Entrevista retrospectiva a uno de los grandes del arte colombiano




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Las ciudades oxidadas



“Las ciudades oxidadas” es como intitula David Manzur la etapa de su obra en la que está trabajando desde el año 2004.

Según el artista, esta nueva fisonomía de su mundo creativo, la de mayor expresionismo, es la que mejor refleja su trasfondo existencial y con la que más se identifica.

Barcos oxidados en ciudades desiertas y abandonadas; potros briosos, bestiales, que se convierten en máquinas y se funden con figuras humanas sin rasgos definidos... son los objetos centrales del nuevo canto manzuriano. Hay también algunas obras, sobrecogedoras, que aluden al genocidio nazi. En su trabajo actual son centrales las percepciones de recuerdos entremezclados de su infancia en el África, con barcos oxidados, calaveras, crepúsculos y personajes de expresión desesperada. También sobresale, por ejemplo, el hecho de que, luego de haber alcanzado la perfección del hiperrealismo, se aliente a romper con la proporción y a reinventarla.

En los últimos años, su inspiración al respecto se ha enriquecido con sus viajes a lugares como la India y la Antártida, donde dice haber encontrado verdaderas “ciudades oxidadas”.
Se nota que en su obra actual se están fusionando los diversos experimentos de todas sus etapas...
Esas son cosas que uno no se propone, pero ocurren. En la vida actual de un artista, ya no se puede hablar de estilo, como una receta o una fórmula o un sistema que marque la firma de uno.

El bombardeo de sensaciones, de imágenes, de estados de ánimo... el trasfondo, que es el que motiva todo, invita a probar de todo, y empieza uno, por exceso de ver, analizar y probar, a saber qué es bueno y qué es un engaño, porque toda esta libertad mezcla a los buenos con los malos, a los auténticos con los engañadores.

Usted siempre ha considerado que la Tierra es la máxima maestra. Eso se nota ahora mucho más, con “Las ciudades oxidadas”...
En esto de “Las ciudades oxidadas”, he estado muy consciente en relación con un aspecto que ya nos está preocupando a todos, que es el deterioro ambiental.

A mí me impresionó mucho el viaje a la India, porque allá están las “Ciudades oxidadas”, pero se me olvidó que aquí están también, tugurios tenebrosos que, en cierta manera, también son culturales, casas tan tenebrosas como las de la India.
En estas nuevas producciones, usted está dejando ver un mundo muy suyo, nuevo para el espectador, que emerge como expresión de su memoria...

Indudablemente, los recuerdos están alterados por la pasión y la verraquera de la expresión, que se niega a remedar la realidad. Estamos en un momento de transición y yo no debería hablar en palabras, sino que debería estar mostrando ya los nuevos cuadros.

Yo no quisiera hacer demagogia o predicar en el sentido de que voy a ser un testigo de la destrucción del mundo, porque de eso estamos ya cansados y me parece hasta oportunista. No, es una especie de magia, de visión que me complace, por la belleza de la destrucción misma. El óxido, la decadencia del color...
¿Con las “Ciudades oxidadas”, pretende hacer una queja por lo perecedero de todo cuanto nos rodea?
Eso es algo que más le pertenece al espectador, que a mí. Tú, por ejemplo, que ves tanto mi obra, acabas de decir eso, y eso me parece interesante, pero yo no busco eso. En estas “Ciudades oxidadas”, por ejemplo, si alguien hace una reflexión, puede decir: “Este tipo está intuyendo lo que va a ser el mundo dentro de muy poco” ¡El mundo se está oxidando!

Desde hace varios años, usted está pintando individuos carentes de miembros, incompletos, mutilados. ¿Por qué?
Porque rostros y complementos narran lo que ya está narrado. Si tú le tapas o le cortas la cabeza, queda esa incógnita de querer saber por qué. La sola pregunta ya justifica el cuadro.

¿Cuáles han sido los cambios principales que le ha dado a la representación del cuerpo humano, en los distintos períodos de su obra y qué es lo que viene ahora?
Al principio, yo andaba con tal forma de expresión, que no había ninguna estructuración basada en la proporción y me interesaban las Cíclades, Picasso, toda esa ruptura de la lógica anatómica, para hacer del cuerpo lo que uno quisiera, como forma en el dibujo.

Después de que regreso del concepto del Constructivismo, empiezo a buscar el cuerpo y me adentro mucho en la anatomía del caballo y del hombre, en esta cosa orgánica de la vida, movible... y digo: “Me tengo que retar, hasta conocer bien la interpretación de todo esto”.

Luego de este período, al llegar a la exposición en la Galería Mundo (2004), le di paso a, entre comillas, la distorsión. Aburre el ajuste proporcional, y al aburrir, se liberan las formas, y al liberarse las formas, la rabia se suelta y se traduce en otra expresión.

Y los primeros ensayos de “Las ciudades oxidadas” fueron las apreciaciones del recuerdo de los Campos de Concentración, como respuesta casi subconsciente a cosas de las que vine a enterarme después, porque, cuando era niño y las tenía muy cerca, no las sabía. Entonces, en “Las ciudades oxidadas”, todo eso existe.

Y ahora, ensayando de nuevo con la escultura, empecé a romper los moldes proporcionales. Y no hablo más, porque no sé hasta dónde va a llegar esto...
¿De dónde ese binomio indisoluble en su obra, de hombre y caballo, y cómo ha cambiado la representación que hace permanentemente de ese animal en “Las ciudades oxidadas”?
Yo no hago centauros, sino hombres montados a caballo, como “San Jorge y el dragón”. También tengo caballos que no llevan caballero, pero siempre se supone que alguien va montado. Además, desde el punto de vista plástico, es un complemento, la continuación de una anatomía en otra y el movimiento de esa anatomía. Pero ahora me importa más la máquina de caballo, las máquinas descompuestas y oxidadas, el caballo volviéndose máquina. El caballo con una parte formal y con otra que de pronto se descompone, con una absoluta antiarmonía, en una casi monstruosidad. Pero eso no se puede hacer por imposición, la misma obra le dice a uno si va bien o mal. La obra misma le dice a uno: “Déjalo ahí”. Uno tiene que obedecerle a la obra, como si alguien me la dictara. Esas son cosas muy difíciles de explicar.
¿Siente que después de trasegar por el Constructivismo, Abstraccionismo, Geometría, Hiperrealismo, ahora en su particular figurativismo de “Las ciudades oxidadas” ha podido resolver los problemas que le quedaron pendientes en los otros estilos?
Yo no soy muy comprometido con hablar de Figurativismo, Realismo, Hiperrealismo, Naturalismo, Academicismo, Formalismo... Son formas como que amarran mucho al artista. Ahora, se les ha dado a los pintores que son realistas, por decir que son hiperrealistas o que son naturalistas.

Uno está en el filo de un precipicio, y, con el menor paso, se va al abismo. Y si logra pasar al otro lado, ha logrado algo, así rompa todos los cánones que haya que romper.

Yo estoy enfrascado en una cosa en la que se mezclan recuerdos, imágenes, luces, sensaciones... pero sin estar sometido a nada.

Como te he dicho ya, cuando hice el último San Sebastián, lo llamé el punto cero, porque ahí llegué yo a plantar para mí mismo el concepto de la proporción y de la escala, cosas muy cercanas a lo formal, y como ya las logré, a partir de ahí, rompo los cánones y cuando pinto un caballo o alguna forma que se pueda narrar o reconocer ya no hay compromiso con terminar como en la naturaleza o el formalismo, sin perder cierto contexto de la proporción natural.

MANZUR
Tu azul, 
Manzur, 
absorta mis pupilas, 
me anuda las palabras, 
que no pueden hallar ofrenda alguna 
que pueda compensar 
mi transverberación 
cuando llego a la esfera 
violeta 
de tu aura. 
Trasciende mi conciencia 
la fuerza sideral del Medioevo, 
cuando el andante ritmo de tus potros 
se adentra entre los mitos 
de tu Neira. 
Y luego 
un unicornio 
salta brioso 
en el olimpo de mis párpados. 
En tu mapa genético 
resuena el canto de Leví, 
se registra la fuerza 
guerrera 
de Gengis Khan 
en las heladas tundras 
de Mongolia 
y se ondulan los árboles fenicios, 
que se tornan en naos 
que navegan curiosos 
hasta América. 
Tras recorrer desiertos 
y cinco continentes, 
las polidimensiones de tu genio 
crecen inmensurables 
buscando el hombre nuevo 
del Renacimiento. 
En el carbón estético 
de tu intelecto 
fundes los prismas iónicos 
de tu línea omnisciente. 
Y yo, 
cuando me hundo en tus pasteles, 
comulgo 
con un millardo de elementos; 
los silfos y las sílfides del viento 
me llevan a la Arcadia 
y siento cómo estalla tu inconsciente 
en una antártida 
de lienzo.

 
SERGIO ESTEBAN VÉLEZ
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