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Monstruos Mitológicos

Charles Gould

TÍTULO: MONSTRUOS MITOLÓGICOS

TÍTULO ORIGINAL: MYTHICAL MONSTERS

AUTOR: CHARLES GOULD

TRADUCCIÓN: MARÍA TERESA DIEZ MARTÍNEZ

DISEÑO DE CUBIERTA: Juan Manuel Domínguez

Traducido del idioma inglés, de una edición publicada por SENATE, perteneciente a RANDOM HOUSE U.K. Ltd.
© M. E. EDITORES, S. L. C/ Marcelina, 23 Teléf.: 315 1008 Fax: 323 08 44 28029 Madrid

Depósito Legal: M-38.189-1997 I.S.B.N.: 84-495-0406-6 Impreso en: COFAS, S. A.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro, su inclusión en un sistema informático, su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

IMPRESO EN ESPAÑA - PRINTED IN SPAIN

PREFACIO



EL autor debe expresar su agradecimiento a muchos señores que le han ayudado en la preparación de este volumen, así como por facilitarle el acceso a sus bibliotecas o por organizar y revisar las traducciones del chino, y ha de tener especialmente en cuenta a J. Haas, vicecónsul austrohúngaro en Shanghai; a Thomas Kings-mill y al reverendo W. Holt, de Shanghai; a Falconer de Hong-Kong y al doctor N. B. Dennys, de Singapur.

Para mantener una uniformidad, el autor se ha esfor­zado en reducir todas las representaciones romanizadas de los sonidos chinos al sistema adoptado por S.W. Wi­lliams, cuyo valioso diccionario es el más accesible para los estudiantes. Sin embargo, no se hizo alteración alguna cuando se insertaron citas de eminentes sinólogos como Legge.

Si el presente volumen da suficientes muestras de in­terés como para atraer a los lectores, se emitirá en el fu­turo un segundo tomo como continuación de este tema.
Junio, 1884.

NOTA DE LOS EDITORES

Los editores creen correcto establecer que, debido a la au­sencia del autor en China, el trabajo no ha tenido la ventaja de ser supervisado por la prensa. Es también oportuna la mención de que el manuscrito había abandonado la mano del autor hacía dieciocho meses.

13, Waterloo Place. S. W. Junio, 1886.

ÍNDICE



Introducción 7

Lista de autores citados 16

Capítulo I. Sobre las formas de algunos animales destacables 19

Capítulo II. La extinción de la especie 22

Capítulo III. Antigüedad del hombre 35

Capítulo IV. El diluvio no es un mito 42

Capítulo V. Sobre el traslado de los mitos entre el

Viejo y el Nuevo Mundo 54

Capítulo VI. El dragón 62

Capítulo VII. El dragón chino 81

Capítulo VIII. El dragón japonés 91

Capítulo IX. La serpiente marina 95

Capítulo X. El unicornio 125

Capítulo XI. El fénix chino 134

INTRODUCCIÓN




HABRÍA sido una temeridad para cualquiera, in­cluso hace unos treinta años, haber pensado complacer al público con una colección de histo­rias normalmente calificadas de fabulosas, y reclamar la consideración debida a realidades genuinas o defender cuentos, en su momento considerados ficción, como he­chos reales; o los infantiles, en muchos casos leyendas más o menos distorsionadas, como descriptivos de he­chos reales.

En la actualidad se sigue un procedimiento menos arriesgado. La gran era del avance de opinión iniciada por Darwin, que ha sido en el curso de unos pocos años un progreso más largo en el conocimiento de todos los cam­pos de la ciencia que en décadas de siglos anteriores, ha elaborado, entre otras cosas, una completa revolución en la estimación del valor del saber popular, y las especula­ciones al respecto, que en nuestra juventud podrían haber sido consideradas como pueriles, son ahora admitidas, no sólo como algo meramente interesante sino como necesa­rio para aquellos que se esforzaron en aclarar la maraña de historia no escrita y trazan el antecedente de las primeras migraciones de las naciones durante largo tiempo aparta­das de todo por costumbres, lengua y territorio.

He tenido, por tanto, ciertas dudas en el hecho de ad­mitir que muchos de los llamados animales míticos, que a lo largo de prolongadas épocas y en todos los países han sido prolíficos sujetos de ficción y fábula, vienen legíti­mamente dentro del ámbito de una historia natural simple­mente prosaica.

Propongo seguir, si bien a cierta distancia, el camino que los mitólogos siguieron al tratar los mitos tan aleja­dos, hasta donde sea necesario trazar el origen y el co­mienzo de aquellas historias que son creíbles con sus últi­mas apariencias.

Dejando de lado la posibilidad de explayarse en lo que de ellos ha llegado hasta nosotros, por medio de la historia natural no escrita, las tradiciones de criaturas que en un de­terminado momento coexistieron con el hombre, hay algu­nas que son tan fantásticas y terribles que pueden parecer a simple vista imposibles. Propongo despojarlas de esos ca­racteres sobresalientes con los que un misterioso gusto por lo maravilloso los invistió y examinarlos, como en la actua­lidad tenemos la fortuna de poder hacer, gracias a las cien­cias modernas de la Geología, la Evolución y la Filología.

En mi opinión, la mayor parte de estas criaturas no son quimeras, sino objetos de un estudio racional. El dragón, en vez de ser una criatura producida por la imaginación del hombre ario, como la contemplación de luces relam­pagueantes en las cavernas que él habitaba, opinión que comparten algunos mitólogos, es un animal que en un tiempo vivió y arrastró su poderosa cola y tal vez volara; que devastaba rebaños y en ocasiones engullía al pastor; que establecía su guarida en cualquier caverna en la fértil llanura, extendía el terror y la destrucción por doquier y, protegido de todo mal, bien por miedo, bien por un senti­miento de superstición, es posible que hubiera sido prote­gido incluso por el miedo de los campesinos, quienes, ca­reciendo del poder de destruirlo, hubieran preferido amarrar con cuerdas a las reses cercanas a su caverna a modo de ofrenda para hacerle oír sus súplicas1.

A mi paracer la existencia específica del unicornio no parece increíble y, de hecho, es más probable que esa teo­ría que le busca su origen en un mito lunar2.

De nuevo, creyendo como creo en la existencia de al­gún enorme habitante no descrito de las profundidades oceánicas, la muy ridiculizada serpiente marina, cuyo ho­gar parece que estaba señalado cerca de Noruega, identi­fico a este monstruo como originario de los mitos de midgard, que había recogido el anciano noruego, Eddas, con un punto de vista contrario al de los mitólogos y que in­virtió la derivación y supuso que la historia ocurría entre pescadores noruegos con versiones modificadas de este importante elemento de la mitología noruega3.

Debo admitir además que, por mi parte, dudo del ori­gen general de los mitos a partir de "la contemplación de las obras visibles de la naturaleza exterior"4. Me resulta más sencillo suponer que la parálisis del tiempo ha hecho que sea más débil la expresión de esos cuentos mil veces narrados de modo que su forma original es casi irrecono­cible, puesto que los ignorantes salvajes pudieron tener un poder de imaginación y una invención poética que fueron mucho más allá que las que disfrutaba la mayoría de las naciones civilizadas de la actualidad; es difícil creer que esas historias de dioses y semidioses, de gigantes y ena­nos, de dragones y monstruos de todas las descripciones, sean transformaciones más que invenciones5.

El autor de Atlantis6 afirma que los dioses y diosas de la antigua Grecia, de los fenicios, de los hindúes y de los escandinavos eran simplemente los reyes, reinas y héroes de la Atlántida, y los hechos que se les atribuyen en la mi­tología son una colección confusa de los hechos históricos reales. Sin conceder el locus de los originales que requie­ren un examen mucho mayor del que yo soy capaz de ha­cer en este momento, estoy bastante de acuerdo con él desde el principio. Creo que las deidades mitológicas re­presentan una cronología confusa de épocas muy lejanas, y que la destrucción del león de Nemea, la hidra de Lerna y el minotauro son simplemente la relación de hechos de una bravura inusual en combate de animales feroces.

Cuando Pizarro llegó a Méjico, los mejicanos creían que el hombre y el caballo eran parte de un extraño ani­mal7, y tenemos, por tanto, una pista acerca de la explica­ción del origen de la creencia en los centauros desde una visión distante de hombres-caballos, una visión posible­mente seguida por el vuelo inmediato de los observadores que daban como solución la de un extraordinario fenó­meno imposible.
Sobre la credibilidad de historias singulares

Fernando Méndez Pinto observa curiosamente en uno de sus primeros capítulos: "no voy a hablar del palacio real, porque sólo lo vi por fuera"; sin embargo, el chino cuenta tales maravillas de él que podrían asombrar a cual­quiera, por ello es mi intención no decir nada al respecto, excepto aquello que pudimos comprobar con nuestros propios ojos, y eso es tanto que no me atrevo a escribirlo; no porque pudiera parecer extraño para aquellos que ha­yan visto y leído las maravillas del reino de la China, sino porque dudo que ellos pudieran comparar esas cosas ex­traordinarias que se encuentran en los países que ellos no han visitado, con los pocos que conocen, lo cual podrían cuestionar o quizá no dar crédito a todas esas verdades porque ellas no se adecúan a su entendimiento y corta ex­periencia8.

Ahora, como algunas de las criaturas cuya existencia sostendré en todo el libro que son objeto de mofa por parte de una parte de la humanidad y de una duda razona­ble para la otra, no puedo afirmarme con tales razona­mientos, como la esencia de los apuntes que proporciona Pinto y complementarlos añadiendo que, mientras el ba­lance entre el escepticismo y la credibilidad es siempre in­dudablemente difícil de mantener, como Lord Bacon bien dice: "No hay nada que haga más suspicaz a un hombre que la ignorancia; por tanto, los hombres remediarían la sospecha procurando aprender más."

Whately apoya la proposición de Bacon añadiendo: "Es igualmente cierta la sospecha referida tanto a cosas como a personas." En otras palabras, la ignorancia y la sospecha van de la mano, y en los cuentos que van de acá para allá, incluso cuando se apoyan en evidencias certeras, son comúnmente creencias denegadas o aceptadas con re­servas, cuando ofenden la experiencia de aquellos que, quedándose en su casa, son por ende educados sólo par­cialmente. De aquí que no sea necesario ir a buscar ejem­plos remotos, como hemos visto en Bruce, Mungo Park, Du Chaillu, Gordon Cumming, Schliemann9 y Stanley, tratados con la crítica menos generosa y una desconfianza desdeñosa por parte de personas que, aunque bien forma­das en muchas materias, carecen de los puntos de vista ex­tensos y apropiados que sólo se pueden adquirir viajando.

Tampoco es que esta incredulidad esté limitada a los cuentos de viajeros sobre vida salvaje. Es, como se ex­pone en referencia al ámbito de la vida tranquila, siempre que sean diferentes de aquellos con los que estamos fami­liarizados.

Saladino censuró al Caballero del Leopardo por false­dad cuando este último le aseguró que las aguas de los la­gos en su país a veces llegaban a solidificarse, de tal forma que podían cruzarlos caballeros armados y a caba­llo como si de terreno seco se tratara. Y el sabio indio que fue llevado a conocer las grandes ciudades americanas con la esperanza de que, convencido por los recursos y el irresistible poder de la civilización, influyera en su tribu para convencerlos cuando regresara, y, ante la sorpresa de los comisionados que lo habían enviado, habló en términos totalmente contrarios a los que ellos esperaban y en privado explicó como réplica ante las protestas de los co­misionados que, si hubiera dicho la verdad a su tribu, ha­bría sido indefectiblemente marcado para el resto de su vida como un atroz y despreciable mentiroso. Estudiosos chinos enviados para su educación a ciudades americanas o europeas se ven obligados a su vuelta a ser similarmente reservados bajo pena de incurrir en castigo, y oficiales que, a partir de su contacto con europeos en los puertos, abren su mente a nuevas ideas, se dice de ellos que los destierran a regiones lejanas, allí donde sus ideas avanza­das y fantásticas puedan hacer la menor mella posible en la gente de bien10.

Incluso los científicos son a veces torpemente incrédu­los como las masas incultas. En este punto, escuchamos a A. R. Wallace11: "Muchos de los que viven en la actuali­dad (hace mucho menos de veinte años) recordarán cuando la antigüedad del hombre, tal y como ahora la en­tendemos, era universalmente desacreditada. No sólo los teólogos, sino también los geólogos nos enseñaban que el hombre pertenecía a un estado existente de cosas, que los animales extinguidos de la Era Terciaria habían desapare­cido finalmente y que la superficie de la Tierra habría ad­quirido su forma actual antes de que la primera raza humana existiera. Tan preocupados estaban los científicos con esta idea, que se apoyaba simplemente en la evidencia ne­gativa y que no habría podido apoyarse en ningún argu­mento científico de valor, que los numerosos hechos que se habían ido presentando a intervalos durante medio siglo, hacían que todo se inclinara a probar la existencia del hom­bre en épocas muy remotas donde era ignorado y, más que eso, los detallados informes de tres cuidadosos observado­res diferentes confirmaban haber sido rechazados por una gran sociedad de científicos como demasiado improbable para publicar, sólo porque probaron (si fueron sinceros) la coexistencia del hombre con animales extinguidos" 12.

Los viajes del fiel historiador Marco Polo fueron con­siderados durante mucho tiempo como fábulas, y las des­cripciones gráficas de Abbé Huc incluso encontraban de­tractores que seguían el role de aquellos que mantenían que ni siquiera había visitado los países que describía.

A Gordon Cumming no le creyeron cuando afirmó que había matado a un antílope, alejado del rebaño, de un dis­paro a ochocientos treinta metros de distancia.

Madame Merian13 fue acusada de falsedad deliberada en referencia a su descripción de un pájaro que comía ara­ñas hacía unos doscientos años. Pero en la actualidad Baters y otros fidedignos observadores lo han confirmado, por lo que se refiere a Sudamérica, India y algún sitio más.

Audubon fue igualmente acusado por botánicos de ha­ber inventado el nenúfar amarillo que dibujó en su Birds of the South bajo el nombre de Nymphaea lútea, y tras ha­ber sido desterrado por acusación durante años, fue con­firmado al final gracias al descubrimiento de la flor desa­parecida durante mucho tiempo por parte de Mary Trent, en el verano de 1876 14; esto nos da ánimos para esperar que un día u otro un afortunado hombre leal pueda redes­cubrir el Halieatus Washingtonii, con respecto a lo cual el doctor Cover dice: "Este famoso pájaro de Washington era un mito; o Audubon estaba en un error o, es más, como alguno no tuvo inconveniente en afirmar, mintió so­bre ello."
[Fig. 1. Pescador atacado por un pulpo. (Facsímil de un dibujo de Hokusai, un famoso artista japonés que vivió a principios del presente siglo.)]
Víctor Hugo fue ridiculizado por haber rebasado los lí­mites de la licencia poética cuando produjo sus maravillo­sas descripciones del pez demonio y dibujó con palabras a un hombre convirtiéndose en su indefensa víctima. El asunto fue tomado a mofa como una imposibilidad mons­truosa; a los pocos años fue descubierto en las costas de Terranova un pulpo con brazos que se extendían diez me­tros de largo y capaz de arrastrar un barco de buen tamaño hasta el fondo, y sus hechos han sido reproducidos du­rante los siglos pasados como la representación de un acto bien conocido net sukes (tallados en marfil) e ilustraciones de artistas japoneses15.

Antes del darwinismo, ¡qué coraje debía tener un hom­bre para exponer cualquier teoría un poco extravagante! Veamos cómo, incluso hace menos de veinte años, el fan­tasma del desafortunado Monboddo tenía un mundo de críticas contra él, mitad honestas, mitad despectivas, pero uno de nuestros más grandes pensadores cuyos pensa­mientos llevaban caminos diferentes a aquellos que tenía en mente el desafortunado escocés.

"Lord Monboddo 16 acababa de terminar su gran obra por la cual toda la humanidad proviene de una pareja de simios, y todos los dialectos del mundo, de una lengua originariamente creada por algunos dioses egipcios, cuando el descubrimiento del sánscrito cayó sobre él como una bomba. Hay que decir, sin embargo, a su favor, que admitió la enorme importancia del descubrimiento. No habría esperado sacrificar sus primordiales monos o sus ídolos egipcios."

Y sigue: "Podía ser interesante ofrecer un nuevo ex­tracto con el fin de mostrar lo bien que, aparte de sus hombres con cola y sus monos sin ella, Lord Monboddo pudo escudriñar y manipular la evidencia que se puso frente a él."

Max Müller también nos proporciona un divertido ejemplo de escepticismo por parte de Dugald Stewart. Dice 17 : "A pesar de todo, si los hechos sobre el sánscrito fueran ciertos, Dugald Stewart fue muy listo al no ver que las conclusiones extraídas de dichos hechos eran inevitables. Por tanto, él denegó la realidad de tal lenguaje sáns­crito en su conjunto y escribió su famoso ensayo para de­mostrar que el sánscrito había sido colocado tras el mo­delo griego y latino por aquellos archifalsificadores y mentirosos, los brahamanes, y que toda la literatura sáns­crita era una imposición."

Así, Ctesias atacó a Herodoto. La propia existencia de Homero ha sido negada, e incluso cuestionada la autoría de las obras de Shakespeare 18.

Estamos suficientemente familiarizados con el cisne negro, pero Ovidio19 lo consideró tan completamente im­posible que se mantuvo firme en su aseveración diciendo: "Si yo dudara, oh Máximo, de vuestro consentimiento de estas palabras, creería que hay cisnes del color del Memnón" (es decir, negro); incluso mucho después, en los días de Thomas Browne, encontramos que los clasificó junto a caballos voladores, hidras, centauros, arpías, sátiros, mons­truosidades, rarezas y demás quimeras poéticas20.

Ahora que todos hemos visto al gran hipopótamo reto­zar en su estanque de los jardines del zoo, podemos esbo­zar una sonrisa ante los solemnes argumentos del sabio que, mientras admitía la existencia del animal, discutía la posibilidad de que pudiera andar sobre el lecho de un río, porque su enorme volumen impediría que se levantara otra vez21. Pero quizá pasara revista en su época como una observación sagaz y sólida, tal como por el movimiento de Peter Pindar podría haber hecho la sabia pregunta que guarda entre las arrugas de la manzana asada.

El pobre fray Gaspar de San Bernardino, que en 1611 emprendió el viaje por tierra desde la India a Portugal, fue bastante desafortunado al describir el modo en que el capitán de la caravana enviaba información a Bagdad por medio de una paloma mensajera. "Él tenía palomas cuyas crías y nidos estaban en su casa y cada dos días soltaba una paloma con una carta atada a la pata con las noticias de su viaje. Este hecho encontró muy pocos crédulos en Europa y fue tomado allí como un asunto diver­tido"22.

El descrédito en que cayó este viajero es más sor­prendente porque esa misma costumbre ya había sido publicada por Sir John Mandeville, que al hablar de Siria y países vecinos dijo: "En ese país y otros próximos tie­nen la costumbre, cuando quieren declararse la guerra y cuando quieren saber algo de la ciudad o del castillo, de no enviar mensajeros con cartas de un señor a otro, sino que escriben las cartas y las atan al cuello de una paloma y las sueltan para que vuelen, y las palomas son de tal forma amaestradas que vuelan con las cartas justo al si­tio exacto que los hombres quieren. Ellos enseñan a las palomas a qué lugares deben dirigirse y las envían allí para que lleven las cartas, y luego las palomas vuelven otra vez al lugar de donde habían partido, y así lo hacen normalmente."

Mientras tanto, mucho antes, Plinio se había referido a esto en su Historia Natural23 como sigue: "Conti­nuando con esto, las palomas han actuado de mensajeras en asuntos de importancia. Durante el cerco de Mutina, Décimo Bruto, que estaba en la ciudad, envió un des­pacho al campamento de los cónsules sujeto a las patas de las palomas. ¿De qué le sirvieron, pues, a Antonio las trincheras? ¿Y toda la vigilancia del ejército ase­diante? ¿Y las redes, asimismo, que había tendido en el río, mientras el mensajero del sitiado estaba surcando los aires?"

La paz del ferrocarril; la comunicación a vapor a tra­vés del Atlántico; el canal de Suez24; ¿no fueron todos es­tos hechos considerados en su día como algo imposible? Con estos ejemplos de juicio fracasados en épocas pasa­das podemos justamente preguntarnos, refiriéndonos a la investigación de la realidad de criaturas aparentemente monstruosas, y meditemos debidamente los eventos extra­ordinarios, casi milagrosos, que continuamente se suceden en el curso de la breve existencia de toda la naturaleza animada. Suponiendo que la historia de los insectos no fuera desconocida, ¿podría la más salvaje imaginación concebir tan maravillosa transformación como la que tiene lugar continuamente a nuestro alrededor en la meta­morfosis desde la larva, pasando por la crisálida hasta la mariposa? ¿O es que la ingenuidad humana inventa algo tan raro como lo recogido por Steenstrup en su teoría de alternancia generacional?

Aceptamos como algo normal, por el hecho de que las vemos a diario, la organización y la forma de gobernarse de una comunidad de hormigas; su colaboración, sus gue­rras, sus esclavitudes han sido tantas veces explicadas que ya no sorprenden. Lo mismo se puede decir de la maravi­llosa arquitectura de los pájaros, la construcción de las ca­sas en las que viven, de los enramados en los que juegan e incluso de los jardines para agradecer su sentido de la be­lleza25.
Admiramos la imaginación de Swift y los ensayistas que explicaron su infeliz engreimiento y la capacidad con la que en su famosa obra él había ordenado todas las cosas para que armonizaran en tamaño con las grandes y peque­ñas escalas en las que concibió los hombres y animales de Brobdignag y Liliput. Incluso esta idea fue tan apreciada que su historia logró una pequeña inmortalidad y se con­virtió en una de las numerosas fuentes que aportaron nue­vas palabras a nuestro idioma. Es más, las singularidades esenciales y peculiares de la historia son bastante parecidas e incluso superadas por criaturas que están o han estado en la naturaleza. Las diminutas vacas imaginarias que Gulliver se trajo de Liliput y colocó en las praderas de Dulwich no son mucho más llamativas con respecto al tamaño que los elefantes pigmeos (E. Falconeri), cuyos restos han sido descubiertos entre los restos arqueológicos de Malta aso­ciados con los de los hipopótamos pigmeos, que tenían sólo setenta y seis centímetros de altura; o el aún existente Hippopotamus (Chaeropsis) liberiensis que Milnes Edwardes 26 representa menor de sesenta centímetros de altura.

Los bosques liliputienses con los que fue construida la ar­mada real, estaban formados por grandes árboles en compara­ción con los robles enanos de Méjico27, o con las especies aje­nas incluso más pequeñas que se extienden como el brezo por las laderas de las colinas de China y Japón, y todavía más si se compara con el singular pino, el más pequeño de cuantos se conocen (Dacrydium taxifolium), dando como frutos espe­címenes de los cuales, de acuerdo con Kirk, a veces sólo tiene cinco centímetros, mientras que la altura media es sólo de quince a veinticinco centímetros, y entre los bosques de Brobdignag, una posición muy respetable alcanzarían los árboles gigantes de California (Sequoia gigantea), o los aún más altos gomas blancos de Australia (Eucalyptus amygdalina), que en ocasiones alcanzan, según Von Mueller28 la enorme altura de ciento cincuenta metros. Ningún morador más adecuado se podría encontrar (en cuanto a tamaño) para habitarlo que los reptiles gigantescos recientemente descubiertos por Marsh en­tre los yacimientos de Colorado y Tejas.

Seguramente un conocimiento profundo de las diferentes ramas de la historia natural convencería tanto al hombre cre­yente como al incrédulo, pues es apenas concebible una criatura tan monstruosa que no pueda ser comparada con otras ya existentes29.
Las criaturas de la mitología caldea son mucho más maravillosas que lo que puedan ser el marsupial, el ornito­rrinco y el lagarto volador de Malasia, o ¿acaso más de lo que fueron el pterodáctilo, el ranforinco o el arqueóptero? ¿No es acaso una ciencia geológica día tras día, trazar una formación a través de una sencilla gradación hasta llegar en otra a un puente sobre el vacío que antiguamente los separaba, que lleva la prueba de la existencia del hombre constantemente una y otra vez hasta los tiempos remotos y revela la existencia previa de tipos inmediatos (que sa­tisface los requerimientos de la teoría darviniana), en co­nexión con las grandes divisiones del reino animal o pája­ros con apariencia de reptiles y reptiles con apariencia de pájaros? ¿Podemos suponer que hemos agotado por completo el gran museo de la naturaleza? ¿Hemos penetrado realmente en las profundidades de su antecámara? ¿Abarca la historia escrita del hombre, compuesta de unos pocos de miles de años, el curso completo de su existencia inteli­gente? Acaso tengamos recuerdos borrosos de las largas eras míticas, que se extienden a lo largo de cientos de mi­les de años, recogidos en las cronologías de Caldea y de China, transmitidas por tradición y tal vez transportadas por los escasos supervivientes que existieron en estas tie­rras, como el fabulado Atlantis de Platón pudo ser hun­dido, o la escena de alguna gran catástrofe que los destru­yera a ellos y a toda su civilización.
Fig. 2. Pterodactylus. (De Figuier.)

Fig. 3. Rhamphorynchus. (De "Nature".)

Fig. 4. Arqueóptero.
Los seis u ocho mil años que los diversos intérpretes de la Biblia asignan para la creación del mundo y la dura­ción del hombre sobre la tierra, permite un escaso pero su­ficiente espacio para desarrollar su civilización —una ci­vilización cuyas evidencias documentales llevan casi al borde del precipicio—, para la expansión y divergencia de provisiones, o bien la destrucción de cualquier relación con ellos.

Pero, afortunadamente, ya no estamos obligados a en­cadenar nuestra creencia a tales límites, que supone la apa­rición del hombre sobre el planeta, coetánea con o inme­diatamente siguiente a su creación en esa remota época. Mientras que, por un lado, la geología sitúa la creación del mundo y la aparición de vida sobre la superficie en un pe­ríodo tan remoto que es imposible estimar, incluso es difí­cil aproximarse ligeramente; por el otro, los hallazgos de los paleontólogos han trazado con éxito la trayectoria de la existencia del hombre en períodos aproximados que van desde treinta mil a un millón de años —períodos en los que coexistían con animales extinguidos hace muchísimo tiempo y que además superaban en magnitud y ferocidad a los que en países no civilizados se disputan su imperio en la actualidad—. No es razonable suponer que sus peleas con dichos animales formaran el tópico más importante de conversación, de tradición y de canciones primitivas, y que los testimonios gráficos de esas luchas, y de la naturaleza terrible de los enemigos encontrados, pasarían de padres a hijos con una fidelidad de descripción y una precisión de memoria insospechadas en nuestros días, y que, conocidos por la lectura y la escritura, se ven abocados a depender de ayuda artificial y, por tanto, fracasan en cierta medida a la hora de cultivar una facultad que, en común con la agudeza de visión y oído, ¿son esenciales para la existencia del hombre en condiciones salvajes o semisalvajes?30.

El analfabeto patán o cazador (y de aquí la conclusión de hombre salvaje o semisalvaje) cuya mente está ocu­pada simplemente por sus alrededores y cuyo pensa­miento, en vez de estar abierto a un horizonte infinito, está confinado a unos escasos límites, desarrolla poderes sin­gulares de observación y un conocimiento de memoria con respecto a las localizaciones y los detalles de su vida diaria que sorprendería al erudito que debe viajar mental­mente por muchos territorios y recibir cada día muchas y muy complejas ideas, y que puede comprenderlos mejor y con más posibilidades de olvidarlos por completo en la confusión por el paso del tiempo que dejaría al hombre analfabeto sorprendentes o incluso notables señales31. A lo largo del tiempo se pueden producir, por supuesto, varia­ciones en las tradiciones y las mismas historias irradiadas en todas las direcciones desde el centro, varían de su ori­ginal, aumentando proporcionalmente por las alteraciones de fases de temperamento y carácter inducidas por el cam­bio de clima, asociaciones y condiciones de vida; de esta forma, las primeras historias escritas de todos los países reproducen bajo sus vestidos y con una llamada a la origi­nalidad, atenúan, enriquecen o deforman las versiones de tradiciones comunes muchas de ellas, o todas, en su ori­gen32.
Historias de progenitores divinos, semidioses, héroes, poderosos cazadores, vencedores de monstruos, gigantes, enanos, serpientes gigantescas, dragones, víctimas de bestias horrorosas, seres sobrenaturales y mitos de todas clases apa­recen en todos los rincones del planeta con tanta fidelidad como el arca sagrada de los israelitas, amoldándose —ele­gante, misterioso o inculto— de acuerdo con la genialidad del pueblo y su capacidad para las creencias supersticiosas y éstas pueden haber sido materialmente afectadas por la va­riada naturaleza de sus respectivos países. Por ejemplo, los habitantes que durante largo tiempo vivieron en las llanuras extensas de una región semitropical, revelaron una gran ha­bilidad en el cuidado de la vigilancia y alimentación por los siempre llenos de gracia rayos de un sol genial y no opre­sivo, y debieron disfrutar de una situación boyante y de un temperamento más abierto que los que habitaban los exten­sos bosques de enmarañada vegetación, a través de la cual raramente pasaba un simple rayo de sol, bañados en penumbras y con ocultas profundidades en cada rincón, llenos de sombras amorfas, objetos de pavorosa vigilancia de la que, en cualquier momento, podía emerger un monstruo feroz. De nuevo, por un lado, el nómada, vagando en su aisla­miento por vastas soledades, y, por otro lado, los robustos moradores de las costas azotadas por tormentas, sucesiva­mente pescadores, marineros y piratas, deben de igual forma desarrollar los rasgos que conciernen a su religión, forma de gobierno y costumbres, y plasmar sus influencias en la mito­logía y en la tradición.

Los griegos, los celtas y los vikingos descienden de los mismos antepasados arios y, si bien todos beben de las mismas fuentes, sus inspiraciones de creencias religiosas y tradiciones rápidamente divergieron y respectivamente formaron sus castas marciales —marcial como apoyo de su independencia más que como cualquier deseo vehe­mente de conquista—: educado, hábil e instruido uno; bravo, pero de control irritable, suspicaz, arrogante e im­paciente otro, y el último, el loco, con una imperiosa pa­sión por las aventuras marinas, por la piratería y por las heroicas contiendas, cuerpo a cuerpo, para terminar en su debido momento muriendo como un héroe y con una bienvenida al banquete de Odín en Walhalla.

La hermosa mitología de Grecia que comprende un pan­teón de dioses y semidioses, benignos en su mayor parte y con frecuencia interesados directamente en el bienestar del individuo, se debía seguramente, o al menos estaba muy in­ducida por las influencias estéticas de su delicioso clima, a una situación semiinsular en un mar relativamente libre de tempestades y un campo abierto, montañoso y moderada­mente fértil. De nuevo, la lóbrega y sanguinaria religión de los druidas fue, sin duda, amoldada por las tristes influencias del retiro, un confuso crepúsculo y el peligro de densos bosques donde ellos se escondían —bosques que, tal y como sabemos gracias a César, se extendían a través de la mayor parte de la Galia, de Britania y España—; mientras que los vikingos, bien por azar, bien por elección, hereda­ron de sus antepasados un litoral accidentado, azotado por olas tempestuosas y barrido por clamorosos vientos, un lito­ral con sólo un campo escabroso, cubierto por indómitos bosques en el interior, que padecen la mayor parte del año un severo clima y producen una cosecha, cuando es buena, escasa y muy precaria, llegan a ser forzosamente aguerridos y hábiles marineros y llevan su religión a un lenguaje sim­bólico de lo que tienen a su alrededor, convencidos de que vieron y oyeron a Thor en medio de la tremenda tem­pestad, y que les había mostrado su majestad y terror a través de las rendijas de las nubes de la tormenta. Si­guiendo con nuestra consideración de los efectos que pro­ducen las condiciones climáticas, podemos no asumir, por ejemplo, que al menos algún caldeo, morador de un campo pastoril y que era descendiente de unos antepasa­dos que habían llevado durante cientos o miles de años una existencia nómada por las vastas y amplias estepas de las mesetas del centro de Asia, debía a esta circunstan­cia los avances que les acreditan relacionados con la as­tronomía y las ciencias afines. ¿No es posible que sus co­nocimientos de climatología fueran tan exactos o incluso más que los nuestros? La costumbre de la soledad podría inducir a la reflexión, causa que, naturalmente, podría in­fluir en las vicisitudes del clima. Las posibilidades de llu­via o sol, viento o tormenta, serían para ellos un impor­tante objeto de preocupación, y la necesidad, en un campo abierto, de extender la vigilancia sobre sus rebaños y ganados durante toda la noche reforzaría más o me­nos su atención en las gloriosas constelaciones en el cielo que tenían sobre sí, llevándolos a hábitos de observación que, sistematizados y continuados por sus sacerdotes, po­drían haber llegado a deducciones exactas en el resultado, incluso si fallaba el proceso.

Los vastos tesoros conocidos desde hace mucho tiempo enterrados en las ruinas de Babilonia y Asiria, cuya recuperación y desciframiento aún están en sus ini­cios, pueden revelar, para nuestra sorpresa, que ciertos se­cretos filosóficos eran conocidos en la antigüedad exacta­mente igual que los nuestros, pero perdidos a través de los años intermedios por la destrucción del imperio y el hecho de su conservación, habiendo sido confiados a un orden li­mitado y privilegiado con el que se perdió33.

Proclamamos como un nuevo descubrimiento el cono­cimiento de la existencia de las denominadas manchas so­lares, y los científicos, tras largas y continuas observacio­nes, afirman distinguir una conexión entre la naturaleza de éstas y los fenómenos atmosféricos; incluso se aventuran a predecir inundaciones y sequías con unos cuantos años de anticipación. Mientras, se supone que las pestes, o al­gunos grandes desastres, es posible que sigan el período cuando tres o cuatro planetas alcanzan su apogeo en un año, una suposición basada en observaciones realizadas durante muchos años, que similares acontecimientos ha­bían acompañado la aparición de una sola de esas posicio­nes en períodos previos.

Podemos no especular sobre la posibilidad de que los ancianos caldeos y los sacerdotes egipcios hubieran tenido conocimiento de acontecimientos similares o parecidos. Y ¿acaso no fue José capaz, gracias a una habilidad superior en su ejercicio, de anticipar la sequía de siete años, o Noé de los acontecimientos en la ciencia de la meteorología, para hacer una exacta predicción de grandes perturbacio­nes que dieron como resultado el diluvio y la destrucción de una gran parte de la humanidad?34.

Sin más digresiones, en un camino abierto a las más halagüeñas especulaciones y con la prioridad de seguir a través de ramificaciones infinitas, sugeriré, como mera conclusión, que las mismas influencias que, como ya he dejado claro, afectan tanto a la propia naturaleza de un pueblo, deben afectar del mismo modo a sus tradiciones y mitos y que habrán de ser adecuadamente consideradas en el caso al menos de algún animal destacable cuya discu­sión propongo en este y futuros volúmenes.

LISTA CRONOLÓGICA DE ALGUNOS AUTORES Y OBRAS RELATIVOS A LA HISTORIA NATURAL, CUYAS REFE­RENCIAS ESTÁN CITADAS EN EL PRESENTE VOLUMEN, EXTRACTO DE UNA GRAN EXTENSIÓN, COMO AUTO­RES OCCIDENTALES, DE LA OBRA DEL CABALLERO "ENCICLOPEDIA DE BIOGRAFÍA"

REY SHAN HAI: De acuerdo con el comentarista Kwoh P'oh (276-342 d.C), esta obra fue recopilada tres mil años antes de este momento, o a siete dinastías de distancia. Yang Sung, de la dinastía Ming (1368 d.C.), afirma que fue recopilada por Kung Chia (¿y Chung Ku?) de un grabado sobre nueve urnas hechas por el emperador Yü (2255 a.C.). Chung Ku fue historiador y en la época del último emperador de la dinastía Hia (1818 a.C.), que, temeroso de que el emperador pudiera destruir los libros que trataban sobre los tiempos pasados y los presentes, se los llevó a Yin.

el 'rh ya: Iniciado de acuerdo con la tradición por Chow Kung, tío de Wu Wang, el primer emperador de la dinastía Chow (1122 a.C.). Atribuido también a Tsze Hea, discípulo de Confucio.

Los Libros de Bambú: Contienen los antiguos anales de la China y se dice que fueron encontrados en el año 279 d.C. al abrir la tumba del rey Seang de Wei (muerto en el 265 a.C.). Edad anterior a la última fecha, indeterminada. Autenticidad dispu­tada, favorecida por Legge.

CONFUCIO: Autor de Clásicos de Primavera y Verano (551-479 a.C).

ctesias: CTESIAS: Historiador, médico de Artajerjes (401 a.C.).

herodoto: HERODOTO: 484 a.C.

aristóteles: 384 a.C.

megástanes: Alrededor del 300 a.C. Época de Seleuco Nicator. Su obra titulada Indica es conocida únicamente por las refe­rencias que de ellas hicieron Estrabón, Amano y Eliano.

eratóstenes: eERATOSTENES: Nacido en 276 a.C. Matemático, astrónomo y geó­grafo.

posidonio: Nacido sobre el 140 a.C. Junto a tratados filosóficos, escribió obras de geografía, historia y astronomía, fragmentos de los cuales hay en las obras de Cicerón, Estrabón y otros.

nicander: Sobre el 135 a.C. Escribió Theriaca, un poema de mil versos en hexámetros sobre las heridas causadas por animales venenosos y su tratamiento. Es secundado en muchos de sus errores por Plinio. Plutarco dice que a Theriaca no se le puede llamar poema porque no hay en él nada de fábula o falsedad.

estrabón: Justo antes de la era cristiana. Geógrafo.

cicerón: Nacido en el 106 a.C.

propercio (sexto aurelio): Nacido posiblemente sobre el año 56 d.C.

diodoro siculo: Escribió Bibliotheca Histórica (en griego), tras la muerte de Julio César (44 a.C.). De los cuarenta libros que compuso sólo quedan quince; a saber, libros 1 al 5 y 11 al 20.

juba: Muerto en el 17 d.C. Hijo de Juba I, rey de Numidia. Escri­bió sobre historia natural.

plinio: Nacido el 23 d.C.

lucano: Del 38 d.C. Su única obra existente es la Pharsalia, un poema sobre la guerra civil entre César y Pompeyo.

ignacio: Uno de los primeros patriarcas, 50 d.C., o patriarca de Constantinopla, 799.

isidoro: Nació probablemente en la primera centuria de nuestra era. Escribió un manual sobre el Imperio Parto.

arriano: Nacido en torno al 100 d.C. Su obra sobre historia natu­ral de la India se funda en la autoridad de Eratóstenes y Megástenes.

pausamas: Autor de la descripción o itinerario de Grecia. En el siglo II..

filostrato: Nacido sobre el 182 d.C.

solino, cayo julio: No escribió en la época de Augusto, pero su obra titulada Polyhistor es simplemente una recopilación de la Historia Natural de Plinio. Según Salmasio, vivió como dos­cientos años después de Plinio.

eliano: Posiblemente a mediados del siglo III d.C. De Natura Animalium. En griego.

amiano marcelino: Vivió en el siglo Iv.

jerónimo cardano: Finales del siglo iv d.C.

Imprenta inventada en China, según Du Halde, en el 924 d.C. Im­prenta de bloque usada en el 593 d.C.

marco polo: Alcanzó el norte de Kublai Kahn el año 1275 d.C.

sir john de mandeville: Viajó por Asia durante treinta y tres años y se remonta al año 1327 d.C. Como él residió tres años en Pekín, es posible que muchas de sus fábulas tengan origen chino.

Invención de la imprenta en Europa por John Koster de Haarlem en 1438 d.C.

escaligero, julio césar: Nacido el 23 de abril de 1484. Escribió la obra Aristotelis Hist. Anim. liber decimus cum vers. et comment. 8 vo. Lyón, 1584, etc.

gesner: Nacido en 1516. Historiae Animalium, etc.

ambrosio paré: Nacido en 1517. Médico.

belon, perre: Nacido en 1518. Zoólogo y geógrafo.

aldrovando: Nacido en 1542. Naturalista.

tavernier, J. B.: Nacido en 1605.

PAN ts'ao kang muh: Por Li Shé-chin, de la dinastía Ming (1368-1628 d.C).

yuen kien leí hang: 1718 d.C.

Capítulo Primero

SOBRE LAS FORMAS DE ALGUNOS ANIMALES DESTACABLES

LA razón acerca de la cuestión de si los dragones, las serpientes aladas, serpientes marinas, unicor­nios y otros monstruos denominados fabulosos existieron en realidad, y de si las fechas coincidían con el hombre, diverge en varias direcciones independientes. Nosotros tenemos que considerar:

1. Si las características atribuidas a esas criaturas son o no anormales en comparación con los tipos conocidos, como para dar credibilidad a su existencia imposible, o vi­ceversa.

2. Si es racional suponer que criaturas tan formidables y aparentemente tan capaces de autoprotegerse desapare­cieron por completo, mientras que otras especies con mu­chas menos defensas los sobrevivieron.

3. Los mitos, tradiciones y alusiones históricas de las que se puede deducir su realidad, requieren ser clasifica­dos y anotados, y hay que darle el peso a la evidencia que ha acumulado la presencia del hombre sobre la superficie terrestre durante los largos períodos previos a la época histórica, los cuales pueden haber sido etapas de civiliza­ción lentamente progresiva o quizá ciclos alternativos de luz y oscuridad, de cultura y barbarie.

4. Por último, se puede formular una pregunta en torno a las condiciones geográficas obtenidas de su posi­ble existencia.
Estas investigaciones encuentran al principio cosas in­materiales y será, pues, más conveniente postergar una parte de ellas hasta que lleguemos a las secciones que en este libro traten específicamente de los distintos objetos a los que se veneran y centrar nuestra atención de momento en esas materias que, por su naturaleza, son comunes y en un sentido preliminar al tema general.

Empezaré, por tanto, con un pequeño examen de algu­nos de los reptiles más destacados que se sabe que existie­ron, y, para tal propósito y para mostrar sus relaciones ge­nerales, se adjuntan las tablas siguientes, recopiladas de la anatomía de animales vertebrados por el profesor Huxley:

Reptiles

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