Para que el cultivo de la historia de la ciencia ad­quiera cabal sentido y rinda todos los frutos que promete, se impone el examen de ciertas coyun­turas




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individuo dedicado a la resolu­ción de un problema de investigación normal casi nunca hace alguna de esas cosas. Una vez comprometido, su aliciente es de tipo bastante diferente. Lo que lo incita a continuar entonces es la convicción de que, a condición de que tenga la habilidad suficiente para ello, logrará resolver un enigma que nadie ha logrado resolver hasta entonces o, por lo menos, no tan bien. Muchas de las mentalidades científicas más brillantes han dedicado toda su atención profesional a enigmas exigentes de ese tipo. La mayoría de las veces, cualquier campo particular de especialización no

1 Las frustraciones motivadas por el conflicto entre el papel del individuo y el patrón general del desarrollo científico pueden ser a veces, sin embargo, muy serias. Sobre este tema, véase "Some Unsolved Problems of the Scientific Career", de Lawrence S. Kubie, American Scien-tist, xli (1953), 596-613; y XLII (1954), 104-12.

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ofrece otra cosa que hacer, hecho que no lo hace menos atrayente para los adictos del tipo apro­piado.

Veamos ahora otro aspecto, más complejo y re­velador, del paralelismo entre los enigmas y los problemas de la ciencia normal. Para que pueda clasificarse como enigma, un problema debe ca­racterizarse por tener más de una solución asegu­rada. Asimismo, debe haber reglas que limiten tanto la naturaleza de las soluciones aceptables como los pasos que es preciso dar para obtener­las. Por ejemplo, el resolver un rompecabezas de piezas recortadas no es simplemente "montar un cuadro". Cualquier niño o artista contemporáneo podría hacerlo dispersando piezas seleccionadas, como formas abstractas, sobre algún fondo neu­tro. El cuadro así producido podría ser mucho mejor y, desde luego, más original, que aquel del que se hizo el rompecabezas. Sin embargo, ese cuadro no sería una solución. Para lograr que se utilicen todas las piezas, sus lados planos de­ben estar hacia abajo y deberán unirse, sin for­zarlas, de tal manera que no queden huecos entre ellas. Esas son algunas de las reglas que rigen la solución de los rompecabezas de piezas. Pue­den descubrirse fácilmente restricciones similares de las soluciones admisibles de crucigramas, adi­vinanzas o acertijos, problemas de ajedrez, etc.

Si podemos aceptar un uso muy extendido del término "regla" —un sentido que equivalga oca­sionalmente a "punto de vista establecido" o a "preconcepción"—, entonces los problemas acce­sibles dentro de una tradición dada de investiga­ción presentarán algo muy similar a este conjunto de características de los enigmas. El hombre que construye un instrumento para determinar las longitudes de onda ópticas no deberá estar sa­tisfecho con un equipo que se limite a atribuir

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números determinados a líneas espectrales par­ticulares. No es sólo un explorador o un medi­dor, sino que por el contrario, mediante el análisis de su aparato, deberá mostrar en términos del cuerpo establecido de teoría óptica, que los nú­meros que muestra su instrumento son los que corresponden en la teoría como los de las longi­tudes de onda. Si algún punto vago que quede en la teoría o algún componente no analizado de su aparato le impiden completar su demostra­ción, sus colegas pueden llegar a la conclusión de que no ha medido nada en absoluto. Por ejemplo, los máximos de dispersión de electrones que fueron considerados más tarde como índices de longitud de onda de los electrones no tenían ningún significado aparente cuando fueron ob­servados y registrados por primera vez. Antes de que se convirtieran en medidas de algo, tuvie­ron que ser relacionados con una teoría que pre­decía el comportamiento ondulatorio de la materia en movimiento. E incluso después de que se seña­lara esa relación, el aparato tuvo que volver a ser diseñado para que los resultados experimentales pudieran relacionarse con la teoría de manera inequívoca.2 No se resolvió ningún problema has­ta que fueron satisfechas esas condiciones.

Otros tipos similares de restricciones ligan las soluciones admisibles a los problemas teóricos. Durante todo el siglo XVIII, los científicos que trataron de derivar el movimiento observado de la Luna, de las leyes de Newton sobre el movi­miento y la gravitación, fracasaron repetidamente. Como resultado, algunos de ellos sugirieron reem­plazar la ley del Universo de los cuadrados por una ley que se desviara de ella a pequeñas dis-

2 Para obtener un breve informe de la evolución de esos experimentos, véase la p. 4 de la conferencia de C. J. Davisson, en Les prix Nobel en 1937 (Estocolmo, 1938).

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tancias. Sin embargo, el hacerlo así hubiera sido tanto como cambiar el paradigma, definir un nue­vo enigma y no resolver el antiguo. En esas con­diciones, los científicos preservaron las reglas hasta que, en 1750, uno de ellos descubrió cómo pueden aplicarse con buenos resultados.3 Sólo un cambio de las reglas del juego podía haber proporcionado una alternativa.

El estudio de las tradiciones científicas nor­males hace descubrir muchas otras reglas com­plementarias, que proporcionan mucha informa­ción sobre los compromisos que deducen los cien­tíficos de sus paradigmas. ¿Cuáles podemos decir qué son las categorías principales a que corres­ponden esas reglas?4 La más evidente y, pro­bablemente, la más inflexible, es ilustrada por los tipos de generalizaciones que acabamos de mencionar. Son enunciados explícitos de leyes científicas y sobre conceptos y teorías científicos. Mientras continúan siendo reconocidos, esos enun­ciados ayudan a fijar enigmas y a limitar las so­luciones aceptables. Por ejemplo, las Leyes de Newton desempeñaron esas funciones durante los siglos XVIII y XIX. En tanto lo hicieron, la canti­dad de materia fue categoría ontológica funda­mental para los científicos físicos y las fuerzas que actúan entre trozos de materia fueron un tópico predominante para las investigaciones.5 En química, el plantear él problema de los pesos atómicos, las leyes de proporciones fijas y defi-

3 W. Whewell, History of the Inductive Sciences (ed. rev.; Londres, 1847), II, 101-5, 220-22.

4 Debo esta pregunta a W. O. Hagstrom, cuyo trabajo en la sociología de la ciencia coincide a veces con el mío.

5 Sobre este aspecto del newtonianismo, véase Franklin and Newton: An Inquiry into Speculative Newtonian Ex­perimental Science and Franktin's Work in Electricity as an Example Thereof, de I. B. Cohen, (Filadelfia, 1956), capítulo VII, sobre todo las pp. 255-57, 275-77.

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nidas tuvieron, durante mucho tiempo, una fuerza idéntica, fijar los resultados admisibles de los análisis químicos e informar a los químicos de lo que eran los átomos, las moléculas, los com­puestos y las mezclas.6 Las ecuaciones de Max­well y las leyes de la termodinámica estática tie­nen hoy en día la misma vigencia y desempeñan esas mismas funciones.

Sin embargo, las reglas de ese tipo no son las únicas ni siquiera las más interesantes que pue­den encontrarse mediante el estudio histórico. A un nivel inferior o más concreto que el de las leyes y las teorías, hay, por ejemplo, una mul­titud de compromisos sobre tipos preferidos de instrumentación y los modos en que pueden utili­zarse legítimamente los instrumentos aceptados. El cambio de actitudes hacia el papel desempe­ñado por el fuego en el análisis químico consti­tuyó en el siglo XVII un progreso vital en el desarrollo de la química.7 Helmholtz, en el si­glo XIX, encontró una fuerte resistencia por parte de los fisiólogos para aceptar la noción de que la experimentación física podía iluminar su cam­po.8 Y en este siglo, la curiosa historia de la cromatografía química ilustra una vez más la re­sistencia de los compromisos instrumentales que, tanto como las leyes y las teorías, proporcionan a los científicos reglas del juego.9 Cuando ana­lizamos el descubrimiento de los rayos X, encon-

6 Este ejemplo es examinado detalladamente hacia el final de la Sección X.

7 H. Metzger, Les doctrines chimiques en France du début du XVIIe siècle à la fin du XVIIIe siècle (París, 1923), pp. 359-61; Marie Boas, Robert Boyle and Seventeenth Century Chemistry (Cambridge, 1958), pp. 112-15.

  1. Leo Königsberger, Hermann van Helmholtz, trad, de
    Francis A. Welby (Oxford, 1906), pp. 65-66.

  2. James E. Meinhard, "Chromatography: A Perspec-
    tive", Science, CX (1949), 387-92.

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tramos, generalmente, razones para compromisos de ese tipo.

Menos locales y temporales, aunque todavía no características invariables de la ciencia, son los compromisos de nivel más elevado, casi me­tafísico, que muestran tan regularmente los estu­dios históricos. Desde aproximadamente 1630, por ejemplo, y sobre todo después de la aparición de los escritos científicos de Descartes que tuvie­ron una influencia inmensa, la mayoría de los científicos físicos suponían que el Universo es­taba compuesto de partículas microscópicas y que todos los fenómenos naturales podían ex­plicarse en términos de forma, tamaño, movi­miento e interacción corpusculares. Este conjun­to de compromisos resultó ser tanto metafísico como metodológico. En tanto que metafísico, in­dicaba a los científicos qué tipos de entidades contenía y no contenía el Universo: era sólo ma­teria formada en movimiento. En tanto que meto­dológico, les indicaba cómo debían ser las leyes finales y las explicaciones fundamentales: las le­yes deben especificar el movimiento y la interac­ción corpusculares y la explicación debe reducir cualquier fenómeno natural dado a la acción cor­puscular conforme a esas leyes. Lo que es todavía más importante, la concepción corpuscular del Universo indicó a los científicos cuántos de sus problemas de investigación tenían razón de ser. Por ejemplo, un químico que, como Boyle, adop­tara la nueva filosofía, prestaba atención especial a las reacciones que podían considerarse como trasmutaciones. De manera más clara que cuales­quiera otras, éstas exhibían el proceso de reaco­modo corpuscular que debe encontrarse en la base de todo cambio químico.10 Pueden obser-

10 Sobre el corpuscularismo en general, véase "The Establishement of the Mechanical Philosophy", de Mane

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varse efectos similares del corpuscularismo, en el estudio de la mecánica, de la óptica y del calor.

Finalmente, a un nivel aún más elevado, existe todavía otro conjunto de compromisos sin los cuales ningún hombre es un científico. Por ejem­plo, el científico debe interesarse por comprender el mundo y por extender la precisión y el alcance con que ha sido ordenado. A su vez, ese compro­miso debe llevarlo a analizar, ya sea por sí mismo o a través de sus colegas, algún aspecto de la naturaleza, con toda clase de detalles empíricos. Y si ese análisis pone de manifiesto bolsones de aparente desorden, entonces éstos deberán inci­tarlo a llevar a cabo un refinamiento nuevo de sus técnicas de observación o a una articulación ulte­rior de sus teorías. Indudablemente hay todavía otras reglas como estas, que los científicos de todas las épocas han mantenido.

La existencia de esta sólida red de compromi­sos —conceptuales, teóricos, instrumentales y me­todológicos— es una fuente principal de la metá­fora que relaciona a la ciencia normal con la resolución de enigmas. Debido a que proporciona reglas que dicen, a quien practica una especiali­dad madura, cómo son el mundo y su ciencia, el científico puede concentrarse con seguridad en los problemas esotéricos que le definen esas re­glas y los conocimientos existentes. Entonces, lo que constituye un reto para él es cómo llegar a resolver el enigma residual. En ese y otros as­pectos, una discusión de los enigmas y de las reglas, esclarece la naturaleza de la práctica cien­tífica normal. Sin embargo, en otro aspecto, ese

Boas, Osiris, x (1952), 412-541. Sobre sus efectos en la química de Boyle, véase "Robert Boyle and Structural Chemistry in the Seventeenth Century", de T. S. Kuhn, Isis, XLIII (1952), 12-36.

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esclarecimiento puede ser bastante engañoso. Aunque es evidente que hay reglas a las que se adhieren, en un momento dado, todos los profe­sionales que practican una especialidad científica, esas reglas pueden no especificar por sí mismas todo lo que tiene en común la práctica de esos especialistas. La ciencia normal es una actividad altamente determinada, pero no necesita estar determinada enteramente por reglas. Ésta es la razón por la cual, al comienzo de este ensayo, presenté paradigmas compartidos, más que re­glas, suposiciones y puntos de vista compartidos, como fuente de coherencia para las tradiciones de la investigación normal. Las reglas, según su­giero, se derivan de los paradigmas; pero éstos pueden dirigir la investigación, incluso sin reglas.

V. PRIORIDAD DE LOS PARADIGMAS

para descubrir la relación existente entre reglas, paradigmas y ciencia normal, tómese primera­mente en consideración cómo aisla el historiador los lugares particulares de compromiso que aca­bamos de describir como reglas aceptadas. Una investigación histórica profunda de una especia­lidad dada, en un momento dado, revela un con­junto de ilustraciones recurrentes y casi norma­lizadas de diversas teorías en sus aplicaciones conceptuales, instrumentales y de observación. Ésos son los paradigmas de la comunidad reve­lados en sus libros de texto, sus conferencias y sus ejercicios de laboratorio. Estudiándolos y ha­ciendo prácticas con ellos es como aprenden su profesión los miembros de la comunidad corres­pondiente. Por supuesto, el historiador descubri­rá, además, una zona de penumbra ocupada por realizaciones cuyo status aún está en duda; pero, habitualmente, el núcleo de técnicas y problemas resueltos estará claro. A pesar de las ambigüe­dades ocasionales, los paradigmas de una comu­nidad científica madura pueden determinarse con relativa facilidad.

La determinación de los paradigmas compar­tidos no es, sin embargo, la determinación de reglas compartidas. Esto exige una segunda eta­pa, de un tipo algo diferente. Al emprenderla, el historiador deberá comparar los paradigmas de la comunidad unos con otros y con sus informes corrientes de investigación. Al hacerlo así, su ob­jetivo es descubrir qué elementos aislables, ex­plícitos o implícitos, pueden haber abstraído los miembros de esa comunidad de sus paradigmas más globales, y empleado como reglas en sus in-

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vestigaciones. Cualquiera que haya tratado de describir o analizar la evolución de una tradición científica dada, habrá buscado, necesariamente, principios y reglas aceptados de ese tipo. Como lo indica la sección anterior, es casi seguro que haya tenido éxito, al menos de manera parcial. Pero, si su experiencia tiene alguna similitud con la mía, habrá descubierto que la búsqueda de reglas es más difícil y menos satisfactoria que la de para­digmas. Algunas de las generalizaciones que uti­lice para describir las creencias compartidas por la comunidad, no presentarán problemas. Sin em­bargo, otras, incluyendo algunas de las utilizadas anteriormente como ilustraciones, mostrarán un matiz demasiado fuerte. Expresadas de ese modo o de cualquier otra forma que pueda imaginarse, es casi seguro que hubieran sido rechazadas por algunos miembros del grupo que se esté estu­diando. Sin embargo, para comprender la coheren­cia de la tradición de investigación en términos de las reglas, se necesitarán ciertas especificacio­nes de base común en el campo correspondiente. Como resultado de ello, la búsqueda de un cuer­po de reglas pertinentes para constituir una tra­dición de investigación normal dada, se convierte en una fuente de frustración continua y profunda. Sin embargo, el reconocimiento de la frustra­ción hace posible diagnosticar su origen. Los científicos pueden estar de acuerdo en que New-ton, Lavoisier, Maxwell o Einstein produjeron una solución aparentemente permanente para un grupo de problemas extraordinarios y, no obs­tante, estar en desacuerdo, a veces sin darse cuen­ta plenamente de ello, en lo que respecta a las características abstractas particulares que hacen que esas soluciones sean permanentes. O sea, pueden estar de acuerdo en cuanto a su
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