Título original: The Andromeda Strain




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Ni en los codos, que descansaron en los brazos del sillón.

—Un hallazgo bastante singular —dijo Burton. Paseó una mirada por la pieza y descubrió un pequeño autoclave para esterilizar instrumentos. Abriólo y sacó un mango de bisturí, insertándole a continuación una hoja —con mucho cuidado, a fin de no perforar el traje cerrado herméticamente al aire—, y luego regresó adonde estaba el cadáver.

—Elegiremos la arteria y las venas más superficiales —anunció.

—¿Cuáles son?

—Las radiales. En las muñecas.

Manejando el bisturí con mucha cautela, Burton clavó la hoja y la hizo correr por la piel de la cara interior de la muñeca, hasta la base del pulgar. La piel de la herida se abrió, pero no manó sangre por ninguna parte. Burton puso al descubierto tejido graso subcutáneo. No sangró nada.

—Pasmoso.

Burton profundizó más. La incisión continuó sin sangrar. De súbito, bruscamente, dio con un vaso. Al suelo cayó una materia negro rojiza que se desmenuzaba por sí sola.

—¡Que me cuelguen! —volvió a exclamar Stone.

—Coagulada en estado sólido —dijo Burton.

—No es raro que la gente no sangrase.

—Ayúdeme a volverle del otro lado —dijo Burton.

Entre los dos colocaron el cadáver boca arriba, y Burton hizo una profunda incisión en la parte media del muslo, cortando hasta la vena y la arteria femorales. Tampoco ahora salió nada de sangre; la arteria, gruesa como el dedo de un hombre, estaba llena de una masa rojiza sólidamente coagulada.

—Increíble.

Todavía empezó otra incisión; esta vez en el pecho. Después de dejar las costillas al descubierto, revolvió el consultorio del doctor Benedict en busca de un cuchillo bien cortante. Quería un osteotomo, pero al no hallar ninguno se decidió por el escoplo que había servido para abrir la cápsula. Con él cortó varias costillas para dejar los pulmones y el corazón al descubierto. Tampoco ahora hubo ni el menor derramamiento de sangre.

Burton inspiró profundamente; luego abrió el corazón, inclinando el corte hacia el ventrículo izquierdo.

El interior estaba lleno de una materia encarnada, esponjosa. No contenía ni una gotita de sangre líquida.

—Coagulada y sólida —repitió—. No cabe duda.

—¿Tiene alguna idea de qué sustancia puede coagular la sangre de este modo?

—¿Todo el sistema vascular? ¿Cinco cuartos de galón de sangre? No. —Burton se sentó con gesto fatigado en el sillón del médico local, fija la mirada en el cadáver que acababa de abrir—. Jamás tuve noticia de nada semejante. Existe una cosa que llaman coagulación intra-vascular diseminada, pero es muy rara y requiere todo un conjunto de circunstancias especiales para iniciarse.

—¿Podría producirla una sola toxina?

—En teoría, supongo que sí. Pero en la práctica no hay ni una sola toxina en el mundo capaz...

Y se interrumpió.

—Sí —dijo Stone—. Supongo que tiene razón.

Cogió el satélite designado con el nombre de «Scoop VII» y lo llevó a la furgoneta. Al regresar dijo:

—Será mejor que registremos las casas.

—¿Empezando por ésta?

—Lo mismo da —respondió Stone.

Fue Burton el que encontró a mistress Benedict. Era una mujer de mediana edad y aspecto agradable, sentada en una silla y con un libro en el regazo; parecía a punto de volver una hoja. Burton la examinó brevemente y luego oyó que Stone le llamaba.

En seguida se fue hacia el otro extremo de la casa. Stone estaba en un dormitorio pequeño, inclinado sobre el cadáver de un joven adolescente tendido en la cama. Era, evidentemente, su habitación: carteles psicodélicos en las paredes, modelos de aeroplanos en un estante de la izquierda.

El muchacho yacía de espaldas, abiertos los ojos, fija la mirada en el techo. Tenía la boca abierta. Una mano crispada oprimía un tubo, vacío, de cemento para modelos de aeroplanos; la cama aparecía sembrada de botellas vacías de grasa de aeroplano, disolventes de pintura, aguarrás.

Stone retrocedió un paso. —Eche una mirada.

Burton se inclinó para mirar el interior de la boca, metió un dedo dentro de ella y tocó la masa, que se había endurecido.

—¡Buen Dios! —exclamó. Stone arrugaba la frente.

—Esto requirió un tiempo —dijo—. Fuese lo que fuere lo que le indujo a dar un paso tan terrible, el paso en sí requirió un tiempo. Indiscutiblemente, nosotros simplificábamos las cosas en exceso. No todo el mundo pereció instantáneamente. Algunas personas murieron dentro de sus casas; otras salieron a la calle. Y ese muchacho... —Dejó la frase en el aire y meneó la cabeza—. Veamos las otras casas.

Al salir, Burton regresó al despacho del médico, sorteando el cadáver de éste. Le causaba una extraña impresión el ver la muñeca y el muslo hendidos, el pecho al descubierto..., y sin embargo, no divisar ni una gota de sangre. El cuadro tenía un no sé qué de extravagante, de inhumano. Como si el sangrar fuese un signo de humanidad.

«Bien —pensó—, quizá lo sea. Tal vez el hecho de que podamos morir desangrados nos hace humanos.»

Para Stone, Piedmont era un rompecabezas desafiándole a que descubriese el secreto. Estaba convencido de que la aldea podía explicarle hasta el último detalle de la naturaleza de aquella enfermedad, de su curso y sus efectos. Se trataba únicamente de reunir los datos y colocarlos en un orden acertado.

Pero a medida que continuaban las pesquisas, tuvo que reconocer que los datos movían a confusión.

Una casa en la que había un hombre, su esposa y una muchacha joven, sin duda hija de los anteriores, sentados alrededor de la mesa. Por lo visto habían comido y se sentían tranquilos y dichosos; ninguno de los tres tuvo tiempo para apartar la silla de la mesa tan siquiera. Continuaban petrificados en actitudes de buena convivencia, sonriéndose unos a otros, con los platos delante, llenos de una comida que ya se estaba corrompiendo y se cubría de moscas. Stone se fijó en las moscas que zumbaban mansamente por la habitación, y se dijo que convenía que las recordase.

Una anciana; cabello blanco, cara arrugada. Sonreía dulcemente, columpiándose colgada de una soga atada a una viga, la soga crepitaba.

A sus pies había un sobre. Con una caligrafía esmerada, pulcra, sin prisas: «A quien pueda interesar».

Stone abrió el sobre y leyó la carta:

«El día del juicio está al llegar. La tierra y las aguas se abrirán y el género humano será exterminado. Que Dios se apiade de mi alma y de las personas que se apiadaron de mí. Los demás que se vayan al diablo. Amén.»

Burton escuchó la lectura.

—Una vieja loca —dijo—. Demencia senil. Vio que a su alrededor perecían todos y perdió el juicio. —¿Y se suicidó? —Sí, eso creo. —Una manera extraña de matarse, ¿no le parece?

—Aquel muchacho también escogió una manera extraña —dijo Burton.

Y Stone movió la cabeza, asintiendo.

Roy O. Thompson, que vivía solo. Por el grasiento mono que vestía dedujeron que era el encargado de la estación de servicio. Por lo visto, Roy había llenado la bañera de agua, luego se había arrodillado, había hundido la cabeza en el líquido y había permanecido así hasta que expiró. Cuando le encontraron, su cuerpo estaba rígido; continuaba con la cabeza sumergida en el agua. No había nadie más allí; no se notaban señales de lucha.

—Imposible —dijo Stone—. Nadie es capaz de suicidarse de este modo.

Lydia Everett, una costurera de la aldea que había salido sosegadamente al patio trasero de su casa, se había sentado en una silla, se había regado con gasolina y había encendido una cerilla. Cerca de los restos de su cuerpo, encontraron el reventado bote de combustible.

William Arnold, de unos sesenta años, sentado muy tieso en una silla, vistiendo uniforme de la Primera Guerra Mundial. En aquella contienda fue capitán, y había vuelto a considerarse como tal por unos instantes, antes de perforarse la sien derecha con un «Colt» del 45. Cuando le encontraron, no descubrieron ni rastro de sangre en el cuerpo; tenía un aire casi risible, sentado allí, con un agujero limpio, seco, en la cabeza.

A su lado había un magnetófono; su mano izquierda reposaba sobre la caja. Burton miró interrogativamente a Stone; luego, puso el aparato en marcha.

Una voz temblorosa e irritada empezó a decirles:

«Se han tomado ustedes todo el tiempo que les ha apetecido, ¿no? De todos modos, me alegro de que hayan venido por fin. Necesitamos refuerzos. Se lo digo, ha sido una batalla infernal contra los hunos. Anoche perdimos el cuarenta por ciento tramontando la cumbre y dos oficiales nuestros se están pudriendo por ahí. Esto no marcha bien, ni mucho menos. ¡Ojalá estuviera aquí Gary Cooper! Necesitamos hombres así, los hombres que hicieron fuerte a América. No sabría decirles cuánto significa ello para mí, con todos esos gigantes volando por ahí en los platillos volantes. Ahora nos están quemando, y viene el gas. Se ve morir a la gente, y no tenemos máscaras antigás. Ninguna en absoluto. Pero yo no aguardaré. Haré ahora mismo lo que hay que hacer. Lamento no tener más que una vida que sacrificar por mi país.»

La cinta continuó rodando, pero en silencio. Burton la paró.

—Estaba demente —dijo—. Loco de atar.

Stone asintió con el gesto.

—Unos murieron al instante, y los otros... perdieron el juicio sin mucho alboroto.

—Parece que revertimos siempre al mismo problema. ¿Por qué? ¿Cuál era la diferencia?

—Acaso exista un cierto grado de inmunidad contra este microbio —dijo Burton—. Unas personas acaso sean más susceptibles que otras. Algunas personas cuentan con defensas, al menos por un tiempo.

—Ya sabe —adujo Stone—, tenemos aquel informe de los aviadores y aquellas vistas con un hombre vivo aquí abajo. Un hombre con bata blanca.

—¿Cree usted que todavía vive?

—Pues, me lo preguntaba —respondió Stone—. Porque si unas personas sobrevivieron más tiempo que otras (el tiempo suficiente para grabar una cinta magnetofónica, o para atar la soga a una viga), uno tiene que preguntarse si no hubo alguno que sobreviviese mucho más. Cabe preguntarse si no habrá en esta ciudad alguien que siga viviendo todavía.

Y en este momento oyeron un llanto.
Al principio semejaba el ruido del viento, tan agudo, delgado y persistente sonaba, pero continuaron escuchando, sintiéndose desconcertados primero y luego atónitos. El llanto persistió, interrumpido por unas tosecillas secas.

Salieron corriendo.

El sonido era débil; costaba localizarlo. Corrieron calle arriba, y pareció que cobraba volumen, lo cual les espoleó a correr más.

Y entonces, el sonido paró bruscamente.

Los dos hombres se detuvieron, jadeando, para recobrar el aliento, el pecho agitado. Ambos permanecían inmóviles en el centro de la calle, cálida, desierta, mirándose uno al otro.

—¿Hemos perdido el seso? —preguntó Burton.

—No —dijo Stone—. Lo hemos oído, no cabe duda.

Aguardaron. Durante varios minutos reinó un silencio total. Burton miraba calle abajo, con la mirada recorría las casas, la furgoneta-jeep, aparcada en la otra punta, delante de la casa del doctor Benedict.

El llanto empezó de nuevo, muy fuerte, verdadero aullido de frustración.

Los dos hombres echaron a correr otra vez.

No estaba lejos, dos casas más arriba, a mano derecha. Delante de la vivienda, en la acera, yacían un hombre y una mujer, con las manos crispadas sobre los respectivos pechos. Burton y Stone entraron en la casa sin detenerse. El llanto sonaba más fuerte todavía, llenando las habitaciones desiertas.

Subieron a la carrera al piso superior y llegaron al dormitorio. Una gran cama doble, sin hacer. Una cómoda, un espejo, un armario.

Y una cunita.

Ambos expedicionarios se inclinaron sobre ella y doblaron las mantas, dejando al descubierto un niño pequeño, con la cara muy encarnada y sobradamente afligido. El rorro dejó de llorar al instante y estuvo callado el rato necesario para examinar sus rostros, encerrados dentro de los trajes de plástico.

Luego, reanudó los berridos.

—Tiene llanto de asustado —dijo Burton—. ¡Pobrecillo!

Lo cogió vivamente y lo meció. El pequeño siguió llorando. Abría de par en par la desdentada boquita, luciendo unos carrillos morados y unos cordoncitos de venas en la frente.

—Seguro que tiene hambre —dijo Burton.

Stone arrugaba el ceño.

—No es muy mayor. No contará más de un par de meses. ¿Qué es: niño o niña?

Burton desenredó las mantas y miró las braguitas.

—Niño. Y necesita que le cambien. Y que le alimenten. —Y paseó la mirada por la habitación—. Seguro que en la cocina habrá algún preparado...

—No —replicó Stone—. No le daremos nada a ese niño.

—¿Por qué no?

—No haremos nada con él hasta que no lo hayamos sacado de esta aldea. Quizá el alimento contribuya al proceso de la enfermedad; quizá las personas menos afectadas o en las que el mal obró más lentamente fueron aquellas que no habían comido recientemente. Acaso la dieta de ese niño contenga algún elemento protector. Quizá... —Y se interrumpió—. Pero, sea lo que fuere, no podemos exponernos. Hemos de esperar y someterle a observación.

Burton suspiró. Sabía que Stone tenía razón; pero también sabía que el pequeño no había ingerido alimento alguno desde doce horas atrás, al menos. No había que extrañarse de que llorase.

Stone dijo:

—La existencia de ese pequeño constituye un detalle valiosísimo. Nos proporciona una oportunidad importante, y debemos protegerla. Creo que deberíamos regresar inmediatamente.

—No hemos acabado de contar las bajas.

Stone meneó la cabeza.

—No importa. Tenemos una cosa mucho más valiosa que todo lo que pudiéramos encontrar todavía. Contamos con un superviviente.

El pequeñín dejó de llorar otra vez, se metió un dedo en la boca y miró interrogativamente a Burton. Después, cuando vio con certeza que no le daría alimento, reanudó el llanto.

—Es una pena que no pueda contarnos lo que ha sucedido —comentó Burton.

—Yo espero que sí podrá —contradijo Stone.

Aparcaron la furgoneta en el centro de la calle mayor, debajo del helicóptero, que se sostenía casi inmóvil, y le hicieron señal de que bajase la escalera. Burton traía el niño, y Stone llevaba el satélite «Scoop»... «Valiosos trofeos —se decía Stone— de una población muy extraña». Ahora el pequeño callaba; por fin se había cansado de llorar y dormía a pierna suelta, despertándose a intervalos para lloriquear y luego dormirse otra vez.

El helicóptero descendió, levantando espirales de polvo. Burton cubrió la cara del niño con las mantitas, para protegerle. La escalera descendió, y él trepó por ella con dificultad.

Stone aguardó en el suelo, plantado en medio del torbellino de aire, polvo y ruido martilleante del helicóptero, con la cápsula en brazos.

Y de pronto se dio cuenta de que no estaba solo en la calle. Volvióse y vio a un hombre plantado detrás de él.

Era un anciano, con el cabello cano y escaso y una cara arrugada, ajada. Llevaba una bata de noche, larga, manchada y amarillenta por el polvo. Iba descalzo. Su pecho subía y bajaba fatigosamente debajo de la bata de noche.

—¿Quién es usted? —inquirió Stone. Pero ya lo sabía: el hombre de la película. El que había sido fotografiado por el aeroplano.

—Ustedes... —empezó el viejo.

—¿Quién es usted?

—Ustedes... lo hicieron...

—¿Cómo se llama?

—No me maltrate..., no soy como los demás...

Temblaba de miedo, contemplando a Stone dentro del traje de plástico. Stone pensó: «Debemos de parecerle muy raros. Lo mismo que marcianos, seres de otro mundo».

—No me haga daño...

—No se lo haremos —le tranquilizó Stone—. ¿Cómo se llama?
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