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Lengua y dialecto: cuando la lingüística se mete en política (y viceversa)


  1. ¿Qué es un dialecto?

- La política en las páginas del diccionario: el dialecto definido por la RAE y por algunos diccionarios italianos

  • De Ferninand de Saussure a Antoine Meillet: visión diacrónica y visión sincrónica

  • El continuum dialectal

  • Abstandsprache - Ausbausprache - Dachsprache




  1. Lengua y colonialismo: breves nociones de glotofagia

  • Colonialismo lingüístico interno en Europa

  • Donde hay negros sólo hay dialectos: los glotófagos del siglo XIX

  • La francofonía, esta desconocida

  • El caso del swahili




  1. Matrimonios de conveniencia

  • American English, British English y otros miembros de la familia

  • ¿Habla usted chileno?

  • Hochdeutsch vs. Schwytzerdütch




  1. Divorcios exprés

  • Serbio y croata

  • Rumano y moldavo

  • Valenciano y catalán




  1. Conclusiones


A
¿Qué es un dialecto?
lo largo de la historia de la lingüística, la cuestión del dialecto ha sido capaz de caldear muchos ánimos, viéndose contaminada por una serie de discusiones que poco o nada tienen que ver con la lingüística y sí mucho con la política, hasta el punto que uno se ve tentado a recurrir a la etimología para zanjar el asunto de una vez por todas. Lamentablemente, la etimología tampoco nos ayuda mucho: la palabra "dialecto" procede del griego διάλεκτος, es decir “discusión”. Desde luego, sobre este concepto tan sencillo se ha ido depositando una telaraña semántica que a esta altura no es fácil desenredar. No es culpa de la etimología ni de los griegos: como veremos en el transcurso de esta exposición, el término “dialecto” fue cargándose a lo largo de la historia de significados que a veces poco tuvieron y tienen que ver con la lingüística. De ahí la dificultad de encontrar una definición de dialecto que sea satisfactoria desde el punto de vista puramente lingüístico.
P
El dialecto definido por la RAE y por algunos diccionarios italianos
uede ejemplificarse este problema examinando la definición de dialecto dada por los diccionarios de referencia de dos de los principales idiomas europeos: el castellano y el italiano ().

Las definiciones que el diccionario de la Real Academia Española da de dialecto son las siguientes :

1. m. Ling. Sistema lingüístico considerado con relación al grupo de los varios derivados de un tronco común. El español es uno de los dialectos nacidos del latín. 2. m. Ling. Sistema lingüístico derivado de otro, normalmente con una concreta limitación geográfica, pero sin diferenciación suficiente frente a otros de origen común. 3. m. Ling. Estructura lingüística, simultánea a otra, que no alcanza la categoría social de lengua.”

Por otro lado, el diccionario Zingarelli define así el dialecto:

“Sistema lingüístico particular utilizado en zonas geográficamente limitadas”

Otro diccionario de referencia para el italiano, el De Mauro, da la siguiente definición:

“Sistema lingüístico utilizado en zonas geográficamente limitadas y en un ámbito social y culturalmente restringido, que ha llegado a ser secundario respecto a otro sistema dominante y no es utilizado en ámbito oficial o técnico científico. En la lingüística anglo-americana y francés, variedad regional o socialmente caracterizada del idioma oficial".
L
Visión diacrónica y visión sincrónica
a primera acepción dada por el diccionario de la RAE es hija de la así llamada “visión diacrónica”, mientras las demás definiciones, que consideran el dialecto como un sistema lingüístico geográficamente y/o socialmente limitado “que no alcanza la categoría social de lengua”, son propias de la visión sincrónica.
En la noción diacrónica, definida por el padre de la lingüística moderna Ferdinand de Sausurre en su Cours de linguistique générale, los dialectos son el producto de la natural evolución de la lengua. En esta perspectiva, por ejemplo, el castellano y el francés serían dialectos del latín, y el tok pisin que se habla en Papua Nueva Guinea lo sería del inglés. Esta visión no está exenta de problemas. De hecho, si las lenguas a, b, c, etc. son dialectos de la lengua , cabe suponer que a su vez la lengua , junto con las lenguas y , es un dialecto de la lengua x, que junto con las lenguas y y k es a su vez un dialecto de la lengua j y así hasta el infinito, o casi. Por lo tanto, mirando hacia el pasado un idioma es dialecto y, mirando hacia el futuro, es lengua. A esta altura la taxonomía se vuelve una cuestión de puntos de vista. Privilegiando el aspecto genético respecto a otros aspectos, además, se dan situaciones curiosas en las que una “lengua” padre da lugar a varios “dialectos” hijos – en sentido diacrónico – cuya comprensión mutua es escasa. Es éste el caso, por ejemplo, de las lenguas romances: el castellano y el italiano presentan un alto grado de inteligibilidad mutua, que sin embargo no comparten con el francés, no obstante esas dos lenguas sean genéticamente más cercanas al francés que la una a la otra. Y esto porque el francés ha sufrido cambios más rápidos y más profundos respecto al latín de cuanto haya ocurrido con el castellano y el italiano.

La visión diacrónica tiene sin embargo el mérito, nada despreciable en la materia que nos interesa, de permanecer prácticamente impermeable a consideraciones de orden político: su fundamental genetismo deja muy poco lugar a juicios de valor: decir que, supongamos, el castellano y el catalán son - en sentido diacrónico - dialectos del latín, no implica consideración alguna sobre el valor social de ninguno de estos tres idiomas.
En cambio, la visión sincrónica es el caldo de cultivo ideal para contaminaciones de índole ideológico y/o político. Uno de los primeros lingüistas en definir sincrónicamente el dialecto fue Antoine Meillet en el prefacio de su obra Langues du monde de 1924. Decía Meillet que “Dentro de un grupo lingüístico extenso se constata que ciertas hablas locales presentan rasgos en común y los hablantes de determinadas regiones tienen el sentimiento de pertenecer a un mismo subgrupo: en tales casos, se dice que esas hablas locales forman parte de un mismo dialecto". La diferencia con la visión diacrónica es fundamental: el dialecto ya no es un subproducto histórico de la lengua (que a su vez generaría otros subproductos) sino una modalidad local de la lengua, más o menos extendida. No me consta que Meillet quisiera ir más allá de un honesto intento de enfrentarse con la cuestión desde un punto de vista no meramente histórico, pero fue a partir de ahí que empezaron los problemas: si el dialecto es contemporáneo a la lengua, de la cual constituye un subproducto no ya histórico sino geográfico, de ahí a politizar el asunto el paso es muy breve y muchos de los que vinieron después de Meillet lo dieron.
Examinemos más de cerca la definición sincrónica. Si el dialecto es un subproducto geográfico o hasta social de la lengua, cabe demostrar en qué se diferencia del producto principal, es decir de la lengua. La dialectología clásica proporciona categorías interpretativas para definir el dialecto diferenciándolo de la lengua. En este sentido, el dialecto sería tal por uno o más de una serie de motivos tales como:


  • La falta de normalización: los dialectos tienden a presentar variantes gráficas, léxicas y fonéticas que inciden directamente en la homogeneidad del habla. Por ejemplo, puede que el dialecto X presente dos formas distintas de decir “cordial”, utilizadas en distintas regiones, y que una de estas dos formas presente además dos tipos de pronunciación diferentes.

  • La falta o la exigüidad de tradición literaria.

  • La falta de escritura.


Hay que subrayar que se trata de definiciones ya anticuadas y que hoy en día costaría encontrar a un lingüista que aún las defienda, al menos abiertamente. Sin embargo, sigue habiendo lingüistas, por ejemplo de escuela italiana, empecinados en clasificar determinadas lenguas locales como dialectos sobre la base de las complicadas estructuras interpretativas de la dialectología. Los dialectólogos italianos del siglo XXI no admitirían nunca que el véneto o el siciliano son lenguas a todos los efectos, así como los dialectólogos franceses de principios del siglo XX le negaban el estatus de lengua al occitano o al bretón. Esta negación se basa, a mi modo de ver, en consideraciones de orden exclusivamente político, como intentaré ilustrar más adelante. Pero es una negación que, al menos aparentemente, sigue basándose en parte en las viejas y desacreditadas categorías interpretativas que mencioné antes. Por eso, aunque desmentir estas categorías interpretativas pueda parecer demasiado fácil y hasta gratuito, un poco como cascar una nuez con una excavadora, no me voy a privar del placer de hacerlo.
Para esta operación evitaré utilizar los términos “lengua” y “dialecto”. Por motivos de practicidad utilizaré los términos “habla dominante” y “habla dominada”.
Cuando un habla se encuentra en la posición de ser dominada por otra habla, sufre una serie de desventajas evidentes que influyen en su estructura semántica, fonética y gramatical, mermando de manera más o menos grave su capacidad de ser utilizada como vehículo de comunicación. La posición de inferioridad lingüística puede darse a varios niveles, desde el desprestigio social hasta la persecución policial.

En estas condiciones, es frecuente el caso de “atomización” de un habla dominada: si no dejan que se desarrolle y se normalice, o si sus mismos hablantes tienen vergüenza en usarla y normalizarla con el uso, lo más probable es que un habla dominada termine atomizándose en una serie de variantes locales que con el tiempo pueden llegar a ser muy distintas las unas de las otras. Es decir, no es que un habla dominada sea un dialecto porque le falta normalización; es que le falta normalización por ser habla dominada. Afirmar lo opuesto es confundir el síntoma con la causa, un poco como decir que el niño está enfermo porque tiene fiebre. Pues no, es al revés: tiene fiebre porque está enfermo.
Afirmar que un dialecto es tal por falta o exigüidad de tradición literaria es, una vez más y por los mismos motivos, confundir el síntoma con la causa. En la historia reciente de Europa abundan los ejemplos de hablas dominadas cuyo desarrollo literario se ha visto interrumpido u obstaculizado por la acción del habla dominante. Valga por todos el ejemplo del catalán, cuyo uso público fue prohibido durante la dictadura franquista: el catalán, lengua que cuenta con siglos de tradición literaria, se vio relegado al ámbito familiar, lo que no suele favorecer el desarrollo ni la continuidad de una literatura.
En cuanto a la falta de escritura, es el argumento más rancio de los dialectólogos. Hoy en día ya nadie se atrevería a afirmar que las lenguas son tales porque tienen alfabeto y escritura. Por suerte, en este sentido, la lingüística ha avanzado bastante desde el siglo XIX.
Creo que ya se empieza a ver por dónde va la cosa: corremos el riesgo de enfrascarnos en consideraciones de índole político perdiendo de vista la pregunta principal: ¿Qué es un dialecto? Hemos visto que la visión diacrónica tiene la ventaja de mantener la cuestión dialectal en el ámbito lingüístico, pero, por otro lado, presenta limitaciones importantes puesto que en el fondo sólo proporciona una manera como otra de clasificar las lenguas desde un punto de vista histórico. La visión sincrónica parece más interesante, sin embargo, como ya se ha repetido varias veces, queda abierta a abundantes contaminaciones políticas, hasta el punto que alguien, no se sabe bien quién (Max Weinreich, Einar Haugen, Hubert Lyautey), acuñó una vez una fórmula que ha quedado proverbial entre los lingüistas: “Una lengua es un dialecto con un ejercito y una armada”. Podemos tomar esta frase como una hipérbole o como la pura verdad, pero no creo que podamos ignorarla.
E
El continuum dialectal

ntonces, ¿no queda nada más allá de las limitaciones de la visión diacrónica y de las contaminaciones de la visión sincrónica para definir el término dialecto? Algo queda: quedan algunos intentos de quitarle dramatismo a la cuestión, y uno de ésos es la teoría del continuum dialectal. Generalmente el continuum dialectal es definido como una red de dialectos cuyas variantes geográficamente contiguas son mutualmente inteligibles. La inteligibilidad decrece con el crecer de la distancia entre los dialectos. Un ejemplo muy conocido es el del continuum dialectal afrikaans-holandés-frisón-bajo alemán-alemán. Los hablantes de afrikaans no suelen entender a los que hablan alemán – y viceversa – pero estos dos dialectos son interconectados por una larga serie de dialectos intermedios, sin interrupción de la inteligibilidad mutua entre los dialectos contiguos a lo largo del continuum. Haré un ejemplo práctico extraído de otro continuum dialectal, el de las lenguas romances: los sicilianos, hasta los pocos que no hablan nada de italiano, entienden a los italianos, que a su vez entienden a los piamonteses, que entienden a los catalanes, que entienden a los españoles, que entienden a los gallegos, que entienden a los portugueses. A lo largo del continuum, hay inteligibilidad mutua entre dialectos contiguos. Sin embargo, para quedarnos con nuestro ejemplo, es difícil que un siciliano entienda lo que dice un portugués a no ser, por supuesto, que su novia sea de Oporto.
¿Cuál es el aspecto más interesante de la teoría del continuum dialectal? Tal vez el hecho de que, como se habrá notado en esta breve exposición, en esta teoría no se suele hacer distinción alguna entre lenguas y dialectos: todos son dialectos, porque todos son formas específicas de una lengua usadas por una comunidad de hablantes. En este sentido, nos acercamos mucho a la definición de dialecto dada por la lingüística antropológica: la diferencia entre lengua y dialecto es la diferencia entre el abstracto o general y el concreto o particular. Desde esta perspectiva, nadie habla una "lengua", sino que todo el mundo habla “el dialecto de una lengua”. Y cuando estos dialectos son contiguos, es probable que los hablantes respectivos se entiendan entre sí. Y un corolario más: si todo el mundo habla un dialecto, la identificación de un dialecto en especial como “estándar” o “correcto” constituye, en la práctica, una distinción social. A menudo, lo que comúnmente se define “lengua” para distinguirla de variantes denominadas “dialectos” es el dialecto social de la élite. El caso del alemán es clarísimo. Falta en los países de habla alemana una institución encargada de velar, en el bien y en el mal, por la pureza y la integridad de la lengua, como ocurre por lo contrario en España (Real Academia) o en Italia (Accademia della Crusca); cuando se intenta definir qué cosa es el alemán estándar u Hochdeutsch, se suele decir que es la variante hablada por las clases cultas de Hamburgo. Ahí lo tenemos: la lengua definida por el estatus social. Más claro es imposible, creo yo.
Y así volvemos al problema de siempre: no parece posible distinguir entre lenguas y dialectos o, dicho de otra manera, entre dialectos estándar y no estándar, sobre la base de criterios exclusivamente lingüísticos. Parece que tenemos que aceptar de una vez por todas que esta distinción es o política o bien sociológica, pero en ningún caso puede hacerse utilizando categorías interpretativas extraídas únicamente de la lingüística. La teoría del continuum dialectal nos ayuda a enfocar mejor el asunto en la medida en que considera cualquier habla como un dialecto, pero sólo se ocupa de demostrar la inteligibilidad mutua de dialectos contiguos y no nos ayuda a determinar qué cosa distingue un dialecto de una lengua.
L
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