Este ensayo, publicado a menudo en francés, traducido y retraducido, es el más conocido de los artículos de Fernand Braudel y donde seguramente ha desarrollado




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fecha de publicación27.10.2015
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FERNAND BRAUDEL

LA LARGA DURACIÓN1

Este ensayo, publicado a menudo en francés, traducido y retraducido, es el más conocido de los artículos de Fernand Braudel y donde seguramente ha desarrollado una reflexión absolutamente original. Como responsable de los Annales tras la muerte de Lucien Febvre, intentó, a través del concepto de larga dura­ción, definir un gran tema de orientación y de investigaciones que fuera capaz de abrir posibilidades de acercamiento entre la historia y las demás ciencias del hombre.

Aunque este texto tuvo de inmediato una extraordinaria repercusión en el mundo de los historiadores, Fernand Braudel se manifestó a menudo decepcionado porque el llamamiento que contenía no obtuvo demasiada respuesta entre las ciencias sociales «de lo actual», como él las llamaba; en cambio, extra­ñamente, tanto la palabra como el concepto de «larga duración» han pasado hoy a la lengua corriente, la de los periodistas e incluso de los políticos. Lo que aquí sigue es sólo una selección de fragmen­tos del texto.

Hay crisis general en las ciencias humanas. A todas las abruma su propio progreso, aun cuando sólo fuera debido a la acumulación de nuevos conocimientos y a la necesidad de un trabajo colectivo, cuya organización inteligente sigue pendiente. Directa o indirectamente, a todas las afecta, quiéranlo o no, el progreso de las más ágiles, aunque sin embargo continúan sopor­tando el lastre de un humanismo retrógrado, insidioso, que ya no puede servirles de marco de referencia. Todas, con mayor o menor lucidez, se preocupan por el lugar que ocupan en el conjunto monstruoso de las investigaciones, nuevas o antiguas, cuya necesaria convergencia se vislumbra ya.

¿Las ciencias del hombre superarán estas dificultades mediante un esfuerzo añadido de defi­nición o un incremento de mal genio? Quizás alimentan la ilusión de que así sea, pues (a riesgo de insistir en viejos desatinos o falsos problemas) las vemos preocupadas, hoy más incluso que ayer, por definir sus objetivos, sus métodos, sus superioridades. Las tenemos rivalizando, em­barulladas en pleitos sobre las fronteras que las separan o no las separan, o que a duras penas las separan de las ciencias vecinas. Pues cada una de ellas sueña, en realidad, con permanecer o regresar por sus fueros... Algunos estudiosos aislados organizan algunos acercamientos; por ejemplo, Claude Lévi-Strauss2 lleva la antropología «estructural» hacia los métodos de la lingüís­tica, los horizontes de la historia, «inconsciente» y el imperialismo juvenil de las mate­máticas «cualitativas». Lévi-Strauss tiende hacia una ciencia capaz de unir, bajo el nombre de ciencia de la comunicación, la antropología, la economía política, la lingüística... Pero ¿quién está dispuesto a cruzar fronteras, quién está dispuesto a estos reagrupamientos? ¡Por un quí­tame allá esas pajas la propia geografía se divorciaría de la historia!

Pero no seamos injustos; estas disputas y rechazos tienen su interés. El deseo de afirmarse contra las demás forzosamente determina nuevas curiosidades: negar al prójimo es ya cono­cerlo. Es mucho más, sin quererlo explícitamente, las ciencias sociales se imponen unas a otras y cada una tiende a captar lo social globalmente, en su «totalidad»; cada una invade el territo­rio de sus vecinas creyendo que sigue en su propia casa. La economía descubre la sociología que la limita, la historia -tal vez la menos estructurada de las ciencias humanas- acepta todas las lecciones de su vecindad múltiple y se esfuerza en transmitirlas. Así, pese a las reticencias, las oposiciones, las tranquilas ignorancias, se está esbozando la creación de un «mercado co­mún». Valdría la pena que en el decurso de los próximos años se intentara hacerlo realidad, aun cuando, más tarde, a cada ciencia pudiese convenirle retomar durante algún tiempo un camino más estrictamente personal.

Pero, primero y ante todo, acercarse. Es urgente proceder a esta operación de acercamiento. En Estados Unidos dicha reunión tomó la forma de estudios colectivos sobre las áreas cultura­les del mundo actual, los area studies eran, ante todo, el estudio realizado por un equipo de social scientists, de esos monstruos políticos del presente: China, India, Rusia, América Latina, Estados Unidos. ¡Conocerlos es una cuestión vital! Sin embargo, dentro de esta puesta en co­mún de técnicas y conocimientos conviene que cada uno de los participantes no se quede in­merso en su trabajo particular, ciego o sordo como hasta ayer a lo que dicen, escriben o pien­san los demás. Es preciso que la aglutinación de las ciencias sociales sea completa, que no se descuide a las más antiguas a favor de las más jóvenes, capaces de prometer tanto pero no siempre de cumplir. Por ejemplo, el lugar que dentro de estos proyectos americanos se con­cede a la geografía es prácticamente nulo, y extremadamente exiguo el que se concede a la historia. Aunque, en definitiva, ¿de qué historia estamos hablando?

Las demás ciencias sociales están bastante mal informadas de la crisis que atravesó nuestra disciplina durante los últimos veinte o treinta años. Tienden a ignorar tanto el trabajo de los historiadores como un aspecto de la realidad social que tiene en la historia una buena sir­viente, ya que no siempre a una hábil vendedora: esa duración social, esos tiempos múltiples y contradictorios de la vida de los hombres, que no constituyen solamente la sustancia del pa­sado sino también el valor de la vida social actual. Razón de más para señalar con vehemencia, en el debate que se instaura entre todas las ciencias humanas, la importancia, la utilidad de la historia, o más bien de la dialéctica de la duración, tal como se desprende del oficio, de la ob­servación repetida indefinidamente, entre el instante y el tiempo lento en su transcurrir. Ya se trate del pasado o de la actualidad, es indispensable para una metodología común de las cien­cias humanas tener una conciencia nítida de la pluralidad del tiempo social.

Me referiré por tanto a la historia, al tiempo de la historia, no tanto pensando en los lectores de esta revista, especialistas en nuestros estudios, como en nuestros vecinos de las ciencias humanas: economistas, etnógrafos, etnólogos (o antropólogos), sociólogos, psicólogos, lingüis­tas, demógrafos, geógrafos e incluso matemáticos sociales o estadísticos; todos ellos vecinos a los que desde hace años hemos seguido en sus experiencias e investigaciones porque nos pa­recía (y sigue pareciéndonoslo) que, a remolque suyo o en contacto con ella, la historia ad­quiere un nuevo aspecto. Quizá nosotros tengamos algo que ofrecerles. De las experiencias y tentativas recientes de la historia se desprende -conscientemente o no, aceptada o no- una noción cada vez más precisa de la multiplicidad del tiempo y del valor excepcional del tiempo largo. Esta última noción, más que la historia misma -la historia de los cien rostros-, debería interesar a las ciencias sociales, nuestras vecinas.

HISTORIA Y DURACIONES

Todo trabajo histórico descompone el tiempo pasado, escoge entre sus realidades cronológi­cas, conforme a unas preferencias y exclusivas más o menos conscientes. La historia tradicio­nal, atenta al tiempo breve, al individuo, al acontecimiento, nos tiene acostumbrados desde hace mucho tiempo a su relato precipitado, dramático, de corto aliento.

La nueva historia económica y social sitúa en primer plano de su investigación la oscilación cíclica y apuesta por su duración; también ella ha caído en el espejismo, en la realidad también de los ascensos y descensos cíclicos de los precios. Existe entonces hoy, junto al relato (o al «recitativo» tradicional), un recitativo de la coyuntura que presenta el pasado en secciones prolongadas, es decir, periodos de diez, de veinte, de cincuenta años.

Bastante más allá de este segundo recitativo se sitúa una historia de aliento más sostenido aún, esta vez de dimensión secular, es decir, la historia de larga, e incluso muy larga, duración. La fórmula, adecuada o no, se me ha hecho familiar en mi intento por designar lo contrario de lo que Francois Simiand, uno de los pioneros después de Paul Lacombe, bautizara como histo­ria evenemencial. Poco importan estas fórmulas; en todo caso, es de una a otra, de un polo a otro del tiempo, de lo instantáneo a la larga duración, donde se situará nuestra discusión.

Esto no significa que estas palabras ofrezcan una absoluta seguridad. Es lo que ocurre con la palabra acontecimiento. En lo que a mí se refiere, me gustaría aislarla, aprisionarla en la corta duración: el acontecimiento es explosivo, «noticia clamorosa» según se decía en el siglo XVI. Su humo excesivo llena la conciencia de los contemporáneos, pero no dura demasiado y apenas llegamos a ver su llama.

Los filósofos sin duda nos dirían que eso es vaciar la palabra de buena parte de su sentido. Un acontecimiento, en sentido estricto, puede cargarse con una serie de significados o de relacio­nes. Refleja a veces movimientos muy profundos, y mediante el juego facticio o no de las «causas» y de los «efectos», que tanto gustaban a los historiadores de ayer, se incorpora un tiempo muy superior al de su propia duración. Extensible hasta el infinito, se une, libremente o no, a toda una cadena de acontecimientos, de realidades subyacentes e imposibles de separar unas de otras por lo que parece. Gracias a este juego de adiciones, Benedetto Croce podía pretender que en todo acontecimiento, la historia entera, el hombre entero, se incorporan y luego se redescubren a voluntad. A condición, no cabe duda, de añadir a este fragmento lo que no contiene a primera vista y por lo tanto saber lo que es justo -o no- agregarle. Las reflexiones más recientes de Jean-Paul Sartre proponen precisamente este juego inteligente y peligroso3

Entonces, digámoslo más claramente, en lugar de lo evenemencial, el tiempo corto, a la me­dida de los individuos, de la vida cotidiana, de nuestras ilusiones, de nuestras rápidas tomas de conciencia -el tiempo por excelencia del cronista, del periodista. Ahora bien, subrayémoslo, crónica o periódico ofrecen junto a los grandes acontecimientos calificados de históricos, los mediocres accidentes de la vida diaria, como son un incendio, una catástrofe ferroviaria, el precio del trigo, un crimen, una representación teatral o una inundación. Todo el mundo en­tiende entonces que haya un tiempo corto de todas las forma de la vida, económica, social, literaria, institucional, religiosa, geográfica incluso (un vendaval, una tempestad), tanto como política.

A primera vista, el pasado es esta masa de nimios hechos, unos llamativos y otros grises, que se repiten indefinidamente, esos mismos que constituyen en la actualidad el botín cotidiano de la microsociología o la sociometría (existe también una microhistoria). Pero esta masa no constituye toda la realidad, todo el grosor de la historia sobre la que puede trabajar con co­modidad la reflexión científica. La ciencia social casi siente horror del acontecimiento. No le falta razón, pues el tiempo de corta duración es la más caprichosa y engañosa de las duracio­nes.

De ahí que algunos de nosotros, historiadores, sintamos una intensa desconfianza respecto a una historia tradicional, llamada evenemencial, una etiqueta que suele confundirse con la de historia política, cosa que encierra una cierta inexactitud, ya que la historia política no es for­zosamente evenemencial ni está condenada a serlo. Es un hecho, sin embargo que, salvo los cuadros facticios, casi carentes de espesor temporal, de los que la historia extraía sus relatos,4 salvo las explicaciones de larga duración de la que había que abastecerla, es un hecho que en conjunto la, historia de los últimos cien años, casi siempre política, centrada en el drama de los «grandes acontecimientos», ha trabajado sobre el tiempo corto. Esta fue quizá la contrapar­tida a los progresos realizados, en este mismo periodo, en la conquista científica de instrumen­tos de trabajo y de métodos rigurosos. El descubrimiento masivo del documento le hizo creer al historiador que toda la verdad se encontraba en la autenticidad documental. «Basta con -escribía hace no mucho tiempo Louis Halphen -, en cierto modo, dejarse llevar por los docu­mentos, uno tras otro, tal y como se nos presentan para ver que la cadena de hechos se re­construye casi automáticamente».5 Este ideal, «la historia en estado naciente», condujo hacia finales del siglo XIX a una crónica de un nuevo estilo que en su ambición de exactitud siguió paso a paso la historia evenemencial tal y como se desprende de la correspondencia entre embajadores o de los debates parlamentarios. Los historiadores del siglo XVIII y de principios del XIX habían seguido con mucha mayor atención las perspectivas de la larga duración, que por lo demás sólo grandes inteligencias como un Michelet, un Ranke, un Jacob Burckhardt, un Fustel, supieron redescubrir. Si se acepta que esta superación del tiempo breve ha sido el bien más valioso, por ser también el más escaso, de la historiografía de los últimos cien años, se comprenderá el eminente papel de la historia de las instituciones, de las religiones, de las civi­lizaciones, y gracias a la arqueología, que requiere amplios espacios cronológicos, el papel de vanguardia de los estudios dedicados a la antigüedad clásica. En el pasado, estos estudios sal­varon nuestro oficio.

La reciente ruptura con las formas tradicionales de la historia del siglo XIX no ha significado una ruptura total con el tiempo breve. Como se sabe, ha actuado a favor de la historia econó­mica y social, en detrimento de la historia política. De ahí derivó la transformación y una inne­gable renovación; de ahí, inevitablemente, los cambios de método, los desplazamientos de los centros de interés, con la entrada en escena de una historia cuantitativa que sin duda no ha pronunciado aún su última palabra.

Pero sobre todo se produjo una alteración del tiempo histórico tradicional. Un día, un año podían parecerles buenas medidas a un historiador político, eso sucedía ayer. El tiempo era una suma de días. Pero una curva de precios, una progresión demográfica, el movimiento de los salarios, las variaciones de la tasa de interés, el estudio (más soñado que realizado) de la producción, un análisis riguroso de la circulación reclaman medidas mucho más amplias.

Un nuevo modo de relato histórico aparece, llamémosle el «recitativo» de la coyuntura, del ciclo, e incluso del «interciclo», que propone a nuestra elección unos diez años, un cuarto de siglo y, en último extremo, el medio siglo del ciclo clásico de Kondratieff. Por ejemplo, prescin­diendo de los accidentes breves y de superficie, los precios suben en Europa, de 1791 a 1817; bajan de 1817 a 1852: este doble y lento movimiento de subida y retroceso representa un interciclo completo para Europa y, casi, para el mundo entero. No cabe duda que esos perio­dos cronológicos no poseen un valor absoluto. Con otros barómetros, el del crecimiento eco­nómico y de los ingresos o producto nacional, François Perroux6 nos ofrecería otros hitos, más válidos quizá. Pero poco importan esas discusiones abiertas. El historiador seguramente dis­pone de un tiempo nuevo, elevado a la altura de una explicación donde la historia puede in­tentar inscribirse, perfilándose según referencias inéditas, según estas curvas y su propia respi­ración.

Así es como Ernest Labrousse y sus alumnos iniciaron, a partir de su manifiesto del último Congreso Histórico de Roma (1955), una amplia investigación de historia social, bajo el signo de la cuantificación. No creo traicionar su proyecto si digo que esta investigación conducirá forzosamente a determinar coyunturas (e incluso estructuras) sociales, sin que nada nos ga­rantice previamente que esta coyuntura tenga la misma velocidad o la misma lentitud que la económica. Además, estos dos grandes personajes, que son la coyuntura económica y la co­yuntura social, no deben inducirnos a perder de vista a otros actores, cuyo paso será difícil de determinar, tal vez sea indeterminable, al carecer de medidas precisas. Las ciencias, las técni­cas, las instituciones políticas, el instrumental mental, las civilizaciones (por emplear este tér­mino cómodo) tienen también su ritmo de vida y de crecimiento, y la nueva historia coyuntural solamente estará a punto cuando haya completado su orquesta.

En buena lógica, este recitativo debería, con su misma superación, haber conducido a la larga duración. Pero, por mil razones, la superación no ha sido la regla y ante nuestros ojos se está verificando un retorno al tiempo breve; quizá porque parece más necesario (o más urgente) coser juntas la historia «cíclica» y la historia corta tradicional que ir hacia adelante, hacia lo desconocido. En términos militares se trataría de consolidar posiciones adquiridas. El primer gran libro de Ernest Labrousse, de 1933, estudiaba el movimiento general de los precios en Francia en el siglo XVIII,7 un movimiento secular. En 1943, en el mejor libro de historia apare­cido en Francia durante los últimos veinticinco años, el propio Ernest Labrousse cedía a esta necesidad de regresar a un tiempo menos abrumador, cuando, en lo más profundo de la de­presión de 1744 a 1791, señalaba una de las fuentes vigorosas de la Revolución francesa, uno de sus trampolines de lanzamiento. Y todavía recurría a un semiinterciclo, medida larga. Su conferencia en el Congreso Internacional de París, en 1948, «¿Cómo nacen las revoluciones?», se esforzaba en vincular un patetismo económico de corta duración (nuevo estilo), con un patetismo político (muy viejo estilo), el de las jornadas revolucionarias. Así nos encontramos otra vez metidos en el tiempo de corta duración, y hasta el cuello. Por su puesto, es una ope­ración lícita, útil, pero ¡tan sintomática! El historiador es muchas veces director de escena. ¿Podemos imaginar que renuncie al drama del tiempo breve, a las mejores triquiñuelas de un muy viejo oficio?

Más allá de los ciclos e interciclos, hay lo que los economistas llaman, sin pese a todo estu­diarlo, la tendencia secular. Pero ésta sigue interesando solamente a unos pocos economistas y sus consideraciones sobre las crisis estructurales, no sometidas a la prueba de las verificacio­nes históricas, se presentan como esbozos o hipótesis, apenas enraizadas en el pasado re­ciente, hasta 1929, como mucho hasta los años de 1870.8 Sin embargo ofrecen una útil introduc­ción a la historia de larga duración. Son una clave inicial.

La segunda clave, mucho más útil, es la palabra estructura. Adecuada o no, ésta domina los problemas relativos a la larga duración. Por estructura los observadores de lo social entienden una organización, una coherencia, relaciones bastante fijas entre realidades y masas sociales. Para nosotros, los historiadores, una estructura significa sin lugar a dudas ensamblaje, estruc­tura, pero todavía más una realidad que el tiempo usa mal y transmite muy demoradamente. Algunas estructuras, si viven mucho tiempo, se convierten en elementos estables de una infi­nidad de generaciones: llenan la historia, la estorban y por tanto dirigen su discurrir. Otras son más proclives a desmoronarse, pero todas son a la vez apoyos y obstáculos. Como obstáculos, se marcan como límites (envolventes en el sentido matemático) de los que el hombre y sus experiencias apenas pueden librarse. Piénsese en la dificultad de romper determinados mar­cos geográficos, determinadas realidades biológicas, determinados límites de la productividad, e incluso tal o cual restricción espiritual: los escenarios mentales son también cárceles de larga duración.

El ejemplo más accesible parece ser aún el del límite geográfico. Durante siglos, el hombre es prisionero de los climas, vegetaciones, poblaciones animales, culturas, de un equilibrio lenta­mente construido del que no puede separarse so pena de poner todo en duda. Piénsese en el papel de la trashumancia en la vida montañesa, la permanencia de determinados sectores de vida marítima, arraigados en determinados puntos privilegiados de las articulaciones litorales, fíjense en la duradera implantación de las ciudades, la persistencia de las rutas y tráficos, en la sorprendente estabilidad del marco geográfico de las civilizaciones.

Las mismas permanencias o supervivencias las encontramos en el inmenso ámbito cultural. El magnífico libro de Ernest Robert Curtius,9 por fin publicado en su traducción francesa, es el estudio de un sistema cultural que prolonga, deformándola a su conveniencia la civilización latina del Bajo Imperio, abrumada a su vez por el peso de una herencia: hasta los siglos XIII y XIV; hasta el nacimiento de las literaturas nacionales, la civilización de las élites intelectuales vivió de los mismos temas, de las mismas comparaciones, de los mismos lugares comunes y cantinelas. En una línea de pensamiento análogo, el estudio de Lucien Febvre, Rabelais y el problema de la incredulidad en el siglo XVI,10 se dedicó a precisar el instrumental mental del pensamiento francés en la época de Rabelais, ese conjunto de concepciones que, mucho antes de Rabelais y bastante tiempo después de él, gobernó las artes del vivir, de pensar y de creer, y limitó duramente de antemano la aventura intelectual de las inteligencias más libres. El tema que aborda Alphonse Dupront,11 se presenta también como uno de los estudios más novedo­sos de la escuela histórica francesa. La idea de cruzada aparece considerada, en Occidente, más allá del siglo XIV, es decir, mucho más allá de la «verdadera» cruzada, dentro de la conti­nuidad de una actitud de larga duración que, incesantemente repetida, atraviesa las socieda­des, los mundos, los más diversos psiquismos y llega en un último reflejo a los hombres del siglo XIX. En un terreno todavía contiguo, el libro de Pierre Francastel, Pintura y Sociedad,12 señala a partir de principios del Renacimiento florentino la permanencia de un espacio pictó­rico «geométrico» que nada alterará hasta la llegada del cubismo y hasta la pintura intelectual de principios de nuestro siglo XX. La historia de las ciencias conoce también universos cons­truidos que son asimismo explicaciones imperfectas, pero a las que suelen corresponderles siglos de duración. Sólo después de haber funcionado durante mucho tiempo serán desesti­madas. El universo aristotélico se mantiene sin contestación, o casi, hasta Galileo, Descartes y Newton; se desvanece entonces ante un universo profundamente geometrizado que, a su vez, se desmoronará, aunque mucho más tarde, ante las revoluciones einsteinianas.13

La dificultad, por una paradoja sólo aparente, está en descubrir la larga duración en el terreno donde la investigación histórica acaba de cosechar sus éxitos innegables: el terreno econó­mico. Ciclos, interciclos, crisis estructurales ocultan aquí las regularidades, las permanencias de los sistemas, algunos han hablado de civilizaciones económicas14 -es decir, viejas costumbres de pensar y actuar, escenarios resistentes, extraordinariamente resistentes, a veces contra toda lógica.

Pero razonemos mediante un ejemplo, que enseguida analizaremos. Tenemos, cerca de noso­tros, en el marco de Europa, un sistema económico que se inscribe en unas líneas y reglas ge­nerales bastante nítidas: se mantiene vigente desde el siglo XIV hasta el XVIII, digamos, para mayor seguridad, hasta aproximadamente 1750. Durante siglos, la actividad económica de­pende de poblaciones demográficamente frágiles, como demostrarán los grandes reflujos de 1350 a 1450 y, sin duda, de 1630 a 1730.15 Durante siglos, la circulación presencia el triunfo del agua y del-bureo, de modo que toda densidad continental es obstáculo, inferioridad. Las ex­pansiones europeas, salvo las excepciones que confirman la regla (ferias de Champaña ya en su declive a principios del periodo, o ferias de Leipzig en el siglo XVIII), todas esas expansiones tienen lugar a lo largo de las franjas litorales. Otras características del sistema son la primacía de los comerciantes; el papel eminente de los metales preciosos, el oro, la plata e incluso el cobre, cuyos tropiezos constantes sólo quedarán amortizados, y aún, mediante el desarrollo decisivo del crédito, a finales del siglo XVI; los repetidos picotazos de las crisis agrícolas esta­cionales; la fragilidad, diríamos nosotros, de la base misma de la vida económica; el papel, por último, desproporcionado a primera vista, de uno o dos grandes tráficos exteriores como eran el comercio del Levante del siglo XII al XIV, y el comercio colonial en el siglo XVIII.

He definido así, o mejor dicho evocado, a mi modo, después de algunos otros, los rasgos fun­damentales de la Europa occidental, del capitalismo comercial, una etapa de larga duración. Pese a todos los cambios evidentes que lo atraviesan, esos cuatro o cinco siglos de vida eco­nómica tuvieron cierta coherencia, hasta el cambio radical del siglo XVIII y de la revolución industrial de la que aún no hemos salido. Tienen en común algunos rasgos y permanecen in­mutables mientras que alrededor de ellos, entre otras continuidades, mil rupturas y convulsio­nes renovaban la faz del mundo.

Entre los tiempos diferentes de la historia, la larga duración se presenta entonces como un personaje abrumador, complicado, con frecuencia inédito. Admitirlo en el corazón de nuestro oficio no será un simple juego, la habitual ampliación de estudios y de curiosidades. No se tra­tará tampoco de una elección de la que será el único beneficiario. Para el historiador, aceptarla supone prestarse a un cambio de estilo, de actitud, a una alteración de pensamiento, a una nueva concepción de lo social. Supone familiarizarse con un tiempo en ralentí, a veces casi al límite del movimiento. A este nivel, no en otro -volveré sobre ello-, es lícito desprenderse del tiempo exigente de la historia, salir de él, regresar después, pero con otra mirada, con otras inquietudes, con otras preguntas. En todo caso, es en relación a estas capas de historia lenta como la totalidad de la historia se puede reconsiderar a partir de una infraestructura. Todos los niveles, todas las miles de plantas, todos los miles de estallidos del tiempo de la historia se comprenden a partir de esta profundidad, de esta semiinmovilidad; todo gravita en torno a ella.

En las líneas precedentes no pretendo haber definido el oficio de historiador, sino una concep­ción de este oficio. Afortunado y muy ingenuo será quien piense, tras las tormentas de los últimos años, que hemos encontrado los verdaderos principios, los límites claros, la escuela acertada. En realidad, todos los oficios de las ciencias sociales no dejan de transformarse de­bido a su propio movimiento y al movimiento intenso del conjunto. La historia no es una ex­cepción. Por lo tanto, no se vislumbra quietud alguna ni tampoco ha llegado la hora de los discípulos. Hay mucha distancia de Charles-Victor Langlois y Charles Seignobos a Marc Bloch. Pero desde Marc Bloch, la rueda no ha dejado de girar. Para mí, la historia es la suma de todas las historias posibles, una colección de oficios y de puntos de vista, de ayer, de hoy y de ma­ñana.

El único error, en mi opinión, sería elegir una de estas historias excluyendo al resto. Ese fue, ese sería el error historizante. No será cómodo, lo sabemos, convencer a todos los historiado­res y, menos aún, a las ciencias sociales, empeñadas en llevarnos de nuevo a la historia tal y como era ayer. Necesitaremos mucho tiempo y esfuerzo para que se admitan todos estos cambios y novedades bajo el viejo nombre de historia. Y sin embargo ha nacido una «ciencia» histórica nueva, que continúa interrogándose y transformándose. Esa ciencia histórica nueva se anuncia en nuestro país desde 1900 con la Revue de synthése historique y con los Annales a partir de 1929. El historiador ha estado atento a todas las ciencias humanas, cosa que brinda a nuestro oficio extrañas fronteras y extrañas curiosidades. Del mismo modo, no supongamos que al historiador y al observador de las ciencias sociales los separan las barreras y diferencias de ayer. Todas las [158] ciencias humanas, incluida la historia, están mutuamente contamina­das. Hablan el mismo lenguaje o pueden hablarlo.

Ya nos situemos en 1558 o en el año de gracia de 1958, se trata, para quien quiere compren­der el mundo, de definir una jerarquía de fuerzas, de corrientes, de movimientos particulares, y luego recrear una constelación de conjunto. En cada momento de esta investigación habrá que distinguir entre movimientos largos y oleadas breves, éstas tomadas de sus fuentes inme­diatas, aquellos en la corriente de un tiempo lejano. El mundo de 1558, tan desapacible en Francia, no nació en el umbral de este año sin encanto. Y tampoco, sin dejar de referirnos al contexto francés, en nuestro difícil año 1958. Cada «actualidad» reúne movimientos de origen, de ritmo diferente: el tiempo de hoy data a la vez de ayer, de anteayer y de mucho, tiempo atrás.

(…)

1 El presente texto procede de Fernand Braudel, Las Ambiciones de la Historia, Barcelona, Crítica, 2002 (pp. 147-177), basado en la edición francesa de 1997 y con traducción de María José Furió.

2 L'Anthropologie structurale, Plon, París, 1958, passim y sobre todo p. 329.

3 Jean-Paul Sartre, «Questions de méthode», Les Temps modernes, 1957, nº, 139 y 140.

4 «L'Europe en 1500», «le Monde en 1880», «l'Allemagne á la veille de la Réforme»...

5 Louis Halphen, Introduction á l'Histoire, P.U.F., París, 1946, p. 50.

6 Cf. su «Théorie générale du progrès économique», Cahiers de l'I.S.E.A., 1957.

7 Esquisse du mouvement des prix et des revenus en France au XXVIIIe siècle, 2 vols., Dalloz, París, 1933.

8 Puesta a punto en René Clemens, Prolégomènes d'une théorie de la structure économique, Domat Montchrestien, París, 1952; véase también Johann Akerman, «Cycle et structure», Revue économique, 1952, n° 1.

9 Ernst Robert Curtius, Europaische Literatur und lateinisches Mittelalteer, Berna, 1948; traducción francesa: La Littérature européenne et le Moyen Âge latin, P.U.F., París, 1956.

10 París, Albin Michel, 1943,2ª ed., 1946.

11 Le Mythe des Croisades. Essai de sociologie religieuse, publicado en 1959.

12 Pierre Francastel, Peinture et Société. Naissance et destruction d'un espace plastique, de la Rennaissance au cubisme, Audin, Lyon, 1951.

13 Otros argumentos: yo discutiría los potentes artículos todos los cuales abundan en el mismo sentido, de Otto Brunner sobre la historia social de Europa, Historische Zeitschrift, t. 177, n° 3; de R. Bultmann, ídem, t. 176, n° 1, sobre el humanismo; de Georges Lefebvre, Annales historiques de la Révolution française, 1949, n° 114, y de F. Hartung, Historische Zeitschrift, t. 180, n° 1, sobre el despotismo ilustrado...

14 René Courtin, La Civilisation économique du Brésil, Librairie de Médicis, París, 1941

15 En la situación francesa. En España, el reflujo demográfico se constata desde finales del siglo XVI.



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