Para que el cultivo de la historia de la ciencia ad­quiera cabal sentido y rinda todos los frutos que promete, se impone el examen de ciertas coyun­turas




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identifi­cación de un paradigma sin ponerse de acuerdo

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o, incluso, sin tratar siquiera de producir, una interpretación plena o racionalización de él. La falta de una interpretación ordinaria o de una reducción aceptada a reglas, no impedirá que un paradigma dirija las investigaciones. La ciencia normal puede determinarse en parte por medio de la inspección directa de los paradigmas, pro­ceso que frecuentemente resulta más sencillo con la ayuda de reglas y suposiciones, pero que no depende de la formulación de éstas. En realidad, La existencia de un paradigma ni siquiera debe implicar la existencia de algún conjunto completo de reglas.1

Inevitablemente, el primer efecto de esos enun­ciados es el de plantear problemas. A falta de un cuerpo pertinente de reglas, ¿qué es lo que liga al científico a una tradición particular de la ciencia normal? ¿Qué puede significar la frase 'inspección directa de paradigmas'? El finado Ludwig Wittgenstein dio respuestas parciales a esas preguntas, aunque en un contexto muy dife­rente. Debido a que este contexto es, a la vez, más elemental y más familiar, será conveniente que examinemos primeramente su forma del ar­gumento. ¿Qué debemos saber, preguntaba Witt­genstein, con el fin de aplicar términos como "silla', 'hoja' o 'juego' de manera inequívoca y sin provocar discusiones?2

Esta pregunta es muy antigua y generalmente

  1. Michael Polanyi ha desarrollado brillantemente un
    tema muy similar, arguyendo que gran parte del éxito
    de los científicos depende del "conocimiento tácito", o
    sea, del conocimiento adquirido a través de la práctica
    y que no puede expresarse de manera explícita. Véase su
    obra Personal Knowledge (Chicago, 1958), sobre todo los
    capítulos v y vi.

  2. Ludwig Wittgenstein, Philosophical Investigations,
    trad. G. E. M. Anscombe.(Nueva York, 1953), pp. 31-36.
    Sin embargo, Wittgenstein no dice casi nada sobre el

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se ha respondido a ella diciendo que debemos saber, consciente o intuitivamente, qué es una silla, una hoja o un juego. O sea, debemos cono­cer un conjunto de atributos que todos los juegos tengan en común y sólo ellos. Sin embargo, Witt­genstein llegaba a la conclusión de que, dado el modo en que utilizamos el lenguaje y el tipo de mundo al cual se aplica, no es preciso que haya tal conjunto de características. Aunque un exa­men de algunos de los atributos compartidos por cierto número de juegos, sillas u hojas a menudo nos ayuda a aprender cómo emplear el término correspondiente, no existe un conjunto de carac­terísticas que sea aplicable simultáneamente a to­dos los miembros de la clase y sólo a ellos. En cambio, ante una actividad que no haya sido ob­servada previamente, aplicamos el término 'jue­go' debido a que lo que vemos tiene un gran "parecido de familia" con una serie de actividades que hemos aprendido a llamar previamente con ese nombre. En resumen, para Wittgenstein, los juegos, las sillas y las hojas son familias natura­les, cada una de las cuales está constituida por una red de semejanzas que se superponen y se entrecruzan. La existencia de esa red explica su­ficientemente el que logremos identificar al ob­jeto o a la actividad correspondientes. Sólo si las familias que nominamos se superponen y se mez­clan gradualmente unas con otras —o sea, sólo si no hubiera familias naturales— ello proporciona­ría nuestro éxito en la identificación y la nomi­nación, una prueba en pro de un conjunto de características comunes, correspondientes a cada uno de los nombres de clases que utilicemos. Algo muy similar puede ser válido para los

tipo de mundo que es necesario para sostener el proce­dimiento de denominación que subraya. Por consiguien­te, parte del punto que sigue no puede atribuírsele.

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diversos problemas y técnicas de investigación que surgen dentro de una única tradición de ciencia normal. Lo que tienen en común no es que satisfagan algún conjunto explícito, o incluso totalmente descubrible, de reglas y suposiciones que da a la tradición su carácter y su vigencia para el pensamiento científico. En lugar de ello pueden relacionarse, por semejanza o por emula­ción, con alguna parte del cuerpo científico que la comunidad en cuestión reconozca ya como una de sus realizaciones establecidas. Los cien­tíficos trabajan a partir de modelos adquiridos por medio de la educación y de la exposición sub­siguiente a la literatura, con frecuencia sin cono­cer del todo o necesitar conocer qué característi­cas les han dado a esos modelos su status de pa­radigmas de la comunidad. Por ello, no necesitan un conjunto completo de reglas. La coherencia mostrada por la tradición de la investigación de la que participan, puede no implicar siquiera la existencia de un cuerpo básico de reglas y supo­siciones que pudiera descubrir una investigación filosófica o histórica adicional. El hecho de que los científicos no pregunten o discutan habitual-mente lo que hace que un problema particular o una solución sean aceptables, nos inclina a su­poner que, al menos intuitivamente, conocen la respuesta. Pero puede indicar sólo que no le pa­recen importantes para su investigación ni la pre­gunta ni Ja respuesta. Los paradigmas pueden ser anteriores, más inflexibles y completos que cual­quier conjunto de reglas para la investigación que pudiera abstraerse inequívocamente de ellos. Hasta ahora, hemos desarrollado este tema des­de un punto de vista totalmente teórico: los para­digmas podrían determinar la ciencia normal sin intervención de reglas descubribles. Trataré aho­ra de aumentar tanto su claridad como su apre-

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mio, indicando algunas de las razones para creer que los paradigmas funcionan realmente en esa forma. La primera, que ya hemos examinado de manera bastante detallada, es la gran dificultad para descubrir las reglas que han guiado a las tradiciones particulares de la ciencia normal. Esta dificultad es casi la misma que la que encuentra el filósofo cuando trata de explicar qué es lo que tienen en común todos los juegos. La segunda, de la que la primera es realmente un corolario, tiene sus raíces en la naturaleza de la educación científica. Como debe ser obvio ya, los científicos nunca aprenden conceptos, leyes y teorías en abstracto y por sí mismos. En cambio, esas he­rramientas intelectuales las encuentran desde un principio en una unidad histórica y pedagógica­mente anterior que las presenta con sus aplica­ciones y a través de ellas. Una nueva teoría se anuncia siempre junto con aplicaciones a cierto rango concreto de fenómenos naturales; sin ellas, ni siquiera podría esperar ser aceptada. Después de su aceptación, esas mismas aplicaciones u otras acompañarán a la teoría en los libros de texto de donde aprenderán su profesión los futuros científicos. No se encuentran allí como mero adorno, ni siquiera como documentación. Por el contrario, el proceso de aprendizaje de una teo­ría depende del estudio de sus aplicaciones, in­cluyendo la práctica en la resolución de proble­mas, tanto con un lápiz y un papel como con instrumentos en el laboratorio. Por ejemplo, si el estudiante de la dinámica de Newton descubre alguna vez el significado de términos tales como 'fuerza', 'masa', 'espacio' y 'tiempo', lo hace me­nos a partir de las definiciones incompletas, aun­que a veces útiles, de su libro de texto, que por medio de la observación y la participación en la

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aplicación de esos conceptos a la resolución de problemas.

Ese proceso de aprendizaje por medio del es­tudio y de la práctica continúa durante todo el proceso de iniciación profesional. Cuando el es­tudiante progresa de su primer año de estudios hasta la tesis de doctorado y más allá, los pro­blemas que le son asignados van siendo cada vez, más complejos y con menos precedentes; pero continúan siguiendo de cerca al modelo de las realizaciones previas, como lo continuarán siguien­do los problemas que normalmente lo ocupen du­rante su subsiguiente carrera científica indepen­diente. Podemos con toda libertad suponer que en algún momento durante el proceso, el cientí­fico intuitivamente ha abstraído reglas del juego para él mismo, pero no hay muchas razones para creer eso. Aunque muchos científicos hablan con facilidad y brillantez sobre ciertas hipótesis indi­viduales que soportan alguna fracción concreta de investigación corriente, son poco mejores que los legos en la materia para caracterizar las bases establecidas de su campo, sus problemas y sus métodos aceptados. Si han aprendido alguna vez esas abstracciones, lo demuestran principalmente por medio de su habilidad para llevar a cabo in­vestigaciones brillantes. Sin embargo, esta habi­lidad puede comprenderse sin recurrir a hipotéti­cas reglas del juego.

Estas consecuencias de la educación científica tienen una recíproca que proporciona una ter­cera razón para suponer que los paradigmas guían la investigación tanto como modelos directos como por medio de reglas abstraídas. La ciencia normal puede seguir adelante sin reglas sólo en tanto la comunidad científica pertinente acepte sin discusión las soluciones de los problemas par­ticulares que ya se hayan llevado a cabo. Por

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consiguiente, las reglas deben hacerse importan­tes y desaparecer la despreocupación caracterís­tica hacia ellas, siempre que se sienta que los paradigmas o modelos son inseguros. Además, es eso lo que sucede exactamente. El periodo an­terior al paradigma sobre todo, está marcado re­gularmente por debates frecuentes y profundos sobre métodos, problemas y normas de soluciones aceptables, aun cuando esas discusiones sirven más para formar escuelas que para producir acuer­dos. Ya hemos presentado unos cuantos de esos debates en la óptica y la electricidad y desem­peñaron un papel todavía más importante en el desarrollo de la química en el siglo XVII y de la geología en el XIX.3 Por otra parte, esos debates no desaparecen de una vez por todas cuando sur­ge un paradigma. Aunque casi no existen durante los periodos de ciencia normal, se presentan regu­larmente poco antes de que se produzcan las revoluciones científicas y en el curso de éstas, los periodos en los que los paradigmas primero se ven atacados y más tarde sujetos a cambio. La transición de la mecánica de Newton a la me­cánica cuántica provocó muchos debates tanto sobre la naturaleza como sobre las normas de la física, algunos de los cuales continúan todavía en la actualidad.4 Todavía viven personas que pueden recordar las discusiones similares engen-

3 Sobre la química, véase: Les doctrines chimiques en
France du début du XVIIe á la fin du XVIIIe siècle, de H. Metzger (París, 1923), pp. 24-27, 146-149; y Robert Boyle and Seventeenth-Century Chemistry, de Mane Boas (Cam­bridge, 1958), capítulo II. Sobre la geología, véase: "The Uniformitarian-Catastrophist Debate", de Walter F. Cannon, Isis, LI (1960), 38-55; y Génesis and Geology, de C. C.Gillispie (Cambridge, Mass., 1951), caps. IV-V.

4 Con respecto a las controversias sobre la mecánica
cuántica, véase: La crise de la physique quantique, de
Jean Ullmo (París, 1950), cap. II.

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dradas por la teoría electromagnética de Maxwell y por la mecánica estadística.5 Y antes aún, la asimilación de las mecánicas de Galileo y New-ton dio lugar a una serie de debates particular­mente famosa con los aristotélicos, los cartesia­nos y los leibnizianos sobre las normas legítimas de la ciencia.6 Cuando los científicos están en desacuerdo respecto a si los problemas funda­mentales de su campo han sido o no resueltos, la búsqueda de reglas adquiere una función que ordinariamente no tiene. Sin embargo, mientras continúan siendo seguros los paradigmas, pue­den funcionar sin acuerdo sobre la racionaliza­ción o sin ninguna tentativa en absoluto de ra­cionalización.

Podemos concluir esta sección con una cuarta razón para conceder a los paradigmas un status anterior al de las reglas y de los supuestos com­partidos. En la introducción a este ensayo se sugiere que puede haber revoluciones tanto gran­des como pequeñas, que algunas revoluciones afectan sólo a los miembros de una subespecia-lidad profesional y que, para esos grupos, incluso

5 Sobre la mecánica estadística, véase: La théorie physi-que au sens de Boltzmann et ses prolongements modernes, de René Rugas (Neuchâtel, 1959), pp. 158-84, 206-19. Sobre la recepción del trabajo de Maxwell, véase: "Maxwell's Influence in Germany", de Max Planck, en James Clerk Maxwell: A Commemoration Volume, 1831-1931 (Cam­bridge, 1931), pp. 45-65, sobre todo las pp. 58-63; y The Life of William Thompson Baron Kelvin of Largs, de Sil-vanus P. Thompson (Londres, 1910), II, 1021-27.

6 Como ejemplo de la lucha con los aristotélicos, véase: "A Documentary History of the Problem of Fall from Kepler to Newton", de A. Koyré, Transactions of the American Philosophical Society, xlv (1955), 329-95. Con respecto a los debates con los cartesianos y los leibnizia­nos, véase: L'iniroduction des théories de Newton en France au XVIIIe siècle, de Pierre Brunet (París, 1931); y From the Closed World to the Infinite Universe, de A. Koyré (Baltimore, 1957), cap. XI.

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el descubrimiento de un fenómeno nuevo e ines­perado puede ser revolucionario. En la sección siguiente presentaremos revoluciones selecciona­das de ese tipo y todavía no está muy claro cómo pueden existir. Si la ciencia normal es tan rígida y si las comunidades científicas están tan estrechamente unidas como implica la exposición anterior, ¿cómo es posible que un cambio de pa­radigma afecte sólo a un pequeño subgrupo? Lo que hasta ahora se ha dicho, puede haber pare­cido implicar que la ciencia normal es una em­presa única, monolítica y unificada, que debe sos­tenerse o derrumbarse tanto con cualquiera de sus paradigmas como con todos ellos juntos. Pero evidentemente, la ciencia raramente o nunca es de ese tipo. Con frecuencia, viendo todos los cam­pos al mismo tiempo, parece más bien una es­tructura desvencijada con muy poca coherencia entre sus diversas partes. Sin embargo, nada de lo dicho hasta este momento debería entrar en conflicto con esa observación tan familiar. Por el contrario, sustituyendo los paradigmas por re­glas podremos comprender con mayor facilidad la diversidad de los campos y las especialidades científicas. Las reglas explícitas, cuando existen, son generalmente comunes a un grupo científico muy amplio; pero no puede decirse lo mismo de los paradigmas. Quienes practican en campos muy separados, por ejemplo, la astronomía y la botánica taxonómica, se educan a través del es­tudio de logros muy distintos descritos en libros absolutamente diferentes. Incluso los hombres que se encuentran en el mismo campo o en otros campos estrechamente relacionados y que co­mienzan estudiando muchos de los mismos libros y de los mismos logros pueden, en el curso de su especialización profesional, adquirir paradigmas muy diferentes.

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Examinemos, para dar un solo ejemplo, la co­munidad amplia y diversa que constituyen todos los científicos físicos. A cada uno de los miem­bros de ese grupo se le enseñan en la actualidad las leyes de, por ejemplo, la mecánica cuántica, y la mayoría de ellos emplean esas leyes en algún momento de sus investigaciones o su enseñanza. Pero no todos ellos aprenden las mismas aplica­ciones de esas leyes y, por consiguiente, no son afectados de la misma forma por los cambios de la mecánica cuántica, en la práctica. En el curso de la especialización profesional, sólo unos cuan­tos científicos físicos se encuentran con los prin­cipios básicos de la mecánica cuántica. Otros estudian detalladamente las aplicaciones del pa­radigma de esos principios a la química, otros más a la física de los sólidos, etc. Lo que la mecánica cuántica signifique para cada uno de ellos dependerá de los cursos que haya seguido, los libros de texto que haya leído y los periódicos que estudie. De ello se desprende que, aun cuan­do un cambio de la ley de la mecánica cuántica sería revolucionario para todos esos grupos, un cambio que solo se refleja en alguna de las apli­caciones del paradigma de la mecánica cuántica sólo debe resultar revolucionario para los miem­bros de una subespecialidad profesional deter­minada. Para el resto de la profesión y para quie­nes practican otras ciencias físicas, ese cambio no necesitará ser revolucionario en absoluto. En resumen, aunque la mecánica cuántica (o la di­námica de Newton o la teoría electromagnética) es un paradigma para muchos grupos científicos, no es el mismo paradigma para todos ellos; pue­de, por consiguiente, determinar simultáneamente varias tradiciones de ciencia normal que, sin ser coextensivas, coinciden. Una revolución produ­cida en el interior de una de esas tradiciones no

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tendrá que extenderse necesariamente a todas las demás.

Una breve ilustración del efecto de la especia-lización podría dar a toda esta serie de puntos una fuerza adicional. Un investigador que espe­raba aprender algo sobre lo que creían los cien­tíficos qué era la teoría atómica, les preguntó a un físico distinguido y a un químico eminente si un átomo simple de helio era o no una molécu­la. Ambos respondieron sin vacilaciones, pero sus respuestas no fueron idénticas. Para el químico, el átomo de helio era una molécula, puesto que se comportaba como tal con respecto a la teoría cinética de los gases. Por la otra parte, para el físico, el átomo de helio no era una molécula, ya que no desplegaba un espectro molecular.7 Puede suponerse que ambos hombres estaban ha­blando de la misma partícula; pero se la repre­sentaban a través de la preparación y la práctica de investigación que les era propia. Su expe­riencia en la resolución de problemas les decía lo que debía ser una molécula. Indudablemente, sus experiencias habían tenido mucho en común; pero, en este caso, no les indicaban exactamente lo mismo a los dos especialistas. Conforme avan­cemos en el estudio de este tema, iremos descu­briendo cuántas consecuencias pueden ocasional­mente tener las diferencias de paradigma de este tipo.

7 El investigador era James K. Senior, con quien es­toy en deuda por un informe verbal. Algunos puntos relacionados son estudiados en su obra: "The Vernacular of the Laboratory",
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