Los enigmas de la civilización egipcia




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La cuestión del secreto


Si los egipcios hubieran poseído no sólo este elevado orden de co­nocimientos, sino también un modo de expresarlos o de codificarlos si­milar al nuestro, el trabajo de Schwaller de Lubicz habría sido innece­sario, y la paradoja de un supuesto pueblo primitivo que produjo obras maestras artísticas ni siquiera se habría planteado.

Más allá de cierto nivel, en todas y cada una de las artes y las cien­cias de Egipto el conocimiento era secreto. Las reglas, axiomas, teore­mas y fórmulas —la propia materia de la ciencia y la erudición mo­dernas— nunca se hacían públicos, y es posible que nunca se llegaran a escribir.

Pero actualmente la cuestión del secreto se interpreta de manera equivocada. Los eruditos suelen coincidir en la idea de que la mayoría de las sociedades antiguas (y muchas sociedades primitivas modernas) reservaban ciertos tipos de conocimiento a un selecto grupo de inicia­dos. Esta práctica se considera, cuando menos, absurda y antidemo­crática, y en el peor de los casos se interpreta como una forma de tira­nía intelectual, mediante la cual una clase sacerdotal de estafadores mantenía a las masas en un estado de temor reverencial e inactivo.




James Henry Breasted, Ancient Records of Egypt, vol. I, Chicago, 1906, p. 132.

Teti, siempre viviente, gran sacerdote de Ptah, más honrado por el rey que ningún otro sirviente, como maestro de las cosas secretas del trabajo que su majestad deseaba que se hiciera [Cursivas del autor.]
A. Badawy, Ancient Egyptian Architectural Design, Universidad de California, 1965, p. 8.

Dirige el trabajo, haciendo que esté ... todo preparado, uno de sus obreros, el mejor de sus sacerdotes laicos, que conoce las direcciones y es hábil en lo que conoce ... Ejecuta las cosas más secretas, sin que na­die lo vea, sin que nadie lo observe, sin que nadie reconozca su cuerpo... [Cursivas del autor.}

Senmut, arquitecto de la reina Hatsepsut, en James Henry Breasted, Ancient Records of Egypt, vol. II, Chicago, 1906, p. 353.

Yo tenía acceso a todos los textos de los profetas, no había nada que yo no supiera de todo lo que había ocurrido desde el principio.
A. Badawy, op. cit., p. 6.

No se trataba de una verborrea insustancial, ya que Senmut descri­be en su estela un texto arcaico que había pasado inadvertido durante mucho tiempo. De algunos de los textos dice que estaban escritos en ro­llos de pergamino, como el registro de los anales del templo de Amón en Karnak, durante el Imperio Nuevo, o los rollos de la biblioteca del templo de Edfú.
M.ARCEL GRIAULE, Conversations with Ogotemmeli, Oxford, 1965, pp. XIV-XVII.

Pero entre los grupos donde la tradición sigue siendo vigorosa, este conocimiento, caracterizado expresamente de esotérico, sólo es secreto en el siguiente sentido. Está, de hecho, abierto a todos aquellos que muestren una voluntad de comprender a condición de que, por su posi­ción social y su conducta moral, se les juzgue merecedores de él.
Pero la mente de los antiguos era bastante más perspicaz que la nuestra. Ha­bía (y hay) buenas razones para mantener ciertos tipos de conocimien­to en secreto, incluyendo los secretos del número y la geometría, una práctica pitagórica que suele despertar especialmente la ira de los mo­dernos matemáticos.

El cinco era el número sagrado de los pitagóricos, y los miembros de la hermandad habían de jurar que mantendrían su secreto bajo pena de muerte. Pero sabemos que hubo secretos porque éstos fueron reve­lados.

Que Egipto poseía este conocimiento resulta un hecho incontestable ante las proporciones armónicas de su arte y su arquitectura, reveladas por Schwaller de Lubicz.

Pero, quizás por desgracia, Egipto sabía también guardar sus secre­tos mucho mejor que los vociferantes griegos, lo que explica que los egiptólogos se nieguen a creer que los poseían. Aunque, por definición, no dejan de ser circunstanciales, las evidencias de que fue así resultan abrumadoras, y sólo nos falta comprender qué motivos justificaban el hecho de mantener este tipo (o cualquier tipo) de conocimiento en se­creto.

En un mundo de bombas de hidrógeno, de guerra bacteriológica y de otros horrores del progreso, es evidente que el conocimiento resul­ta peligroso. También lo es que los antiguos no poseían ninguna tec­nología capaz de desatar una potencia tan brutal. Sin embargo, si ob­servamos con mayor detalle de qué modo nos hallamos emocional y psíquicamente condicionados —lo que, a su vez, hace que resulte pre-decible la manera como reaccionaremos a unas situaciones dadas—, veremos que tras el curioso simbolismo del número pitagórico subyace un conocimiento peligroso.

Una obra de arte, buena o mala, constituye un complejo sistema vi­bratorio. Nuestros cinco sentidos están constituidos para captar estos datos en forma de longitudes de onda visuales, auditivas, táctiles y, probablemente, olfativas y gustativas. Los datos son interpretados por el cerebro, y provocan una respuesta que —aunque se dan amplias va­riaciones entre unos individuos y otros— resulta más o menos univer­sal: nadie interpreta los últimos movimientos de la Novena sinfonía de Beethoven como una nana.

Los artistas consumados saben instintivamente que sus creaciones se ajustan a unas leyes: considérese por ejemplo la famosa afirmación de Beethoven, realizada mientras trabajaba en su últimos cuartetos, de que «la música constituye una revelación de índole superior a la filo­sofía». Sin embargo, no comprenden la exacta naturaleza de dichas le­yes. Alcanzan la maestría sólo a través de una intensa disciplina, de una sensibilidad innata y de un largo período de ensayo y error. Poco de ello pueden transmitir a sus pupilos o discípulos: sólo se puede transmitir la técnica, pero nunca el «genio». Sin embargo, en las civi­lizaciones antiguas había una clase de iniciados que poseían un cono­cimiento preciso de las leyes armónicas. Sabían cómo manipularlas para crear el efecto preciso que deseaban. Y plasmaron dicho conoci­miento en la arquitectura, el arte, la música, la pintura y los rituales, produciendo las catedrales góticas, los inmensos templos hindúes, to­das las maravillas de Egipto y muchas otras obras sagradas antiguas que aún hoy, en ruinas, producen en nosotros un poderoso efecto. Este efecto se debe a que aquellos hombres sabían exactamente qué hacían y por qué lo hacían: se llevaba a cabo íntegramente a través de un con­junto de manipulaciones sensoriales.

Si ahora observamos la época actual, no encontraremos ninguna obra de arte sagrada, pero sí incontables ejemplos de efectos nocivos —científicamente demostrados— que son el resultado del uso indebido de los datos sensoriales.

La tortura, por ejemplo, constituye un uso indebido de los datos sensoriales. Los hombres conocen la tortura desde hace mucho tiempo; pero nunca, hasta ahora, se había estudiado científicamente. Cuando se analiza, se hace evidente que la tortura adopta dos formas: privación sensorial (confinamiento solitario) y exceso de estimulación sensorial (atar a alguien al badajo de una campana; el potro de tortura, etc.).

Hoy es un hecho bien conocido —y los trabajos en este ámbito re­velan continuamente efectos aún más sutiles e insidiosos— que las ten­siones y fatigas de la vida moderna tienen consecuencias, reales e, in­cluso, calculables, en nuestras facultades psíquicas y emocionales. La gente que vive cerca de un aeropuerto o trabaja con el ruido incesante de una fábrica vive en un continuo estado de nerviosismo. En los edi­ficios de oficinas donde el aire se recicla o se hace un amplio uso de materiales sintéticos se crea una atmósfera donde los iones negativos son escasos. Aunque los sentidos no lo detectan de manera directa, en última instancia se trata de un fenómeno vibratorio de nivel molecular, y tiene poderosos efectos, mensurablemente perjudiciales: la gente se vuelve depresiva a irritable, se cansa con facilidad y su resistencia a las




New Scientist, 27 de mayo de 1976, p. 464.

La desconcertante noción de que los campos eléctricos débiles pue­den influir en la conducta animal se ve fortalecida por un informe de dos biólogos del Instituto de Investigación sobre el Cerebro, de Los Ángeles ... Exactamente qué mecanismos fundamentales pueden subya-cer a estos efectos es algo que todavía constituye un misterio. Los nive­les de los campos son demasiado bajos como para activar las finas co­nexiones (sinapsis) entre las células nerviosas ... La exposición crónica a los campos eléctricos débiles de baja frecuencia se incrementa cons­tantemente, y sus principales fuentes son las líneas de transmisión eléc­trica y cualquier pieza de los aparatos eléctricos. Existe, pues, una cre­ciente preocupación por los posibles riesgos para la salud.




G. I. Gurdjieff, All and Everything, Routledge & Kegan Paul, 1949, p. 1156.

Y fue precisamente entonces, en ese período de mi existencia, cuan­do empecé a observar más de una vez que, algunos días determinados, las fuerzas y el grado de mi actividad mental empeoraban especialmen­te ... y desde entonces empecé a prestar atención ... Me convencí de que ese indeseable estado me sobrevenía cada vez que nuestro gran «Life-chakan» entraba en acción («Lifechakan» corresponde aproximada­mente a lo que en la tierra se llama una «dinamo»).

infecciones disminuye. Las frecuencias subsónicas y ultrasónicas pro­ducidas por una amplia gama de máquinas ejercen también una pode­rosa y peligrosa influencia. Actualmente los diseñadores poseen un cierto conocimiento de los efectos de los colores y de las combinacio­nes de éstos; saben qué efectos pueden ser beneficiosos, y cuáles noci­vos, aunque no saben por qué.

Así, la vida cotidiana de los habitantes de las actuales ciudades es técnicamente una forma de tortura, suave pero constante, en la que las víctimas y los verdugos se ven afectados por igual. Y todos llaman a eso «progreso». El resultado es parecido al que produce la tortura de­liberada. Las personas espiritualmente fuertes reconocen el desafío, lo afrontan y lo superan; el resto sucumben, se embrutecen, se vuelven apáticas y fácilmente dominables: se adhieren servilmente a cualquier cosa o persona que prometa aliviar su intolerable situación, y los hom­bres se ven arrastrados con facilidad a la violencia, o a excusar la violencia en nombre de lo que imaginan que son sus intereses. Y todo esto se lleva a cabo por hombres que profesan elevados ideales, pero que ig­noran las fuerzas que manipulan.

Es un hecho incontestable que todos estos fenómenos ejercen sus efectos ya sea a través de los sentidos directamente, ya sea (como en el caso del aire desionizado, o en el de las ondas subsónicas y ultra­sónicas) a través de otros receptores fisiológicos más sutiles. Es evi­dente, pues, que todos ellos se pueden reducir a términos matemáti­cos, al menos en principio.

Los antiguos no podían construir una bomba de hidrógeno aun cuando hubieran querido hacerlo. Por otra parte, aunque la mente mi­litar puede considerar que matar gente constituye un objetivo en sí mis­mo, el objetivo último de la guerra no es tanto el genocidio como la conquista psíquica del enemigo. La sola fuerza bruta provoca invaria­blemente una reacción violenta; las tiranías raras veces perduran cuan­do se basan únicamente en el poder militar. Pero cuando el enemigo está psíquicamente indefenso, el gobernante está seguro.

Si observamos nuestra propia sociedad veremos seres humanos re­ducidos a la esclavitud mediante unos fenómenos sensoriales y supr,a-sensoriales impuestos por hombres que no saben lo que hacen. Pode­mos postular fácilmente una situación en la que unos hombres más sabios, pero no menos egoístas, produzcan un efecto similar de mane­ra deliberada, a través del conocimiento de la manipulación de los sen­tidos.

En las catedrales, así como en el arte y la arquitectura sacros del pa­sado, podemos ver el conocimiento de la armonía y la proporción co­rrectamente empleado, provocando un sentimiento de lo sagrado en todos aquellos hombres cuyas emociones no han sido permanentemen­te paralizadas o destruidas por la educación moderna. No se requiere, pues, un gran esfuerzo de imaginación para concebir la posibilidad de dar al mismo conocimiento un uso totalmente opuesto por parte de per­sonas sin escrúpulos. En principio, resulta concebible que las construc­ciones, los bailes, los cantos y la música puedan reducir a la masa de una determinada población a un estado de indefensión. No sería difí­cil para unos hombres que conocieran los secretos, ya que aquellos que niegan que dichos secretos existan producen un efecto parecido en nuestra época. Y es ya una tradición, repetida a lo largo de toda la his­toria (aunque personalmente no conozco ninguna evidencia concreta al respecto), afirmar que, si Egipto decayó y, finalmente, se derrumbó, fue por culpa del uso indebido y generalizado de la magia, que, en última instancia, no es más que la manipulación de fenómenos armónicos.

Esta no es sino una razón válida para mantener ciertos tipos de co­nocimientos matemáticos en secreto. Hay muchas otras, relativas al proceso de desarrollo y la iniciación del individuo: al hombre que es in­capaz de guardar un secreto sencillo no se le puede confiar otro más complejo y peligroso. Finalmente, debemos considerar la posibilidad de que hayamos alcanzado nuestros intelectos occidentales, innega­blemente desarrollados, al precio de perder sensibilidad intuitiva y emocional; así, es posible que en el pasado el uso inapropiado de los conocimientos matemáticos hubiera sido más peligroso que en la ac­tualidad.

En todos los ámbitos del conocimiento egipcio los principios sub­yacentes se mantuvieron en secreto, pero se manifestaron en las obras. Cuando dichos conocimientos se escribieron en libros —y hay referen­cias a bibliotecas sagradas cuyos contenidos no se han hallado jamás—, dichos libros se dirigieron sólo a aquellos que hubieran merecido el derecho a consultarlos. Así, en lo que se refiere a la escritura, no te­nemos más que unos cuantos papiros matemáticos dirigidos a estu­diantes y, aparentemente, de carácter puramente práctico y mundano: aluden a problemas de distribución de pan y de cerveza entre un determinado número de personas, y cosas así. Más adelante mostrare­mos brevemente cómo Schwaller de Lubicz demuestra que estos ejerci­cios escolares se derivan necesariamente de unos conocimientos mate­máticos teóricos elevados y exactos.

En astronomía no tenemos textos, sino un calendario, maravillosa­mente preciso, que indica, más allá de toda duda, que los egipcios po­seían una astronomía avanzada. Tampoco hay textos de geografía y geo­desia, pero el trabajo de un gran número de eruditos ha mostrado que el emplazamiento y las dimensiones de la Gran Pirámide, así como los de las tumbas y monumentos que se remontan a la I dinastía, además de la totalidad del complejo sistema egipcio de pesas y medidas, no ha­brían sido posibles sin la posesión de un conocimiento preciso de la cir­cunferencia de la Tierra, del achatamiento de los polos y de muchos otros detalles geográficos.

En medicina nos encontramos de nuevo con el problema de la es­casez de textos, y este problema se complica aún más por las dificulta­des técnicas de su traducción. Pero los textos de los que disponemos aluden a un corpus de conocimientos no escritos, mientras que, si se




S. Giedion, The Eternal Present, Oxford, 1957, vol. I, p. 491.

Schwaller de Lubicz hacía hincapié en las implicaciones simbólicas inherentes a la organización proporcional del conjunto de un gran tem­plo. El análisis gráfico del segundo volumen es de una soberbia preci­sión. Puede que uno no esté dispuesto a llegar hasta el punto de com­parar el significado de una catedral cristiana con la visión religiosa, profundamente distinta, de los egipcios. También se puede uno mostrar extremadamente cauto a la hora de aceptar la idea de que las distintas partes del templo de Luxor reflejan diferentes etapas del desarrollo hu­mano: que las proporciones del santuario más interior representan las de un nouveau né (un recién nacido), o que se pueden encontrar las pro­porciones de un esqueleto adulto en la totalidad del conjunto, incluyen­do los añadidos más recientes.

Los volúmenes de Schwaller de Lubicz no se encuentran normal­mente en la bibliografía de ningún egiptólogo serio, pero, a largo plazo, su observación fundamental de la relación entre el significado simbólico y el uso de las proporciones merecerá una consideración más detenida. Su influencia en Robichon y Varille, que estaban especialmente intere­sados en las implicaciones cósmicas del templo egipcio, llevó a un nue­vo perfeccionamiento de las excavaciones egipcias, y constituyó una aportación a los olvidados estudios sobre el simbolismo que impregna toda la arquitectura egipcia, hasta la disposición de cada piedra.

lbid., p. 490.

En la década de 1950, las investigaciones de Badawy y R- A. Schwa­ller de Lubicz dieron una idea detallada de la organización proporcio­nal de las edificaciones egipcias ... Badawy dio un resumen de algunas de sus ideas ... los conjuntos egipcios como los grandes templos del Im­perio Nuevo, que aumentaban por acumulación —se añadían partes nuevas junto a las estructuras anteriores—, continuaban exhibiendo las mismas pautas de proporciones aunque sus partes estuvieran separadas por varios cientos de años. Badawy califica de «diseño armónico» el sis­tema basado en determinadas dimensiones que se repiten en los pla­nos de las plantas y secciones, las cuales se pueden expresar mediante un diagrama constructivo utilizando triángulos isósceles y cuadrados. «Ambos sistemas, el aritmético de Fibonacci y el sistema gráfico de la sección áurea, se combinaban para lograr el diseño armónico en la ar­quitectura, según unas reglas fijas que se podían transmitir mediante la enseñanza sin la ayuda de textos escritos.»




analizan con detalle, los que sí se han consignado por escrito divulgan un profundo conocimiento de la anatomía, la patología y la diagnosis.

Por último —y de forma más convincente—, tampoco hay textos relativos a las técnicas arquitectónicas. Los murales egipcios están pla­gados de representaciones de diversas ocupaciones, aparentemente co­tidianas (en realidad, poseen también un significado más profundo, pero ya volveremos sobre ello más adelante). Podemos ver carpinteros, alfareros, bastoneros, pescadores, constructores de barcos, maestros cerveceros..., es decir, todos los oficios comúnmente asociados a una cultura artesana desarrollada. Pero en ningún lugar de Egipto aparece una escena en la que se represente a un arquitecto trabajando. No hay nada que indique cómo se planearon, diseñaron o ejecutaron los pro­digiosos monumentos de Egipto. Algunos planos fragmentarios, cuida­dosamente dibujados en papiros montados sobre cuadrículas, demues­tran que dichos planos existieron (lo cual no constituye ninguna sorpresa); pero no hay ni una palabra sobre los conocimientos subya­centes a dichos planos. La habilidad técnica de los egipcios ha resulta­do siempre evidente. Hoy también lo es que ésta llevaba aparejada un profundo conocimiento de la armonía, la proporción, la geometría y el diseño. Y está claro que todos estos conocimientos, técnicos y teóricos, eran secretos y sagrados, y que dichos secretos se conservaron.

Donde se manifestaron fue en las obras de Egipto, donde podían producir sus efectos. El trabajo de Schwaller de Lubicz consiste en ex­traer de las obras de arte y de arquitectura los profundos conocimien­tos matemáticos y armónicos responsables del diseño de dichas obras, y en sondear, bajo la confusa y compleja apariencia de los jeroglíficos, la mitología y el simbolismo, la sencilla realidad metafísica de la que surgió toda esta complejidad, aparentemente arbitraria pero, en reali­dad, consistente y coherente.
La tesis lingüística

La traducción de los jeroglíficos sigue presentando dificultades. En cualquier revista de egiptología, la mitad de los artículos tratan gene­ralmente de problemas no resueltos de significado, gramática y sinta­xis. Mientras esto sea así, los jeroglíficos se podrán «descifrar», pero es inexacto decir que se pueden «traducir» con exactitud.

El propio Champollion no creía que hubiera revelado todo lo que los jeroglíficos ocultaban. Pero la muerte le impidió seguir la línea de sus presentimientos, y los estudiosos posteriores tampoco lo han he­cho, contentándose con perfeccionar su trabajo original. Esto ha dado lugar a traducciones en las que se pierde el espíritu y el sentido de los textos. Pero, dado que los egiptólogos no han encontrado los funda­mentos metafísicos de la civilización egipcia en su conjunto, atribuyen la incoherencia de los textos a un pensamiento egipcio primitivo y «sin evolucionar», en lugar de achacarlo a sus propias y fundamentales de­ficiencias.

Como suele ocurrir con los misterios sin resolver, cuando ya se ha encontrado la solución resulta difícil ver cómo es posible que no se hu­biera descubierto hacía ya tiempo. Pero, aunque bastante sencilla de explicar e ilustrar, la clave simbólica de los jeroglíficos requiere un tipo de pensamiento que resulta diametralmente opuesto al espíritu analíti­co del pensamiento moderno. La mente analítica se rebela y se niega a aprobar un símbolo que contiene, en un solo signo, toda una jerarquía de significados, desde el más literal hasta el más abstracto. Pero eso es precisamente lo que hacen los jeroglíficos.

Curiosamente, aunque los egiptólogos se aferraron rígidamente a una traducción de los textos absolutamente literal, su significado sim­bólico subyacente se les impuso casi a la fuerza; pero al interpretar los textos de manera cerebral, al tratar de convertirlos en un equivalente de nuestra «literatura», taparon eficazmente su significado interno.

Así, el signo «pájaro» muestra un pájaro. Pero el uso constante de este símbolo en los textos sagrados sugiere que el significado literal no nos lo dice todo. Y el ubicuo símbolo del «alma» (el Ba, un pájaro con cabeza humana), proporciona la pista del significado simbólico del «pá­jaro». El signo no se refiere únicamente al pájaro físico, sino también a todas las funciones y propiedades contenidas en la «idea» de pájaro: la capacidad de volar, de escapar de la tierra, y, en consecuencia, el prin­cipio de volatilidad que, en última instancia, implica el «espíritu». Cuando, en los textos religiosos, los egipcios dibujaban cuidadosamen­te escenas que representaban a varios hombres tirando de una red llena de pájaros, no se limitaban a recordarle al muerto, que ahora flotaba incorpóreo, los pasatiempos de la tierra, sino que realizaban un rito má­gico, recordándole las exigencias del espíritu, la necesidad de capturar, de «echar la red» a los aspectos volátiles del yo espiritual. El hecho de no comprender ni el propósito del mito ni su verdad subyacente contri­buye a reforzar el actual panorama insatisfactorio del antiguo Egipto.


Los Textos de las pirámides (o, más exactamente, el Libro para llegar a la luz), ta­llados con magníficos caracteres jeroglíficos en la pirámide de Unas (V dinastía), en Saqqara.

De acuerdo con el pensamiento evolucionista, los eruditos moder­nos contemplan el mito ya sea como un temprano y pintoresco inten­to, por parte de los primitivos, de racionalizar el desconcertante mun­do físico, ya sea como un esfuerzo romántico para escapar de realidades crueles y prosaicas, o como una torpe empresa artística en­caminada a comunicar hechos históricos y políticos. Incluso Jung, que solía ver sabiduría allí donde los demás sólo veían superstición, atri­buía la universalidad del mito a la acción de un misterioso «incons­ciente colectivo».

Schwaller de Lubicz llega a la conclusión contraria, y justifica su afirmación. Puede que el mito sea el medio más antiguo conocido de comunicar información relativa a la naturaleza del cosmos, pero es también el más preciso, el más completo y, quizás, el mejor.

El mito dramatiza leyes, principios, procesos, relaciones y funciones cósmicas, que, a su vez, se pueden definir y describir mediante el nú­mero y la interrelación entre los números.




Definiciones:

La subjetividad del lenguaje es tal que resulta inevitable que el lec­tor dé su interpretación individual a muchas de las palabras clave a las que se alude constantemente en este texto. En todos los casos, las defi­niciones de los diccionarios normales resultan tan vagas como la inter­pretación individual. Las siguientes definiciones no pretenden, pues, ser exhaustivas ni concluyentes, pero al menos servirán para definir cómo se interpretan estos términos en el presente contexto.

Acción: la consecuencia observable de la escisión primordial, místi­ca e inobservable. La acción es «causa» del universo. La acción primor­dial es, a la vez, «reacción». Esotéricamente, la acción es la rebelión del espíritu contra su confinamiento en la materia.

Función: la especificidad de una acción; su papel.

Proceso: una secuencia de acción caracterizada por unas funciones organizadas.

Pauta: el esquema de un proceso; el modo en que se manifiesta.

Forma: la consecuencia observable de la pauta en el tiempo y el es­pacio: un gato es una forma vital; un triángulo es una forma abstracta o ideal.
La tesis matemática

La segunda tesis de Schwaller de Lubicz es matemática. Tanto el uso deliberado de proporciones armónicas en arte y arquitectura como las bases numéricas que subyacen al mito egipcio le llevaron a reconsi­derar de manera detallada el pitagorismo y a elaborar un sistema de pensamiento acorde con las obras maestras de Egipto (y con la reali­dad de un imperio que duró cuatro mil años). Pero se trata de un sis­tema para el que nuestro lenguaje discursivo no proporciona ninguna etiqueta convincente. Es, a la vez, filosofía, matemáticas, mística y teo­logía. Para comprenderlo correctamente, no se debe estudiar ninguno de sus aspectos sin tener en cuenta simultáneamente todos los demás. En Egipto, el templo bien construido permitía —en realidad forzaba— esta simultaneidad. Pero, para poder explicarla o describirla satisfac­toriamente en el lenguaje moderno, debemos ir por partes.

«El número lo es todo», declaraban los pitagóricos. A nosotros nos parece extraño clasificar los números en «limitados e ilimitados; pares e impares; sencillos y múltiples; derechos e izquierdos; masculinos y femeninos; rectangulares y curvados; claros y oscuros;




Platón, Filebo, § 64.

Si la medida y la simetría se hallan ausentes de cualquier composi­ción en el grado que sea, la ruina aguarda tanto a sus ingredientes como a su composición ... La medida y la simetría aluden a la belleza y la vir­tud del mundo.
F. Le Lionnais, «Les Grands Courants de la Pensée Mathematique», Ca-hiers du Sud, 1948, p. 76.

«El número reside en todo lo conocido; sin él no podríamos pensar, ni conocer nada», escribió Filolao, el filósofo pitagórico.
Lancelot Hogben, Mathematics for the Millions, Pan Books, 1967, p. 16.

La exaltación platónica de las matemáticas como ritual augusto y misterioso tenía sus raíces en las oscuras supersticiones que inquietaban, y las caprichosas puerilidades que hechizaban, a las personas que vivie­ron en la infancia de la civilización ... Su influencia en la educación ha extendido un velo de misterio sobre las matemáticas y contribuyó a pre­servar la extraña francmasonería de las Hermandades Pitagóricas, cuyos miembros eran condenados a muerte si revelaban los secretos matemá­ticos que hoy aparecen impresos en los libros escolares.
M. Griaule, Conversations witb Ogotemmeli, Oxford, 1965, p. 60.

No se podía hablar de los Lebe delante de la esposa de Hogon; de los ocho ancestros delante de la esposa del sacerdote; de los Nummo de­lante de un herrero, ni de nada delante de los necios.
buenos y malos; cuadrados y oblongos». Y nos parece igualmente extraño denominar al cinco el número del «amor», y al ocho, el de la «justicia». Pero nos parecerá menos extraño si examinamos el pensamiento que llevó a rea­lizar dichas atribuciones.

El hecho de que la mente humana pueda discriminar demuestra que el número dos tiene un significado distinto al del uno. La capacidad de distinguir implica diferencia, y la diferencia requiere el dos para tener algún significado. Evidentemente, podemos crear trampas lingüísticas, y afirmar que no hay forma de probar que el lenguaje se corresponde con la «realidad». Este tipo de trampa no tiene escapatoria. Pero si concedemos que, de algún modo, el lenguaje se corresponde con la rea­lidad, entonces, desde el punto de vista filosófico, el número adquie­re significado, y los números dejan de ser meras abstracciones intelec­tuales.

Por la experiencia cotidiana, somos conscientes de que el universo constituye un sistema increíblemente heterogéneo hecho de una multi­plicidad de aparentes unidades. Un pato es una unidad, hecha de una multiplicidad de células, cada una de las cuales es una unidad hecha de una multiplicidad de moléculas, cada una de las cuales es una unidad hecha de una multiplicidad de átomos, cada uno de los cuales es una unidad hecha de una multiplicidad de «partículas», para cuya descrip­ción ya no basta el lenguaje ordinario: vistas de una manera, son par­tículas, o unidades; vistas de otra, son formas de comportamiento de la energía; y es la energía lo que hoy se considera la unidad última que subyace al universo material.

La misma línea de pensamiento, aplicada a la esfera macrocósmica, lleva a la misma conclusión. El pato es una unidad que constituye un aspecto del planeta Tierra, el cual es una unidad, que, a su vez, forma parte del sistema solar, el cual es una unidad... y así sucesivamente has­ta las galaxias, que, en su conjunto, constituyen la inimaginable unidad que llamamos «universo». Los positivistas y ciertos filósofos lingüísti­cos podrían argumentar que el concepto de universo es una falacia, que el universo es una ilusión, que no es más que la suma de sus partes. Pero, en ese caso, un pato —o un positivista— es también una falacia y una ilusión, porque tampoco es más que la suma de sus partes.

La multiplicidad presupone la unidad. La multiplicidad carece de sentido a menos que también la unidad lo tenga. Ambos términos con­fieren un significado real al número, y no meramente abstracto.

Es el modo en que nuestros sentidos reciben la información el que crea un problema automático y, a menudo, insuperable. La multiplici­dad asalta nuestros sentidos por todas partes, mientras que las unida­des a las que denominamos «pato», «célula» y «molécula» son provi­sionales y relativas; y nosotros lo sabemos. Nosotros mismos somos también el mismo tipo de unidades filosóficamente provisionales y re­lativas. Filosófica y lógicamente, podemos postular una unidad última, pero ésta resulta impalpable para nuestros sentidos.

Estamos obligados a reconocer los límites de la razón, así como la necesaria realidad de ámbitos a los que la razón no tiene acceso.





La generación de los números triangulares y cuadrados presentada de forma es­quemática en ocasiones puede dar una idea de las propiedades de los números y de las relaciones entre ellos que ocultan los modernos métodos de cálculo, más rápi­dos y «eficaces». El pitagórico medita antes que memorizar, y el conocimiento no se adquiere necesariamente de forma acumulativa, lógica o secuencial. Como el Tao, parece estar ahí un momento y luego pasa a otra cosa. El triángulo es la pri­mera «forma»; el cuatro es la primera «analogía» posible del uno, y la sustancia en el principio; el tetractys es, a la vez, el diez, el cuatro y el uno. El significado de la trinidad como tres-en-uno puede hacérsenos evidente de golpe al observar el dia­grama mientras que siempre seguirá siendo oscuro cuando se expresa en palabras. Pero esto requiere un cierto tipo de percepción, y quienes carecen de ella se apre­suran a ridiculizarla. Es un necio el sultán que cree que sus eunucos son una auto­ridad porque hablan objetivamente sobre el amor.
Y aunque la razón por sí misma no pone a los hombres en la senda de una tradición iniciática (esa es la función de la conciencia), sí resulta suficiente para invalidar el escepticismo.

Son los sentidos los que nos hacen escépticos. Cuando los científi­cos y los intelectuales afirman que su ateísmo o su agnosticismo se les impone por la «razón», mienten. Lo que ocurre es simplemente que no han logrado aplicar su razón a los datos relativos y provisionales que les envían sus sentidos.

Lo que hoy se denomina «mística del número» pitagórica tiene un ori­gen egipcio (si es que no es más antiguo), y corresponde a la filosofía que subyace a todas las artes y ciencias de Egipto. En realidad, lo que hizo Pi-tágoras fue desdramatizar el mito, una estrategia que tenía la ventaja de ha­blar directamente a quienes eran capaces de pensar en aquellos términos.

El trabajo de Schwaller de Lubicz, así como el de algunos otros pen­sadores contemporáneos (por ejemplo, J. G. Bennett), complementario pero independiente, ha hecho posible reformular la teoría pitagórica de una manera aceptable para nuestro pensamiento. Cuando la aplicamos al mito egipcio, se hace patente que estos curiosos relatos se basan en el conocimiento del número y de la interrelación de los números, y no en el animismo, las supersticiones tribales, las disputas sacerdotales, la materia prima de la historia o los sueños.

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