2. Distintas respuestas a la pregunta por la ciencia




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TEMA 6. CONOCIMIENTO Y VERDAD. LA VERDAD CIENTÍFICA
1.- Acepciones del término “ciencia”

Hay cuatro usos o acepciones del término “ciencia” en español:

  1. Ciencia como “saber hacer” (es la acepción más amplia). En este sentido, toda actividad humana podría considerarse ciencia (todo el facere y el agere).

  2. Ciencia como “sistema de proposiciones derivadas de principios”. Es un sentido más restringido, que aparece en los Segundos analíticos de Aristóteles. Esta es la idea de ciencia que se tiene hasta los siglos XVI y XVII. Es una acepción que se extendió a la filosofía; ciencia y filosofía formaban un bloque unitario que no se resquebrajó hasta la revolución científica de los siglos XVI y XVII, con la aparición de las ciencias en sentido moderno (sentido III). En todo caso, el modelo de ciencia que tuvo presente Aristóteles fue el de la Geometría y, siguiendo su concepción, los Elementos de Euclides se organizaron como un sistema axiomático en el que, partiendo de cinco nociones comunes o axiomas y cinco postulados, se deducían todos los teoremas geométricos conocidos en la época. La Geometría de Euclides debe ser reconocida como una ciencia en sentido moderno (sentido III).

  3. Sentido aún más restringido y propio. Es la ciencia moderna, la ciencia que se va constituyendo a partir de la revolución científica de los siglos XVI y XVII (Matemáticas, Física, Química, Biología, etc.). Es la ciencia en sentido estricto, que ya no se confunde con la filosofía. Este sentido de ciencia va dirigido, sobre todo, a las ciencias naturales y formales (Matemáticas y Lógica).

  4. Extensión del sentido (III) al ámbito de las humanidades. Este sentido ampliado y, en cierto modo, degenerado, responde a intereses político-ideológicos: las llamadas “ciencias humanas” (Lingüística, Historia, Antropología cultural, Economía, Política, etc.) se presentan como “ciencias” para conseguir prestigio, reconocimiento público, financiación estatal, etc., pero, en realidad, su cientificidad es, como veremos, muy problemática.

En adelante, nos vamos a centrar en los sentidos III y IV.
2.- Distintas respuestas a la pregunta por la ciencia
2.1.- Los enfoques no gnoseológicos

Con el término “Gnoseología” aludimos a la disciplina filosófica centrada en el estudio de la ciencia. La gnoseología intenta dar cuenta de la especificidad de la ciencia, es decir, de aquello que la convierte en una formación cultural humana única, diferente de cualquier otra (arte, técnica, política, etc.). Lo que distingue a la ciencia de todas las demás construcciones culturales es su capacidad de producir verdades universales. Por eso, la gnoseología se centra en el análisis de la verdad científica.

Los enfoques no gnoseológicos, sin perjuicio de ofrecer perspectivas interesantes y fecundas, no consiguen dar cuenta de la especificidad de las ciencias ni penetrar en el núcleo de las verdades científicas.

Hay muchos enfoques no gnoseológicos. Nos vamos a centrar en los dos que consideramos más significativos: el psicológico y el sociológico.
Enfoque psicológico

Se parte de que la ciencia es una cosa hecha por hombres, por lo que tiene componentes psicológicos. La ciencia sería una especie de hábito, una capacidad psicológica. Por ejemplo, Bacon, en el Novum organum (siglo XVI), hacía una clasificación de las ciencias según las capacidades de la mente (memoria - Historia; imaginación - Poesía; razón - Filosofía).

Cuando se hace historia de la ciencia desde este enfoque, se pone el acento en el contexto biográfico, personal, en el que se producen los descubrimientos. Lo que importan son la vida y la mente de los grandes “héroes científicos” (Newton, Darwin, Einstein), porque en ellas, al parecer, está la clave de su obra. El problema es cómo pasar de la biografía y de los aspectos psicológicos del científico a la estructura de la verdad científica. La verdad del teorema de Pitágoras, por ejemplo, no depende del “hombre” Pitágoras; la verdad del teorema está en su estructura, pero ésta es independiente de su génesis, de la personalidad y la vida de Pitágoras.

El problema de este enfoque es que, al centrarse en los aspectos psicológicos, que son genéricos, comunes a otras muchas actividades humanas (religión, filosofía, arte, política, etc.), no consigue dar cuenta de la especificidad de la ciencia.
Enfoque sociológico

Se parte del supuesto de que la ciencia es una institución cultural, no una actividad privada o particular. La ciencia es una institución social, como la religión, la familia, la política, etc. Esto vale, en general, para toda la historia de la ciencia, pero, sobre todo, para la ciencia contemporánea: la ciencia de los gobiernos, de las guerras, de las grandes empresas, de los intereses comerciales. Los científicos, en el presente, son obreros, trabajadores de la ciencia. Hoy en día, ya no hay grandes “héroes científicos”, porque los descubrimientos son fruto de equipos, de grandes grupos y grandes inversiones. Los gobiernos y las grandes corporaciones influyen en el desarrollo de la ciencia, en cuanto que propician la investigación en unos campos frente a otros por puros intereses (investigación espacial, investigación en los campos de la informática y las comunicaciones, investigación de enfermedades solo cuando afectan al “Primer Mundo”, etc.).

Este enfoque sociológico es más plausible y rico que el psicológico. No se puede negar que la ciencia es una institución cultural. La ciencia, lo mismo que la filosofía, tiene, en cada momento, una implantación social. La ciencia es la ciencia que en ese momento se puede construir. El avance de las ciencias no depende sólo de los desarrollos teóricos; depende también, y sobre todo, de los avances tecnológicos. Por ejemplo, no se podía hacer mecánica cuántica en el siglo V a.C. No se pueden adivinar los descubrimientos y datos que aún no se pueden tener, por cuestión de imposibilidad tecnológica.

Por otra parte, la influencia de la ciencia en la sociedad es patente. Se ve muy bien en las guerras, en las que se produce un considerable avance técnico-científico, a causa de los intereses creados por la propia guerra, que repercute en la sociedad. Muchos de los desarrollos tecnológicos incorporados a la sociedad en las últimas décadas surgieron en el contexto de la guerra (horno microondas, ordenador, GPS, etc.). Los equilibrios geopolíticos y geoestratégicos de los Estados también se han visto afectados en las últimas décadas por la influencia de la ciencia y la tecnología; en este sentido, la posesión de la bomba atómica es clave para entender las relaciones internacionales en el presente.

Desde la Segunda Guerra Mundial, la sociología de la ciencia está en auge. Todos estos estudios tienen mucho que ver con el reconocimiento de las tesis marxistas de que las ciencias están determinadas por el modo de producción, la economía, la política y la sociedad en que se desarrollan. Este es un enfoque innegable, aunque se ha intentado minimizar desde posiciones “racionalistas” que siguen considerando la ciencia como mera especulación, minimizando la importancia de la ciencia en la sociedad y de la sociedad en la ciencia. Por ejemplo, Einstein consideraba, al principio, que la ciencia mantiene su curso propio, encerrada en su “torre de marfil”, pero tuvo que cambiar de idea con el Proyecto Manhattan, que ejemplifica a la perfección la importancia del contexto histórico-político, la financiación estatal y el trabajo en equipo. El proyecto, llevado a cabo durante la Segunda Guerra Mundial por los Estados Unidos, tenía el objetivo de desarrollar la primera bomba atómica antes de que la Alemania nazi la consiguiera. El proyecto agrupó a una gran cantidad de científicos como Robert Oppenheimer, Niels Böhr, Enrico Fermi, Ernest Lawrence, o Luis Walter Álvarez. Muchos de ellos eran exiliados judíos que hicieron causa común de la lucha contra el fascismo, aportando su talento y su trabajo para conseguir la bomba antes que los alemanes.

Por otra parte, están las posiciones extremas del sociologismo, que mantiene que la sociedad no sólo influye, sino que determina el curso de la ciencia. Así, no habría, propiamente, verdad científica. Esto lo mantienen autores importantes del siglo XX como Kuhn o Feyerabend, entre otros, que afirman que los paradigmas científicos cambian a tenor del consenso de la comunidad científica, consenso provisional. Esta tesis cuadra muy bien con la filosofía postmoderna, en auge en nuestros días, que niega que haya verdades. No hay verdades permanentes, las teorías van cambiando como las modas sociales.

En esta perspectiva sociologista (reduccionismo sociológico) las verdades son resultado de un consenso condicionado por el contexto social de cada época; tienen la estructura de una ley parlamentaria que, por mayoría, convierte en normativa una ley que, hasta ese momento, había sido problemática, en cuanto que suscitaba el apoyo de unos y la oposición de otros. Pero no hay principios universales, necesarios, que respalden la ley, y, en cualquier momento, ésta podrá ser cambiada por una nueva mayoría.

Nosotros negamos la tesis del consenso: la verdad científica no deriva de un consenso social, sino de cómo está constituida; si hay verdad es porque hay base y demostración, y el consenso vendrá como consecuencia de esto. La respuesta historicista (sociológica) es que las verdades científicas de ayer no son las de hoy, y las de hoy no serán las de mañana. Esto es, en parte, cierto, pero, en realidad, las verdades no cambian como si se tratara de modas sociales. Lo que hay es una evolución: las nuevas verdades, más amplias, incorporan a las anteriores en sus mallas. No niegan las anteriores, sino que son una versión crítica basada en las verdades antiguas, que siguen siendo verdaderas dentro del campo que cubren. Por ejemplo, la mecánica moderna (la mecánica relativista de Einstein) desarrolla la clásica (la mecánica de Newton) incorporándola en sí misma. La ciencia es acumulativa, evolutiva. Las verdades no cambian, o, para ser más precisos, sí cambian, pero las anteriores no son negadas, sino rectificadas en algunos aspectos, y siguen siendo válidas en la franja de fenómenos para las que han sido diseñadas. Nosotros, sin negar el hecho de que las ciencias son instituciones en relación con otras, con influencia en y de la sociedad (que al fin y al cabo son las tesis del materialismo histórico de Marx), lo que no admitimos es el sociologismo que defiende la ciencia como resultado únicamente del consenso.

Una vez negado ese sociologismo fuerte, conviene decir algo más acerca del alcance gnoseológico del enfoque sociológico. En este sentido, se trata de ver cuál es la influencia del mundo heredado en la ciencia. Cada científico hereda una determinada constitución del mundo, y es desde esa plataforma desde donde hace ciencia.

  • Influencia limitativa o negativa: por ejemplo, en los tiempos de la pila de volta, no se podían plantear los problemas de los rayos catódicos. En cada momento histórico hay limitaciones a la ciencia, dadas, sobre todo, por la tecnología de que se dispone, pero también por otros factores. Por ejemplo, la bioética también impone límites: la Declaración Universal de los Derechos Humanos impide que se hagan ciertas investigaciones con humanos. Las limitaciones son de muy diversos tipos: económicas, tecnológicas, ideológicas, &c.

  • Influencia directiva o selectiva: el mundo heredado dirige las investigaciones, selecciona lo que tenemos que investigar. Las investigaciones exigen presupuestos muy altos y, por tanto, determinados gobiernos eligen, deciden, un tipo de investigación y no otro. Queda patente en los tiempos de guerra, pero también en el campo de la Medicina: el évola no se investigó hasta que no afectó al “Primer Mundo”; las llamadas “enfermedades raras” no se investigan, etc.

  • Influencia conformativa o de impronta: por ejemplo, en el caso de la máquina de vapor, se da una influencia directiva, pero también una de impronta, conformativa, ya que los problemas internos de la Termodinámica están conformados (constituidos desde dentro) por la máquina de vapor. Esta influencia conformativa tiene importancia gnoseológica: el mundo heredado no sólo influye para que se investigue una cosa u otra, sino que da forma a los teoremas científicos. Por tanto, el mundo heredado es de importancia ineludible para una filosofía de la ciencia. En este sentido, tiene pertinencia el enfoque sociológico.

El enfoque gnoseológico no puede prescindir del punto de vista sociológico. La relación entre filosofía y sociología es, por un lado, polémica, porque se critica el sociologismo, pero, por otro lado, el enfoque gnoseológico no puede negar la pertinencia del sociológico.
2.2. El enfoque gnoseológico (filosófico)

Es el que aquí se reivindica. Se parte de que las ciencias tienen algo de específico frente a otras formaciones culturales, sociales, etc.; y lo que tienen de específico son las verdades científicas que construyen. Las verdades científicas son verdades completamente diferentes de otros tipos de verdad (de las verdades religiosas, políticas, técnicas… y, también, de las filosóficas), y no se pueden reducir a ningún otro género de verdad, aunque nacen de otro tipo de verdades anteriores, las verdades técnicas. Las verdades científicas son universales, generales y están construidas de modo diferente a todas las demás: son un tipo de construcción que no se da en ningún otro contexto, tienen unas características muy especiales. Por eso, el enfoque gnoseológico se centra en las verdades científicas, intentando mostrar lo que tienen de característico respecto a otro tipo de verdades. Su tarea es analizar, construir y proponer modelos acerca de cómo se constituyen las verdades de las ciencias.

La filosofía es un gremio internamente roto en escuelas, dependiendo del sistema filosófico que uno maneja (no hay consenso). Puede haber, y de hecho las hay, diferencias importantes entre los diferentes enfoques gnoseológicos (filosóficos). La posición que uno adopte, nace de la crítica de las posiciones alternativas, que no se pueden ignorar, aunque no se compartan. Este es el único modo de proceder en filosofía. Por eso, vamos a hacer una teoría de teorías sobre la verdad científica, una sistematización de las diferentes teorías filosóficas sobre la verdad científica.

Dado el hecho de que no existe una única ciencia, sino muchas, una verdadera filosofía de la ciencia (al margen de que sea o no filosofía de la ciencia verdadera) debe responder al problema de la relación entre la materia de las diferentes ciencias, que es lo que las diferencia, y la forma científica, necesariamente común a todas ellas. Se considera, además, que la verdad científica brota de las relaciones entre materia y forma y, por eso, las diferentes teorías sobre la verdad científica pueden clasificarse según su modo de entender las relaciones entre materia (hechos) y forma (teorías).

A la hora de conjugar las ideas de materia (hechos) y forma (teorías), hay cuatro posibilidades (por razones sistemáticas). Por eso hay cuatro grandes maneras de entender la verdad científica. El sistema es polémico: unas teorías niegan a las otras.

  • Relaciones de reducción de un término a otro:

  1. La forma se reduce a la materia: la verdad se reduce a los hechos. Es la teoría de la verdad descripcionista.

  2. La materia se reduce a la forma: las verdades científicas radican en las teorías. Es la teoría de la verdad teoreticista.

  • Esquemas de articulación o yuxtaposición:

  1. Las verdades científicas se dan cuando hay una adecuación entre teorías y hechos: teorías adecuacionistas.

  • Negación de la distinción hechos/teorías:

  1. Se niega que existan hechos al margen de las teorías y que existan teorías al margen de los hechos: teorías circularistas.

En principio, esta última posibilidad, que es la negación de las anteriores, no lleva asociada ninguna teoría concreta sobre la verdad científica, aunque pueden construirse teorías de la verdad científica que sean compatibles con ella.


  1. Descripcionismo: reducción de la forma (teorías) a la materia (hechos)

La ciencia es una mera descripción de la realidad, de la materia. La verdad científica es des-velamiento, des-cubrimiento de la materia, de los hechos. Las ciencias describen la materia tal como es, y la dejan intacta: hay que ir a las cosas mismas y dejar que los hechos hablen por sí solos, es una especie de realismo.

Los métodos y teorías de las ciencias serían meramente instrumentales; tendrían un papel de ayuda, pero no son constitutivos de la verdad científica. La verdad radica en los hechos, y el instrumental lógico-matemático facilita las cosas, pero no añade nada.

Este descripcionismo se ve en el paradigma de la ciencia inductiva, al modo como la concibió Francis Bacon (siglo XVI). También se ve en el positivismo lógico del Círculo de Viena (siglo XX). La inducción o razonamiento inductivo consiste en la formulación de enunciados generales a partir de le experiencia de un número determinado de casos concretos.

El descripcionismo es una teoría de la verdad científica muy deficiente. Ha sido muy criticada, sobre todo desde posturas teoreticistas. Es una teoría muy poco ajustada a la ciencia del presente. Se pudo mantener en el pasado, cuando las ciencias estaban en un estado de recopilación de datos. Pero cuando hay que analizar verdades científicas complejas, como la teoría de la relatividad, el paradigma descripcionista resulta problemático e insuficiente. La teoría de la relatividad no se hace a partir de una recogida sistemática de datos, sino que, en cierto sentido, se hace a priori, y luego se buscan los datos. Por otra parte, el descripcionismo no tiene ningún sentido en relación con las ciencias formales (Matemáticas y Lógica), donde no se llevan a cabo observaciones empíricas, o con las ciencias que estudian el pasado (sobre todo la Historia, pero también la Biología, con la Teoría de la Evolución). El pasado no está ahí, no se puede des-cubrir o des-velar; solo se puede construir.


  1. Teoreticismo: reducción de la materia (hechos) a la forma (teorías)

Se minimiza la importancia de los hechos en la construcción de las teorías científicas. Se identifica ciencia y teoría científica: las verdades científicas son teorías científicas. La verdad ya no consiste en el des-cubrimiento de la realidad, de los hechos, de las cosas mismas, sino en la coherencia lógica de las construcciones teóricas. El problema principal que plantea el teoreticismo es el “problema de la demarcación” entre los “sistemas coherentes científicos” y los “sistemas coherentes no científicos” (filosóficos, mitológicos, religiosos, ideológicos, etc.).

Este teoreticismo se ve en el paradigma de la ciencia deductiva, al modo como la concibió Kepler (siglo XVII). La deducción es una forma de razonamiento distinta de la inducción. Cuando deducimos, la meta del proceso es un enunciado (conclusión) que se deriva de modo necesario de las premisas iniciales. Nada cuenta aquí la observación, nada importa de dónde han sido extraídas las premisas. Lo que cuenta es la relación lógica entre los enunciados. La deducción es el modo de proceder característico de las ciencias formales (Matemáticas y Lógica). La aplicación rigurosa y exclusiva de la deducción tiene lugar en los sistemas axiomáticos. El modelo es los Elementos de Euclides.

En el ámbito de las ciencias naturales, el deductivismo se da bajo la forma del método hipotético-deductivo. La versión falsacionista de este método, propuesta por Popper (siglo XX), es el prototipo del teoreticismo.

Popper parte de la crítica al inductivismo. Según el inductivismo, cuando una ley física resulta repetidamente confirmada por nuestra experiencia, podemos darla por cierta o, al menos, asignarle una gran probabilidad. Pero tal razonamiento, como ya fue notado por Hume (siglo XVIII), es lógicamente incorrecto, puesto que no está lógicamente justificado extraer (inducir) una ley general a partir de un conjunto finito de observaciones particulares. Este es el llamado “problema de la inducción incompleta”. Popper supera la crítica de Hume abandonando por completo el inductivismo. En primer lugar, sostiene que las teorías anteceden a los hechos, y que solo a la luz de ellas nos fijamos en los hechos; no hay necesidad, por tanto, de responder a cómo pasamos a las teorías a partir de las experiencias particulares. En segundo lugar, reconoce que el contacto con la experiencia es necesario para distinguir qué teorías son aptas y cuáles no, pero sostiene que dicho contacto no es “positivo”, ya que la confirmación o verificación de las teorías por los hechos no es posible, por el problema de la inducción incompleta; el contacto será, por tanto, “negativo”; las teorías podrán ser refutadas o falsadas por los hechos, pero nunca verificadas. El conocimiento científico no avanza, pues,  confirmando nuevas leyes, sino refutando y descartando leyes que contradicen la experiencia. El criterio de demarcación queda definido, entonces, por la capacidad de una teoría de ser refutada o falsada. Sólo se admitirán como teorías científicas aquellas para las que sea conceptualmente posible un experimento o una observación que las contradiga. 

La concepción teoreticista funciona bien en el ámbito de las ciencias formales y de la física teórica, donde falla el descripcionismo. Sin embargo, ofrece una imagen muy especulativa de la ciencia y está cercana al escepticismo: la frontera entre lo que es ciencia y lo que no es difusa; por otra parte, las verdades científicas son teorías, pero las teorías pueden cambiar; puede haber “revoluciones” en la manera de pensar; no hay, pues, verdades estables.


  1. Adecuacionismo: las verdades científicas se dan cuando hay una adecuación entre forma (teorías) y materia (hechos)

Es la teoría que supone que la verdad científica radica en la adecuación entre los datos empíricos (materia) y las teorías (formas). Es una adecuación que previamente supone la disociación. El adecuacionismo es una teoría muy difundida porque es la teoría de la verdad del sentido común (en contextos no científicos).

Ésta es la teoría de Aristóteles (Segundos analíticos). Es también la teoría de la verdad que se maneja en la escolástica, en Santo Tomás, por ejemplo: la verdad como adecuación entre el intelecto humano y el intelecto divino. Dios es un sujeto operatorio que construye el mundo. El científico adecua sus operaciones a las divinas, al intelecto divino, para conocer el mundo creado por Dios. Este es un contexto operatorio donde la idea de verdad como adecuación se ve bastante clara. Otro autor es Vico (La ciencia nueva, siglo XVIII), que también se mueve en un contexto operatorio, aunque, esta vez, exclusivamente humano: el intelecto divino es incognoscible, con lo que no puede haber adecuación entre el intelecto humano y el divino; por eso, el hombre no puede conocer la naturaleza (obra de Dios), sino solo lo que él mismo hace (verum est factum), es decir, la historia. El historiador adecua sus operaciones a las del sujeto histórico estudiado. En las ciencias humanas, esta idea de Vico de la verdad como adecuación (entre las operaciones del científico y las del sujeto de estudio) funciona. Aquí es posible el paradigma adecuacionista porque hay dos sujetos: el científico y el temático. Sobre esto volveremos más adelante.

En el ámbito de las ciencias naturales, la adecuación se daría entre una serie de hipótesis y teorías y una serie de hechos empíricos dados anteriormente por otras vías diferentes de las que llevan a las teorías. La teoría adecuacionista reúne las ventajas, pero también los problemas, del descripcionismo y del teoreticismo. Se supone que hay una adecuación entre hechos y teorías, pero para llegar a esta conclusión tendríamos que suponer: 1) Que podemos conocer los hechos con independencia de las teorías; y 2) Que podemos elaborar teorías puramente teóricas, al margen de los hechos.

El problema principal del adecuacionismo es considerar que una teoría y un hecho son entidades aisladas, independientes. Cualquier tramo de la ciencia tiene componentes teóricos y componentes empíricos, porque estos componentes no se pueden considerar en sí mismos, sino en su relación mutua; se interdefinen. Ej.: Pensemos en Kepler. Imaginémosle en una colina mirando el amanecer. Con él está Tycho Brahe. Kepler considera que el Sol está fijo; es la Tierra la que se mueve. Pero Tycho, siguiendo a Ptolomeo y a Aristóteles, al menos en esto, sostiene que la Tierra está fija y que los demás cuerpos celestes se mueven alrededor de ella. ¿Ven Kepler y Tycho la misma cosa en el Este, al amanecer? En las retinas de ambos se forman las mismas imágenes. Así pues, parece que ellos ven la misma cosa… y, sin embargo, sus experiencias son diferentes, el sentido de lo que ven es completamente distinto. No hay, por tanto, hechos puros; los hechos tienen una carga teórica, se dibujan en el contexto de ciertas teorías; pero estas, tampoco son teorías puras, porque no pueden flotar en el vacío, sin referencia a los hechos.


  1. Circularismo:

Las teorías circularistas no son teorías directas. La posición circularista es una crítica de las tres posiciones anteriores, por eso engloba cosas muy heterogéneas, en principio muy indefinidas. Por eso no se le puede asociar a priori ninguna teoría sobre la verdad científica concreta.

En enfoque circularista diría que la idea de “hecho” no es primaria. No hay hechos puros, sino que se dibujan respecto a dos teorías que compiten (que pueden ser científicas o no científicas) y esas teorías hacen que el hecho aparezca como algo no teórico. Por ejemplo, el “hecho” de una secuencia de fósiles de dinosaurios frente a la teoría darwinista y la teoría creacionista. Algo se nos dibuja como hecho frente a una serie de teorías, y éstas, que están en un estadio o en otro (científico o no científico), dibujan el hecho. Hechos y teorías están, pues, continuamente codeterminándose. No hay hechos puros ni teorías puras.
Ahora nos preguntamos qué teoría de la verdad científica se puede construir que sea compatible con el circularismo y, sobre todo, que dé cuenta de aquello que tienen de específico las verdades científicas frente a otro tipo de verdades (del sentido común, técnicas, filosóficas, etc.).
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