Para que el cultivo de la historia de la ciencia ad­quiera cabal sentido y rinda todos los frutos que promete, se impone el examen de ciertas coyun­turas




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y la óptica geométrica antiguas, los hechos reunidos con tan poca guía de una teo­ría preestablecida hablan con suficiente claridad como para permitir el surgimiento de un primer paradigma.

Ésta es la situación que crea las escuelas ca­racterísticas de las primeras etapas del desarrollo

4 Compárese el bosquejo de una historia natural del calor en Novum Orgarutm, de Bacon, vol. VIII de The Works of Francis Bacon, ed. J. Spedding. R. L. Ellis y D. D. Heath (Nueva York, 1869), pp. 179-203.

5 Roller y Roller, op. cit., pp. 14, 22, 28, 43. Sólo des­pués del trabajo registrado en la última de esas citas obtuvieron los efectos repulsivos el reconocimiento gene­ral como inequívocamente eléctricos.

6 Bacon, op. cit., pp. 235, 337, dice: "El agua ligera­mente tibia es más fácil de congelar que la que se en­cuentra completamente fría." Para un informe parcial de la primera historia de esta extraña observación, véase Marshall Clagett, Giovanni Marliani and Late Medieval Physics (Nueva York, 1941), capítulo iv.

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de una ciencia. No puede interpretarse ninguna historia natural sin, al menos, cierto caudal im­plícito de creencias metodológicas y teóricas en­trelazadas, que permite la selección, la evaluación y la crítica. Si este caudal de creencias no se en­cuentra ya implícito en la colección de hechos —en cuyo caso tendremos a mano algo más que "hechos simples"— deberá ser proporcionado del exterior, quizá por una metafísica corriente, por otra ciencia o por incidentes personales o histó­ricos. Por consiguiente, no es extraño que, en las primeras etapas del desarrollo de cualquier cien­cia, diferentes hombres, ante la misma gama de fenómenos —pero, habitualmente, no los mismos fenómenos particulares— los describan y lo in­terpreten de modos diferentes. Lo que es sor­prendente, y quizá también único en este grado en los campos que llamamos ciencia, es que esas divergencias iniciales puedan llegar a desaparecer en gran parte alguna vez.

Pero desaparecen hasta un punto muy consi­derable y, aparentemente, de una vez por todas. Además, su desaparición es causada, habitual­mente, por el triunfo de una de las escuelas ante­riores al paradigma, que a causa de sus propias creencias y preconcepciones características, hace hincapié sólo en alguna parte especial del con­junto demasiado grande e incoado de informes. Los electricistas que creyeron que la electricidad era un fluido y que, por consiguiente, concedie­ron una importancia especial a la conducción, proporcionan un ejemplo excelente. Conducidos por esa creencia, que apenas podía explicar la conocida multiplicidad de los efectos de atrac­ción y repulsión, varios de ellos tuvieron la idea de embotellar el fluido eléctrico. El fruto inme­diato de sus esfuerzos fue la botella de Leyden, un artefacto que nunca hubiera podido ser descu-

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bierto por un hombre que explorara la naturaleza fortuitamente o al azar, pero que, en efecto, fue descubierto independientemente al menos por dos investigadores, en los primeros años de la dé­cada de 1740.7 Casi desde el comienzo de sus investigaciones sobre la electricidad, Franklin se interesó particularmente en explicar el extraño y, en aquellos tiempos, muy revelador aparato especial. El éxito que tuvo al hacerlo proporcionó el más efectivo de los argumentos para convertir su teoría en un paradigma, aunque éste todavía no podía explicar todos los casos conocidos de repulsión eléctrica.8 Para ser aceptada como paradigma, una teoría debe parecer mejor que sus competidoras; pero no necesita explicar y, en efecto, nunca lo hace, todos los hechos que se puedan confrontar con ella.

Lo que hizo la teoría del fluido eléctrico por el subgrupo que la sostenía, lo hizo después el paradigma de Franklin por todo el grupo de los electricistas. Sugirió qué experimentos valía la pena llevar a cabo y cuáles no, porque iban en­caminados hacia manifestaciones secundarias o demasiado complejas de la electricidad. Sólo que el paradigma hizo su trabajo de manera mucho más eficaz, en parte debido a que la conclusión del debate interescolar puso punto final a la reite­ración constante de fundamentos y, en parte, de­bido a que la confianza de que se encontraban en el buen camino animó a los científicos a em­prender trabajos más precisos, esotéricos y con­suntivos.9 Libre de la preocupación por cualquier

7 Roller y Roller, op. cit., pp. 51-54.

8 El caso más molesto era el de la repulsión mutua de cuerpos cargados negativamente. Véase Cohen, op. cit., pp. 491-94, 53-43.

9 Debe hacerse notar que la aceptación de la teoría de Franklin no concluye totalmente el debate. En 1759, Ro-bert Symmer propuso una versión de dos fluidos de la

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fenómeno eléctrico y por todos a la vez, el grupo unido de electricistas podía ocuparse de fenóme­nos seleccionados de una manera mucho más de­tallada, diseñando mucho equipo especial para la tarea y empleándolo de manera más tenaz y sis­temática de lo que lo habían hecho hasta enton­ces los electricistas. Tanto la reunión de datos y hechos como la formulación de teorías se con­virtieron en actividades dirigidas. La efectividad y la eficiencia de la investigación eléctrica au­mentaron consecuentemente, proporcionando evi­dencia al apoyo de una versión societaria del agudo aforismo metodológico de Francis Bacon: "La verdad surge más fácilmente del error que de la confusión".10

Examinaremos la naturaleza de esta investiga­ción dirigida o basada en paradigmas en la sec­ción siguiente; pero antes, debemos hacer notar brevemente cómo el surgimiento de un paradigma afecta a la estructura del grupo que practica en ese campo. En el desarrollo de una ciencia na­tural, cuando un individuo o grupo produce, por primera vez, una síntesis capaz de atraer a la mayoría de los profesionales de la generación siguiente, las escuelas más antiguas desaparecen gradualmente. Su desaparición se debe, en parte,

teoría y, durante muchos años, a continuación, los elec­tricistas estuvieron divididos en sus opiniones sobre si la electricidad era un fluido simple o doble. Pero los deba­tes sobre ese tema confirman sólo lo que se ha dicho an­tes sobre la manera en que una realización umversal­mente reconocida sirve para unificar a la profesión. Los electricistas, aun cuando a ese respecto continuaron divi­didos, llegaron rápidamente a la conclusión de que nin­guna prueba experimental podría distinguir las dos versio­nes de la teoría y que por consiguiente eran equivalentes. Después de eso, ambas escuelas podían explotar y explo­taron todos los beneficios proporcionados por la teoría de Franklin (ibid., pp. 543-46, 548-54). 10 Bacon, op. cit., p. 210.

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a la conversión de sus miembros al nuevo para­digma. Pero hay siempre hombres que se aferran a alguna de las viejas opiniones y, simplemente, se les excluye de la profesión que, a partir de entonces, pasa por alto sus trabajos. El nuevo paradigma implica una definición nueva y más rígida del campo. Quienes no deseen o no sean capaces de ajustar su trabajo a ella deberán conti­nuar en aislamiento o unirse a algún otro grupo.11 Históricamente, a menudo se han limitado a per­manecer en los departamentos de la filosofía de los que han surgido tantas ciencias especiales. Como sugieren esas indicaciones, es a veces sólo la recepción de un paradigma la que transforma a un grupo interesado previamente en el estudio de la naturaleza en una profesión o, al menos, en una disciplina. En las ciencias (aunque no en campos tales como la medicina, la tecnología y el derecho, cuya principal razón de ser es una ne­cesidad social externa), la formación de periódi-

11 La historia de la electricidad proporciona un ejem­plo excelente, que podría duplicarse a partir de las carre­ras de Priestley, Kelvin y otros. Franklin señala que Nollet, quien, a mitades del siglo, era el más influyente de los electricistas continentales, "vivió lo bástante como para verse como el último miembro de su secta, con excepción del Señor B.— su alumno y discípulo inmedia­to" (Max Farrand [ed.], Benjamin Franklin's Memoirs [Berkeley, Calif., 1949], pp. 384-86). Sin embargo, es más interesante la resistencia de escuelas enteras, cada vez más aisladas de la ciencia profesional. Tómese en consi­deración, por ejemplo, el caso de la astrología, que anti­guamente era parte integrante de la astronomía. O pién­sese en la continuación, a fines del siglo XVIII y princi­pios del XIX, de una tradición previamente respetada de química "romántica". Ésta es la tradición discutida por Charles C. Gillispie en "The Encyclopèdie and the Jacobin Philosophy of Science: A Study in Ideas and Consequen-ces", Critical Problems in the History of Science, ed. Marshall Clagett (Madison, Wis., 1959), pp. 255-89; y "The Formation of Lamarck's Evolutionary Theory", Archives internationales d'histoire des sciences, XXXVII (1956), 323-38.

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cos especializados, la fundación de sociedades de especialistas y la exigencia de un lugar especial en el conjunto, se han asociado, habitualmente, con la primera aceptación por un grupo de un paradigma simple. Al menos, ése era el caso entre el momento, hace siglo y medio, en que se desa­rrolló por primera vez el patrón institucional de la especialización científica y la época muy re­ciente en que la especialización adquirió un pres­tigio propio.

La definición más rígida del grupo científico tiene otras consecuencias. Cuando un científi­co individual puede dar por sentado un paradig­ma, no necesita ya, en sus trabajos principales, tra­tar de reconstruir completamente su campo, desde sus principios, y justificar el uso de cada con­cepto presentado. Esto puede quedar a cargo del escritor de libros de texto. Sin embargo, con un libro de texto, el investigador creador puede iniciar su investigación donde la abandona el libro y así concentrarse exclusivamente en los aspec­tos más sutiles y esotéricos de los fenómenos na­turales que interesan a su grupo. Y al hacerlo así, sus comunicados de investigación comenza­rán a cambiar en formas cuya evolución ha sido muy poco estudiada, pero cuyos productos finales modernos son evidentes para todos y abrumado­res para muchos. Sus investigaciones no tendrán que ser ya incluidas habitualmente en un libro dirigido, como Experimentos... sobre electrici­dad, de Franklin, o el Origen de las especies, de Darwin, a cualquiera que pudiera interesarse por el tema principal del campo. En lugar de ello se presentarán normalmente como artículos bre­ves dirigidos sólo a los colegas profesionales, a los hombres cuyo conocimiento del paradigma compartido puede presumirse y que son los únicos capaces de leer los escritos a ellos dirigidos.

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En la actualidad, en las ciencias, los libros son habitualmente textos o reflexiones retrospectivas sobre algún aspecto de la vida científica. El cien­tífico que escribe uno de esos libros tiene ma­yores probabilidades de que su reputación pro­fesional sea dañada que realzada. Sólo en las primeras etapas del desarrollo de las diversas ciencias, anteriores al paradigma, posee el libro ordinariamente la misma relación con la realiza­ción profesional que conserva todavía en otros campos creativos. Y sólo en los campos que to­davía conservan el libro, con o sin el artículo, como vehículo para la comunicación de las in­vestigaciones, se encuentran tan ligeramente tra­zadas las líneas de la profesionalización que pue­de esperar un profano seguir el progreso, leyendo los informes originales de los profesionales. Tan­to en la matemática como en la astronomía, ya desde la Antigüedad los informes de investiga­ciones habían dejado de ser inteligibles para un auditorio de cultura general. En la dinámica, la investigación se hizo similarmente esotérica a fines de la Edad Media y volvió a recuperar su inteligibilidad, de manera breve, a comienzos del siglo XVII, cuando un nuevo paradigma reemplazó al que había guiado las investigaciones medie­vales. Las investigaciones eléctricas comenzaron a requerir ser traducidas para los legos en la ma­teria a fines del siglo XVIII y la mayoría de los campos restantes de las ciencias físicas dejaron de ser generalmente accesibles durante el si­glo XIX. Durante esos mismos dos siglos, pueden señalarse transiciones similares en las diversas partes de las ciencias biológicas; en ciertas par­tes de las ciencias sociales pueden estarse regis­trando en la actualidad. Aunque se ha hecho ha­bitual y es seguramente apropiado deplorar el abismo cada vez mayor que separa al científico

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profesional de sus colegas en otros campos, se dedica demasiado poca atención a la relación esencial entre ese abismo y los mecanismos in­trínsecos del progreso científico.

Desde la Antigüedad prehistórica, un campo de estudio tras otro han ido cruzando la línea divi­soria entre lo que un historiador podría llamar su prehistoria como ciencia y su historia propia­mente dicha. Esas transiciones a la madurez ra­ramente han sido tan repentinas e inequívocas como mi exposición, necesariamente esquemática, pudiera implicar. Pero tampoco han sido histó­ricamente graduales, o sea, coextensivas con el desarrollo total de los campos en cuyo interior tuvieron lugar. Los escritores sobre la electrici­dad, durante las cuatro primeras décadas del siglo XVIII, poseían muchos más informes sobre los fenómenos eléctricos que sus predecesores del siglo XVI. Durante el medio siglo posterior a 1740, se añadieron a sus listas muy pocos tipos nuevos de fenómenos eléctricos. Sin embargo, en ciertos aspectos importantes, los escritos de Cavendish, Coulomb y Volta sobre la electrici­dad, en el último tercio del siglo XVIII parecen más separados de los de Gray, Du Fay e, incluso, Franklin, que los escritos de los primeros descu­bridores eléctricos del siglo XVIII de aquellos del siglo XVI.12 En algún momento, entre 1740 y 1780,

12 Los desarrollos posteriores a Franklin incluyen un aumento inmenso de la sensibilidad de los detectores de cargas, las primeras técnicas dignas de confianza y difun­didas generalmente para medir la carga, la evolución del concepto de capacidad y su relación con una noción nue­vamente refinada de la tensión eléctrica, y la cuantifica-ción de la fuerza electrostática. Con respecto a todos esos puntos, véase Roller y Roller, op. cit., pp. 66-81; W. C. Walker, "The Detection and Estimation of Electric Charges in the Eighteenth Contury", Annals of Science, I (1936), 66-100; y Edmund Hoppe, Geschichte der Elek-trizität (Leipzig, 1884), Primera Parte, capítulos III-IV.

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pudieron los electricistas, por primera vez, dar por sentadas las bases de su campo. A partir de ese punto, continuaron hacia problemas más con­cretos y recónditos e informaron cada vez más de los resultados obtenidos en sus investigacio­nes en artículos dirigidos a otros electricistas, más que en libros dirigidos al mundo instruido en general. Como grupo, alcanzaron lo que ha­bían logrado los astrónomos en la Antigüedad y los estudiosos del movimiento en la Edad Me­dia, los de la óptica física a fines del siglo XVII y los de la geología histórica a principios del siglo XIX. O sea, habían obtenido un paradigma capaz de guiar las investigaciones de todo el grupo. Excepto con la ventaja de la visión retrospectiva, es difícil encontrar otro criterio que proclame con tanta claridad a un campo dado como ciencia,

III. NATURALEZA DE LA CIENCIA NORMAL

¿CUÁL es pues la naturaleza de la investigación más profesional y esotérica que permite la acep­tación por un grupo de un paradigma único? Si el paradigma representa un trabajo que ha sido realizado de una vez por todas, ¿qué otros pro­blemas deja para que sean resueltos por el grupo unido? Estas preguntas parecerán todavía más apremiantes, si hacemos notar ahora un aspecto en el que los términos utilizados hasta aquí pue­den conducir a errores. En su uso establecido, un paradigma es un modelo o patrón aceptado y este aspecto de su significado me ha permitido apropiarme la palabra 'paradigma', a falta de otro término mejor; pronto veremos claramente que el sentido de 'modelo' y 'patrón', que permiten la apropiación, no es enteramente el usual para defi­nir 'paradigma'. En la gramática, por ejemplo,
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