Título original: The Andromeda Strain




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A Manchek no le habían dicho quiénes eran aquellos cinco hombres; sabía únicamente que existía una línea telefónica principal, en el Departamento de Defensa, para llamarles. Para conectar con aquella línea, bastaba que uno marcase el número binario correspondiente a cierto número decimal. Manchek metió la mano en el bolsillo y sacó la cartera; luego rebuscó por ella hasta dar con la tarjeta que le había entregado el profesor:
EN CASO DE INCENDIO,

Comuníquenlo a División 222.

Emergencias solamente
Manchek fijó la mirada en la tarjeta y se preguntó qué pasaría exactamente si marcaba el binario de 222. Probó de imaginarse la secuencia de los acontecimientos. ¿Con quién hablaría? ¿Le llamaría alguien después? ¿Habría una investigación, una apelación a una autoridad superior?

Manchek se frotó los ojos y siguió mirando la tarjeta; por fin se encogió de hombros. Fuese de un modo, fuese de otro, pronto lo sabría.

Arrancó un pedazo de papel del bloque que tenía delante, junto al teléfono, y escribió:

27 26 25 24 23 22 21 20
Era la base del sistema binario: la base dos elevada a un exponente. Dos al exponente cero valía una unidad; dos a la primera potencia eran dos; dos al cuadrado eran cuatro, y así sucesivamente. Manchek escribió prestamente otra línea debajo:
27 26 25 24 23 22 21 20

128 64 32 16 8 4 2 1
Luego, se puso a sumar los números para obtener un total de 222. Los números precisos los rodeó con un círculo:
27 26 25 24 23 22 21 20
128 64 32 16 8 4 2 1 = 222

Luego, marcó la clave binaria. Los números binarios son los adecuados para las computadoras que utilizan un lenguaje de abierto-cerrado, de sí-no. Un matemático dijo una vez, en son de broma, que los números binarios eran los que utilizaban las personas que sólo tenían dos dedos para contar. En esencia, los números binarios traducían los números normales —que requieren diez dígitos y nueve lugares decimales— a un sistema que sólo depende de dos dígitos —el uno y el cero— y un lugar.
27 26 25 24 23 22 21 20
128 64 32 16 8 4 2 1 = 222
1 1 0 1 1 1 1 1
Manchek miró el número que acababa de escribir y un segundo después insertaba la clavija: 1-101-1110. Un número de teléfono perfectamente razonable.

A continuación, levantó el receptor y marcó.

Eran las doce de la noche en punto.
Día 2

PIEDMONT


5. Las primeras horas

Los aparatos estaban allí. Los cables, las claves, los teletipos, todo había aguardado, durmiendo, durante dos años. Sólo se precisaba la llamada de Manchek para ponerlos en movimiento.

Apenas hubo terminado de marcar, oyó una serie de «clics» metálicos, seguidos de un zumbido bajo que, según sabía, indicaba que la llamada circulaba por una de las líneas principales de larga distancia con las comunicaciones enmascaradas. Al cabo de un momento, el zumbido cesó y una voz dijo:

«Contesta una cinta. Pronuncie su nombre y el mensaje que desea transmitir y cuelgue.»

—Mayor Arthur Manchek, Base de la Fuerza Aérea de Vandenberg, Control de Misión «Scoop». Creo que es necesario declarar una Alerta Wildfire. Tengo datos visuales confirmándolo en este puesto, que hemos cerrado por motivos de seguridad.

Mientras hablaba se le ocurrió que todo aquello era más bien improbable. Hasta la cinta magnetofónica pondría en duda sus afirmaciones. Y continuó con el receptor en la mano, esperando una respuesta sin saber por qué.

Pero no la hubo, solamente un chasquido, al cortarse la comunicación automáticamente. La línea estaba desierta; Manchek colgó, exhalando un suspiro. Todo aquello resultaba muy poco satisfactorio.

Esperaba que dentro de unos minutos le llamarían desde Washington; esperaba recibir muchas llamadas telefónicas en el transcurso de unas pocas horas, y por ello continuó junto al teléfono. Sin embargo, no recibió ninguna llamada, porque no sabía que el proceso que se había iniciado era automático. Una vez puesta en marcha, la Alerta Wildfire seguiría su curso y no se anularía hasta dentro de doce horas al menos.

Antes de los diez minutos de haber llamado Manchek, por las unidades de transmisiones enmascaradas, de secreto máximo, de la nación circulaba el siguiente mensaje:

UNIDAD

SECRETO MÁXIMO
LA CLAVE SIGUE

ASI

CBW 9/9/234/435/6778/90

PULG COORDINA A DELTA 8997
EL MENSAJE SIGUE

ASI

HA SIDO DECLARADA UNA ALERTA WILDFIRE.

REPITO HA SIDO DECLARADA UNA ALERTA

WILDFIRE. COORDINA PARA ESCUCHAR

NASA/AMC/NSC COMB. DEC.

LL-5907 DE LA FECHA.
NOTAS ADICIONALES

ASI

SECRETO PARA LA PRENSA

DISPOSICIÓN POTENCIAL 7-L2

ESTADO DE ALERTA HASTA NUEVO AVISO

FIN DEL MENSAJE

DESCONECTE
Era éste un cable automático. Todo lo que contenía, incluso el anuncio de la reserva con respecto a la Prensa y de una posible disposición 7-L2, era automático y venía a consecuencia de la llamada de Manchek.

Cinco minutos después, hubo un segundo cable, nombrando a los hombres del equipo Wildfire:
UNIDAD

SECRETO MÁXIMO

LA CLAVE SIGUE

ASI

CBW 9/9/234/435/6778/900
EL MENSAJE SIGUE

ASI

LOS SIGUIENTES CIUDADANOS VARONES

AMERICANOS QUEDAN EN SITUACIÓN ZETA KAPPA

LA DECLARACIÓN PREVIA DE SECRETO

MÁXIMO HA SIDO RATIFICADA.

LOS NOMBRES SON +
STONE, JEREMY 81

LEAVITT, PETER 04

BURTON, CHARLES L 51

CHRISTIANSENKRIKE ANULEN ESTA LINEA ANULEN

ESTA LINEA ANULEN ESTA LINEA QUE DEBE DECIR

KIRKE, CHRISTIAN 142

HALL, MARK L 77
CONCEDAN A ESTOS HOMBRES

LA SITUACIÓN ZETA KAPPA

HASTA NUEVO AVISO
FIN DE MENSAJE FIN DE MENSAJE
En teoría, este cable también era pura rutina; su objetivo consistía en nombrar a los cinco miembros, a los que se concedía la situación Zeta Kappa, denominación clave de la situación «Adelante». Pero por desgracia la máquina escribió mal uno de los nombres y no supo leer el mensaje entero. (Normalmente, cuando una unidad de impresión de una línea secreta escribía mal una parte de un mensaje, el mensaje entero se escribía de nuevo, o bien volvía a leerlo la computadora para certificar su forma corregida.)

Con esto, el mensaje daba lugar a un margen de duda. En Washington y en otra parte llamaron a un experto en computadoras para que confirmase la exactitud del mensaje mediante lo que se denomina «localización regresiva». El experto de Washington expresó grave inquietud acerca de la validez del mensaje, puesto que la máquina imprimía otras equivocaciones menores, tales como «L» cuando quería poner «I».

Resultado de todo ello fue que a los dos nombres primeros de la lista se les otorgó la situación pedida, pero a los demás, no, aguardando una confirmación.

Allison Stone estaba cansada. En su casa de las colinas que dominaban los terrenos de la Universidad de Stanford, ella y su marido, presidente del departamento de bacteriología de la Universidad, habían dado una fiesta a quince parejas, y todo el mundo se había quedado hasta muy tarde. Mistress Stone estaba enojada; se había criado en las esferas oficiales de Washington, donde si a uno le ofrecían una segunda taza de café, olvidándose adrede de acompañarla con coñac, sabía que le invitaban a irse a su casa. Por desgracia, pensaba ella, los académicos no seguían las normas. Hacía horas que había servido la segunda taza de café, y todo el mundo continuaba allí.

Poco antes de la una de la madrugada, sonó el timbre de la puerta. Al abrir, mistress Allison Stone tuvo la sorpresa de ver a dos militares plantados, codo a codo, en la oscuridad de la noche. La dama tuvo la impresión de que estaban cohibidos y nerviosos, y pensó que se habrían extraviado; la gente se extraviaba a menudo, conduciendo por los sectores residenciales, de noche.

—¿Puedo servirles en algo?

—Lamento molestarla, señora —respondió, muy cortés, uno de los dos—. ¿Es éste el domicilio del doctor Jeremy Stone?

—Sí —contestó ella, frunciendo levemente el entrecejo—, lo es.

La dama levantó la vista hacia el paseo de entrada y divisó un sedán azul estacionado en él. Junto al coche había otro hombre, y parecía sostener algo en la mano.

—¿Es que aquel individuo trae un arma? —preguntó.

—Señora —insistió el que había hablado antes—, tenemos que hablar con su marido, inmediatamente, por favor.

Todo aquello le parecía muy extraño; la dama se asustó. Dirigiendo la vista hacia el jardín, descubrió a un cuarto hombre, que se acercaba a la casa y miraba adentro por una ventana. A la pálida luz que se derramaba hacia el jardín, mistress Stone pudo distinguir perfectamente el rifle que llevaba en las manos.

—¿Qué pasa?

—Señora, no queremos aguarle la fiesta. Por favor, pida al doctor Stone que salga a la puerta.

—No sé si...

—En otro caso, tendremos que entrar a buscarle —advirtió el militar.

Ella titubeó un momento; luego, dijo:

—Esperen.

Dio un paso atrás y se disponía a cerrar, pero uno de aquellos hombres se había deslizado ya dentro del vestíbulo. Plantado junto a la puerta, con la gorra en la mano, muy erguido y cortés, le dijo, sonriendo:

—Yo aguardaré aquí, señora.

Mistress Stone regresó a la fiesta, procurando que los invitados no le notaran nada. Todo el mundo seguía charlando y riendo; la sala continuaba llena de voces y de humo espeso. Jeremy se hallaba en un ángulo, enzarzado en una discusión sobre motines. Ella le tocó en el hombro, y él se separó del grupo.

—Ya sé que te parecerá raro —dijo la esposa—, pero en el vestíbulo hay un hombre perteneciente a no sé qué Cuerpo del Ejército, y otro fuera, y otros dos, con armas, por el jardín. Dicen que quieren verte.

Stone pareció sorprendido sólo por un momento; después movió la cabeza afirmativamente.

—Déjalo en mis manos —respondió. Su actitud molestó a la mujer; casi parecía que su marido esperaba aquella visita.

—Pues si estabas enterado de este asunto, hubieras podido...

—No lo estaba —atajó él—. Te lo explicaré más tarde.

Y se fue hacia el pasillo, donde el militar continuaba esperándole. Su esposa le siguió.

—Soy el doctor Stone —presentóse el dueño de la casa.

—Yo, el capitán Morton —respondió el otro, sin tenderle la mano—. Hay un incendio, señor.

—Muy bien —contestó Stone. En seguida bajó la vista hacia su chaqueta smoking—. ¿Tengo tiempo de cambiarme?

—Me temo que no, señor.

Allison vio, profundamente pasmada, que su marido movía la cabeza, asintiendo tranquilo y respondía:

—Está bien. —Volviéndose hacia ella, le dijo—: Tengo que marcharme —con una cara impenetrable, inexpresiva. A la mujer se le antojó una pesadilla que le hablase con una cara como aquélla. Sentíase llena de turbación y miedo.

—¿Cuándo volverás?

—No lo sé cierto. Dentro de una semana o dos. O quizá más.

La dama se esforzó en dominar la voz, pero no lo consiguió, estaba trastornada.

—¿Qué pasa? —quiso saber—. ¿Te han detenido?

—No —respondió él, con una leve sonrisa—. Nada de eso. Presenta mis excusas a los invitados, ¿quieres?

—Pero las armas...

—Mistress Stone —intervino el militar—, nosotros tenemos orden de proteger a su marido. No se puede permitir que a partir de este momento le pase nada.

—Es cierto —corroboró Stone—. Ya ves, me he convertido de pronto en un personaje importante. —Sonrió de nuevo, con una sonrisa rara, torcida, y le dio un beso.

Y luego, casi antes de que ella se diera cuenta de lo que hacían, su marido cruzaba la puerta, con el capitán Morton a un lado y su compañero al otro. Sin decir palabra, el sujeto que llevaba el rifle se colocó detrás; el del coche saludó y abrió la portezuela.

Las luces del automóvil se encendieron, las portezuelas se cerraron; el coche retrocedió por el paseo y desapareció en la noche. La dama seguía en pie junto a la puerta cuando uno de sus invitados se plantó detrás y le preguntó:

—Allison, ¿te encuentras bien?

Ella se volvió y halló que tenía fuerzas para sonreír y contestar:

—Sí, no es nada. Jeremy ha tenido que marcharse. Le han llamado del laboratorio: otro de los experimentos que ha preparado a última hora sale mal.

El invitado hizo un gesto con la cabeza y dijo:

—¡Qué pena! Ha sido una fiesta deliciosa.

En el coche, Stone se sentó y miró a los tres hombres. Recordaba que les había visto unos rostros inmóviles, inexpresivos. Y preguntó:

—¿Qué tienen para mí?

—¿Qué tenemos, señor?

—Sí, maldita sea. ¿Qué les han dado para mí? Han de haberles dado algo.

—¡Ah! Sí, señor.

Y el militar le entregó un delgado legajo. Sobre la parda cubierta de cartón se leía: «Resumen del Proyecto Scoop».

—¿Nada más? —preguntó Stone.

—No, señor.

Stone suspiró. Hasta entonces no le habían hablado nunca del Proyecto Scoop; tendría que leer el legajo con mucha atención. Pero el coche estaba demasiado oscuro para leer; habría tiempo más tarde, en el avión. Y se sorprendió retrocediendo mentalmente cinco años atrás, hasta encontrarse de nuevo en aquel simposio más bien raro celebrado en Long Island y ver otra vez a aquel orador menudito y raro, venido de Inglaterra, y que, de una manera muy original, había dado comienzo a todo aquello.

En el verano de 1962, J. J. Merrick, biofísico inglés, presentó una comunicación al X Simposio Biológico de Cold Spring Harbor (Long Island). Se titulaba «Frecuencias de contacto biológico de acuerdo con las probabilidades de especiación»3. Merrick era un científico rebelde, heterodoxo, cuya fama en lo tocante a claridad de pensamiento no salía nada beneficiada de su reciente divorcio ni de la presencia de la hermosa secretaria rubia que se había traído al simposio. Después de la presentación del documento, las ideas de Merrick, que se resumían al final, fueron muy poco discutidas en el terreno serio, científico. Dicho resumen final decía:

«Debo inferir que el primer contacto con la vida extraterrestre quedará determinado por las conocidas probabilidades de especiación. Es un hecho innegable que en la Tierra los organismos complicados son escasos, mientras que los organismos sencillos florecen en abundancia. Hay millones de especies de bacterias y millares de especies de insectos. En cambio, hay sólo unas pocas especies de primates, y únicamente cuatro de grandes monos. No hay más que una sola especie de hombres.

» Con esta frecuencia de especiación concuerda la frecuencia del número. Las criaturas sencillas son mucho más frecuentes que los organismos complejos. Hay tres mil millones de hombres sobre la tierra, cantidad que parece muy elevada hasta que nos fijamos en que en un frasco grande pueda haber una cantidad de bacterias diez o hasta cien veces mayor.

»Todas las pruebas de que disponemos sobre el origen de la vida apuntan hacia un avance evolutivo desde formas vivas sencillas a formas complejas. Esto es cierto en la Tierra. Y es probable que también lo sea en todo el universo. Shapley, Merrow y otros han calculado el número de sistemas planetarios variables del universo cercano. Mis propios cálculos, indicados más al principio de este documento, se fijan en la abundancia relativa de organismos distintos por todo el universo.

»Me he propuesto el objetivo de determinar las probabilidades de contacto entre el hombre y otras formas de vida. Tales probabilidades son como sigue:
FORMA PROBABILIDAD

(en tantos por uno)

Organismos unicelulares, o inferiores

(simple información genética) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 0,7840

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