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Las consecuencias ecológicas del consumo en los informes sobre La situación del mundo del Worldwatch Institute

Santiago Álvarez Cantalapiedra

Director FUHEM Ecosocial

Al comienzo del tercer milenio la humanidad se enfrenta a uno de los desafíos más críticos y decisivos de su historia: el denominado “cambio global” o conjunto de transformaciones ambientales que amenazan con alterar sustancialmente las condiciones que ofrece el planeta para sostener la vida humana.

Para ilustrar la trascendencia de este cambio, se puede rememorar el inicio de la película La era de la estupidez.1 La primera imagen del metraje es la “gran explosión” del origen del universo, ese instante en que surge toda la materia y la energía que existe actualmente. A continuación, mientras se presentan los créditos de la película, aparece en la pantalla un marcador del tiempo que arranca hace 13.000 millones de años y discurre hacia nuestro presente mostrando la evolución de la historia universal. En ese cronómetro se señalan los 4.600 millones de años de edad de nuestro Sistema Solar, el origen de la vida (probablemente en una fecha comprendida entre los 2.000 y 3.000 millones de años), la extinción de los dinosaurios, la aparición del ser humano (aproximadamente hace unos 200.000 años), hasta llegar al año 2055, fecha en la que transcurre la película, con las imágenes de un planeta devastado por el cambio climático.

Ese recorrido muestra que la presencia del ser humano es apenas un parpadeo en la historia del planeta Tierra. Más aún si lo que se considera es la historia universal. Si comprimiéramos el tiempo de la historia del universo en un sólo año, la presencia de la especie humana solo abarcaría los últimos 315 segundos. Sin embargo, pese a que el ser humano es un recién llegado a la larga, casi eterna, historia universal, su impronta se deja ver en la actualidad de una manera decisiva.

¿Qué ha ocurrido en el planeta Tierra durante este breve espacio de tiempo de presencia del ser humano? Durante ese periodo el hábitat planetario ha sufrido la presión creciente del comportamiento humano, sobre todo en los últimos cien años, un lapso que equivale solamente al 0,05% en la historia de la humanidad (75 millonésimas de un segundo en esa historia universal que hemos contraído en un año). En este intervalo de tiempo, los seres humanos nos hemos convertido en la principal fuerza geológica del planeta, en la principal variable que explicaría los cambios que se producen en la naturaleza. Así lo expresa el holandés Paul J. Crutzen (premio Nobel de Química en el año 1995 por sus estudios sobre la capa de ozono): «un observador que mirase la Tierra desde lejos y siguiera su evolución de miles de millones de años, encontraría nuestro planeta extraño e interesante (…) pensaría que es testigo de un acontecimiento inusual y no dudaría de que se encuentra frente al inicio de una nueva era geológica. Y si supiese que la principal causa de los cambios que observa somos los hombres, no dudaría en llamar a la nueva era Antropoceno, es decir, la era del hombre».

En consecuencia, si nos hemos adentrado en una nueva etapa geológica, la “Era del Antropoceno”, en la que el ser humano se ha convertido en la principal fuerza de control y cambio de los procesos de la biosfera, dejando incluso pequeñas a las grandes fuerzas geológicas que tradicionalmente habían configurado la geografía y el clima terrestre, el comportamiento humano, a través de la enorme capacidad de transformación adquirida mediante la tecnología y la actividad económica, se convierte en la principal variable explicativa de la actual crisis ecológica de dimensiones globales.

El surgimiento de la conciencia ecologista contemporánea

En la década de los setenta del siglo pasado, las preocupaciones ecológicas empezaron a cobrar una fuerza inesperada en los países desarrollados de Occidente. Contribuyó a ello de manera decisiva la publicación por aquellos años de algunos informes y libros sobre los daños ecológico-ambientales que origina la actual civilización industrial. En el año 1972 apareció el informe sobre Los límites al crecimiento (también conocido como primer informe Meadows), encargado por el Club de Roma a un grupo de expertos en dinámica de sistemas vinculados al Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), cuya repercusión sobre la opinión pública sirvió para poner en evidencia la inviabilidad de un crecimiento continuado de la población y los consumos. A esta y otras publicaciones, se añadieron en los primeros años de esa década otros acontecimientos, entre los que destaca la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano, celebrada en Estocolmo, primera manifestación de la preocupación de la comunidad internacional por el deterioro ecológico global. La crisis energética de 1973, el riesgo del exterminio nuclear derivado de la Guerra Fría y el encadenamiento de numerosas catástrofes pocos años después (accidente de Three Mile Island en Harrisburg en 1979, el desastre de Bhopal en 1984, etc.) terminaron por asentar una conciencia planetaria sobre los peligros que una crisis global podría ocasionar a la humanidad. En este contexto, en el año 1974, Lester Brown funda un think tank en Washington con la intención de influir en los responsables políticos e informar a la opinión pública sobre las complejas relaciones entre la economía mundial y los sistemas naturales que la dan soporte: había nacido el Worldwatch Institute. El primer informe sobre La situación del mundo, aparecería en 1984.

El movimiento ecologista, que desde sus orígenes combina una “pedagogía de la lucidez” (ilustrando la relación problemática de los comportamientos característicos de la civilización industrial con la biosfera) con una “ética de la supervivencia” (la obligación moral de la humanidad de sobrevivir2), realiza la doble tarea de proporcionar, por un lado, una descripción analítica de la sociedad en relación con la naturaleza y, por otro, prescribir cambios en los comportamientos que alienten un horizonte sostenible. Esta doble vertiente, descriptiva y propositiva, está también presente en los informes confeccionados por el Worldwatch Institute. Sin embargo, a diferencia del activismo ecologista, en los informes suele estar rebajado el tono catastrofista con el que el ecologismo político suele acompañar sus advertencias sobre las consecuencias que se pudieran derivar de no atender sus descripciones y prescripciones.

Las consecuencias ecológicas del consumo ha sido un tema siempre presente en los informes sobre La situación del mundo. Si en la vertiente normativa/ propositiva de los informes se urge a acelerar la transición hacia un mundo sostenible que satisfaga las necesidades humanas mediante la transformación de las economías, las culturas y las sociedades desde la ideología del consumismo a los valores de la sostenibilidad,3 la vertiente analítica y descriptiva pone el énfasis en las grandes tendencias del consumo a escala mundial con la intención de mostrar cómo estas nos alejan de la búsqueda de una vía intermedia entre el despilfarro y la pobreza que posibilite un desarrollo humano sostenible.

La vertiente descriptiva de los Informes

Las cifras mundiales de consumo dibujan un panorama mundial de rápido crecimiento y transformación. En el año 2006, el volumen total del consumo de mercancías alcanzó el valor de 30,5 billones (en dólares de 2008). Tamaño consumo es el resultado de un aumento continuado durante la segunda mitad del siglo XX en los países industriales y del creciente acceso a los bienes y servicios característicos de una sociedad de consumo en los últimos lustros de un porcentaje significativo de la población de las llamadas economías emergentes. «Sólo en 2008 se compraron 68 millones de vehículos, 85 millones de frigoríficos, 297 millones de ordenadores y 1.200 millones de teléfonos móviles en todo el mundo».4

En los últimos cincuenta años el consumo ha crecido espectacularmente multiplicándose por seis mientras la población mundial lo hacía por 2,2. Ha sido un incremento sin parangón en la historia que, sin embargo, encubre enormes desigualdades en su reparto: «el 12% de la población del mundo que vive en Norteamérica y en Europa Occidental es responsable del 60% del gasto privado mundial, mientras que la tercera parte que vive en el sudeste asiático y en el África subsahariana le corresponde sólo el 3,2%».5 No obstante, como se señala en La situación del mundo 2008, las ambiciones y valores consumistas occidentales se están propagando a enorme velocidad por el resto del mundo: «En China, América Latina e incluso en algunas partes de África es fácil encontrar valores y puntos de vista muy parecidos a éstos. La sociedad de consumo es efectivamente en la actualidad una sociedad global en la cual siguen existiendo, no cabe duda, “islas de prosperidad, océanos de pobreza”» (Jackson, 2008: 114)

¿Por qué, cómo y en qué grado son problemáticas estas tendencias mundiales de consumo para la salud del planeta? Para comprender el abordaje que desde los informes se hace de esta cuestión puede resulta útil considerar tres interpretaciones complementarias de la actual crisis ecológica global: la primera permite contemplar la crisis ecológica como una crisis del metabolismo socioeconómico; la segunda, como una crisis de extralimitación; la tercera, como una crisis ecosocial.

La crisis ecológica como crisis de metabolismo

La biosfera constituye el fundamento de la vida humana y, en consecuencia, también es el sostén de cualquier actividad realizable por los seres humanos. Por ello, no cabe contemplar a las sociedades como realidades carentes de articulaciones complejas con los sistemas naturales. Por el contrario, constituyen sistemas abiertos en el que las interrelaciones con los sistemas naturales no sólo se revelan inevitables sino también constitutivas de su propia realidad (Álvarez et al., 2013)

Desde el punto de vista de los fenómenos de carácter económico que se desarrollan en el seno de una sociedad, la naturaleza es la fuente de los recursos (materia y energía) que alimentan la actividad económica y el sumidero de todos sus desechos (sólidos, líquidos y gasesosos). Así, el proceso económico puede ser concebido en términos de “metabolismo social”, resultando fundamental la atención que se conceda al trasiego de los flujos físicos (throughput) que circulan a través de su aparato productivo donde éstos son elaborados para dar origen a bienes y servicios, generando además, como indeseable subproducto, contaminación y deterioro de la calidad ambiental.

La visión histórica nos permite percibir el alcance de la crisis ecológica entendida en términos de “crisis de metabolismo”. Con anterioridad a la revolución industrial las sociedades se organizaron en el plano material básicamente a partir de los recursos bióticos que les brindaba la fotosíntesis, circunstancia que las llevaba a seguir un modelo de desarrollo acorde con la naturaleza. El funcionamiento de la biosfera se aprovecha de una fuente prácticamente inagotable de energía, el flujo solar, «para enriquecer y movilizar de forma cerrada los stocks de materiales disponibles, organizando con ellos una cadena en la que todo es objeto de uso posterior» (Naredo, 2006: 47). Así, por ejemplo, en la actividad agrícola y ganadera apenas existían residuos, porque la mayor parte de la cosecha no utilizada (o los excrementos del ganado) se reincorporan a la tierra como abono y mejora de la calidad del suelo para iniciar un nuevo ciclo de cultivo.

La actividad en la civilización industrial, por el contrario, se apoya en la extracción de materiales y energía fósil presentes en la corteza terrestre y los degrada sin llegar a utilizarlos de nuevo, rompiendo así con los ciclos y la utilización del sol como fuente básica de energía. Todas estas transformaciones en el funcionamiento material de las sociedades supusieron, en el curso de muy poco tiempo, un cambio desde un metabolismo orgánico hacia un metabolismo industrial. Aspecto que supuso el paso de una economía de superficie a una economía de subsuelo: «podemos describir la Revolución Industrial como un proceso mediante el cual las sociedades se alejan del sol para hundirse en el subsuelo» (Riechmann, 2006: 74).

La dependencia de los actuales estilos de vida de la extracción de recursos procedentes de la corteza terrestre muestra el lado físico del consumo, aspecto habitualmente velado en los análisis y discursos sobre el mismo. Referido al consumo mundial, entre 1950 y 2005 la extracción de metales se multiplicó por seis, la del petróleo por ocho y la del gas natural por catorce. «En la actualidad se extraen anualmente un total de 60.000 millones de toneladas de recursos –alrededor del 50% más que hace sólo treinta años. El europeo medio consume hoy 43 kilos de recursos diarios, y el americano medio 88 kilos».6

La crisis ecológica como crisis por extralimitación

La crisis ecológica global no tiene que ver únicamente con el tipo de metabolismo socioeconómico que se instaura desde la revolución industrial, sino también con la tendencia expansiva de la civilización industrial capitalista. Esta tendencia ha dado lugar a un acontecimiento decisivo a lo largo del siglo XX: la humanidad –en expresión de Herman Daly- pasó de vivir en “un mundo vacío” a vivir en “un mundo lleno”.

Como se ha señalado, en 1972 se publicó el célebre informe sobre Los límites del crecimiento, que representó una de las primeras llamadas de atención acerca de la insensatez que supondría continuar por la senda devastadora de una expansión sin limitaciones del sistema económico. Treinta años después, en un nuevo informe, los mismos autores señalan que se ha llegado demasiado lejos y la extralimitación es ya, desde finales de los años ochenta del siglo pasado, una realidad (Meadows et al., 2006).

Circunstancia que se puede expresar gráficamente a través del indicador de la Huella Ecológica, que mide en términos territoriales los impactos de los estilos de vida de una determinada población, y que al poder ser comparada en sus valores mundiales con la superficie productiva terrestre y marina aún disponible (o Biocapacidad del mundo), ilustra que, efectivamente, la humanidad se encontraría en una situación de extralimitación rebasando en la actualidad una tercera parte la capacidad disponible del planeta.

Gráfico 1. Huella ecológica de la humanidad



Esto significa que el consumo, y en general la actividad económica, ha adquirido una dimensión demasiado grande en relación con la biosfera, colapsando los servicios de los ecosistemas y las funciones ambientales que proporciona la naturaleza. La Evaluación de los Ecosistemas del Milenio7 advierte que alrededor del 60% de esos servicios han sido degradados y utilizados de forma insostenible. Los expertos han establecido nueve límites, o umbrales críticos, relacionados con el cambio climático, la acidificación de los océanos, la pérdida de biodiversidad, el agotamiento del ozono de la estratósfera, los ciclos del nitrógeno o del fósforo, la utilización de agua dulce global, el cambio en la utilización del suelo o la contaminación química, considerados esenciales para mantener las condiciones medioambientales que han existido en los últimos 20.000 años. Todo parece indicar que se han sobrepasado los límites sostenibles de tres de ellos (cambio climático, biodiversidad y la interferencia humana en el ciclo del nitrógeno) (Rockström et al, 2009).

En consecuencia, la sostenibilidad reclama no sólo un cambio en el tipo de metabolismo socioeconómico, sino también adecuar la escala del consumo a las capacidades regenerativas y asimilativas de los sistemas globales que sostienen la vida. La crisis ecológica global es, precisamente, una consecuencia de la extralimitación de la economía mundial en relación con estas capacidades, y la vuelta a la sostenibilidad exige no sólo una modificación del flujo metabólico sino también su reducción, es decir, el decrecimiento en el consumo de materia y energía. Los informes del Worlwatch Institute reflejan esta necesidad incorporando los debates sobre el decrecimiento y la redefinición de la idea de progreso.8

La cultura consumista crecientemente globalizada, particularmente presente en las elites transnacionalizadas y en amplios sectores de consumidores de los países industriales, aunque también desde hace unas pocas décadas -a través del efecto demostración- en la creciente clase media de algunos países periféricos, es señalada en La situación del mundo como el factor central que está impidiendo reconducir la sociedad mundial hacia un horizonte sostenible. Por esa razón, en el informe correspondiente al año 2004, dedicado a la sociedad de consumo, se analiza cómo y por qué consumimos, y qué ámbitos son los que tienen un mayor impacto sobre la naturaleza. Para ello sigue los pasos del libro How Much is Enough de Alan Durning (antiguo investigador en el instituto) publicado en 1992, y se hace eco también del libro An All-Consuming Century, cuyo autor, Gary Cross, argumenta que «el “consumismo” ha ganado la batalla ideológica del siglo XX» y que es el rasgo que mejor define nuestra época. «A la larga –se señala en el prefacio- será evidente que para lograr unos objetivos aceptados por casi todos –la satisfacción de las necesidades humanas, la mejora de la salud y el mantenimiento de un mundo del que depende nuestra subsistencia- va a ser preciso que controlemos el consumo, en vez de dejar que el consumo nos controle a nosotros» (Worlwatch Institute, 2004: 27). Argumentos que se retoman en La situación del mundo 2010, reclamando la necesidad de un cambio hacia una cultura de los límites que combata la ideología consumista.

La crisis ecológica como crisis social

Excederse o extralimitarse (“pasarse de la raya”) no es algo de lo que quepa responsabilizar a todo el mundo por igual. Los excesos corresponden básicamente a aquella fracción de la humanidad cuyos niveles de consumo son más elevados. Se puede ilustrar claramente con un ejemplo recogido del informe del año 2010: «los 500 millones de personas más ricas del mundo (aproximadamente el 7% de la población mundial) son responsables actualmente del 50% de las emisiones mundiales de dióxido de carbono, mientras que los 3.000 millones más pobres sólo son responsables del 6%» (Assadourian, 2010: 39).

También la historia económica de las naciones sirve para establecer un grado diferente de responsabilidad. Varios siglos de industrialización en los países occidentales los convierte en los principales responsables del cambio climático. Sólo entre 1950 y 2000, «Estados Unidos emitió 212 gigatoneladas de dióxido de carbono, mientras que la India no emitió ni el 10% de esa cantidad. Está claro que los países más ricos del planeta se han estado apropiando de un “espacio ambiental” mucho mayor de lo que les corresponde» (Jackson, 2008: 111)

Esta dinámica desigual en el acceso, apropiación y utilización de los recursos implica que para que fuera sostenible (es decir, acorde a los límites naturales) el estilo de vida de, por ejemplo, un norteamericano medio, la Tierra sólo podría albergar a 1.400 millones de personas.

Cuadro 1. Población mundial sostenible a diferentes niveles de consumo


Nivel de consumo

Renta per cápita,

2005

(RNB, PPA, dólares 2008)

Biocapacidad per cápita

2005

(Hectáreas globales)

Población sostenible

(millones)

Renta baja

1.230

1,0

13.600

Renta media

5.100

2,2

6.200

Renta alta

35.690

6,4

2.100

Estados Unidos

45.580

9,4

1.400

Media Mundial

9.460

2,7

5.000




Fuente: La situación del mundo 2010, p. 40.

Esta circunstancia nos pone ante una evidencia profundamente perturbadora que pocas veces nos atrevemos a reconocer: el desarrollo económico, entendido como mero incremento de la renta y del consumo, es algo que, en la medida en que se da, excluye necesariamente a un porcentaje significativo de la humanidad. Un porcentaje que será mayor a medida que sean más elevados los niveles de consumo de materia y energía que precisen los estilos de vida asociados a ese tipo de desarrollo.

En escenarios de escasez de recursos, los privilegiados sólo pueden mantener sus altos niveles de consumo cuando logran que el resto de la población no consuma igual, surgiendo un interés objetivo en los primeros de que desaparezcan los segundos, de manera que «ya no se trata tanto de que la riqueza de unos requiera de la explotación de los otros como de que la riqueza de unos requiera de la desaparición de los otros» (Ovejero, 2005: 91-92). De ahí que la crisis ecológica global nos ponga frente a una crisis social, entremezclándose ambas en forma de “crisis ecosocial”.

La vertiente prescriptiva de los informes

Los informes del Worldwatch han resaltado de forma reiterada el hecho de que haya evidencias suficientes para poder considerar que, superado un determinado umbral, el crecimiento económico no contribuye al bienestar. O por decirlo de forma inversa, hay mucha investigación que pone de manifiesto que el bienestar objetivo en las sociedades y el bienestar subjetivo de las personas, superados ciertos niveles de satisfacción de necesidades y de comodidades, poco tiene que ver con alcanzar mayores niveles de renta económica.

A mediados de la última década del siglo pasado, Max Neff (1995) formuló en las páginas de la revista Ecological Economics la hipótesis de la existencia de un umbral en la relación entre crecimiento económico y bienestar objetivo de una sociedad. El consumo mercantil quizá puede impulsar el bienestar humano en un primer momento, pero a partir de un umbral los costes sociales y ambientales empiezan a tener un impacto tal que reducen el nivel de bienestar en la sociedad. La construcción de la «hipótesis del umbral» representó la primera formalización de una conjetura que venía de antiguo por la sucesión de numerosos indicios.9 El indicador de progreso genuino (IPG), una fórmula de medición del bienestar (discutible como todas) diseñada por expertos de la organización Redefining Progress para corregir las deficiencias del PIB en esta materia,10 muestra cómo en EEUU el IPG se acercó a su máximo límite per cápita en 1975, en un momento en que el PIB per cápita era alrededor de la mitad del valor que adquiere en la actualidad (véase gráfico 2).

Gráfico 2. Producto Interior Bruto e Indicador de Progreso Genuino



Sucede lo mismo si lo que se considera es el porcentaje de personas satisfechas con su vida (bienestar subjetivo) en un país a lo largo de su historia: «En Estados Unidos, los ingresos reales por persona se han triplicado desde 1950, pero el porcentaje de personas que declaran sentirse muy felices no ha aumentado prácticamente nada -de hecho ha descendido desde mediados de los años 70. En Japón la satisfacción vital de la gente ha cambiado muy poco desde hace décadas. En el Reino Unido el porcentaje de las personas que declaran ser muy felices ha bajado del 52% al 37% desde 1957 hasta actualmente (…) El bienestar subjetivo depende de manera crucial de la estabilidad familiar, de la amistad y de la solidez de la comunidad (…) Parece existir una correlación entre el aumento del consumo y decadencia de los factores que producen felicidad, en especial de las relaciones sociales. Esta correlación no implica por supuesto que una cosa “sea causa” de la otra. Pero en la práctica, como se explica a continuación, existen varias razones bastantes poderosas para pensar que las estructuras e instituciones necesarias para el crecimiento económico tienen el efecto simultáneo de perjudicar las relaciones sociales» (Jackson, 2008: 116- 117).

En consecuencia, una vez que un país ha alcanzado un nivel de renta per cápita que permite a su población afrontar en mejores condiciones la satisfacción de las necesidades humanas y alcanzar ciertas comodidades, proseguir en la búsqueda incesante de una mayor renta y una mayor acumulación de bienes puede llegar a deteriorar la calidad de vida, no por falta de riqueza sino por las consecuencias de la propia prosperidad material: «La calidad de vida se está deteriorando por la falta de tiempo y la creciente tensión en que se vive, por unas relaciones sociales cada vez menos satisfactorias, y por la desolación cada vez más evidente del medio natural»” (Gadner y Assadourian, 2004: 296).

De ahí se deriva una de las principales recomendaciones en la que cabe enmarcar buena parte de las prescripciones que se vienen proponiendo a lo largo de los sucesivos informes. Si la evidencia empírica disponible indica que el bienestar objetivo en sociedades opulentas como las de Occidente, así como el bienestar subjetivo de las personas que habitan en ellas, no ha mejorado sustancialmente desde mediados de la década de los setenta cuando el consumo en esas sociedades era considerablemente inferior al del momento actual, «un regreso a los niveles de consumo per cápita de la década de 1970 no empeoraría la situación de las personas, si bien reduciría a la mitad el agotamiento de los recursos, el consumo energético y los impactos ecológicos» (Costanza et al, 2010: 177), permitiendo al mismo tiempo liberar el necesario espacio ambiental que permite generalizar las satisfacciones de las necesidades humanas y alcanzar ciertas comodidades básicas a toda la población mundial. Transitar por esta senda de prosperidad sostenible para toda la humanidad requiere «poner la economía verde al servicio de las personas» (Renner, 2012), reinventado las empresas (White y Baraldi, 2012), rediseñando las infraestructuras físicas de bienestar (por ejemplo, con planes urbanos y modelos de movilidad sostenibles) (Belsky, 2012; Replogle y Hughes, 2012), innovando en las formas de alimentar a una población crecientemente malnutrida (tanto por desnutrición como por sobrepeso) (Worldwatch Institute, 2011) y, en general, adaptando las instituciones para vivir en un mundo lleno (Costanza et al, 2010).

Bibliografía

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Worldwatch Institute (2004, 2008, 2010, 2011 y 20012), La situación del mundo, Icaria/ FUHEM, Barcelona/ Madrid.

1 La era de la estupidez (Age of stupid) es una película documental de ficción (“docuficción”) dirigida por Fanny Armstrong, una documentalista británica activista contra el cambio climático. Desde el comienzo la película advierte que lo que mostrará del futuro está basado en predicciones científicas y que lo que se verá del presente son noticias e imágenes documentales verídicas. Protagonizada por el actor Pete Postlethwaite, en el papel de un anciano archivero solitario en un planeta devastado por el cambio climático en el año 2055, el argumento de la película gira sobre la pregunta que se hace el protagonista al observar los reportajes del daño causado por nuestras acciones cuarenta años antes: «¿por qué no hicimos nada para evitarlo?».

2 Que lleva a Hans Jonas a reformular el imperativo kantiano: “Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la tierra” (Jonas, 1995)

3 Entre los programas permanentes y prioritarios de la actividad del instituto se encuentra precisamente el de Transforming Economies, Cultures and Societies, y el informe correspondiente al año 2010 se tituló: “Cambio cultural: del consumismo hacia la sostenibilidad”.

4 La situación del Mundo 2010 (p. 37) a partir de la base de datos World Development Indicators Online del Banco Mundial y estudios específicos de los investigadores del Worldwatch Institute reflejados en otras publicaciones de esta organización, como es el caso de Vital Signs.

5 Datos que se encuentran reflejados en la tabla relativa a “Población y gastos de los consumidores por regiones, en 2000” del informe Situación del mundo 2004 (p. 40).

6 Datos recogidos en el informe Situación del mundo 2010 (p. 37). Un análisis exhaustivo en estos términos para el caso español aparece recogido en el apéndice de la edición en castellano del informe Situación del mundo 2004: Carpintero y Naredo, «El metabolismo de la economía española», pp. 321- 349.

7 La Evaluación de los Ecosistemas del Milenio es una revisión internacional del estado de los ecosistemas de la Tierra presentada en 2005. Participaron en este proyecto 1.360 expertos de todo el mundo, llegando a la conclusión de que la actividad humana está teniendo un impacto significativo y creciente sobre la Tierra reduciendo tanto su resiliencia (capacidad de recuperación) como su biocapacidad (Millennium Ecosystem Assessment, 2005)

8 Pueden consultarse a este respecto, como verdaderamente significativas, las contribuciones de Assadourian, “La senda del decrecimiento en los países sobredesarrollados” (Situación del mundo 2012); Costanza, Farley y Kubiszewski, “Adaptar las instituciones para vivir en un mundo lleno” (Situación del mundo 2010); y la aportación del director del programa de indicadores de la organización Redefining Progress, “Una nueva línea de partida para el progreso” (Situación del mundo 2008)

9 Tres años después, en 1998, el PNUD dedicó su informe anual al estudio de los vínculos entre consumo y bienestar humano. También se puede consultar sobre esta misma cuestión Álvarez (2003 y 2008)

10 El IPG (así como antecedente inmediato, el indicador de Bienestar Económico Sostenible), monetariza todo tipo de variables (económicas, sociales y medioambientales) con el fin de ofrecer una evaluación más completa del bienestar social. Toma como punto de partida los datos de consumo personal ajustados en función de la distribución de los ingresos; a esta base se le añaden los valores del tiempo de trabajo doméstico y de cuidados, de voluntariado, los servicios de consumo duradero, etc.; por otra parte, se eliminan los gastos “defensivos” (destinados a compensar una situación deteriorada por la inseguridad, los accidentes o la contaminación), los llamados “costes sociales” (divorcios, delitos, pérdidas de tiempo de ocio) y la depreciación de los recursos naturales (pérdida de superficie de cultivo, forestal, de combustibles fósiles, daños producidos por el derroche o la contaminación, etc.)

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