2003, Santillana Ediciones Generales, S. L




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Diez


«Amar apasionadamente sin ser correspondido es como ir en barco y marearse: tú te sientes morir pero a los demás les produces risa», me dijo un día con aplastante lucidez el escritor Alejandro Gándara. Es cierto: los achaques amorosos suelen provocar en los espectadores una sonrisilla a medias burlona y a medias conmiserativa. Y, sin embargo, ¡el dolor del amor despechado es tan agudo! Es una desesperación que enferma, una desolación que te vacía. Resulta curioso que tus amigos se tomen tan poco en serio un sufrimiento para ti tan profundo; y resulta aún más curioso que tú tampoco te conmuevas demasiado cuando a quienes les toca sufrir es a tus amigos. ¿Por qué será que, cuando no estamos sumidos en el martirio del desamor, no le damos tanta importancia a esa desdicha? ¿Será que, en el fondo de nuestra conciencia, sabemos que la pasión amorosa es un invento, un producto de nuestra imaginación, una fantasía? ¿Y que, por tanto, ese dolor que nos abrasa es de algún modo irreal? Claro que todos los psiquiatras saben que un enfermo imaginario, por ejemplo, puede acabar matándose de verdad: puede crearse un cáncer, una embolia cerebral, una enfermedad física. Pero también los hipocondríacos son objeto de burla. La loca de la casa a veces es así: juega perversamente con nosotros. Nos hace experimentar un dolor destructivo y auténtico frente a sus espejismos.

Como soy una persona apasionada, he vivido repetidas veces ese dolor amoroso insoportable que luego siempre se acaba soportando. Pero hubo una situación especialmente absurda que parece sacada de una mala novela de enredos y equívocos. Sucedió hace mucho tiempo, en el verano de 1974, en los últimos tiempos del franquismo. Yo tenía veintitrés años, trabajaba en la revista de cine Fotogramas, compartía piso con una amiga periodista, Sol Fuertes, y vivía alegremente la incendiaria vida de los primeros setenta, que fueron unos años desmesurados y movedizos. Era la época del amor libre, de la cultura psicodélica, de los conciertos de rock atufados por el olor dulce y embriagante de la hierba. También era la época de las manifestaciones antifranquistas y de las carreras delante de los grises, pero eso no lo añoro en lo más mínimo; siempre detesté el abuso de fuerza de la dictadura, y la estupidez de la dictadura, y el miedo que se pasaba; y el tiempo no me ha hecho mitificar toda aquella mugre. Contra Franco no vivíamos mejor de ninguna de las maneras; lo que me gustaba y aún me gusta de aquellos años era todo lo que no pertenecía ni al franquismo ni al antifranquismo; lo que me gustaba era la libertad cotidiana que empezaba a construirse por debajo del régimen que se desmoronaba, y la contracultura, y la música atronadora, y el espíritu aventurero e innovador que latía en el aire, y la increíble sensación de que íbamos a ser capaces de cambiar el mundo. Ardían las noches en aquel Madrid del verano de 1974. Aunque lo más probable es que las noches siempre ardan cuando uno acaba de cumplir los veintitrés años.

Una de esas noches tórridas y eternas salí a cenar con Pilar Miró. Pilar andaba ennoviada con un director de cine extranjero que en esos momentos estaba rodando una película en España. El protagonista del film era M., un actor europeo que acababa de tener un par de grandes éxitos en Hollywood y que en aquellos años era muy famoso. Recién separado de una estrella norteamericana, había llegado a España perseguido por una nube de periodistas sensacionalistas. Pilar me había telefoneado un par de días antes para hablarme de él: «Es un tío estupendo, aunque bastante raro, introvertido, tímido. Se encuentra aquí muy solo y está algo deprimido. ¿Te quieres venir a cenar el sábado con nosotros y con M.? Ya verás, te gustará. Le explicaré a M. que, aunque trabajes en una revista, no eres como los demás... Es que odia a los periodistas, sabes, ha tenido muy malas experiencias con ellos y en eso es un poco maniático». Dije que sí, por diversión, por curiosidad, porque era un hombre muy guapo y, sobre todo, porque siempre he sentido una debilidad fatal por los tipos raros. De modo que salimos los cuatro, Pilar, el novio de Pilar, M. y yo. Fuimos a cenar a Casa Lucio, y tomamos un café en Oliver, y nos bebimos unas cuantas copas en Boccaccio. Todo fue razonablemente bien: M. no hablaba español y yo por entonces apenas si chapurreaba dos palabras de inglés, de manera que conversábamos atragantada y precariamente en un penoso francés o un horrible italiano. Pero en realidad no nos hacía falta el idioma para entendernos: hablaban nuestros cuerpos, nuestras feromonas, los roces de la piel, las miradas golosas. Él tenía los ojos verdes más hermosos que jamás había visto, unas manos grandes y huesudas, unos hombros mullidos, unas caderas sólidas y esbeltas, como de bailarín. El aire entre nosotros echaba chispas; por alguna maravillosa razón, era evidente que yo le atraía; ahora, que sé bastante más sobre el ser humano, pienso que en aquellas circunstancias le hubiera atraído casi cualquier chica. Me pasé la velada flotando a dos palmos del suelo, disfrutando de la progresiva construcción del deseo, del deleite de la expectativa, de esa exquisita sensación que consiste en arder de ansia sexual sabiendo que dentro de pocas horas vas a poder cumplirla.

Al fin, a eso de las cuatro de la mañana, nos despedimos de Pilar y su pareja y nos encaminamos en mi coche hacia el domicilio de M. La productora le había alquilado un apartamento amueblado en la Torre de Madrid, un rascacielos de unos treinta pisos que era por entonces el edificio más alto de la ciudad. La Torre, construida en los años cincuenta, había sido el orgullo del franquismo, un ensueño fálico y algo papanatas de modernidad. Yo nunca había estado en su interior y aquella noche me sorprendió el aspecto rancio que todo mostraba. Había un tétrico vestíbulo con un portero adormilado detrás de un mostrador, deprimentes luces de neón y un galimatías de ascensores que parecían subir cada uno a un piso distinto. Para llegar al apartamento de M., situado en la parte alta del edificio, había que cambiar varias veces de ascensor e incluso de rellano, abrir puertas, cruzar escaleras. Un verdadero laberinto.

Pero al fin llegamos. El apartamento era una extravagancia que parecía salida de un telefilm norteamericano de los años cincuenta, con sillas de fórmica provistas de tres patitas de metal, una barra de bar en la sala, un muro revestido de teselas color verde y cortinas con dibujos de palmeras. Después de besarnos y mordernos y reírnos de la horrorosa decoración, y volvernos a morder y a estrujar, todavía de pie y junto a la puerta, M. me preguntó si quería beber algo y se dirigió al bar. Se agachó para sacar algo de debajo de la barra, luego se levantó y, de pronto, dejó de hablar, se llevó la mano a los ojos, palideció, dio una especie de suspiro, o de grito sordo, o de resoplido, y se desplomó como un pelele. Se golpeó contra el suelo con un ruido horrible; contra el suelo y contra algo más, porque, cuando me abalancé aterrorizada sobre él, vi que, en su caída, había debido de darse con algo: tenía sangre en la cara, en un lado de la cara, sobre el ojo. Apenas si me atrevía a mirar, apenas si me atrevía a tocarle. Empecé a llamarle pero no respondía, seguía sin sentido sobre el suelo y chorreando sangre, ahora veía que se había abierto una brecha en la ceja o quizá en la frente, no tenía porqué ser grave, la ceja era siempre tan aparatosa para las hemorragias, intenté animarme; pero lo peor no era el golpe, lo peor era que se había desmayado aun antes de caerse, y no estaba ni mucho menos tan borracho como para eso, podía haber tenido un ataque, quizá estuviera enfermo, muy enfermo, no respondía a mis palabras, no se movía y yo no podía hacer nada con él con mis escasas fuerzas, era un hombretón de tal vez un metro noventa centímetros de altura y por lo menos debía de pesar noventa kilos, y ahora estaba desmadejado sobre el suelo como un muñeco roto.

Le puse un cojín debajo de la cabeza, pero luego temí que se hubiera lastimado el cuello al caer y se lo quité; le mojé la frente con agua fría —la parte contraria a la de la brecha— y le palmeé las manos, pero pasaban los minutos, o a mí me parecía que pasaban, y M. no volvía en sí. Busqué el teléfono para llamar a urgencias, pero cuando descolgué el auricular no pude escuchar nada; sin duda el aparato estaba conectado a una centralita y había que marcar algún número para conseguir línea, pero por más que probé, primero con el cero, luego con el nueve, después con cada una de las cifras, no logré que el maldito teléfono funcionara. Desesperada, decidí bajar en busca del portero. Como no sabía dónde había dejado M. las llaves de su casa (sin duda podría haberlas localizado fácilmente, pero supongo que me encontraba tan histérica que no razonaba demasiado bien), dejé la puerta del apartamento abierta de par en par para que no se cerrara. Descendí todo lo deprisa que pude por el laberinto de escaleras y ascensores, y llegué frente al mostrador de recepción como una tromba. El portero era un tipo grandullón de unos cuarenta años. Estaba medio dormido y se quedó pasmado ante mi aparición y mi farfulla. Tuve que repetir dos o tres veces lo que había sucedido para hacerme entender.

—Está bien, está bien, tranquilízate —gruñó el hombre al fin—. ¿En qué piso es?

Y ahí fue cuando me di cuenta de mi error: no sabía ni el piso ni el número del apartamento. No sabía nada.

—No lo sé, no me he fijado, pero es donde está alojado M., el famoso actor, tiene que conocerlo, seguro que sabe dónde es...

—¿M., dices? Ni idea. No sé quién es. Yo no trabajo aquí, yo estoy haciendo una suplencia porque es sábado, yo no conozco a nadie ni he visto a nadie. Y además no quiero líos. Todo esto es muy raro.

Pensé que me iba a dar un ataque de ansiedad, que me iba a caer redonda como M. Aún recuerdo la angustia que sentí esa madrugada; lo que no recuerdo es cómo conseguí convencer al portero para que me acompañara a intentar encontrar el apartamento. Aquel hombre era de por sí un bruto desconfiado y antipático, pero además el franquismo avivaba el recelo de tipos como él: bajo la dictadura cualquier cosa podía ser en efecto sospechosa, y la gente medrosa y acomodaticia siempre evitaba «buscarse líos».

Pero ya digo que logré no sé cómo convencerlo y me siguió, aunque bastante reacio, en mi periplo por la zona alta de la Torre, en busca de la puerta que yo había dejado abierta. Empezamos por la última planta y fuimos descendiendo piso a piso; y, para mi desesperación, no la encontramos. Intenté recordar si las ventanas del apartamento estaban abiertas: me pareció que sí, y pensé que una corriente de aire podía haber hecho que la hoja se cerrara. Llegamos hasta la planta octava, donde ya empezaban las oficinas, y que era evidentemente distinta a aquella en la que yo había estado, sin haber conseguido nada. No me lo podía creer: me sentía en el interior de una pesadilla. El que tampoco se lo creía era el portero, que se mostraba cada vez más irritado y más suspicaz. Al cabo, empezó a sugerir que yo estaba mintiendo, que quizá le había obligado a irse de la recepción para que algún compinche cometiera un delito. Y en cuanto se le ocurrió la idea se puso nerviosísimo y me dijo que me fuera inmediatamente y que iba a avisar a la policía. Me marché, porque nadie quería tener tratos con la policía franquista. Por fortuna, llevaba mi bolso en bandolera y eso había impedido que me lo dejara en el apartamento; en eso, por lo menos, había tenido suerte.

Pero todo lo demás fue una catástrofe: eran las seis de la mañana y en algún lugar de esa Torre dormida, de esa colmena laberíntica, M. podía estar muriéndose. Para peor, era domingo, de manera que no podía llamar a la productora para que me ayudaran. En cuanto a Pilar, sabía que se había ido a dormir al chalet que su novio había alquilado en algún impreciso lugar de las afueras. Desesperada, me marché a mi casa y empecé a llamar a todos mis conocidos del mundillo del cine, desde actores a periodistas, para ver si alguno tenía el número de teléfono del novio de Pilar o de alguien de la productora. Al final, a las once de la mañana, después de pasarme casi cuatro horas aferrada al auricular, conseguí dar con la sastra de la película, que me prometió encargarse de todo. Le rogué que me tuviera informada de lo que pasaba y que me dijera cuál era el apartamento cuando lo supiese para poder llamar (cuando se hizo de día había intentado telefonear a la Torre, pero la operadora tampoco conocía el número de M.: por lo visto le habían inscrito con otro nombre para despistar a los periodistas). Me pasé el día mordiéndome las uñas junto al aparato, pero no llamó nadie. Hasta las once de la noche, que fue la hora a la que más o menos telefoneó Pilar. Su voz sonaba rara, preocupada.

—M. está furioso —dijo, de entrada.

—¿M.? ¿Has hablado con él? ¿Cómo está? —pregunté yo, aún obsesionada por su salud.

—Ya te digo, furioso.

—¿Furioso? ¿Entonces está bien? —repetí tontamente, sin entender nada.

—¡No! ¿Cómo va a estar bien? Está que brama.

Me costó comprenderlo, pero al cabo conseguí reconstruir la historia dentro de mi cabeza. Al parecer, M. había sufrido simplemente una lipotimia: por exceso de trabajo, o porque las copas le sentaron mal o por cualquier razón menor y sin consecuencias. Al caerse, en efecto, se había roto una ceja, pero eso tampoco resultó ser nada grave, aparte del fastidio que el hematoma y la hinchazón iban a suponer para el rodaje, que tal vez tuviera que suspenderse un par de días. Debió de volver en sí nada más marcharme yo en busca del portero; confundido y perplejo, asustado por el escándalo de su propia sangre, empezó a pensar que algo malo había sucedido. No podía explicarse mi desaparición y, cuando vio la puerta de su apartamento abierta de par en par, la cerró y corrió a mirar su cartera, por si le había robado. Al parecer era un tipo bastante paranoico, cosa que yo por entonces no sabía; pero por otra parte también hay que reconocer que, desde su punto de vista, la situación era rarísima. Humillado e inquieto, se lavó la brecha, se acostó y se durmió, hasta que a mediodía le despertó, muy preocupada y preguntándole por su salud, la ayudante de producción, que había sido alertada por el foto fija, a quien, a su vez, había avisado la sastra. Con tanto intermediario, ignoro qué le explicaría la ayudante de producción sobre mi versión del incidente, pero en cualquier caso esto no fue lo que le puso furioso. Lo que verdaderamente le encendió sucedió horas más tarde, a eso de las nueve de la noche, cuando la ayudante de producción volvió a telefonear a M. y le dijo que las radios y la televisión acababan de decir que él, M., estaba agonizando.

Yo no me había enterado de nada hasta la llamada de Pilar, pero inmediatamente deduje lo que podía haber sucedido. Esa mañana, cuando me puse a telefonear desesperadamente a todos mis conocidos del entorno cinematográfico, hablé también con unos cuantos periodistas. Como les estaba despertando a una hora intempestiva, me sentí en la obligación de contarles por encima la razón por la que les llamaba. Y alguno de ellos (podía sospechar concretamente de dos) había decidido poner la noticia en circulación. Pero, claro, M. no sabía nada de esto. M. creyó que era yo quien había comercializado la historia; esto es, su primera intuición habría sido acertada y yo le habría robado de algún modo. Con el agravante de haberlo abandonado desmayado y herido. Un verdadero buitre de la prensa, de esos que él odiaba. Horrorizada, me apresuré a relatarle todo el embrollo a Pilar (en quien detecté cierta suspicacia inicial hacia mí: de manera que la paranoia de M. resultaba bastante convincente, después de todo), que, a su vez, intentó hablar con M. para disculparme. Pero él no quiso ni escuchar.

—Ya se le pasará y entonces se lo contaremos. Ahora también está cabreado conmigo por haberle dicho que eras de fiar —me contó Pilar con su temple habitual en una nueva llamada, tras explicarme el fracaso de su gestión.

Pero no se le pasó, porque la cosa fue cada día a peor. El lunes, el vespertino Pueblo salió con un reportaje de dos páginas y una llamada en primera contando que, tras su tormentoso divorcio con la diva de Hollywood, el famoso actor M. había intentado suicidarse en un hotel madrileño y se encontraba gravísimo. Era pleno verano, los medios de comunicación atravesaban una tediosa sequía de noticias y se lanzaron sobre el bulo con fruición. Los lectores que tengan suficiente edad quizá recuerden aquel mísero escándalo estival, aquella breve vorágine de sórdidos cotilleos, y puedan identificar quién era, quién es, M. La historia se reprodujo en la prensa internacional e incluso vinieron a Madrid algunos reporteros extranjeros. La productora dio un comunicado oficial en el que se explicaba que el actor había sufrido una lipotimia y se había herido levemente en una ceja, pero, como M. no apareció por el rodaje durante una semana (el tiempo que tardó en curarse), y como además se negó en redondo a recibir a ningún periodista, durante su ausencia los paparazzi se lo pasaron en grande inventando patrañas. Se dijo que había muerto; que estaba perfectamente pero que había abandonado el rodaje para volar a Los Ángeles y darle una paliza a su ex esposa; que no quería darle una paliza sino, por el contrario, rogarle de rodillas que volviera con él; que era un drogadicto y habían tenido que internarle en una clínica; que le había dado una depresión y habían tenido que internarle en una clínica; que era un alcohólico y se había destrozado la cara al caerse en mitad de una borrachera; que la productora española le iba a demandar por daños y perjuicios porque la película no se podría terminar... Ni que decir tiene que todo esto no ayudó a que nuestras inexistentes relaciones mejoraran. Al cabo de siete días, M. volvió al rodaje y el escándalo se desvaneció a la misma velocidad a la que se había montado. Pero él jamás me perdonó. No quiso saber nada más de mí.

Yo estaba en el infierno.

Si hay algo verdaderamente insoportable para una persona que tiende a la disociación es que otra persona se haga pasar por ella, o que le acusen de haber hecho algo que no ha hecho. A mí me han ocurrido las dos cosas y las dos producen una inmensa zozobra. Pero, además, con M. la angustia se había multiplicado hasta el paroxismo porque, de súbito, como siempre suceden estas desgracias, me había descubierto fatalmente enamorada de él. Aunque tal vez fuera al revés, tal vez el enamoramiento se hubiera multiplicado hasta el paroxismo por el acicate de la angustia: ya se sabe que la pasión engorda con la imposibilidad y con el equívoco. Más aún, la pasión es puro equívoco. Ya lo decía Platón: «Amar es dar lo que no se tiene a quien no es». O sea, un lastimoso lío de identidades confusas, un perpetuo error de apreciación. Y así, M. se equivocaba al creer que yo me había portado como una sinvergüenza y yo me equivocaba al pensar que M. era el hombre de mis sueños. Un ser maravilloso al que yo había perdido para siempre por la mala suerte, por mi nerviosismo y por mi torpeza.

Intenté por todos los medios explicarle mi versión o que alguien se la explicara, pero ni mis cartas (traducidas al inglés por un profesional) ni mis intermediarios lograron llegar a él. Durante varias semanas me abrasé de desesperación por el malentendido. No podía soportar la idea de que Él, precisamente Él, El Hombre De Mi Vida, pensara de mí, por un simple error, las cosas más horrendas. No me aguantaba a mí misma. Me quería morir. De hecho, enfermé: me pasé no sé cuántos días vomitando. Luego, cuando el rodaje se acabó y M. se marchó de España, tuve que resignarme a lo inevitable de la catástrofe; a partir de entonces, la desesperación por el equívoco dio paso a una desesperada pena pura. El dolor del desamor me golpeó como la ola gigante de un maremoto. Me perseguía su recuerdo. Me abrumaban sus ojos, tan verdes, tan punzantes; y rememoraba una y otra vez todos los (pocos) besos que nos habíamos dado, cada una de las caricias y de los roces. Todo ese esplendor, ese cuerpo duro y cálido, esa piel turbadora, ese embriagador olor a hombre, todo ese banquete de la carne había estado a mi alcance, en la punta de mi corazón y de mis dedos; mi deseo rugía, la frustración me ahogaba. Como aún era muy joven, estaba convencida de que nunca jamás encontraría a ningún hombre que me gustara tanto. Los demás varones de la Tierra desaparecieron para mis ojos: tres mil millones de seres que se borraron de golpe. Era un sufrimiento tan obsesivo que, por las mañanas, cuando me despertaba, el primer pensamiento que me asaltaba era la imagen de M. y la desolada certidumbre de haberlo perdido. Dolía tanto que tuve que esforzarme en no pensar en él. Ni veía sus películas ni hablaba de M. con nadie. Sobrellevaba mi pena como si estuviera atravesando un campo minado: cuando pensaba en otra cosa, la vida proseguía con normalidad, casi feliz. Pero de cuando en cuando algo me recordaba a M., esto es, pisaba sin querer una de las minas: y el estallido me dejaba con las tripas fuera durante cierto tiempo.

Pero la vida es tan tenaz que, pasados unos meses, incluso esa pena inagotable se agotó. Los tres mil millones de varones terrícolas volvieron a materializarse sobre el planeta y me enamoré y desenamoré de algunos de ellos unas cuantas veces. Durante varios años, el recuerdo de M. me siguió produciendo una especie de desagradable pellizco en la memoria. Luego llegó un momento en el que no volví a pensar más en él; y, si por casualidad su nombre o su imagen caían ante mis ojos (en una vieja película, en una noticia), la estrambótica historia de aquel encuentro me parecía un sainete, algo que me habían contado, no algo que de verdad me hubiera ocurrido.

Hace cuatro o cinco años tuve que viajar a una ciudad europea a presentar una de mis novelas, cuya traducción acababa de ser publicada en ese país. En el acto, me dijeron, intervendría mi editor y un conocido crítico literario; luego hablaría yo y, como cierre, una actriz leería algunos fragmentos de la traducción. Para mi sorpresa, cuando llegué al local en donde se iba a celebrar el evento me encontré con M.; de hecho, casi me di de bruces con él en la puerta. No me reconoció y yo estuve a punto de no reconocerle. Habían pasado dos décadas largas desde los sucesos de Madrid y fueron unos tiempos bastante duros para M. Su carrera había ido declinando de modo imparable, de una mala película a otra peor, hasta desaparecer por completo de las pantallas. Por lo visto había tenido graves problemas de depresión, de drogas y de alcohol: es decir, se había convertido en todo lo que los reporteros sensacionalistas inventaron para él en aquel verano venenoso. Todas esas ruinas interiores, más la saña del tiempo, habían destrozado su formidable físico. Estaba medio calvo, con la piel cenicienta y blandamente descolgada sobre los pómulos y un triste pellejillo a modo de papada. Se le veía enclenque; había perdido esos mullidos músculos que antes le hacían parecer atlético y una pequeña barriga, redonda y vergonzante, asomaba por encima del cinturón. Un cinturón, por cierto, todo despellejado, porque sus ropas estaban viejas y descuidadas. Su horrible chaqueta de pata de gallo, totalmente fuera de moda, lucía algún lamparón arcaico y reseco en la solapa. Parecía un anciano y, sin embargo, sólo me lleva nueve años. Lo que quiere decir que, en aquellos momentos, apenas si debía de tener cincuenta y cuatro o cincuenta y cinco. Me lo presentaron brevemente y M., con expresión ausente, paseó por mi cara unos ojos que parecían incapaces de fijar la mirada, unos ojos desenfocados, enrojecidos, lacrimosos, la tumba de aquellos extraordinarios ojos verdes perdidos para siempre en el pasado.

—Es que la actriz se ha puesto enferma y entonces hemos recurrido a M... —me explicó mi editor en un apresurado aparte—: ¿Te acuerdas de él? Ahora no lleva una racha muy buena, pero ha sido un actor famosísimo... Y verás qué voz tan hermosa tiene.

Y, en efecto, la tenía. Yo no me acordaba de eso, pero la tenía. Una voz cálida y broncínea, una voz maravillosa con la que leyó maravillosamente mi novela, recuperando por unos instantes la dignidad y la fuerza, casi la magia.

Pero luego terminó el acto y M. cayó sobre mí como una plaga. Antes, cuando nos habían presentado, no se había dado cuenta de que yo era la escritora, y ahora venía dispuesto a enmendar su pifia dándome toda la coba del mundo. No era que le hubiera gustado mi libro (en realidad, como descubrí después, ni se lo había leído: sólo los fragmentos que le habían señalado para su intervención) y, por supuesto, tampoco me había reconocido; pero obviamente consideraba que yo era una figura de suficiente poder e influencias como para invertir buena parte de sus energías en adularme. De la misma manera que adulaba abyectamente a mi editor, y al crítico, y a los periodistas. Oh, sí, este hombre que antaño odiaba y rehuía a la prensa, ahora se esponjaba como un pobre pavo con las plumas rotas intentando llamar la atención de los reporteros. Sin duda debía de estar muy necesitado: de atención, pero también de trabajo. Y de dinero.

Todo esto me resultaba muy triste y en principio hubiera podido conmoverme fácilmente. Pero lo peor era que no podía. Ni siquiera eso conseguía M.: porque era un verdadero pelmazo, ¡y tan idiota! En el tiempo transcurrido desde nuestro encuentro en Madrid, yo había aprendido a hablar bien el inglés: y esto resultó fatal en mi juicio sobre él. Empecé a pensar que parte de mi loco enamoramiento de aquel entonces debió de originarse por el hecho de no haberle comprendido ni una palabra. Ahora, que le entendía perfectamente, me resultaba atroz. Claro que el alcohol, la depresión y las drogas terminan aplanando el cerebro; tal vez en 1974 M. no fuera tan estúpido como me pareció aquella noche.

Que fue, por cierto, una larga y aburrida noche. Tras el acto, nos fuimos todos a cenar. M. bebió bastante y sus ojos se pusieron aún más llorosos, sus mejillas más temblonas, sus razonamientos más confusos. Impidió cualquier conversación organizada, se le puso chillona y desagradable la bella voz broncínea, repitió las mismas y estúpidas anécdotas siete veces y acabó persiguiendo de manera ignominiosa a Mía, la encargada de prensa de la editorial, una muchacha atractiva y pelirroja que pasó unas horas amargas intentando escabullirse de sus ávidas manos. En resumen, M. nos dio la cena. Al final, mi editor lo raptó literalmente y se lo llevó en un taxi; y los demás comensales nos despedimos con aliviadas prisas. Yo me dirigí caminando hacia mi hotel, en compañía de Mía, por las calles oscuras y silenciosas. Había llovido mientras nos encontrábamos en el restaurante y la noche estaba fresca y limpia, un poco melancólica, agradable. La pobre Mía se sentía furiosa:

—Ese M. es el hombre más asqueroso, repugnante y desagradable que he visto en mi vida... No pienso volver a organizar nada con él. ¡Qué tipejo! No entiendo cómo la guapa y estupenda Z. pudo casarse con él. ¿Qué le vería? ¿Cómo puede una enamorarse de algo así? Me parece un horror.

Guardé silencio. Miré a Mía, tan enojada, con razón, y tan segura de su criterio como todos los jóvenes, sin razón. Intenté calcular su edad: tal vez tuviera veintitrés años, como yo tuve una vez, como yo tuve entonces. Y pensé: si tú supieras la cantidad de vidas distintas que puede haber en una sola vida... Pero no se lo dije. Para qué.

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