiniones sobre la naturaleza de la electricidad como experimentadores importan­tes, hombres como Hauksbee, Gray, Desaguliers, Du Fay, Nollett, Watson, Franklin y otros. Todos sus numerosos conceptos sobre la electricidad tenían algo en común: se derivaban, parcialmen­te, de una u otra versión de la filosofía mecánico-corpuscular que guiaba todas las investigaciones científicas de aquellos tiempos. Además, todos eran componentes de teorías científicas reales, que en parte habían sido obtenidas, por medio de experimentos y observaciones, y que determi­naron parcialmente la elección y la interpretación de problemas adicionales a los que se enfrenta­ban las investigaciones. No obstante, aunque to­dos los experimentos eran eléctricos y la mayoría de los experimentadores leían las obras de los demás, sus teorías no tenían sino un mero aire de familia.3

3 The Development of the Concept of Electric Charge: Electricity from the Greeks to Coulomb, de Duane Roller y Duane H. D. Roller ("Harvard Case Histories in Expe-

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Un grupo temprano de teorías, seguidoras de la práctica del siglo XVII, consideraban la atracción y la generación friccional como el fenómeno eléc­trico fundamental. Este grupo tenía tendencia a considerar la repulsión como un efecto secunda­rio debido a alguna clase de rebote mecánico y, asimismo, a aplazar cuanto fuera posible tanto la discusión como la investigación sistemática del recién descubierto efecto de Gray, la conducción eléctrica. Otros "electricistas" (el término es de ellos mismos) consideraron la atracción y la re­pulsión como manifestaciones igualmente ele­mentales de la electricidad y modificaron en consecuencia sus teorías e investigaciones. (En realidad, este grupo es notablemente pequeño: ni siquiera la teoría de Franklin justificó nunca completamente la repulsión mutua de dos cuer­pos cargados negativamente). Pero tuvieron tan­ta dificultad como el primer grupo para explicar simultáneamente cualesquiera efectos que no fue­ran los más simples de la conducción. Sin em­bargo, esos efectos proporcionaron el punto de partida para un tercer grupo, que tenía tendencia a considerar a la electricidad como un "fluido" que podía circular a través de conductores, en

rimental Science", Caso 8; Cambridge, Mass., 1954); y Franklin and Newton: An Inquiry into Speculative New-tonian Experimental Science and Franklin's Work in Elec-tricity as an Example Thereof (Filadelfia, 1956), de I. B. Cohén, capítulos vii-xii. Algunos de los detalles analíti­cos del párrafo que sigue en el texto debo agradecérselos a mi alumno John L. Heilbron, puesto que los tomé de un trabajo suyo, todavía no publicado. Pendiente de publica­ción, un informe en cierto modo más extenso y preciso del surgimiento del paradigma de Franklin va incluido en la obra de T. S. Kuhn, "The Function of Dogma in Scientific Research', en A.C. Crombie (red.), "Symposium on the History of Science, University of Oxford, July 9-15, 1961", que será publicada por Heinemann Educational Books, Ltd.

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lugar de un "efluvio" que emanaba de los no conductores. Este grupo, a su vez, tenía dificul­tades para reconciliar su teoría con numerosos efectos de atracción y repulsión. Sólo por medio de los trabajos de Franklin y de sus seguidores inmediatos surgió una teoría que podía explicar, casi con la misma facilidad, casi todos esos efec­tos y que, por consiguiente, podía proporcionar y proporcionó a una generación subsiguiente de "electricistas" un paradigma común para sus in­vestigaciones.

Excluyendo los campos, tales como las mate­máticas y la astronomía, en los que los primeros paradigmas firmes datan de la prehistoria, y tam­bién los que, como la bioquímica, surgieron por la división o la combinación de especialidades ya maduras, las situaciones mencionadas antes son típicas desde el punto de vista histórico. Aun­que ello significa que debo continuar empleando la simplificación desafortunada que marca un episodio histórico amplio con un nombre único y en cierto modo escogido arbitrariamente (v.gr., Newton o Franklin), sugiero que desacuerdos fundamentales similares caracterizaron, por ejem­plo, al estudio del movimiento antes de Aristóte­les, de la estática antes de Arquímedes, del calor antes de Black, de la química antes de Boyle y Boerhaave y de la geología histórica antes de Hutton. En ciertas partes de la biología —por ejemplo, el estudio de la herencia— los primeros paradigmas umversalmente aceptados son toda­vía más recientes; y queda todavía en pie la pregunta de qué partes de las ciencias sociales han adquirido ya tales paradigmas. La historia muestra que el camino hacia un consenso firme de investigación es muy arduo.

Sin embargo, la historia sugiere también cier­tas razones que explican el porqué de las dificul-

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tades encontradas. A falta de un paradigma o de algún candidato a paradigma, todos los hechos que pudieran ser pertinentes para el desarrollo de una ciencia dada tienen probabilidades de pa­recer igualmenfe importantes. Como resultado de ello, la primera reunión de hechos es una activi­dad mucho más fortuita que la que resulta fami­liar, después del desarrollo científico subsiguiente. Además, a falta de una razón para buscar algu­na forma particular de información más recón­dita, la primera reunión de hechos y datos queda limitada habitualmente al caudal de datos de que se dispone. El instrumental resultante de hechos contiene los accesibles a la observación y la experimentación casual, junto con algunos de los datos más esotéricos procedentes de artesanías establecidas, tales como la medicina, la confección de calendarios y la metalurgia. Debido a que las artesanías son una fuente accesible de hechos que fortuitamente no podrían descubrirse, la tec­nología ha desempeñado frecuentemente un papel vital en el surgimiento de nuevas ciencias.

Pero, aunque este tipo de reunión de datos ha sido esencial para el origen de muchas ciencias importantes, cualquiera que examine, por ejem­plo, los escritos enciclopédicos de Plinio o las historias naturales baconianas del siglo XVII, des­cubrirá que el producto es un marasmo. En cierto modo, uno duda en llamar científica a la literatura resultante. Las "historias" baconianas sobre el calor, el color, el viento, la minería, etc., están llenas de informes, algunos de ellos recón­ditos. Pero yuxtaponen hechos que más tarde resultarán reveladores (por ejemplo, el calenta­miento por mezcla), junto con otros (v.gr., el ca­lor de los montones de estiércol) que durante cierto tiempo continuarán siendo demasiado com­plejos como para poder integrarlos en una teoría

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bien definida.4 Además, puesto que cualquier des­cripción debe ser parcial, la historia natural típica con frecuencia omite, de sus informes sumamente circunstanciados, precisamente aquellos detalles que científicos posteriores considerarán como fuentes importantes de informes esclarecedores. Por ejemplo, casi ninguna de las primeras "histo­rias" de la electricidad, menciona que las gran­zas, atraídas a una varilla de vidrio frotada, son despedidas nuevamente. Ese efecto parecía me­cánico, no eléctrico.5 Además, puesto que quien reúne datos casuales raramente posee el tiempo o la preparación para ser crítico, las historias naturales yuxtaponen, a menudo, descripciones como las anteriores con otras como, por ejemplo, el calentamiento por antiperistasis (o por enfria­miento), que en la actualidad nos sentimos abso­lutamente incapaces de confirmar.6 Sólo de vez en cuando, como en los casos de la estática, la dinámica
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