Los enigmas de la civilización egipcia




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El irracional como función


Fi no es un número: es una función. Considerar el irracional como un número, aunque sea de una clase especial, equivale a reducir el con­cepto de número a algo desprovisto de significado. El número implica la capacidad de enumerar; y, por definición, resulta imposible enume­rar con un irracional: no podemos tener ni imaginar 1,618... gallinas o 3,141... huevos.

Fi, pi y las raíces cuadradas de dos, tres y cinco son elementos ne­cesarios para formar todos los sólidos geométricos perfectos,* y para definir y describir todas las posibles combinaciones armónicas. Es a este tejido de interacciones, a este inmenso conjunto de armonías, al que denominamos «el mundo»; en este caso, el mundo físico, que no es sino un aspecto (el aspecto tangible, perceptible) del mundo espiri­tual, o del mundo de la conciencia. La clave de este mundo armónico es el número, y el medio por el que se puede comprender el número es la geometría.

Platón consideraba la geometría sagrada; los pitagóricos declaraban que «Todo es número», y el encabezamiento del papiro de Rhind egipcio promete «reglas para indagar en la naturaleza y para conocer todo lo que existe, todos los misterios, todos los secretos».

Dado que, hasta hace muy poco, la ciencia se ha centrado en pre­guntar «¿cómo?», en lugar de «¿por qué?», ha perdido de vista las ra­zones que subyacen a esta reverencia por la geometría y la interacción de los números. Los científicos contemplan las matemáticas como una herramienta descriptiva que les permite describir fenómenos con una exactitud cada vez mayor; para los pitagóricos, las matemáticas cons­tituían la representación simbólica de las funciones y procesos cuyos resultados son los fenómenos de los que se ocupa la ciencia actual.

La incomprensión de la mentalidad de los antiguos tiende a generar una especie de sarcástico desprecio, especialmente entre los divulgado­res de la ciencia y las matemáticas. (A veces, las mentes auténticamen­te creadoras de estos ámbitos hacen afirmaciones que revelan que son pitagóricas de corazón. Esto es algo natural, casi inevitable: la creación implica síntesis, y la mente puramente analítica jamás puede crear. Re­cuérdese el consejo de E. M. Forster, merecidamente famoso: «Limíta­te a conectar».)

Por desgracia, son los divulgadores y los autores de libros escolares quienes llegan a un mayor número de personas, y las corrientes de pen­samiento erróneas tienden a perpetuarse, al menos hasta que llega un punto en el que la convención ya no puede ocultar sus fatídicas con­tradicciones e incoherencias internas. La bola de nieve baja rodando por la colina sólo hasta que su impulso inicial se agota.

* Un sólido perfecto es aquel cuyas caras son todas idénticas y en el que cada una de ellas es una forma plana equilátera, como, por ejemplo, un triángulo, un cuadrado o un pentágono. Los cinco sólidos perfectos son el tetraedro, el cubo, el octaedro, el do­decaedro y el icosaedro.

Pitágoras renacido
Este punto aún no se ha alcanzado, aunque es posible que no este­mos muy lejos. En matemáticas, así como en otros ámbitos y discipli­nas con ellas relacionados, ciertos aspectos del pensamiento pitagórico están experimentando un renacimiento. Puede que la terminología pla­tónica nos siga pareciendo pintoresca, pero un creciente número de personas están empezando a darse cuenta de que alude a realidades; de que hay una diferencia intrínseca, funcional, entre los números «cua­drados», «rectangulares» y «triangulares»; de que las leyes de la ar­monía resultan universalmente aplicables al mundo físico, y de que és­tas se hallan en consonancia con la experiencia humana y son demostrables. Y en la medida en que va reconociendo que esta curio-

sa y antigua terminología oculta verdades, es posible que también se haga más evidente que una gran parte de la terminología moderna, que no se cuestiona en absoluto, no oculta sino ficciones. Considérese, por ejemplo, la «selección natural», que no puede explicar el origen de las especies sin recurrir a la ayuda de la «mutación» (que constituye un misterio); o el «valor de la supervivencia» y la «ventaja biológica», que no son sino tautologías: todo lo que existe, por muy poco adecuado que resulte para la supervivencia, posee un evidente «valor de supervi­vencia» y una «ventaja biológica», independientemente de que miles de criaturas, en apariencia más eficaces, se hayan extinguido misteriosa­mente desde hace mucho tiempo. Esto sólo es explicable recurriendo de nuevo a la misma tautología: se extinguieron porque no tenían «ven­taja biológica», o porque la perdieron.

Después de reconocer la necesidad de revisar nuestras concepciones del número, la geometría y la armonía, podemos volver a Egipto, la fuente de las ideas platónicas y pitagóricas, así como de la civilización que rigieron dichas ideas y preceptos durante miles de años.

La armonía, hoy, se enseña únicamente a los estudiantes de música; y, aun en este caso, sólo como base de la música, sin aludir siquiera al hecho de que esta ordenación puramente matemática tiene una tras­cendencia universal. Ya hemos visto las limitaciones (desde un punto de vista pitagórico) de nuestra educación geométrica y matemática.

Al tratar de presentar aquí una visión panorámica del Egipto de los simbolistas, me enfrento con un problema que aparentemente no tiene solución. Todos los lectores —salvo un (meramente hipotético) puña­do de ellos— llegarán al pensamiento pitagórico tal como yo llegué: es un estado de prístina ignorancia. Y no es que los fundamentos geomé­tricos, numéricos y armónicos del pensamiento egipcio sean especial­mente difíciles. No lo son; al menos no son más difíciles que —ponga­mos por caso— la geometría avanzada, y para un determinado tipo de mente incluso resultan mucho más fáciles que el álgebra o el cálculo-Pero, para comprender el pensamiento egipcio, debemos ir paso a paso. Y este avance paso a paso requerirá una considerable extensión^ de texto. Como ocurre en cualquier geometría, no basta con «leer» el tema: hay que estudiarlo. De hecho, la obra de Schwaller de Lubicz no se puede leer: está escrita para ser estudiada. Este libro, sin embargo, está escrito para ser leído.

Me habría gustado presentar una versión resumida que, sin embar­go, diera una idea de los actuales procedimientos operativos. Pero sólo puedo escribir sobre el Egipto de los simbolistas, seleccionando ejem­plos concretos de la documentación que muestra el tipo de evidencias en las que se basa esta reinterpretación radical.

Toda la civilización egipcia, en el transcurso de sus cuatro mil años de historia, se debe contemplar como un solo gesto ritual, un acto de homenaje al divino misterio de la creación. La unidad, al tomar con­ciencia de sí, se revela en la multiplicidad de lo creado, y, en conse­cuencia, en el universo.

Tum, al contemplarse a sí mismo, crea a Atum a partir de Nun, las aguas primigenias. La teoría del Big Bang, que ve el universo como un acontecimiento físico resultante de la acumulación crítica de unas fuer­zas puramente físicas, constituye una versión trivializada, «desespiri­tualizada», de este mito. Egipto creó una civilización a partir de él.

La «cimática», el estudio de las formas de onda, ilustra de manera espectacular la rela­ción entre frecuencia y forma. Determinados materiales so­metidos a determinadas vibra­ciones adoptan determinadas formas. Una forma dada sólo puede ser llevada al límite a su correspondiente frecuencia; la forma es una respuesta a la fre­cuencia. La forma es lo que denominamos «realidad», pero esa realidad es obviamente condicional, puesto que es la estructura de nuestros órganos de percepción la responsable de la imagen última. Si nuestros sentidos se hubieran adaptado de manera distinta, la realidad adoptaría un aspecto muy diferente. Si nuestros sentidos fueran más rápidos podríamos percibir la materia como movimiento; si fueran más lentos seríamos conscientes del movimiento aparente del Sol, y todo nuestro mundo parecería estar en movi­miento.

La vibración es una alternancia entre los polos positivo y negativo. Metafísicamente, es una manifestación de la rebelión del espíritu contra su confinamiento en la materia. En Egipto se representa a Ptah, creador de las formas, vendado como una momia.

La cimática proporciona una expresión visual a la frase «En el principio era la Palabra», o, más exactamente, «el Verbo».

En A, B, C y D, se ha sometido al aguarrás a una serie de vibraciones y se ha fotografiado la estructura resultante. Esta estructura prevalece en todos los casos, y se puede fotografiar con un microscopio. E representa un haz de electrones sometido a dos campos magneticos opuestos.
El cristianismo expresa la revelación egipcia como Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Y aunque los fundamentalistas afirman con vehemencia la verdad literal del parto de la virgen, y la ciencia la nie­ga con no menor vehemencia, en este aspecto de la cosmología esoté­rica la virgen se puede considerar equivalente a Nut, el «cielo», la ma­triz (necesariamente) virgen de la sustancia principal.

La escisión primordial provoca una situación que se puede esque­matizar mediante la geometría. Podemos mostrar que este solo acto pone en movimiento automáticamente la secuencia de todos los núme­ros y de los «irracionales» (que representamos como diagonales). No debemos considerar a los irracionales como números, o como una cla­se especial de números, sino como funciones: las diagonales definen las interacciones entre los números. Y, por otra parte, íntimamente vincu­ladas al simbolismo del número y a la geometría, se hallan las diversas escalas armónicas, de las que se puede demostrar —sea geométrica o matemáticamente— que se derivan de los números que la escisión pri­mordial puso en juego.

La armonía se hace con rapidez extremadamente compleja, y qui­zás debido a ello oscurece para nuestros sentidos su papel funda­mental en la creación de la «forma». Es la armonía la responsable de los fenómenos físicos concretos a los que los científicos denominan «realidad», pero que el hombre más juicioso advierte que no son sino el aspecto físico de la realidad al que nuestros sentidos tienen acceso. Hablamos de «forma» musical. Sabemos que es el resultado de ar­monías que se pueden reducir a vibraciones; es decir, a números. Sin embargo, tendemos a pensar en la «forma» musical de una manera metafórica, mientras que



Dado que los físicos modernos saben ya que ia materia no es una «cosa», sino un estado o pauta de energía que se puede describir mediante las matemáticas, es evi­dente que los pitagóricos tenían razón cuando declaraban que «Todo es numero». También la tenían al suponer que tenía que haber analogías validas de la forma y la función. Pero el mundo físico tiende a responder de manera menos precisa de lo que pretendían los pitagóricos. Kepler trató de descubrir una relación entre los solidos perfectos, o «platónicos», y las órbitas de los planetas. Pero estos no se mos­traron lo bastante dispuestos a cooperar como para convencer a los astrónomos modernos de la validez de los resultados. Sin embargo, aún no se ha dicho la ulti­ma palabra; es posible que una investigación más sofisticada confirme algunas de las ideas de Kepler


deberíamos contemplarla literalmente. El sonido es volumen. Desde el punto de vista moderno decimos que el sonido «ocupa» espacio; en consecuencia, es científicamente «volu­men». Desde el punto de vista de la —más precisa— ciencia esotéri­ca, diríamos que el sonido es volumen, y, en consecuencia, el sonido es espacio. En cualquier caso, es volumen. Es «forma» en un sentido tan literal como lo es un gato o una catedral: los tres son el resulta­do de una interacción de armónicos; en última instancia, de números. El absoluto se expresa a través del número (los neters)^ y el número constituye el lenguaje divino: un gato es —literalmente— un poema o una sonata de Dios.

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