Título original: The Andromeda Strain




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Leavitt, el microbiólogo clínico, meditaba los pasos sucesivos para el aislamiento y la identificación del microorganismo culpable. Lo había meditado anteriormente; era uno de los fundadores del grupo, uno de los que estructuraron el Protocolo del Análisis de la vida. Pero ahora, al acercarse el momento de poner aquel plan en acción, tenía sus dudas.

Dos años atrás, sentados a la mesa después de almorzar, hablando en el terreno de la simple especulación, todo aquello parecía maravilloso. Entonces fue un divertido juego intelectual, una especie de prueba abstracta de ingenio. Mas ahora, enfrentado con un agente real que producía una muerte muy cierta y extraña, se preguntaba si los planes que se trazaron resultarían tan completos y eficaces como pensaron en otro tiempo.

Los primeros pasos eran muy sencillos. Examinarían minuciosamente la cápsula y cultivarían todo lo que hallasen en un medio adecuado para que creciese. Desearían con toda el alma poder dar con un organismo con el que pudieran trabajar y experimentar, y al que pudieran identificar.

Y después intentarían descubrir cómo atacaba. Se sugería ya que mataba coagulando la sangre; si resultaba cierto, contarían con un buen punto de partida; si no, acaso malgastasen un tiempo precioso siguiendo esta hipótesis.

Le vino a la mente el ejemplo del cólera. Durante siglos los hombres supieron que el cólera era una enfermedad fatal, y que causaba una diarrea grave, produciendo hasta cerca de treinta litros de líquido al día. Los hombres conocían este detalle, pero, sin saber por qué, suponían que los efectos letales de la enfermedad no tenían nada que ver con la diarrea, y buscaban otra cosa: un antídoto, una droga, una manera de matar el microorganismo. Hasta los tiempos modernos no se reconoció que el cólera era una enfermedad que mataba, primordialmente, por deshidratación; si se podían resarcir prestamente las pérdidas de agua de la víctima, ésta sobreviviría a la infección sin otras drogas ni tratamiento alguno.

Cura los síntomas y cura la enfermedad.

Pero Leavitt se preguntaba por el microorganismo del «Scoop». ¿Podrían curar la enfermedad tratando la coagulación de la sangre? ¿O acaso esta coagulación fuese el efecto secundario de un desorden más grave todavía?

Le quedaba otra inquietud: un miedo corrosivo que le había atormentado desde los primeros pasos del planeo del Wildfire. En aquellas primeras reuniones argüyó que quizá el equipo Wildfire perpetrara un asesinato extraterrestre.

Leavitt había hecho notar que todos los hombres, por muy científicamente objetivos que fuesen, tenían varias deformaciones innatas cuando hablaban de la vida. Una de ellas consistía en presumir que la vida compleja ocupaba un espacio mayor que la sencilla. Lo cual era cierto, evidentemente, en la Tierra. Aquí, a medida que los organismos se volvieron más inteligentes aumentaron en volumen, pasando del estadio unicelular al de las criaturas pluricelulares, y luego al de los animales grandes con células diferenciadas trabajando en grupos llamados órganos. En la Tierra, el proceso había tendido hacia animales cada vez más grandes y complejos.

Mas, quizá no sucediera lo mismo en todos los lugares del universo. En otros parajes acaso la vida progresara en dirección opuesta: hacia formas cada vez más pequeñas. Del mismo modo que la tecnología humana moderna había aprendido a fabricar cosas de un tamaño menor, quizá las presiones evolutivas ultraadelantadas condujeran hacia formas vivas cada vez menores, con ciertas ventajas implícitas: menos consumo de primeras materias, locomoción más barata, menos problemas de alimentación...

Tal vez en algún planeta distante la forma viva más inteligente no fuese mayor que una pulga. O quizá no mayor que una bacteria. En este caso, el Proyecto Wildfire podría dirigirse a destruir una forma de vida altamente desarrollada, sin darse cuenta siquiera de lo que hacía.

Esta idea no era exclusiva de Leavitt. Merton la había expuesto en Harvard, y Chalmers habíala presentado en Oxford. Chalmers, que tenía un sentido del humor muy aguzado, había utilizado el símil de un hombre mirando por un microscopio y viendo cómo las bacterias se ordenaban de modo que formaban las palabras: «Llévenos a presencia de su jefe». A todos les pareció muy divertida la idea de Chalmers.

Sin embargo, Leavitt no podía alejarla de su pensamiento. Sencillamente, porque podía resultar auténtica.
Antes de dormirse, Stone pensaba en la conferencia que celebrarían dentro de poco. Y en el asunto del meteorito. Le hubiera gustado saber qué habría dicho Nagy, o qué habría dicho Karp si se hubiesen enterado de lo del meteorito.

Y se dijo que los habría vuelto locos probablemente. «Probablemente nos volverá locos a todos», pensó. Y se quedó dormido.

«Sector Delta» era la expresión con que se designaban las tres dependencias del Nivel I, que contenían todos los servicios de comunicación de la instalación Wildfire. Todos los circuitos de intercomunicación y visuales pasaban por ellas, así como los cables telefónicos y los de teletipo para el exterior. El «Sector Delta» regulaba igualmente las líneas principales hacia la biblioteca y la unidad central de almacenamiento.

En esencia, funcionaba como una centralilla gigante, operando por completo mediante computadoras. En las tres salas del «Sector Delta» reinaba el silencio; lo único que se oía allí era el leve zumbido de los carretes de cinta al girar y el chasquido apagado de los relés. Allí no trabajaba sino una sola persona, un hombre solo, sentado frente a una consola y rodeado por las parpadeantes luces de la computadora.

No había motivo verdadero para que aquel hombre estuviera allí; no realizaba ninguna función necesaria. Las computadoras se regulaban automáticamente por sí mismas; estaban construidas de modo que cada doce minutos circulaban por los circuitos unos mensajes de comprobación, y si la interpretación de los mismos no era la debida, las computadoras paraban automáticamente.

Según lo dispuesto, aquel hombre tenía el deber de supervisar la comunicaciones MCN, que eran anunciadas por el sonido de un timbre del teleimpresor. Cuando sonaba el timbre, él notificaba a los centros de mando de los cinco niveles que se había recibido la transmisión. Se le exigía también que diese parte de todo mal funcionamiento de alguna computadora en caso de que se diera un hecho tan improbable.
Día 3

WILDFIRE
12. La conferencia

«Es hora de despertarse, señor.»

Mark Hall abrió los ojos. La habitación estaba iluminada por una luz fluorescente, fija y pálida. Hall parpadeó y se tumbó hasta reposar de bruces.

«Es hora de despertarse, señor.»

Era una hermosa voz femenina, suave, seductora. Hall se incorporó en la cama y miró a su alrededor: estaba solo.

—¿Quién hay?

«Es hora de despertarse, señor.»

Hall estiró el brazo y oprimió un botón de la mesita de noche que tenía junto a la cama. Se apagó una luz. Hall aguardó la voz nuevamente, pero ya no la oyó más.

Hall se dijo que era una manera diabólicamente eficaz de despertar a un hombre. Mientras se vestía, se preguntaba cómo funcionaría aquel mecanismo. No se trataba de una sencilla grabación, porque tenía el carácter de una respuesta. El mensaje sólo se repetía cuando él decía algo.

Para comprobar esta teoría, Hall volvió a pulsar el botón de la mesita de noche. La voz inquirió dulcemente:

«¿Desea algo, señor?»

—Por favor, me gustaría saber cómo se llama usted.

«¿Y nada más, señor?»

—Nada más, creo.

«¿Y nada más, señor?»

Hall aguardó. La luz se apagó. Hall se puso los zapatos e iba a salir de la habitación cuando una voz masculina dijo:

«Soy el supervisor del servicio de información, doctor Hall. Desearía que tratase este proyecto con más seriedad.»

Hall se puso a reír. De modo que la voz respondía a los comentarios y grababa los que hiciera él. He ahí un sistema inteligente.

—Lo siento —dijo—. No estaba seguro de cómo funcionaba ese aparato. La voz es muy seductora.

«La voz —replicó en son de reproche el supervisor— pertenece a miss Glady Stevens, dama de sesenta y tres años que vive en Omaha y se gana el sustento grabando mensajes para las tripulaciones del Mando Aéreo Estratégico y para otros sistemas de aviso oral.»

—Ah, bien —contestó Hall.

Y salió del cuarto, echando a caminar por el pasillo en dirección a la cafetería. Mientras andaba empezó a comprender la causa de que hubiesen incluido en la elaboración del plan Wildfire a diseñadores de submarinos. Sin su reloj de pulsera no habría tenido idea de la hora que era y ni siquiera si era de día o de noche. Se sorprendió preguntándose si la cafetería estaría muy llena de gente, si era hora de cenar o de desayunar.

Resultó que la cafetería estaba casi desierta. Leavitt estaba allí, y le dijo que los demás se hallaban en la sala de conferencias. Luego le acercó un vaso de un liquido pardo oscuro y le invitó a que desayunase.

—¿Qué es esto? —preguntó Hall.

—El alimento cuarenta-dos-cinco. Contiene todo lo necesario para sostener al hombre corriente, de unos setenta kilos de peso, por espacio de dieciocho horas.

Hall se bebió el líquido, que tenía una consistencia de jarabe y estaba aromatizado artificialmente para que tuviera sabor de zumo de naranja. Causaba una sensación extraña el beber un zumo de naranja color pardo oscuro; aunque no resultaba desagradable después de la primera sorpresa. Leavitt explicó que lo habían compuesto para los astronautas y que contenía todo lo preciso, menos vitaminas solubles en el aire.

—Para esto necesita esta píldora —concluyó.

Hall se la tragó; luego se sirvió una taza de café de una máquina del rincón.

—¿Hay azúcar?

—Por aquí no encontrará azúcar en ninguna parte —respondió Leavitt, meneando la cabeza—. Nada que pueda proporcionar un terreno de cultivo a las bacterias. Desde este momento todos quedamos sujetos a una dieta rica en proteínas. Todo el azúcar que necesitemos lo elaboraremos descomponiendo las proteínas. Pero no introduciremos nada de azúcar en nuestro intestino. Exacto al revés. —Y se puso la mano en el bolsillo.

—Oh, no.

—Sí —replicó Leavitt. Y le dio una capsulita envuelta en una película de aluminio.

—No —insistió Hall.

—Todos los demás se los han puesto. Cubre todas las posibilidades. Párese en su cuarto y métaselo antes de pasar a los últimos procedimientos de descontaminación.

—No me sabe mal el tener que sumergirme en todos esos baños malolientes —respondió Hall—. No me importa el recibir radiaciones. Pero que me cuelguen si...

—Lo que se persigue —interrumpió Leavitt— es que uno llegue lo más aséptico posible al Nivel V. Hemos esterilizado su piel y las mucosas del conducto respiratorio lo mejor que hemos podido. Pero todavía no hemos hecho nada en relación al conducto gastrointestinal.

—De acuerdo —dijo Hall—, pero, ¿supositorios?

—Se acostumbrará a ellos. Durante los cuatro días primeros todos habremos de usarlos. Por supuesto, no es que sirvan para nada —comentó finalmente con aquella mueca pesimista que le era peculiar en el rostro. Y se puso en pie—. Vámonos a la sala de conferencias. Stone quiere hablarnos de Karp.

—¿De quién?

—De Rudolph Karp.

Rudolph Karp era un bioquímico nacido en Hungría que pasó a Estados Unidos, procedente de Inglaterra, en 1951. Obtuvo un puesto en la Universidad de Michigan y durante cinco años trabajó incansable y silenciosamente. Luego, por recomendación de unos colegas del observatorio Ann Arbor, empezó a investigar meteoritos con el propósito de determinar si contenían vida, o si ofrecían pruebas de haberla albergado en otro tiempo. Se tomó este objetivo muy en serio y trabajó con gran diligencia, sin escribir comunicado alguno sobre el tema hasta los primeros años sesenta, cuando Calvin, Vaughn, Nagy y otros, redactaban comunicados explosivos sobre temas similares.

Las tesis y contratesis eran muy diversas, pero se resumían finalmente en un substrato sencillo: siempre que un investigador anunciaba que había encontrado un fósil o un hidrocarbono proteínico u otra señal de vida en un meteorito, los críticos alegaban que se debía a una técnica de laboratorio chapucera y que había habido contaminaciones con materias y organismos de origen terrestre.

Con sus técnicas esmeradas, lentas, Karp estaba decidido a poner fin de una vez y para siempre a tales discusiones. Anunció que había tomado grandes precauciones para evitar la contaminación: cada meteorito que examinó lo había lavado previamente en doce soluciones, incluyendo el agua oxigenada, la tintura de yodo, soluciones salinas hipertónicas y ácidos diluidos. Luego lo expuso a una luz ultravioleta intensa por un período de dos días. Finalmente lo sumergió en una solución germinicida y lo colocó en una cámara aséptica de aislamiento libre de gérmenes. Y todo el trabajo posterior lo realizó dentro de esta cámara.

Al partir de los meteoritos, Karp pudo localizar bacterias. Halló que se trataba de organismos en forma de anillo (más bien como un diminuto tubito interior ondulante) y que eran capaces de crecer y multiplicarse. Sostenía que, si bien eran esencialmente similares a las bacterias de la Tierra en estructura estando compuestas por proteínas, hidratos de carbono y lípidos, carecían de núcleo celular, y por consiguiente, su mecanismo de reproducción quedaba en el misterio.

Karp presentó esta comunicación a su manera habitual, sosegada y sin sensacionalismos, y confió que sería recibida favorablemente. No sólo no se le escuchó, sino que la séptima conferencia de Astrofísica y Geofísica, reunida en Londres en 1961, se rió de él. Desalentado, abandonó el trabajo con los meteoritos, y los microorganismos recogidos fueron destruidos más tarde en una explosión accidental ocurrida en su laboratorio la noche del 27 de junio de 1963.

El caso de Karp era casi idéntico al de Nagy y otros. Los científicos de los años sesenta no estaban dispuestos a dar entrada a la idea de que en los meteoritos hubiera vida; todas las pruebas presentadas en este sentido las daban por falsas, las echaban a un lado y las pasaban por alto.

No obstante, un puñado de personas en una docena de países continuaban intrigadas por este problema. Una de las tales era Jeremy Stone; otra, Peter Leavitt. Este último era quien, unos años atrás, había formulado la regla de los 48; regla que quería ser un memento humorístico para científicos, y se refería al diluvio de literatura recogida durante los años cuarenta y los cincuenta con respecto al número de cromosomas del ser humano.

Durante años se afirmó que los hombres teníamos cuarenta y ocho cromosomas en nuestras células; se presentaban fotografías demostrativas, así como un buen número de estudios esmerados. En 1953, un grupo de investigadores norteamericanos anunció al mundo que el número de cromosomas era de cuarenta y seis. Una vez más hubo fotografías y estudios que lo confirmaban. Por añadidura, estos investigadores se pusieron a reexaminar las fotografías antiguas y repasaron los antiguos estudios... y sólo hallaron cuarenta y seis cromosomas, no cuarenta y ocho.

La regla de los 48, formulada por Leavitt, decía simplemente: «Todos los científicos están ciegos». Esta fue la regla que su propio autor invocó al ver la acogida que cosechaban Karp y los demás. Después se puso a estudiar los informes y las comunicaciones, y no halló motivo alguno para rechazar los estudios sobre meteoritos lisa y llanamente; muchos de los experimentos realizados lo habían sido con gran esmero, aparecían bien razonados y llamaban la atención poderosamente.

Estos hechos recordaba Leavitt cuando, junto con los demás colegas que planearon el Proyecto Wildfire, redactó el estudio conocido por Vector Tres. El cual, junto con Tóxico Cinco, constituía una de las firmes bases teoréticas para el Wildfire.
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