Encuentros con Humanoides






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Encuentros con Humanoides
Antonio Ribera

En realidad, a veces resulta más importante

considerar adecuadamente lo que la ciencia no

sabe o se ve incapaz de explicar, que aquello

que se ufana de conocer... Con frecuencia, la

ciencia ha pecado por no querer llamar la aten-

ción hacia las cosas que ignoraba, o incluso por

hablar demasiado cuando mejor hubiera sido

que guardase silencio.
H.E. L . MELLERSH, The Story of Lite

..la encontró el ángel de Yahvé junto a la

fuente que hay en el desierto, camino de Sur...

Génesis, 16, 7

El ángel de Yahvé se le apareció en una llama

de fuego, en medio de una zarza.., que ardía

sin consumirse.

Éxodo, 3, 2

1

Esta obra no es un libro de ciencia-ficción. Ni de ciencia-ficción, ni de ningún tipo de ficción en general. Recopila hechos reales, entendiendo por tales cosas que, al parecer, suceden actualmente en nuestro mundo y son protagonizadas por semejantes nuestros.

Así quiero hacerlo constar al principio, pues más de una vez alguna de mis obras ha sido tildada de ciencia- ficción por críticos presurosos que, generalmente, no han leído más que la solapa del libro. Me estoy refiriendo, naturalmente, a aquellas de mis obras que tratan del fenómeno OVNI en sus distintas manifestaciones; no a ninguna de mis cinco novelas de ficción científica, publicadas hace más de veinte años. La realidad del fenómeno OVNI me parece más fascinante que cualquier fantasía; por ello dejé de cultivar, aquel género literario.

Y lo que digo en esta nota no es un recurso estilístico para dar más gancho a la obra, sino que es la pura verdad. Por otra parte, yo no he inventado nada: casi siempre me he basado en casos publicados en revistas especializadas y en publicaciones que tratan de estos fenómenos. Y así lo digo, para que conste.

2

La casuística que tengo a mi disposición para redactar este libro de encuentros

con humanoides es enorme, in mensa. Miles de seres humanos se han encontrado

con «ellos». Sin embargo, para la gente, una de las cosas más importantes que

siguen sucediendo en este mundo son los mundiales de fútbol y otros eventos

similares. Que centenares, que miles de semejantes nuestros se hayan encontrado

con unos seres que no son de este planeta, no parece impresionarles demasiado.

¿Por qué? En primer lugar, por razones de falta de credibilidad. «Esto no puede ser!», es lo que murmuran muchos para sus adentros. Luego, la idea resulta

demasiado turbadora, demasiado inquietante, y se prefiere relegarla al subconsciente, a esa especie de desván psicológico donde conviven los terrores ancestrales ante el dragón con el temor a lo desconocido, a la noche y a los fantasmas.


3

Las citas bíblicas que encabezan este volumen no significan una toma de posición

previa ante el fenómeno «humanoide». En absoluto hay que verlas como una

posible identificación del mismo, ni tampoco habría que suponer tal identifica-ción si las citas se refiriesen a espíritus, demonios, gnomos, trolls o farfadets (sin olvidar los follets del folklore catalán), que, con otros personajes fantásticos, acompañaron mi niñez..

Simplemente, se proponen evocar la intrusión de lo maravilloso, bajo forma más o menos humana, en la vida cotidiana del hombre. Es natural que en sociedades antiguas, donde lo mágico tenía carta de naturaleza, tal intrusión tuviese una interpretación «religiosa» En este libro, los humanoides no son más que...

humanoides, y valga la perogrullada. Parodiando a Tono —creo que fue Tono quien lo dijo—, podríamos afirmar que los seres antropomorfos, protagonistas de los encuentros que componen la materia de este libro, no son «buenos ni malos, sino todo lo contrario».

Mi libro no es un pasaporte para Magonia. En realidad no es un pasaporte para

ninguna parte. Si a alguna nos lleva, es a la comprobación de que, bajo la

historia que creen recoger los periódicos y vivir los políticos desdichados!—,

subyace otra historia, que quizás, andando el tiempo, será la que aprenderán

nuestros biznietos. Es posible —así lo creo— que en el año 2082 se recuerde

el encuentro de Valensole —y se le dé su significado auténtico, que hoy

aún desconocemos—, pero se haya olvidado ya totalmente el abrazo de Vergara

y otros abrazos posteriores.

Por que —lo sospecho vivamente— la verdadera historia es la que estamos escribiendo quienes nos ocupamos de estos « temas», tan mal mirados por el establishment de hoy y de siempre: los ovnis, la parapsicología, los encuentros con humanoides...

La verdadera historia del tiempo de Augusto no se encuentra en Tácito, en Tito Livio ni en Suetonio, sino en cuatro pequeños libros escritos por unos llamados Mateo, Marcos, Lucas y Juan..., unos ilustres desconocidos para sus contempo-ráneos y para la orgullosa Roma. Mutatis mutandis, esto también puede ser válido aquí y ahora...


INTRODUCCIÓN
Durante años, los investigadores "serios" del fenómeno ovni no querían ni oír hablar de «aterrizajes» de los presuntos objetos volantes no identificados, y mucho menos de aterrizajes asociados con la presencia de «ocupantes» o «huma-

noides». El ovni no era más que eso: un objeto «volante» no identificado. Y punto. Compilaciones tan rigurosas y excelentes como lo fueron en su día The UFO Evidence (1967) del NICAP, eliminaban cuidadosamente de la casuística presentada la menor alusión, ni que fuera indirecta, a posibles «tripulantes» de los ovnis. Y ello a pesar de que, en 1954, el fenómeno «humanoide» ya había hecho su irrup-

ción masiva en el campo de la ufología, como más adelante veremos.

Pero una lógica elemental nos dice que si el ovni es una supermáquina o una navecilla de exploración (todo apunta hacia la posibilidad de que así sea), entonces, junto a tipos «teledirigidos» de ovni, puede haber tipos «tripulados» por seres vivientes, o por robots biológicos, si se quiere. Pongamos un ejemplo, burdo, pero en el fondo válido. Un avión reactor visto en el cielo, a gran altura, aparece como una agujita plateada. Cuando este mismo reactor aterriza en un aeropuerto, se convierte en un aparato gigantesco, provisto de docenas de ventanillas. Pero luego, de él descienden unos seres vivientes, cuya presencia no se sospechaba cuando el objeto aún estaba en el cielo. Algo parecido puede estar ocurriendo con los ovnis. Según la clasificación propuesta por el doctor J. Allen Hynek, que durante más de veinte años fue consultor en la cuestión ovni para la Aviación norteamericana, tenemos en -primer lugar al «disco diurno»,

luego la «luz nocturna». Con un criterio muy sensato, Hynek dice que ambos fenómenos pueden ser uno solo, dependiendo de las circunstancias en que se realiza la observación. Luego vienen los tres tipos -de «encuentro cercano" Close Encounter of the First Kind, o CE (Encuentro Cercano del Primer Tipo), no «en la primera, segunda o tercera fase», como se escribe equivocadamente por ahí: fase presupone una intencionalidad, ausente en esta clasificación, puramente metodológica.
El CE I es un ovni visto a un centenar de metros del testigo, en el aire. Después viene el CE II (Close Encounter of the Second Kind), en que el ovni ejerce una acción física sobre el en torno o en los testigos (huellas en el suelo, paralización, etcétera) y, por último, llegamos al famoso CE III (Close of the Third Kind), los encuentros cercanos del tercer tipo (no en la tercera fase, repito). En el CE III están ya presentes «ocupantes», junto al objeto posado en el suelo.

Es evidente —al menos para mi— que existe una gran unidad interna y una absoluta coherencia entre los cinco tipos citados. Cuando el «disco diurno» (que de noche es una «luz nocturna») se acerca al suelo o aterriza, da o puede dar lugar a los tres tipos de Encuentro Cercano reseñados. Y es más que natural que uno de ellos (el tercero) consista en la salida al exterior de los ocupantes

del ovni = nave de observación, para investigar, recoger muestras de flora y/o fauna, e incluso para efectuar una maniobra de «abducción» (véase mi libro

al respecto) de seres humanos o animales. Para algunos investigadores, esto constituiría ya un CE IV, o Encuentro Cercano del «cuarto» tipo.

Pese a la presencia esporádica de humanoides en casos de los años cuarenta e incluso antes, tal vez hizo falta que ocurriese la oleada francesa de 1954, servida en bandeja a un país densamente poblado y altamente civilizado de la Europa occidental, para que los ufólogos más recalcitrantes aceptasen, aunque fuese a regañadientes, el fenómeno «aterrizaje», primero, y la presencia en dichos casos de «ocupantes» y «humanoides», después. A esta aceptación contribuyeron, ni que decir tiene, los excelentes estudios realizados

en Francia por Aimé Michel y Jacques Vallée (este último con su análisis por ordenador de doscientos casos de aterrizaje franceses, en 1954), y en España por nuestro Vicente-Juan Ballester Olmos, de Valencia, que efectuó un estudio similar al de Vallée sobre el mismo número de aterrizajes ibéricos.

Después de estos magníficos estudios —que hoy son ya clásicos— no se podía seguir negando por más tiempo la evidencia representada por este aspecto, importantísimo, del fenómeno ovni.

En efecto, tan importante que, en mi opinión, la solución del enigma únicamente

nos vendrá a través del estudio en profundidad (estadístico, comparativo, tipológico, etc.) de los miles de casos de aterrizaje y de los cientos de casos de abducción. En estos casos, el fenómeno ovni se nos hace más tangible, se pone a nuestro alcance; desciende del cielo, donde no era más que un punto o una lucecita, para convertirse en una «máquina» y en unos «seres» que pueden estudiarse y compararse a través de las declaraciones de los testigos.

El catálogo mundial de aterrizajes, en efecto, está compuesto actualmente por

unos 3 500 casos (cifra obtenida sumando los catálogos «Magonia», de Vallée, el

«UFOcat», de Saunders, los de Vallée-Ballester Olmos, etc.), aunque esta cifra, en opinión del mismo Vallée, es muy conserva dora y habría que multiplicarla sin duda por un factor de 15..., lo que nos daría una cantidad superior a los 50000 casos y, probablemente, aún nos quedaríamos cortos..

¿Por qué los aterrizajes pasan tan inadvertidos? Pues porque el «fenómeno aterrizaje» se caracteriza por dos parámetros principales: nocturnidad —sin alevosía— y carácter rural, parámetros descubiertos por Vallée, estudiando los doscientos aterrizajes franceses. Es como si los ocupantes de los ovnis lo desearan todo menos ponerse en contacto con nosotros. Parecen contestar así a la insistente pregunta, que todos nos hemos formulado, de: «Por qué no establecen contacto, con nosotros?» Si su deseo fuese éste, las dos leyes

formuladas por Vallée (la «ley horaria» y la «ley de distribución geográfica») se formularían al revés: los aterrizajes serían «diurnos» y tendrían lugar en el centro de las plazas mayores de los pueblos...

Pero no es así. Lo que a «ellos» parece interesarles es «algo» que posee nuestro mundo y que acaso ellos no tienen. No el Homo sapiens, precisamente,

del que se mantienen a una prudente distancia (justificada, evidentemente, por

el carácter belicoso y agresivo de nuestra «civilizada» especie)

Hagamos, por último, algunas precisiones, que considero necesarias. Todos los

«encuentros cercanos» antes enumerados, más los dos casos de observación en

el cielo que los preceden, en ocasiones se traslapan y pueden ir en orden

creciente.

Un «viaje» de un sujeto mesiánico a bordo de un ovni (invitado por sus ocupantes) no puede ni debe confundirse con una «abducción» contra su voluntad y de la que, luego, no recuerda nada el testigo. Un contacto como el de Gary Wilcox (que no se recoge en este libro) no es mesiánico; el del signor Siragusa,

en cambio, sí lo es (admitiendo su existencia). La mayor parte de los fraudes se producen entre este tipo de contactos y de contactees, o contactados.

Una conversación sobre abonos nitrogenados con un humanoide pequeño y cabezón,

evidentemente no tiene ningún valor mesiánico. El «contacto», en cambio, con

extraterrestres» altos, bellos, rubios y apolíneos, en los que éstos previenen

dramáticamente al terrestre contra los peligros de la bomba atómica, cae

dentro de la mejor tradición de los contactos mesiánicos, inaugurada brillantemente por el late George Adamski y proseguida con suerte incierta por el IPRI peruano, Siragusa y otros. Pero de este tema pienso ocuparme extensamente en un próximo libro.

El encuentro con humanoides puede estar acompañado o no de ovni posado en el

suelo, al lado o en las proximidades. El encuentro de un humanoide aislado

presupone la existencia, más o menos cercana, del «vehículo».

Un «encuentro cercano del tercer tipo» puede encerrar potencialmente un caso

de abducción. Esto también puede ser válido para un encuentro del segundo

tipo. En tal caso, hay que buscar si existe un «tiempo perdido».

Hay casos en que el «humanoide» es claramente una teleproyección inmaterial o un «holograma» (caso de Tala vera la Real, por ejemplo).

En estos casos, nos enfrentamos a un aspecto particular de lo que yo llamo

«tecnología cósmica, o galáctica». Mediante esta técnica, hay intrusiones de humanoides en casas habitadas por seres humanos. (O técnicas de materialización-desmaterialización que se nos escapan.)

El hard UFO (ovni «sólido», material), opuesto al soft UFO (ovni «blando», inmaterial), se resuelven así, armónicamente, en una unidad superior, dependiente de un nivel tecnológico capaz de realizar esto que, en otros tiempos, se hubiera interpretado como algo «mágico» o «milagroso». La visión simplista de pioneros como el mayor Keyhoe, por ejemplo, se armonizaría con las tendencias modernas, parapsicológicas y ultradimensionales, de un Vallée

o un Keel. La «transmogrificación» de este último no sería más que un logro

tecnológico y «normal». Podría extenderme mucho más sobre el particular. No deseo terminar esta introducción sin insistir en lo que manifiesto en la nota preliminar: sospecho vivamente que la verdadera historia de nuestra época

no es la que publican a diario los periódicos ni la que creen recoger los historiadores en sus libros. La verdadera historia de nuestra época es casi invisible; es subterránea; transcurre en la sombra y el silencio. Yo y otros como -yo, somos los que la estamos escribiendo. Los políticos vocingleros, con su cháchara vacía, apenas si rascan la superficie de la realidad. Lo cierto es que no se enteran de casi nada. Viven en la Babia permanente de su desmesurado protagonismo, sus utopías, sus demagogias y sus estrechos intereses de partido. Nosotros, no. Nosotros seguimos la corriente profunda de la verdadera historia. Porque no hay alternativa: o se admite la realidad de estos hechos «condenados», o no se admite. En este último caso, se considera que todo son simples lucubraciones sin ninguna base real, hijas de espíritus fantásticos y —por qué no?— desquiciados.

Pero si se admite que todo esto es real, la consecuencia inmediata de tal admisión es la de que estamos siendo visitados, de manera discreta pero asidua, por seres altamente inteligentes y evolucionados que proceden de otros

mundos, de otras dimensiones, o de ambas cosas a la vez.

¿No dejaría tal suceso, de ser cierto —como yo creo-, pequeños e insignificantes los hechos mayores de nuestra historia, desde el descubrimiento de América hasta la declaración de los Derechos del hombre?
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