Título original: The Andromeda Strain




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Organismos pluricelulares sencillos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 0,1940

Organismos pluricelulares complejos, pero faltos de un

sistema nervioso central coordinado . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 0,0140

Organismos pluricelulares con sistemas integrados

de órganos, incluido el sistema nervioso . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 0,0078

Organismos pluricelulares con un sistema nervioso

complejo capaz de manejar 7+ datos (capacidad humana) . . . . . . . . . . 0,0002

1,0000

»Estas consideraciones me hacen pensar que la primera interacción humana con una vida extraterreste consistirá en contactos con organismos similares —si no idénticos— a las bacterias o los virus terrestres. Las consecuencias de tales contactos le alarman bastante a uno, si recuerda que el 3 por 100 de todas las bacterias de la Tierra son capaces de obrar un efecto deletéreo en el hombre.»

Más tarde, el mismo Merrick tomó en consideración la posibilidad de que el primer contacto consistiese en una peste traída de la Luna por el primer hombre que llegase a ella. Los científicos reunidos acogieron esta idea con humor más bien jocoso.

Uno de los pocos que la tomó en serio fue Jeremy Stone. Con sus treinta y seis años, Stone era quizá el personaje más famoso que asistía al simposio en cuestión. Era profesor de bacteriología en Stanford, puesto que ocupaba desde los treinta, y acababa de ganar el Premio Nobel.

La lista de lo realizado por Stone —dejando aparte la serie particular de experimentos que le valieron el Premio Nobel— es asombrosa. En 1955 fue el primero que utilizó la técnica de los recuentos multiplicativos en colonias bacteriales. En 1957 desarrolló un método para conseguir suspensiones límpidas como un líquido. En 1960 presentó una teoría completamente nueva sobre la actividad de operones4 del E. coli y del S. tabuli, y encontró pruebas de la naturaleza física de las sustancias inductora y represiva. Su comunicación de 1958 sobre transformaciones lineales virales abrió anchos caminos nuevos de investigación científica, particularmente entre el grupo del Instituto Pasteur de París, y a consecuencia de ello ganó, en 1966, el Premio Nobel.

En 1961 lo había ganado el mismo Stone. Se lo dieron por el trabajo sobre reversión bacterial mutante que había hecho en sus horas libres de estudiante de leyes en Michigan, cuando tenía veintiséis años.

Quizá lo más significativo de Stone fuese esto: el haber realizado un trabajo a la altura del Premio Nobel en sus días de estudiante de leyes, pues demostraba la profundidad y el alcance de sus aficiones. En cierta ocasión, un amigo le definió así: «Jeremy lo sabe todo, y el resto, le fascina». Se le había comparado ya con Einstein y con Bohr como científico dotado de una consciencia, una visión superior y un sentido especial para captar el significado de los acontecimientos.

Físicamente, Stone era un hombre enjuto, progresivamente calvo, con una memoria prodigiosa que catalogaba datos científicos y chistes verdes con la misma facilidad. Pero su característica más sobresaliente la constituía cierto aire de impaciencia, la impresión que causaba a todos los que le rodeaban de que le hacían perder el tiempo. Tenía la pésima costumbre de interrumpir a quienquiera que estuviese hablando y poner punto final a las conversaciones, costumbre que se esforzaba cuanto podía por dominar, pero con éxitos muy modestos. Sus modales imperiosos, sumados al hecho de haber ganado el Premio Nobel a una edad muy temprana, así como a los escándalos de su vida privada —se había casado cuatro veces; dos, con esposas de colegas—, no contribuía lo más mínimo a incrementar su popularidad.

Sin embargo, fue Stone quien, en los primeros años sesenta, destacó en los círculos del Gobierno como uno de los portavoces del nuevo estamento científico. El mismo contemplaba este papel con risueña tolerancia —«un vacío ansioso por llenarse de gas caliente», dijo una vez—, pero lo cierto es que ejerció una influencia considerable.

En los primeros años sesenta, América acabó por darse cuenta, con renuencia, de que poseía, como nación, el complejo científico más poderoso de la historia del mundo. Durante los seis lustros anteriores, el 80 por 100 de todos los descubrimientos científicos habían sido hechos por americanos. Estados Unidos tenían el 78 por 100 de todas las computadoras del mundo, y el 90 por 100 de los láseres existentes sobre la faz de la Tierra. Estados Unidos tenían un número de científicos tres veces y media mayor que la Unión Soviética y gastaban en tareas de investigación una cantidad de dinero también tres veces y media mayor; el número de científicos de Estados Unidos era cuatro veces mayor que el de la Comunidad Económica Europea y gastaban siete veces más de dinero en investigaciones. La mayor parte de este dinero procedía, directa o indirectamente, del Congreso, el cual se sentía muy necesitado de hombres que le aconsejaran acerca de cómo invertirlo.

Durante los años cincuenta, todos los grandes consejeros fueron físicos: Teller, y Oppenheimer, y Bruckman, y Weidner. Pero diez años después, con más dinero para biología y más interés por esta disciplina, emergió un grupo nuevo, acaudillado por DeBakey en Houston, Farmer en Boston, Heggerman en Nueva York y Stone en California.

La prominencia de Stone se podía atribuir a varios factores: el prestigio del Premio Nobel; sus relaciones políticas; su esposa más reciente, hija del senador Thomas Wayne, de Indiana; su conocimiento de las leyes. Todo ello se conjugaba para asegurar unas repetidas apariciones de Stone ante aturullados subcomités del Senado..., y le daba el poder que hubiera podido detentar el consejero de más confianza.

Este poder fue el que empleó con tanto éxito para impulsar las investigaciones y las construcciones que culminaron en el Proyecto Wildfire.

A Stone le intrigaban las ideas de Merrick, muy similares a ciertos conceptos suyos propios. Estos conceptos los expuso en un documento breve titulado: «Esterilización de vehículos espaciales», publicado en Science y posteriormente reproducido por el periódico inglés Nature. La tesis sostenida era la de que la contaminación bacteriana constituía una espada de dos filos, y que el hombre había de protegerse contra ambos.

Antes del artículo de Stone, la mayoría de discusiones sobre contaminación se ocupaban del peligro que representaba para otros planetas la posibilidad de que los satélites y las sondas espaciales enviados a ellos desde la Tierra les llevaran, inadvertidamente, microbios terrestres. Este problema fue objeto de estudio ya en los primeros trabajos espaciales americanos; en 1959, la NASA había dictado ya severas normas para la esterilización de sondas enviadas desde la Tierra.

Tales normas tenían por objeto el evitar la contaminación de otros mundos. Evidentemente, si se enviaba una sonda a Marte o a Venus en busca dé nuevas formas de vida, el experimento se quedaría sin base si la sonda llevaba consigo bacterias terrestres.

Stone tomó en consideración el caso contrario. Declaró que había las mismas posibilidades de que unos organismos extraterrestres contaminaran nuestro planeta por conducto de las sondas espaciales. Hizo notar que los vehículos espaciales que se quemaban al regresar no ofrecían problema alguno, pero los retornos «vivos» —vuelos tripulados y sondas tales como los satélites «Scoop»— eran cosa completamente distinta. En ellos, el peligro de contaminación era muy grande.

Esta comunicación creó un breve movimiento de interés, aunque, como dijo él mismo más tarde, «nada demasiado espectacular». Por ello, en 1963, organizó un grupo extraoficial de adictos que se reunía dos veces al mes en la habitación 410, en el piso superior del ala de Bioquímica de la Facultad de Medicina de Stanford, para almorzar y discutir el problema de la contaminación. Este mismo grupo de cinco hombres —Stone y John Black, de Stanford; Samuel Holden y Terence Lisset, de Cal Med, y Andrew Weiss, de Biofísica de Berkeley— fue el que con el tiempo formó el primer núcleo del Proyecto Wildfire. Estos cinco hombres presentaron al presidente, en 1965, una carta concebida a tenor de la de Einstein a Roosevelt, en 1940, relativa a la bomba atómica.

Universidad de Stanford

Palo Alto, California
10 de junio de 1965
Señor Presidente de Estados Unidos.

Casa Blanca.

Avenida de Pennsylvania, 1.600.

Washington, D. C.
Apreciado señor Presidente:

Recientes consideraciones teoréticas sugieren que quizá los procedimientos en vigor para la esterilización de las sondas espaciales no sean adecuados para garantizar un regreso perfectamente estéril a la atmósfera de este planeta. Como consecuencias, cabe la posibilidad de que se introduzcan organismos virulentos en la estructura ecológica terrestre actual.

Nosotros opinamos que la esterilización para el regreso de las sondas y cápsulas tripuladas jamás podrá ser completamente satisfactoria. Nuestros cálculos indican que aun en el caso de que las cápsulas sufrieran un proceso de esterilización en el espacio, la posibilidad de contaminación ascendería todavía a un uno por mil, o acaso mucho más. Estos cálculos se fundan en la vida orgánica tal como nosotros la conocemos; otras formas de vida acaso resistan en absoluto nuestros métodos de esterilización.

Por ello encarecemos que se monte un servicio destinado a ocuparse de una forma de vida extraterrestre, en caso de que, inadvertidamente, se la introdujera en la Tierra. Este servicio tendría un objeto doble: limitar la diseminación de dicha forma de vida, y organizar laboratorios que la investigaran y analizasen, en vistas a proteger de su influencia las formas de vida terrestres.

Nosotros recomendamos que tal servicio se enclave en una región deshabitada; que se construya debajo del suelo; que disponga de todas las técnicas conocidas de aislamiento, y que esté equipado con un ingenio nuclear para su autodestrucción en la eventualidad de una emergencia. Por todo lo que sabemos, ninguna forma de vida puede resistir los dos millones de grados de calor que acompañan a una explosión nuclear.
Muy sinceramente suyos,
Jeremy Stone

John Black

Samuel Holden

Terence Lisset

Andrew Weiss
La carta obtuvo una respuesta muy satisfactoriamente presta. A las veinticuatro horas de cursada, Stone recibió una llamada telefónica de un consejero del presidente, y al día siguiente volaba a Washington a conferenciar con él y los miembros del Consejo Nacional de Seguridad. Dos semanas más tarde, volaba a Houston a discutir nuevos planes con los oficiales de la NASA.

Aunque Stone recuerde un par de sarcasmos sobre «la maldita penitenciaría para escarabajos», la mayoría de científicos con quienes habló miraron el proyecto favorablemente. Antes de un mes, el grupo espontáneo de Stone se había solidificado, constituyendo un comité oficial para el estudio de los problemas de la contaminación y encargado de redactar recomendaciones.

Ese comité fue incluido en la Lista de Proyectos para el Estímulo de la Investigación, del Departamento de Defensa, del cual recibía los fondos pertinentes. A la sazón, la LPEI se entregaba copiosa, macizamente, a los temas de química y física —pulverizaciones de iones, duplicación reversiva, substratos de piones5—, pero aumentaba cada día el interés por los problemas biológicos. De modo que un grupo de la LPEI se interesaba por el acompasamiento electrónico de la función cerebral (eufemismo con el que se designaba el control de la mente); otro había preparado un estudio de biosinérgicos, las posibles combinaciones futuras de hombre y máquinas implantadas dentro del cuerpo; todavía otro evaluaba el Proyecto Ozma, la busca de vida extraterrestre realizada en el período 1961-64. Un cuarto grupo se dedicaba al diseño preliminar de una máquina que efectuase todas las funciones humanas y se reprodujera a sí misma.

Todos estos proyectos tenían un carácter marcadamente teorético, y en todos figuraban prestigiosos científicos. El ser admitido en la LPEI era el sello de una categoría innegable, y aseguraba nuevos fondos para el progreso y el desarrollo.

Por ello, cuando el comité de Stone presentó un primer borrador del Protocolo de Análisis de Vida, que detallaba todas las maneras posibles de analizar a un ser vivo, el Departamento de Defensa respondió con la concesión inmediata de 22.000.000 de dólares para la construcción de un laboratorio aislado especial. (Se consideró que tan elevada suma quedaba justificada por el hecho de que el proyecto sería útil, además, para otros estudios ya en curso. En 1965, el campo entero de la esterilidad y la contaminación era uno de los más importantes. Por ejemplo, la NASA estaba construyendo el Laboratorio de Recepción Lunar, o sea, un servicio de alta seguridad para los astronautas de los «Apolo» que regresaran de la Luna y pudieran traer bacterias o virus perjudiciales para el hombre. Todo astronauta que regresara de la Luna pasaría una cuarentena de tres semanas en el LRL, hasta quedar completamente descontaminado. Por lo demás, constituían también problemas de primera magnitud el de las «habitaciones limpias» para la industria, en las que la cantidad de polvo y bacterias se redujese a un mínimo, y las «cámaras estériles», que estudiaban ya en Bethesda. Los entornos asépticos, las «islas de vida» y el sostén estéril parecían tener un gran significado futuro, y la dotación concedida a Stone parecía una buena inversión en todos estos campos.)

Constituido el fondo de dinero, la construcción se llevó a cabo rápidamente. El fruto que salió en su momento, el Laboratorio Wildfire, que fue edificado en 1966 en Nevada. El diseño se encargó a los arquitectos navales de la División de Naves Eléctricas de la General Dynamics, dado que esta compañía poseía una experiencia considerable en diseñar habitaciones para persona en los submarinos atómicos, dentro de los cuales había de vivir y trabajar el hombre durante períodos largos.

El plan consistía en una estructura cónica subterránea con cinco pisos. Todos los pisos eran circulares, con un núcleo central de servicios eléctricos, de aguas y de ascensores. Cada piso era más estéril que el que tenía encina; de forma que el primero no lo era nada; el segundo, moderadamente; el tercero, severamente estéril, y así sucesivamente. No se podía pasar con entera libertad de un piso a otro; el personal había de someterse a cuarentenas y procesos de descontaminación, lo mismo al subir que al bajar.

Construido el laboratorio, sólo faltaba el seleccionar el equipo para la Alerta Wildfire, el grupo de científicos que estudiaría cualquier organismo nuevo que apareciera. Al cabo de cierto número de estudios acerca de la composición del mismo, se eligió a cinco hombres, entre los que figuraba el mismo Jeremy Stone. Y se dispuso de modo que los cinco pudieran movilizarse inmediatamente, en el caso de una emergencia biológica.

Dos años después, apenas, de su carta al presidente, Stone daba por seguro que «este país está capacitado para enfrentarse con un agente biológico desconocido». Y se declaraba satisfecho de la respuesta de Washington y de la presteza con que se había dotado de pertrechos a sus ideas. Aunque en privado confesaba a sus amigos que casi había resultado demasiado fácil, que Washington había aceptado sus planes casi con demasiada buena disposición.

Stone no podía saber la causa de que Washington se mostrara tan bien dispuesto, ni la verdadera, auténtica preocupación que este problema daba a muchos funcionarios del Gobierno. Porque Stone no sabía nada del Proyecto Scoop; no supo nada hasta la noche en que abandonó la fiesta y se fue en el sedán militar azul.

—Ha sido lo más rápido que hemos encontrado a mano, señor —decía el militar.

Stone subió al avión considerando aquello, quieras que no quieras, un poco absurdo. Se trataba de un Boeing 727, completamente vacío, con los asientos extendiéndose hacia el fondo en largas hileras inalteradas.
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