Los enigmas de la civilización egipcia




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En busca de fi


Las fuentes antiguas afirmaban que Egipto era la patria de origen de la geometría. Aunque todas las biografías de Pitágoras son frag­mentarias y sus fuentes no son de primera mano —por lo que resultan poco fiables—, todas coinciden en señalar este punto: que Pitágoras había aprendido una gran parte de sus conocimientos en Oriente.

En la época de Schwaller de Lubicz se habían producido numerosos debates en torno a la cuestión de si las proporciones de la Gran Pirá­mide eran deliberadas o meramente fortuitas. La relación de la altura de la pirámide con el perímetro de su base equivale exactamente al va­lor pi. Pi (3,1415...) es el número real trascendente que expresa la ra­zón entre la longitud de la circunferencia y su diámetro. Al mismo tiempo, pi se relaciona con otro número más interesante: el irracional fi, denominado también «sección áurea». Se había observado —y los egiptólogos habían ignorado— que no sólo la Gran Pirámide, sino también las demás, utilizaban diferentes razones fi en su construcción.

Así, Schwaller de Lubicz se propuso descubrir si el templo de Luxor incorporaba también, o no, razones fi. Si esto se podía probar más allá de toda duda, corroboraría lo que afirmaban aquellas antiguas y frag­mentarias fuentes, y obligaría a reconsiderar el alcance de los cono­cimientos de los antiguos. Si se pudiera demostrar que los egipcios poseían unos conocimientos matemáticos y científicos avanzados, esto no sólo probaría —como muchos sospechaban— que el famoso floreci­miento intelectual de los griegos no era sino una sombra pálida y de­generada de lo que había sido; asimismo, ayudaría a consolidar la le­yenda —persistente a lo largo de toda la historia y común a los pueblos de todo el mundo— de que en el lejano pasado anterior a Egipto exis­tieron grandes civilizaciones.

Al contemplar el templo de Luxor como un Partenón egipcio, Schwaller de Lubicz veía algo más que una materialización de la ar­monía y la proporción en sí mismos. En la arquitectura sagrada del pa­sado la estética desempeñaba un papel secundario. Así, el Partenón griego se construyó en honor de la virgen Atenea (parthénos significa «virgen» en griego).

El simbolismo de la virgen es muy amplio y extremadamente com­plejo, y actúa en diversos niveles. Pero su significado metafísico fun­damental es el de la creación ex nihilo: el universo creado de la nada, del vacío.

A pesar de todos sus éxitos analíticos, en 1937 la ciencia no se ha­llaba más cerca de una solución al misterio de la creación que en la épo­ca de Newton. Pero, tras estudiar las matemáticas durante toda su vida —y especialmente las matemáticas del número, la armonía y la propor­ción—, Schwaller de Lubicz estaba convencido de que, por mucho que se hubieran distorsionado y difuminado las enseñanzas de Pitágoras, en su forma pura contenían la clave de este misterio último. También esta­ba convencido de que las civilizaciones antiguas poseían este conocimien­to, que transmitieron en forma de mito (lo que explicaba las llamativas semejanzas de los mitos de todo el mundo, en culturas completamente aisladas unas de otras en el espacio y en el tiempo).

Un aspecto fundamental de todos estos temas interrelacionados en­tre sí era ese curioso irracional: fi, la sección áurea. Schwaller de Lu­bicz creía que, si el antiguo Egipto poseía el conocimiento de las cau­sas últimas, dicho conocimiento estaría inscrito en sus templos, no en textos explícitos, sino en la armonía, la proporción, el mito y el sím­bolo.

El primer paso de Schwaller de Lubicz hacia la recuperación de este supuesto conocimiento perdido fue un estudio de las dimensiones y proporciones del templo de Luxor, con el fin de descubrir si éste reve­laba un uso significativo y deliberado de las medidas. Así, Schwaller de Lubicz emprendió la búsqueda de fi.

Pronto se hizo evidente que su intuición era acertada. Pero la suti­leza y el refinamiento con los que se empleaban la medida y la pro­porción requirieron un refinamiento paralelo de las técnicas empleadas por Schwaller de Lubicz y su equipo. Al final, la tarea necesitó quince años de trabajo en Luxor.

Aunque Schwaller de Lubicz emprendió su búsqueda sabiendo más o menos lo que estaba buscando, su interpretación no utiliza la medi­da y la proporción para sustentar una teoría preconcebida.




Sir Alan Gardiner, Egypt of the Pharaohs, Oxford, 1961, p. 57.

En algunos aspectos los relatos hallados en las tumbas de los nobles y de los hombres de rango inferior que habían ascendido son menos convencionales y más esclarecedores que los que reflejan las actividades monárquicas del soberano. Pero estos textos no son nada comunes: en las mastabas de Gizeh y Saqqara, del Imperio Antiguo, y en las tumbas excavadas en la roca de Tebas, de la XVIII dinastía, ni una sola, de un total de veinte, relata ningún incidente de la trayectoria de su propieta­rio. Por otra parte, las largas secuencias de títulos honoríficos resultan casi invariables; nunca hubo una raza de mortales tan enamorada del reconocimiento externo y tan propensa a ostentar epítetos.




Alexander Badawy, Ancient Egyptian Architectural Design, Universidad de California, 1965, p. 183.

A partir de este estudio objetivo resulta evidente que la arquitectura egipcia se diseñó de acuerdo con un sistema armónico basado en el uso del cuadrado y los triángulos ... Hay también evidencias suficientes de la presencia de números de la serie de Fibonacci en las medidas más sig­nificativas en codos de los planos de los monumentos.

El hecho de que tanto el triángulo 8:5 relacionado con el cuadrado como la serie de Fibonacci nos den una buena aproximación de la sec­ción áurea demuestra que los egipcios ya eran conscientes de las cuali­dades de dicha razón, como mínimo, en la III dinastía.

Ibid., p. 67.

En algunos casos, las dimensiones a lo largo de un eje parecen ex­presar números de la serie de Fibonacci: 3, 5, 8, 13, 21, 34... hasta lle­gar incluso a los 610 codos (en el gran templo de Amón en Karnak) o que se les aproximan mucho, como el resultado del diseño armónico ba­sado en el triángulo 8:5.


Nota personal de Lucy Lamy, hijastra de Schwaller de Lubicz

... Isha y Varille trabajaron sobre los textos.

Todo lo relacionado con Amenofis III era relevante para su tesis. Va­rille, por ejemplo, estuvo a punto de someter a prueba a aquellos «fun­cionarios» cuyos nombres no le parecían haber sido elegidos al azar. En consecuencia, Isha y él trabajaron sobre el sentido de cada letra (o jero­glífico). Él discutía con el señor De Lubicz las implicaciones filosóficas, del texto de la Teogamia, por ejemplo, o de cualquier otro texto reli­gioso.

Isha trabajaba sobre Her-bak, y cada día sometía su trabajo al co­mentario del señor De Lubicz...

En cuanto a mí: revisar, medir, dibujar, con la ayuda de C. Robi-chon cuando se necesitaba el taquímetro. Se midieron todas y cada una de las partes del templo cubierto, lo mismo que el pavimento, pie­dra por piedra ... En unas tarjetas especialmente impresas registrába­mos las dimensiones de cada una de las figuras: altura del ombligo, de la frente, de la coronilla, etc., y las comparábamos con la biometría humana moderna para ver cuáles eran las bases fundamentales del ca­non faraónico.

A propósito de esto hay una pequeña anécdota. En aquella época, yo todavía no sabía leer los jeroglíficos: no empecé a aprender hasta 1949.

Una mañana, después de haber medido todos los aspectos de una escena poco habitual, con el rey en compañía de un personaje femeni­no, un cálculo rápido indicaba que el rey, de acuerdo con la altura del ombligo y en proporción a su altura total, debía de tener unos doce años. Sorprendida e incómoda a la vez, murmuré: «Ya sé que en Oriente uno se casa joven, pero, realmente, a los doce años me pare­ce un poco pronto...», creyendo que la mujer era la esposa del joven príncipe.

En consecuencia, insistí en que Varille viniera a identificar a la «mu­jer» que acompañaba a Amenofis III. Ardiendo de impaciencia, hube de esperar a la noche para que ambos pudiéramos acudir al templo. Yo aguardaba impaciente el veredicto, ya que, si realmente era su esposa, ello plantearía serias dudas sobre la cuestión de la altura del ombligo en proporción a la de la figura completa (lo que proporcionaba la clave para saber la edad del personaje representado)...

Lentamente, la antorcha iluminaba los nombres de los diversos per­sonajes. Varille me hizo esperar...

—¿Quién es?

—Su madre.

Entonces todo era correcto. Podía seguir rellenando innumerables tarjetas sin el temor de estar perdiendo el tiempo...

¡Y luego hubo aquel día en que me fastidió una medida que me pa­reció sospechosa! Llamé a Robichon, que llegó con todas sus cintas me­tálicas de medición: una de 50 metros, una de 30, dos de 10, etc. Las pusimos todas en el suelo, y en todas los metros eran exactamente igua­les, de modo que las cintas eran correctas. Entonces pusimos a prueba mi sherit (el nombre árabe), extendiéndola junto a las demás. Fabrica­da de tela reforzada, se había dilatado ... y, lógicamente, había que re­hacer todo el trabajo anterior. De modo que volvimos al lugar que me había dado la alerta: una puerta y una pared. Medidas con una cinta en condiciones, la pared tenía exactamente 6 brazas, y la puerta, 10 codos reales, que era lo que yo esperaba...

Al principio, Varille se mostraba muy circunspecto, tanteándole a él, a ella (a Isha, la esposa de Schwaller de Lubicz) y a mí misma. Esperó varios meses antes de «morder el anzuelo» ... Clement Robichon no era menos prudente; ¡nada de eso! Diez años después me confesaría que, tras prepararle varias trampas a Schwaller de Lubicz y observar que nunca caía en ellas...

Varille había comprendido ya que la versión clásica de los textos de las pirámides resultaba deplorablemente engañosa. Resultaba difícil de admitir, entre otras cosas, que el famoso «texto caníbal» perteneciera a un pueblo tan refinado y sensible ya desde la I dinastía. El significado profundo de las imágenes se había de revelar mediante otro tipo de lec­tura ... El señor De Lubicz e Isha empezaron a pasar largas sesiones con él, con las que quedó completamente persuadido.

Además —y Drioton fue el primero en estar de acuerdo—, los nu­merosos textos considerados «históricos» no eran, en general, sino so­portes de unas enseñanzas sobrehumanas basados en la imagen de la lla­mada historia humana. Este mundo es perecedero, el otro constituye el fin único y verdadero de la existencia, y a cada uno incumbe saber, du­rante esta vida en la Tierra, cómo alcanzarlo.

La batalla de Qadesh, por ejemplo, ciertamente tuvo lugar. En los in­formes, varias líneas definen concreta y detalladamente los lugares, e in­cluso las distancias entre los diferentes puntos estratégicos, los nombres de los distintos cuerpos del ejército y los nombres de los enemigos.

Pero aparte de estos hechos, que uno puede aceptar como histórica­mente ciertos, se hallan los interminables «poemas» que le dejan a uno estupefacto ... Estos son los hechos: Ramsés II, advertido de la enorme coalición que estaba reuniendo a toda Turquía en torno a los hititas, además de Mesopotamia, la parte superior de Siria y las tribus beduinas nómadas, formó un ejército y atravesó Palestina. Mientras viajaba sus espías le informaban de la posición del enemigo, y todos le aseguraban que se encontraría con él en Alepo. Confiando excesivamente en sus in­formadores, Ramsés llegó, pues, a Qadesh ignorando que el enemigo le aguardaba allí, oculto tras las colinas. Su primera división montó el campamento, y, al hacerlo, fue sorprendida desarmada. Las otras tres divisiones fueron obligadas a retroceder una distancia de unos treinta kilómetros. Mediante una fácil maniobra del enemigo, Ramsés se en­contró aislado del resto de sus tropas y completamente solo, mientras el enemigo se lanzaba sobre el campamento, masacrándolo a voluntad.

Ramsés II dirige una espléndida plegaria a Amón. Entonces el pro­pio Amón se encarna en el rey, y, golpeando a diestro y siniestro, el rey, solo, pone en fuga o arroja al río Orontes a miles de carros y soldados...

Los historiadores se muestran fácilmente de acuerdo en que el fa­moso Poema de Pentaour que narra esta historia «desgraciadamente está desprovisto de cualquier valor histórico», y Drioton añade, a pro­pósito del tratado firmado entre Ramsés II y los hititas: «en ningún lu­gar (del poema) se alude a lo esencial; es decir, a las respectivas fronte­ras de ambos países» (E. Drioton, L'Egypte, pp. 408-411).

¿Por qué, entonces, esas innumerables representaciones de esta ba­talla, cubriendo las paredes de los templos?

¿Y por qué se representa al rey amenazando con su maza a un «ramo de prisioneros», algunos asiáticos y otros africanos?

«Las largas listas de pueblos nubios conquistados que decoran los pilónos y los templos, los relieves que representan al rey masacrando a un prisionero negro, pertenecen antes a las fórmulas y a la iconografía tradicionales que a la historia» (Ibid., p. 377).

Así, todos están de acuerdo en el carácter ahistórico de estos inmen­sos bajorrelieves; pero entonces, y una vez más, ¿por qué dedicar tanto tiempo y esfuerzo sólo para contar cuentos chinos?

Desde el punto de vista clásico, estas preguntas permanecen aún sin respuesta.

Pero desde el punto de vista filosófico, en cambio, se puede ver la posibilidad de plantear y comprender estos problemas. Fue esto lo que persuadió a Varille.

Lejos de ello, fueron las medidas y las proporciones las que le impusieron su in­terpretación. Asimismo, vale la pena mencionar que todos los datos y mediciones fueron supervisados y comprobados por profesionales cua­lificados: Alexandre Varille, un joven egiptólogo que pronto se dejó se­ducir por el planteamiento simbolista y abandonó su segura carrera profesional para convertirse en el portavoz de Schwaller de Lubicz, y Clement Robichon, arquitecto y jefe de excavaciones de la delegación egiptológica francesa en El Cairo.

Schwaller de Lubicz afirmaba que la civilización egipcia se basaba en un conocimiento exacto y profundo de los misterios de la Creación. La interpretación simbolista sustenta esta afirmación con dos tipos de evidencias: la primera lingüística; la segunda matemática. En Egipto, la lengua y las matemáticas constituían simplemente dos aspectos de un mismo proyecto. Sin embargo, con el fin de explicar y describir satis­factoriamente este proyecto, Schwaller de Lubicz consideró necesario tratar la lingüística y las matemáticas por separado.
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