Estoy cada vez más convencido de que los conceptos de los que nos servimos para concebir nuestra sociedad –toda sociedad- están mutilados y desembocan en acciones inevitablemente mutilantes




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¿REPENSAR O IMPENSAR LA METRÓPOLI?

Una obligada reflexión epistemológica

Rafael López Rangel

Estoy cada vez más convencido de que los conceptos de los que nos servimos para concebir nuestra sociedad –toda sociedad- están mutilados y desembocan en acciones inevitablemente mutilantes.

E. Morin, “El Método” 1991,1998

Tengo la impresión de que los actuales defensores de la epistemología no se retractan ni intimidan al expresar su punto de vista. También me parece que quienes critican la actual epistemología, aun si sus críticas son formales y pertinentes, siguen ligados a la Weltanschauung o cosmovisión a la que renuncian; incluso confieso que ni yo mismo estoy exento de esta reincidencia, lo que confirma mi opinión respecto a lo arraigados que están en nosotros estas suposiciones metodológicas y lo “importante” es que las “impensemos”

Wallernestein, “unthinking social sciencie”. 1998, 2003.




Estas reflexiones tienen como referente a la denominada Zona Metropolitana de la Ciudad de México (o de la Cuenca de México), aunque, en general podrían referirse a la mayoría de las metrópolis latinoamericanas, en términos de sus problemáticas compartidas. Para entrar en el tema, en primer lugar nos preguntamos:
¿Es necesario y pertinente “impensar la ZMCM” en lugar de repensarla?

¿Cuál es la diferencia entre repensar la metrópli e impensarla?
Una respuesta a cabalidad tendría que ser extensa y profunda. Aunque de inmediato podemos asegurar que ya cualquiera de sus habitantes reconoce la gravedad de la descomunal problemática de nuestra metrópoli, ya que ésta es sentida de manera cotidiana por millones ciudadanos, a grado tal que se ha convertido en interés público. Pero también reconocemos que las respuestas a esa problemática, por lo general parecen moverse en un círculo vicioso.
Una parte significativa de ese interés público se ha manifestado en diversas y sucesivas reuniones abiertas –cuando menos desde los años ochenta del siglo pasado, que ante la dificultad de enfrentar con éxito la problemática citadina y metropolitana, se preguntan, palabras más o menos: ¿que ciudad queremos? ¿cuáles son los retos que nos plantea la ciudad para el siglo XXI?, y también han manifestado la necesidad de repensar la metrópoli 1.
Asimismo dan cuenta de este interés un cúmulo de investigaciones y publicaciones, que en este momento sería largo enumerar (ver bibliografía).
Ahora bien, una problemática “estrictamente metropolitana”, ha sido objeto de una serie de estudios que se han realizado para definir la delimitación física-geográfica del “Área Metropolitana de la ciudad de México” o de la Zona Metropolitana de la Cuenca de México: desde los pioneros trabajos de Luis Unikel y su equipo (1976) hasta la reciente delimitación hecha por los gobiernos del Distrito Federal y del Estado de México anunciada el 23 de diciembre del 2005, pasando por las propuestas de Metrópoli 20-25 (2005). De un buen número de estos estudios dan cuenta investigaciones como la de Connolly y Cruz (2004) 2. Sin embargo y no obstante que la determinación de los elementos o indicadores para llevar a cabo la delimitación metropolitana, es de interés extendido y compartido en otras ciudades incluso a nivel mundial, pues forma parte ya del acervo temático de los estudios metropolitanos, se puede afirmar que ésta problemática es de tal naturaleza que se requiere el reconocimiento –para no seguir moviéndonos en el circulo vicios que ya hemos mencionado- de que estamos implicados en un magno conjunto de procesos, interacciones complejas, y retroacciones que muestran una organización compleja. Y sin duda, una tarea de nuevo cuño sería indagar que lugar ocupa el problema de la delimitación metropolitana en este conjunto de procesos. Para ello, tendríamos que impensar la metrópoli en lugar de sólo repensarla.
Aparece aquí la segunda de nuestras preguntas iniciales: ¿Cuál es la diferencia entre una actitud y la otra? Para intentar responderla con precisión, tenemos que ser concientes que estamos ante una cuestión epistemológica, y más si implicamos al pensamiento complejo en nuestra reflexión. Por ello, nuestros referentes bibliográficos fundamentales son: por un lado, I.Wallernstein, en especial su inquietante trabajo “Impensar las ciencias sociales” (1998-2003), y al mismo tiempo, la literatura acerca del pensamiento complejo, sobre todo Piaget (1983), Prigogine (1977), Rolando García (2000) y E. Morin (1991, 1998).
En el texto citado de Wallernstein se argumenta que ante el alto número de suposiciones engañosas y restrictivas de las ciencias sociales heredadas del siglo XIX, nos obligamos ahora a cambiar una actitud que ha sido continua entre los investigadores y que ha consistido en repensar las ciencias sociales. Nuestro autor es contundente al referirse a los efectos de aquellas ciencias decimonónicas:
Dichas suposiciones, otroras consideradas liberadoras del espíritu, hoy en día son la principal barrera intelectual para analizar con algún fin útil el mundo social”3
No se trata, en consecuencia, de un simple juego de palabras sino del establecimiento de una frontera, ciertamente ancha y sinuosa, plena de incidentes entre una forma del conocimiento, de las concepciones y paradigmas de las ciencias sociales decimonónicas y que se prolongaron a lo largo del siglo XX a formas superiores del conocimiento, que está significando la construcción del pensamiento complejo. Ahora bien, parecería innecesario despejar una duda que pudiera surgir de las citadas aseveraciones de Wallernstein y es en términos de su aplicación al conocimiento de la ciudad y la metrópoli, pero los imprintings (en el sentido de Morin) del positivismo, que nos han hecho creer que el conocimiento de “lo social” y en nuestro caso de “las cuestiones urbanas y metropolitanos” es un espejo fragmentado de disciplinas, se presta para la incomprensión de la unidad de éste.

Solo basta con pensar si hay algo más social que la ciudad y la metrópoli para reconocer la vinculación entre las ciencias sociales y “las ciencias de la ciudad”

No se trata solo de proclamar la interdisciplinariedad, sino de eliminar lo que Morin llama el principio de disyunción entre ciencias que debieran estar unidas. Como afirma este pensador: “Por todas partes se sabe que el hombre es un ser físico y biológico, individual y social, pero en ninguna parte puede instituirse una ligazón entre los puntos de vista físico, biológico, antropológico, psicológico, sociológico. Se habla de interdisciplinariedad, pero en todas partes el principio de disyunción sigue cortando a ciegas. Aquí y allá se empieza a ver que el divorcio entre la cultura humanista y la cultura científica es desastroso para una y para otra, pero quienes se esfuerzan por ir y venir entre una y otra son marginados y ridiculizados. Aquí y allá se empieza a poner en cuestión el reino de los expertos y los tecnócratas, pero no se pone en cuestión el principio de hiperespecialización que los produce y reproduce…” (Morin, 1991, 1998)-
No nos queda duda que la proclama de impensar la ciudad y la metrópoli es tan válida, y necesaria, como la de impensar las ciencias sociales
Ahora bien, en base a las convicciones planteadas, ¿Cuál es el problema que creemos pertinente abordar?: tratar de dar cuenta de las transformaciones de las ideas que se han generado en torno a la ciudad-metrópoli de la ciudad de México, sobre todo desde que se determina que ha alcanzado la condición de “Zona Metropolitana”.
Hay que reconocer abiertamente que estamos ante una tarea de construcción histórica de ideas acerca de nuestra ciudad, y este es el sentido fundamental de la proclama de repensarla e impensarla, y para lograrlo también partimos del planteamiento wallernsteniano de abordar la historia como un sistema complejo.
Procederemos así porque si bien el “paso” de repensar la ciudad a “impensarla” significa un radical “salto cualitativo” este tránsito no se da súbitamente sino que implica todo un proceso “enmarañado y sinuoso”. Ahora bien, ese recorrido por las transformaciones de las ideas nos arroja ya, en una primera ojeada a lo que se ha producido una percepción inicial: en nuestro país, ese proceso se ha iniciado y un indicio y apoyo fundamental es el surgimiento y desenvolvimiento de la epistemología constructivista.
La construcción de esa organización compleja tiene que darse a través de sucesivas transformaciones de los estudios que se realizan acerca de la “problemática de la ciudad-metrópoli. De hecho, ese proceso se ha venido produciendo, y se puede caracterizar a través de dos etapas: a.-un conjunto de estudios iniciales para repensar la ciudad y la metrópoli, y b.- en virtud de las dificultades que presenta actualmente la problemática, se están generando condiciones para dar el “salto cognoscitivo” que representa “impensar” la metrópoli.

Si bien los esquemas iniciales de caracterización de nuestra ciudad ya en la etapa funcionalista ( fines de los años treinta a mediados de los cincuenta) manejan de manera evidente esquemas o paradigmas de simplicidad, ya desde finales de cincuenta hasta finales de los sesenta y principios de los setenta, cuando la mancha urbana ha rebasado ampliamente los límites del Distrito Federal y la complejidad se va mostrando ante los investigadores, van apareciendo cada vez con mayor fuerza otros procesos que se vuelven temas de análisis. Y así, se presentan múltiples aspectos: planificación física, administración y políticas públicas destinadas a la ZMCM, transporte metropolitano, infraestructuras, vivienda, salud, cultura, medioambiente-sustentabilidad (años 80 y 90), pobreza urbana, etc . Asimismo, a raíz de la agudización de la llamada globalización y de los efectos ambientales tanto a nivel planetario como local desatado procesos que la hacen adquirir nuevos perfiles y contenidos. Y todo esto se produce de manera inter - vinculada con la agudización de los problemas socioeconómicos de la ciudad y el descenso de la calidad de vida de la mayoría de su población. Lo interesante de esto es que los estudios sobre la ciudad van acelerando la necesidad de la concurrencia de disciplinas que no habían sido consideradas en las “explicaciones” de la ciudad, o que habían sido contempladas de otra manera, o por la forma de concebir sus vinculaciones. Esto último es de lo más importante, porque conduce a la consideración de los “problemas estructurales” de la ciudad y de manera consecuente, del Area Metropolitana.
Se entiende entonces que “repensar la ciudad” y ahora “impensar la metrópoli” ha sido, desde enfoques distintos, un ejercicio constante en el curso de la construcción de nuestra modernidad urbana y social. Este proceso ha sido lento, no regular, con sobresaltos, aunque ahora se puede vislumbrar un rebasamiento cognoscitivo en los estudios e investigaciones de nuestras grandes ciudades y específicamente de la Zona Metropolitana de la Cuenca de México (López, 2003)4, y tal hecho nos coloca ya en el ámbito de “impensar la metrópoli”.
Ahora bien, una afirmación reiterada por nosotros con respecto a estos temas, es que las concepciones convencionales, heredadas del positivismo, establecidas en torno a la ciudad y ciertamente de su planificación no son ya eficaces para caracterizar la complejidad de los procesos urbanos actuales, incluidos los “metropolitanos”, y que se requiere otra actitud epistemológica, y no sólo para pensar, repensar e impensar esos procesos sino para abordarlos por las vías pertinentes, e incluso innovadoras en la medida que asumen el pensamiento complejo ( Wallernstein 1998, Morin 1991, 1998).
De lo anterior se desprende una tarea central: seguir el paso, de una manera sistemática y profunda, a las transformaciones de la idea de ciudad y específicamente de la ciudad de México, así como determinar el momento y la manera en que se le asigna el calificativo de metrópoli y la formas en que ha sido concebida, así, y sobre todo, no las “causas”, sino las determinaciones complejas de esas transformaciones. En ese proceso investigativo, se pondrá a prueba la propia necesidad de “repensarla” o más radicalmente, de impensarla.
Se trata, entonces y ni más ni menos de construcción de la historia reciente de las ideas sobre la ciudad y la metrópoli, concretamente de la Cuenca de México.. Y para ello tendríamos que basarnos en el precepto constructivista de que el problema de la historia es la historia del problema, que en este caso se tendría que expresar como “la historia del conjunto problemático”, de la zona Metropolitana de la Cuenca de México, tal como ha sido visto y concebido por los estudiosos.
Es obvio que la necesaria construcción histórica de las ideas científicas acerca de la ciudad y la metrópoli es una tarea gigantesca sólo abordable con eficacia por medio de una magna estrategia cognoscitiva transdisciplinaria, que reconozca esa complejidad y que haga posible construir el sistema que aborde el “mundo de ideas que se han dado acerca de los procesos que pretendemos abordar. En este texto sólo estamos tratando de contribuir con algunas ideas generales al respecto.
Evidentemente en el cúmulo de publicaciones que se han realizado en torno a estos temas, se encuentran aportaciones múltiples, intentos, aproximaciones, así como algunos trabajos de gran validez 5 de tal manera que no estamos partiendo de cero.

Con lo planteado, queremos decir que lo que hace falta es una organización compleja de las ideas que nos permita encontrar el conjunto del proceso mediante el cual surgen las ideas sobre la metrópoli. Porque si bien habrá pocos que duden que la Zona Metropolitana de la ciudad de México representa una problemática compleja, el gran reto es construir el sistema adecuado para abordarla, mismo que, como lo hemos ya establecido, se tiene que adscribir a la conceptualización de los sistemas complejos.
Consecuente con el pensamiento complejo, tenemos que reconocer que la obligada incursión epistemológica que emprendemos, nos lleva a una cuestión básica: En virtud de que nuestro objeto-sujeto es “el conjunto de ideas –e incluso de “teorías acerca de la metrópoli, nos preguntamos ahora ¿Qué es lo que hace que las ideas surjan?, que se puede plantear de esta manera ¿En el entendido que los procesos de la construcción de las ideas y teorías acerca de un “objeto de conocimiento” es producto de un conjunto de determinaciones, cuál es ese conjunto?

Un lúcido planteamiento de Edgar Morin calza perfectamente al respecto:
¡que prodigiosa reunión de determinaciones sociales, culturales e históricas se precisa para que nazca la menor idea, la menor teoría! De este modo, existen las determinaciones del lugar, del “clima”, del momento histórico. Existe, y ello es capital, la determinación socio-céntrica que toda sociedad impone a los conocimientos que en ella se forman, y existen, en el seno de las sociedades modernas, las determinaciones de clase, de casta, de profesión, de secta, de clan. Estas determinaciones se envuelven, se impenetran y refuerzan entre sí”. Sin embargo, advierte: “Sería insuficiente atenerse a estas determinaciones que pesan desde el exterior sobre el conocimiento. Hay que considerar también los determinismos intrínsecos al conocimiento, que son mucho mas implacables.” (Edgar Morin)
Esto indica, en primer lugar, que no basta con pensar –a la manera del positivismo- que lo que sucede en la metrópoli “se debe a las condiciones de la época” y contentarnos con “registrar” esas “condiciones” lo cual de alguna manera aún persiste, sino tampoco tomar en cuenta solo algunos procesos por determinantes que parezcan a primera vista, (como los económicos y los políticos), sino enfrentar la construcción del conjunto problemático a través de proceder a una organización de ideas que nos de cuenta de la complejidad metropolitana, referidos naturalmente a su transformación a través de sus tiempos específicos.
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