Los enigmas de la civilización egipcia




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6 Se necesitan cuatro términos para explicar el principio o la idea de «sustancia». Se requieren cinco para dar cuenta de la «crea­ción», del acto de llegar a ser, del acontecimiento. Pero cinco términos resultan insuficientes para describir el marco en el que este aconteci­miento tiene lugar, la realización de la potencialidad.

Este marco es el tiempo y el espacio.

En este sentido, podemos decir que el Seis es el número del mundo. El cinco, al hacerse seis, engendra o crea el tiempo y el espacio.

Las funciones, procesos y principios relativos al uno, el dos, el tres, el cuatro y el cinco se pueden calificar de espirituales o metafísicos. En cualquier caso, son invisibles. No podemos ver realmente, o siquiera visualizar, una polaridad, una relación, la sustancia principal o el acto de creación. Pero vivimos en un mundo de tiempo y espacio, y, por des­gracia para nosotros, esta avasalladora interpretación sensorial del tiempo y el espacio condiciona lo que denominamos «realidad», una realidad que no es sino un aspecto de la verdad. Nuestra lengua, con sus tiempos verbales de pasado, presente y futuro (no todas los tienen), refuerza el panorama ilusorio descrito por los sentidos.




Desde tiempo inmemorial, eruditos, filósofos y pensadores se han estrujado el cere­bro con el problema del tiempo y el espacio, y raramente se han dado cuenta de que el propio lenguaje en cuyo marco esperaban resolver el problema se hallaba estructurado de forma tal que sustentaba la evi­dencia de los sentidos.

Probablemente en tiempos antiguos este problema era menos acu­sado de lo que lo es hoy. La lengua es el principal instrumento de ex­presión de las facultades intelectuales. Cuando los hombres eran me­nos dependientes de sus intelectos y, con toda probabilidad, poseían unas facultades intuitivas y emocionales más desarrolladas, eran tam­bién más susceptibles a las experiencias que trascienden el tiempo y el espacio, y eran capaces de aceptar las evidencias provisionales de los sentidos como lo que realmente son.

Aparentemente experimentamos el tiempo como un flujo, mientras que el espacio nos parece que es eso en donde están contenidas las co­sas. Pero si sometemos estas impresiones al análisis racional, acabamos por llegar a aparentes disparates, o, en caso contrario, nos vemos obli­gados a seguir a los positivistas y concluir que nuestras preguntas es­tán formuladas de manera incorrecta, y, en consecuencia, carecen de sentido. Seguimos quedándonos con la avasalladora impresión del tiempo como flujo, lógicamente sin principio ni fin, y —también lógi­camente— sin un «presente», ya que el pasado y el futuro se funden in­cesantemente uno con otro. Si consideramos el espacio en función de lo que contiene, nos vemos limitados a postular una extensión infinita, o bien, si el universo es finito, una infinidad que comienza en sus lími­tes. Ninguna de las dos soluciones resulta satisfactoria, y de nuevo nos quedamos con la indeleble impresión de que el espacio contiene las co­sas, pero el propio «espacio» sigue siendo un misterio. No hay nada en la ciencia o en la filosofía que pueda resolver este problema.

Sin embargo, el estudio del simbolismo de los números, y de las fun­ciones y principios que éstos describen, nos permite apoyarnos en una sólida base intelectual. No se trata de un sustituto de la experiencia mís­tica, que por sí sola lleva aparejada la inalterable certeza emocional que denominamos «fe». Pero, al menos, nos permite ver simultáneamente tanto la naturaleza «real» del tiempo y el espacio como su aspecto con­dicional, que es el que nos transmite nuestro aparato sensorial. Nos per­mite, asimismo, reconciliar los puntos de vista, aparentemente irrecon­ciliables, de la mística oriental —que sostiene que el mundo de los sentidos (y, con él, el tiempo y el espacio) es una ilusión, que es integramente un constructo mental— y el empirismo occidental —que toma los datos sensoriales al pie de la letra, a pesar de los insolubles problemas filosóficos y científicos que esto plantea—.

Ambas interpretaciones son correctas según el punto de vista que se adopte. En términos del mundo material, el tiempo es real. Es real en todo lo que se refiere a nuestros cuerpos, pues vivimos y morimos. En los términos del mundo espiritual, no es que el tiempo sea una «ilu­sión» en el sentido de realidad falsamente percibida; por el contrario, el tiempo no existe. Para el absoluto, para la unidad trascendente, no hay tiempo. Y todas las religiones iniciáticas enseñan que la meta del hombre es la unión con el absoluto, con Dios, con el reino del «espíri­tu». En consecuencia, un importante aspecto de dichas enseñanzas es la insistencia en la necesidad de trascender el tiempo, puesto que es el tiempo el que nos hace esclavos del mundo material.

Sin embargo, dado que nuestro cuerpo se halla ligado al tiempo, y nuestras necesidades, placeres, dolores y deseos están tan estrechamen­te vinculados al cuerpo, se nos hace difícil imbuirnos de la inquebran­table determinación de actuar según la necesidad de trascender el tiem­po, a pesar de que teóricamente defendamos esta idea. De ahí surgen las elaboradas disciplinas y rituales del yoga, el zen, y otras formas de religiones de Oriente y Occidente.

El estudio del simbolismo del número no permitirá por sí solo a un hombre trascender el tiempo, pero, al clarificar el asunto, al demostrar el modo en que el tiempo y el espacio desempeñan sus papeles en el gran diseño universal, el simbolismo del número puede ayudarnos a verlos bajo su auténtica luz, y, acaso, puede contribuir a que la necesi­dad de trascendencia se nos haga mucho más urgente.

El marco en el que tiene lugar la creación es el tiempo y el espacio, cuya definición requiere seis términos. La creación no tiene lugar en el tiempo; lejos de ello, el tiempo es un efecto de la creación. Las cosas no existen en el espacio: son el espacio. No hay más tiempo que el de­finido por la creación; no hay más espacio que el definido por el volu­men. El universo material constituye una jerarquía interrelacionada de energías de diferentes niveles u órdenes de densidad, a las que nuestros sentidos sólo tienen un acceso limitado.

Una ciencia que trate de explicar el orden universal en términos de la experiencia sensorial humana, o a través de máquinas que no son sino extensiones cuantitativas de los sentidos humanos, está condena­da a alejarse cada vez más de una comprensión global.


Esta es la si­tuación que podemos ver actualmente, cuando la especialización proli-fera cada vez más, y, aunque en teoría se habla de las innegables interacciones entre los diversos campos, los especialistas no tienen nin­guna pista acerca de cómo y por qué tienen lugar dichas interacciones. Y la interminable disputa en torno a la cuestión de si el universo es, en última instancia, material o espiritual, continúa.

En Egipto y otras civilizaciones antiguas la situación era totalmen­te opuesta. En su filosofía vital no se hacía distinción entre mente y materia: ambas se comprendían como aspectos de un mismo diseño. Sólo la escisión primordial era incognoscible: todo lo demás se remitía a este acontecimiento en términos de funciones, principios y procesos, los cuales resultaban comprensibles mediante los números, y comuni­cables (en Egipto) mediante los neters (los llamados «dioses»), cuyos atributos, gestos, tamaño y situación se alteraban en función del papel desempeñado en una situación determinada. (En la lengua moderna hacemos lo mismo de forma menos sistemática: sabemos —aunque no podríamos «demostrarlo»— que el papel de «hombre» en una polari­dad no es el mismo que el de «amante» en una relación.)




W. M. O'Neil, Time and the Calendars, Manchester University Press, 1975, passim.

La selección de 24 horas como subdivisión del día resulta bastante arbitraria. Los chinos, por ejemplo, utilizaban 12 subunidades del día, y los hindúes llegaban hasta las 60 subunidades ... no hay ningún acon­tecimiento natural que divida el día ... en doceavos, veinticuatroavos, sesentavos o cualquier otra fracción ... Los babilonios, en una primera época, utilizaban doce fracciones iguales para dividir el día entre pues­ta de sol y puesta de sol ... Los chinos dividían el día en doce períodos shih iguales. Sin embargo, así como los babilonios dividían el beru en sesentavos y cada una de estas fracciones en otros sesentavos, los chinos dividían el shih en octavos ... Los chinos también dividían el día en cen­tavos. [Cursivas del autor.]
El seis, el número del mundo material y, en consecuencia, del tiem­po y el espacio, es el número elegido por los egipcios para simbolizar los fenómenos espaciales y temporales. El seis servía a los egipcios, como nos sirve a nosotros, para establecer las divisiones temporales básicas: el día en veinticuatro horas (doce de día y doce de noche); el año en doce meses, de treinta días cada uno, más otros cinco días en los que «nacieron los neters». Esto no es accidente ni casualidad, sino un corolario natural del papel funcional del seis. (En la mecánica ce­leste, las explicaciones del movimiento utilizan un espacio de seis di­mensiones: tres para la posición, y tres para la velocidad de cada par­tícula o planeta.)

El volumen requiere seis direcciones de extensión para definirlo: arriba y abajo, delante y detrás, izquierda y derecha. En Egipto, el cubo, la figura perfecta de seis caras, se utilizaba como símbolo de la realización en el espacio; el cubo es, pues, el símbolo del volumen. El faraón aparece sentado en su trono, que es un cubo (a veces se esculpe surgiendo de un cubo); el hombre está situado inequívocamente en la existencia material. Nada podría resultar más claro que este ejemplo de reconocimiento consciente del papel y la función del Seis. Pero para re­conocernos a nosotros mismos, debemos ser capaces de pensar como lo hacía Pitágoras.

El seis se simboliza también por el hexágono, por el sello de Salo­món y por los dobles trigramas del i ching chino, cada uno de los cuales representa un enfoque distinto e ilustra un



Giorgio de Santillana y Hertha von Dechend, Hamlet's Mili, Gambit, 1969, p. 222.

El cubo era la imagen de Saturno, como mostraba Kepler en su Mysterium Cosmographicum; ésta es la razón de la insistencia en las piedras cúbicas y las arcas cúbicas.

R. A. Schwaller de Lubicz, Le Temple de l'Homme, vol. III, Caracteres, 1957, p. 17.

Toda construcción, por muy sencilla que pueda ser, tiene un alma puesto que tiene volumen. El volumen es la indefinible sustancia-espíri­tu detenida en el espacio. Está vivo, es concreto, es número, y, por tan­to, música.
un aspecto diferente del seis, aunque dichos aspectos son, en última instancia, complementarios. (El cubo es el resultado del seis; el sello de Salomón y los dobles trigramas constituyen el seis en acción.)

En Egipto, Schwaller de Lubicz descubrió que las dimensiones de. ciertas salas concretas del templo de Luxor venían determinadas por la generación geométrica del hexágono a partir del pentágono. Se trata de una expresión simbólica de la materialización de la materia a partir del acto creador espiritual. Al mismo tiempo, constituye una expresión real de materialización. El templo simboliza, y —a la vez— es, el tiem­po y el espacio, en estricta conformidad con las leyes pertinentes.
7 Se requieren cinco términos para dar cuenta del principio de la vida, del acto creador, del «acontecimiento». Seis términos describen el marco en el que los acontecimientos tienen lugar. Pero seis términos resultan insuficientes para explicar el proceso de venir al ser, de «hacerse».

En el mundo material, generalmente experimentamos este proceso en términos de crecimiento. Pero cuando relacionamos el significado funcional del siete con la experiencia cotidiana, esta analogía se em­pieza a agotar. En el cinco, la correspondencia entre el escultor y el «acto» cósmico era precisa. En el seis, rozábamos el borde de la metá­fora. Nuestro escultor, en el seis, no creaba tiempo y espacio: estaba ya en el tiempo y el espacio, y esculpía de forma creadora. El «volumen» de su estatua preexistía en el bloque de madera (aunque, desde la pers­pectiva de la estatua, podríamos decir que el escultor representaba de nuevo el papel de Dios, y creaba el tiempo y el espacio de la estatua en cuanto estatua, que previamente no existía).

En el siete, sin embargo, nuestra analogía se convierte en metáfo­ra pura. El escultor no hace «crecer» a la estatua en ningún sentido material ni biológico. Nosotros crecemos, al igual que un mono. Pero el «crecimiento» de la estatua es puramente metafórico (aunque pue­de que no se lo parezca del todo al propio escultor, quien, observan­do detalladamente el progreso de su creación, desde la idea, o «ger­men», hasta su finalización, puede hacerse una idea del principio de creación).

Se necesitan siete términos para dar cuenta del fenómeno del creci­miento. El crecimiento es un principio universal observable (y mensu­rable) en todos los ámbitos del mundo físico, excepto en los más mi­crocósmicos (no podemos observar o medir el «crecimiento» de un átomo o de una molécula).

Al igual que todos los principios y funciones descritos hasta ahora, todos los cuales contribuyen a nuestra experiencia del mundo tal como es, el «crecimiento» no se puede explicar científicamente. No hay nada en el comportamiento del átomo de hidrógeno que haga predecible que un gatito se convierta en un gato adulto. Pero, como ocurre con todas las demás funciones y procesos, la ignorancia científica se enmascara tras una aparatosa verborrea. Las cosas se desarrollan porque unos «mecanismos» que se iniciaron de manera fortuita en el transcurso de la «evolución» han puesto de manifiesto que el «crecimiento» es un factor que lleva a la «supervivencia». Y este fatuo circunloquio se ca­lifica de «pensamiento racional».

Es interesante señalar que, hasta ahora, al relacionar el número con la función, hemos podido mostrar por qué los números dos, tres, cua­tro, etc., y no otros, se aplican a la polaridad, la relación y la sustan-cialidad; pero no podemos encontrar fácilmente ejemplos físicos con­cretos que respalden estas correlaciones: no podemos hallar ninguna prueba física de que un montón de sal, en cuanto realidad material, está implícito en el significado del cuatro. Un escéptico podría consi­derar que la aplicación universal del seis a los sistemas de medición del tiempo y el espacio es arbitraria.

Sin embargo, cuando llegamos al siete, nos encontramos con que ya no podemos relacionar este número directamente con nuestra ex­periencia: no podemos iniciar nuestro propio «crecimiento». Pero en el mundo físico encontramos multitud de ejemplos en los que el siete se manifiesta en forma de sistemas que crecen o de sistemas activos.

El crecimiento no es un proceso continuo. Se da en pasos discretos, en saltos cuánticos. Los niños parecen «estirarse» de golpe; y realmen­te lo hacen. Los huesos no crecen continuamente: durante un tiempo aumentan de longitud, y luego de grosor. En ciertos períodos (numéri­camente determinados) el crecimiento avanza deprisa; entre uno y otro apenas hay crecimiento.

Se requieren siete términos para dar cuenta del principio de cre­cimiento, y es un hecho notable la frecuencia con la que el siete, o sus múltiplos, rigen los pasos reales, o las etapas y secuencias, del crecimien­to (aún más notable si se tiene en cuenta que la ciencia ignora el pen-

samiento pitagórico y, en consecuencia, no trata de buscar tales co­rrespondencias; pero los datos se acumulan de todos modos).

Los fenómenos tienden a completarse en siete etapas, o son com­pletos en esa fase concreta. En la escala armónica hay siete tonos. Es la escala armónica, y la función humana de la audición, la que nos pro­porciona acceso directo al proceso del crecimiento, de la creatividad manifestándose. Fue esta razón —y no el azar o la superstición— la que llevó a los pitagóricos explícitamente, y a los egipcios implícita­mente, a emplear la escala armónica como el instrumento perfecto para enseñar y mostrar el funcionamiento del cosmos.

Consideremos una cuerda de una longitud dada como la unidad. Hagámosla vibrar: producirá un sonido. Sujetemos la cuerda por su punto medio, y hagámosla vibrar de nuevo: ahora producirá un sonido una octava más alto. La división en dos da como resultado una analo­gía de la unidad original. (Dios creó a Adán a su imagen, y necesitó sie­te días —o etapas discretas— para realizar su trabajo.) Esquemática­mente, la cuerda dividida que vibra ilustra el principio de doble inversión, que impregna todo el simbolismo egipcio, y que sólo ahora están investigando los físicos subatómicos como característica funda­mental de la materia.

Entre la nota original y su octava hay siete intervalos, siete etapas desiguales que —pese a su desigualdad— el oído interpreta como «ar­mónicas».

No podemos describir o definir la armonía en términos lógicos o ra­cionales. Pero reaccionamos a ella —y a su ausencia— de manera ins­tintiva. Esta reacción se caracteriza por una inequívoca sensación de «equilibrio».

Las notas de la escala musical remiten a la división del uno en dos. Dichas notas representan momentos de reposo en el descenso de la uni­dad hacia la multiplicidad. Se puede decir que el universo creado «ocu­rre» entre el uno y el dos, y la armonía evoca en nosotros una con­ciencia instintiva (e incluso un anhelo) de la unidad de la que aquélla se deriva. La armonía es la remembranza de la unidad. Y el arte que se basa en principios armónicos despierta en nosotros el sentimiento de unidad y del orden cósmico o «divino».

En el mundo que experimentamos, todas las unidades representan estados de equilibrio dinámico (aunque provisional); son etapas del re­torno a la unidad, oasis en el caos que implica la multiplicidad desen­frenada.

Un átomo es un momento de equilibrio. También un gato lo es. El equilibrio es un estado en el que las fuerzas positivas y negativas se compensan. La ciencia moderna, con su doctrina de la entropía y la en­tropía negativa,* expresa este mismo principio sin reconocer su signi­ficado funcional. El zodíaco astrológico occidental (¡un producto de la imaginación primitiva!) expresa este principio de forma precisa y com­pleta: Libra, la balanza, es el séptimo signo.

El Siete significa la unión del espíritu y la materia, del tres y el cua­tro. Una de las formas que expresan tradicionalmente el significado del siete es la pirámide, tan característica de la arquitectura egipcia: una combinación de una base cuadrada, que simboliza los cuatro elemen­tos, y unos lados triangulares, que simbolizan las tres modalidades del espíritu. Las diferentes pirámides se han construido de manera que ex­presen distintas funciones de la sección áurea.

La pirámide, construida de acuerdo con la sección áurea, no sólo tiene una utilidad simbólica. En la práctica es la forma que más útil re­sulta para toda una serie de funciones geográficas, geodésicas, crono­métricas, geométricas, matemáticas, numéricas, coreográficas y astro­nómicas, funciones que diversos eruditos modernos han demostrado que se hallan innegablemente incorporadas a la pirámide (especial­mente en la denominada Gran Pirámide de Keops). Hasta hace muy poco los egiptólogos habían preferido ignorar los datos más relevantes, pero hay algunos indicios de que el cambio de actitud es inminente.

* La de entropía es una idea matemática, y, en consecuencia, sólo se puede ex­presar de manera precisa mediante las matemáticas; sin embargo, se podría describir, con un símil, como «el grado de desorden» (así, por ejemplo, se supone que la entropía del universo llevará finalmente a una «muerte del calor»). La propia vida representa, o encarna, el principio de «entropía negativa».
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