Título original: The Andromeda Strain




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«Nos acercamos a Piedmont, caballeros. Tengan la bondad de dar órdenes.»

—Describa un círculo a su entorno para que podamos echarle un vistazo —dijo Stone.

El helicóptero se inclinó pronunciadamente para iniciar el viraje. Los dos hombres miraron por las ventanillas y contemplaron la aldea, allá abajo. Durante la noche los buharros habían tomado tierra y se amontonaban alrededor de los cadáveres.

—Me lo temía —dijo Stone.

—Pueden representar un vector de propagación de la peste —comentó Burton—. Comerán la carne de las personas infectadas y se convertirán en portadores de los microorganismos.

Stone asintió con el gesto, sin dejar de mirar por la ventanilla.

—¿Qué haremos? — insistió el otro.

—Atacarles con gas. —Abriendo la comunicación con el piloto, Stone preguntó—: ¿Tiene los botes?

«Sí, señor.»

—Describa otro círculo y extienda un manto sobre la aldea.

«Sí, señor.»

El helicóptero se inclinó y volvió a virar. Al cabo de unos momentos los dos científicos no podían ver el suelo a causa de las nubes de gas azul pálido.

—¿Qué es?

—Clorazina —respondió Stone—. Muy efectiva en concentraciones bajas sobre el metabolismo de las aves. Las aves tienen un ritmo metabólico muy rápido. Son criaturas que se componen de poco más que plumas y músculos; sus latidos cardíacos suelen ascender a unos ciento veinte por minuto, y muchas especies ingieren diariamente un peso de alimento superior al de su propio cuerpo.

—El gas, ¿actúa como desacoplador?

—Sí. Les propinará un duro golpe.

El helicóptero se inclinó de nuevo para alejarse, y luego revoloteó otra vez sobre la aldea. El suave viento empujaba el gas hacia el sur, despejando la atmósfera poco a poco. Pronto pudieron volver a ver el suelo. Ante sus ojos aparecían centenares de aves tendidas; unas pocas agitaban las alas espasmódicamente, pero la mayoría estaban muertas.

Stone arrugó la frente mientras contemplaba el cuadro. Allá en el fondo del cerebro, comprendía que había olvidado algo, o que se le había pasado por alto algún detalle; algún hecho, alguna pista vital que aquellas aves le proporcionaban y que no debía desatender.

Por el aparato de comunicación, el piloto solicitó:

«¿Qué ordena, señor?»

—Diríjase al centro de la calle mayor y suelte la escalera de cuerda. Usted se mantendrá a una altura de veinte pies

«Sí, señor.»

—Cuando nosotros hayamos bajado, se remontará a una altura de quinientos pies.

«Sí, señor.»

—Regrese cuando le hagamos señas.

«Sí, señor.»

—Y si nos pasara algo...

«Yo sigo derechamente hacia Wildfire», dijo el piloto con voz seca.

—Exacto.

El piloto comprendía bien el significado de estas frases. Le pagaban un salario de acuerdo con los módulos más elevados de la Fuerza Aérea: cobraba el sueldo normal, más el plus por servicios peligrosos, más el plus por servicios especiales en tiempos de paz, más otro plus por misiones «sobre terreno enemigo», más una bonificación por horas de vuelo. El trabajo del día de hoy le valdría más de mil dólares, y en caso de que no regresara, su familia recibiría una suma adicional de diez mil dólares por el seguro de vida a corto plazo.

Todo este dinero no se lo daban por pura generosidad: si a Burton y Stone les pasaba algo, abajo, en la aldea, él tenía orden de volar directamente hacia la instalación del Wildfire y mantenerse a treinta pies del suelo hasta que el grupo del Wildfire hubiese decidido la manera más acertada de incinerarles a él y a su aparato en el aire.

Le pagaban para que aceptase un riesgo. Había salido voluntario para este trabajo. Y sabía que allá muy arriba, trazando círculos a veinte mil pies, volaba un reactor de la Fuerza Aérea equipado con cohetes aire-aire. Al piloto del reactor se le había asignado la tarea de derribar al helicóptero en caso de que el piloto de éste perdiese los nervios en el último momento y no se dirigiera en línea recta hacia Wildfire.

«No resbale, señor», dijo el piloto.

El helicóptero maniobró sobre la calle mayor de la aldea y se quedó suspendido en el aire. Se oyó un traqueteo seguido: el ruido de la escalera de cuerda al desenrollarse. Stone se levantó y se puso el casco. Luego cerró la cremallera e hinchó el traje, que se abombó a su entorno. Una botellita de oxígeno, que llevaba a la espalda, le proporcionaría aire suficiente para un par de horas de exploración.

Cuando Burton hubo cerrado el traje a su vez, Stone abrió la escotilla y fijó la mirada en el suelo. El helicóptero levantaba una espesa nube de polvo. Abriendo la radio, Stone preguntó:

—¿Todo listo?

«Todo listo.»

Stone empezó a bajar por la escalera. Burton aguardó un momento; después le siguió. A pesar de que el torbellino de polvo no le dejaba ver nada, sus pies acabaron por tocar el suelo. Soltó la escalera y miró. Distinguía apenas el traje de Stone, confusa silueta en un mundo oscuro, pardo.

Al elevarse el helicóptero, la escalera se fue. El polvo empezó a menguar. Ya podía ver los objetos.

—Vamos —dijo Stone.

Moviéndose torpemente con sus trajes, echaron a caminar por la calle mayor de Piedmont.
7. «Un proceso desacostumbrado»

Escasamente doce horas después de haberse establecido el primer contacto conocido con el microbio «Andrómeda», en Piedmont, llegaban al pueblo Burton y Stone. Semanas más tarde, en las sesiones de información, ambos recordaban la escena vividamente y la describieron con detalle.

El sol de la mañana estaba todavía muy cerca del horizonte; brillaba frío e ingrato, proyectando largas sombras sobre el suelo, cubierto de una delgada costra de nieve. Desde donde se hallaban, podían contemplar la calle de un extremo a otro, con sus edificios de madera, grises y maltratados por el tiempo; pero lo primero que advirtieron fue el silencio. Salvo por un airecillo que gemía levemente por las casas vacías, reinaba un silencio de muerte. Por todas partes se veían cadáveres, amontonados y tirados por el suelo en actitudes de paralizada sorpresa.

Pero no se oía sonido alguno..., ni el runruneo tranquilizador de un coche, ni el ladrido de un perro, ni el llorar de un niño.

Silencio.

Los dos hombres se miraron. Se daban cuenta, con dolorosa percepción, de lo mucho que había que aprender, que hacer. Aquel pueblo había sido herido por una catástrofe terrible, y ellos habían de descubrir todo lo que pudieran a su respecto. Pero prácticamente no contaban con ninguna pista, ningún punto de partida.

En realidad, sólo sabían dos cosas. Una, que al parecer la calamidad había empezado con el aterrizaje del «Scoop VII». Otra, que la muerte se había enseñoreado del pueblo con una rapidez pasmosa. Si era enfermedad traída por el satélite, no tenía parigual en toda la historia de la medicina.

Ambos permanecieron largo rato sin decir nada, mirando a su alrededor, notando el tirón del aire en sus voluminosos trajes. Finalmente, Stone comentó:

—¿Por qué están todos fuera de casa, en la calle? Si fue una enfermedad que llegó de noche, la mayoría tenían que estar en sus casas.

—No es esto solamente —añadió Burlón—, sino que la mayoría llevan pijama. Anoche hizo bastante frío. Uno pensaría que habían de pararse, un momento para ponerse una chaqueta, o un impermeable. Algo que mantuviese el calor.

—Quizá tuvieran mucha prisa.

—¿Para qué? —replicó Burlón.

—Para ver algo —aventuró Stone, con un desamparado levantamiento de hombros.

Burton se inclinó sobre el primer cadáver que hallaron a su paso.

—Es raro —dijo—. Fíjese en cómo se agarra el pecho este hombre. Son bastantes lo que tienen ese mismo gesto.

Mirando los cadáveres, Stone vio que muchos se apretaban el pecho con las manos; unos teniéndolas abiertas, otros como queriendo clavarse las uñas.

—No dan la impresión de haber sufrido —comentó—. Sus rostros tienen una expresión pacífica.

—Como asombrados, en realidad —asintió Burlón—. Se diría que les abatieron de repente, en mitad de un paso. Pero oprimiéndose el pecho con las manos.

—¿Cosa de la coronaria? —aventuró Stone.

—Lo dudo. Deberían hacer una mueca..., la coronaria es dolorosa. Lo mismo sucede con una embolia pulmonar.

—Si el microbio actuó con suficiente rapidez, no habrán tenido tiempo.

—Acaso. Pero, no sé por qué, opino que esta gente expiró sin sufrir. Lo cual significa que se llevaban las manos al pecho porque...

—No podían respirar —concluyó Stone.

Burton hizo un gesto de asentimiento.

—Es posible que estemos contemplando una serie de asfixias. Una asfixia rápida, sin dolor, casi instantánea. Pero lo dudo. Si una persona no puede respirar, lo primero que hace es aflojarse la ropa, particularmente en el cuello y el pecho. Fíjese en aquel hombre de allá..., lleva corbata y no la ha tocado siquiera. Y aquella mujer con el cuello del vestido bien abotonado.

Burton recobraba paulatinamente la compostura, después de la primera impresión sufrida al ver el pueblo. Y empezaba a pensar con claridad. Entonces se encaminaron hacia la furgoneta, parada en el centro de la calle, con los faros todavía despidiendo una luz débil. Stone metió la mano dentro del vehículo para apagarlos. Luego apartó el envarado cuerpo inclinado sobre el volante y leyó el nombre bordado en el bolsillo superior de la chaqueta esquimal.

«Shawn.»

El hombre sentado, muy tieso, en la trasera de la furgoneta era un soldado llamado Crane. Ambos estaban agarrotados por el rigor mortis. Stone indicó con la cabeza el equipo de la trasera de la furgoneta.

—¿Funcionará eso todavía?

—Yo creo que sí —dijo Burton.

—Entonces busquemos el satélite. Es nuestra primera tarea. Luego podremos pensar en... —Aquí se interrumpió. Contemplaba la faz de Shawn, quien por lo visto se había caído sobre el volante en el momento de expirar y se había producido un largo corte arqueado en la cara, rompiéndose el arco de la nariz y desgarrándose la piel—. No lo entiendo —dijo.

—¿Qué no entiende? —inquirió Burlón.

—Esa herida. Mírela bien.

—Muy limpia —dijo Burton—. Notablemente limpia en verdad. Prácticamente no ha sangrado nada... —Y en esto se dio cuenta y quiso rascarse la cabeza, pasmado, pero el casco de plástico le detuvo la mano—. Un corte así —dijo— en la cara. Capilares rotos, hueso roto, venas del cráneo desgarradas..., hubiera tenido que sangrar a mares.

—Sí —convino Stone—. Hubiera debido. Y mire los otros cadáveres. Hasta allí donde los buitres han picoteado la carne: ninguno sangra.

Burton abrió mucho los ojos con asombro creciente. Ningún cadáver había perdido ni una sola gota de sangre. El patólogo se preguntó cómo no lo había advertido antes.

—Quizá el mecanismo de acción de esta enfermedad...

—Sí —dijo Stone—, pienso que quizá tenga usted razón. —Profirió un sonido gutural y sacó a Shawn fuera de la furgoneta, trabajando denodadamente para deslizar el cuerpo de detrás del volante—. Vayamos en busca del condenado satélite —dijo—. Esto empieza a inquietarme de veras.

Burton pasó a la parte de atrás y sacó a Crane por las portezuelas traseras; luego volvió a subir al vehículo mientras Stone hacía girar la llave de ignición. El arranque giró perezosamente, pero el motor no se puso en marcha.

Stone pasó varios segundos probando de arrancar; luego dijo:

—No lo entiendo. La batería está baja, pero debería haber todavía suficiente...

—¿Cómo andamos de carburante? —preguntó Burton.

Después de unos momentos de silencio, Stone soltó una palabrota. Burton sonrió y saltó del coche. Los dos científicos se fueron andando a la estación de servicio, buscaron un cubo y lo llenaron de gasolina del surtidor, luego de haber pasado un par de minutos tratando de decidir cómo funcionaba. Cuando tuvieron la gasolina regresaron a la furgoneta, llenaron el depósito, y Stone volvió a probar.

El motor arrancó.

—En marcha —dijo Stone, sonriendo.

Burton trepó a la trasera, abrió el interruptor del equipo electrónico y puso en movimiento la antena rotatoria. En seguida se oyó el leve pitido intermitente del satélite.

—La señal es débil, pero todavía se nota. Suena por allá, a nuestra izquierda.

Stone entró una marcha y arrancaron, sorteando los cadáveres de la calle. El pitido aumentó de intensidad. Continuaron por la calle mayor, dejando atrás la estación de servicio y la tienda. El pitido se debilitó de pronto.

—Hemos corrido demasiado. Dé la vuelta.

A Stone le costó un rato el encontrar la marcha atrás; luego retrocedieron, siguiendo la intensidad del sonido. Transcurrieron otros quince minutos antes de que pudieran localizar el origen de los pitidos hacia el norte, en las afueras de la aldea.

Por fin pararon ante una casita de madera de un solo piso. Azotado por el viento, gemía un rótulo que decía: «Doctor Alan Benedict».

—Debíamos figurárnoslo —dijo Stone—. Llevaron el aparato al médico.

Ambos bajaron de la furgoneta y subieron al porche de la casa. La puerta de la fachada estaba abierta, dando golpes, empujada por la brisa. La sala de estar la hallaron desierta. Doblando hacia la derecha, toparon con el despacho del doctor.

Allí estaba Benedict, regordete y con el cabello blanco, sentado detrás de su mesa, sobre la cual había varios libros de texto abiertos. Unos estantes arrimados a una pared sostenían frascos, jeringas, retratos de su familia y varias otras fotografías mostrando hombres con uniforme de combatientes. Una, en la que se veía un grupo de soldados muy risueños, tenía garabateadas estas palabras: «Para Benny, de los muchachos del 87, Anzio».

Benedict había fallecido mirando inexpresivamente hacia un rincón del cuarto, muy abiertos los ojos, tranquila la expresión del rostro.

—Vaya —comentó Burton—, lo cierto es que Benedict no salió de su casa...

Y entonces vieron el satélite.

Estaba en posición vertical; era un liso, pulido cono de tres pies (915 mm.) de altura. El calor de la entrada en la atmósfera había agrietado y chamuscado sus bordes. Lo habían abierto a lo bruto, al parecer mediante el auxilio de unas tenazas y un escoplo que había en el suelo junto a la cápsula.

—El granuja lo abrió —comentó Stone—. Vaya canalla estúpido.

—¿Qué podía saber él?

—Hubiera podido preguntarlo —replicó Stone. Y exhaló un suspiro—. Sea como fuere, ahora ya lo sabe. Y también lo saben cuarenta y nueve personas más. —Con esto se inclinó sobre el satélite y cerró la abierta escotilla triangular—, ¿Trae el recipiente?

Burton sacó el doblado saco de plástico y lo abrió. Entre los dos pasaron por encima y alrededor del satélite, y luego lo cerraron.

—Deseo con ansia que quede algo —murmuró Burton.

—En cierto modo —musitó Stone— yo deseo que no.

Ahora fijaron su atención en Benedict. Stone se acercó al cadáver y lo zarandeó. El hombre se desplomó rígidamente de su silla para el suelo.

Burton se fijó en los codos y una viva excitación le dominó de pronto. Inclinado sobre el cadáver, le pidió a Stone:

—Venga. Ayúdeme.

-¿A qué?

—A desnudarle.

—¿Para qué?

—Quiero observar la lividez.

—¿Para qué?

—Espere un poco —respondió Burton.

Y empezó a desabotonar la camisa del médico difunto y a bajarle los pantalones. Los dos científicos trabajaron en silencio unos momentos hasta que el cadáver del doctor quedó desnudo sobre el suelo.

—Ahí tiene —dijo Burton, levantándose y retrocediendo un paso.

—¡Que me cuelguen! —exclamó Stone.

No se apreciaba amoratamiento alguno en los puntos bajos. Normalmente, cuando una persona había fallecido, la sangre se iba filtrando hacia los puntos bajos, arrastrada por la gravedad. El que moría en la cama tenía la espalda cárdena por la sangre acumulada. Pero Benedict, que había fallecido sentado, no tenía nada de sangre en los tejidos de las nalgas ni de los muslos.
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