Tema 10. El renacimiento del cuento en el siglo XIX




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Tema 10. El renacimiento del cuento en el siglo XIX

1. Definición de cuento y antecedentes

DEFINICIONES DE CUENTO

Si nos remitimos a la definición del cuento de 1904 realizado por Galdós, el cuento es la máxima condensación de un asunto en forma sugestiva, ingenua o infantil. Por otra parte, en la RAE aparece definido en tres acepciones, una, el relato, generalmente indiscreto, de un suceso la relación, de palabra o por escrito; otra, como un suceso falso o de pura invención; por último, una narración breve de ficción. En definitiva, el cuento tiene el elemento narrativo que lo une a la novela, con el ingrediente de lo fantástico, simbólico o mágico, y la condensación temática, que implica que dada su brevedad, se tratará sólo un tema. Los personajes, escasos, suelen estar esbozados, con pocos trazos pero de tal intensidad que el lector pueda hacerse a la idea de cómo es el personaje. Por último, la trama se caracterizará por la sencillez.
El cuento ya había gozado de gran difusión en Europa durante la Edad Media, con colecciones como el Decamerón de Boccaccio en Italia, los Cuentos de Canterbury de Chaucer en Inglaterra, o el Libro del conde Lucanor y Calila e Dimna en España, que atestiguan la fortaleza de un tipo de escritura que enlaza también con la tradición cuentística árabe de las Mil y una noches. Durante los siglos de oro, XVI y XVII, sobre todo en este último, el cuento adquiere una fuerte carga de crítica social, muy frecuente, por otra parte, en el cuento latino (recuérdese Petronio, etc). Así destacan autores como Quevedo (Sueños) o Luis Vélez de Guevara con El diablo cojuelo, ambos con un componente fantástico importante, en el primer caso porque, como dice el título, son sueños del autor, entre los que destaca el del juicio final, visión terrible de esqueletos que se levantan de sus tumbas para acudir al sonido de las trompetas, cada uno con su defecto, mujeres que se desesperan porque se les caen las joyas, por ejemplo; en el segundo, porque trata de un diablo que va levantando los tejados de las casas, como si de masa de hojaldre se tratase, para observar lo que hay en su interior: maridos cornudos, viejos avaros, médicos tramposos o mujeres indecentes.

El siglo XVIII debe ser, necesariamente, un período de puente entre esta época y la gran eclosión del siglo XIX, pese a que la producción desciende notablemente. Se mantiene en forma poética con las fábulas, de La Fontaine en Francia o de Samaniego en España, al estilo de los clásicos Fedro y Esopo, aunque la rica tradición oral debió de mantenerse, sin duda, en el ámbito más popular, alejado de la élite ilustrada. Sí se conocen publicaciones en prensa, que desde la anécdota al chiste, reflejan el cuento jocoso, aunque también destaca el cuento filosófico, que muestra lecciones y refleja que el predominio de la razón sobre el sentimiento conduce a finales felices. Un ejemplo de ello sería La Caperucita Roja, que Perrault tomó de su tradición oral y que adaptó para las muchachas jóvenes:

Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió.

 

MORALEJA

 

Aquí vemos que la adolescencia,

en especial las señoritas,

bien hechas, amables y bonitas

no deben a cualquiera oír con complacencia,

y no resulta causa de extrañeza

ver que muchas del lobo son la presa.

Y digo el lobo, pues bajo su envoltura

no todos son de igual calaña:

Los hay con no poca maña,

silenciosos, sin odio ni amargura,

que en secreto, pacientes, con dulzura

van a la siga de las damiselas

hasta las casas y en las callejuelas;

más, bien sabemos que los zalameros

entre todos los lobos ¡ay! son los más fieros.

caperucita

Pero es el siglo XIX el gran siglo del cuento. En la primera mitad, algunos escritores como los hermanos Grimm en Alemania recogen por escrito narraciones populares de transmisión oral: Caperucita, Pulgarcito, La Cenicienta… No obstante, el cuento no supone un relato infantil, puesto que estos no surgen hasta el siglo XX, sino que se refiere a un tipo de relato breve, con una estructura variable, en el que cabe cualquier tipo de tema, con un final inesperado. Las tramas suelen centrarse en una, bastante simple, por lo que el atractivo estará en la resolución del conflicto, en la originalidad del argumento o en la introspección de un solo personaje.

2. El cuento romántico

El cuento del siglo XIX debe su origen al romanticismo alemán, completamente vinculado al nacionalismo, pues es en la búsqueda de lo esencial alemán donde encuentran la narración oral como lo más primitivo y, por tanto, más verdadero. Los autores alemanes recorrieron los pueblos hallando ese primitivismo folklórico que trasladaron a lo escrito, por medio de la cuentística tradicional. Entre ellos, destacan los hermanos Grimm, a partir de los cuales el cuento se convierte en un género reputado, sobre todo en el ámbito de lo sobrenatural y lo terrorífico. Los hermanos Grimm, fueron líderes en el estudio de la filología y el folclore. Jacob (1785-1863), filólogo de formación, se interesó vivamente por la literatura medieval y la investigación científica del lenguaje. Wilhelm era más bien crítico literario y textual. El trabajo científico más importante de Jacob Grimm es la Gramática alemana (1819-1837), considerada como el origen de la filología germánica, mientras que Wilhelm Grimm (1786-1859) realizó ediciones y discusiones críticas sobre literatura y folclore medievales alemanes, son Antiguas canciones de gesta danesas (1811), Leyendas heroicas alemanas (1829), La canción de Roldán (1838) y El antiguo idioma alemán (1851).

Los hermanos Grimm estaban interesados en los antiguos cuentos folclóricos alemanes, que recolectaron en muchas fuentes y publicaron como Cuentos para la infancia y el hogar (2 volúmenes, 1812-1815). La colección, aumentada en 1857, es conocida como Cuentos de hadas de los hermanos Grimm. Los hermanos colaboraron en muchos otros libros.

Si el cuento filosófico del siglo XVIII había sido la expresión de la razón iluminista, el cuento fantástico nace en Alemania con la declarada intención de representar la realidad del mundo interior, subjetivo, de la mente, de la imaginación. Por tanto, ésta también se presenta como cuento filosófico, y aquí un nombre se destaca por encima de todos, Hoffmann, que crea en sus narraciones una atmósfera inquietante de irrealidad y misterio, a base de mezclar lo fantástico y lo cotidiano, como El hombre de la arena. Hoffmann, que tanto se complace en evocar visiones angustiosas y demoníacas, tiene cuentos en los que pone en juego una apretada economía de elementos espectaculares, con predominio de las imágenes de la vida cotidiana. En El hombre de arena, el protagonista cuenta a su amada cómo sufrió de niño porque su padre murió realizando experimentos de alquimia con un colega al que él creía el hombre de arena, figura de ficción con la que la madre los asustaba. Ya en la madurez, encuentra al mismo individuo, esta vez con una hija hermosa y fría, de la que se enamora locamente, olvidando a su prometida. Al final se descubre que la extraña muchacha es una máquina creada por el inventor, lo que le hace enloquecer hasta el punto de intentar asesinar a la que fue su amada. Por tanto predomina el tema de la locura, de los miedos de la infancia, del amor imposible y de la imposibilidad de llevar una vida normal. Todos, por tanto, elementos románticos, organizados por medio de un trama de interés creciente, que aumenta la intriga y el suspense hasta el insólito final.

-¡Gira muñequita de madera, gira! -y, cogiendo a Clara, quiso precipitarla desde la galería; pero, en su desesperación, Clara se agarró a la barandilla. Lotario oyó la risa furiosa del loco y los gritos de espanto de Clara; un terrible presentimiento se apoderó de él y corrió escaleras arriba. La puerta de la segunda escalera estaba cerrada. Los gritos de Clara aumentaban y, ciego de rabia y de terror, empujó la puerta hasta que cedió. La voz de Clara se iba debilitando:

-¡Socorro, sálvenme, sálvenme! -su voz moría en el aire.

-¡Ese loco va a matarla! -exclamó Lotario. También la puerta de la galería estaba cerrada. La desesperación le dio fuerzas y la hizo saltar de sus goznes. ¡Dios del cielo! Nataniel sostenía en el aire a Clara, que aún se agarraba con una mano a la barandilla. Lotario se apoderó de su hermana con la rapidez de un rayo. Golpeó en el rostro a Nataniel, obligándolo a soltar la presa. Luego bajó la escalera con su hermana desmayada en los brazos. Estaba salvada.

Nataniel corría y saltaba alrededor de la galería gritando:

-¡Círculo de fuego, gira, círculo de fuego!

La multitud acudió al oír los salvajes gritos y entre ellos destacaba por su altura el abogado Coppelius, que acababa de llegar a la ciudad y se encontraba en el mercado. Cuando alguien propuso subir a la torre para dominar al insensato, Coppelius dijo riendo:

-Sólo hay que esperar, ya bajará solo -y siguió mirando hacia arriba como los demás. Nataniel se detuvo de pronto y miró fijamente hacia abajo, y distinguiendo a Coppelius gritó con voz estridente:

-¡Ah, hermosos ojos, hermosos ojos! -y se lanzó al vacío.

Cuando Nataniel quedó tendido y con la cabeza rota sobre las losas de la calle, Coppelius desapareció.

Alguien asegura haber visto años después a Clara, en una región apartada, sentada junto a su dichoso marido ante una linda casa de campo. Junto a ellos jugaban dos niños encantadores. Se podría concluir diciendo que Clara encontró por fin la felicidad tranquila y doméstica que correspondía a su dulce y alegre carácter y que nunca habría disfrutado junto al fogoso y exaltado Nataniel.
Ejemplo de Historias de fantasmas

El reloj de pared dio las ocho (y eran las nueve) y, pálida como la muerte, casi se desvaneció Adelgunda en su butaca... ¡la labor cayó de sus manos! Se levantó, entonces, el terror reflejado en su semblante, y mirando fijamente el espacio vacío de la habitación, murmuró apagadamente con voz cavernosa: «¿Cómo? ¿Una hora antes? ¡Ah! ¿No lo ven? ¿No lo ven? ¡Está frente a mí, justo frente a mí!» Todos se estremecieron de horror, pero como nadie viese nada, gritó la Coronela: «¡Adelgunda! ¡Repórtate! No es nada, es un fantasma de tu mente, un juego de tu imaginación, que te engaña, no vemos nada, absolutamente nada. Si hubiera una figura ante ti, ¿acaso no la veríamos nosotros?... ¡Repórtate, Adelgunda, repórtate!» «¡Oh, Dios...! ¡Oh, Dios mío -suspiró Adelgunda-, van a volverme loca! ¡Miren, extiende hacia mí el brazo, se acerca... y me hace señas!» Y como inconsciente, con la mirada fija e inmóvil, Adelgunda se volvió, cogió un plato pequeño que por casualidad estaba en la mesa, lo levantó en el aire y lo dejó... y el plato, como transportado por una mano invisible, circuló lentamente en torno a los presentes y fue a depositarse de nuevo en la mesa.
En Inglaterra, además de establecer los cánones de la novela histórica, Walter Scott contribuyó a la narrativa breve, fundamentalmente a través de dos historias, La viuda montañesa y La cámara de los tapices, en la que predomina la aparición fantasmal de una antepasada del dueño de un castillo en una de sus alcobas.

me removí en la cama y tosí un poco, para hacer saber al intruso que yo había tomado posesión del sitio. Ella fue dándose la vuelta despacio, pero, ¡santo cielo!, señor, ¡qué semblante me mostró! Ya no cabía la menor duda de lo que era ni cabía pensar en absoluto que fuese una persona viva. Sobre el rostro, que presentaba las facciones rígidas de un cadáver, llevaba impresos los rasgos de la más vil y repugnante de las pasiones que la habían animado durante la vida. Parecía que hubiera salido de la tumba el cuerpo de algún atroz criminal y se le hubiera devuelto el alma desde el fuego de los condenados, para, durante un tiempo, aunarse con el viejo cómplice de su culpa. Yo me incorporé en la cama y me senté derecho, sosteniéndome sobre las palmas de las manos, mientras miraba fijamente aquel horrible espectro. Ella avanzó con una zancada rápida, o eso me pareció a mí, hacia el lecho donde yo yacía, y se acuclilló, una vez arriba, precisamente en la misma postura que yo había adoptado en el paroxismo del horror, adelantando su diabólico semblante hasta ponerlo a menos de medio metro del mío, con una mueca que parecía expresar la maldad y el escarnio de un demonio colorado

(Walter Scott, La cámara de los tapices)
La mayor aportación al relato de terror fue realizada por el secretario y médico de lord Byron John William Polidori (1795-1821). En una noche de 1816, recluidos por una tormenta en Villa Diodati, al lado del lago Leman, en Ginebra, Lord Byron, Polidori, Percy Shelley y su flamante esposa Mary, pasaron la noche leyendo historias de fantasmas y propusieron escribir sus propias historias. Mary Shelley y Polidori llevaron a cabo el desafío. Aquella escribió Frankenstein, este escribió El vampiro (1819), un cuento cuya importancia radica en la creación de la imagen prototípica del vampiro. Su personaje principal Lord Ruthven, aristocrático, sofisticado, misterioso, frío, encantador para las mujeres y bebedor de sangre, se pasea por los círculos más selectos. No hace falta ser muy sagaz para descubrir que el siniestro, flaco y pálido Lord Ruthven no es otra cosa que un retrato despiadado de Lord Byron. El que eligiera la figura de un vampiro para descargar su reprimida animadversión hacia el poeta, sugiere que era así como Polidori vivía inconscientemente esa relación: con su personalidad vampirizada por la del otro. Despedido por Byron y después de escribir un poema ambicioso, La caída de los ángeles (1821), murió en circunstancias misteriosas, probablemente por un veneno que él mismo se suministró

El vampiro (fragmento)

Sucedió que en curso de las diversiones que tuvieron lugar un invierno en Londres, apareció en varias fiestas de la sociedad que marcaba el tono, un noble que destacaba más por sus peculiaridades que por su rango. Observaba la alegría a su alrededor como si no pudiese participar de ella. Al parecer sólo atraía su interés la risa ligera de las bellas, que él podía sofocar con una mirada, e infundir el temor en los pechos donde reinaba el aturdimiento. Las que experimentaban esta sensación de pavor no se explicaban de donde procedía: unos la atribuían a su mirada apagada y gris que, al clavarse en el rostro de las personas, no parecía traspasarlo y penetrar hasta los íntimos movimientos del corazón, sino posarse en las mejillas como un rayo plomizo y oprimir la piel sin poder atravesarla: todo el mundo quería verle.

(…)

A pesar de la mortal palidez de su rostro, que jamás llegaba a encenderlo ni el rubor de la modestia ni la pasión de las emociones fuertes, era gallardo de figura y silueta, y muchas cazadoras de notoriedad trataban de conquistar sus atenciones y obtener alguna prueba, al menos, de lo que ellas llamaban afecto.

(…)
Tenía fama de poseer una conversación cautivadora; y fuese porque ésta disipaba el temor que su singular persona inspiraba en las mujeres, o porque las conmovía su aparente odio al vicio, el caso era que tan a menudo estaba entre aquellas cuyas virtudes domésticas constituyen el orgullo de su sexo, como entre las que lo manchaban con sus vicios.


En Francia, desarrolla el relato breve Merimée, conocido, ante todo, por sus relatos breves, en los que aborda temas como la violencia y la crueldad humanas: La Venus d'Ille (1837), Colomba (1840) y Carmen (1846), ambientada en una España exótica y romántica, convertida en una popular ópera por Georges Bizet. En 1874 se publicó una selección de su correspondencia con Jenny Ducquin y la familia Delessert, bajo el título Cartas a una desconocida. El interés de Mérimée por España fue mucho más allá de lo que Carmen trasluce, y su conocimiento de la geografía y el carácter españoles se fraguó a lo largo de siete viajes por España entre 1830 y 1864, de los que dejó una numerosa correspondencia, recogida en el volumen Viajes a España.

La Venus de d'Ille (fragmento)

Las ventanas estaban cerradas. Antes de acostarme, abrí una para respirar el aire fresco de la noche, por cierto delicioso después de una copiosa cena. Enfrente se veía el Canigó, de admirable aspecto en todo momento, pero que aquella noche me pareció la montaña más hermosa del mundo, iluminada como lo estaba por una esplendorosa luna

.(...)

Los cabellos, levantados sobre la frente, parecían haber sido dorados en otro tiempo. La cabeza, pequeña como la de casi todas las estatuas griegas, estaba ligeramente inclinada hacia delante. En cuanto al rostro, nunca podré llegar a definir su extraña expresión; su tipo no se parecía al de ninguna de las estatuas antiguas que yo recordaba. No tenía esa belleza serena y severa que creaban los escultores griegos, los cuales, por sistema, daban a todos los rasgos del semblante una majestuosa inmovilidad. En éste, por el contrario, observé con sorpresa la manifiesta intención del artista de mostrar la malicia llegando casi a la maldad. Todos los rasgos estaban levemente contraídos: los ojos eran algo oblicuos, la boca parecía un tanto levantada en los extremos y las narices un poco henchidas. Desdén, ironía, crueldad, todo esto sugería aquella cara, que, no obstante, era de increíble belleza. La verdad es que, cuanto más se contemplaba aquella admirable estatua, tanto más se experimentaba el penoso sentimiento de que una hermosura tan maravillosa pudiera aliarse con la ausencia de toda sensibilidad.
En la literatura rusa el influjo de Hoffmann produce frutos milagrosos, como los Cuentos de Petersburgo de Gogol, aunque antes de cualquier inspiración europea, ya había escrito extraordinarios relatos de brujería en sus dos libros de cuentos ambientados en el campo ucraniano. Desde un primer momento la tradición crítica ha considerado la literatura rusa del siglo XIX bajo la perspectiva del realismo, pero, de igual modo, el desarrollo paralelo de la tendencia fantástica de Pushkin a Dostoyevski se advierte con claridad.

En cuanto a Francia, Gérard de Nerval crea un nuevo género fantástico, el cuento sueño (Sylvie, Aurélia), sostenido por la densidad lírica más que por la estructura de la trama, mientras que Mérimée, abre al género fantástico el exotismo, con sus historias mediterráneas (y también nórdicas, como con la sugerente Lituania de Lokis), utilizando todo su arte para fijar la luz y el alma de un país en una imagen que al punto se convierte en emblemática. Conocido, ante todo, por sus relatos breves, en los que aborda temas como la violencia y la crueldad humanas: La Venus d'Ille (1837), Colomba (1840) y Carmen (1846), ambientada en una España exótica y romántica, convertida en una popular ópera por Georges Bizet. En 1874 se publicó una selección de su correspondencia con Jenny Ducquin y la familia Delessert, bajo el título Cartas a una desconocida. El interés de Mérimée por España fue mucho más allá de lo que Carmen trasluce, y su conocimiento de la geografía y el carácter españoles se fraguó a lo largo de siete viajes por España entre 1830 y 1864, de los que dejó una numerosa correspondencia, recogida en el volumen Viajes a España.

Inglaterra, por su parte, pone un especial placer intelectual en jugar con lo macabro y lo terrible, cuyo ejemplo más famoso es Frankenstein de Mary Shelley. El patetismo y el humor de la novela victoriana dejan cierto margen para que siga actuando la imaginación «negra», «gótica», con renovado espíritu; así nacen los cuentos de fantasmas, cuyos autores acaso hacen gala de un guiño irónico pero, mientras tanto, ponen sobre el tapete algo de sí mismos, una verdad interior.

Desde Norteamérica llega el gran impulsor del género, Edgar Allan Poe (1821-1867), quizá el primer escritor estadounidense con una nueva forma de entender la ficción y la poesía.http://1.bp.blogspot.com/_vfbcwlxmvdq/tokynrmigoi/aaaaaaaaaa4/pwefm-en0r0/s1600/el+coraz%25c3%25b3n+delator.jpg

Como narrador, destacan sus Narraciones extraordinarias, relatos que sobresalen por la dosificación de la intriga y por la capacidad de sorprender. Poe prefiere los detallados análisis psicológicos a la acumulación de acciones externas. En vez de la descripción de lugares, se decanta por el análisis de la angustia que se siente en ellos. Contrasta el ambiente realista de sus historias con el fondo de misterio y terror que hay en ellas. En cuanto a los contenidos, predomina el terror, el misterio, crímenes, personajes en situaciones límite, las pesadillas, los espectros, lo insólito y lo sobrehumano. Sus relatos más conocidos son Manuscrito hallado en una botella, El escarabajo de oro, El corazón delator (las sugestiones visuales, reducidas al mínimo, se han concentrado en un ojo abierto de par en par en la oscuridad, y toda la tensión se centra en el monólogo del asesino), El gato negro, La caída de la casa Usher o los relatos policíacos Los crímenes de la calle Morgue y La carta robada. En definitiva, Poe ha sido, después de Hoffmann, el autor que más ha influido sobre el género fantástico europeo.

Otro norteamericano, Washintong Irving, destaca por su estilo popular pero elegante, fácil y pintoresco. Dos de sus relatos, Rip Van Winkle y Sleepy Hollow ambientados también en los días en que Nueva York era colonia holandesa, se han convertido en clásicos de la Literatura estadounidense. Cuentos de la Alhambra (1832), una serie de apuntes y relatos inspirados en su estancia, en 1829, en Granada. Rip van Winkle trata la historia de un hombre que se retira al monte y queda dormido durante varios años. Cuando despierta, el mundo ha cambiado tanto que él se considera una reliquia del pasado, así como el cuento emblemático Peter Rugg, el hombre ausente de William Austin (1824), que trata de una misteriosa condena divina que obliga a un hombre a correr en calesa junto a su hija, sin poder detenerse nunca perseguido por el huracán a través de la inmensa geografía del continente; un cuento que expresa con elemental evidencia los componentes del naciente mito americano: poder de la naturaleza, predestinación individual, intensidad aventurera.

Por último, Por último, cabe destacar la importancia que tuvo para el desarrollo de la narrativa española las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer. Con una ambientación medieval, Bécquer trata todo tipo de argumentos, desde los más enigmáticos, a los más terroríficos. El amor idealizante e imposible típicamente romántico se percibe en El rayo de luna, el caso de un joven que descubre que la mujer amada a la cual perseguía todas las noches en un bosque era un rayo de luna, mientras que el mundo fantasmagórico y espectral aparece en El monte de las ánimas, en el cual un ejército de muertos se levanta la noche de difuntos y atacan a cualquier viandante que atraviese su bosque; y también la terrible atracción de una mujer inasible, malvada, que arrastra al hombre a su perdición aparece en Los ojos verdes. En definitiva, Bécquer, autor tardío del Romanticismo, pues la mayor parte de su obra fue realizada en pleno realismo, resume y contiene la esencia del ser romántico, cercano a la autodestrucción y en búsqueda de un imposible.

3. El cuento realista

Cuando el realismo se ha difundido por toda Europa, los cuentos siguen teniendo la vigencia que tenían en el Romanticismo, a con frecuencia muchos de sus temas. La propensión de autores realistas como Dickens por lo grotesco y macabro demuestra la ambigüedad que existe en este género entre realismo y romanticismo. Entre sus rasgos realistas destaca el fiel reflejo de la realidad, con propósito de crítica y denuncia, y las técnicas, pues muestran un narrador omnisciente con frecuencia y las descripciones exhaustivas. Pero son rasgos híbridos la presencia de personajes, que se sienten oprimidos en situaciones sociales adversas y el intento de mejora, final frustrante. Del mismo modo, mantienen los elementos fantásticos o simbólicos.

En Dickens los elementos fantásticos aparecen en sus grandes novelas, pero también en sus producciones menores, tales como las fábulas navideñas y las historias de fantasmas, que con frecuencia publicaba en periódicos (El manuscrito de un loco). Entre los escritores de su círculo destaca el primer autor de novelas policíacas, Wilkie Collins y Le Fanu (1814-73), cuyas intrigas, de gran intensidad, están perfectamente construidas. Su especialidad consistía en la recreación de atmósferas y efectos más que en el mero susto, con frecuencia dentro de un formato de misterio. La lectura de novelas como Carmilla sobre una mujer vampiro, de trama muy efectiva, influyó poderosamente en Bram Stoker para su Drácula. Del mismo modo, uno de sus primeros trabajos, Un episodio en la historia de la familia Tyrone (1839), pudo a su vez haber sido inspirado por Cumbres borrascosas, de Emily Brontë. Profesional de los cuentos de fantasmas, en los que se percibe la imaginación popular irlandesa y una vena poética grotesca y nocturna, como en El fantasma y el ensalmador:

-Gracias, señoría -respondió mi padre, cobrando ánimos-. Usted siempre ha sido un caballero muy atento. Que Dios tenga en su gloria a su señoría.

-¿Que Dios me tenga en su gloria? -dice el espíritu (poniéndosele la cara roja de ira)-. ¿Que Dios me tenga en su gloria? Pero ¡serás cretino y bruto! ¿Qué modales son ésos? -dice-. Yo no tengo la culpa de estar muerto, y la gente como tú no tiene que restregármelo por las narices a la primera de cambio -dice, dando una patada tan fuerte en el suelo que casi rompió la madera.

»-No soy más que un pobre hombre, tonto e ignorante -le dice mi padre.

»-Desde luego que sí -dice el señor-, pero para escuchar tus tonterías y hablar con gente como tú no me molestaría en subir hasta aquí, quiero decir en bajar -dice, y a pesar de lo pequeño que fue el error, mi padre se dio cuenta-. Escúchame bien, Terence Neil -dice-. Siempre fui un buen amo para Patrick Neil, tu abuelo.

(http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/lefanu/fantasma.htm )

En cuanto a Oscar Wilde (1854-1900) fue poeta, novelista y cuentista, se halla a mitad de camino entre lo realista y lo decadente, por la vida dandi que llevó y por el hedonismo que muchos de sus personajes reflejan. En sus cuentos, sin embargo, transmite una denuncia social apoyado en pretextos fantásticos, como es el caso de uno de sus más grandes clásicos The happy prince (El príncipe feliz), la historia de una estatua cargada de oro y piedras preciosas que, percibiendo la pobreza que rezuma a su alrededor, pide a una golondrina que vaya repartiendo sus tesoros entre los más necesitados. Se ha convertido en un clásico de la literatura infantil, aunque su base es eminentemente realista.

Fragmento de El príncipe feliz

-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.

Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.

Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras. Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.

-¡Qué hambre tenemos! -decían.

-¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia. Y se alejaron bajo la lluvia.

No obstante, muchos otros autores escriben desde una órbita eminentemente realista, como el ruso Nikolai Gógol (1809-1852), el iniciador del realismo ruso en sus primeros relatos (Diario de un loco, El retrato), en los que no falta lo romántico (Taras Bulba), lo grotesco (La nariz) y lo fantástico (El abrigo). Su obra teatral El inspector (1836), en la que denuncia la corrupta burocracia zarista, provocó un escándalo. Los relatos cortos de Veladas en un caserío junto a Dikanka (1831) están llenos de vida, de desenfado expresados en el rico lenguaje del campesino, mientras que los incluidos en Mirgorod (1835) destacan por lo épico alternado por lo lírico, con elementos naturalistas en El capote, por ejemplo.http://images.wikia.com/literatura/es/images/0/05/nikolai_gogol.jpg

Siguiendo al maestro Gógol, Feodor Dostoievski también practica el relato realista, aunque alejado de los elementos fantásticos de si maestro. Dostoievski se caracteriza, igual que en su novela, por la perfecta introspección psicológica de los personajes, y por la transcripción de una realidad mezquina en una sociedad hipócrita. En esta línea de denuncia se halla, por ejemplo, Un árbol de Noe y una boda, relato en que un narrador protagonista muestra las maniobras de un rico empresario para casarse con una rica heredera de tan sólo once años, y unos años más tarde, el episodio de la boda en cuestión con la triste muchacha. fedor dostoievsky.jpg

Pero es Anton Pávlovich Chéjov (1860-1904), el gran renovador del cuento, cuyas obras poseen elementos claves de la modernidad rusa, además de estar presente la naturaleza de la campiña rusa y la idea de que el hombre compra la felicidad, por medio de la pérdida de la inocencia y con degradación moral e intelectual. Por sus relatos breves desfilan todos los estratos sociales (médicos, artesanos, criados, aristócratas…), de los cuales Chéjov recrea sus vidas cotidianas con un estilo escueto y un humor no exento de crítica, y las eleva a categoría artística y a símbolos de la existencia humana. Los relatos apenas tienen argumento y están relatados con sencillez y objetividad. El efecto de estos relatos depende más del estado de ánimo y del simbolismo que del argumento. Destaca su cuento Vanka, en el que el protagonista, que es un aprendiz de zapatero, escribe a su abuelo con nostalgia. En cierto modo, son cuentos que parecen adelantar la estética del Simbolismo por la atmósfera nostálgica que de ellos rezuma, de modo que con frecuencia el éxito del relato depende de la atmósfera creada y de su poder sugestivo más que de la trama. En sus relatos, en definitiva, denuncia la pintura cotidiana de hombres vulgares sujetos a un destino mediocre: el de las vidas monótonas y sin esperanza de la sociedad rusa antes de la Revolución de 1905. http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/d/d6/chekhov_at_melikhovo..jpg/220px-chekhov_at_melikhovo..jpg

El francés Guy de Maupassant (1850-93), discípulo de Flaubert, aprendió la doctrina realista, que practicó en más de trescientos cuentos, con un realismo simple, ironía mordaz y un humor socarrón, aunque rezuma pesimismo y desesperación. Sus temas favoritos son los campesinos normandos, los pequeños burgueses, la mediocridad de los funcionarios, la guerra franco prusiana de 1870, las aventuras amorosas o las alucinaciones de la locura. Su estilo suele ser sencillo, fiel transcriptor de la sociedad de su tiempo, como su maestro Flaubert, aunque en menor medida en sus cuentos de terror, género en el que es reconocido como maestro, a la altura de Edgar Allan Poe. En estos cuentos, narrados con un estilo ágil y nervioso, repleto de exclamaciones y signos de interrogación, se echa de ver la presencia obsesiva de la muerte, el desvarío y lo sobrenatural: ¿Quién sabe? o La noche, en los cuales se reflejan los síntomas de demencia y pánico producidos por la sífilis. El más destacado de sus cuentos de terror es El Horla (1887), en el que el autor, a través de un diario, nos muestra las supuestas alucinaciones del protagonista, el cual siente la presencia de un ente así llamado. De corte naturalista y realista respectivamente, como Bola de sebo y El collar, que trata del esfuerzo de una mujer con aspiraciones de grandeza por devolver a su amiga un collar que le había prestado, pero que acabó perdiendo. Publicó asimismo cinco novelas: Una vida (1883), la aclamada Bel-Ami (1885) o Fuerte como la muerte (1889), Pierre y JeanMont-Oriol y Nuestro Corazón. Escribió bajo varios seudónimos: Joseph Prunie,, Guy de Valmont, Maufrigneuse. Murió en una clínica psiquiátrica tras cuatro intentos de suicidio.

En Italia, Giovanni Verga (1840-1922) es la mayor figura del periodo, autor de cuentos (Relatos rústicos, 1883), mientras que en España destaca Leopoldo Alas, Clarín (1853-1938), el cual realiza ¡Adiós cordera! 81893), de ambiente rural, una defensa de la tradición y del pasado puestos en peligro por los cambios amenazados por la civilización; y en Pipá, relato de corte naturalista sobre un muchacho cuya herencia genética le impide hacer una vida normal, pese a las oportunidades que se le dan, fiel reflejo del conflicto entre la sociedad y la civilización. En Adiós cordera se repiten las características más frecuentemente realistas, tales como las importantes descripciones y los personajes en situaciones límite. Por su parte, Benito Pérez Galdós realiza cuentos de tipo alegórico, como La conjuración de las palabras, y otras de clara intención crítica, escritos en clave política, y un tercer grupo en que se refleja la típica confrontación galdosiana entre la realidad y la imaginación. En su estilo predomina el lenguaje popular, el humor, la ironía y el diálogo en estilo directo.
En definitiva, puede afirmarse que el cuento renace durante el siglo XIX con inusitada fuerza, con un estilo ecléctico que supone la combinación de influjos tanto de tipo romántico como realista. De forma que el género adquiere la madurez para el siguiente hito en el siglo XX, esta vez de la mano del cuento hispanoamericano.

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