Los enigmas de la civilización egipcia




descargar 1.25 Mb.
títuloLos enigmas de la civilización egipcia
página4/37
fecha de publicación20.01.2016
tamaño1.25 Mb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Historia > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   37

Introducción




LA serpiente celeste presenta una reinterpretación revolucionaria y exhaustivamente documentada de la civilización del antiguo Egipto, un estudio del trabajo al que el filósofo, orientalista y mate­mático R. A. Schwaller de Lubicz dedicó su vida.

Después de dos décadas de estudio, principalmente en el propio templo de Luxor, Schwaller de Lubicz logró demostrar que todo aque­llo que se acepta como dogma en lo relativo a Egipto (y a la civiliza­ción antigua en general) está equivocado, o resulta totalmente inade­cuado; su trabajo desbarata o socava prácticamente todas las creencias actualmente aceptadas sobre la historia del hombre y la «evolución» de la civilización.

La ciencia, la medicina, las matemáticas y la astronomía egipcias gozaban de un orden de refinamiento y sofisticación mucho más ele­vado de lo que los eruditos modernos están dispuestos a reconocer. Toda la civilización egipcia se basaba en una completa y precisa com­prensión de las leyes universales. Y esta profunda comprensión se ma­nifestaba en un sistema consistente, coherente e interrelacionado que fusionaba ciencia, arte y religión en una sola unidad orgánica. En otras palabras, era exactamente lo contrario de lo que encontramos en el mundo actual.

Por otra parte, todos los aspectos del conocimiento egipcio parecen haber sido completos desde sus mismos comienzos. Las ciencias, las técnicas artísticas y arquitectónicas y el sistema de jeroglíficos no muestran prácticamente signo alguno de haber pasado por un período de «desarrollo»; lejos de ello, muchos de los logros de las primeras di­nastías no fueron nunca superados, o siquiera igualados, posterior­mente. Los egiptólogos ortodoxos admiten fácilmente este asombroso hecho, pero la magnitud del misterio que plantea es hábilmente mini­mizada, al tiempo que se omiten sus numerosas implicaciones.

¿Cómo es posible que una civilización compleja surja ya plenamen­te desarrollada? Obsérvese un automóvil de 1905, y compárese con uno actual: existe un inequívoco proceso de «desarrollo». Sin embar­go, en Egipto no hay nada semejante. Todo esta allí ya desde el primer momento.

La respuesta a este misterio resulta obvia, aunque, debido al hecho de que repugna a la forma de pensamiento moderno dominante, apenas se considera de una manera seria: la civilización egipcia no fue un «de­sarrollo», sino una herencia.

Como observa Schwaller de Lubicz, hoy resulta prácticamente po­sible demostrar la existencia de otra civilización, acaso de mayor en­vergadura, que precedió al Egipto dinástico —y a todas las demás ci­vilizaciones conocidas— en varios milenios. En otras palabras, hoy es posible demostrar la existencia de la «Atlántida» y, al mismo tiempo, la realidad histórica del diluvio universal. Ponemos el término «Atlán­tida» entre comillas, ya que no se alude aquí al lugar físico, sino, más bien, a la existencia de una civilización suficientemente sofisticada y suficientemente antigua como para haber dado origen a esta leyenda.

Las pruebas de la existencia de la «Atlántida» se basan en un sim­ple fundamento geológico.

Las cuestiones relativas a su cronología y a sus causas permanecen aún sin respuesta, y todavía resulta imposible saber cómo se preservó y se transmitió la sabiduría de la «Atlántida», o quién lo hizo. Pero su existencia resulta hoy tan difícil de negar como la plenitud y la cohe­rencia de los conocimientos egipcios desde sus mismos comienzos.

En consecuencia, probablemente se puede afirmar con seguridad que, al proporcionarnos este primer retrato auténtico del antiguo Egip­to, Schwaller de Lubicz nos ha dado también la clave para estudiar la sabiduría de la antigua «Atlántida».

Dado que aquí estoy exponiendo las ideas y el trabajo de otra per­sona, resulta inevitable que ambos pasen a través del filtro de mi pro­pia comprensión, y que, en ciertos casos, quizás se iluminen con una luz que los altere. Dado que el trabajo de Schwaller de Lubicz se desa­rrolla meticulosamente y cuenta siempre con el respaldo de una gran riqueza de detalles y de ilustraciones documentales, resulta imposible resumirlo o compendiarlo; así, he utilizado con frecuencia la analogía o la metáfora en un intento de captar la esencia de su trabajo sin ter­giversarlo






.

Para evitar la confusión, y también para evitar el torpe recurso de tener que distinguir constantemente entre las ideas puras de Schwaller de Lubicz y mis propios ejemplos, opiniones y conclusiones, vale la pena hacer una distinción general ya desde el principio. Como norma, cuando escribo sobre los conocimientos, la comprensión, el lenguaje, la filosofía y la religión de los antiguos egipcios, estoy exponiendo las ideas de Schwaller de Lubicz de la forma más pura posible, y, siempre que puedo, las ilustro con sus propios diagramas y fotografías. En cambio, cuando utilizo la metáfora o la analogía estoy haciendo uso de la licencia periodística. Puede que Schwaller de Lubicz aprobara mi método, o puede que no lo hiciera: no hay forma de saberlo.

También he hecho cierto esfuerzo en comentar de manera constan­te las repercusiones del trabajo de Schwaller de Lubicz en el contexto del mundo actual y en señalar continuamente las diferencias entre su interpretación y los principios generalmente aceptados de la egiptolo­gía ortodoxa. En ocasiones hago alguna digresión sobre arte y litera­tura, ciencias modernas y filosofía, con el fin de hacer hincapié en la forma como el trabajo de Schwaller de Lubicz se relaciona con la pers­pectiva moderna.

Tales digresiones son responsabilidad mía, y reflejan una visión per­sonal que el lector no está obligado a compartir. Mi objetivo es llamar la atención sobre la vasta y olvidada obra de Schwaller de Lubicz; des­pertar el suficiente interés en ella para inspirar su traducción y publi­cación, así como su difusión entre todos aquellos que sean capaces de reconocer su auténtica significación y de dedicar el tiempo y el esfuer­zo necesarios para estudiarla en su forma original.

Para apreciar esta radical obra, resulta esencial comprender tanto la manera en que se ha desarrollado la egiptología ortodoxa como las ra­zones de su constante predominio.

La egiptología, como todas las disciplinas modernas dedicadas al estudio del pasado o de las culturas que nos son ajenas (la antropolo­gía, la arqueología, la etnología, etc.), se basa en determinados presu­puestos considerados tan evidentes que nunca se afirman de manera explícita ni se cuestionan. En general, las «autoridades» de estos ám­bitos no son conscientes de que sus disciplinas se basan en estos pre­supuestos:




Bertrand Russell, Wisdom of the West, MacDonald, 1969, p. 10.

La filosofía y la ciencia, tal como las conocemos, son inventos grie­gos. El auge de la civilización griega que produjo esta explosión de ac­tividad intelectual constituye uno de los acontecimientos más especta­culares de la historia. Ni antes ni después ha ocurrido nada parecido ... La filosofía y la ciencia se iniciaron con Tales de Mileto, a principios del siglo vi a.C. ... ¿Qué acontecimientos anteriores dieron lugar a este re­pentino desarrollo del genio griego? ... Entre las civilizaciones del mun­do, la griega es una recién llegada. Las de Egipto y Mesopotamia son varios milenios más antiguas. Estas sociedades agrarias se desarrollaron a lo largo de los grandes ríos y estaban gobernadas por reyes divinos, una aristocracia militar y una poderosa clase sacerdotal que presidía unos elaborados sistemas religiosos politeístas. El grueso de la pobla­ción eran siervos o trabajaban la tierra.

Tanto Egipto como Babilonia proporcionaron algunos de los cono­cimientos que más tarde

aprovecharían los griegos. Pero ni uno ni otra desarrollaron ninguna ciencia o filosofía. Si ello se debe a la falta de ge­nio autóctono o a las condiciones sociales carece aquí de importancia. Lo significativo es que la función de la religión no llevaba al ejercicio de la aventura intelectual.
Arthur Koestler, The Sleepwalkers, Hutchinson, 1968, pp. 19, 20.

Si trato de ver el universo como lo veía un babilonio en torno al año 3000 a.C, he de recorrer a tientas el camino de vuelta a mi propia in­fancia. A los cuatro años, tenía lo que a mí me parecía una compren­sión satisfactoria de Dios y del mundo. Recuerdo una ocasión en que mi padre señaló con el dedo al blanco techo, que estaba decorado con un friso de figuras danzantes, y me explicó que Dios estaba allí arriba, ob­servándome. Inmediatamente me convencí de que los bailarines eran Dios ... De modo muy parecido, me gusta imaginar que a los egipcios y a los babilonios las luminosas figuras del oscuro techo del mundo les parecían divinidades vivientes ... Hace unos seis mil años, cuando la mente humana se hallaba aún medio dormida, los sacerdotes caldeos se encaramaban a sus torres de observación y escudriñaban las estrellas.

Time, 28 de junio de 1976, p. 50.

Enorme, rica y eficiente, la industria del petróleo estadounidense ocupa desde hace tiempo un lugar ambiguo en la vida norteamericana. Las deslumbrantes hazañas de su tecnología a la hora de satisfacer la voraz demanda de energía de la nación han ayudado a que Estados Uni­dos se convierta en el país más avanzado de la tierra.
Joseph Needham, en The Radicalization of Science, ed. Stephen e Hilary Rose, MacMillan, 1976, p. 100.

Todo el movimiento anticientífico ha surgido debido a dos caracte­rísticas de nuestra civilización occidental: por un lado, la convicción de que el método científico constituye la única manera válida de comprender y percibir el universo, y, por otro, la creencia de que resulta totalmente correcto que los resultados de esta ciencia se apliquen a una tecnología rapaz ... La primera de estas convicciones constituye un presupuesto se-miconsciente de un gran número de científicos en activo, aunque sólo unos pocos la formulan claramente.


1. Que el hombre ha «progresado». Ha habido una «evolución» en los asuntos humanos.

2. Que la civilización implica el progreso, y que la medida de la civilización se halla en proporción directa a su índice de progreso.

3. Que el progreso —y, por tanto, la civilización— se inició con los griegos, que inventaron la filosofía especulativa y la ciencia racional.

4. Que la ciencia y las disciplinas en ella basadas constituyen los únicos instrumentos válidos para llegar a la «verdad objetiva».

5. Que sin la ciencia racional y la filosofía especulativa no hay au­téntica civilización.

6. Que no hay nada que supieran los antiguos que nosotros no se­pamos o comprendamos mejor.
Estos presupuestos (las palabras entre comillas caracterizan la acti­tud) han sido aceptados por casi todos los científicos y eruditos du­rante los últimos doscientos años. Se han filtrado en todos los aspectos de la educación. Sin duda, a ninguno de los lectores de este libro se les habrá enseñado otra cosa distinta en la escuela o en la universidad. Sin embargo, todos estos presupuestos, o son falsos, o constituyen una ver­dad a medias, aún más insidiosa que una mentira descarada. Demos­trar esto según las reglas académicas predominantes resulta bastante sencillo, pero requiere tiempo, y nos llevaría demasiado lejos de Egip­to. El lector interesado en profundizar en esta cuestión puede consul­tar la bibliografía (referencias B 1, 3 y 9; C 11).*

* Las referencias entre paréntesis en el cuerpo del texto aluden siempre a la Bi­bliografía.



Arthur Atkinson, en «Cartas al director», The Listener, 12 de agosto de 1976.

Seguramente podemos obtener mayor satisfacción afrontando la simple y positiva visión humanista de que el hombre es natural, de que ha evolucionado mediante procesos naturales, y de que lo mejor que po­demos hacer es aceptar el misterio de la existencia, buscando qué cono­cimientos podemos descubrir sobre ella, pero sin engañarnos tratando de «explicar» un misterio introduciendo otro. Puede que muchos sigan estando persuadidos de que la existencia debe de haber sido planeada por alguien. Ciertamente, nuestro creciente conocimiento de la natu­raleza ya no le permite manifestar su placer mediante el arco iris o su cólera a través del trueno, pero él sigue haciendo su trabajo como siem­pre a través de una indefinible trascendencia. ¿Cuándo seamos posdarwinianos nos daremos cuenta de que atribuir inteligencia a un ser celes­tial o a una fuerza sobrenatural ya no resulta permisible? Como observa en su carta un lector de New Scientist (29 de julio de 1976), esto supo­ne ignorar la naturaleza biológica de la inteligencia y los procesos evo­lutivos que la han creado.

Sólo en ausencia del oscurantismo religioso el hombre puede abor­dar el desafiante problema de descubrir cuáles son las necesidades hu­manas y cuál es la mejor forma de satisfacerlas.
Adolf Erman, A Handbook of Egyptian Religión, Archibald Constable, 1907, p. 255.

Llegará un tiempo en el que nos parecerá una inutilidad que los egip­cios rindieran culto piadosa y diligentemente a la divinidad ... ya que la divinidad regresará de la tierra al cielo, y Egipto quedará desolado, y la tierra que era morada de la religión ya no amparará a los dioses ... ¡Oh, Egipto, Egipto! De tu religión sólo sobrevivirán fábulas que parecerán increíbles a las razas venideras, y sólo las palabras permanecerán sobre las piedras que registran tus textos piadosos.

Adolf Erman cita esta profecía de Seudo-Apuleyo, Asclepius, xxin; un hecho que en sí resulta más asombroso que la propia profecía, ya que, de todos los egiptólogos mal informados que ha habido, ninguno ha mostrado una menor comprensión del antiguo Egipto que Erman, y ninguno ha manifestado un sentimiento de complacencia tan arraigado en los logros del hombre moderno. Nota del autor.]
Herodoto

De Egipto hablaré con detenimiento, ya que en ningún otro lugar hay tantas cosas maravillosas, ni en todo el resto del mundo se pueden ver tantas obras de indecible grandeza.
Philippe Derchain, Mythes et dieux lunaires en Egypte: La Lune, mythes et rites, Sources Orientales, 1962, p. 28.

Es también un hecho notable que los egipcios casi descubrieran la explicación exacta de la luz de la Luna: «Jonsu-Io, luz de la noche, ima­gen del ojo izquierdo de Amón, que se alza en el Bahkt (este) mientras Atón (el Sol) está en el Anjet (oeste). Tebas se inunda con su luz, pues­to que el ojo izquierdo recibe la luz del ojo derecho cuando se unen de nuevo el día en que los dos toros en encuentran». La única reserva que hay que hacer es que este corto texto parece referirse al reflejo de la luz solar por parte de la Luna sólo en su oposición. Sea como fuere, las dos últimas citas muestran una clara tendencia científica en el sentido mo­derno de la palabra.
Otto Neugebauer, The Exact Sciences in Antiquity, Harper Torchbooks, 1962, pp. 91, 171.

La ciencia antigua fue el producto de muy pocos hombres, y casual­mente no eran egipcios...

El papel de la astronomía quizás sea único en cuanto llevaba, en su lento pero constante progreso, las raíces del avance más decisivo de la historia humana, la creación de las modernas ciencias exactas.
I. E. S. Edwards, The Pyramids of Egypt, Penguin, 1964, p. 52.

Por muy primitiva y materialista que pueda parecer la concepción egipcia del más allá, hay que reconocer que fue la responsable de la pro­ducción de algunas de las mayores obras maestras artísticas de la Anti­güedad.

Para el propósito que aquí nos interesa, bastará una analogía: quien hace el restaurante es el chef, no los friegaplatos; quien hace la empre­sa es el ejecutivo, no los empleados del almacén. Si el jefe está borra­cho y el director gerente se vuelve loco, tanto el restaurante como la empresa pronto se irán a pique.

La sociedad moderna es lo que es, no porque las masas carezcan de educación, sino precisamente debido a los conocimientos, creencias y objetivos de nuestros líderes —no los políticos, sino los científicos, educadores e intelectuales—, todos los cuales gozan de una elevada formación. La sociedad se halla configurada por quienes controlan su cabeza y su corazón. Las necesidades físicas reales se satisfacen con fa­cilidad; son nuestros deseos y creencias los que hacen el mundo tal como es. Darwin ejerce mayor influencia que Stalin.

Si el mundo es como es, es gracias al progreso, y no a pesar de él. El progreso no es un corolario de la civilización, ni ésta lo es de aquél.

«Civilización», como «amor» o «libertad», es un término que sig­nifica cosas distintas para cada uno de nosotros.

Por «civilización» entiendo una sociedad organizada en torno a la convicción de que la humanidad está en la tierra con alguna finalidad. En una civilización, los hombres se preocupan por la calidad de la vida interior antes que por las condiciones de la existencia cotidiana. Aun­que no hay ninguna razón imperativa lógica o racional por la que la «preocupación por la calidad» deba depender del «sentimiento de fi­nalidad», la naturaleza humana es tal que, sin este sentimiento de fina­lidad, en la práctica resulta imposible mantener esa preocupación esen­cial e inquebrantable; una preocupación que implica la determinación personal de dominar la avidez, la ambición, la envidia, los celos, la avaricia, etc., todos aquellos aspectos de nosotros mismos que hacen el mundo tal como es. La historia puede dar un sombrío testimonio de ello: aun con el sentimiento de finalidad, el hombre suele fracasar; sin él, carece de una razón de peso para intentarlo siquiera. En una autén­tica civilización, los hombres lo intentan y lo logran.

En este sentido, el «progreso» es una parodia de la civilización. El conocimiento es una parodia del entendimiento. La información es una parodia del conocimiento. Vivimos en una era de información; y, si nos tragamos el anzuelo de la educación moderna, el pensamiento, el arte y la literatura de los hombres civilizados nos resultan incomprensibles.

Egipto era una civilización, y los egiptólogos académicos son inca­paces de comprender sus logros.

Es por esta razón por lo que, en todas nuestras escuelas, nos en­contramos con una evidente paradoja. Nos enseñan que los antiguos egipcios eran un pueblo capaz de producir obras maestras artísticas y arquitectónicas sin parangón en toda la historia de la que tenemos constancia escrita, pero que, al mismo tiempo, eran necrófilos domi­nados por los sacerdotes, una raza intelectualmente infantil

obsesiona da por una preocupación puramente materialista por un mítico más allá; un pueblo




T. Eric Peet, The Present Position of Egyptological Studies, Oxford, 1934, p. 18.

A los ojos de los griegos, los egipcios tenían reputación de sabios. A medida que pasa el tiempo y sabemos cada vez más de la mente egipcia y sus productos esto resulta cada vez más difícil de comprender ... La mente egipcia era práctica y concreta, y se entretenía poco, o nada en absoluto, con especulaciones acerca de la naturaleza última de las cosas. La teología, por ejemplo, consistía en un montón de mitos y leyendas en los que se preservaban las hazañas de los dioses, ni mejores ni peores que las de cualquier otro panteón ... El hecho es que los egipcios nun­ca diferenciaron la filosofía de la más tosca teología.
Somers Clarke y R. Engelbach, Ancient Egyptian Masonry, Oxford, 1930.

Antes de poder explicar completamente el extremo convencionalis­mo, «e incluso la monotonía», de la arquitectura del antiguo Egipto, hay que tener en cuenta varios factores ... Parece ser que la extracción y elaboración del material estaba en manos del estado. Era natural, pues, que, una vez establecidos los métodos de trabajo, la tendencia a la inercia común a todas las burocracias se desarrollara y llegara a crista­lizar de manera tan generalizada que en Egipto podemos ver las mismas cosas hechas de la misma manera desde las primeras dinastías hasta la época de la ocupación romana, un período de unos 3.500 años.




A. Badawy, Ancient Egyptian Architectural Design, University of California, 1965, p. 3.

En Egipto, las obras de escultura y pintura suelen ser muy parecidas en la composición del detalle, y en ocasiones son copias directas de otras obras, especialmente durante la XXVI dinastía, en que se tomaron como modelo los logros del Imperio Antiguo. La arquitectura, sin em­bargo, no muestra este carácter de copia servil, y raramente, o nunca, se pueden encontrar dos construcciones que tengan las mismas dimensio­nes y características ... cada pilono, cada fachada, cada columna o cada trazado no sólo llevan el sello del diseño individual, sino que varían en escala.
B. Baldwin, en «Comunicaciones breves», Journal of Egyptian Archaeology, 50, p. 181.

En su artículo sobre este tema (la muerte de Cleopatra VII, Journal of Egyptian Archaeology, v. 47; 113-118), J. Gwyn Griffiths aduce los textos de varios autores clásicos en apoyo de su creencia de que Cleopatra utilizó dos serpientes en lugar de una para suicidarse. Quisiera cuestionar algunas de sus interpretaciones y presupuestos...
G. A. Wainwright, «Shekelesh or Shasu», Journal of Egyptian Archaeo-logy, 50, p. 40.

En JNES {Journal of Near Eastern Studies), 22 (1963, pp. 167-172), el doctor Wente rechaza mi punto de vista de que el jefe cautivo etique­tado S3,3 por Ramsés III en Medinet Habu era shekelesh. Aunque él se muestra concluyeme en su opinión, que expresa enérgicamente, de que el hombre era shasu, creo que hay mucho que decir, y también concluyente, en favor de que era shekelesh.

que adoraba servilmente a un grotesco panteón de dio­ses con cabeza de animal; un pueblo desprovisto de unas matemáticas, ciencia, astronomía o medicina auténticas, así como de cualquier deseo de adquirir tales conocimientos; un pueblo tan conservador, tan opues­to al cambio, que sus instituciones artísticas, políticas, sociales y reli­giosas se mantuvieron rígidas durante cuatro milenios.

Pero, si esta visión de un pueblo de necrófilos dominados por sa­cerdotes es correcta —si no podemos aprender de Egipto nada que ya no sepamos—, ¿para qué molestarse con ellos?

Muhammad Alí no se pasaba las tardes en el gimnasio local obser­vando cómo los aficionados se daban de puñetazos. Escoffier nunca frecuentó las hamburgueserías en busca de recetas secretas. Dostoievs-ki no perdió el tiempo escuchando la verborrea de los aprendices de li­terato. En cambio, los egiptólogos dedican alegremente toda una vida a averiguar los detalles de la lista de la lavandería de Tutankamón.

Pero no fue así como empezó. En realidad, lo que estamos presen­ciando, no sólo en la egiptología, sino también en otros ámbitos, es la senescencia y la muerte de un enfoque académico basado en unas pre­misas defectuosas, pero, al mismo tiempo, responsable del desarrollo de poderosos —aunque limitados— métodos de investigación. Dado que este enfoque se pierde en las discusiones acerca de cuántos áspides mataron a Cleopatra, toda una nueva generación de estudiosos, libe­rados de sus prejuicios pero armados con sus métodos, han iniciado un proceso de revitalización. Se puede ver a Schwaller de Lubicz como uno de los grandes eslabones entre lo viejo y lo nuevo, que utilizó me­ticulosamente los métodos y los datos de sus predecesores con el fin de presentar una síntesis tan nueva, atrevida y exhaustiva que los miem­bros, más jóvenes, de la nueva escuela todavía no le han alcanzado. Para apreciar tanto los vínculos como las diferencias entre lo viejo y lo nuevo, vale la pena echar un vistazo a una breve descripción —ne­cesariamente simplificada— del desarrollo de la egiptología.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   37

similar:

Los enigmas de la civilización egipcia iconInvestigación de los enigmas que han planteado a la
«El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual de Arlington», rezaba la primera

Los enigmas de la civilización egipcia iconLos grandes aportes de la africanidad a la civilización universal y a la nación colombiana

Los enigmas de la civilización egipcia iconHeka en la magia egipcia

Los enigmas de la civilización egipcia iconColección Enigmas del Cristianismo

Los enigmas de la civilización egipcia iconY una nueva civilizacióN. (Parte I)

Los enigmas de la civilización egipcia iconLa herencia clásica grecia y roma como raíces da la civilización occidental

Los enigmas de la civilización egipcia iconPaper La economía del entretenimiento (la civilización del espectáculo...

Los enigmas de la civilización egipcia iconEstudios sociologicos en torno al deporte, la violencia y la civilizacion
«simple juego», sino una industria del deporte que ha crecido hasta tener gran importancia a nivel nacional. 132

Los enigmas de la civilización egipcia iconPrograma de psicologíA
«los ensayos y errores», de los períodos de reposo tras los cuales se aceleran los progresos, etc. Muestran también la última relación...

Los enigmas de la civilización egipcia iconLos límites éticos de la ciencia. No son los únicos límites pues...




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com