Título original: The Andromeda Strain




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Por consiguiente, se encogió de hombros y se enfrascó de nuevo en el artículo sobre presiones de gas, sin oír más que a medias la voz de Shawn, que decía:

«Ahora estamos dentro del pueblo. Acabamos de dejar atrás una estación de servicio y un motel. Todo está tranquilo. No se ve señal alguna de vida. Las señales del satélite llegan más fuertes. Media manzana más adelante hay una iglesia. No se ven luces, ni actividad de ninguna clase.»

Comroe dejó el periódico. Inconfundiblemente, la voz de Shawn delataba un nerviosismo contenido, tenso. Normalmente, a Comroe le habría divertido el representarse a dos hombres adultos poniéndose nerviosos por tener que penetrar en una aldea lejana, dormida en la soledad. Pero conocía a Shawn personalmente y sabía que, fuesen cuales fueren las demás virtudes que pudiera poseer, carecía en absoluto de imaginación. Era capaz de quedarse dormido viendo una película de miedo. Pertenecía a este tipo de hombre.

Comroe se puso a escuchar.

Dominando el crepitar de los ruidos parásitos, oía el runruneo del motor de la furgoneta. Y las voces de los dos hombres, que hablaban por lo bajo:

«Shawn: —Mucha quietud por aquí.

»Crane: —Sí, señor.»

Hubo una pausa.

«Crane: —Señor...

»Shawn: —¿Qué?

»Crane: —¿No ha visto aquello?

»Shawn: —¿El qué?

»Crane: —Allá detrás, en la acera. Parecía un cuerpo humano.

»Shawn: —Estás viendo visiones.»

Otra pausa; luego, Comroe oyó que la furgoneta paraba, con un chirriar de frenos.

«Shawn: —¡Dios mío!

»Crane: —Es otro, señor.

»Shawn: —Parece muerto.

»Grane: —¿Bajo?

»Shawn: —No. Quédate en la furgoneta. —Su voz aumentó de volumen y tomó un tono más formulario al transmitir el parte—: Habla "Corsario Primero" a "Vándalo Deca". Cambio.»

Comroe cogió el micrófono. —Le escucho. ¿Qué ha pasado?

Con la voz estremecida, Shawn respondió:

«Señor, vemos cuerpos humanos. A montones. Parecen muertos.»

—¿Están seguros, «Corsario Primero»?

«¡Por el amor de Dios! —exclamó Shawn—. ¡Claro que estamos seguros!»

Comroe continuó pausadamente:

—Sigan hacia la cápsula, «Corsario Primero».

Al mismo tiempo, paseó la mirada por la sala. Los otros doce componentes del reducido personal le estaban mirando fijamente, con ojos inexpresivos, sin ver. Escuchaban la transmisión.

El motor de la furgoneta cobró vida de nuevo.

Comroe bajó los pies de la mesa y pulsó el botón de su consola que decía «Seguridad» y que aislaba automáticamente la sala de Control de Misión. Ahora nadie podría entrar ni salir sin su permiso.

A continuación, cogió el teléfono y dijo:

—Póngame con el mayor Manchek. M-A-N-C-H-E-K. Es una llamada urgente. Aguardo.

Manchek era el oficial superior de guardia para aquel mes, el hombre directamente responsable de todas las actividades de los «Scoop» durante el mes de febrero.

Mientras aguardaba, Comroe sujetó el receptor entre la barbilla y el hombro y encendió un pitillo. Por el altavoz, se oía la voz de Shawn, diciendo:

«¿A ti te parecen muertos, Crane?

»Crane: —Sí, señor. Con un aire muy pacífico, pero muertos.

»Shawn: —En cierto modo no parecen realmente muertos. Falta algo. Es una cosa curiosa... Pero los hay por todas partes. Han de ser varias docenas.

»Crane: —Como si hubieran caído mientras andaban. Como si hubieran tropezado y caído muertos.

»Shawn: —Por las calles, por las aceras...»

Otro silencio; luego, Crane:

«¡Señor!

»Shawn: —¡Dios mío!

»Crane: —¿Le ve usted? Al hombre de la bata blanca, cruzando la calle...

»Shawn: —Sí, le veo.

»Crane: —Salta por encima de ellos como si...

»Shawn: —Viene hacia nosotros.

»Grane: —Señor, mire, creo que deberíamos marcharnos de aquí, si usted permite que...»

El sonido que vino luego fue un alarido agudo y una especie de chirrido. La transmisión terminó en este punto, y el Control de Misión de los «Scoop», de Vandenberg, no pudo volver a establecer comunicación con los dos hombres.
3. Crisis

Se dice de Gladstone que, al enterarse de la muerte de «Chino» Gordon en Egipto, murmuró irritado que el general hubiera podido escoger un momento más propicio para morir. La muerte de Gordon precipitaba al Gobierno de Gladstone en un torbellino y una crisis. Un ayudante comentó que las circunstancias en que se hallaban eran excepcionales e impredecibles. A lo que Gladstone replicó malhumorado:

—Todas las crisis son lo mismo.

Se refería a las crisis políticas, naturalmente. En 1885 no había crisis científica, como tampoco las hubo, por cierto, durante otros cuarenta años. Desde entonces han habido ocho de mayor consideración; a dos de ellas se las ha discutido pública y prolijamente. Interesa hacer notar que las dos crisis dadas a la publicidad —la energía atómica y la competencia espacial— concernían a la química y la física, no a la biología.

Podía preverse que sucedería así. La física fue la primera de las ciencias naturales que llegó a su fase completamente moderna y altamente matemática. La química siguió la estela de la física. Pero la biología, la hija retardada, quedaba mucho más atrás. Ya en los tiempos de Newton y Galileo, los hombres sabían más de la Luna y de otros cuerpos celestes que del suyo propio.

Esta situación no cambió hasta los años cuarenta del presente siglo. El periodo de la posguerra introdujo una era nueva de investigaciones biológicas, espoleadas por el descubrimiento de los antibióticos. De pronto hubo entusiasmo y dinero abundantes para la biología, y de ahí nació un torrente de descubrimientos: los tranquilizantes, las hormonas esteroides, la inmunoquímica, el código genético. En 1953 se trasplantó el primer riñón y en 1958 se administraron, a título de prueba, las primeras píldoras para el control de la natalidad. No pasó mucho tiempo sin que la biología se convirtiera en el campo de la ciencia que experimentaba un desarrollo más rápido: sus conocimientos se duplicaban cada diez años. Investigadores con la mirada puesta en el futuro hablaban en serio de cambiar genes, controlar la evolución, regular la mente... Ideas que diez años atrás hubieran constituido una especulación descabellada.

Y, sin embargo, no se había producido ninguna crisis biológica. El microbio «Andrómeda» proporcionó la primera.

Según Lewis Bornheim, una crisis es una situación en la que un conjunto de circunstancias hasta entonces tolerables se vuelve de pronto, por la adición de otro factor, completamente intolerable. Que el factor nuevo sea político, económico o científico importa poco: la defunción de un héroe nacional, la inestabilidad de los precios o un descubrimiento técnico pueden poner en marcha los acontecimientos. En este sentido, Gladstone decía bien: todas las crisis son lo mismo.

El notable erudito Alfred Pockran, en su estudio de las crisis (Culture, Crisis and Change), ha dejado sentadas varias tesis interesantes. Primero observa que toda crisis tiene sus comienzos mucho antes de que estalle realmente. Así, por ejemplo, Einstein publicó sus teorías de la relatividad en el período 1905-1915, cuarenta años antes de que su labor culminase en el final de una guerra, el comienzo de una edad nueva y el primer estallido de una crisis.

De modo parecido, a principios del siglo XX, científicos americanos, alemanes y rusos se interesaron por igual en los viajes espaciales, aunque sólo los alemanes reconocieron el potencial militar de los cohetes. Y después de la guerra, cuando los soviéticos y los americanos se hicieron dueños de la instalación alemana de cohetes de Peenemunde, fueron los rusos solamente quienes dieron pasos inmediatos y enérgicos hacia la meta de desarrollar las posibilidades del espacio. Los americanos se contentaban jugando con cohetes sin tomar el juego en serio...; lo cual desembocó, diez años más tarde, en una crisis científica americana relacionada con los sputniks, la instrucción americana, los ICBM2 y el bache en la cuestión de los proyectiles.

Pockran observa también que una crisis se compone de individuos y personalidades y que éstas son únicas:

«Es tan difícil imaginarse a Alejandro en el Rubicón y a Eisenhower en Waterloo, como figurarse a Darwin escribiéndole a Roosevelt sobre el potencial de una bomba atómica. Una crisis es obra de unos hombres, que entran en ella con sus prejuicios, propensiones e inclinaciones particulares. Una crisis es una suma de intuición y de puntos ciegos, una mezcla de hechos observados y hechos ignorados.

Sin embargo, por debajo de su singularidad, las crisis presentan una similitud inquietante. Una característica de las crisis, en visión retrospectiva, es que hubieran podido preverse, que parecían dictadas de antemano. Ello no resulta cierto en todas, pero sí en un número bastante elevado para volver cínico y misántropo al historiador más encallecido.»

A la luz de los argumentos de Pockran, resulta interesante considerar el ambiente y las personalidades implicadas en el microbio «Andrómeda». En la época del «Andrómeda» todavía no se había producido nunca ninguna crisis en la ciencia biológica, y los americanos que hubieron de hacer frente a los hechos no estaban preparados para raciocinar pensando en tal posibilidad. Shawn y Crane eran un par de hombres capaces, aunque no reflexivos, y Edgar Comroe, el oficial de noche en Vandenberg, aun siendo un científico, no estaba preparado para tomar en cuenta nada que no fuese la irritación que sentía al ver que un problema inexplicable le arruinaba una velada tranquila.

Ateniéndose al protocolo, Comroe telefoneó a su oficial superior, mayor Arthur Manchek, y aquí la historia toma un cariz distinto. Puesto que Manchek estaba preparado, y, además, dispuesto, a tomar en consideración una crisis de proporciones tremendas..., aunque no lo estaba a confesarlo así.

El mayor Manchek, la cara todavía ajada por el sueño, estaba sentado en el borde de la mesa de Comroe y escuchaba la cinta en que se había grabado la conversación habida en la furgoneta. Cuando se terminó, dijo:

—La cosa más rara y endemoniada que haya oído en mi vida —y puso la cinta otra vez. A continuación, llenó cuidadosamente la pipa, la encendió y, sin dejar de escuchar, una vez apurada, sacudió la ceniza.

Arthur Manchek era ingeniero, hombre sosegado y recio, atormentado por una hipertensión caprichosa, que amenazaba con poner fin a ulteriores ascensos en la jerarquía militar. En varias ocasiones le habían aconsejado que perdiese peso, pero era incapaz de tal cosa. Por ello estaba acariciando la idea de abandonar el ejército para iniciar una carrera como científico en una industria privada, donde nadie suele preocuparse del peso ni de la presión sanguínea de uno.

Manchek había venido a Vandenberg procedente de Wright Patterson (Ohio), donde estuvo al frente de unos experimentos sobre métodos de aterrizaje de vehículos espaciales. Su misión consistió en idear una forma de cápsula que pudiera posarse con la misma seguridad en tierra que en el agua. Y consiguió configurar tres formas nuevas que prometían dar buen resultado; éxito que le valió el ascenso y traslado a Vandenberg.

Aquí hacía una tarea administrativa, y la aborrecía. La gente le aburría; la mecánica de la manipulación y las excentricidades del personal subordinado no encerraban atractivo alguno para él. Con frecuencia deseaba hallarse otra vez en los túneles de aire de Wright Patterson. Muy particularmente las noches que le sacaban de la cama por algún problema estúpido.

Esta noche se sentía irritable y bajo una fuerte tensión. Manchek reaccionaba de una manera característica ante una situación de esta clase: se volvía lento. Se movía despacio, pensaba despacio, actuaba con una calma pesada, maciza. Ahí estaba el secreto de su éxito. Cuando el personal que le rodeaba se ponía nervioso y excitado, Manchek parecía volverse más apático, hasta dar la impresión de que iba a quedarse dormido. Era la treta que empleaba para conservar una objetividad y una claridad de juicio absolutas.

Ahora, mientras la cinta iba pasando por segunda vez, él suspiraba y chupaba la pipa.

—No ha habido ningún corte de comunicaciones, deduzco.

Comroe meneó la cabeza.

—Por nuestra parte hemos verificado todos los aparatos. Y seguimos sincronizando aquella frecuencia. —Así diciendo, abrió la radio, y unos ruidos parásitos sibilantes llenaron la habitación—. ¿Conoce la pantalla acústica?

—Vagamente —contestó Manchek, reprimiendo un bostezo. Lo cierto era que se trataba de un ingenio creado por él tres años atrás. Definido de la manera más sencilla, consistía en hallar una aguja en un pajar por medio de las computadoras..., un conjunto de máquinas que escuchaban una mezcla de sonidos, embarullados, confundidos al azar, y aislaban determinadas irregularidades. Por ejemplo, podía recogerse en una cinta el rumor de las conversaciones en un cóctel de sociedad y luego hacer pasar la cinta por una computadora, que aislaba una determinada voz y la separaba del resto.

Este ingenio tenía varías aplicaciones en el campo de los servicios secretos.

—Bien —dijo Comroe—, cuando ha terminado la transmisión, no hemos oído más que los ruidos parásitos que usted escucha ahora. Los hemos pasado por la pantalla acústica para ver si la computadora localizaba algo en particular. Y luego los hemos pasado por el osciloscopio del rincón.

En el otro costado de la habitación, la verde faz del osciloscopio exhibía una línea quebrada bailoteante: suma de los ruidos parásitos.

—Después —prosiguió Comroe— hemos intercalado la computadora. Así.

Y oprimió un botón de la consola de su mesa. La línea del osciloscopio cambió de carácter bruscamente, volviéndose de pronto más sosegada, más regular, presentando una pauta de impulsos más fuertes, acompasados.

—Comprendo —dijo Manchek. Ciertamente, había identificado ya aquella pauta y captado su significado. Ahora su mente derivaba hacia otros terrenos, considerando nuevas posibilidades, ramificaciones más amplias.

—Aquí tiene el audio —dijo Comroe. Oprimió otro botón, y la versión sonora de la señal llenó la sala. Consistía en un rechinar metálico continuo, con un «clic» metálico repetido.

Manchek movió la cabeza en gesto de asentimiento.

—Un motor. Con una oscilación.

—Sí, señor. Nosotros creemos que la radio de la furgoneta sigue emitiendo y que el motor continúa en marcha. Eso es lo que oímos ahora, eliminados los ruidos parásitos.

—Perfectamente —convino Manchek. La pipa se le apagó. La chupó un momento, volvió a encenderla, se la quitó de la boca y expulsó una miajita de tabaco que se le había pegado a la lengua—. Necesitamos pruebas —dijo, casi para sí mismo. Estaba sopesando categorías de pruebas, hallazgos posibles, contingencias... —¿Pruebas de qué? —inquirió Comroe.

Manchek pasó por alto la pregunta.

—¿Tenemos un «Scavenger» en la base?

—No lo sé cierto, señor. Pero si no lo tenemos, podemos conseguir uno de Edwards.

—Pues, consígalo. —Manchek se puso en pie. Había tomado una decisión, y ahora volvía a sentirse cansado. Le esperaba una noche de llamadas telefónicas, una noche de telefonistas irritadas, malas conexiones y voces sorprendidas en el otro extremo del hilo—. Necesitamos un vuelo por encima de aquella aldea —dijo—. Y una inspección completa. Todas las películas han de llegar directamente. Avise a los laboratorios.

También ordenó que Comroe trajese a todos los técnicos, especialmente a Jaggers. Manchek le tenía antipatía a Jaggers, hombre avejentado y raro; pero sabía también que valía mucho, y esta noche necesitaba gente que supiera lo que se traía entre manos.

A las 11.07 (las once y siete minutos), Samuel «Gunner» Wilson volaba a 645 millas por hora sobre el desierto Mojave. Allá arriba, bañados por la luz de la Luna, veía los dos reactores gemelos que le indicaban el camino, con los tubos de escape brillando enojados en el cielo nocturno. Los aviones tenían un aire pesado, de preñez: debajo de las alas y el vientre colgaban bombas de fósforo.
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