Los enigmas de la civilización egipcia




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Forma y frecuencia


Irremediablemente para la mente literal, existen evidencias empíri­cas que demuestran esta relación directa entre frecuencia y forma. El estudio al que su fundador, Hans Jenny, denominó «cimática» (el estu­dio de las formas de onda) ilustra de manera espectacular esta afirma­ción esotérica. Diversos tipos de materiales sometidos a determinadas frecuencias sonoras adoptan unos patrones y formas específicos, y di­chos patrones y formas se dan únicamente a dichas frecuencias. Nadie ha sabido responder todavía a la pregunta de por qué o de qué modo estas formas se relacionan con las frecuencias responsables de su apa­rición. Pero el hecho de que la forma y la frecuencia se hallan íntima­mente relacionadas resulta hoy indiscutible.

Esto arroja una nueva luz sobre algunas antiguas sentencias que se suelen considerar meramente poéticas o caprichosas. En el antiguo Egipto, las «palabras» de Ra reveladas a través de Thot (el Hermes, o el Mercurio, egipcio) se convertían en las cosas y en las criaturas de este mundo.

Palabra y mundo


El Evangelio de san Juan empieza diciendo: «En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios». El Li­bro de los Muertos egipcio, el texto escrito más antiguo del mundo, contiene un pasaje sorprendentemente parecido: «Yo soy el Eterno, Yo soy Ra ... Yo soy el que creó el Mundo ... Yo soy el Mundo ...».* Des­de una perspectiva esotérica, el papel del «Mundo» resultaría más cla­ro si el término Logos se tradujera por «el Verbo», en lugar de «la Pa­labra», como en ocasiones se hace.

El «Mundo» (cualquier mundo) es científicamente un complejo vi­bratorio. A pesar de que muchos místicos cristianos han comprendido el significado esotérico de la poderosa, aunque paradójica, sentencia de Juan, y de que ésta fue magistralmente explicada por el maestro Eck-hard en el contexto medieval, su exacto significado científico, o pita­górico, se ha perdido. Es posible que ni siquiera su propio autor lo comprendiera; aunque es igualmente posible que la elección de un len­guaje poético, en lugar de uno filosófico, fuera una elección deliberada (como atestigua el dilema planteado a Platón, y más tarde a Plotino, al tratar de expresar estos conceptos en el lenguaje filosófico discursivo de la época).

Actualmente, en la terminología moderna, podemos decir: en el ins­tante de la escisión primordial, incomprensible y —para las facultades humanas— inimaginable, aunque, sin embargo, expresable y lógica­mente necesaria, el absoluto, al hacerse consciente de sí, creó el uni­verso manifiesto, cuyo aspecto constitutivo fundamental es la vibra­ción, un fenómeno ondulatorio caracterizado por un movimiento de frecuencia e intensidad variables entre polos con cargas opuestas. No se debe considerar este movimiento como algo separado o distinto de los polos, sino, más bien, como aquello cuya existencia produce o fuer­za la trascendencia de los respectivos polos, dado que la negatividad y la positividad requieren un concepto subyacente de oposición/afinidad que les dote de significado; en consecuencia, los tres aspectos o fuerzas se suponen inherentes a la unidad original, que es el absoluto o causa trascendente (posiblemente toda esta explicación no supere las pala­bras de san Juan).

En Egipto, el arte, la ciencia, la filosofía y la religión eran aspectos o facetas de una comprensión completa, y se empleaban de manera si­multánea: no había arte egipcio sin ciencia, no había filosofía que no fuera religiosa. Un aspecto fundamental de esta comprensión comple­ta era el conocimiento de que el hombre, a través de sus facultades y de su constitución física, representaba la imagen creada de toda la creación. Y en consecuencia, el simbolismo egipcio, así como todas las medidas, estaban elaborados, a la vez, a escala del hombre, de la tierra y,




P. Barguet, Le Livre des morts, Éditions du Cerf, 1967, p. 123.
C. H. Nims, «Problems of the Moscow Mathematical Papyrus», Journal of Egyptian Archaeology, 44, p. 65.

Partiendo de las medidas inglesas, utilizando un término arcaico y tres de los modernos usos culinarios, podemos, tomando como base que un hekat = 1 galón imperial británico, dar nombres equivalentes a todas las medidas fraccionarias. La serie es: un galón; una azumbre = 1/2, un cuarto de galón = 1/4, una pinta = 1/8, una taza = 1/16; un gilí = 1/32; un vaso = 1/64; una cucharada grande = 1/320 = 1 ro; una cucharadita = 1/3 ro. Si ponemos al principio de la serie un tonel =100 galones {Ox­ford English Dictionary, 1749, medidas británicas de la melaza) y un ba­rril = 10 galones (una cifra arbitraria), podríamos escribir la respuesta al Problema 20 de Moscú, 133 1/3 hekat, como 1 tonel, 3 barriles, 3 galo­nes, 1 cuarto de galón, 1 taza, 1 cucharada grande y 2 cucharaditas...
en última instancia, del sistema solar.

Los egiptólogos se devanan los sesos, sin éxito, con el curioso siste­ma de pesas y medidas empleado en Egipto; y, por supuesto, suponen que nuestro moderno sistema decimal constituye una mejora en rela­ción a todo lo anterior. Pero Schwaller de Lubicz no es el único que cuestiona ciertos aspectos de esta suposición. Incluso en el ámbito egip-tológico, el egiptólogo y matemático C. H. Nims ha señalado que, como mínimo, las medidas egipcias han resistido la prueba del tiempo. Hasta hace poco muchas de ellas eran de uso común (bajo nombres no egipcios) en todo el mundo.

Aunque puede que resulte fácil calcular en decimales, resulta difícil trabajar adecuadamente con las medidas dictadas por este sistema. Ni el más brillante de los científicos es capaz de visualizar 117,46 litros. Pero cualquier campesino anglosajón, por ejemplo, puede visualizar de una manera exacta cinco galones o una pinta, o un campesino caste­llano, tres fanegas o dos libras.

El matemático C. Laville (A 1, vol. 1, p. 209) ha analizado las múl­tiples ventajas de los sistemas no decimales: «Mientras el hombre vivió tomando como guía sus impulsos orgánicos y sus tendencias constitu­tivas, es decir, antes de que las grandes civilizaciones hicieran de él una criatura casi totalmente divorciada de la naturaleza, empleaba sistemas no decimales. La más elegante de estas creaciones artificiales fue el establecimiento del 10 como la base de sus cálculos ... El sistema deci­mal se halla en permanente conflicto con nuestras tendencias natura­les, carece de toda relación con nuestra configuración ... la forma na­tural de multiplicar consiste en duplicar, como en 2, 4, 8...».

Éste, obviamente, fue el sistema al que se adhirió Egipto durante toda su historia. Y, dicho sea de paso, hoy presenciamos cómo la nue­va ciencia de la cibernética retorna a un sistema de números binario. También los ordenadores son binarios. Y, como suele ocurrir a menu­do, lo más avanzado en ciencia y matemáticas resulta ser un retorno a las antiguas maneras, aunque con esta diferencia fundamental: los científicos y matemáticos modernos raramente poseen una visión del todo del que su especializado conocimiento no es sino una parte, y, consecuentemente, sus «soluciones» son provisionales, en una regre­sión infinita de crisis y exigencias. Los sabios de Egipto sabían exacta­mente lo que hacían, y por qué lo hacían; ningún aspecto de su cono­cimiento se hallaba divorciado de los demás.

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