Los enigmas de la civilización egipcia




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Arte simbólico


Finalmente llegamos al simbolismo. Todo el arte egipcio es simbó­lico.

Normalmente consideramos que un símbolo es algo que representa a otra cosa sin demasiada precisión. En literatura —como ocurre con Joyce o con Virginia Woolf, por ejemplo—, se trata de un sistema sub­jetivo de correspondencias que significa una cosa para su autor y pue­de, o no, comportar un significado similar para los lectores. Podemos considerar que un símbolo es un recurso arbitrario que representa un concepto o una serie de conceptos (como, por ejemplo, la bandera de un país). Para nosotros, un símbolo no tiene significado a menos que ya sepamos qué es lo que se supone que representa. Entonces actúa como una especie de signo o abreviatura.

En Egipto, el simbolismo constituía una ciencia exacta. Ya hemos aludido al rico y apropiado símbolo de la serpiente como representa­ción del poder dualizador. Todos los símbolos y los caracteres jero­glíficos egipcios son similarmente profundos y apropiados. Y es a través del estudio del simbolismo egipcio como podremos apreciar la pe­netrante capacidad de observación (es decir, «científica») de los egip­cios.

Sus símbolos están cuidadosamente extraídos del mundo natural, y el símbolo elegido en cada caso es el que mejor expresa o encarna una función o un principio. Así, el símbolo elegido representa esa función

O ese principio en todos los niveles simultáneamente: desde la más simple y evidente manifestación física de dicha función hasta la más abstrac­ta y metafísica.

Por desgracia, el simbolismo de Egipto, quizás el rasgo más global y notable de su civilización, es también el que para nosotros resulta menos accesible. Aunque, siguiendo a Schwaller de Lubicz, seamos ca­paces de penetrar en el significado interno de los símbolos individua­les, lo más probable es que pocos de nosotros logremos siquiera «leer» un texto tal como estaba destinado a ser leído. La naturaleza de los símbolos, con sus múltiples significados, es tal que éstos no se pueden leer de la manera lineal, secuencial, que actualmente utilizamos para leer un libro; requieren un estadio de conciencia más elevado que hoy sólo algunas personas experimentan después de varios años de practicar la meditación, en la que el todo se percibe como tal.

En ocasiones, si somos afortunados, podemos experimentar esto mismo con un cuadro o una obra musical. Si uno conoce la experien­cia, y sabe que no se engaña, entonces sabrá también cuál es el estado psicológico necesario para leer el texto egipcio tal como se debe leer, aunque no pueda aspirar a participar de él.

Pero aunque esta experiencia directa nos esté vedada, todavía po­demos reconocer el carácter insostenible de la visión ortodoxa, que no ve en el simbolismo egipcio (como en todos los métodos egipcios) más que un medio engorroso y primitivo de hacer una serie de cosas que se podrían realizar de una manera más fácil.

El egiptólogo, como un buen hijo del siglo xvni, profesa el credo de la facilidad. Una matemática que resulte más fácil es automáticamente mejor; un alfabeto que permita a todo el mundo escribir lo que quiera es mejor que un sistema jeroglífico que requiera años de aprendizaje.

Estamos tan acostumbrados a aceptar que la facilidad creciente es sinónimo de progreso que nunca cuestionamos esta idea. Sin embargo, se trata de un juicio de valor arbitrario.

Esta preocupación por la facilidad se denomina «sentido común»; pero, en realidad, no se trata más que de otra genuflexión inconsciente ante el altar de la teo-economía, el culto de Occidente.



(Probable­mente, la actual obsesión en todo el mundo por el deporte refleja una apreciación innata de la excelencia, de lo que se realiza por el mero placer de hacerlo, de la dificultad: el reto que anteriormente entrañaba la aventura cotidiana de vivir, pero que hoy ha sido eliminado por la tecnología. Algunos afortunados han percibido la naturaleza del pro­blema, y compiten entre sí, o contra el reloj, mientras millones de per­sonas observan y viven sólo de una manera indirecta una experiencia que debería ser la suya.)

Cuando observamos Egipto y descubrimos que ciertos aspectos de su civilización resultan poco manejables, conservadores o innecesaria­mente primitivos, debemos recordar siempre que sus valores no eran los nuestros. Invariablemente, siempre que observamos sus métodos con detalle, podemos ver que, dados sus objetivos, su negativa a re­nunciar a sus engorrosos métodos, a desarrollar un alfabeto o una tec­nología más avanzada, era deliberada, y se basaba en una comprensión de la naturaleza y el destino humanos más profunda de la que posee­mos nosotros.



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Resumen
A continuación veremos brevemente los aspectos concretos de la ciencia, el simbolismo, el mito y la literatura egipcios tal como los in­terpretan Schwaller de Lubicz y algunos otros autores. Sin embargo, dado que esta digresión sobre el significado y el propósito del arte egip­cio nos ha llevado tanto tiempo debido al hecho de que la lectura es un proceso lineal, y las observaciones que hicimos hace ya bastantes pági­nas es posible que hayan quedado oscurecidas u olvidadas, me gusta­ría resumir las dificultades y las desventajas intrínsecas que aparecen al aproximarse al arte egipcio:
1. El conocimiento egipcio constituye un todo. Ningún aspecto está concebido separado del resto. Dado que, para nosotros, no hay ninguna otra manera de estudiarlo que no sea por partes, debemos te­ner claro constantemente que cualquier conclusión a la que lleguemos debemos relacionarla siempre con el todo del que se ha extraído.




2. El conocimiento egipcio es siempre implícito, nunca explícito. Sólo era «secreto» en el sentido de que no se hallaba consignado por escrito (si no era en los Libros de Thot, que se conservaban en Her-mópolis y que se mencionan en algunos textos). Egipto no habló de su conocimiento, sino que, más bien, lo incorporó a su arte y su arqui­tectura, dejando que ejerciera su efecto de una manera emocional: Egipto hablaba al espíritu del corazón.

3. La autoexpresión no constituye un aspecto necesario de la crea­tividad.

4. El arte, la religión, la filosofía, el mito, las matemáticas y la ciencia egipcias se basan en la premisa —abstracta y metafísica, pero lógicamente inevitable— de la escisión primordial. De ella surgen de for­ma natural el flujo y la interacción de los números, el órgano media­dor de la sección áurea y los «irracionales» con ella relacionados, y la armonía. A través del estudio del número, los irracionales y la armo­nía, el hombre se halla en situación de comprender el conjunto de la creación así como todas las leyes, principios y funciones subyacentes a los fenómenos físicos, que son resultados. Nuestra ciencia estudia sólo dichos resultados, o, más exactamente, sus aspectos mensurables. Así, el hecho de la vida está, por definición, fuera del alcance de la ciencia occidental tal como actualmente se practica; esta ciencia es una disciplina mortuoria, que se dedica a diseccionar los cadáveres de los fenómenos.

5. Egipto era práctico. Estrictamente hablando, el arte es prácti­co. Es práctico organizar una sociedad de manera tal que permita a los hombres realizar sus objetivos espirituales, e incluso les invite a hacerlo.



6. Aunque no podemos experimentar el impacto emocional del arte y la arquitectura egipcios, sí podemos, al menos, observarlo en su pro­pio contexto, no como una llamada a la sensibilidad estética ni como un instrumento de una tiranía impuesta, sino como un perpetuo ejer­cicio de desarrollo de la conciencia.
7. Finalmente, y dado que los métodos de Egipto eran —en senti­do amplio, pero también de forma concreta— mágicos, los propósitos a los que apuntaban el arte y la arquitectura egipcios siguen siendo in­sondables para nosotros, y seguirán siéndolo hasta que el hombre mo­derno alcance de nuevo un conocimiento equivalente de las realidades espirituales en las que se basaba todo Egipto. Lo que para nosotros es «magia», para Egipto era ciencia, y, en cierto sentido, incluso tecnología.

La ciencia moderna ignora la reencarnación y la resurrección, pero si podemos aceptar la posibilidad de que estos conceptos correspondan a realidades, entonces debemos enfocar el tratamiento que les dio Egip­to como algo de lo que sólo podemos aprender, puesto que no tenemos nada que añadir.

Igualmente deficiente resulta nuestro conocimiento y nuestro trata­miento del simbolismo. Cada símbolo egipcio fue cuidadosamente ex­traído del mundo natural como el que mejor expresaba y encarnaba toda una gama de principios y significados, desde los más abstractos hasta los más concretos.

Schwaller de Lubicz contempla el conjunto de la civilización egipcia como un gigantesco símbolo, conscientemente organizado, y adecuado a las fases por las que la humanidad pasaba entonces. En consecuen­cia, cuando observemos los diversos aspectos del conocimiento egipcio, no debemos olvidar nunca que todos ellos se desarrollaron para ser aplicados a un plan predeterminado.

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