Programa general de filosofíA 11°




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TEMA


LA DISPUTA SOBRE LOS UNIVERSALES

ULTRARREALISMO – CONCEPTUALISMO - NOMINALISMO
INDICADORES DE LOGRO:


  • Entiende la noción de Universal metafísico.

  • Analiza las diversas soluciones que en la historia de la filosofía se dan al problema de los universales y sus principales representantes.

  • Conoce la situación de crisis de la Escolástica que desemboca en el pensamiento ockhamista.

  • Diferencia el conocimiento intuitivo según Ockham.

  • Entiende el sentido preciso de la “navaja de Ockham”.

  • Asimila la solución nominalista propuesta por Ockham al problema de los universales y la enjuicia críticamente.

  • Analiza la postura ockhamista con respecto al problema de la relación entre razón y fe.

  • Comprende el agnosticismo fideísta y el voluntarismo moral de Guillermo de Ockham.

EVALUACIÓN INICIAL:
Lee atentamente:



EL PROBLEMA DE LOS UNIVERSALES
“El problema de los universales es muy complejo, y muchos filósofos creen que es el problema central de la metafísica. Puesto que la palabra “universal” no es usada ordinariamente en nuestro lenguaje como un nombre, es difícil dar brevemente una idea de cuál es el problema. Puede ser abordado de diversas maneras:


  1. He aquí cierto número de cosas azules: Esta camisa, esa silla, el océano, el cielo. Son diferentes en muchos aspectos, pero todos son iguales en ser azules. Todos ellos tienen una característica común: La azules. Ahora bien, las cosas azules son particulares (cosas individuales del mundo, en el espacio y en el tiempo), pero la propiedad de lo azulado, que todas ellas comparten, es un universal. Las cosas particulares o los particulares son azules, lo azulado no. Los particulares (la camisa, el océano) se dan en el tiempo, lo azulado no. Los particulares existen en el espacio, lo azulado no. Las cosas azules son todas ellas ejemplo de la propiedad de lo azulado. Un universal es algo que puede tener ejemplos.




  1. Los diferentes particulares comparten una propiedad, lo azulado. Ahora bien, si tienen una propiedad común, debe haber tal propiedad común; la propiedad debe existir y no sólo los particulares que son ejemplos de la propiedad. Así pues, tenemos dos tipos de entidades en el mundo: los particulares que poseen las propiedades y las propiedades que tienen las cosas. No se puede prescindir de las cosas particulares, pues debe haber algo a lo que pertenecen las propiedades; pero tampoco de las propiedades, pues debe haber algo que tengan los particulares; expresándolo de modo poco gramatical, se podría preguntar ¿cómo podría ser una cosa azul si no existiese lo azulado para que lo sea?




  1. Los nombres propios se refieren a cosas particulares: George Washington a un hombre particular; “Washington, D.C”. a una ciudad particular; “Pacífico” a un océano particular. Pero ¿a qué se refieren las palabras generales como “azul” “perro”, “hombre”, “correr”? No son nombres de cosas particulares; pero entonces deben ser nombres de propiedades generales: La propiedad de ser azul, de ser perro (esto es, de tener las características definitorias de los perros), y así sucesivamente. Pero si las palabras generales son nombre de propiedades deben existir lo mismo que las cosas que las tienen. Estas propiedades generales son los universales.

JOHN HOSPERS

Introducción al análisis filosófico.



RESPONDE:
1- ¿A qué se refiere “universal” en ontología?

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2- ¿Cómo dependen entre sí la existencia de las cosas particulares y la existencia de sus propiedades?

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CONTENIDO:
EL PROBLEMA DE LOS UNIVERSALES
La discusión acerca de los universales llenó una buena parte de la Escolástica. Si bien desde Platón se afirmaba que “sólo hay ciencia de lo universal”, había que precisar si tenía que haber una realidad también universal, o si bien cada cosa existe en concreto.

Cuando pensamos en una categoría de seres, cualquiera que sea, por ejemplo; la categoría “lápiz”, debemos reconocer que pensamos en un tipo de entes, pero no en uno especial de ellos, es decir, para el ejemplo que nos ocupa, pensamos en el conjunto de todos los entes que tienen ciertas características esenciales compartidas: las que hacen que un lápiz sea un lápiz y no otra cosa.

Evidentemente, el concepto lápiz tiene carácter universal y unitario, mientras que cada lápiz, en particular, es diferente de todos los demás y la posibilidad de variaciones es muy grande.


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El problema de los universales se refiere a la determinación del fundamento y del valor de los conceptos y términos universales -por ejemplo animal, hombre- que son aplicables a una multiplicidad de individuos. Este problema concierne a la determinación de la relación entre ideas o categorías mentales, expresadas mediante términos lingüísticos, y las realidades extramentales correspondientes. En definitiva es el problema de la relación entre voces y res , entre las palabras y las cosas, entre el pensamiento y el ser.

Hay, pues, una cierta contradicción entre el carácter universal de los conceptos y el carácter individual de los objetos particulares. Esta contradicción fue objeto de estudios de los filósofos desde la más remota antigüedad, pero fue Porfirio quien planteó el tema principal de las que iban a ser las discusiones escolásticas, desde el siglo IX hasta mediados del siglo XII.

Porfirio, filósofo griego, (232-304) intentó conciliar las doctrinas de Platón, Aristóteles, Plotino y otros filósofos importantes de su época. Plantea en su obra ISAGOGE dos problemas:

  • Si los géneros y las especies, que se predican de muchos individuos, son realidades subsistentes o si existen sólo en la mente.

  • En caso de ser realidades subsistentes, si son corpóreas o incorpóreas y si están separadas o están situadas en las realidades sensibles.

Boecio, señaló las soluciones que se encuentran en la filosofía de Platón y de Aristóteles. Platón, dice Boecio, sostiene que los universales son ideas totalmente independientes; Substancias incorpóreas distintas de los individuos, que ocupan un tercer orden entre las substancias abstractas después de los dioses y de los ángeles. Platón afirma, pues, que los universales tienen existencia real en algún sentido. Existe la multitud de perros y cada uno de ellos es un ejemplo de una realidad modelo, la “perridad”, la idea de perro. Platón se preguntó por las ideas morales (bondad, virtud, justicia) y por las ideas matemáticas (las figuras perfectas, la idea de círculo, de triángulo, etc.).
Aristóteles, dice Boecio, afirma que los géneros y las especies se encuentran en los objetos singulares, pero son pensados como universales; nada es, pues, la especie, sino un concepto sacado de individuos diversos en número, pero substancialmente semejantes. Aristóteles combatió la teoría de los dos mundos de su maestro Platón; afirma que si existiese el mundo de las ideas, no sería un mundo metafísico, sino de particulares de alguna manera más perfectos.

A partir de Boecio surgieron claramente tres tipos de respuestas al problema:

  • El Realismo (exagerado): Guillermo de Champeaux (1070 - 1121) Universalia ante rem: Inspirada en el platonismo. Todas las cosas particulares de la misma especie (por ejemplo todos los hombres) sólo tendrían una sustancia única, de modo que la diferencia entre ellos sólo consistiría en las modificaciones de la sustancia (accidentes). El realismo exagerado afirma que los universales existen en sí mismos, independientes del pensamiento.

  • El Conceptualismo (Realismo moderado): Pedro Abelardo (1079 – 1142), John Locke (1632 – 1704) Universalia in rem: En la realidad toda cosa está compuesta de materia y forma. Pero la razón humana es capaz de distinguir y separar mediante el pensamiento los distintos elementos que subsisten unidos en la realidad. Los universales son los sermones (voces con carga de significado) en la medida que recibieron la propiedad de ser predicados de muchos. Es un concepto o razonamiento mental que surge a través de un proceso de abstracción, siendo así un intermediario entre el mundo del pensamiento y el del ser. afirma que los universales son conceptos abstractos, que existen como tales en el pensamiento. Es decir, en la realidad sólo existen los particulares, pero en nuestra mente existen, independientemente de los particulares, los conceptos.

  • El Nominalismo: Roscelino de Compiègne (1050 – 1120), Guillermo de Ockham (1300 – 1349). Universalia post rem: Sólo existen cosas particulares. “No hay color sino cosas coloridas, no hay sabiduría sino sólo hombres sabios”. De suyo debiéramos poner a cada cosa un nombre propio; pero como nos faltan palabras, comprendemos muchas cosas semejantes bajo un mismo nombre, de tal modo que lo único común a muchas cosas es la palabra empleada (flatus vocis).El nominalismo afirma que los universales no existen en la realidad, son sólo nombres. Sólo existen las cosas particulares y sus propiedades son partes de las cosas particulares mismas y no entidades existentes fuera de ellas.



Hay un nominalismo extremo que afirma que sólo existen los particulares y lo único que tiene en común una clase de substancias u objetos es el nombre que se le da, los pretendidos universales son sólo nombres.
Guillermo nació en Ockham, provincia de Surrey, en Inglaterra, entró ya de joven en la orden franciscana y recibió su formación científica en Oxford, donde ya en 1320 se desempeñó como maestro. Pero ya antes de que el Venerabilis inceptor (el venerable principiante) obtuviera el grado o dignidad de magíster, el canciller de la universidad lo acusó de herejía ante el papa Juan XXII en Aviñón. No se trataba sólo de doctrinas filosóficas y teológicas, sino también de la «contienda sobre la pobreza», en que Ockham, a par del general de su orden, Miguel de Cesena, defendía contra el papa la interpretación más rigurosa, según la cual, no sólo el fraile particular, sino la orden misma, no puede poseer nada. Aun antes de acabar el proceso, huyó con su general y procurador de la orden a unirse al emperador alemán Luis IV en Pisa; luego, en 1330, el emperador se lo llevó consigo a Munich. Esta dramática fuga, del papa al emperador, es realmente un símbolo de la secularización de la ciencia que se inicia con Ockham. En 1328, el papa excomulgó a los fugitivos, pero el emperador los tomó bajo su poderosa protección. Se afirma que Ockham dijo entonces al emperador: «Defiéndeme tú con la espada, que yo te defenderé con la pluma.» De hecho, en Munich compuso una serie de importantes tratados sobre política eclesiástica en que defiende la soberanía del emperador frente al Papa'. Dentro totalmente de la obra famosa Defensor pacis de su amigo Marsilio de Padua ( 1342), Ockham opina también que el Papa es sólo un miembro particular de la Iglesia, y está, por tanto, sometido o 'subordinado a la autoridad de la Iglesia universal, es decir, al concilio general. Con la nueva valoración filosófica del individuo, comienzan a anunciarse también las tendencias democráticas aun dentro de la jerarquía eclesiástica. A la muerte del emperador en 1347, Ockham trató de reconciliarse con la Iglesia; pero no se sabe con certeza si lo logró en Munich, donde fue también enterrado.ockam
A finales del medioevo, en oposición al realismo de la escolástica, el tipo de conocimiento es inductivo, pues todos los conceptos metafísicos son tenidos como símbolos convencionales, expresados en el nominalismo de Guillermo de Ockham, que consiste en una filosofía radicalmente racionalista, generalmente particularista reduciendo los seres finitos al libre querer divino y se priva de instrumentos conceptuales y especulativos para un conocimiento de Dios (agnosticismo) a quien se conoce por fe (fideísmo). Así pues, se niegan los conceptos universales a simples nombres, reduciéndolos tan sólo a generalizaciones en el mundo de los símbolos matemáticos ya que no es posible un conocimiento que vaya más allá de la experiencia.

LA NAVAJA DE OCKHAM:

PRINCIPIO DE ECONOMÍA INTUITIVA

Guillermo de Ockham constituye el declive de la Escolástica y uno de los pioneros de la Edad Moderna. Él habla de una economía intuitiva, la cual se refleja en su máxima : "No hay que multiplicar los entes sin necesidad" (Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem). Esta es la famosa "navaja de Ockham", que, fiel a ese principio de "economía", se propone podar lo superfluo. La navaja de Ockham inaugura un tipo de economía de la razón que tiende a excluir del mundo y de la ciencia los entes y los conceptos considerados como superfluos. Además, esta crítica parte del supuesto de que no hay que admitir nada fuera de los individuos y de que el conocimiento fundamental es el empírico. De este modo, esta frase se convierte en arma crítica contra el platonismo de las esencias y contra aquellos aspectos del aristotelismo en los que se advierte la presencia de elementos platónicos. Utilizándola críticamente, Ockham derrumba los pilares de la metafísica y de la gnoseología tradicional: se vuelve un elemento fundamental del rechazo del ser analógico de Tomás de Aquino, del concepto de substancia, de la causa eficiente y final, de la distinción entre intelecto agente e intelecto posible, de las especies.

Para Ockham lo universal sólo existe en el pensamiento a manera de nombres, o incluso como simples conceptos. Lo real es siempre particular. No admite Ockham que el universal se encuentre en la cosa concreta, porque si se reflexiona esta afirmación termina mostrándose absurda: o el universal es uno, y no se entiende cómo se multiplica en tantos individuos, o se halla multiplicado en las cosas y no se comprende cómo sigue siendo uno : de lo que no existe se puede decir todo, y no hay medio de distinguir lo verdadero de lo falso; por eso, la existencia es el primer criterio de verdad, y sin él reinará el más espantoso confusionismo.
Ockham comienza por distinguir dos clases de conocimiento: el abstracto y el intuitivo. El primero versa acerca de las relaciones entre ideas; pero las ideas no están necesariamente enraizadas en la realidad. Es decir, el conocimiento abstracto no garantiza ni la existencia de las cosas ni que ellas guarden conformidad con el orden de las ideas abstractas. Se puede hacer un castillo de naipes con ideas abstractas sin cimiento alguno real. El conocimiento abstracto no garantiza la existencia de lo conocido, no es criterio de existencia. Dice Ockham: «En oposición al conocimiento intuitivo, el conocimiento abstracto no nos permite saber si una cosa que existe, existe, o si una cosa que no existe, no existe.»

El conocimiento intuitivo, o sensible, es el que está en contacto con las cosas concretas y singulares; por él vemos este caballo, tocamos esta superficie, escuchamos este sonido. El conocimiento intuitivo es el conocimiento de lo singular. Pues bien, de este conocimiento dice Ockham: «El conocimiento intuitivo es aquel en virtud del cual sabemos que una cosa es, cuando es, y que no es, cuando no es.» De aquí saca una conclusión decisiva: el conocimiento sensible, el que versa sobre lo singular, es el único camino cierto para distinguir lo existente de lo inexistente. Esto ya bastaría para interponer un abismo entre Guillermo de Ockham y los escolásticos, para los cuales el singular era del todo incognoscible.
El saber está compuesto de proposiciones y éstas, a su vez, de signos o términos que pueden ser hablados (prolatus), escritos (scriptus) o pensados (intentio). El concepto es el signo pensado y es por naturaleza universal. Cada término significa un objeto, lo sustituye o representa en la proposición. Esta referencia a objetos individuales da al término su significado. A este "hacer las veces de" lo llama Ockham supossitio.
Pero no nos hagamos muchas ilusiones acerca de la lógica de Ockham. Pues si sólo existe lo concreto y lo singular, lo que nos entra por los sentidos, ¿qué hacer con el mundo del espíritu?; ¿qué hacer con Dios? Pero no es fácil ser lógicos hasta el final; en esto consiste uno de los mayores heroísmos. Ahora bien, Ockham nace poco antes de 1300, cuando el peso de la Escolástica era abrumador; desde muy joven se hace franciscano; fue llamado a Aviñón para responder ante el Papa, y allí fue condenado por hereje, siendo encarcelado. Por eso es natural que Ockham, frente a la teología, diera un giro de muchos grados: el mundo del espíritu existe, pero lo conocemos por la fe. No es poco esto; es la desteologización de la filosofía.
Guillermo de Ockham es poco optimista respecto de la capacidad de la Filosofía para demostrar verdades metafísicas. Acepta que la Teología realice afirmaciones sobre la base de la autoridad de la Revelación pero no considera que éstas (que Dios es uno y creador y que el alma es inmortal, por ejemplo) deban o puedan demostrarse filosóficamente. Lo que la razón sí puede hacer es mostrarlas como posibles y no contradictorias e incluso como probables, pero no demostrarlas.

En coherencia con su teoría del conocimiento intuitivo de lo individual, rechaza las demostraciones de la existencia de Dios. No siendo Dios conocido intuitivamente, no queda sino creer en él. Tampoco puede sostenerse la existencia de un alma sustancial e inmaterial. Es cierto que por la intuición interna conocemos el gozo, la tristeza, nuestros actos voluntarios y nuestros razonamientos, pero no podemos elevarnos más allá de ellos. Ni la razón ni la experiencia interna o externa nos garantizan la existencia de un alma inmortal, ni tan siquiera la de un alma inmaterial.




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OCKHAM, CONTRA LA TEOLOGÍA NATURAL
Una de las operaciones más importantes que habrá de acometer ahora Ockam consistirá en el ataque a la teología natural de Tomás de Aquino, en la cual se pretendía demostrar las verdades reveladas mediante razonamientos filosóficos, especialmente la verdad de la existencia de Dios. Téngase en cuenta que este ataque a la teología natural equivale, en el fondo, no sólo a la independencia entre Filosofía y Teología, sino también a una postura hostil de la Filosofía frente a la Teología. En este sentido, Ockham va más lejos de lo que su punto de partida parece significar.


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El primer ataque va dirigido contra las famosas «vías» tomistas para de mostrar la existencia de Dios. Contra la «vía» de la causalidad argumenta del siguiente modo: no es evidente, como quería Tomás de Aquino, que no sea posible una serie indefinida de causas pasadas, aunque sea evidente tratándose de causas presentes. En segundo lugar, aun suponiendo demostrada la necesidad de una primera causa, añade Ockham, tampoco es evidente que esa causa sea el ser supremo, sea Dios.
Tampoco cree Ockham que la «vía» que parte del movimiento sea convincente. Encuentra su fallo principal en el principio básico de que «todo lo que se mueve ha de ser movido por otro», contra el cual arguye que hay muchas cosas que se mueven por sí mismas, como los ángeles, el alma; «incluso la gravedad se mueve a sí misma al descender». También tiene reparos que poner al otro principio de la imposibilidad de una serie infinita de motores.

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También se ocupa de la indemostrabilidad racional de los atributos divinos. Que sólo haya un único Dios, dice, no es más que probable, filosóficamente hablando. Respecto de los otros atributos dice GILSON: “Somos incapaces de demostrar que sea el ser supremo o que sea omnipotente; tampoco sabemos con certeza si Dios conoce o no conoce, quiere o no quiere los seres exteriores a El; tampoco hay nada que nos permita afirmar que Dios sea la causa mediata o inmediata de las acciones realizadas por las criaturas. Todas estas afirmaciones son ciertas desde el punto de vista de la fe, y la razón no las contradice en manera alguna, pero sólo puede aportar probabilidades en su favor y no podría demostrárnoslas”.

Cerrado el camino de la razón para llegar a conocer a Dios, sólo queda que la contemplación mística se encargue de explicar cómo se efectúa la unión del alma con Dios. De este modo, la mística viene a sustituir a la teología natural, en cuanto medio racional de explicar la existencia y las propiedades de la divinidad.

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Moralidad: Ockham funda su ética sobre la libre voluntad divina más radicalmente aún de lo que ya lo hiciera Scoto. Es bueno lo que Dios manda, y lo es porque Él lo manda. No existe bondad ni maldad de la acción misma. Dios podría abolir los diez mandamientos e introducir un orden moral totalmente otro. Podría perdonar a un pecador su culpa sin que se arrepienta de ella. Podría castigar a quien no hubiera hecho nada malo. Podría ordenar una moralidad totalmente libre de toda religión y dar la bienaventuranza sin la gracia. Dios podría incluso haber mandado que Cristo tomara carne en forma de asno. Precisamente esta forma irreverente de tratar cuestiones morales creó a Ockham muchos contrarios. Contra esta moral del capricho «heterónoma», creó Kant su moral «autónoma».
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