Los enigmas de la civilización egipcia




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8 Antes de tratar de las funciones y principios inherentes al ocho, vale la pena hacer una advertencia respecto al simbolismo del número. A medida que vamos pasando de un número a otro, cada uno de ellos no sólo simboliza y define la función concreta a él asignada, sino que incorpora todas las combinaciones y funciones que han lleva­do hasta él. Así, por ejemplo, la polaridad, la tensión entre los opues­tos, es una función sencilla. Pero el cinco no sólo representa el acto de creación; incorpora también al dos y al tres, los principios masculino y

femenino, y dos conjuntos de opuestos —el principio de doble inver­sión— unidos por el invisible punto de intersección. El cinco es tam­bién el uno, o unidad, actuando sobre el cuatro, o materia original: por tanto, la creación.

Cuando llegamos al siete, las cosas se hacen aún más complejas. Cada aspecto de la combinación se manifiesta de forma distinta. Siete es cuatro y tres: la unión de materia y espíritu; es cinco y dos: opo­sición fundamental unida por el acto, por el «amor»; y es también seis y uno: la nota fundamental, el do, materializada por el seis, es decir, que en el tiempo y el espacio produce su octavo tono, que es una nue­va unidad.

Esta nueva unidad no es idéntica, sino análoga, a la unidad prime­ra. Es una renovación o «autorreplicación». Y para explicar el princi­pio de autorreplicación se necesitan ocho términos. La antigua unidad ya no existe, y una unidad nueva ha ocupado su lugar: «¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!».

En el zodíaco, es el octavo signo, Escorpión, el que tradicionalmente simboliza la muerte, el sexo y la renovación.

En Egipto, un texto muy conocido declara: «Yo soy uno, que se convierte en dos, que se convierte en cuatro, que se convierte en ocho, y luego vuelvo a ser uno».

Thot (Hermes para los griegos, Mercurio para los romanos) es el «Maestro de la Ciudad del Ocho». Thot, mensajero de los dioses, es el neter de la escritura, del lenguaje, del conocimiento, de la magia; Thot da al hombre acceso a los misterios del mundo manifiesto, sim­bolizado por el ocho.

Esta breve digresión sobre la relación entre el número y la función no pretende ser completa o exhaustiva. Lejos de ello, aspira única­mente a servir como preparación para la formulación de varias pre­guntas, a las que se puede responder simplemente «sí» o «no».

¿Experimentamos el mundo físico o natural en términos de polari­dad, relación, sustancialidad, actividad, tiempo y espacio, crecimiento y sexo, muerte y renovación? Dado que, aparte de la polaridad, nin­guno de estos términos admite una estricta definición lógica, ¿tenemos derecho a desecharlos calificándolos de «arbitrarios»?

El simbolismo del número, así relacionado con la función, pro­porciona el marco que hace comprensible el mundo de nuestra expe­riencia.

En esta introducción nos hemos limitado necesariamente a aproximarnos al modo en que el número se relaciona con el mundo físico, o la experiencia física: el mundo del ser. Pero el número constituye tam­bién la clave del mundo de los valores (que son aspectos de la volun­tad) y del mundo de la conciencia, que, junto con el de la experiencia física, configuran la totalidad de la experiencia humana. (El lector in­teresado en profundizar en estos temas encontrará las referencias per­tinentes en la Bibliografía, apartado B 9.)

El ocho, pues, corresponde al mundo físico tal como lo experi­mentamos. Pero el mundo físico que comprendemos resulta aún más complejo. La interacción de las funciones presentes hasta el Ocho no permite una pauta o plan, el ordenamiento de los fenómenos. Tampo­co un sistema de ocho términos da cuenta de la fuente del orden o de la pauta: su «artífice», por decirlo así. No explica la necesidad (el prin­cipio que reconcilia el orden y el desorden). Para que haya «creación», primero debe ser necesaria. Finalmente, está la matriz en la que todas estas funciones operan simultáneamente, a la que podríamos denomi­nar «el mundo de las posibilidades».

Estas elevadas funciones numéricas corresponden al nueve, al diez, al once y al doce. Las funciones correspondientes a estos números no forman parte de nuestra experiencia directa, pero filosóficamente po­demos reconocer su necesidad. Hay que admitir que estos conceptos resultan difíciles de entender, debido especialmente a que nuestra edu­cación nos enseña a analizar, no a sintetizar. Sin embargo, estas fun­ciones no son abstracciones —al menos no en el mismo sentido en que lo es la raíz cuadrada de menos uno—, ya que resultan esenciales para completar el marco de nuestra experiencia, aun cuando no podamos experimentarlas de manera directa.





Marcel Griaule, op. cit., p. 127.

Cuando los ocho ancestros ... nacieron de la primera pareja, ocho animales distintos nacieron en el cielo.

Ibid.9pp. 18-19.

Así, estos espíritus, llamados Nummo, eran dos espíritus de dios ho­mogéneos (mitad hombre, mitad serpiente) ... la pareja nació perfecta y completa; tenían ocho miembros, y su número era el ocho, que es el sím­bolo del habla ... son el agua [en el zodíaco occidental, los signos 4.°, 8.° y 12.° son signos de agua] ... La fuerza vital de la tierra es el agua. Dios modeló la tierra con agua. También la sangre la hizo de agua. In­cluso en una piedra existe esta fuerza.
También son necesarias desde un punto de vista teórico. Como ya hemos mencionado, en la escisión primordial el uno se convierte si­multáneamente en dos y en tres. Los fenómenos son duales por natu­raleza, pero triples en principio. La cuerda que vibra representa una polaridad fundamental: una fuerza impulsora, masculina (la que la mueve), y una fuerza resistente, femenina (la cuerda). Al vibrar, la cuer­da representa una relación: una fuerza impulsora, una fuerza resisten­te y una fuerza mediadora o reconciliadora (la frecuencia de vibración, que es la «interacción» entre los dos polos, pero no es ni el uno ni el otro).

La escisión primordial, al crear la dualidad, crea dos unidades, cada una de las cuales participa de la naturaleza de la unidad y de la duali­dad: dos, en este sentido, es igual a cuatro.

La creación simultánea del dos, el tres y el cuatro postula una inter­acción entre estas funciones, un ciclo, que para su plena realización re­quiere de doce términos. Difícil de expresar verbalmente, este ciclo de doce partes se expresa de manera sencilla, esquemática y completa en el zodíaco tradicional.

Aunque en el antiguo Egipto no se han encontrado zodíacos pro­piamente dichos, Schwaller de Lubicz proporciona amplias evidencias que demuestran que el conocimiento de los signos del zodíaco existió desde tiempos muy remotos, y que rige e impregna el simbolismo egip­cio, cuando uno sabe dónde y cómo buscarlo.

En el zodíaco, cada signo participa de la dualidad, la triplicidad y la cuadruplicidad. Naturalmente, en la astrología que aparece en los periódicos y revistas (y que los científicos y eruditos creen que es la única que existe) este aspecto fundamental del zodíaco pasa desaperci­bido. Por desgracia, otros astrólogos modernos más serios, aunque uti­lizan los signos zodiacales de manera intuitiva, apenas reconocen el simbolismo numérico en el que se fundamentan.

Como veremos enseguida, la sección áurea forma parte del núcleo de la escisión primordial, creando un universo asimétrico y cíclico. Este aspecto cíclico significa que los múltiplos de los números son, por así decirlo, registros superiores de los números inferiores.

El universo físico se completa, en principio, con cuatro términos: unidad, polaridad, relación y sustancialidad. Pero la materialización plena de todas las posibilidades requiere el funcionamiento de todas las combinaciones de dos, tres y cuatro. Y esto se realiza en los doce sig­nos del zodíaco. Éste se divide en seis grupos de polaridades, cuatro grupos de triplicidades (los modos) y tres grupos de cuadruplicidades (los elementos). Cada signo es, a la vez, polar (activo o pasivo), modal (cardinal es el iniciador; fijo es aquel sobre el que se actúa; mutable es el que media o efectúa el intercambio de fuerzas) y elemental (fuego, tierra, aire, agua). La polaridad se realiza en el tiempo y el espacio (seis veces dos), el espíritu materializado (tres veces cuatro) y la materia es­piritualizada (cuatro veces tres).

Así, con cuatro términos tenemos el mundo en principio. Con ocho términos tenemos el mundo materializado en el tiempo y el espacio. Con doce términos tenemos el mundo de las potencialidades y las po­sibilidades.

Aunque este breve resumen no se aproxima más que a un aspecto del zodíaco astrológico, debería ser suficiente para sugerir que este an­tiguo diseño no se basaba en absoluto en los ensueños de arcaicos vi­sionarios, sino que se construyó rigurosamente de acuerdo con los principios pitagóricos. Si esperamos comprender el mundo físico en el que vivimos (por no hablar del mundo espiritual), debemos examinar los principios y funciones que subyacen a la experiencia común. Y el simbolismo del número nos permite hacerlo.

En la comprensión de este hecho se basaba el funcionamiento del antiguo Egipto y de otras civilizaciones antiguas. Sobre esta base, y partiendo de esta comprensión, es posible idear un sistema interrelacionado global y coherente en el que la ciencia, la religión, el arte y la filosofía definan y exploren aspectos concretos del todo, aunque sin perderse nunca de vista mutuamente.

Los egiptólogos reconocen que fue un sistema así el que predominó en Egipto, pero, al juzgar dicho sistema desde su propio punto de vis­ta, son incapaces de comprenderlo, y lamentan el hecho de que en Egipto la «teología» impregne todos los aspectos de la civilización.

Aunque puede parecer que de ahí sólo falta un paso para reconocer que, si la teología egipcia lo impregnaba todo, era porque se basaba en la verdad, dar ese paso requiere un auténtico giro psicológico, y esto no resulta en absoluto fácil de realizar. Así, las evidencias que Schwaller de Lubicz presenta de forma tan meticulosa son ignoradas. Sin embar­go, en otros ámbitos especializados de la egiptología, las concienzudas, y a menudo brillantes, obras de astronomía, matemáticas, geografía, geodesia y medicina estudiadas atestiguan el refinamiento y la sofisti-cación de los conocimientos egipcios. En cualquier caso, los progresos de los métodos modernos revelan las deficiencias y defectos anteriores, y alteran invariablemente las opiniones relativas a los conocimientos del antiguo Egipto.

9 Egipto evocaba, mas nunca explicaba. Como ya hemos visto, las correlaciones establecidas entre número y función no son ar­bitrarias, y en cada caso ha sido posible mostrar cómo dichas correla­ciones se empleaban en los símbolos y los mitos egipcios. Sin embargo, por regla general hemos tenido que buscarlas, y, por tanto, es necesa­rio que primero comprendamos el significado funcional del número antes de saber cómo o dónde hay que buscar. Ni siquiera las tríadas de

neters (como las trinidades en las mitologías de otras civilizaciones) son declaraciones manifiestas de un interés en el número, o de una concepción del tres como principio de relación. El escéptico podría argumentar fácilmente que el fenómeno del macho y la hembra en­gendrando una nueva vida resulta tan evidente que fácilmente podría servir como símbolo sin necesidad de conocer sus connotaciones filo­sóficas o pitagóricas.

Pero la elección del nueve no resulta ya tan evidente, y aquí no es posible una interpretación errónea de la importancia atribuida al nú­mero nueve por los egipcios.

El nueve resulta extremadamente complejo, y prácticamente in­abordable mediante una expresión verbal precisa. La Gran Enéada (una enéada es un grupo de nueve) no es una secuencia, sino los nue­ve aspectos de Tum, que se interpenetran, interactúan y se entrelazan.

Esquemáticamente, se puede ilustrar la Gran Enéada con el más fas­cinante de los símbolos, el tetractys, que la hermandad pitagórica con­sideraba sagrado.

La Gran Enéada emana del absoluto, o «fuego central» (en la ter­minología de Pitágoras). Los nueve neters (principios) rodeando al uno (el absoluto), que se convierte tanto en uno como en diez. Ésta es la analogía simbólica de la unidad original; es repetición, retorno a la fuente. En la mitología egipcia, este proceso es simbolizado por Horus, el Hijo divino que venga el asesinato y desmembración (por parte de Set) de su padre, Osiris.

El tetractys es un símbolo rico y polifacético que responde a la me­ditación con un flujo de significados, relaciones y correspondencias casi inagotable. Es una expresión de la realidad metafísica, el «mun­do ideal» de Platón. Sus relaciones numéricas expresan las bases de la armonía: 1:2 (octava); 2:3 (quinta); 3:4 (cuarta); 1:4 (doble octava); 1:8 (tono).

Se puede ver el tetractys como la Gran Enéada egipcia puesta de ma­nifiesto y desmitificada. Esto no constituye necesariamente una mejora, pero es un medio para vislumbrar los numerosos significados que sub-yacen a la enéada. (Otro medio es el extraordinario símbolo del enea-grama, o estrella de nueve puntas, que Gurdjieff afirmaba haber redes­cubierto a partir de una fuente antigua. Mientras que el tetractys muestra la Gran Enéada puesta de manifiesto, el eneagrama la muestra en acción: el siete, la octava, número de crecimiento y proceso, interpe-netrando al tres, la naturaleza trina básica de la unidad. Las co rrespondencias entre la obra de Gurdjieff y la de Schwaller de Lubicz son notables, aunque ninguno de ellos conocía el trabajo del otro.)

A pesar de que esta introducción al pitagorismo ha sido necesaria­mente superficial, debería bastar para dar una idea tanto de la extre­ma complejidad como de la extrema importancia del nueve. Y dada su importancia en la metafísica de las estructuras y las pautas, no es sor­prendente descubrirla en la estructura de la célula viviente, cuya mito-sis —según afirman algunos biólogos— se inicia en el centriolo, for­mado por nueve pequeños túbulos.

Hace tiempo que los naturalistas, los botánicos y los biólogos han señalado la importancia y reiteración de determinados números, com­binaciones y formas numéricas. A medida que la ciencia profundiza cada vez más en los ámbitos molecular, atómico y subatómico, el mun do físico sigue revelando su inherente carácter armónico y proporcio­nado de manera cada vez más notoria y precisa. Los científicos obser­van estos datos, pero, dado que nunca los someten a un examen pita­górico, siguen aprendiendo más y más acerca de cómo está construido el mundo, pero no acerca de por qué lo está. Y, sin embargo, estas res­puestas parecen a punto de hacerse evidentes sólo con que se plantea­ran las preguntas correctas. La forma de la doble hélice y las secuen­cias de aminoácidos y proteínas en las estructuras básicas de las células siguen unas pautas precisas y claramente definidas, cuyas proporciones y relaciones numéricas encubren la razón por la que tales cosas son como son. Así, por ejemplo, el agua (H2O) exhibe dos atributos armó­nicos básicos: dos hidrógenos en relación a un oxígeno forman una oc­tava; y, por volumen, ocho oxígenos en relación a un hidrógeno da 8:9, el tono.
El tetractys


1 + 2 + 3 + 4 = 10

El tetractys, considerado sagrado por los pitagóricos, contiene en sí mismo las claves de la armonía, que, a su vez, gobiernan la creación.

4:3 = la cuarta

3:2 = la quinta

2:1 = la octava

Y la doble octava en la razón cuádruple: 4:1

Aunque el tetractys, en cuanto símbolo, parece ser peculiar de los pi­tagóricos, este mismo simbolismo numérico constituye un fenómeno ge­neralizado. La mitología hindú habla de las «nueve cobras de Brahma», un equivalente de la Gran Enéada dispuesta en torno a Atum. La Ca­bala se refiere a las nueve legiones de ángeles alrededor del trono del Dios oculto, «Aquel cuyo nombre está oculto». El tetractys representa la realidad metafísica, el «mundo ideal» de Platón, completo en el mar­co de un sistema de cuatro términos.

La creación requiere cinco términos. El pentactys representa el te­tractys puesto de manifiesto.

El triángulo interior es un símbolo de la naturaleza trina inmanente en la unidad; representa la primera forma: la forma requiere un sistema de tres términos; la forma es el resultado de la interacción entre los po­los positivo y negativo. El pentactys representa la forma principal rodea­da por doce «casas», que son las animadoras de la forma. También esta interpretación es común a muchas civilizaciones antiguas. El sistema fi­siológico egipcio se basa en ella: «Estos canales, mediante el flujo y el reflujo cósmicos, conducen la energía solar roja y blanca a las zonas en las que los doce poderes permanecen dormidos en los órganos del cuer­po. Una vez cada dos horas, noche y día, cada uno de ellos es activado por el paso de Ra, el sol de la sangre, y luego vuelve a dormirse». La acupuntura china se basa en los «doce meridianos del cuerpo». Cada dos horas, uno u otro de estos meridianos alcanza su cota máxima de actividad. Las doce «casas» del zodíaco astrológico expresan la misma interpretación de otro modo. El significado de las «casas» se deriva de la interacción de los números; éstas determinan la naturaleza del tiem­po, la personalidad o el acontecimiento.



El eneagrama.

¿Se trata de mera «coincidencia»? Nadie puede «demostrar» que no lo sea. Y, sin embargo, estos atributos armónicos básicos parecen de­masiado claramente pitagóricos para desecharlos. Recuérdese que, en el antiguo sistema, el «agua» es el cuarto elemento, la «sustancia» pri­mera y principal, y analogía del uno, como la octava es analogía del sonido fundamental. En el mundo físico, el agua constituye el soporte de la vida. En el mundo metafísico de Egipto, Tum se crea a sí mismo a partir de Nun, las aguas primordiales. La creación procede armóni­camente, la octava es el instrumento del proceso, o «vida», y la prime­ra nota de la octava es el tono. Para producir el tono perfecto la cuer­da debe tener una proporción de 8:1, precisamente la razón entre los




El eneagrama es un símbolo universal. Todo conocimiento se puede incluir en el eneagrama y se puede interpretar con la ayuda del eneagrama. Y en esta conexión sólo lo que un hombre puede introducir en el eneagrama es lo que realmente sabe, es decir, comprende. Lo que no puede introducir en el eneagrama no lo comprende. Para el hombre capaz de utilizarlo, el eneagrama hace los libros y las bibliotecas to­talmente innecesarios. Todo puede estar incluido y se puede leer en el eneagrama. Un hombre puede estar completamente solo en el desierto, dibujar el eneagrama en la arena y leer en él las leyes eternas del uni­verso. Y cada vez puede aprender algo nuevo, algo que hasta entonces ignoraba.

Si dos hombres de distintas escuelas se encuentran, dibujarán el enea-grama y, con su ayuda, podrán establecer de inmediato cuál de los dos sabe más y cuál, en consecuencia, supera esta prueba, es decir, cuál es el mayor, cuál es el maestro y cuál el pupilo. El eneagrama es un diagra­ma esquemático del movimiento perpetuo...
G. I. Gurdjieff, citado por P. D. Ouspensky,

In Search of the Miraculous, Harcourt, 1949, p. 294.

Para los pitagóricos, las propiedades de los números, la manera en la que se comportaban, constituía una evidencia, de hecho una «prue­ba», del orden divino. Para el racionalista moderno, dichas propiedades son simplemente las consecuencias naturales de un sistema abstracto ca­rente de contenido interior o de significado cósmico. El estudio de estas propiedades da lugar a «juegos y diversiones matemáticas». Finalmente corresponde al individuo elegir entre ambos bandos, es una decisión que no debe tomarse a la ligera: de ella depende, en última instancia, toda la filosofía que uno adopte.

Esotéricamente, dado que hay que considerar todos los números como divisiones de la unidad, la relación matemática que un número muestra con la unidad es una clave de su naturaleza.

Tanto el tres como el siete son números de «movimiento perpetuo». Al dividir la unidad entre estos números, ésta se divide infinitamente:

1../ 3 = 0,3333333333333...

1 -/- 7 = 0,1428571428571...

Tres: el número de la relación, de «la Palabra», de la trinidad místi­ca, tres-en-uno.

Siete: el número del crecimiento, del «proceso», de la armonía, da la misma secuencia repetitiva cuando se divide la unidad. Obsérvese que el eneagrama sigue esta secuencia.
Marcel Bessis, Ultra-structure de la cellule, Monographies Sandoz, marzo de 1960, pp. 39-40.

Los centriolos [núcleos de la célula viva] poseen, de hecho, una es­tructura muy curiosa: son pequeños cilindros ... cuyas paredes están formadas por nueve túbulos ... Estas constataciones despiertan un con­siderable interés cuando se sabe que esas estructuras de nueve elemen­tos (o múltiplos de nueve) se vuelven a encontrar en todo tipo de for­maciones dotadas de movimiento.

Peter S. Stevens, Patterns in Nature, Penguin, 1976, p. 3.

Cuando vemos cómo se parecen las ramas de los árboles a las arte­rias y las ramificaciones de los ríos, cómo se parecen los granos de cris­tal a las pompas de jabón y a las placas del caparazón de la tortuga, cómo las frondas de los heléchos, las galaxias estelares y el movimiento del agua cuando desaparece por el desagüe de la bañera forman una es­piral similar, no podemos dejar de preguntarnos por qué la naturaleza utiliza sólo algunas formas gemelas en contextos tan distintos. ¿Por qué el movimiento de las serpientes, los meandros de los ríos y los bucles de una cuerda adoptan el mismo patrón, y por qué las grietas en el lodo seco y los dibujos en la piel de la jirafa adoptan una forma parecida a la película que forma la espuma?

En cuestión de formas visuales sentimos que la naturaleza tiene sus favoritas. Entre sus preferidas están las espirales, los meandros, los pa­trones de ramificación y los ángulos de 120 grados. Estos patrones se repiten una y otra vez. La naturaleza actúa como un director de teatro que utilizara cada noche a los mismos actores vestidos de manera dis­tinta y representando a personajes diferentes. Los actores tienen un re­pertorio limitado: los pentágonos forman la mayoría de las flores, pero no los cristales; los hexágonos manejan la mayoría de los patrones bi-dimensionales repetitivos, pero nunca abarcan por sí solos el espacio tri­dimensional. Por otra parte, la espiral representa el colmo de la versati­lidad, ya que desempeña un papel en la replicación de los virus más pequeños y en la disposición de la materia en la mayor de las galaxias.
átomos de oxígeno e hidrógeno por volumen. Y la creación es volu­men, el cual es espacio.

La interpretación de Egipto realizada por Schwaller de Lubicz de­muestra que Egipto comprendía por qué el mundo es como es; los sím­bolos que eligió, además de los incontables indicios procedentes de sus textos científicos, matemáticos y médicos, demuestran que también te­nía unos conocimientos asombrosamente completos acerca de cómo es. Obviamente, Egipto carecía de rayos láser, microscopios electrónicos o aceleradores de partículas; puede que no tuviera un conocimiento con­creto y cuantitativo del mundo microscópico. Pero la curiosa coheren­cia que manifiestan sus símbolos y sus textos deja claro que la tecno­logía no constituye el único medio de penetrar en estos ámbitos.

La serpiente celeste

Dualidad divina


EL LENGUAJE, ESPECIALMENTE EL LENGUAJE DISCURSIVO o descriptivo, es lineal y consecutivo. Al relacionar los números con las fun­ciones, los hemos inmovilizado, despojándoles de vida. Esto resulta inevitable. Para conocer la anatomía de una mariposa debemos captu­rarla, matarla, clavarla con una aguja y diseccionarla. Pero si lo que queremos es comprender la mariposa, no debemos perder de vista el hecho de que hemos sacrificado la encarnación viviente de un princi­pio con el fin de averiguar determinados hechos. Y estos hechos sólo tienen sentido cuando los aplicamos de nuevo a la mariposa viva.

Las funciones definibles a través del número no actúan de manera aislada. No experimentamos ejemplos aislados de polaridad, relación o sustancialidad. El mundo de nuestra experiencia es una red de fun­ciones que actúan de manera simultánea.

El lenguaje discursivo o descriptivo no puede empezar a captar si­quiera sea la experiencia más sencilla sin despojarla de vida. Pero los lenguajes superiores del mito y el simbolismo sí pueden.

Los neters del antiguo Egipto son personificaciones de la función en acción. A nosotros un friso o un mural egipcios nos pueden parecer pe-culiarmente rígidos y sin vida en comparación, pongamos por caso, con un friso o un mural griegos. Pero, aparentemente, el arte griego está concebido como experiencia sensorial, al igual que nuestro propio arte. El arte egipcio, sin embargo, tiene otras intenciones. Frente a él, somos como un hombre carente de formación musical que tratara de hallar sentido a una partitura de Beethoven, o, peor aún, como unos estudiantes que hubieran aprendido a leer las notas pero que nunca hubieran oído realmente música. -


Nuestros juicios no son más que refle­jos y proyecciones de unas creencias y deseos subjetivos.

Schwaller de Lubicz muestra que el simbolismo de los neters implica­ba tanto una elección cuidadosamente sopesada como una profunda comprensión (basada en la observación meticulosa, así como en las con­sideraciones teóricas) de la naturaleza de los símbolos escogidos. Él apoya este argumento con varios ejemplos. Veamos uno de ellos.

A primera vista, la serpiente puede parecer un modelo perfecto de unidad. ¿Qué podría expresar mejor la singularidad que la extensión indiferenciada de la serpiente?

Sin embargo, en Egipto la serpiente era el símbolo de la dualidad, o, más exactamente, del poder que da como resultado la dualidad. Y este mismo poder tiene un aspecto dual; es a la vez creador y destruc­tor: creador en el sentido de que la multiplicidad se crea a partir de la unidad, y destructor en el sentido de que la creación representa la rup­tura de la perfección del absoluto.

Cuando uno repara en el hecho de que la serpiente tiene tanto una lengua bífida como un doble pene, la sabiduría que subyace a la elec­ción se hace evidente. Como símbolo de dualidad, la serpiente repre­senta el intelecto, la facultad mediante la que el hombre discrimina; es decir, mediante la cual rompemos el todo en sus partes constituyentes.

Pero la dualidad desenfrenada es el caos. El análisis realizado de manera descontrolada es sólo destrucción. Limitarse a conocer sin sin­tetizar equivale a parodiar a Dios; probablemente es por eso por lo que, tomando prestada la serpiente de Egipto, el libro del Génesis la utiliza como símbolo de la tentación.




Peter Tompkins, Mysteries of the Mexican Pyramids, Harper & Row, 1976, p. 387.

Para Sejourné, Teotihuacán fue el lugar en donde la serpiente apren­dió milagrosamente a volar, es decir, «en donde el individuo, a través de su crecimiento interno, alcanzó la categoría de ser celestial».
La serpiente, aparentemente una unidad, es dual en su expresión, tanto verbal como sexual; dual y divisible por naturaleza.

Pero la dualidad —y, para el caso, el intelecto— no es una función únicamente humana, sino cósmica. Hay un intelecto superior y un in­telecto inferior. Así, simbólicamente, está la serpiente que repta, y está el intelecto superior, que permite al hombre conocer a Dios: la ser­piente celeste. Los egipcios sabían perfectamente que las serpientes no vuelan. Pero el hecho de situar a la serpiente en el aire en determina­das circunstancias tiene un profundo significado. La serpiente alada, común a tantas civilizaciones, se empleó también en Egipto, donde de­sempeñó un papel simbólico similar.

El pensamiento paralelo gobierna la unión de la cobra y el buitre en la diadema real que llevaba el faraón, que representa la unión del Alto y el Bajo Egipto, y, al mismo tiempo, simboliza la unión triunfal de las facultades del discernimiento y la asimilación, la marca del hombre perfeccionado, del hombre regio. (Schwaller de Lubicz demuestra tam­bién la conexión entre la serpiente y el sentido del olfato, y muestra cómo este simbolismo impregna el santuario del templo de Luxor, en el que se simboliza el sentido olfatorio. Esto, a su vez, se relaciona con el carácter jeroglífico que representa a Neith, el neter «tejedor», ya que la trama y la urdimbre representan la manera egipcia de simbolizar el «cruce» que caracteriza al proceso mental.)

Así, la elección del rico y potente símbolo de la serpiente para la dualidad manifiesta no sólo una total comprensión de los numerosos aspectos de la dualidad tanto en su sentido creador como en su senti­do destructor, sino también un conocimiento igualmente completo de la naturaleza del animal elegido para representar la dualidad. También resulta significativo el hecho de que, aunque generalmente Egipto daba un solo nombre a cada animal, la serpiente, en su papel de «separado­ra» (y, por tanto, de «obstructora») de las obras de Ra, es vilipendia­da con una multitud de nombres distintos (quizás clasificando de algún modo los distintos tipos




E. A. Wallis Budge, Hieroglyphic Vocabulary to the Theban Rescension of the Book of the Dead, Kegan Paul and Co., 1911, p. 273.

Apop tenía varios nombres: para destruirle era necesario maldecir todos y cada uno de los nombres por los que se le conocía.
específicos de obstrucción o de negación). És­tos aparecen en los innumerables ritos y textos en los que se supone que el difunto reza par ser liberado de las formas proteicas que adop­ta la negación. Set, el fuego separador, en la terminología cristiana se convierte en Satán, que es famoso por su astucia; en otras palabras, Sa­tán se presenta bajo numerosos disfraces, y, en Egipto, bajo numerosos nombres.
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