Introducción




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VI REFLEXION erudita y genética



1. Las bases para distinguir este modelo de reflexión. La tercera fase de la narración histórica
A efectos prácticos, tenemos que dudar si la historicoografía del siglo XJX, tan abundante en tendencias (las más descriptivas contra las más filosóficas, las menos comprometidas contra las más vividas), cumplía las exigencias de algún modelo único. La cuestión es incluso más complicada, ya que, desde que la busca de la verdad se había convertido en la tarea principal de la investigación histórica, la historicoografía se iba desarrollando continuamente, por lo que respecta a las técnicas de investigación. Desde ese punto de vista, la historicoografía del siglo XIX era una continuación de las tendencias ante riores, eruditas y filosóficas, especialmente si tenemos en cuenta la escuela de Góttingen y la historicoografía alemana posterior. Pero toda esta literatura histórica anterior sólo estaba llegando laboriosamente a separar los hechos de los mitos, las leyendas y las fábulas. Incluso Schlbzer comenzaba el primer período de la historicoa con Adán y lo terminaba con Noé. La historicoografía consistía en una recolección de hechos, era de carácter erudito, pero sobre todo tenía que hacer más sólido el sentido crítico que permite separar la verdad de la falsedad. En la historicoografía pragmática, este sentido podía encontrarse de forma nuclear, pero no podía desarrollarse, por las otras tareas que la investigación histórica tenía ante sí.
Por parte del siglo xviii, esa labor básica —por lo que respecta a esta blecer fundamentos para las afirmaciones históricas— había sido completada- Ya no había una necesidad sistemática de subrayar que en la literatura histórica se deben basar las propias afirmaciones en lo que las fuentes testifican; ahora que los historicoadores habían asumido ese hábito, podían proceder a formular todas las afirmaciones posibles. La tarea principal, que por supuesto absorbía las anteriores, era aumentar el conocimiento del pasado, es decir, buscar la erudición. Sin embargo, no hay que olvidar que esta corriente podía tener varias motivaciones, en particular las ideas nacionales, en la époda en la que la conciencia nacional había despertado y estaba consolidándose. La erudición, interpretada bien como anticuarios o coleccionistas de arte, bien como literatura sintética, bien como esteticismo, se convirtió en el patrón obligatorio y al mismo tiempo en objeto de orgullo - de los historicoadores. Este patrón aunaba diversas corrientes, algunas de ellas, incluso, incompatibles en cuanto a las actitudes políticas y las opiniones sobre las tareas de la historicoa. Otro rasgo de la historicoografía del siglo XI (oc a configuración fi al do la narración histórica. Junto a la exclusiófl dci las afirmaciones no cofirmadas Fuera de las narraciones (en teoría por supuesto). su princlani luam fue el intento de descripción genética, es decir, la exposición ele la niateeja cori la reconstrucción de secuencias eronolgica 5 de hechos; esto es, los sucesivos estadios de los procesos que se investigan. Los eruditos anteriores se habían conformado con unas formas más simples de descripción. El punto de vista genético estaba inspirado, en primer lugar, por las distintas concepciones teleológicas, y además por la idea positivista de progreso y evolución. Bastante diferentes desde el punto de vista filosófico, ambas tendencias estaban consolidando la reflexión diacrónica, es decir, regida por el tiempo.
Los avances científicos del modelo erudito de literatura histórica deben valorarse de dos formas.
La dominación de la historicoografía erudita no significó la extinción de la tendencia filosófica en la literatura histórica. El siglo XIX era demasiado complejo para que los historicoadores pudieran describir todos los fenómenos sobre la base de fórmulas no ambiguas. Ese siglo dio a la historicoografía puntos de vista fuertes y débiles que pueden verse actualmente. Como las condiciones sociales estaban cambiando, a causa de la industrialización, las divergencias en la interpretación del método histórico y en la concepción de la historicoa como una rama del conocimiento humano, que ya existían en forma embrionaria, aumentaban cada vez más. Lo que anteriormente se podía contar como una tendencia, en concreto el intento de combinar la literatura histórica con el deber de explicar el pasado, y no sólo de describirlo, se convirtió ahora en un variado mosaico de opiniones en conflicto. La moderación del siglo xviii en el tratamiento de los factores, descubiertos poco a poco, que explicaban las diferencias entre las situaciones sociales, se convirtió, en el caso de muchos autores, en una tendencia hacia formulaciones radicales que exageraban el papel de un factor determinado (entorno geográfico, factor biológico, papel de los individuos, etcétera). Ese conglomerado de opiniones, que solían ser miradas con interés por la comunidad educada, un conglomerado cuya complejidad aumentaba constantemente, proporcionó a los filósofos relacionados con los diversos grupos políticos y de clase una buena cantidad de material para reflexionar sore el pasado y sobre la forma de reconstruirlo, al combinarse con un aumento sin precedentes de la producción de obras históricas, en forma de cientos y miles de publicaciones de muchos volúmenes, en su mayoría, lo cual nos hace admirar los esfuerzos de aquellos individuos. En el siglo xviii el límite entre los historicoadores y los filósofos prácticamente no existía, pero más tarde, con el desarrollo de la educación formal y el nacimiento de la enseñanza de la historicoa en los seminarios universitarios (primero en Alemania, y después en otros países), e incluso el nacimiento de una escuela de crítica de fuentes (Ecole de Chantes, 1823), los historicoadores profesionales, que confiaban en Una serie de reglas críticas, en el conocimiento filológico y en las disciplinas históricas auxiliares, comenzaron a extenderse. A partir de ese momento, dejaron el pensamiento no basado en fuentes a los filósofos, quienes, de SCuerdo con la especialización cada vez mayor, no se dedicaron a la investigación histórica, al contrario que en el pasado. Esto tenía que afectar a la literatura histórica y a la reflexión sobre ella. El estudio de los hechos Pasados no podía suetituir al estudio de las estructuras sociales. Esta laguna en la ciencia social, d1adn por la bistoriopiafía erudita, fue llenada gradualmente por la s’ciiología, que ant es se había desarrollado dentro de la husturia,y por a reunión un fuerlc tnpUtiO de A. Comie
En general, la historiografía del siglo xix2 no perdió ninguno de los rasgos principales del análisis metodológico que la había caracterizado en épocas anteriores. Siguió siendo crítica, y desarrollando este rasgo de una manera notable. No olvidó la reflexión teórica, aunque éste no era su punte fuérte. Proclamaba su objetividad, pero era todavía pragmática, con la dife. rencia de que su pragmatismo estaba a menudo hábilmente oculto (cripto pragmatismo). La tendencia erudita que le atribuimos significaba solamente un acento algo más fuerte sobre la recogida y el examen de información basada en fuentes. La debilidad teórica de la literatura histórica erudita la mantenía en el nivel de las explicaciones genéticas, es decir, descripciones de secuencias de hechos, que no señalaban ninguna causa más profunda de dichos sucesos ni las leyes del desarrollo histórico; e incluso las explicaciones genéticas las hacía más fáciles el evolucionismo Hegeliano, y más tarde el positivista. Por eso se le ha denominado historicoografía genética; a menudo se llamaban así ellos mismos.
En el desarrollo de la reflexión metodológica sobre la literatura histórica del siglo xix —que H. Berr llamó, correctamente, y según la convicción predominante entonces, «la era de la historicoa», como A. Thierry— vemos una línea divisoria clara en los años 1850-1870, cuando la reacción contra la narración erudita esteticista y contra las implicaciones nacionalistas de] Romanticismo, y también contra las ideas democráticas, empezó a adoptar diversas formas que imprimieron a las últimas décadas del siglo el rasgo característico de las aproximaciones metodológicas estrechamente unidas a actitudes sociales y políticas específicas. En ese momento la historicoa consolidó su posición como ciencia y consiguió tener un lugar importante entre las disciplinas humanísticas. Los historicoadores se convirtieron en las principales figuras de las universidades de la época.
2. Reflexión metodológica en el Romanticismo
En la primera mitad del siglo xix las observaciones metodológicas y las prescripciones que se encontraban en las obras históricas podían derivar de dos principios hasta cierto punto opuestos: la teleología, idealista y evolucionista, que se consolidaba, y la creencia en la posibilidad de reconS truir totalmente el pasado por medio de una enumeración cronológica de sucesos establecidos a través de un análisis crítico de las fuentes. El primero de estos principios contribuyó a que la investigación histórica asimilan gradualmente la categoría de cambio y progreso, una categoría que iba siendO comprendida de un modo cada vez mejor, mientras que el segundo principio que, como hemos dicho, era una continuación directa de las tendencias críticas anteriores, desarrollaba las técnicas de investigación moderna de los historicoadores, pero, a causa de su enorme empirismo (inducción) les impedía asimilar categorías sociales teóricas que guiaran sus observaciones basadas en fuentes. Sólo algunos historicoadores, incluyendo al polaco Lelewel, consiguieron basar su investigación en los últimos avances del pensamiento filosófico de la época, avances que empujaban hacia adelante la metodología de las ciencias (por ejemplo, los de Kant), y al mismo tiempo consiguieron usar técnicas de investigación que aún hoy nos sorprenden por su precisión, y tuvieron en cuenta categorías y directrices teóricas conscientemente adoptadas.
Estos principios se manifestaban en diversos grados, en las obras de los distintos historicoadores. Algunos historicoadores ponían más empeño en mostrar el desarrollo de ciertas ideas sociales o ciertos principios políticos (por ejemplo, J. Michelet o T. Macaulay), mientras que otros, con unos objetivos más imparciales (por ejemplo, L. Ranke), se preocupaban sobre todo de hacer un pleno uso de todos los datos, y de establecer el mayor número posible de hechos. El primer grupo hacía formulaciones sintéticas regidas en gran medida por las necesidades propias de las aspiraciones y los conflictos políticos, y pretendían mostrar que el mundo, de acuerdo con una cierta lógica de la historicoa, había estado yéndo en una dirección determinada (por ejemplo, hacia la implantación de las ideas de libertad y democracia), mientras que el segundo grupo realizaba síntesis eruditas que enumeraban secuencias cronológicas de muchos sucesos. Los dos grupos estaban lejos de hacer síntesis científicas, a pesar de que el primero representaba a los historicoadores que, sin distanciarse de las exigencias de la vida práctica y de las luchas ideológicas y políticas, tenían un sentido más apropiado de las necesidades de la ciencia. Ambos grupos se ocupaban mucho más de la belleza de la forma literaria de la narración histórica, hecho que, junto con su desarrollo común de las técnicas modernas de la crítica de fuentes, era el principal lazo de unión entre los dos grupos. Sus obras tienen psicología intuitiva y la capacidad de reconstruir vivamente el pasado. Los historicoadores de esa época recurrían en sus obras a las técnicas de las belles lettres, y ese método cubría la laguna causada por la falta de categorías teóricas que convirtieran las descripciones de los hechos pasados en síntesis históricas. Durante muchas décadas no hubo necesidad de hacer accesibles SUS libros: su propia habilidad literaria les permitía ganarse al público y conforn-iar actitudes concretas en sus lectores, de una forma que probablemente no ha sido superada desde entonces . H. Berr llama a A. Thierry Y a J. Michelet poetas «au seos pro fooid du mot» . Y el mismo Thierry, al indicar las bases metodológicas de la historicoografía de su época, dijo:
<‘4 “2002 avis., toute composition historicoque est un travail d’art autani que d erudjtjosi» 5.
Las discusiones sobre la cuestión de cómo la historicoografía estatalizada 3 nacionalista alemana había preparado el camino para el Nazismo suelen apuntai a .anke cu,as obras habían tenido un enorme efecto; en este sentido, adviértase
Ue Ranke murió en 1886, a la edad de noventa y un años, y fue un autor prolífico el fin de sus días.

Estos historicoadores hicieron grandes méritos en el campo de la crític erudita, lo cual estaba relacionado con un rápido desarrollo de las disci plinas históricas auxiliares, cuyos conceptos se han extendido desde aqueli época. Las bases fueron puestas no sólo por las exigencias internas de 1 investigación histórica, sino también, en una medida equivalente, por lo avances en otras disciplinas como filología (la lingüística comparada, sobr todo), geografía, economía política, etcétera. Es cierto que había una diver. gencia de opiniones considerable sobre el alcance de las disciplinas históricas auxiliares, pero ya comenzaron a dividirse entre disciplinas auxiliares en el sentido estricto del término (que ayudan a adquirir un conocimiento de las fuentes históricas) y disciplinas relacionadas con la historicoa, clasificación que se sigue aceptando hoy (ver cap. II). Rasgos característicos del des arrollo de la historicoografía erudita fueron los numerosos tratados sobre métodos de investigación histórica en los que encontramos las diferencias de opiniones, una búsqueda de clasificaciones claras, y la confusión termina lógica a que daba lugar.
Los tratados estaban llenos de reflexiones sobre el concepto y los tipos de fuentes históricas, y de información sacada de las disciplinas auxiliares, que más tarde se convertirían en materia de compendios separados. Las cuestiones generales eran sobre todo las del concepto de historicoa y la división interna de esta disciplina.
Los que mejor nos ilustran sobre esto son los tratados alemanes (que además, eran los más valorados), tanto los tempranos: C. J. Gatterer, Handbuch der Universaihistoricoe, 1765; K. T. O. Schbnemann, Grundriss einer Eizcyklopddie der historicoschen Wissenschaf ten, 1788-1799, como los posterio res: J. E. Fabri, Encyklopédie der historicoschen Hauptwissenschafen und deren Hilfsdoktrinen, 1808; C. F. Rühs, Entwurf einer Propddeutik des Izistoriscizen Studien, 1811; E. W. G. Wachsrnuth, Entwurf einer Theorie der Geschiclzte,, 1820, etcétera.
Las obras metodológicas del polaco J. Lelewel, sobre todo Historykt (El estudio de la historicoa), 1815, y O historicoi, jej rozgalezienieaclz i naukach rwiazek z nia szzajacych (Sobre la historicoa y sus ramificaciones y las disci punas relacionadas, 1826), que reflejaban el acercamiento filosófico a la literatura histórica, eran muy diferentes de los manuales mencionados ante niormente. Los tratados se ocupaban de los principios de una historicoografía «descriptiva» y «narradora», considerada como un arte, mientras que Lelewel se ocupaba igualmente de la explicación causal. El veía los siguientes paso1 en el trabajo de un historicoador: heurística (en el sentido actual del término) crítica, explicación causal («señalar los caminos que llevan a la comprensió de las causas y los efectos de los asuntos humanos»), y los métodos dO exposición, descripción y narración, que llamaba historicoografía. Tenía razó° al asegurar que la explicación requiere una teoría social —cosa que no er muy comprendida en aquel tiempo—, que él incluía en sus análisis metod7 lógicos. Deliberadamente sustituía el término ars izistorica por el térrnifl°) polaco lzistoryka (que acuñó él mismo, y que puede definirse corno «el estuClO; de la historicoa»), para liberar de asociaciones con el arte a las consideraciofl metodológicas. Otros autores de manuales se referían SÓlO (por medio varios términos acuñados por ellos) a la heurística, crítica e histoniograO’ (descripción, exposición). Wachsmutts, al hablar de teoría de la historicoa, refería a la hcur>stica (toda la investigación) y exposición. Dentro de 18:
heurística se interesaba por las fuentes (entre las cuales valoraba sobre t000 las escili so) y por el análisis del tiensoo r el lugar COmO las formas de lo’, sucesos históricos. Su interpretación de la heurística, por tanto, era my amplia.

El concepto de fuente histórica y la clasificación de las fuentes progresaron considerablemente en aquella época. Para Lelewel, todo lo que pudiera contribuir a la reconstrucción del pasado era una fuente histórica. Dividía las fuentes históricas entre: tradición oral, fuentes no escritas (silenciosas) y fuentes escritas. También comprendió que, desde el punto de vista de un problema concreto de investigación, puede haber fuentes directas e indirectas (es decir, unidades de información).
Los avances de la historicoografía en la primera mitad del siglo xix por lo que respecta a la crítica permitieron que se desarrollara el método de un establecimiento indirecto de los hechos. El estímulo fue el gran interés por la historicoa antigua y medieval, que exigía un establecimiento indirecto de sucesos. Los datos para la inferencia indirecta empezaron a buscarse en las disciplinas históricas auxiliares y en el conocimiento general proporcionado por el desarrollo de la ciencia en ese período.
En general, la teoría de la descripción histórica avanzó mucho. Los historicoadores de mente erudita consideraban la materia de tal descripción de un modo tan amplio como sus predecesores de la época de la Ilustración, pero no consiguieron avanzar hacia una interpretación integral de los hechos sociales. En los períodos iniciales, los polihistoricoadores (eruditos) podían conseguir combinar los diversos puntos de vista: político, económico, antropológico, etcétera. Más tarde, como resultado de una especialización avanzada, la tarea se hizo cada vez más difícil, para mostrarse finalmente irrealizable. A pesar de los intentos de aproximaciones integrales, los estudios históricos 6 estaban todavía dominados por la historicoa política, tanto en el caso de los estudiosos «de mente objetiva» como en el de los que estaban Comprometidos políticamente. El estudio de la historicoa política reflejaba también de modo clarísimo los principios metodológicos característicos de la historicoografía en el período Romántico. El primer grupo se interesaba sobre todo por la historicoa antigua, que reinterpretaban cada cierto tiempo, y por la historicoa medieval, incluyendo los siglos xvi y xvii. El último grupo estaba inclinado también hacia estudios de interés más local.
Entre los historicoadores que fueron los más representativos del período romántico en la primera mitad del siglo XIX, el primero en publicar sus Obras fue J. Ch. L. Sjmonde de Sismondi (1774-1842), un economista a historicoador progresista al que Lenin llamó más tarde representante del Romanticismo económico. Empezó a publicar en 1807. Representaba los intereses de la clase media baja, y en sus obras sobre historicoa política le interesaba el desarrollo de las ideas de libertad política, democracia y el sistema paríannentario. En la misma época (1808) aparecieron las obras de K. F. Eichhorn (l787l854) junto con las de K. F. Savigny (1779-1861), el fundador de la escuela histórica en el estudio del derecho. Savigny era un representante de la escuela que interpretaba la historicoa como la ciencia que retrata progreso constante de la humanidad. Ese período vio también la publica ción (1811-1812) de los dos primeros volúmenes de la renombrada Rómisch Gesclrichte de B. G. Niebuhr (1776-1831), quien, junto con L. Ranke (1795-1886) se considera como el padre de la historicoografía verdaderamente «científica>
Sin despreciar la contribución de estos historicoadores a la formaciói del modelo erudito y genético de literatura histórica, tenemos que subraya que las opiniones antes mencionadas son muy exageradas, lo cual se dedue claramente de lo que se ha dicho. La actividad de Ranke y otros historicoa dores que sostenían ideas similares no indicaba ningún giro crucial en i desarrollo general de los métodos de investigación en Ir historicoa. La famosr afirmación de Ranke en el prólogo a la primera edición de Geschichte de ro;nanischen und germanischen Vblkea’ (1824), de que él no quería moralizar sino sólo mostrar «wie es eigentlich gewesen» («lo que realmente fue») suponía no sólo su acento en una actitud anti-pragmática (que no era naá nuevo), sino también, en contradicción con este principio de objetividad una condena de la historicoografía filosófica de la época de la Ilustraciór comprometida en la lucha por el progreso social y político, a pesar de qn en otras ocasiones Ranke cogía elementos de la época de la Ilustraciór (por ejemplo, al valorar en gran medida las posibilidades de la historico como método de investigación). Las discusiones sobre la obra de Rank se fueron convirtiendo en la base de la opinión formulada, entre otra por Dilthey, de que en la filosofía de la historicoa de Ranke no había mí que la convicción de que un estudio desapasionado de los hechos mdlvi duales (es decir, describirlos «tal como fueron») era el objetivo de la inves tigación histórica. Ranke subrayaba la importancia de la comprensión intUi tiva de la voluntad de los individuos sobresalientes, del espíritu de la época y de instituciones como el estado, que en última instancia es un product de la voluntad de Dios. Todos los cambios en la historicoa son manifestacione de la voluntad divina, y <‘cada época», como subrayó Ranke en otra famos afirmación suya, «está cercana a Dios» . Ranke rechazaba las especulacionet filosóficas, y no estaba tan ferozmente en favor de la política nacionalista alemana como luego estuvieron sus discípulos (él era más conformista) pero tenía su idea de historicoa, cuyo significado resulta ser un conservadU rismo y la fe en la Providencia. Después de todo, había estudiado teología lo cual influyó en sus escritos, y especialmente en su actitud hacia la explF cación en la historicoa.
Entre los contemporáneos de Ranke se incluían historicoadores tan fanlt, sos como los franceses A. Thierry (1795-1856) y J. Michelet (1798-1874;. los ingleses Th. Carlyle (1798-1881) y Th. Macaulay (1800-1859), el holandé G. van Prinsterer (1801.1876) s’ el checo F. Palacky (1798-1876). Entre los qR eran algo mayores están J. Lelewel (1786-1861), F. Guizot (1787-1874), y sobá
8 Cfr. K. Grzybowski, «O miejscu niemieckiej szkoly historycznej w rozwQ)) nauki prawa» (El papel de la escuela alemana de historicoa en el desarrollo de
jurisprudencia), Szasopzsnao Prawnó-Historyczne, vol. VIII, núm. 2, 1956. Sevigá se ocupó también de la historicoa del Derecho Romano’, en este sentido, ver Gescjijcjite deç Rdjinjsclrerr Rechts ini Mittelalter, Heidelberg, 1 8l6-1818.
Esto lo subraya P. Geyl. La cuestión es tratada también por G. G. 1gg51 «The imane of Ranke in American arid German Th’-ught’>, ]liSiOry arad TIae0’ volumen Fi, núm. 1, 1962, págs. 17-40, y por O. Schilfcrt, Stdie tíber dje deUtsCí Gesc/oielztu’issenschaft, Berlín, 1963, págs. 241 y os. Ver también la opinión Acton sobre Ranke en H. Buttcrfie]d, Man ora Jhs post, págs. 8á y El caraCt’ ideográfico de los escritos de Ranke fue subrayado por 1K. Marx.
todo N. M. Karamzin (1765-1826), cuya Istoriya gosudarstva Rossiyskogo (Historicoa del Estado Ruso) comenzó a aparecer en 1818. Todos ellos dejaron en la historicoografía de su época una impronta quizá más fuerte que la de Ranke. Muchos de ellos (lo cual vale también para Carlyle, en el primer período de su actividad), promovían las ideas de democracia o liberalismo. pesar de sus intentos de una aproximación universal, estaban todos marcados por un etnocentrismo de diversos tipos. Fue en ese período cuando el vocabulario de términos históricos empezó a incluir conceptos como nación, pueblo, clase social, y lucha de clases. Michelet, que —hay que recordarlo— estaba hasta cierto punto influido por las lecturas de A. Mickiewicz en el Collége de France, alababa la Revolución Francesa 15, pero alababa sobre todo a Francia. Su pre-riacionalismo (dejemos el término nacionalismo para un período posterior) le hizo afirmar que la nación francesa era «la primera nación de Europa» 11 Otros historicoadores de esa época sostenían unas opiniones similares sobre sus naciones respectivas: Macaulay llamaba al pueblo inglés <‘el más grande y más civilizado» 12, y Ranke pensaba lo mismo sobre los alemanes. Estas opiniones eran de lo más peligroso cuando las propagaban historicoadores cuyos países estaban oprimiendo a otras naciones, especialmente si iban unidas (como era el caso de Ranke) a una afirmación consistente de ese país concreto y de su poder. Karamzin revivió el interés por la historicoa de Rusia. Palacky defendía el derecho de la nación checa a su independencia política 13 Sin embargo, en tales intentos fue superado por Lelewei 14, que, más aún, sabía cuál debía ser el camino real a la libertad política. Guizot y Thierry justificaron el papel histórico del tercer estado como la fuerza principal de la nación.
Lelewel combinaba una inmensa obra histórica con grandes intereses en la metodología de la historicoa, que va hemos descrito anteriormente. A pesar de su gran erudición, no era un historicoador del tipo erudito. Se oponía a la literatura Ii1 tórjca narrativa dominante entonces, y luchaba por una aproximación filcsófica a la historicoa, que debía basarse en los logros más avanzados de la epistemología y en un sistema de categorías sociológicas (concebido por el propio Lelewel), un sistema que ofrecía una visión estructural de la materia de investigación. Esto no tenía nada que ver con una concepción teleológica del espíritu de una nación, que veía con escepticismo y de la que incluso se distanciaba explícitamente, al margen de que viniera de Condorcet, Kant, Fichte o los románticos polacos. Al igual que Michelet, Guizot y Thierrv, Lelewei veía el principal motor de los cambios históricos en la actividad de las masas, una idea puramente laica y altamente democrática. Teniendo en cuenta las opiniones que prevalecían en su época> Lelewel iba muy lejos.
los hechos pasados de una forma integral, y subrayaba su «unidad y universalidad», pero, por supuesto, no podía aún analizar con mayor detalle los factores que contribuían al desarrollo, de modo que pudiera señalar las causas de los cambios en esa universalidad. Era muy exigente sobre la exactitud y precisión en la inxestigación, y muy puntilloso en ese aspecto, En su acercamiento metodológico era, en muchas cuestiones, superior a los historicoógrafos posteriores, positivistas, que prolongaron la vida del idiogra. hsrno en la literatura histórica rompiendo por completo con el concepto de una historicoografía «filosófica>, guiada por afirmaciones generales específicas °.
Las primeras décadas del siglo XIX vieron estudios exhaustivos en el lerreno de la historicoa económica, enormemente influida por los avances en la economía política. Esto ocurrió en todos los países, pero sobre todo en Gran Bretaña, donde el capitalismo había avanzado y donde las primeras series ele estudios de historicoa económica llegaron incluso a adelantarse al naci• miento de la escuela histórica en economía Entre docenas de nombres y cientos de publicaciones, mencionemos a los franceses L. Reynier (historicoa económica antigua) y A. A. Monteil (una historicoa socio-económica de Francia en diez volúmenes, a partir de 1828); los ingleses D. Macpherson (una historicoa del comercio, la industria y la navegación inglesa en cuatro volúmenes, 1805), T Took y W. Newnlarch (los precios y la moneda en Inglaterra, 1793-1850, publicado en 1838-1857) y G. R. Porter (una historicoa económica del Imperio Británico en tres volúmenes, 1836-1843); los alemanes G. Hansen (historicoa agraria) y G. L. Maurer, historicoador de la antigua marca (comunidad) alemana, que fue muy valorado por Marx y Engels 17 Ese período vio también el comienzo de estudios del nivel económico de los estratos más pobres (F. Eden, The Srare of tile Poor, 1797), y de la creciente clase obrera (P. Gaskell, D. Tuchett, E. Buret, P. Vinçard y otros), lo cual coincidió con los comienzos de los estudios sociológicos sobre la situación de la clase obrera dirigidos por L. R. Viliermé, Le Play y otros.
La historicoa de la cultura también tuvo estudiosos propios. De modo que la materia de las narraciones cra grande.
Estas obras, como las de historicoa política, estaban inspiradas, muchas xeces, por la tendencia a juslificar la necesidad de modificar la situación d os campesinos y trabajadores. Además, estos estudios reflejaban las ideas de cambio y progreso. Junto a los criterios políticos de progreso (tales como la libertad), comenzó a surgir tímidamente una reflexión sobre los criterios
económicos del progreso, bajo la influencia de la revolución industrial que estaba teniendo lugar en ese momento.
En esa época, el progreso era interpretado por los historicoadores como un proceso continuo cuyo motor no eran las leyes de la naturaleza, sino unas fuerzas espirituales internas igualmente oscuras, más variables, sin embargo,’ que la naturaleza humana. El concepto de progreso estático que puede comprenderse por deducción y que tiene un límite, invariable, y al que se puede llegar en todas las épocas 18, fue sustituido por el concepto de un progreso cuya naturaleza hay que descubrir, ya que no se nos da a priori. Esto significaba una ampliación de las tareas inductivas de una descripción histórica, y también ciertos avances en el análisis del concepto de cambio. Sin embargo, ese concepto estaba todavía lejos de las posibilidades cognoscitivas de la narración genética. Este tipo de historicoografía no adoptaba ni las sugerencias dialécticas hechas por Herder ni la dialéctica ampliada y el ho]ismo de Hegel (1770-1831), holismo que era un acercamiento integral al pasado y ofrecía alguna oportunidad de interpretar el progreso como un proceso de desarrollo y de explicarlo causalmente. Como la burguesía, que primero se consolidó y después empezó a sentir el creciente peligro de las nuevas fuerzas sociales, este tipo de historicoografía, relacionado con la burguesía, perdió poco a poco sus posibilidades objetivas de formular interpretaciones atrevidas sobre el pasado, ya que estas interpretaciones diferían de sus intereses de clase.
Por tanto, la referencia a los motivos de acción de los individuos continuó siendo dominante en el área de las explicaciones causales, por lo que se refiere a los hechos menores. Y el curso general de los hechos no necesitaba ninguna explicación, porque, según las opiniones de J. B. Fichte (1762-1814) y F. W. J. Schelling (1775-1854), las concepciones hegelianas de la idea absoluta, y las opiniones de otros pensadores (entre ellos, F. Schiller), que fueron asimiladas por los historicoadores, el proceso histórico se interpretaba como un auto-desarrollo sui genei Li de una idea, y la historicoa, en su globalidad, era, en última instancia, la historicoa de esa idea, que tenía que ser comprendida 19 El origen de esa idea no podía ser penetrado si no se asumía el poder director de Dios. Esto lo hicieron algunos. Ranke aceptaba la omnipotencia absolutoria de Dios en Ja historicoa (y por eso fue acusado de un relativismo que Justificaba los actos históricos de ilegalidad) 2” Otros creían en la idea de progreso que se materjaliza en el curso de la historicoa, y lo buscaban en sus lnvestigacj Pal-a ambos grupos, la idea se manifestaba en las acciones de los seres humanos que la apoyaban. Sobre esta cuestión encontramos grandes diferencias de opinión: desde la identificación, caricaturesca, de la historicoa sólo con las acciones de los individuos destacados, que hacía
Los comentarios de 1. J. Teggart en su T1zeory and Proecsscs of Hjçtorr’, edicion catada, págs. 96.08. son muy instiuctivos a este respecto.
Ver en particular la introducción de Hegel a su fhicsofia de la Historicoa Tlaeorie5 of Hietory, cd. cit., pags. 60 y ss). El comentario característico de
acerca ele la idca de Piehte sobre la historicoa es digno ci,’ ,nendi000rse: La istoria «es una id5 a Ldiailaineotc progresis a, la encarnación (. 1 do un ideal (.
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Th. Carlyle 21, hasta las concepciones más equilibradas pero también dominadas por los héroes de Ranke y otros 22; la opinión de Sismondi, que atribuía las diferencias en el pasado de las naciones a sus sistemas de gobierno, hasta las avanzadas concepciones de Guizot, Thierry, Tocqueville y L. von Stein 23, que consideraban que la acción del tercer estado como clase era el motor del progreso. Esta no era todavía una aproximación teórica que introdujera las categorías de clase y lucha de clases en la historicoografía, sino una atribución concreta de características específicas a una clase particular que se enfrenté al feudalismo. Este marcado refuerzo de la estructura de la narración no fue adoptado más tarde por las ideas metodológicas de los historicoadores relacionados con los intereses de la burguesía.
Estas aproximaciones, a pesar de las profundas diferencias entre ellas, no asumían ninguna necesidad de establecer leyes históricas, porque, en la interpretación de los historicoadores activos en la primera mitad del siglo XIX, la realidad (la materia de investigación) no permitía, por su propia naturaleza, establecer ninguna ley sobre ella. Esos historicoadores, por tanto, representaban el idiografismo objetivo 24, que les hacía permanecer en el nivel de la descripción de los hechos aislados, que, en su opinión, eran de naturaleza única. En comparación con los avances metodológicos de la época de la Ilustración, que establecieron la existencia de leyes históricas (a pesar de que fueron establecidas en relación con la inmutabilidad de la categoría de razón), notamos un paso atrás, que, sin embargo, encierra un embrión de progreso metodológico. Las leyes del progreso fueron siendo sustituidas por las ideas o corrientes que gobernaron las diversas épocas del pasado y que eran los temas que había que descubrir en las investigaciones. La ma-, yoría de las veces se hacían referencias al espíritu de la nación, muy popular entre los historicoadores del período Romántico. Cuando estaban intentando vencer las limitaciones de los conceptos de leyes del progreso, tal como las habían formulado en la época de la Ilustración, todavía no sabían cómo sustituirlas por las leyes del desarrollo; por tanto, decidieron arreglárselas sin las leyes formuladas por los historicoadores ilustrados y continuar con un análisis del concepto de cambio, aunque lo hicieron al precio de meterse de lleno en la metafísica.
La separación entre ciencia natural y ciencia social contribuyó aún más a la búsqueda del lugar de la historicoa en el sistema de las ciencias. La reacción anticartesiana de G. B. Vico, un siglo antes, era una manifestación de que el historicoador se consideraba a sí mismo cada vez más, y demostraba que su trabajo era tan científico como e] de los científicos naturales, aunque de diferente manera. En la primera mitad del siglo xix, la interpretación de la ciencia histórica caminó por esta dirección, abandonando, por tanto, el acercamiento integral que caracterizaba a D’Alembert y Condorcet. Schelling y sobre todo Hegel, hacían una distinción muy estricta entre fenómenos naturales e históricos. El concepto de desarrollo no valía para los primeros ya que los cambios de la naturaleza son cíclicos. Por tanto, la investigación en la ciencia natural y la investigación histórica pertenecen a mundos diferentes, regido, cada uno de ellos, por principios propios. Hay que advertir que los historicoadores activos en la primera mitad del siglo XIX no adoptaron ni la aproximación integral a la historicoa, con su holismo metodológico, ni la dialéctica que preparó el camino hacia la comprensión del mecanismo del desarrollo. Pero, en comparación con los períodos posteriores, las diferencias de los acercamientos a la materia de la investigación histórica, que hemos descrito más arriba, no estaban muy avanzadas. El papel unificador lo jugó, hasta cierto punto, el concepto idealista de teleología.
3. Las peculiaridades de las reflexiones positii.’istas sobre la historicoa
La segunda mitad del siglo xix vio una serie de cambios en la reflexión metodológica sobre la historicoa. Aquí también tenemos que buscarlos en las acciones prácticas de los historicoadores, aunque también su conocimiento metodológico iba creciendo cada vez más. Al mismo tiempo, la historicoa como disciplina se convirtió, como nunca antes lo había hecho, en una fuente inagotable de reflexiones, tanto para los filósofos como para los sociólogos. Sus discusiones se basaban, en realidad, en el rápido crecimiento de las diversas disciplinas, cada una de las cuales intentaba definir su lugar en el mundo de la ciencia, de una forma bastante comprensible, y hacer ese lugar lo más importante posible.
En la segunda mitad del siglo xix, la historicoografía tenía la influencia predominante del positivismo 25 la corriente que, rechazando la metafísica y exigiendo un examen desapasionado de los hechos, consiguió dominar el pensamiento filosófico y científico y entró profundamente en los modos cotidianos de pensamiento. Pero, al exigir que los historicoadores se atuvieran a los hechos y no fueran más allá de los datos basados en fuentes, el positivismo Consolidó la tendencia erudita en la ciencia histórica y le dio unos fundamentos más modernos. La aproximación «filosófica» a la historicoa, tal como la Comprendíali en la época de la Ilustración, o, por ejemplo, Lelewel, comenzó a eliminarse de la ciencia, aunque siguieron desarrollándose residuos considerables de las opiniones especulativas y teleológicas del tipo del «espíritu de la nación», especialmente en la escuela nacionalista, llamada Prusiana, de historicoa. No hay que olvidar tampoco que las imprentas siguieron viéndose ‘flUndadas de escritos sobre historicoa cuyo nivel les hacía quedar muy retrasados respecto a los mejores avances de la época, avances que, por supuesto, SOn lo que más nos interesa aquí. -
Al hablar del efecto de las ideas positivistas en las reflexiones metodológicas sobre la historicoa, que llegó a ser muy importante en Europa, y tambien fuera de Europa, sobre 1850, como factor característico en el desarrollo de esas reflexiones y ccimcs medida de sus logros, tenemos que advertir que a extinción de las vicias ideas y el nacimiento de otras nuevas ocurrieron de Un modo que hace difícil señalar el proceso cronológicamente. Los representantes de la escuela antigua estaban todavía vivos y activos, e influían, poi- tanto, a sus discílulos, que no adoptaron automáticamente las nuevas
Ideas. Entre los representantes ele la nueva generación de historicoadores, la mayoría de ellos nacidos cii el segundo cuarto del siglo XIX o alrededor de 1850, algunos se inclinaban más hacia la tendencia objetiva (representada
25 o hay que ols ijar que el positisismo estaba representado por sus diver9’l

por Ranke). y otros, hacia la tendencia teleológica (representada por los his toriadores franceses). A pesar de las apariencias, esta última fue, en grai medida, la predecesora de la primera en cuanto al positivismo en la historicoa Más aún, los historicoadores sacaban diversas inspiraciones del positivisma que por su parte era una doctrina ecléctica. Podernos hablar también d ‘arios tipos de positivismo 26, que influyeron en la investigación histórica dt diversas formas.
La tendencia positivista en la filosofía y en la ciencia la inició A. Coas te (1798-1857) en su Cours de pl’zilosoplsie positive (1830-1842), que se convirti en el punto de partida de las diversas sariedades de la escuela francesa á positivismo (H. Taine, 1838-97; E. Renan, 1823-92, y otros). La misma époc vio el nacimiento del positivismo empírico inglés, basado en sus propia fuentes y formulado de fbrma más plena en las obras de J. S. Mill (1806-1873); su impacto extraordinariamente fuerte sobre la mentalidad de sus conteni poráneos se debió a la famosa History of Civilizatiori in Englaizd (1857-l86l de H. T. Buckle (1820-1862), traducida a muchos idiomas (ésta era tambiér la opinión del propio J. S. Mill). La obra de Buckle fue también una fuenti de inspiración para la metodología positivista de la historicoa. Al construi su empirismo epistemológico y la teoría de la inducción, Mill rechazaba toda las premisas a priori (incluyendo la realidad de los conceptos generales y afirmaba la existencia, solamente, de cosas y hechos individuales. Afirrnabr que el razonamiento inductivo debe preceder al deductivo, y que ambos a basaban en los principios descubiertos por él en el estudio de la ciencia na toral 27 Comte consideraba además que sólo los objetos y hechos empírica. podían ser materia de la ciencia.
Esta opinión contribuyó a los avances de las técnicas de narración pr medio cia la disociación final, al menos en teoría, de la historicoa y la literatura de la que se había considerado que la historicoa era una rama. Algunos esta diosos que se envuelven en la vieja discusión sobre la cuestión de cuánd e convirtió la historicoa en una disciplina cientfica consideran este hechi como el síntoma más importante, y se inclinan, por tanto, a considerar 1 historicoa como una ciencia a partir de 1350. más o menos. Sin embargo, Cf a-calidad todo esto tuvo una importancia secundaria; una obra sobre histora cuyo lenguaje se eleva hasta el nivel del arte literario se puede mostrar con algo mucho más científico que una expoicion sobria pero superficial.
El positivismo eliminó de las narraciones históricas las acumulaciones todavía grandes, de fantasía (por ejemplo, al buscar el «origen» de la nacior el estado, diversas instituciones, etc.), y dehilitó fuertemente los elementO’ de la metafísica religiosa. Subrayó la renuncio a todo pragmatismo inclusi, con más fuerza de lo que lo había hecho anteriormente. Afilo ios instrumea tos de la crítica histórica de un modo hábil y siguió mejorando la complicail técnica de la demostración indirecta. Los libros y publicaciones sobre Iii toria, los congresos de historicoadores, que aumes,taron, se convirtieron
el terreno de agudas controversias sobre ia corracia intcrpreiación de It’ fuentes. Sin embargo, el cripto-pragmatismo continuó siendo un fenonv.Jl
universal. En Polonia esto dio lugar a la controversia entre las llamadas Escuela de Varsovia y Escuela de Cracovia de historicoa. Juzgadas según los patrones de su tiempo, las dos eran más o menos positivistas, y la única diferencia entre ellas era el grado de apoyo a la Iglesia Católica y la actitud hacia cuestiones sociales y políticas locales. Sus discusiones no aportaron ninguna idea metodológica nueva 28
Los avances en la crítica y en la heurística, que consistían en la cxigeoda de una apreciación estricta de los hechos y de una precisión en ci manejo de las fuentes, eran evidentes en la serie de nuevos tratados sobre el método histórico (metodologías, introducciones, principios de crítica histórica, etcétera). Terminaron con la constante búsqueda anterior de terminologías y clasificaciones: en esa época, debido a los avances de la reflexión lógica, esas cuestiones habían sido ya discutidas y codificadas. Por supuesto, a este respecto había una diferencia entre las aproximaciones de mitad de siglo y las de las últimas décadas. Las primeras publicaciones son las de P. J. B. Buchez en 1833 (InI roductioso & la scieizce de l’histoire), con algunos tonos positisistas, veinte volúmenes de estudios de P. C. F. Daunou (Cours dEludes l’zistoriques, 1842-1849), y —con algunas reservas— las obras de los historicoadores alemanes, como J. G. Droysen (Eirzyklopédie und Methodologie dei Gescloiclile, 1858, y Grundriss der Hislorék., 1868) 29 Algún tiempo después, varios paises vieron la aparición de muchas obras parecidas de estilo positivista, en concreto las de Ch. de Smedtal (1881), N. T. Kareyev (1883-1913), E. A. Freeman (1896), P. Lacombe (l904)°, G. B. Andrews (1897), y Ch. Langlois y Ch. Seignobos (1897), siendo este último el más conocido. A pesar de que los enumeramos a todos aquí, todos ellos diferían, a veces consi29 En la reflexión metodológica, que no estaba demasiado avanzada, se ha-
cian referencias a la exigencia de objetividad (especilmente la escuela de Varsovia, con 1, Korzon y T. Wojciechowski), al empirismo y a la inducción (A. Pawinski, M. Bobrzynski, T. Korzon y otros). a las regularidades’> en el desarrollo Social (W. Smolenskj, M. Bobrzvnski y otros), a la unidad de los métodos de la crcncia natural y de la historicoa aM. Bobrzvnski, T. Wojciechowski). 1. Szujski que represcniaba las opiniones anti-positivistas, «e oponía ante todo al acerca- amento anticlerical y laico caracteristico de esa tendencia.. S. Smolka se opuso larnbsen en gran medida a esa corriente. Las afirmaciones hechas por los bstonadores po’acos de esa época se encuentran en M. 1-1. Serejski, Historycy o l’ristorii (Historicoadores sobre historicoa), ed. cit., págs. 139-400 (ron comrntarios del editor en las págs. 130-81. Queda sin examinar la postura de K. Potkanski.
El manuscrito de la segunda de estas dos obras estaba fechado en l8r8
(2. cd. en 1875. 3.’ en 1882). Más tarde ambas obras fueron publicadas juntas CoiPo falsan’i Gustav Droyseia Historicok (1936-1943). La última edición (1958) lleva el titulo Flistorik. Vorlesungen 66cr Enzvkmopddie raid Methodologie der Geschsclite. Obre J. G. Droysen (1808-1884) ver F. Meineche, «Johann Gustav Drovsen. Sesn
- rrefwechsel und seine Gescliichtsschresbung>’, en 1-lisiorisclie Zeirsclziift, númeO 141, 1938, págs. 249-283. Drovsen, que se ocupó sobre todo de la historicoa tigua, escribio también una particularmente tendenciosa. Gescísicltie der ‘seusSrsdlie?Z Politik, en i5 vols., que llega hasta la Guerra de los Siete Años PUblicada eotr’e 1868-18861. J. G. Drovsen no aceptaba 1as leyes en el sentido P°»itivnsta del término; era un intuitivo y rl promotor, junto con otros, de la
ea de .Sicsals”efiOhl en Alemania, la idea nue infliuó de modo esencia) sobre
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