Economía, Sociedad y Cultura. Siglo XXI editores 1999 Madrid




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LA ERA DE LA INFORMACIÓN

Economía, Sociedad y Cultura. Siglo XXI Editores 1999 Madrid

Manuel Castells.
LA REVOLUCIÓN DE LA TECNOLOGÍA DE LA INFORMACIÓN.

¿QUÉ REVOLUCIÓN?
El gradualismo, escribió el paleontólogo Stephen J. Gould, «la idea de que todo cambio debe ser suave, lento y constante, nunca se leyó de las rocas. Representó un sesgo cultural común, en parte una respuesta del liberalismo del siglo XIX a un mundo en revolución. Pero continúa empañando nuestra lectura, supuestamente objetiva, de la historia de la vida. [...] La historia de la vida, tal como yo la interpreto, es una serie de estados estables, salpicados a intervalos raros por acontecimientos importantes que suceden con gran rapidez y ayudan a establecer la siguiente etapa estable»1. Mi punto de partida, y no soy el único que lo asume2 , es que, al final del siglo XX vivimos uno de esos raros intervalos de la historia. Un intervalo caracterizado por la transformación de nuestra «cultura material»3 por obra de un nuevo paradigma tecnológico organizado en torno a las tecnologías de la información. Por tecnología entiendo, en continuidad con Harvey Brooks y Dan Bell, «el uso del conocimiento científico para especificar modos de hacer cosas de una manera reproducible»4. Entre las tecnologías de la información incluyo, como todo el mundo, el conjunto convergente de tecnología de la microelectrónica, la informática (máquinas y software), las telecomunicaciones/televisión/radio y la optoelectrónica5 . Además, a diferencia de algunos analistas, también incluyo en el ámbito de las tecnologías de información la ingeniería genética y su conjunto de desarrollos y aplicaciones en expansión6 . Ello es debido, en primer lugar, a que la ingenie genética se centra en la decodificación, manipulación y reprogramación final de los códigos de información de la materia viva. Pero, también, pc que en la década de 1990 la biología, la electrónica y la informática parecen estar convergiendo e interactuando en sus aplicaciones, en sus materiales y, lo que es más fundamental, en su planteamiento conceptual, tema que merece otra mención más adelante en este mismo capítulo7 . En torno a este núcleo de tecnologías de la información, en el sentido amplio definido, está constituyéndose durante las dos últimas décadas del siglo XX una constelación de importantes descubrimientos en material avanzados, en fuentes de energía, en aplicaciones médicas, en técnicas fabricación (en curso o potenciales, como la nanotecnología) y en la tecnología del transporte, entre otras8. Además, el proceso actual de transformación tecnológica se expande de forma exponencial por su capacidad para crear una interfaz entre los campos tecnológicos mediante un le guaje digital común en el que la información se genera, se almacena, recobra, se procesa y se transmite. Vivimos en un mundo que, en explosión de Nicholas Negroponte, se ha vuelto digital9.
La exageración profética y la manipulación ideológica que caracterizan a la mayoría de los discursos sobre la revolución de la tecnología de información no deben llevamos a menospreciar su verdadero significa fundamental. Es, como este libro tratará de mostrar, un acontecimiento histórico al menos tan importante como lo fue la Revolución industrial del siglo XVIII, inductor de discontinuidad en la base material de la economía, la sociedad y la cultura. La relación histórica de las revoluciones tecnológicas, en la compilación de Melvin Kranzberg y Carroll Pursell10 muestra que todas se caracterizan por su capacidad de penetración en todos los dominios de la actividad humana no como fuente exógena de impacto, sino como el paño con el que está tejida esa actividad. En otras palabras, se orientan hacia el proceso, además de inducir nuevos productos. Por otra parte, a diferencia de cualquier otra revolución, el núcleo de la transformación que estamos experimentando en la revolución en curso remite a las tecnologías del procesamiento de la información y de la comunicación11. La tecnología de la información es a esta revolución lo que las nuevas fuentes de energía fueron a las sucesivas revoluciones industriales del motor de vapor a los combustibles fósiles e incluso a la energía nuclear, ya que la generación y distribución de energía fue el elemento clave subyacente en la sociedad industrial. Sin embargo, esta declaración sobre el papel preeminente de la tecnología de la información se confunde con frecuencia con la caracterización de la revolución actual como esencialmente dependiente del nuevo conocimiento e información, lo cual es cierto para el proceso en curso de cambio tecnológico, pero asimismo para las revoluciones tecnológicas precedentes, como han expuesto sobre- salientes historiadores de la tecnología como Melvin Kranzberg y Joel Mokyr12. La primera revolución industrial, si bien no se basó en la ciencia, contó con un amplio uso de la información, aplicando y desarrollando el conocimiento ya existente. Y la segunda revolución industrial, a partir de 1850, se caracterizó por el papel decisivo de la ciencia para fomentar la innovación. En efecto, los laboratorios de I+D aparecieron por vez primera en la industria química alemana en las últimas décadas del siglo XIX13 .
Lo que caracteriza a la revolución tecnológica actual no es el carácter central del conocimiento y la información, sino la aplicación de ese conocimiento e información a aparatos de generación de conocimiento y procesamiento de la información/comunicación, en un círculo de realimentación acumulativo entre la innovación y sus usos14. Un ejemplo puede clarificar este análisis. Los empleos de las nuevas tecnologías de las telecomunicaciones en las dos últimas décadas han pasado por tres etapas diferenciadas: automatización de las tareas, experimentación de los usos y reconfiguración de las aplicaciones. En las dos primeras etapas, la innovación tecnológica progresó mediante el aprendizaje por el uso, según la terminología de Rosenberg15. En la tercera etapa, los usuarios aprendieron tecnología creándola y acabaron reconfigurando las redes y encontrando nuevas aplicaciones. El círculo de retroalimentación entre la introducción de nueva tecnología, su utilización y su desarrollo en nuevo campos se hizo mucho más rápido en el nuevo paradigma tecnológicos. Como resultado, la difusión de la tecnología amplifica infinitamente SI poder al apropiársela y redefinirla sus usuarios. Las nuevas tecnologías di la información no son sólo herramientas que aplicar, sino instrumentos que desarrollar. Los usuarios y los creadores pueden convertirse en los mismos. De este modo, los usuarios pueden tomar el control de la tecnología como en el caso de Internet (véase el capítulo 5). De esto se deduce una estrecha relación entre los procesos sociales de creación y manipulación de símbolos (la cultura de la sociedad) y la capacidad de producir y distribuir bienes y servicios (las fuerzas productivas). Por primera vez en la historia, la mente humana es una fuerza productiva directa, no sólo un elemento decisivo del sistema de producción.
Así, los ordenadores, los sistemas de comunicación y la decodificación y programación genética son todos amplificadores y prolongaciones de l mente humana. Lo que pensamos y cómo pensamos queda expresado en bienes, servicios, producción material e intelectual, ya sea alimento, refugio, sistemas de transporte y comunicación, ordenadores, misiles, salud, educación o imágenes. La integración creciente entre mentes y máquinas, incluida la máquina del ADN, está borrando lo que Bruce Mazlish denomina «la cuarta discontinuidad»16 (la existente entre humanos y máquinas), alterando de forma fundamental el modo en que nacemos, vivimos, aprendemos, trabajamos, producimos, consumimos, soñamos, luchamos o morimos. Por supuesto, los contextos culturales/institucionales y la acción social intencionada interactúan decisivamente con el nuevo sistema tecnológico, pero este sistema lleva incorporada su propia lógica, caracterizada por la capacidad de traducir todos los aportes a un sistema de información común y procesar esa información a una velocidad creciente, con una potencia en aumento, a un coste decreciente, en una red de recuperación y distribución potencialmente ubicua.
Existe un rasgo adicional que caracteriza a la revolución de la tecnología de la información comparada con sus predecesoras históricas. Mokyr ha expuesto que las revoluciones tecnológicas se dieron sólo en unas cuantas sociedades y se difundieron en un área geográfica relativa- mente limitada, viviendo a menudo en un espacio y tiempo aislados con respecto a otras regiones del planeta. Así, mientras los europeos tomaron algunos de los descubrimientos ocurridos en China, durante muchos siglos, China y Japón sólo adoptaron la tecnología europea de forma muy limitada, restringiéndose fundamentalmente a las aplicaciones militares. El contacto entre civilizaciones de diferentes niveles tecnológicos con frecuencia tomó la forma de la destrucción de la menos desarrollada o de aquellas que no habían aplicado su conocimiento sobre todo a la tecnología militar, como fue el caso de las civilizaciones americanas aniquiladas por los conquistadores españoles, a veces mediante la guerra biológica accidental17. La revolución industrial se extendió a la mayor parte del globo desde sus tierras originales de Europa Occidental durante los dos siglos posteriores. Pero su expansión fue muy selectiva y su ritmo, muy lento para los parámetros actuales de difusión tecnológica18. En efecto, incluso en la Gran Bretaña de mediados del siglo XIX, las nuevas tecnologías industriales no habían afectado a sectores que representaban la mayoría de la mano de obra y al menos la mitad del producto nacional bruto19. Además, su alcance planetario en las décadas siguientes las más de las veces tomó la forma de dominación colonial, ya fuera en India bajo el Imperio Británico; en América Latina bajo la dependencia comercial/industrial de Gran Bretaña y Estados Unidos; en el desmembramiento de África bajo el Tratado de Berlín; o en la apertura al comercio exterior de Japón y China por los cañones de los barcos occidentales. En contraste, las nuevas tecnologías de la información se han extendido por el globo con velocidad relampagueante en menos de dos décadas, de mediados de la década de 1970 a mediados de la de 1990, exhibiendo una lógica que propongo como característica de esta revolución tecnológica: la aplicación inmediata para su propio desarrollo de las tecnologías que genera, enlazando el mundo mediante la tecnología de la información. Sin duda alguna existen grandes áreas del mundo y considerables segmentos de población desconectados del nuevo sistema tecnológico: éste es precisamente uno de los argumentos centrales de este libro. Además, la velocidad de la difusión tecnológica es selectiva, tanto social como funcionalmente. La oportunidad diferencial en el acceso al poder de la tecnología para las gentes de los países y las regiones es una fuente crítica de desigualdad en nuestra sociedad. Las zonas desconectadas son discontinuas cultural y espacia] mente: se encuentran en los centros deprimidos de las ciudades estadounidenses o en las banlieues francesas, así como en los poblados de choza I de África o en las regiones rurales desposeídas de China o India. No obstante, a mediados de la década de 1990, las funciones dominantes, los grupos sociales y los territorios de todo el globo están conectados en u nuevo sistema tecnológico, que no comenzó a tomar forma como tal hasta los años setenta.
¿Cómo ocurrió esta transformación fundamental en lo que viene a ser un instante histórico? ¿Por qué se está difundiendo por todo el globo a paso tan acelerado aunque desigual? ¿Por qué es una «revolución» Puesto que a nuestra experiencia de lo nuevo le da forma nuestro pasado reciente, creo que para responder a estas preguntas básicas sería útil hacer un breve recordatorio del curso histórico de la Revolución industrial aún presente en nuestras instituciones y, por tanto, en nuestro marco mental.

LECCIONES DE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL.
Los historiadores han mostrado que hubo al menos dos revoluciol1 industriales: la primera comenzó en el último tercio del siglo XVIII, se caracterizó por nuevas tecnologías como la máquina de vapor, la hiladora de varios husos, el proceso Cort en metalurgia y, en un sentido más general, por la sustitución de las herramientas por las máquinas; la segunda unos cien años después, ofreció el desarrollo de la electricidad, el motor de combustión interna, la química basada en la ciencia, la fundición acero eficiente y el comienzo de las tecnologías de la comunicación, c la difusión del telégrafo y la invención del teléfono. Entre las dos existen continuidades fundamentales, así como algunas diferencias críticas, la principal de las cuales es la importancia decisiva del conocimiento científico para producir y dirigir el desarrollo tecnológico desde 185020. Precisamente debido a sus diferencias, los rasgos comunes a ambas pueden ofrecer una percepción preciosa para comprender la lógica de las revoluciones tecnológicas.
Ante todo, en ambos casos, somos testigos de lo que Mokyr describe como un periodo de «cambio tecnológico acelerado y sin precedentes» según los parámetros históricos21. Un conjunto de macroinvenciones prepararon el terreno para el florecimiento de las microinvenciones en el campo de la agricultura, la industria y las comunicaciones. En la base material de la especie humana se introdujo de manera irreversible una discontinuidad histórica fundamental, en un proceso de trayectoria dependiente, cuya lógica secuencial interna ha sido investigada por Paul David y teorizada por Brian Arthur. En efecto, hubo «revoluciones» en el sentido de que la aparición repentina e inesperada de unas aplicaciones 'tecnológicas transformó los procesos de producción y distribución, creo un aluvión de nuevos productos y cambió decisivamente la ubicación de la riqueza y el poder en un planeta que de repente quedó al alcance de aquellos países y elites capaces de dominar el nuevo sistema tecnológico. El lado oscuro de esta aventura tecnológica es que estuvo inextricablemente unida a las ambiciones imperialistas y a los conflictos antiimperialistas.
No obstante, ésta es precisamente una confirmación del carácter revolucionario de las nuevas tecnologías industriales. El ascenso histórico del denominado Occidente, limitado de hecho a Gran Bretaña y un puñado de naciones de Europa Occidental, así como a su prole norteamericana, está ligado sobre todo a la superioridad tecnológica lograda durante las dos revoluciones industriales. Nada de la historia cultural, científica, política o militar del mundo previo a la revolución industrial explicara la indisputable supremacía «occidental» (anglosajona/alemana, con un toque francés) entre 1750 y 1950. China fue una cultura muy superior durante la mayor parte de la historia anterior al Renacimiento; la civilización musulmana (tomándome la libertad de utilizar este término) dominó buena parte del Mediterráneo y ejerció una influencia significativa en África d rante toda la Edad Moderna; Asia y África permanecieron en general organizadas en tomo a centros culturales y políticos autónomos; RuI gobernó en un aislamiento espléndido sobre una vasta extensión a largo de Europa Oriental y Asia; y el Imperio Español, la cultura europea rezagada de la Revolución industrial, fue la principal potencia mundial durante más de dos siglos desde 1492. La tecnología, como expresión condiciones sociales específicas, introdujo una nueva trayectoria histórica en la segunda mitad del siglo XVIII.
Esta trayectoria se originó en Gran Bretaña, aunque se pueden seguir los rastros de sus raíces intelectuales por toda Europa, hasta el espíritu de descubrimiento del Renacimiento. En efecto, algunos historiadores sostienen que el conocimiento científico necesario subyacente en la primera revolución industrial se hallaba disponible cien años antes, listo para su uso en condiciones sociales maduras; o, como sostienen otros, esperando el ingenio técnico de inventores autodidactas, como Newcomen, Watts, Crompton o Arkwright, capaces de traducir el conocimiento disponible, combinado con la experiencia artesanal, en nuevas y decisivas tecnologías industriales. Sin embargo, la segunda revolución industrial, más dependiente del nuevo conocimiento científico, cambió sus centros de gravedad hacia Alemania y Estados Unidos, donde dieron los principales avances en química, electricidad y telefonía. Los historiadores han analizado minuciosamente las condiciones sociales, la geografía cambiante de la innovación tecnológica, centrándose frecuencia en las características de los sistemas de educación y ciencia en la institucionalización de los derechos de propiedad. Sin embargo explicación contextual para la trayectoria desigual de la innovación no lógica parece ser excesivamente amplia y abierta a interpretaciones alternativas. Hall y Preston, en su análisis de la geografía cambiante de la innovación tecnológica entre 1840 y 2003, muestran la importancia de los medios locales de innovación, entre los cuales Berlín, Nueva York y Boston se constituyeron como los «centros industriales de alta tecnología del mundo» entre 1880 y 1914, mientras que «Londres en ese periodo era una pálida sombra de Berlín». La razón estriba en la base territorial para la interacción de los sistemas de descubrimiento tecnológico y su aplicación, es decir, en las propiedades sinergéticas de lo que se conoce en la literatura como «medios de innovación»22.
En efecto, los avances tecnológicos llegaron en racimos, interactuando unos con otros en un proceso de rendimientos crecientes. Sean cuales fueren las condiciones que determinaron ese agrupamiento, la lección clave que debe retenerse es que la innovación tecnológica no es un acontecimiento aislado23. Refleja un estado determinado de conocimiento, un entorno institucional e industrial particular, una cierta disponibilidad de aptitudes para definir un problema técnico y resolverlo, una mentalidad económica para hacer que esa aplicación sea rentable, y una red de productores y usuarios que puedan comunicar sus experiencias de forma acumulativa, aprendiendo al utilizar y crear: las elites aprenden creando, con lo que modifican las aplicaciones de la tecnología, mientras que la mayoría de la gente aprende utilizando, con lo que permanece dentro de las limitaciones de los formatos de la tecnología. La interactividad de los sistemas de innovación tecnológica, y su dependencia de ciertos «medios» de intercambio de ideas, problemas y soluciones, es un rasgo crítico que cabe generalizar de la experiencia de pasadas revoluciones a la actual.
Los efectos positivos de las nuevas tecnologías industriales sobre el crecimiento económico, los niveles de vida y el dominio humano de una naturaleza hostil (reflejado en el alargamiento espectacular de la esperanza de vida, que no había mejorado de forma constante antes de 1750) a largo plazo son indiscutibles en la relación histórica. Sin embargo, no llegaron pronto, a pesar de la difusión de la máquina de vapor y la nueva maquinaria. Mokyr nos recuerda que: el consumo per cápita y los niveles de vida aumentaron poco al principio [al final del siglo XVIII], pero las tecnologías de producción cambiaron de forma espectacular en muchas industrias y sectores, preparando el camino para el crecimiento schumpeteriano sostenido en la segunda mitad del siglo XIX, cuando el progreso tecnológico se extendió a las industrias que no se habían visto afectadas previa-mente
Se trata de una afirmación crucial que obliga a evaluar los efectos reales de los principales cambios tecnológicos, considerando un lapso tiempo muy dependiente de las condiciones específicas de cada sociedad. Sin embargo, la relación histórica parece indicar que, en términos generales, cuanto más estrecha sea la relación entre los emplazamientos de novación, la producción y el uso de las nuevas tecnologías, más real será la transformación de las sociedades y mayor la realimentación positiva de las condiciones sociales sobre las condiciones generales necesarias para que haya más innovaciones. Así, en España, la revolución industrial se difundió rápidamente en Cataluña desde finales del siglo: pero siguió un ritmo mucho más lento en el resto del país, sobre todo Madrid y en el sur; sólo el País Vasco y Asturias se habían unido al ceso de industrialización a finales del siglo XIX. Las fronteras de la innovación industrial coincidieron en buena medida con las zonas prohibidas al comercio con las colonias hispanoamericanas durante casi dos siglos mientras que las elites andaluza y castellana, así como la Corona, podían vivir de sus rentas americanas, los catalanes tenían que mantenerse Con comercio e ingenio, sometidos como estaban a la presión de un e! centralista. Como resultado en parte de esta trayectoria histórica, Cataluña y el País Vasco fueron las únicas regiones realmente industrial hasta la década de 1950 y los principales semilleros de actividades empresariales e innovación, en pronunciado contraste con las tendencias resto de España. De este modo, las condiciones sociales específicas fo tan la innovación tecnológica, que se introduce en el camino del desarrollo económico y produce más innovación. No obstante, la reproducción de estas condiciones es cultural e institucional, pero también económica y tecnológica. La transformación de los entornos sociales e institucional puede alterar el ritmo y la geografía del desarrollo tecnológico (por ejemplo, Japón tras la Restauración Meiji o Rusia durante un breve período bajo Stolypin), si bien la historia presenta una inercia considerable.
Una última y esencial lección de las revoluciones industriales, considero importante para este análisis, es polémica: aunque ambas brindaron todo un despliegue de nuevas tecnologías que formaron y transformaron un sistema industrial en etapas sucesivas, su núcleo lo constituye la innovación fundamental en la generación y distribución de la energía R. J. Forbes, un historiador clásico de la tecnología, sostiene que «la invención de la máquina de vapor es el hecho central de la revolución industrial», que sería seguido por la introducción de los nuevos generadores de fuerza motriz y del generador móvil, con el que «podía crearse la tecnología de la máquina de vapor donde se necesitaba y en el grado deseado» y aunque Mokyr insiste en el carácter polifacético de la revolución industrial, también cree que «a pesar de las protestas de algunos historiadores económicos, se sigue considerando a la máquina de vapor como la invención más esencial de la revolución industrial». La electricidad fue la energía central de la segunda revolución, pese a otros avances extraordinarios en la química, el acero, el motor de combustión interna, el telégrafo y la telefonía. Ello se debe a que sólo mediante la generación y la distribución de la electricidad todos los otros campos fueron capaces de desarrollar sus aplicaciones y conectarse entre sí. Un caso a propósito es el del telégrafo eléctrico que, utilizado por primera vez de forma experimental en la década de 1790 y ampliamente extendido en 1837, sólo pudo convertirse en una red de comunicación que conectara al mundo a gran escala cuando pudo depender de la difusión de la electricidad. Su uso extendido a partir de la década de 1870 cambió el transporte, el telégrafo, la iluminación y, no menos importante, el trabajo de las fábricas, al difundir energía bajo la forma del motor eléctrico. En efecto, aunque se ha asociado a las fábricas con la primera revolución industrial, de hecho durante casi un siglo no fueron concomitantes al uso de la máquina de vapor, que se utilizaba mucho en los talleres artesanales, mientras que bastantes grandes fábricas continuaban empleando fuentes de energía hidráulica mejoradas (por lo que fueron conocidas durante largo tiempo como mil/s, molinos). Fue el motor eléctrico el que hizo posible e indujo una organización del trabajo a gran escala en la fábrica industrial. Como escribió R. J. Forbes (en 1958): Durante los últimos doscientos cincuenta años, cinco grandes generadores nuevos de fuerza motriz han producido lo que suele llamarse la Era de la Máquina. El siglo XVIII trajo la máquina de vapor; el siglo XIX, la turbina de agua, el motor de combustión interna y la turbina de vapor; y el siglo XX, la turbina de gas. Los historiadores han acuñado con frecuencia expresiones pegadizas para denotar movimientos o corrientes de la historia. Una de ellas es «la Revolución industrial», título de un desarrollo del que suele decirse que se inició a comienzos del siglo XVIII y se extendió a lo largo de gran parte del XIX. Fue un movimiento lento, pero trajo aparejados cambios tan profundos en su combinación de progreso material y dislocación social que muy bien pudiera describirse colectivamente como revolucionario si consideramos esas fechas extremas.
De este modo, actuando sobre el proceso en el núcleo de todos los procesos, esto es, la energía necesaria para producir, distribuir y comunicar, las dos revoluciones industriales se difundieron por todo el si económico y calaron todo el tejido social. Las fuentes de energía baratas accesibles y móviles extendieron y aumentaron el poder del cuerpo humano, creando la base material para la continuación histórica de un movimiento similar encaminado a la expansión de la mente humana.
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