Los enigmas de la civilización egipcia




descargar 1.25 Mb.
títuloLos enigmas de la civilización egipcia
página10/37
fecha de publicación20.01.2016
tamaño1.25 Mb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Historia > Documentos
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   ...   37

4 Material, sustancia, cosas; el mundo físico es la matriz de toda experiencia sensual. Pero no se puede explicar lo material o la sustancia con dos términos, ni con tres. El dos es una tensión abstracta o «espiritual». El tres es una relación abstracta o «espiritual». El dos y el tres resultan insuficientes para explicar la idea de «sustancia», y po­demos ilustrar esto con una analogía. Amante/amado(a)/deseo todavía no es una «familia», ni siquiera una relación amorosa. Escultor/blo­que/inspiración no es todavía una estatua. Sodio/cloro/afinidad todavía no es sal. Explicar la materia requiere, en principio, cuatro términos: escultor /bloque /inspiración /estatua; amante /amado(a) /deseo /relación amorosa; sodio/cloro/afinidad/sal.

Así, la materia es un principio que está más allá y por encima de la polaridad y la relación. Incluye necesariamente tanto al dos como al tres, pero es algo más que la suma de sus elementos constitutivos, como sabe muy bien cualquier escultor o cualquier amante. La materia, o sus­tancia, constituye tanto una combinación como una nueva unidad; es una analogía de la unidad absoluta, que es de naturaleza trina.

Los cuatro términos necesarios para dar cuenta de la materia son los famosos cuatro elementos, que no constituyen, como cree la cien­cia moderna, un primitivo intento de explicar los misterios del univer­so material, sino, más bien, un modo —preciso y sofisticado— de des­cribir la naturaleza inherente de la materia. Los antiguos no creían que la materia estuviera hecha realmente de las realidades físicas del fuego, la tierra, el aire y el agua. Utilizaban estos cuatro fenómenos comunes para describir los papeles funcionales de los cuatro términos




Marcel Griaule, op. cit., p. 73.

—En realidad, el oficio de tejer —dijo Ogotemmeli, a modo de con­clusión— es la tumba de la resurrección, el lecho matrimonial y la ma­triz fecunda.

Sólo quedaba hablar de la Palabra, en la cual (dijo) se basaba toda la revelación del arte de tejer.

Ibid., p. 19.

Las palabras que pronunció el Espíritu llenaron todos los intersticios de aquella materia: estaban tejidas en los hilos, y formaban una parte esencial de la tela. Eran la tela, y la tela era la Palabra. De ahí que a la materia tejida se la llame soy, que significa «Esta es la palabra habla­da». «Soy» significa también «siete», ya que el espíritu que habló al tiempo que tejió era el séptimo en la serie de los ancestros.

Ibid., p. 212.

El número cuatro es, además, el número de la feminidad, es decir, de la fertilidad.

Ogotemmeli había dicho a menudo que la pareja ideal era la inte­grada por dos hembras, y, en consecuencia, tenía el mismo signo que la palabra creadora.
W. G. Lambert, Ancient Cosmologies, ed. C. Blacker y M. Loewe, Alien and Unwin, 1975, p. 34.

La idea de que todo se remonta al elemento primordial agua apare­ce en las fuentes griegas, egipcias, palestinas, sirias y mesopotámicas.
Lancelot Hogben, Mathematics for the Millions, Pan Books, 1967, p. 169.

Otra clase de buenos augurios eran los de los números triangulares. Un relato sobre éstos nos muestra qué distintas eran las matemáticas cultivadas por la Hermandad Pitagórica de las que podían utilizar los mercaderes y artesanos griegos ... En el diálogo de Luciano, un merca­der le pregunta a Pitágoras qué es lo que éste le puede enseñar.

—Te enseñaré a contar —responde Pitágoras.

—Ya sé hacerlo —replica el mercader.

—¿Cómo cuentas? —indaga el filósofo.

El mercader empieza:

—Uno, dos, tres, cuatro...

—¡Alto! —grita Pitágoras—. Eso que tú tomas por el cuatro es el diez, un triángulo perfecto, y nuestro símbolo.

Aparentemente, a la audiencia de Pitágoras le gustaban las charadas. Y él le daba las mejores y las más brillantes.

Tao Té-king, Penguin, 1963, p. 102.

Cuando se enseña el Tao al mejor estudiante, lo practica asidua­mente. Cuando se enseña el Tao al estudiante normal, parece estar ahí un momento y luego pasa a otra cosa. Cuando se enseña el Tao al peor estudiante, se echa a reír en voz alta. Si no se riera, no merecería ser el Tao.
necesarios de la materia, o, mejor dicho, del principio de sustancialidad (en el cua­tro no hemos llegado todavía a la realidad física con la que topamos). El fuego es el principio activo y coagulante; la tierra es el principio re­ceptivo y formador; el aire es el principio sutil y mediador, el que rea­liza el intercambio de fuerzas, y el agua es el principio compuesto, pro­ducto del fuego, la tierra y el aire —y, sin embargo, una «sustancia» que está más allá y por encima de ellos.

Fuego, aire, tierra, agua. Los antiguos elegían con cuidado. Decir lo mismo en lenguaje moderno requiere más términos, ninguno de los cuales se recuerda con tanta facilidad. Principio activo, principio re­ceptivo, principio mediador y principio material: ¿para qué molestarse con tales abstracciones cuando fuego, tierra, aire y agua dicen lo mis­mo, y lo dicen mejor?

En Egipto, la conexión íntima entre el cuatro y el mundo material o sustancial se aplicó al simbolismo. Así, encontramos las cuatro orien­taciones; las cuatro regiones del cielo; los cuatro pilares del cielo (so­porte material del reino del espíritu); los cuatro hijos de Horus; los cuatro órganos; los cuatro canopes, donde se guardaban los cuatro ór­ganos después de la muerte; los cuatro hijos de Geb, la Tierra.

La unidad es la conciencia perfecta, eterna e indiferenciada.

La unidad, al hacerse consciente de sí, crea la diferenciación, que es polaridad. La polaridad, o dualidad, es una expresión dual de la uni­dad. Así, cada aspecto participa de la naturaleza de la unidad y de la naturaleza de la dualidad: de lo «uno» y de lo «otro», como señala Platón.

Así pues, cada aspecto de la dualidad espiritual, primordial, es en sí mismo dual. La escisión primordial crea un doble antagonismo, que se reconcilia mediante la conciencia.



Esta doble reacción, o doble inver­sión, constituye la base del mundo material. Si no entendemos nada de este cuádruple proceso, apenas comprenderemos el mundo de los fe­nómenos, que es nuestro mundo. Estudiados de la forma correcta, los símbolos clarifican estos procesos mejor que las palabras. El cuadrado inscrito en un círculo representa la materia potencial, pasiva, conteni­da en la unidad. Este mismo proceso se muestra en acción —por de­cirlo así— en la cruz (que es algo más que dos trozos de madera sobre los que se clavó a un judío advenedizo). Es la cruz de la materia, en la que estamos prendidos todos nosotros. En esta cruz se crucifica al Cris­to, al hombre cósmico, quien, al reconciliar sus polaridades a través de su propia conciencia, alcanza la unidad.

Es este mismo principio de doble inversión y de reconciliación el que subyace en todo el arte y la arquitectura religiosos de Egipto. Los brazos cruzados del faraón momificado —


quien (cualesquiera que hu­bieran sido sus rasgos personales) representa los sucesivos estadios del hombre cósmico— sostienen, también cruzados, el cetro y el flagelo que representan su autoridad. Esquemáticamente, el punto de intersec­ción de los dos brazos de la cruz cristiana representa el acto de la re­conciliación, el punto místico de la creación, el «germen». En un es­quema parecido, el faraón exaltado y momificado representa el mismo punto abstracto.

Así, tanto la cruz como el faraón momificado representan el cuatro y el cinco.


5 Para los pitagóricos, el cinco era el número del «amor», ya que representaba la unión del primer número masculino, el tres, con el primer número femenino, el dos.

También se puede denominar al cinco el primer número «univer­sal». El uno —es decir, la unidad—, al contenerlo todo, resulta, estric­tamente hablando, incomprensible. El cinco, que incorpora los princi­pios de polaridad y reconciliación, es la clave para comprender el universo manifiesto, ya que el universo, al igual que todos los fenóme­nos sin excepción, es de naturaleza polar, en principio triple.

De las raíces del dos, el tres y el cinco se pueden derivar todas las proporciones y relaciones armónicas. La interrelación de dichas pro­porciones y relaciones gobierna las formas de toda materia, orgánica e inorgánica, y todos los procesos y secuencias de crecimiento. Es posi­ble que en un futuro no muy lejano, la ciencia, con la ayuda de los or­denadores, llegue a alcanzar un conocimiento preciso de estas comple­jas interacciones. Pero no lo logrará hasta que acepte los principios subyacentes que los antiguos conocían.

Puede parecer extraño atribuir sexo a los números. Pero la reflexión sobre el papel funcional de éstos justifica inmediatamente esta manera de proceder. El dos, la polaridad, representa un estado de tensión; el tres, la relación, representa un acto de reconciliación. Los números fe­meninos, los pares, representan estados o condiciones; lo femenino es aquello sobre lo que se actúa. Lo masculino es lo iniciativo, lo activo, lo «creador», lo positivo (lo agresivo, lo racional); lo femenino, a su vez, es lo receptivo, lo pasivo, lo «creado» (lo sensitivo, lo nutriente). No se debe interpretar esto como un panfleto en defensa de un ma-chismo universal: el universo es polar, masculino/femenino, por natu­raleza. Y probablemente no es un hecho accidental que en incontables fenómenos del mundo natural encontremos esta relación entre los nú­meros impares y la masculinidad, y entre los números pares y la femi­nidad. Los órganos genitales sueles ser triples. Las hembras de todas las especies de mamíferos tiene dos mamas (o un número superior de ellas, múltiplo de dos). En un universo accidental no hay razón alguna por la que debería prevalecer tal uniformidad.

Así pues, para los pitagóricos el cinco era el número del amor; pero, dadas las innumerables connotaciones de este término, tan mal utiliza­do, probablemente sea preferible referirnos al cinco como el número de la vida.

Cuando querían representar al dios del universo, o el destino, o el número cinco, dibujaban una estrella.

Se necesitan cuatro términos para explicar la idea de materia o sus­tancia. Pero estos cuatro términos resultan insuficientes para explicar su creación. Es el cinco —la unión de lo masculino y lo femenino— el que permite que aquélla «suceda».

Es la comprensión del cinco desde esta perspectiva la responsable de la peculiar reverencia de la que ha sido objeto en numerosas culturas; de ahí que la estrella de cinco puntas, o pentagrama, y el pentágono hayan sido símbolos sagrados en las organizaciones esotéricas (y de ahí, también, que resulte tan irónico ver que este último forma hoy el plano arquitectónico del mayor cuartel militar del mundo). En el anti­guo Egipto, el símbolo de la estrella se dibujaba con cinco puntas. El ideal del hombre realizado era convertirse en una estrella, y «pasar a estar en compañía de Ra».

Si aplicamos los papeles funcionales del número a las situaciones fa­miliares de la vida cotidiana, podemos percibir mejor su modo de fun­cionar que con una descripción técnica. En el marco de las funciones, los papeles cambian y se hacen más complejos. Hombre/mujer es una polaridad. Pero el mismo hombre y la misma mujer, vinculados por el deseo en una relación, ya no son los mismos; y cuando la relación —de tres términos— se convierte en la tetrada de la relación amorosa, o de la familia, las partes que en ella participan cambian de nuevo fun-cionalmente (como saben muy bien todos los amantes, maridos y mu­jeres). Estas partes implicadas desempeñan simultáneamente tanto pa­peles activos, masculinos e iniciativos, como pasivos, femeninos y receptivos. El amante es activo con respecto a su amada, y receptivo al deseo; ella es receptiva ante sus tentativas, pero provoca el deseo. El es­cultor es activo con respecto al bloque de madera, y receptivo a la ins­piración; el bloque de madera es receptivo ante su cincel, pero provo­ca la inspiración.

Es este tipo de pensamiento el que subyace a la filosofía vital de Egipto.

En términos generales, la filosofía contemporánea falla en dos importantes ámbitos. Uno, caracterizado por el positivismo lógico y sus descendientes, bastante más sofisticados, se centra en la metodología lógica y científica. El otro, tipificado por el existencialismo en sus di­versas formas, se centra en la experiencia humana en un contexto per­sonal o social. Ninguna de estas dos escuelas incorpora el pensamien­to pitagórico, con el resultado de que los positivistas han elaborado una herramienta analítica rigurosamente consistente, pero sin relación con la experiencia humana, mientras que los existencialistas han hecho útiles observaciones sobre la experiencia, pero no pueden encajarlas es una estructura consistente o convincente. El enfoque pitagórico revela una estructura y un sistema que subyacen a la experiencia.

La filosofía del antiguo Egipto no es filosofía en el sentido actual: no tiene textos explicativos. Sin embargo, es auténtica filosofía en tan­to es sistemática, consecuente y coherente, y se organiza en torno a unos principios que se pueden expresar de manera filosófica. Egipto expresaba estas ideas en la mitología, y su coherencia sólo se revela cuando se estudia la mitología como dramatización e interacción del número.

A partir de su estudio de la cabala hebrea, la filosofía china del yin y el yang, la mística cristiana, la alquimia, los textos sagrados hindúes y los últimos trabajos de la física moderna, Schwaller de Lubicz reco­noció un vínculo pitagórico común en todos ellos. Por mucho que di­fieran los medios o los modos de expresión, cada una de estas filoso­fías o disciplinas se ocupa de la creación del mundo, o de la materia, del vacío; cada una de ellas reconoce que el mundo físico no es sino un as­pecto de la energía; cada una de ellas —excepto la física moderna, la cual, al centrarse en el aspecto material del problema, elude sus impli­caciones filosóficas— reconoce que la «vida» constituye un principio fundamental del universo, y no una ocurrencia tardía o un accidente.

El número del «amor», el número sagrado para Pitágoras, el núme­ro simbolizado por el pentágono y el pentagrama, y que gobernó las proporciones de las catedrales góticas, desempeñó en Egipto un papel fundamental, aunque más sutil. Aparte del carácter jeroglífico de la es­trella de cinco puntas, no encontramos ningún ejemplo patente de fi­guras de cinco lados.

En lugar de ello, Schwaller de Lubicz descubrió que la raíz cuadra­da de cinco regía las proporciones del «sanctasanctórum», el santuario más interior del templo de Luxor. En otros casos, descubrió que las proporciones de determinadas cámaras estaban regidas por el hexágo-

no generado por el pentágono. En otras, diversos rectángulos cruzados de 8 X 11 —figuras de cuatro lados que generan el pentágono a partir del cuadrado— regían las proporciones de los murales de las paredes, que se relacionaban simbólicamente con las funciones representadas por el cinco.

Egipto utilizó también ampliamente la sección áurea, que, desde la escisión primordial, rige el flujo de los números hasta el cinco. La es­trella de cinco puntas, formada por segmentos basados en la sección áurea, es el símbolo de la actividad incesante; el cinco es la clave de la vitalidad del universo, su naturaleza creadora. En términos mundanos, el cuatro explica el hecho de la estatua del escultor, pero no da cuenta de su «hacerse». Se necesitan cinco términos para explicar el principio de la «creación»; en consecuencia, el cinco es el número de la «po­tencialidad». La potencialidad existe fuera del tiempo. El cinco es, pues, el número de la eternidad y del principio de la eterna creación, de la unión de lo masculino y lo femenino (y es por esta razón, y de acuerdo con esta línea de pensamiento, por lo que los antiguos hicie­ron al cinco objeto de lo que a nosotros nos parece una especial reve­rencia).
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   ...   37

similar:

Los enigmas de la civilización egipcia iconInvestigación de los enigmas que han planteado a la
«El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual de Arlington», rezaba la primera

Los enigmas de la civilización egipcia iconLos grandes aportes de la africanidad a la civilización universal y a la nación colombiana

Los enigmas de la civilización egipcia iconHeka en la magia egipcia

Los enigmas de la civilización egipcia iconColección Enigmas del Cristianismo

Los enigmas de la civilización egipcia iconY una nueva civilizacióN. (Parte I)

Los enigmas de la civilización egipcia iconLa herencia clásica grecia y roma como raíces da la civilización occidental

Los enigmas de la civilización egipcia iconPaper La economía del entretenimiento (la civilización del espectáculo...

Los enigmas de la civilización egipcia iconEstudios sociologicos en torno al deporte, la violencia y la civilizacion
«simple juego», sino una industria del deporte que ha crecido hasta tener gran importancia a nivel nacional. 132

Los enigmas de la civilización egipcia iconPrograma de psicologíA
«los ensayos y errores», de los períodos de reposo tras los cuales se aceleran los progresos, etc. Muestran también la última relación...

Los enigmas de la civilización egipcia iconLos límites éticos de la ciencia. No son los únicos límites pues...




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com