Los enigmas de la civilización egipcia




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La interpretación simbolista de Egipto


La extensa obra de Schwaller de Lubicz Le Temple de l'Homme se publicó en 1957. Aunque a primera vista parece presentar un panora­ma de Egipto en total desacuerdo con el propuesto por los egiptólogos académicos, un examen más detallado muestra que, en ciertos casos, su trabajo había sido prefigurado por los descubrimientos de sus pre­decesores, ya que, con frecuencia, se ha dejado que los buenos traba­jos languidecieran, mientras que otras teorías, menos acertadas, adqui­rían preeminencia. En otros casos, las últimas dos décadas de la egiptología han corroborado las teorías de Schwaller de Lubicz en di­versos detalles significativos en muchos ámbitos, aunque sin reconocer su trabajo como fuente (esto último puede ser deliberado, pero tam­bién puede no serlo: no hay ninguna razón de peso por la que dos es­tudiosos no puedan llegar a conclusiones similares de manera indepen­diente).

Pero, más allá de todas estas semejanzas, Le Temple de VHomme es una obra única, ya que proporciona una doctrina completa y coheren­te donde se fusionan el arte, la ciencia, la filosofía y la religión en un solo corpus de sabiduría que puede dar cuenta de la civilización del an­tiguo Egipto en toda su integridad. A la luz de su interpretación, la evi­dente paradoja que representa el hecho de que un pueblo de necrófilos confusos y primitivos produjera unas obras maestras artísticas y ar­quitectónicas sin precedentes durante cuatro milenios desaparece com­pletamente. La interpretación simbolista explica también de forma bas­tante natural la sorprendente unidad del arte, la arquitectura y la religión egipcias durante toda su larga historia; unidad que antes de Schwaller de Lubicz los eruditos únicamente podían atribuir al «con­servadurismo». Por otra parte, conforme se avanza en los diversos ám­bitos de la ciencia moderna, en antropología, arqueología, lingüística y muchas otras disciplinas, salen a la luz nuevos hechos y se formulan nuevas teorías que, directa o indirectamente, se relacionan con la des­cripción simbolista de Egipto.

Aunque el lector incauto nunca llegará a enterarse de ello por la lec­tura casual de las revistas científicas populares o de la prensa popular (ni siquiera de la que se denomina a sí misma «responsable»), está en mar­cha una auténtica revolución en el pensamiento humano (compensan­do con su intensidad lo que quizá sea una falta de difusión).

Este hecho aún no ha hallado eco en la mayoría de los libros esco­lares de texto, ni siquiera en las mentes y los corazones de la mayor parte de los científicos y eruditos en activo; pero la ciencia y la erudi­ción han refutado ya efectivamente las hipótesis mecanicistas y evolu­cionistas que habían motivado una gran parte de su esfuerzo.

Se trata de una situación fascinante, y posiblemente única, en la historia humana. En las manos adecuadas, el trabajo de Schwaller de Lu-bicz puede desempeñar un importante papel en la configuración de una nueva sociedad, ya que, a pesar de que Le Temple de l'Hotnme trata aparentemente de una civilización antigua y ajena, dicha civilización tenía un profundo y exacto conocimiento de los principios responsa­bles del universo creado. Y es este conocimiento el que le falta a la ciencia moderna, puesto que, a pesar de todos sus éxitos a la hora de estudiar y medir los mecanismos de los diversos fenómenos, los princi­pios responsables de su creación siguen siendo casi tan desconocidos como lo eran en los comienzos de la ciencia moderna.




John Taylor, «Science and trie Paranormal», The Listener, 6 de diciembre de 1973.

Existe también la dificultad de reconciliar estos desconcertantes fe­nómenos, supuestamente reales, con la ciencia establecida. A algunos científicos esto les ha trastornado tanto que se han vuelto sumamente hostiles; otros no han sido capaces de observar el espectáculo de Geller para evitar cualquier posibilidad de dejarse convencer. Esta actitud de «esconder la cabeza bajo la arena» ha originado que en el ámbito de lo paranormal haya una serie de personas que se esfuerzan en destruir la ciencia establecida. Son personas a las que no les gustan las teorías ac­tuales de la física, la química o la astronomía debido a que éstas no es­tán de acuerdo con sus profundas creencias en los fenómenos paranor-males más extremos, como la comunicación con los espíritus de ios muertos o con seres inteligentes del espacio exterior.

Estas actitudes no pueden sino producir una escisión que separará a la comunidad científica aún más intensamente de quienes están fuerte­mente implicados en lo paranormal. Dado que hoy en día todo lo irra­cional y lo místico resulta muy popular, parece que sólo la ciencia su­frirá en este conflicto. Eso sería un desastre: la creciente cultura de la sinrazón podría muy bien contribuir a llevar a la humanidad a una nue­va edad media si no se controla lo bastante pronto.

Quienes confían en comprender el mundo tan racionalmente como sea posible no tienen por qué descorazonarse ... Una vez se puede dar una explicación causal, la visión racional se salva...

Muchos científicos están hoy seriamente interesados en estos fenó­menos, y consideran que realizan un trabajo útil. Podemos confiar en que el panorama será mucho más claro antes de que pase mucho tiem­po: cuando la niebla se disipe, confío en que seguirá habiendo un mun­do racional que observar. [Cursivas del autor.}





Está por ver si los científicos y los eruditos lograrán, o no, dotarse de la necesaria do­sis de humildad y volver los ojos hacia las enseñanzas de una civiliza­ción antigua ya desaparecida.

Mientras tanto, la descripción de Egipto realizada por Schwaller de Lubicz deja claro que fue esta comprensión total del principio, la fun­ción y el proceso la responsable de la forma y estructura de la sociedad egipcia y de todas sus sagradas obras.

R. A. Schwaller de Lubicz nació en Alsacia, en 1891. Tras estudiar matemáticas y química, se vio atraído a temprana edad por los temas filosóficos, místicos y religiosos. Fue adoptado oficialmente por el príncipe y poeta lituano O. V. de Lubicz-Milosz, por el trabajo reali­zado en representación suya durante la primera guerra mundial, y aña­dió el «De Lubicz» honorario a su nombre. En las décadas de 1920 y 1930 se dedicó a realizar diversos estudios matemáticos, místicos, al-químicos y científicos; a llevar a cabo experimentos con plantas,




T. Eric Peet, The Rhind Mathematical Papyrus, Hodder & Stoughton, 1923, p. 10.

Tal como sólo Platón entre todos los griegos pareció comprender, los egipcios eran esencialmente una nación de mercaderes, y el interés en —o la especulación acerca de— un determinado tema por sí mismo era algo totalmente ajeno a su mente. [Estrictamente hablando, esto es in­exacto. El dinero como tal era desconocido en Egipto. Es a los especu­ladores griegos a quienes se suele atribuir el honor de tal invento. Nota del autor.]
metales y vidrios de colores, y a tratar de poner en práctica sus ideas con varias personas de parecida mentalidad. Pero sólo cuando la suerte —o, más exactamente, el destino— le llevó a Egipto, en 1937, decidió cons­cientemente resolver la paradoja que éste planteaba.

Frente al templo de Luxor, tuvo uno de aquellos destellos de pro­funda intuición que tan a menudo acompañan a los descubrimientos: tuvo la certeza de que en aquellas inmensas y asimétricas ruinas esta­ba viendo la plasmación deliberada de unas proporciones. Vio en Lu­xor el Partenón de Egipto.

Esta convicción contradecía directamente la teoría egiptológica aceptada. Se consideraba que en Egipto las matemáticas constituían un aspecto primitivo y puramente práctico, relacionado con la división de la tierra y el reparto de barras de pan y medidas de trigo. Se suponía que los egipcios no comprendían las leyes de la armonía y la propor­ción, ni conocían la existencia de los números irracionales.* Se supo­nía que todas estas eran invenciones griegas (los eruditos debatían, y siguen debatiendo, no tanto hasta dónde llegaba el conocimiento de los griegos en estas áreas, sino en qué medida se aplicaba dicho conoci­miento).

El descubrimiento de los números irracionales y de las leyes de la armonía y la proporción se atribuía a Pitágoras, el desconcertante y se­milegendario místico y matemático (c. 580-c. 500 a.C), a quien se atribuía también el desarrollo de la mística pitagórica del número: la teo­ría de que los números poseen un significado intrínseco. Aunque esta última teoría ha sido objeto de cierta hilaridad entre los estudiosos mo­dernos, está experimentando un fuerte resurgimiento, y, comprendida en su contexto, constituye un medio —acaso el mejor— de entender el mundo que experimentamos.

* «Irracional»: no conmensurable con números naturales. Un número irracional es una raíz de una ecuación algebraica que no se puede expresar como una fracción o como un entero, como, por ejemplo, V2, V3, etc.

El pitagorismo en la historia
A lo largo de toda la historia humana, el pitagorismo ha tenido una accidentada, aunque honrosa, trayectoria.

La hermandad pitagórica fue fundada por Pitágoras para aplicar sus teorías matemáticas, filosóficas y armónicas a los ámbitos morales y prácticos de la vida cotidiana. Al cabo de unas décadas se disolvió, pero diversos pequeños grupos e individuos aislados siguieron consi­derándose pitagóricos.



Jules Sageret, Le systéme du monde des chaldéens a Newton, Librairie Félix Alean, 1913, p. 66.

La cosmología de Filolao se ha transmitido, y se sigue transmitien­do, como un sistema heliocéntrico, y se atribuye a Pitágoras. Se trata de una leyenda cuyos orígenes son posteriores a Copérnico. Y es impor­tante mostrar hasta qué punto es infundada, ya que, si el conocimiento del movimiento heliocéntrico se remonta a Pitágoras, es necesario pos­tular un largo desarrollo científico anterior; y la historia de la evolución del espíritu humano habría tenido un aspecto completamente distinto del que hasta ahora hemos presentado.
Morris R. Cohén e Israel Edward Drabkin, Source Books

in the History of the Sciences, McGraw-Hill, 1948, pp. 107 y 109.

Aristarco de Samos ... es más conocido por su anticipación del sis­tema copernicano ... La hipótesis heliocéntrica de Aristarco tuvo poco éxito en la Antigüedad. Los astrónomos ... en general rechazaron la hi­pótesis heliocéntrica sobre una base científica. [Aristarco, como Filolao, era pitagórico. Nota del autor.]
Colín Blakemore, en The Listener, 11 de noviembre de 1976, p. 596. Aún existe mayor razón para hacer hincapié en la importancia de la visión de los antiguos griegos sobre el mecanismo de la mentalidad, es­pecialmente la de Platón y Aristóteles, ya que sus opiniones y su autori­dad, santificadas y dogmatizadas por los primeros padres cristianos, se convirtieron en la verdad incuestionable que encadenó la mente del hombre en la Edad Media y redujo el avance de la civilización a un va­cilante andar a gatas.
George Sarton, History of Science, Norton, 1970, p. 423.

La influencia del Timeo en las épocas posteriores fue enorme y esen­cialmente mala. Muchos eruditos se engañaron al aceptar las fantasías de este libro como verdades reveladas. Ese engaño obstaculizó el pro­greso de la ciencia; y el Timeo ha seguido siendo hasta hoy una fuente de engaño y de superstición.
Marcel Griaule, Conversations with Ogotemmeli, Oxford University Press, 1965, p. 17.

Ogotemmeli no tenía nada contra los europeos. Ni siquiera sentía lástima por ellos. Les abandonó a su suerte en las tierras del Norte.

La mística del número degeneró o se difuminó, pero los principios pitagóricos del ritmo, la armonía y la proporción continuaron ejer­ciendo una importante —y a veces abrumadora— influencia en el arte y la arquitectura; estos principios tenían (y tienen) sentido para todos aquellos individuos cuya experiencia personal les lleva a creer en un or­den fundamental. A lo largo de toda la historia occidental, los grandes talentos creadores han sido, explícita o implícitamente, pitagóricos.

Platón, especialmente en el Timeo, se manifestaba pitagórico, como lo fueron los neoplatónicos de Alejandría en los siglos ni, iv y v a.C. No parece que en sus comienzos la Iglesia cristiana mostrara un gran interés por el pitagorismo; pero en el siglo vi Boecio, mientras Roma descargaba todo su peso sobre él, reunió los restos de la doctrina pita­górica y los consignó por escrito antes de ser ejecutado por Teodorico. Aunque, al parecer, no era cristiano, Boecio gozaba de gran estima en el seno de una Iglesia que, por lo demás, era intolerante; en conse­cuencia, el pitagorismo no quedó del todo enterrado.

Los elementos ilustrados del islam, que probablemente heredaron las enseñanzas de los últimos neoplatónicos, mantuvieron viva la lla­ma; y es posible que ésta sobreviviera, de forma más o menos clandes­tina, en las sociedades gnósticas, herméticas y alquímicas. En cualquier caso, es evidente que sobrevivió (o posiblemente fue reformulada de nuevo mediante la revelación directa), ya que afloró en toda su pleni­tud en las catedrales góticas.

La construcción de las catedrales se halla todavía rodeada de una buena parte de misterio. Las técnicas empleadas no formaban parte de la tradición cristiana de entonces; el efecto creado por las catedrales no se parecía a nada anterior, y hasta hoy nadie sabe con seguridad de dónde procedían aquellos conocimientos. Los constructores de las ca­tedrales aparecieron en Francia en el siglo xi. Durante los tres siglos si­guientes el movimiento se difundió por toda Europa, y fuera lo que fuere lo que constituía el espíritu que lo guiaba, pareció desaparecer de forma tan abrupta como había surgido. En las últimas catedrales (por ejemplo, la de San Pedro, en Roma, o la de San Pablo, en Londres) el efecto espiritual ya no es el mismo, y todo el mundo se da cuenta de ello.

Este efecto no es el resultado de un accidente. Y tampoco se debe simplemente a su tamaño: las estructuras modernas no producen un efecto similar, aunque sí es posible que el
M. Ghyka, The Geometry ofArt and Life, Sheed and Ward, 1946, p. 118. El vínculo entre el pitagorismo y el ocultismo medieval y renacen­tista resulta evidente en el siguiente extracto de la Cabala de Agripa: «Boecio ha dicho: "Todo lo que desde el principio de las cosas se ha producido por la naturaleza parece haberse formado según relaciones numéricas, emanadas de la sabiduría del Creador. Los números consti­tuyen la relación más sencilla y más cercana a las ideas de la sabiduría divina ... El poder de los números en la naturaleza viviente no reside en sus nombres, ni en los números como elementos que sirven para contar, sino en los números como conocimiento perceptivo, formal y natural... Aquel que logra unir los números usuales y naturales a los números di­vinos hará milagros a través de los números"».

Ibid., p. 153.

El propio significado de «simetría» fue olvidado y reemplazado por el significado moderno.

Fue en Francia donde esta fosilización académica desarrolló sus peo­res síntomas. El papel de la geometría, el propio concepto de composi­ción ordenada, fueron atacados, y Perrault lanzó el manifiesto de la es­cuela a-geométrica en el siguiente arrebato:

«Las razones que nos hacen admirar las obras de arte hermosas no tienen otro fundamento que el azar y los caprichos de sus artífices, del mismo modo que éstos no han buscado razones para configurar la for­ma de las cosas, cuya precisión carece de importancia».

Pero Palladio, Christopher Wren, los hermanos Adam y Gabriel pen­saban de otro modo, al igual que los arquitectos barrocos —extremada­mente científicos— de Italia, España y el sur de Alemania, que incorpora­ron la elipse y la espiral logarítmica al diseño de sus «teatros metafísicos». Ibid., p. 173.

Las mentes maestras de nuestra civilización occidental han sido, des­de Platón, las que han percibido las analogías, las permanentes seme­janzas entre las cosas, las estructuras, las imágenes. Si la analogía forma parte de la base de la simetría dinámica, la euritmia y la modulación, así en las artes espaciales como en la armonía musical, también domina la literatura, ya que la metáfora no es sino una analogía condensada e inesperada ... La estructura, la pauta, por un lado, y la metáfora por el otro, pueden llevar al símbolo, explícito o velado, como ya hemos visto al observar la conexión (las «analogías» en realidad) entre los diagra­mas reguladores y los mándalas, que actúan en el plano consciente o en el subconsciente, o en ambos.

Empire State Buildingo la es­tación de Water loo inspiren un sentido de lo «sagrado» a los tecnó-cratas y los financieros. Si las catedrales «funcionan», al igual que el Partenón y el Taj Mahal, es porque quienquiera que fuera quien las di­señó poseía un preciso y profundo conocimiento de las leyes universales armónicas, rítmicas y proporcionales, así como un conocimiento no menos preciso y profundo del modo de aplicar dichas leyes con el fin de crear el efecto deseado.

La época de las catedrales representa el apogeo de la civilización eu­ropea. El conocimiento preciso que intervino en la construcción de las catedrales se perdió o se difuminó misteriosamente, y en Occidente ya no se volvió a transformar en una visible fuerza viviente. Pero se filtró a través de los gremios, los alquimistas, los cabalistas, los rosacruces y las órdenes masónicas, con cuyas obras Schwaller de Lubicz estaba am­pliamente familiarizado.
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